lunes, 2 de diciembre de 2013

08/12/2013 - 2º domingo de Adviento (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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8 de diciembre de 2013

2º domingo de Adviento (A)


EVANGELIO

Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:
- Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
- Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?
Dad el fruto que pide la conversión, y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego.
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias.
Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego.
Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
8 de diciembre de 2013.

RECORRER CAMINOS NUEVOS

Por los años 27 o 28 apareció en el desierto del Jordán un profeta original e independiente que provocó un fuerte impacto en el pueblo judío: las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.
Todo su mensaje se puede concentrar en un grito: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Después de veinte siglos, el Papa Francisco nos está gritando el mismo mensaje a los cristianos: Abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio.
Su propósito es claro: “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos”. No será fácil. Hemos vivido estos últimos años paralizados por el miedo. El Papa no se sorprende: “La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida”. Y nos hace una pregunta a la que hemos de responder: “¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido capacidad de respuesta?“.
Algunos sectores de la Iglesia piden al Papa que acometa cuanto antes diferentes reformas que consideran urgentes. Sin embargo, Francisco ha manifestado su postura de manera clara: “Algunos esperan y me piden reformas en la Iglesia y debe haberlas. Pero antes es necesario un cambio de actitudes”.
Me parece admirable la clarividencia evangélica del Papa Francisco. Lo primero no es firmar decretos reformistas. Antes, es necesario poner a las comunidades cristianas en estado de conversión y recuperar en el interior de la Iglesia las actitudes evangélicas más básicas. Solo en ese clima será posible acometer de manera eficaz y con espíritu evangélico las reformas que necesita urgentemente la Iglesia.
El mismo Francisco nos está indicando todos los días los cambios de actitudes que necesitamos. Señalaré algunos de gran importancia. Poner a Jesús en el centro de la Iglesia: “una Iglesia que no lleva a Jesús es una Iglesia muerta”. No vivir en una Iglesia cerrada y autorreferencial: “una Iglesia que se encierra en el pasado, traiciona su propia identidad”. Actuar siempre movidos por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos: no cultivar “un cristianismo restauracionista y legalista que lo quiere todo claro y seguro, y no haya nada”. “Buscar una Iglesia pobre y de los pobres”. Anclar nuestra vida en la esperanza, no “en nuestras reglas, nuestros comportamientos eclesiásticos, nuestros clericalismos”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
5 de diciembre de 2010

NO OLVIDAR LA CONVERSIÓN

"Convertíos porque está cerca el reino de Dios". Según Mateo, éstas son las primeras palabras que pronuncia Juan en el desierto de Judea. Y éstas son también las primeras que pronuncia Jesús, al comenzar su actividad profética, a orillas del lago de Galilea.
Con la predicación del Bautista comienza ya a escucharse la llamada a la conversión que centrará todo el mensaje de Jesús. No ha hecho todavía su aparición, y Juan está ya llamando a un cambio radical pues Dios quiere reorientar la vida hacia su verdadera meta.
Esta conversión no consiste en hacer penitencia. No basta tampoco pertenecer al pueblo elegido. No es suficiente recibir el bautismo del Jordán. Es necesario "dar el fruto que pide la conversión": una vida nueva, orientada a acoger el reino de Dios.
Esta llamada que comienza a escucharse ya en el desierto será el núcleo del mensaje de Jesús, la pasión que animará su vida entera. Viene a decir así: "Comienza un tiempo nuevo. Se acerca Dios. No quiere dejaros solos frente a vuestros problemas y conflictos. Os quiere ver compartiendo la vida como hermanos. Acoged a Dios como Padre de todos. No olvidéis que estáis llamados a una Fiesta final en torno a su mesa".
No nos hemos de resignar a vivir en una Iglesia sin conversión al reino de Dios. No nos está permitido seguir a Jesús sin acoger su proyecto. El concilio Vaticano II lo ha declarado de manera clara y firme: "La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, no tiene más que una aspiración: que venga el reino de Dios y se realice la salvación del género humano”.
Esta conversión no es sólo un cambio individual de cada uno, sino el clima que hemos de crear en la Iglesia, pues toda ella ha de vivir acogiendo el reino de Dios. No consiste tampoco en cumplir con más fidelidad las prácticas religiosas, sino en "buscar el reino de Dios y su justicia" en la sociedad.
No es suficiente cuidar en las comunidades cristianas la celebración digna de los "sacramentos" de la Iglesia. Es necesario, además, promover los "signos" del reino que Jesús practicaba: la acogida a los más débiles; la compasión hacia los que sufren; la creación de una sociedad reconciliada; el ofrecimiento gratuito del perdón; la defensa de toda persona.
Por eso, animado por un deseo profundo de conversión, el Vaticano II dice así: "La liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la celebración, es necesario que antes sean llamados a la fe y la conversión". No lo tendríamos que olvidar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
9 de diciembre de 2007

CONVERSIÓN SOSTENIDA

Preparad el camino del Señor.

Entre el otoño del año 27 y la primavera del 28 aparece en el horizonte religioso de Palestina un profeta original e independiente que provoca un fuerte impacto en el pueblo. Su nombre es Juan. Las primeras generaciones lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.
Hay algo nuevo y sorprendente en este profeta. No predica en Jerusalén como Isaías y otros profetas: vive apartado de la elite del templo. Tampoco es un profeta de la corte: se mueve lejos del palacio de Antipas. De él se dice que es «una voz que grita en el desierto», un lugar que no puede ser fácilmente controlado por ningún poder.
No llegan hasta el desierto los decretos de Roma ni las órdenes de Antipas. No se escucha allí el bullicio del templo. Tampoco se oyen las discusiones de los maestros de la ley. En cambio, se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Es el mejor lugar para iniciar la conversión a Dios preparando el camino a Jesús.
Éste es precisamente el mensaje de Juan: «Convertíos»: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Este «camino del Señor» no son las calzadas romanas por donde se mueven las legiones de Tiberio. Estos «senderos» no son los caminos que llevan al templo. Hay que abrir caminos nuevos al Dios que llega con Jesús.
Esto es lo primero que necesitamos también hoy: convertirnos a Dios, volver a Jesús, abrirle caminos en el mundo y en la Iglesia. No se trata de un «aggiornamento» ni de una adaptación al momento actual. Es mucho más. Es poner a la Iglesia entera en estado de conversión.
Probablemente se necesitará mucho tiempo para poner la compasión en el centro del cristianismo. No será fácil pasar de una «religión de autoridad» a una «religión de llamada». Pasarán años hasta que en las comunidades cristianas aprendamos a vivir para el reino de Dios y su justicia. Se necesitarán cambios profundos para poner a los pobres en el centro de nuestra religión.
A Jesús sólo se le puede seguir en estado de conversión. Necesitamos alimentar una «conversión sostenida». Una actitud de conversión que hemos de transmitir a las siguientes generaciones. Sólo una Iglesia así es digna de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
5 de diciembre de 2004

NO SOMOS BAUTISTAS

El que viene detrás de mí puede más que yo.

La figura del Bautista es sombría. Su predicación gira en torno al juicio inminente de Dios. Llega ya el Juez Supremo con rostro airado y enfurecido. Nadie se librará de su terrible juicio. «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles» (Mt 3, 10). Lo único que nos queda es hacer penitencia, volver al cumplimiento de la ley y ver si podemos evitar así «su ira inminente».
No son sólo palabras. El Bautista se convierte con su vida en símbolo de este mensaje amenazador. Se retira al desierto y hace vida de ayuno y penitencia. El Bautista no acoge a los que sufren, no se acerca a los leprosos, no cura a los enfermos, no perdona a los pecadores, no bendice a los niños. Lo suyo es predicar el juicio de Dios, bautizar y llamar a hacer penitencia. El Bautista introduce en los corazones miedo a Dios pues entiende la religión como espera y preparación de su juicio terrible.
La aparición de Jesús representa algo nuevo y sorprendente. Su predicación ya no se centra en el juicio de Dios. El que llega no es un Juez airado, sino un Padre que quiere reinar y ser acogido porque sólo busca una vida más digna y dichosa para todos. No oculta Jesús el riesgo de quedarse fuera de «la fiesta final», pero Dios ofrece su perdón gratuito a todos, incluso a los paganos y pecadores.
El mismo Jesús se convierte en el mejor símbolo de ese Dios bueno. No vive ayunando en el desierto, sino comiendo con pecadores. No le llaman «bautizador», sino «amigo de publicanos y pecadores». Lo suyo no es promover penitencia, sino hacer «gestos de bondad»: Jesús defiende a los débiles, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, bendice a los niños. Jesús introduce en los corazones confianza en un Dios bueno porque entiende la religión no como la preparación de un juicio, sino como la acogida de un Dios Padre que quiere vernos convivir como hermanos.
Juan fue un gran hombre. Según Jesús, «el mayor entre los nacidos de mujer». Pero entre Juan y Jesús no hay confusión posible. «La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; a partir de entonces se anuncia la Buena Noticia del Reinado de Dios». No nos podemos quedar en Juan. La Iglesia ha de seguir a Jesús, no al Bautista. La nuestra no es una religión del miedo, sino de la confianza en Dios. Lo decisivo no es hacer penitencia, sino «ser misericordiosos como el Padre es misericordioso».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
9 de diciembre de 2001

RECUPERAR CAMINOS

Preparad el camino del Señor.

Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarse en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte. Cada vez interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos nuevos hacia Dios?
Tal vez, lo primero sea recuperar «la humanidad de la religión». Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador, celoso sólo de su gloria y poder, y en definitiva poco humano, para abrirse a un Dios que sólo busca y desea, desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo que aplasta y humiha, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas volverán a Dios, no atraídas por lo «tremendum» sino por lo «fascinans» de su misterio.
Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas y nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia donde orientar nuestra vida. Nos creemos los seres más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en nuestro corazón, meditar, orar o dar gracias. Sólo camina hacia Dios el que no está satisfecho con el lugar actual y busca uno nuevo para existir.
Es importante, además, buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?
Para recuperar caminos hacia Dios necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega, no cuando hablamos y nos agitamos, sino cuando hacemos silencio. Cuando la persona se recoge y está callada ante Dios, el corazón tarde o temprano comienza a abrirse.
Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero se puede también buscar nuevos caminos hacia Dios. A ello nos invita el Bautista.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
6 de diciembre de 1998

NO SOMOS BAUTISTAS

El que viene detrás de mí puede más que yo.

La figura del Bautista es sombría. Su predicación gira en tomo al juicio inminente de Dios. Llega ya el Juez Supremo con rostro airado y enfurecido. Nadie se librará de su terrible juicio. «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles» (Mt 3, 10). Lo único que nos queda es hacer penitencia, volver al cumplimiento de la Ley y ver si podemos evitar así «su ira inminente».
No son sólo palabras. El Bautista se convierte con su vida en símbolo de este mensaje amenazador. Se retira al desierto y hace vida de ayuno y penitencia. El Bautista no acoge a los que sufren, no se acerca a los leprosos, no cura a los enfermos, no perdona a los pecadores, no bendice a los niños. Lo suyo es predicar el juicio de Dios, bautizar y llamar a hacer penitencia. El Bautista introduce en los corazones miedo a Dios pues entiende la religión como espera y preparación de su juicio terrible.
La aparición de Jesús representa algo nuevo y sorprendente. Su predicación ya no se centra en el juicio de Dios. El que llega no es un Juez airado, sino un Padre que quiere reinar y ser acogido porque sólo busca una vida más digna y dichosa para todos. No oculta Jesús el riesgo de quedarse fuera de «la fiesta final», pero Dios ofrece su perdón gratuito a todos, incluso a los paganos y pecadores.
El mismo Jesús se convierte en el mejor símbolo de ese Dios bueno. No vive ayunando en el desierto, sino comiendo con pecadores. No le llaman «bautizador», sino «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11, 19). Lo suyo no es promover penitencia, sino hacer «gestos de bondad»: Jesús defiende a los débiles, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, bendice a los niños. Jesús introduce en los corazones confianza en un Dios bueno porque entiende la religión no como la preparación de un juicio, sino como la acogida de un Dios Padre que quiere vernos convivir como hermanos.
Juan fue un gran hombre. Según Jesús, «el mayor entre los nacidos de mujer». Pero entre Juan y Jesús no hay confusión posible. «La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; a partir de entonces se anuncia la Buena Noticia del Reinado de Dios» (Lc 16, 16). No nos podemos quedar en Juan. La Iglesia ha de seguir a Jesús, no al Bautista. La nuestra no es una religión del miedo, sino de la confianza en Dios. Lo decisivo no es hacer penitencia, sino «ser misericordiosos como el Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
10 de diciembre de 1995

EN EL DESIERTO

Una voz grita en el desierto.

Una vez más, en medio de este tiempo de Adviento que nos prepara a las fiestas de Navidad, se escuchan las palabras del profeta Isaías pronunciadas con fuerza por Juan el Bautista: « Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»
En la mentalidad semita, el «desierto» es, entre otras cosas, el lugar de la verdad, donde las personas se ven obligadas a vivir de lo esencial. Lo superfluo y artificial queda eliminado y el ser humano se ve enfrentado a su verdadera realidad. Es significativo que las grandes religiones que guían a la humanidad hayan nacido muchas veces en el desierto. Siempre es importante para la humanidad escuchar «la voz que clama en el desierto».
Yo la escucho estos días en Rwanda. Aunque se puede disfrutar cada noche de un hermoso cielo donde brillan Orión y la Cruz del Sur, y aunque el paisaje es de gran belleza, todo recuerda aquí al «desierto». No hay lugar para lo superfluo. El hambre es una amenaza permanente. Huérfanos y viudas luchan cada día por sobrevivir. Presos hacinados en las cárceles esperan en vano su liberación. No es muy difícil escuchar aquí el clamor del ser humano necesitado de salvación.
Europa no puede «preparar el camino al Señor», como pide el Bautista, si no escucha el clamor de estos pueblos abandonados. Hace tiempo que el Primer Mundo se ha desviado de lo esencial para seguir caminos tortuosos que nos están deshumanizando a todos. Hemos levantado toda clase de obstáculos de injusticia e insolidaridad que impiden a Dios reinar como Padre de los hombres y mujeres que habitan la Tierra. Vivimos instalados en una indiferencia cruel, y no nos damos cuenta de que, mientras nosotros nos preparamos para celebrar una vez más la Navidad del bienestar y la abundancia, miles de seres humanos estarán esos mismos días muriendo de hambre y desnutrición.
¿Quién será capaz de liberar a Occidente de su ceguera y embotamiento? ¿Quién puede provocar un giro radical en la actitud del Primer Mundo? Las Iglesias cristianas tienen que elevar su voz sin descanso. No se le puede acoger a Dios en el mundo con cantos y celebraciones litúrgicas si no le dejamos entrar como Padre de todos los pueblos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
6 de diciembre de 1992

SUGERENCIAS

Preparad el camino del Señor

Cada vez me encuentro con más personas que, después de muchos años de vivir alejadas de cualquier experiencia religiosa, sienten hoy de nuevo la necesidad de creer en un Dios vivo. ¿Cómo encontrarse con El? He aquí algunas sugerencias.
Antes que nada, tienes que valorar ese deseo de Dios que hay dentro de ti. Aunque te sientas con pocas fuerzas y tus deseos no se puedan traducir inmediatamente en realidad, Dios conoce tu corazón y también tu debilidad. El te entiende y está cerca. No te compares con otros. Tú tienes que recorrer tu propio camino. No importa tu pasado. Ahora lo decisivo es que confíes en Dios y en ti mismo.
Piensa en lo mejor que hay en tu vida. Lo que a pesar de todas las dificultades y crisis te sostiene y te hace vivir: el amor de tu esposo o esposa, la alegría de tus hijos, los amigos, las experiencias positivas, lo que te da fuerza para sentirte vivo. En el fondo de todo está ese Dios a quien tú buscas.
Entra también dentro de tu corazón y descubre todo lo bueno que hay dentro de ti. No pienses en análisis sicológicos interminables. No necesitas tampoco mucho tiempo para hacer esa peregrinación a tu interior. Toma conciencia de tus sentimientos buenos, de tus acciones generosas y nobles, de tus deseos de vivir con más coherencia y verdad. Dentro de ti y a pesar de tu mediocridad hay siempre una llamada de Dios.
Puedes dar otro paso. Recuerda alguna experiencia religiosa que haya dejado huella en tu corazón. Algún momento importante de tu vida en que has invocado a Dios de verdad, alguna frase del Evangelio que no has olvidado, el encuentro con alguna persona creyente que te ha impactado.
Si puedes, intenta rezar. Al comienzo, no te saldrá nada. Después de tantos años, te parecerá algo artificial en ti. No necesitas muchas palabras. Puedes decirle a Dios: «Quiero creer. Ayúdame en mi debilidad.» Ch. de Foucauld solía repetir: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca.»
Y, ¿después? Nadie puede prever lo que puede pasar. ¿Se despertará de nuevo tu fe? ¿Habrá un cambio en tu vida? ¿Seguirá todo igual? Lo esencial es tu postura sincera de búsqueda de Dios.
En cualquier caso, siempre deberás recordar que aunque tú vuelvas a tu vida mediocre y rutinaria de siempre, Dios seguirá ahí sosteniéndote con amor. Aunque desoigas todas sus llamadas y tu fe siga apagándose, Dios no te abandonará. Esa es la Buena Nueva de Cristo: Dios no se aleja de nosotros ni siquiera cuando pecamos contra El. Incluso cuando pecas, El te está perdonando, y si ese perdón no llega hasta ti es sólo porque tú te cierras.
Recuerda las palabras de Juan el Bautista: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.» Tú puedes abrirte más a Dios. Un día, no se sabe la hora, tal vez te encuentres con el Dios vivo de Jesucristo. Lo notarás al sentir su paz dentro de ti.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
10 de diciembre de 1989

REPRIMIDOS RELIGIOSAMENTE

Preparad el camino del Señor.

Han pasado ya bastantes años desde que S. Freud afirmara de manera casi dogmática que «la religión es la neurosis obsesiva común al género humano». La investigación actual no confirma hoy esta visión freudiana del hecho religioso.
El profesor V. Frankl, reconocido mundialmente como el fundador de la tercera escuela vienesa de psicoterapia (logoterapia), llega a decir, por el contrario, que la religiosidad reprimida de manera indebida es patógena y se está convirtiendo en fuente de neurosis del hombre contemporáneo.
En su obra, «La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión » (Ed. Herder, 1988), V. Frankl habla de un Dios presente en la profundidad inconsciente de muchos hombres y mujeres de hoy. Un «Dios inconsciente» que está latente en lo profundo de muchas personas, aunque la relación con él haya quedado reprimida.
Los factores que producen esta represión pueden ser múltiples y, con frecuencia, actúan de manera simultánea en una misma persona.
A veces, es el imperio absoluto y despótico de la razón científica mal entendida el que ahoga la inquietud religiosa que brota del corazón humano.
Otras veces, la persona se instala en una vida pragmática y superficial que le impide llegar con un poco de hondura al fondo de su ser. Sólo interesa la satisfacción inmediata y el placer a cualquier precio. Ya no queda sitio para Dios.
Con frecuencia, el vacío dejado por Dios viene a ser ocupado por «los dioses de paisano» de la era moderna: el dinero, el sexo, el prestigio social.
Pero la religiosidad queda ahí latente, incluso en personas que se dicen increyentes, aunque se trate, muchas veces, de una religiosidad poco desarrollada, adherida a imágenes y vivencias de la infancia.
Lo grave es que esta religiosidad, atrofiada y reprimida, perturba la relación sana con Dios y puede producir, lo mismo que cualquier otra represión, efectos muy negativos en la persona.
La curación, como en todos los procesos de falsa represión, sólo se logra cuando la persona se plantea de manera consciente y responsable su actitud. En este caso, se trata de cerrar definitivamente las puertas a Dios o bien de acogerlo de manera consciente y hacerle un sitio en la propia vida.
De nuevo, una voz nos grita a todos: «Preparad los caminos del Señor». Quitad los obstáculos que impiden la llegada de Dios a vuestras vidas. No bloqueéis su presencia. No reprimáis por más tiempo vuestra «nostalgia» inconsciente de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
7 de diciembre de 1986

LA PAZ DEPENDE TAMBIEN DE MI

No os hagáis ilusiones... Cambiad.

Casi siempre nos parece que la paz es algo que se juega ahí, fuera de nosotros, en la calle, en las relaciones de las personas, los enfrentamientos de los diferentes grupos y los juegos de los partidos. La echamos de menos cuando leemos el periódico o vemos en el televisor los hechos violentos que suceden o la conflictividad que se endurece día a día.
Entonces, fácilmente llegamos a la conclusión de que nada tiene que ver con esa paz lo que cada uno de nosotros podamos sentir, pensar o desear. ¿Qué puede importar lo que yo piense o desee, con el logro de esa paz que todos decimos es tan necesaria para nuestro pueblo?
Casi inconscientemente, cada uno de nosotros descargamos nuestra propia responsabilidad y nos hacemos la ilusión de que la paz nos la traerán ese pequeño grupo de personas que llamamos «los políticos», con su habilidad, sus estrategias y su capacidad de negociación.
Creemos que la paz se logrará si se llega por fin a unos acuerdos básicos entre las fuerzas políticas y se firman unos pactos que permitan seguir funcionando sin traumas graves y con un equilibrio suficiente. Todo ello, sin que cambiemos nada cada uno de nosotros.
Entonces olvidamos algo que nuestro Obispo nos recuerda este adviento en su Carta Pastoral: «es del corazón del hombre de donde brotan las buenas o las malas acciones. También las que hacen o destrozan la paz”.
La paz no nos va a llegar desde fuera, sólo como resultado de un juego de fuerzas o negociaciones capaces de imponer un orden más pacífico en la vida social.
Cada uno de nosotros, con nuestra manera de sentir, pensar y reaccionar, podemos escoger entre lo que nos acerca a la paz o lo que nos aleja de ella. Cada uno de nosotros podemos construir paz o desorden. Cada uno podemos hacer justicia o provocar injusticias, promover lo que lleva a la vida o fomentar la muerte.
¿Puede la paz arraigar profundamente en la vida de este pueblo, si cada uno de nosotros absolutizamos nuestras posturas hasta el punto de no detenernos ni siquiera ante el derecho a la vida que tiene cada persona? ¿Se puede avanzar hacia una paz verdadera si cada uno de nosotros sigue defendiendo su propia postura de manera dogmática e intolerante, negándonos a aceptar que puede haber algo de positivo y noble en lo que defienden nuestros adversarios? ¿Se logrará la paz si cada uno pretende llegar a ella imponiendo su propio proyecto o alternativa como sea, contra el que sea y por los medios que sean?
Es muy fácil considerar este planteamiento como algo ingenuo y perfectamente inútil. Probablemente, seguiremos todavía mucho tiempo luchando y sufriendo, sin que nadie cambie aquí de postura. Pero las palabras del evangelio seguirán ahí con toda su fuerza interpeladora: “No os hagáis ilusiones... Convertíos... Cambiad”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
4 de diciembre de 1983

EL CAMINO HACIA LA PAZ

Preparad el camino del Señor.

Si algo hemos de hacer en estos momentos como hombres, como creyentes y como hijos de este pueblo es no aceptar la violencia como un mal endémico del País Vasco.
¿A quién puede interesar que la violencia quede enquistada en el seno de este pueblo vasco sin otro resultado que la degradación de nuestra convivencia socio-política y la ruina progresiva de nuestra economía? ¿Qué es lo que buscan quienes nos imponen la violencia para un tiempo indefinido? ¿Cuáles son sus últimas intenciones sobre nuestro pueblo?
La voz del Bautista que grita a todo el pueblo: «Preparad los caminos del Señor» tiene hoy unas exigencias muy concretas entre nosotros. Tenemos que crear una conciencia colectiva cada vez más clara y firme que nos lleve a abandonar caminos equivocados que nos están cerrando a la paz, para abrir otros nuevos que, aunque parezcan pequeños, nos pueden conducir a una pacificación progresiva y justa.
Hay algo a lo que no podemos renunciar y nos lo ha recordado nuestro Obispo en su reciente Carta Pastoral. Todos los caminos hacia la paz pasan por la defensa firme de los valores éticos y morales y su aplicación práctica a nuestra situación histórica concreta.
Sería una equivocación el dejar para más tarde la aplicación de los principios éticos, pensando que ahora lo importante es ser eficaces y resolver los problemas «como sea».
Y esto es válido para todos. Para aquellos que imponen la violencia terrorista sin respetar siquiera el derecho a la vida, afirmando que un día, lograda una determinada alternativa política, las cosas serán distintas. Y también para aquellos que desearían erradicar el terrorismo «a cualquier precio», buscando sólo la eficacia.
No se avanza hacia un nivel de mayor justicia y paz, cometiendo injusticias, violando los derechos humanos o imponiendo la mentira. «Relegar para más tarde, para cuando se haya alcanzado la tranquilidad y la paz, la aplicación de los imperativos de la verdad, de la justicia, de la libertad y del amor, equivale a demoler de principio, lo que después se pretende edificar» (J.M. Setién, Obispo de San Sebastián).
Cuando se trata de ir caminando hacia una sociedad más humana, justa y pacífica, lo más eficaz, en definitiva, es buscar toda clase de caminos humanos, justos y pacíficos. Y si no lo hacemos así, una vez más habremos errado el verdadero camino.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
7 de diciembre de 1980

SIN CAMBIO, NO HABRA PAZ

Preparad el camino.

Una vez más, en medio del Adviento, se nos presenta la figura austera y enigmática del Bautista gritando a las gentes la necesidad de una profunda conversión: «Preparad el camino del Señor».
Su llamada resultará a muchos estridente y fuera de lugar. No son tiempos de escuchar a los profetas. Y, sin embargo, a uno le hace pensar la peregrinación humilde de aquel pueblo de Israel que marcha al desierto a confesar su pecado e iniciar una vida nueva.
Un pueblo tiene futuro cuando sabe confesar su pecado, reconocer sus errores, abandonar caminos equivocados y abrir otros nuevos que le conduzcan a una convivencia más humana.
Y hay un pecado grave que se está cometiendo en nuestro pueblo. Estamos impidiendo que Dios reine aquí y ahora, entre nosotros, como verdadero Padre de todos. No queremos escuchar esa llamada que hay en el fondo de todo hombre, al respeto a la vida, al diálogo y la fraternidad.
También hoy nuestro pueblo tiene que confesar su pecado y sus errores. La violencia no es el camino para avanzar hacia una convivencia más libre y justa. Una vez más, el enfrentamiento sólo originará vencedores y vencidos, pero no hombres libres que sepan dialogar.
Necesitamos abrir nuevos caminos. Y quizás nuestra verdadera tragedia es el haber entrado de nuevo por el camino viejo de siempre. Los caminos de la violencia y de la sangre.
La violencia actual en nuestro pueblo es, sin duda, el fruto de viejas violencias e injusticias, cometidas durante largos años. Pero, ¿no es una grave equivocación responder con los mismos métodos?
La violencia busca una solución rápida y eficaz a los graves problemas de nuestro pueblo. Pero lo hace sembrando nuevas violencias y enfrentamientos. No transforma las conciencias. No nos educa para construir una sociedad diferente, más respetuosa con los derechos de las personas y de los grupos.
La violencia quiere ir por el atajo, pero corre el riesgo de no llegar nunca a la verdadera meta. No ofrece una alternativa más bu. mana y justa. Con la violencia estamos preparando una sociedad donde de nuevo la última palabra la tendrá no el pueblo, sino los que tengan el poder y las armas.
No es posible una alternativa de paz y justicia para nuestro pueblo, si no reaccionamos todos frente a acciones, represiones y manipulaciones de diverso signo, que sin respetar el valor absoluto de cada persona, la convierten en instrumento al servicio de unos intereses políticos cuestionables.
No hay dogmas ni planteamientos políticos intocables. Ni la unidad actual del Estado Español, ni la independencia política del País Vasco, justifican la destrucción de la vida que se está dando entre nosotros. Nuestra postura cristiana debe ser firme, aunque se tenga que enfrentar a organizaciones, partidos o grupos cuyas siglas o ideología esté cercana a nuestra propia posición personal.

José Antonio Pagola


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