lunes, 19 de febrero de 2018

25-02-2018 - 2º Domingo de Cuaresma (B)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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2º Domingo de Cuaresma (B)


EVANGELIO

Éste es mi Hijo amado.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  - «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.»

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

- «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

- «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Palabra de Dios.

HOMILIA

2017-2018 -
25 de febrero de 2018

LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO

(Ver homilía del ciclo B - 2011-2012)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2014-2015 -
1 de marzo de 2015

NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS

(Ver homilía del 8 de marzo de 2009)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
4 de marzo de 2012

LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.

Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.

La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: “Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.

Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.

Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que puede ofrecer la Iglesia a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto humanizador del reino de Dios. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Palabra.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.

Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.

Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida. Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – Recuperar el Evangelio.
8 de marzo de 2009

NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.

Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.

La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.

Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.

Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.

Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
12 de marzo de 2006

ESCUCHAR

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar. No sabemos acercamos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. No acertamos a escuchar el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenemos a escuchar realmente a nadie. Se nos está olvidando el arte de escuchar.

Por eso, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado, en buena parte, que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Más aún. Sólo desde esta escucha nace la verdadera fe cristiana.

Según el evangelista Marcos, cuando en la «montaña de la transfiguración» los discípulos se asustan al sentirse envueltos por las sombras de una nube, sólo escuchan estas palabras: «Este es mi Hijo amado: escuchadle a él».

La experiencia de escuchar a Jesús hasta el fondo puede ser dolorosa, pero apasionante. No es el que nosotros habíamos imaginado desde nuestros esquemas y tópicos piadosos. Su misterio se nos escapa. Casi sin damos cuenta, nos va arrancando de seguridades que nos son muy queridas, para atraernos hacia una vida más auténtica.

Nos encontramos, por fin, con alguien que dice la verdad última. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Algo nos dice desde dentro que tiene razón. En su vida y en su mensaje hay verdad.

Si perseveramos en una escucha paciente y sincera, nuestra vida empieza a iluminarse con una luz nueva. Comenzamos a verlo todo con más claridad. Vamos descubriendo cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta de los grandes errores que podemos cometer los humanos, y de las grandes infidelidades de los cristianos.

Tal vez, hemos de cuidar más en nuestras comunidades cristianas la escucha fiel a Jesús. Escucharle a él nos puede curar de cegueras seculares, nos puede liberar de desalientos y cobardías casi inevitables, puede infundir nuevo vigor a nuestra fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
16 de marzo de 2003

NUEVA IDENTIDAD

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Para ser cristiano, lo importante no es qué cosas cree una persona sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.

En las fuentes cristianas se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible hoy reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Sólo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos pues, entre otras cosas, les animaba a creer sólo en Jesús.

La escena se sitúa poéticamente en una «montaña alta». Jesús está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Sólo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Éste es mi Hijo querido. Escuchadle a él».

Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más vital y honda con Jesucristo. Sólo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la Iglesia.

Sólo esta comunión creciente con Jesús va transformando nuestra identidad y nuestros criterios, va cambiando nuestra manera de ver la vida, nos va liberando de las imposiciones de la cultura, va haciendo crecer nuestra responsabilidad.

Desde Jesús podemos vivir de manera diferente. Ya las personas no son simplemente atractivas o desagradables, interesantes o sin interés. Los problemas no son asunto de cada cual. El mundo no es un campo de batalla donde cada uno se defiende como puede. Nos empieza a doler el sufrimiento de los más indefensos. Podemos vivir cada día haciendo un mundo un poco más humano. Nos podemos parecer a Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
19 de marzo de 2000

MIEDO

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos; hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.

Hay miedo a lo nuevo como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma» pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación como un instinto de conservación.

Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes para evitar planteamientos que pueden inquietar; se promueve la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.

Hay miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Cristo.

Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18). Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.

Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar sólo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Sólo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
23 de febrero de 1997

DÓNDE APOYARNOS

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

El teólogo alemán H. Zahrnt estudia en uno de sus libros (La búsqueda de Dios. Diálogo teológico entre fe e indiferencia, 1989) tres momentos culturales en la historia de Occidente. A finales de la civilización antigua, la sociedad estaba angustiada por la fatalidad de la muerte: «quién me podrá liberar de mi destino mortal?» Al terminar la Edad Media, las gentes vivían atormentadas, sobre todo, por el pecado y la condenación eterna: «¿lograré alcanzar la salvación?» Hoy, cuando el segundo milenio llega a su fin, el hombre moderno aparece turbado, sobre todo, por el vacío y el sinsentido de la existencia: «,qué sentido puedo darle a mi vida?»

Ciertamente, también hoy preocupan la culpa y la muerte, pero no constituyen el primer problema de la persona mientras recorre su vida. Ya no inquietan como en el pasado el perdón del pecado o la salvación eterna. Lo que el hombre de hoy anhela es vivir de manera plena y dichosa. Pero, ¿qué ha de hacer la humanidad para orientarse hacia la felicidad verdadera?, ¿en qué se puede apoyar?

De la vida se puede decir lo mismo que de una casa: los cimientos son más importantes que el edificio. No basta construir el «edificio de la existencia» asegurando el alimento, la salud, el desarrollo o el bienestar. Por mucho que cuidemos todo esto (y hay que hacerlo), nuestra existencia no tendrá estabilidad si está construida sobre arena.

La vida necesita de un «fundamento sólido» para tener consistencia, pero el ser humano no puede sustentarse a sí mismo. Necesita confiar en «algo» que no es él mismo. Ese «fundamento seguro» no puede la persona dárselo a sí misma. Lo ha de buscar para apoyarse en él.

En esta sociedad pluralista se nos hacen llamadas a sustentar nuestras vidas en los más variados fundamentos: bienestar, prestigio social, calidad de vida, progreso, placer. Cada hombre y cada mujer ha de decidir sobre qué fundamenta su existencia con todo el riesgo y la incertidumbre que esto lleva consigo. Desde el evangelio se nos hace una llamada clara a construir nuestra vida apoyándonos en Jesucristo como verdadero salvador. Así dice la voz que resuena en lo alto del Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadlo. » Y, cuando los discípulos caen por tierra asustados, el mismo Jesús los reconforta: «No tengáis miedo

No hemos de tener miedo. Lo propio de la fe cristiana consiste en fundamentar la existencia en Jesucristo. Él es el salvador no sólo de la muerte, también de la vida. El es el salvador no sólo del pecado, también del absurdo de una vida vivida sin sentido profundo alguno. El es el camino, la verdad y la vida. El que lo ha encontrado, lo sabe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
27 de febrero de 1994

NI DE RODILLAS NI DE PIE

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Según no pocos expertos en fenomenología religiosa, nada caracteriza mejor la religiosidad de una determinada época que la forma de orar. También en nuestros días, si se quiere conocer la religión del hombre de hoy, lo importante no es examinar los dogmas que confiesa, sino observar cómo ora.

Por eso, el dato más significativo de la cultura religiosa actual es, tal vez, la profunda crisis de la oración. Se hace cada vez más difícil encontrar personas que saben orar desde el fondo de su corazón. El hombre moderno se está quedando sin capacidad para comunicarse con Dios. Son cada vez más los que no aciertan a invocarlo.

El hecho no es casual. Desde hace tiempo, la crítica a la religión ha difundido una especie de sospecha radical frente a todo lo que sea comunicación con un Dios personal. Para L. Feuerbach, rezar solo es hablar con uno mismo, ya que Dios no es sino una proyección creada por el hombre. Según S. Freud, la oración es un deseo infantil, una especie de necesidad ancestral, vacía hoy de sentido; el hombre adulto no necesita de esos juegos religiosos para organizarse su vida.

Poco a poco, algunos han terminado pensando que ya no es posible rezar. La oración les suena a algo falso. Una especie de superstición que hay que abandonar. Una concesión al sentimentalismo, pero no una actitud digna de ese «homo excelsior» del que hablaba E Nietzsche. El hecho es que bastante gente ni sabe, ni puede, ni quiere comunicarse con Dios.

Sin duda, todavía es pronto para ver cómo será un hombre abandonado a sí mismo y cerrado a toda comunicación con Dios. En su reciente obra, «I nuovi pagani» (Los nuevos paganos), S. Natoli sostiene que el hombre de hoy no sabe «ponerse de rodillas» ante Dios, pero tampoco acierta a «estar de pie» con dignidad. Son muchos los que viven, más bien, replegados sobre sí mismos o, incluso, abatidos por el peso de la vida.

En este contexto resulta aún más significativa la escena evangélica del Tabor. Según el relato, una «nube luminosa» cubre con su «sombra» a los discípulos. De pronto, se oye una voz: «Este es mi Hijo amado... Escuchadlo.» Al oír tales palabras, los discípulos caen por tierra, llenos de espanto. Entonces, Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo

El hombre de hoy, como el de siempre, vive entre luces y sombras. En el corazón de no pocos la fe se entremezcla con la incredulidad. Son bastantes los que no se atreven a invocar a Dios. Tal vez no existe. Tal vez todo es un engaño. Desde el evangelio, nos llega una llamada: «No tengáis miedo.» Hay una oración que también hoy puede brotar del corazón inquieto del hombre moderno: «Creo, ayuda a mi poca fe.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
24 de febrero de 1991

EL GUSTO DE CREER

¡Qué bien se está aquí!

Hasta hace todavía muy poco, el temor ha sido uno de los factores que más fuertemente ha motivado y sostenido la religiosidad de bastantes personas. Más de uno aceptaba la doctrina de la Iglesia sólo por temor a condenarse eternamente.

Hoy, sin embargo, en el contexto sociológico actual, se ha hecho cada vez más difícil creer sólo por temor, por obediencia a la Iglesia o por seguir la tradición. Para sentirse creyente y vivir la fe con verdadera convicción es necesario tener la experiencia de que la fe hace bien. De lo contrario, tarde o temprano, uno prescinde de todo ese mundo y lo abandona.

Y es normal que sea así. Para una persona sólo es vital aquello que la hace vivir. Lo mismo sucede con la fe. Es algo vital cuando el creyente puede experimentar que esa fe le hace vivir de manera más intensa, acertada y gozosa.

En realidad, nos vamos haciendo creyentes en la medida en que vamos experimentando de manera cada vez más clara que la adhesión a Cristo nos hace vivir con una confianza más plena, nos da luz y fuerza para enfrentarnos a nuestro vivir diario, hace crecer nuestra capacidad de amar, alimenta nuestra esperanza.

Esta experiencia personal no puede ser comunicada a otros con razonamientos y demostraciones, ni será fácilmente admitida por quienes no la han vivido. Pero es la que sostiene secretamente la fe del creyente incluso cuando, en los momentos de oscuridad, ha de caminar “sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía” (San Juan de la Cruz).

En el relato de la Transfiguración se nos recuerda la reacción espontánea de Pedro que, al experimentar a Cristo de manera nueva, exclama: “¡Qué bien se está aquí!”. No es extraño que, años más tarde, la primera carta de Pedro invite a sus lectores a crecer en la fe si “habéis gustado que el Señor es bueno” (1 Pe 2,3).

En su importante estudio “Theologie affective”, Ch. A. Bernard ha llamado la atención sobre la escasa consideración que la teología reciente ha prestado al “afecto” y al “gusto de creer en Dios”, ignorando así una antigua y rica tradición que llega hasta San Buenaventura.

Sin embargo, no hemos de olvidar que cada uno se convence de aquello que experimenta como bueno y verdadero, y se inclina a vivir de acuerdo con aquello que le hace sentirse a gusto en la vida.

Tal vez, una de las tareas más urgentes de la Iglesia sea hoy despertar “el gusto de creer”. Deberíamos cuidar de manera más cálida las celebraciones litúrgicas, aprender a saborear mejor la Palabra de Dios, gustar con más hondura la Eucaristía, alimentar nuestra paz interior en el silencio y la comunicación amorosa con Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
28 de febrero de 1988

ANTE EL TELEVISOR

Escuchadlo.

Sería una postura cerril no valorar las fantásticas posibilidades de información, comunicación y disfrute que la Televisión ha traído consigo. Pero sería una ingenuidad boba ignorar los riesgos y ambigüedades que la pequeña pantalla encierra.

Por eso son de agradecer estudios como «El simio informatizado» de R. Gubern que, sin caer en moralismos baratos, nos ayudan a ser más lúcidos en esta sociedad postindustrial.

Según las estadísticas, los españoles dedican por término medio tres horas y media a ver televisión, es decir, más de un día cada semana.

Naturalmente, este impacto televisivo tan intenso está produciendo efectos profundos en la estructuración de la vida social y en el mismo modo de ser de las personas. Sólo apuntaré los más destacados por el investigador catalán.

La televisión es, antes que nada, “una gran fábrica de consenso social» que tiende a homogeneizar las ideologías, los gustos, las modas, los centros de interés. Para muchos, la verdadera «escuela» en que aprenden a vivir.

Por otra parte, el televisor ha ocupado un lugar central y estratégico en muchos hogares, impidiendo con frecuencia una verdadera comunicación y diálogo en la familia. Las personas están físicamente juntas pero incomunicadas entre sí, en silencio ante el televisor o hablando de lo que aparece en la pantalla por muy ajeno que sea a su vida personal o familiar.

Aunque la televisión es un gran medio de información, no hemos ‘ de olvidar que nos ofrece una visión de la realidad seleccionada y manufacturada por expertos, fragmentada en imágenes, entremezclada con el telefilm de aventuras o la publicidad de un detergente.

Entonces lo real tiende a convenirse en «espectáculo», la imagen suplanta a la reflexión, la vida se banaliza. Es significativa esa costumbre que se va introduciendo de acabar los telediarios con una noticia divertida o una broma del presentador que pone así un final feliz e intrascendente al espectáculo.

Sin embargo, R. Gubern no subraya, a mi entender, de manera suficiente, esa fuerza que posee la televisión de alejar a la persona de la reflexión, la lectura reposada o la meditación, vaciando su vida de silencio e interioridad.

El hombre de “conciencia televisiva”, agarrado todas las noches al mando a distancia, es un hombre al que se le hará cada vez más difícil entrar en su interior y encontrarse consigo mismo. No acertará a escucharse a sí mismo ni a escuchar a Dios.

También hoy se puede vivir con hondura y libertad interior. Pero es necesario escuchar otras llamadas que no nos llegan del televisor. El creyente no ha de olvidar la invitación: «Este es mí Hijo amado. Escuchadlo ».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
3 de marzo de 1985

EL ARTE DE ESCUCHAR

Escuchadlo...

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado». Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.

¿ Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
7 de marzo de 1982

FIDELIDAD A DIOS Y A LA TIERRA

Subió con ellos a una montaña alta.

Se ha dicho que la mayor tragedia de la humanidad es que «los que oran no hacen la revolución, y los que hacen la revolución no oran».

Lo cierto es que hay quienes buscan a Dios sin preocuparse de buscar un mundo mejor y ms humano, Y hay quienes pretenden construir una tierra nueva sin Dios.

Unos buscan a Dios sin mundo. Otros buscan el mundo sin Dios. Unos creen poder ser fieles a Dios sin preocuparse de la tierra. Otros creen poder ser fieles a la tierra sin abrirse a Dios.

Si algo se puede ver con claridad en Cristo es que tal disociación es imposible. Jesús nunca habla de Dios sin el mundo, y nunca habla del mundo sin Dios. Jesús habla del «reino de Dios en el mundo».

En las cartas escritas por Dietrich Bonhoeffer desde la cárcel, descubrimos la postura verdadera del creyente: «Sólo puede creer en el reino de Dios quien ama a la tierra y a Dios en un mismo aliento».

La «escena de la transfiguración» es particularmente significativa, y nos revela algo que es una constante en el evangelio. «Cristo no lleva al hombre a la huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra como su hijo fiel». (J. Moltmann).

Jesús conduce a sus discípulos a una «montaña alta», lugar por excelencia de encuentro con Dios según la mentalidad semita. Allí vivirán una experiencia religiosa que los sumergirá en el misterio de Jesús.

La reacción de Pedro es explicable: « ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas...». Pedro quiere detener el tiempo. Instalarse cómodamente en la experiencia de lo religioso. Huir de la tierra.

Jesús, sin embargo, los bajará de nuevo de la montaña al quehacer diario de la vida. Y los discípulos deberán comprender que la apertura al Dios trascendente no puede ser nunca huida del mundo.

Quien se abre intensamente a Dios, ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios de Jesucristo, siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres.

El eslogan de Taizé, que año tras año atrae a tantos jóvenes, está apuntando hacia algo que necesitamos descubrir hoy todos: Lucha y contemplación. La fidelidad a la tierra no dispensa de la oración. La fidelidad a Dios no dispensa de la lucha por una tierra más feliz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
7 de marzo de 1982

¿A QUIÉN ESCUCHAR?

Los cristianos han oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente «la transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogida en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar la «realidad oculta» encerrada en Jesús y les invitaba a «escucharle» sólo a él.

En la cumbre de una «montaña alta» los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego, que defendió a Dios con celo abrasador.

La escena es sugerente. Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: sólo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: sólo éste tiene la última palabra. Sólo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. La Ley y los Profetas siguen ocupando el sitio de siempre. No ha captado la novedad de Jesús. La voz salida de la nube va a aclarar las cosas: «Éste es mi Hijo amado. Escuchadle». No hay que escuchar a Moisés o Elías sino a Jesús, el «Hijo amado». Sólo sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.

Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin, estás escuchando a alguien que dice la  verdad. Alguien que sabe por qué y para qué hay que vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y más digno del ser humano.

Entre los seguidores de Jesús no se vive de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el evangelio y sólo el evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho colectivo más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podrán escuchar su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más sentido y responsabilidad, construyendo un mundo más habilitable.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 12 de febrero de 2018

18-02-2018 - 1º Domingo de Cuaresma (B)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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1º Domingo de Cuaresma (B)


EVANGELIO

Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían.

+ Comienzo del santo evangelio según San Marcos 1,12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

- «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2017-2018 -
18 de febrero de 2018

ENTRE CONFLICTOS Y TENTACIONES

(Ver homilía del ciclo B - 2011-2012)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2014-2015 -
22 de febrero de 2015

EMPUJADOS AL DESIERTO

(Ver homilía del 1 de marzo de 2009)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
26 de febrero de 2012

ENTRE CONFLICTOS Y TENTACIONES

Antes de comenzar a narrar la actividad profética de Jesús, Marcos nos dice que el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Se quedó allí cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Estas breves líneas son un resumen de las tentaciones o pruebas básicas vividas por Jesús hasta su ejecución en la cruz.

Jesús no ha conocido una vida fácil ni tranquila. Ha vivido impulsado por el Espíritu, pero ha sentido en su propia carne las fuerzas del mal. Su entrega apasionada al proyecto de Dios le ha llevado a vivir una existencia desgarrada por conflictos y tensiones. De él hemos de aprender sus seguidores a vivir en tiempos de prueba.

«El Espíritu empuja a Jesús al desierto». No lo conduce a una vida cómoda. Lo lleva por caminos de pruebas, riesgos y tentaciones. Buscar el reino de Dios y su justicia, anunciar a Dios sin falsearlo, trabajar por un mundo más humano es siempre arriesgado. Lo fue para Jesús y lo será para sus seguidores.

«Se quedó en el desierto cuarenta días». El desierto será el escenario por el que transcurrirá la vida de Jesús. Este lugar inhóspito y nada acogedor es símbolo de pruebas y dificultades. El mejor lugar para aprender a vivir de lo esencial, pero también el más peligroso para quien queda abandonado a sus propias fuerzas.

«Tentado por Satanás». Satanás significa "el adversario", la fuerza hostil a Dios y a quienes trabajan por su reinado. En la tentación se descubre qué hay en nosotros de verdad o de mentira, de luz o de tinieblas, de fidelidad a Dios o de complicidad con la injusticia.

A lo largo de su vida, Jesús se mantendrá vigilante para descubrir a "Satanás" en las circunstancias más inesperadas. Un día rechazará a Pedro con estas palabras: "Apártate de mí, Satanás, porque tus pensamiento no son los de Dios". Los tiempos de prueba los hemos de vivir, como él, atentos a lo que nos puede desviar de Dios.

«Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían». Las fieras, los seres más violentos de la tierra, evocan los peligros que amenazarán a Jesús. Los ángeles, los seres más buenos de la creación, sugieren la cercanía de Dios, que lo bendice, cuida y sostiene. Así vivirá Jesús: defendiéndose de Antipas al que llama "zorro" y buscando en la oración de la noche la fuerza del Padre.

Hemos de vivir estos tiempos difíciles con los ojos fijos en Jesús. Es el Espíritu de Dios el que nos está empujando al desierto. De esta crisis saldrá un día una Iglesia más humana y más fiel a su Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -  RECUPERAR EL EVANGELIO
1 de marzo de 2009

EMPUJADOS AL DESIERTO

El Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Marcos presenta la escena de Jesús en el desierto como un resumen de su vida. Señalo algunas claves. Según el evangelista, «el Espíritu empuja a Jesús al desierto». No es una iniciativa suya. Es el Espíritu de Dios el que lo desplaza hasta colocarlo en el desierto: la vida de Jesús no va a ser un camino de éxito fácil; más bien le esperan pruebas, inseguridad y amenazas.

Pero el «desierto» es, al mismo tiempo, el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios. El lugar al que hay que volver en tiempos de crisis para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo. Así se pensaba en la época de Jesús.

En el desierto, Jesús «es tentado por Satanás». Nada se dice del contenido de las tentaciones. Sólo que provienen de «Satanás», el Adversario que busca la ruina del ser humano destruyendo el plan de Dios. Ya no volverá a aparecer en todo el evangelio de Marcos. Jesús lo ve actuando en todos aquellos que lo quieren desviar de su misión, incluido Pedro.

El breve relato termina con dos imágenes en fuerte contraste: Jesús «vive entre fieras», pero «los ángeles le sirven». Las «fieras», los seres más violentos de la creación, evocan los peligros que amenazarán siempre a Jesús y su proyecto. Los «ángeles», los seres más buenos de la creación, evocan la cercanía de Dios que bendice, cuida y defiende a Jesús y su misión.

El cristianismo está viviendo momentos difíciles. Siguiendo los estudios sociológicos, nosotros hablamos de crisis, secularización, rechazo por parte del mundo moderno… Pero tal vez, desde una lectura de fe, hemos de decir algo más: ¿No será Dios quien nos está empujando a este «desierto»? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos? Nunca habríamos elegido nosotros estos caminos.

Esta experiencia de desierto, que irá creciendo en los próximos años, es un tiempo inesperado de gracia y purificación que hemos de agradecer a Dios. El seguirá cuidando su proyecto. Sólo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones que nos pueden desviar una vez más de la conversión a Jesucristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
5 de marzo de 2006

CÓMO SERÍA LA VIDA

Creed la Buena Noticia.

Propiamente, Jesús no enseñó una «doctrina religiosa» para que sus discípulos la aprendieran y difundieran correctamente. Jesús anuncia, más bien, un «acontecimiento» que pide ser acogido, pues lo puede cambiar todo. Ello está ya experimentando: «Dios se está introduciendo en la vida con su fuerza salvadora. Hay que hacerle sitio».

Según el evangelio más antiguo, Jesús «proclamaba esta Buena Noticia de Dios: se ha cumplido el plazo. Está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia». Es un buen resumen del mensaje de Jesús: «Se avecina un tiempo nuevo. Dios no quiere dejamos solos frente a nuestros problemas y desafíos. Quiere construir junto a nosotros una vida más humana. Cambiad de manera de pensar y de actuar. Vivid creyendo esta buena noticia».

Todos los expertos piensan hoy que esto que Jesús llama «reino de Dios» es el corazón de su mensaje y la pasión que alentó toda su vida. Lo sorprendente es que Jesús nunca explica directamente en qué consiste el «reino de Dios». Lo que hace es sugerir en parábolas inolvidables cómo actúa Dios y cómo sería la vida si hubiera gente que actuara como él.

Para Jesús, el «reino de Dios» es la vida tal como la quiere construir Dios. Ése era el fuego que llevaba dentro: ¿cómo sería la vida en el Imperio si en Roma reinara Dios y no Tiberio?, ¿cómo cambiarían las cosas si se imitara, no a Tiberio que sólo buscaba poder, riqueza y honor, sino a Dios que pide justicia y compasión para los últimos?

¿Cómo sería la vida en las aldeas de Galilea si en Tiberíades reinara Dios y no Antipas?, ¿cómo cambiaría todo si la gente se pareciera, no a los grandes terratenientes que explotaban a los campesinos, sino a Dios que los quiere ver comiendo y no de hambre?

Para Jesús el reino de Dios no es un sueño. Es el proyecto que Dios quiere llevar adelante en el mundo. El único objetivo que han de tener sus seguidores. ¿Cómo sería la Iglesia si se dedicará sólo a construir la vida tal como la quiere Dios, no como la quieren los amos del mundo?, ¿cómo seríamos los cristianos si viviéramos convirtiéndonos al reino de Dios?, ¿cómo lucharíamos por el «pan de cada día» para todo ser humano?, ¿cómo gritaríamos «Venga tu reino»?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
9 de marzo de 2003

CONVERTIRSE HACE BIEN

Convertíos y creed la Buena Noticia.

La llamada a la conversión evoca casi siempre en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente y el desgarrón propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Jesús: «Convertíos y creed en la Buena Noticia», nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.

El evangelio de Jesús nos viene a decir algo que nunca hemos de olvidar: «Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano, más gozoso». Alguno se preguntará: Pero, ¿cómo vivir esa experiencia?, ¿qué pasos dar?

Lo primero es pararse. No tener miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacemos las preguntas importantes de la vida: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Es esto lo único que quiero vivir?

Este encuentro con uno mismo exige sinceridad. Lo importante es no seguir engañándose por más tiempo. Buscar la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñamos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos.

Es fácil que experimentemos entonces el vacío y la mediocridad. Aparecen ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos vivir algo mejor y más gozoso.

Descubrir cómo estamos dañando nuestra vida no tiene por qué hundimos en el pesimismo o la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima personal. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está operando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, el amor y la bondad.

La conversión nos exigirá, sin duda, introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste en esos cambios. Ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección más sana.

Todos, creyentes y no creyentes, pueden dar los pasos hasta aquí evocados. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por mí más que yo mismo, para resolver no mis problemas sino «el problema», esa vida mía mediocre y fallida que parece no tener solución. Un Dios que me entiende, me espera, me perdona y quiere yerme vivir de manera más plena, gozosa y gratificante.

Por eso el creyente vive su conversión invocando a Dios con las palabras del salmista: «Ten misericordia de mí, oh Dios según tu bondad. Lávame afondo de mi culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro. Devuélveme la alegría de tu salvación» (Salmo 50). La Cuaresma puede ser un tiempo decisivo para iniciar una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
12 de marzo de 2000

DIOS SIGUE CERCA

Convertíos y creed la Buena Noticia.

Un día la fe cristiana llegó hasta nosotros y fue acogida con gozo por nuestros antepasados. Durante siglos, Jesucristo ha sido para muchos el mejor estímulo y la fuerza más vigorosa para vivir con sentido. Hoy, sin embargo, son bastantes los que no aciertan a descubrir su valor. Poco a poco, Jesucristo va siendo olvidado.

Es cierto. Hoy se discute todo. Nada parece tener un valor decisivo. Ideales, filosofías, valores, religiones..., todo queda sometido a los intereses prácticos del vivir diario. Pero, una vez cuestionado todo, queda un problema que cada uno ha de resolver: hay que acertar en la vida, y no es tan fácil encontrar el camino. Jesucristo puede ser el estímulo más poderoso y la esperanza más firme para vivir, amar, crear, sufrir y morir de manera acertada.

A lo largo de estos años hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos y escépticos, pero también más frágiles y menos consistentes interiormente. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. La vida no se hace más llevadera ni más humana sólo con dejar de lado a Dios. Olvidar a Jesucristo no significa tener más energía ni más resortes para vivir.

Pero, ¿es posible reaccionar cuando uno ha vivido muchos años sumido en la indiferencia y el desinterés?, ¿qué pasos se pueden dar para superar prejuicios, dudas e interrogantes?, ¿cómo creer sinceramente en Dios cuando uno se siente tan lejos de aquel «mundo religioso» que conoció de niño? Tal vez, lo primero es recordar que Dios no está lejos de nadie. Todo hombre o mujer, el más indiferente, el más mediocre, el más incrédulo vive envuelto por su amor insondable. Dios siempre se deja encontrar por quien lo busca con sincero corazón.

La cuaresma es un tiempo oportuno para escuchar la llamada de Jesús: «Convertíos y creed la Buena Noticia de Dios». Dios sigue cerca. Es bueno confiar en Él. Dios es el más interesado en que vivamos de manera más digna y dichosa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
16 de febrero de 1997

NO ES FÁCIL

… a proclamar el Evangelio de Dios.

Cuando me meto en la piel de un hombre o de una mujer que vive fuera de la Iglesia y quiere conocer a Cristo y su evangelio, me doy cuenta de que no lo tiene fácil. Si no tiene la suerte de encontrarse con un creyente que vive su fe de manera convencida y gozosa, le resultará difícil captar toda la fuerza, el vigor y la esperanza que Cristo puede aportar a la vida. ¿Por qué digo esto?

Tal como aparece hoy en la sociedad, lo religioso se le va a presentar muchas veces como algo «anacrónico» que, quizás tuvo sentido en otras épocas o culturas, pero que no pertenece a nuestros días. Las ceremonias religiosas que va a ver en la televisión o el lenguaje eclesiástico que habitualmente va a escuchar le pueden llevar a preguntarse: «,A qué viene todo esto?, ¿hay que vestirse así, hacer estos ritos o hablar de esa manera para relacionarse con Dios o vivir el evangelio de Cristo?»

No es sólo esto. Lo religioso se le puede presentar también como algo «autoritario». Un mundo en el que se imponen verdades y dogmas que hay que aceptar aunque no se entiendan. Una institución que prohíbe y censura cosas que, en principio a uno le parecen sanas. Surgirá entonces la pregunta: «¿Cómo voy a aceptar algo que se me trata de imponer de forma autoritaria?»

Puede tener también la impresión de que en las instituciones religiosas hay «miedo» al avance de la ciencia, al progreso de las ideas y a los cambios sociales. Incluso puede llegar a sospechar que lo religioso, tal como a veces es presentado y vivido, está contra la vida. ¿Cómo percibir entonces a ese Cristo que vino para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)?

No es el momento de analizar lo que hay de injusto o verdadero en esta visión de lo religioso, lo que es deformación de la realidad o pecado de la Iglesia. Lo cierto es que a través de esta percepción de lo religioso, es casi imposible que una persona llegue a descubrir la luz y la fuerza que Cristo puede infundir a la existencia.

Según Marcos, Jesús «proclamaba la Buena Noticia de Dios» (Marcos 1, 14). Para muchos que sólo conocen lo religioso «desde fuera», la verdadera oportunidad de entrar en contacto con «lo cristiano» y descubrir a ese Dios es encontrarse con hombres y mujeres en cuya vida se pueda ver con claridad que creer en Dios hace bien, pues da fuerza para vivir y esperanza para morir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
20 de febrero de 1994

DIFICIL

Convertíos.

Hubo un tiempo en que era peligroso confesarse cristiano. Podía significar, incluso, ser condenado a muerte. La persecución ha acompañado a menudo a los cristianos. Los mártires son creyentes que han confesado su fe con su sangre.

Ha habido, por el contrario, tiempos en que ser cristiano era ventajoso. Significaba prestigio y hasta trato privilegiado por parte de las autoridades y de la misma sociedad. La condición de cristiano era una especie de «status» social, no esfuerzo de fidelidad al evangelio.

Hoy, ser cristiano, más que peligroso o ventajoso, es sencillamente difícil. Sin duda, siempre es peligroso ser auténticamente cristiano; también en nuestros días puede entrañar riesgos. Y siempre existe la tentación de acogerse a situaciones de privilegio allí donde la Iglesia tiene poder social. Pero lo propio de nuestros tiempos está en la «dificultad» de ser cristiano.

Según Raimon Paníkkar a quien sigo de cerca en esta reflexión, el «peligro» para el cristiano suele venir, en general, de fuera; son las fuerzas hostiles a la Iglesia las que desarrollan la persecución. El «privilegio» suele ser consecuencia de un estado de compromiso entre el cristianismo y los que detentan el poder. La «dificultad actual» del cristiano proviene de dentro de sí mismo y de dentro de la misma Iglesia.

Ser cristiano es difícil porque cuesta vivir las bienaventuranzas y ser fiel al evangelio. La dificultad está dentro de nosotros, en nuestra resistencia a seguir la voz del Espíritu, que nos llama siempre a una vida más digna y más plena. Es más fácil «rebajar» el cristianismo y adaptarlo a nuestra vida mediocre.

La dificultad está también en que, muchas veces, el cristiano no recibe de los demás creyentes apoyo y aliento para vivir su fe de manera auténtica. La iglesia no aparece como modelo evangélico; no inspira ni alienta; más bien, decepciona. Resulta más fácil entonces olvidar el evangelio y acomodarse a la rutina general.

Según Panikkar, en los momentos en que se hace peligroso ser cristiano, es necesario ejercitar la virtud de la fortaleza. Cuando, por el contrario, resulta un privilegio, lo que se requiere es humildad. Hoy, para superar la dificultad de ser cristiano, se precisa obediencia al Espíritu.

El pensador catalán recuerda, con toda la tradición cristiana, que saber obedecer significa saber escuchar bien (ob-audire). Mantener despierto el oído interior; conservar limpio el corazón; estar atento a la voz de la propia responsabilidad. En el fondo, ser cristiano o no, es un asunto que se juega en nuestra capacidad de obedecer a la llamada de Cristo: «convertíos porque está cerca el Reino de Dios.» Cambiad porque un Dios cercano quiere reinar en vuestra vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
17 de febrero de 1991

CONVERTIRSE HACE BIEN

Convertíos y creed la Buena Noticia.

La llamada a la conversión evoca casi siempre en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente y el desgarrón propios de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en la Buena Noticia”, nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.

El evangelio de Jesús nos viene a decir algo que nunca hemos de olvidar: “Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano, más gozoso”. Alguno se preguntará: Pero, ¿cómo vivir esa experiencia?, ¿qué pasos dar?

Lo primero es pararse. No tener miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacernos las preguntas importantes de la vida: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Es esto lo único que quiero vivir?

Este encuentro consigo mismo exige sinceridad. Lo importante es no seguir engañándose por más tiempo. Buscar la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos.

Es fácil que experimentemos entonces el vacío y la mediocridad. Aparecen ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos vivir algo mejor y más gozoso.

Descubrir cómo estamos dañando nuestra vida no tiene por qué hundirnos en el pesimismo o la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima personal. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está operando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, el amor, la bondad.

La conversión nos exigirá, sin duda, introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste en esos cambios. Ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección más sana.

Todos, creyentes y no creyentes, pueden dar los pasos hasta aquí evocados. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por mí más que yo mismo, para resolver no mis problemas sino “el problema”, esa vida mía mediocre y fallida que parece no tener solución. Un Dios que me entiende, me espera, me perdona y quiere yerme vivir de manera más plena, gozosa y gratificante.

Por eso el creyente vive su conversión invocando a Dios con las palabras del salmista: “Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu bondad. Lávame a fondo de mi culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro. Devuélveme la alegría de tu salvación” (Salmo 50).

Esta Cuaresma puede ser para ti un tiempo decisivo para iniciar una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
21 de febrero de 1988

SEDUCCIÓN

Se quedó en el desierto.

Acabo de leer el apasionante estudio de Gilles Lipovetsky sobre la sociedad posmoderna, que lleva por título «La era del vacío “.

Según el prestigioso sociólogo de Grenoble, uno de los rasgos característicos del momento actual es el clima de seducción que parece impregnar cada vez más la vida contemporánea.

La seducción ya no es algo que se produce sólo en las relaciones interpersonales, sino que se va convirtiendo en un elemento que tiende a regular el consumo, la organización de la vida, la educación, las costumbres.

La profusión de productos y la necesidad de captar al posible comprador ha llevado a la publicidad a extremar la estrategia de la seducción por medio de ofertas cada vez más tentadoras, imágenes más excitantes, voces aterciopeladas.

Las relaciones autoritarias dejan paso a relaciones de seducción. Los jefes se han de mostrar cercanos y cordiales. La disciplina es sustituida por un estilo cálido y sugerente. La educación, antes autoritaria, se vuelve más permisiva y atenta a los deseos de los niños y adolescentes.

Crece por todas partes el deseo de crear un clima más tranquilo y seductor. Se trabaja con hilo musical, se conduce escuchando el estéreo, se oye música desde la mañana a la noche como si el individuo tuviera necesidad de vivir transportado y envuelto en un ambiente relajado.

El mismo lenguaje pretende crear un mundo suave y tolerante. Ya no hay ciegos y lisiados, sino invidentes y minusválidos. Los viejos se han convertido en “personas de la tercera edad». El aborto es solamente «una interrupción voluntaria del embarazo».

Sin duda, es fácil detectar en este “fenómeno posmoderno» el deseo y la necesidad de humanizar la dureza de la vida moderna introduciendo un aire más cálido, cordial y tolerante.

Pero, como advierte con lucidez G. Lipovetsky, esta sociedad seductora está generando un hombre de voluntad débil, seducido por toda clase de cebos y reclamos, esclavo de mil impulsos y deseos cambiantes.

Cada vez son más los que viven “a la carta», confeccionándose su propio menú según las apetencias del momento, en una búsqueda interminable de sí mismos, sin saber exactamente dónde enraizar su existencia.

Sin embargo, una vida digna de este nombre exige con frecuencia no ceder a seducciones que pueden destruirnos como personas. La figura de Jesús enfrentándose a la tentación sigue siendo también hoy una llamada que nos interpela.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
24 de febrero de 1985

ANTE EL VACIO MORAL

Convertíos y creed la Buena Noticia.

Los obispos del País Vasco acaban de escribir una Carta Pastoral que, probablemente, no saltará a las primeras páginas de los periódicos como en tantas otras ocasiones.

Su contenido no interesará esta vez a los que buscan sensacionalismos fáciles que distraigan a las gentes. Sin embargo, su llamada lúcida y responsable a «recuperar el sentido moral» será acogida con gozo por todos aquellos que anhelan honradamente una sociedad más humana.

Los obispos nos ayudan a detectar en sus mismas raíces una crisis más grave que la económica. Una «crisis moral» que, en ocasiones, llega a ser un auténtico «vacío ético».

Son muchos los que, a pesar de su buena fe, viven desorientados, sin saber qué valor atribuir a los criterios morales tradicionales y cómo responder concretamente a esa llamada que hay en todo hombre a ihacer el bien y evitar el mal».

No se trata solamente de la crisis individual de una persona o de otra. Es una crisis cultural más profunda que tiene sus raíces en la pérdida del sentido mismo del hombre.

En la cultura moderna ya no se sabe cómo responder a las preguntas más fundamentales que nacen de lo hondo del corazón humano. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi destino? ¿Por qué y para qué vivo?

Cuando el hombre no es capaz de responder a estas preguntas, difícilmente puede contestar a esta otra que está en la base misma del comportamiento moral. ¿Cómo he de vivir? ¿Qué es lo que debo hacer? No hemos de extrañarnos del «vacío moral» en que viven muchos. Si el hombre no sabe lo que es, difícilmente podrá saber cómo debe actuar.

El hombre moderno ha ido perdiendo el sentido de Dios, pero esta pérdida de fe religiosa no le ha hecho más humano. Al contrario, al perder a Dios como sentido último de su vida, se le ha oscurecido su propia identidad y ha ido cayendo en un vacío moral que lo va deshumanizando más y más. Resulta cada vez más inquietante la pregunta de A. Malraux: «En un mundo en el qüe Dios ha muerto, ¿podrá el hombre sobrevivir»?

Desde el interior mismo de esta crisis cultural, los obispos del País Vasco nos invitan con lucidez y convicción a descubrir en Jesucristo «qué es ser hombre y vivir como hombre».

Su palabra no es «una receta moral» para ser aplicada infantilmente en cada caso. Es una llamada a responder desde lo más hondo de nuestro ser al Dios de Jesucristo, descubriendo en las exigencias de la moral cristiana una invitación a vivir la vida en toda su plenitud.

Su Carta Pastoral es un eco del grito de Jesús que escuchamos al comienzo de la cuaresma: «Convertíos y creed la Buena Noticia». La conversión no anula. La moral no deshumaniza. Dios sigue siendo Buena Noticia para quien anhela vivir como hombre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
28 de febrero de 1982

ES POSIBLE CAMBIAR

Convertíos y creed la buena noticia.

Podemos decir que todo el mensaje de Jesús es una llamada al cambio. Algo nuevo se ha puesto en marcha con su venida. Dios esta cerca. Su reinado de justicia, libertad y fraternidad comienza a abrirse camino entre los hombres. Desde ahora mismo, hay que creer en esta buena noticia. Hay que reaccionar y vivir de manera nueva, como hijos de un mismo Padre, como hermanos de todos los hombres.

Se nos pide dar un paso decisivo. Creer desde el fondo de nuestro ser que somos hijos de un Padre, y que nuestra felicidad y nuestro último destino es vivir como hermanos.

No se trata de corregir un determinado defecto o arrepentimos de un pecado concreto. Se nos invita a pasar de la increencia a la fe, de la pereza a la decisión, de la soledad a la amistad con Dios, del egoísmo al amor, de la defensa de mi pequeña felicidad a la solidaridad más radical.

Se nos llama a despertar todas las posibilidades que se encierran en cada uno de nosotros. Se nos anima a reavivar la capacidad de generosidad, desinterés y fraternidad adormecidas quizás en nuestro ser.

A veces los cristianos hemos olvidado que la fe es una llamada a crecer como hombres, un estímulo a crear siempre una vida más humana. Dietrich Bonhoeffer combatía apasionadamente esa religión estéril y vacía de quienes se conforman con cualquier injusticia propia o ajena, porque, en definitiva, ya se han resignado hace tiempo, y viven esta vida sólo con la mitad de su corazón.

Siempre nuestra vida puede volver a empezar. Nunca estamos perdidos del todo. Podemos conocer de nuevo la alegría interior. Somos capaces de volver a amar con desinterés.

Sólo es necesario escuchar la llamada del Dios vivo que está resonando ya en nuestro «hombre interior», es decir, en esa capacidad de escucha y de respuesta que llevamos todos en nosotros mismos, quizás sin sospecharla apenas.

Los hombres y mujeres que escuchan esta llamada comprenden que ya no podrán vivir como antes. Ese Dios que no era hasta entonces sino un desconocido o una amenaza, se les ha desvelado.

Ahora saben algo nuevo y que hoy ya apenas nadie sospecha. Que Dios es fuerza y alegría para el hombre. Que Dios es la mejor noticia que un hombre puede escuchar.  

José Antonio Pagola



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