lunes, 2 de marzo de 2015

08/03/2015 - 3º Domingo de Cuaresma (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º Domingo de Cuaresma (B)


EVANGELIO

Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
-«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: - «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó:
- «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron:
-«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»  pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
8 de marzo de 2015

UN TEMPLO NUEVO

Jesús hablaba del templo de su cuerpo.

Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».
Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».
No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?
El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.
Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.
En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».
Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
11 de marzo de 2012

LA INDIGNACIÓN DE JESÚS

Acompañado de sus discípulos, Jesús sube por primera vez a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.
Jesús se llena de indignación. El narrador describe su reacción de manera muy gráfica: con un látigo saca del recinto sagrado a los animales, vuelca las mesas de los cambistas echando por tierra sus monedas, grita: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
Jesús se siente como un extraño en aquel lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de "comprar" a Dios con sus ofrendas. Jesús recuerda seguramente unas palabras del profeta Oseas que repetirá más de una vez a lo largo de su vida: «Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios».
Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí esa "familia de Dios" que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio.
No pensemos que Jesús está condenando una religión primitiva, poco evolucionada. Su crítica es más profunda. Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna.
Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en "vendedores y cambistas" que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.
Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
15 de marzo de 2009

UN TEMPLO NUEVO

(Ver homilía del 8 de marzo de 2015)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
19 de marzo de 2006

LO PRIMERO NO ES LA RELIGIÓN

No convirtáis en mercado la casa de mi Padre.

Todos los evangelios se hacen eco de un gesto audaz y provocativo de Jesús dentro del recinto del templo de Jerusalén. Probablemente no fue muy espectacular. Atropelló a un grupo de vendedores de palomas, volcó las mesas de algunos cambistas y trató de interrumpir la actividad durante algunos momentos. No pudo hacer mucho más.
Sin embargo, aquel gesto cargado de fuerza profética fue lo que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y política. El Templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. ¿Qué sería del pueblo sin su presencia entre ellos?, ¿cómo podrían sobrevivir sin el Templo?
Para Jesús, sin embargo, era el gran obstáculo para acoger el reino de Dios tal como él lo entendía y proclamaba. Su gesto ponía en cuestión el sistema económico, político y religioso sustentado desde aquel «lugar santo». ¿Qué era aquel templo?, ¿signo del reino de Dios y su justicia o símbolo de colaboración con Roma?, ¿casa de oración o almacén de los diezmos y primicias de los campesinos?, ¿santuario del perdón de Dios o justificación de toda clase de injusticias?
Aquello era una «cueva de ladrones». Mientras en el entorno de la «casa de Dios» se acumulaba la riqueza, en las aldeas crecía la miseria de sus hijos. No. Dios no legitimaría jamás una religión como aquella. El Dios de los pobres no podía reinar desde aquel Templo. Con la llegada de su reinado, perdía su razón de ser.
La actuación de Jesús nos pone en guardia a todos sus seguidores y nos obliga a preguntarnos por la religión que estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera «santa» de cerrarnos al proyecto de Dios que Jesús quería impulsar en el mundo. Lo primero no es la religión, sino el reino de Dios.
¿Qué religión es la nuestra?, ¿hace crecer nuestra compasión por los que sufren o nos permite vivir tranquilos en nuestro bienestar?, ¿alimenta sólo nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano y habitable? Si se parece a la del Templo judío, Jesús no la bendeciría.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
23 de marzo de 2003

EL AMOR NO SE COMPRA

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del Profeta que se topa con la religión convertida en mercado.
Aquel templo llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel al hombre, se ha convertido en lugar de engaño y abusos donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.
Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de todo su mensaje es la gratuidad de Dios que ama a los hombres sin límites y sólo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.
Por eso, una vida convertida en mercado donde todo se compra y se vende, incluso la relación con el misterio de Dios, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover entre los hombres.
Es cierto que nuestra vida sólo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir todas nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.
Casi sin damos cuenta, nos podemos convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.
Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor y el amor no se compra. Por algo repetía Jesús que Dios «quiere amor y no sacrificios» (Mt 12, 7).
Tal vez, lo primero que el hombre de hoy necesita escuchar de la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado donde nada hay gratuito y donde todo es exigido, comprado o ganado, sólo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo pues es el signo más auténtico del amor.
Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida, tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.
Quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
26 de marzo de 2000

LA CASA DE TODOS

La casa de mi Padre.

Según el relato evangélico, cuando Jesús llega a Jerusalén, encuentra el templo lleno de «vendedores y cambistas». Aquella liturgia no es encuentro sincero con Dios, sino culto hipócrita que encierra intereses e injusticias de todo género. Jesús se indigna ante tanta mentira. No tolera un templo que no es ya signo de la presencia salvadora de Dios en medio del pueblo. Aquel templo no es la casa del Padre de todos. No es el lugar donde se acoge a todos fraternalmente corno hermanos y hermanas.
A lo largo de estos años, hemos sido testigos de un hecho doloroso que, por desgracia, se sigue repitiendo entre nosotros. Tras cada asesinato o muerte violenta, las familias cristianas traen sus muertos a la iglesia para ofrecerles la última despedida y orar por ello a Dios. Muchas veces, son celebraciones ejemplares donde la fe y el perdón sincero prevalecen heroicamente sobre los sentimientos de rabia y venganza que quieren apoderarse de familiares y amigos de la víctima.
Pero, ¿qué decir de otras celebraciones en que se pervierte el significado profundo del culto cristiano? ¿Qué sentido tiene instrumentalizar la Eucaristía, signo por excelencia de comunión y fraternidad, para acrecentar sentimientos de odio y venganza? ¿Se puede oír con sinceridad la Palabra de Dios escuchando de El sólo condena para los otros? ¿Se puede «monopolizar a Dios tratando de identificarlo con nuestra causa y nuestros intereses partidistas?
La trágica situación que vivimos en este pueblo hace todavía más urgente la necesidad de encontrar al menos en el templo un espacio donde todos nos dejemos juzgar por el Único que lo hace con justicia y donde, sobre todo, escuchemos la voz de un Padre que nos urge a todos a liberarnos de la violencia insensata, del odio y la venganza.
A lo largo de estos años, se viene manteniendo en la Iglesia una línea de actuación que no siempre es comprendida y respetada. Nunca se da autorización para introducir en los funerales banderas, símbolos o insignias de significado político. Tampoco se deja las iglesias para organizar reivindicaciones de carácter partidista.
Todo ello ha sido, en ocasiones, motivo de protestas y tensiones no pequeñas. Pero en una sociedad en que se quiere introducir la violencia en todos los ámbitos de la vida sin respetar fiestas, celebraciones ni actos religiosos, la Iglesia quiere defender el templo cristiano como un espacio de encuentro, sin convertirlo en lugar de divisiones y enfrentamientos. No lo hace para desentenderse de los problemas y sufrimientos de este pueblo, sino para recordar, de forma humilde pero firme, que ante Dios todos seguimos siendo hermanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
02 de marzo de 1997

SIN SITIO PARA DIOS

El celo de tu casa me devora.

Cada vez son más los que toman nota de ese dato que ponía de relieve hace unos años P Richard: Dios está presente en los pueblos pobres y marginados de la Tierra, y se está ocultando lentamente en los pueblos ricos y poderosos. Los países del Tercer Mundo son pobres en poder, dinero y tecnología, pero son más ricos en humanidad y espiritualidad que las sociedades que los marginan.
Tal vez, el viejo relato de Jesús expulsando del Templo a los mercaderes nos pone sobre la pista (no la única) que puede explicar el porqué de este ocultamiento de Dios precisamente en la sociedad del progreso y del bienestar. El contenido esencial de la escena evangélica se puede resumir así: allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para un Dios que es Padre de todos los hombres.
Cuando Jesús llega a Jerusalén no encuentra gente que busca a Dios, sino comercio. El mismo Templo se ha convertido en un gran mercado. Todo se compra y se vende. La religión sigue funcionando, pero nadie escucha a Dios. Su voz queda silenciada por el culto al dinero. Lo único que interesa es el propio beneficio.
Según el evangelista, Jesús actúa movido por «el celo de la casa de Dios». El término griego significa ardor, pasión. Jesús es un «apasionado» por la causa del verdadero Dios y, cuando ve que está siendo desfigurado por intereses económicos, reacciona con pasión denunciando esa religión equivocada e hipócrita.
La actuación de Jesús recuerda las terribles condenas pronunciadas en el pasado por los profetas de Israel. Sólo citaré las palabras que Isaías pone en boca de Dios: «Estoy harto de holocaustos... No me traigáis más dones vacíos ni incienso execrable... Yo detesto vuestras solemnidades y fiestas; se me han vuelto una carga que no soporto. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Buscad la justicia, levantad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid» (Isaías 1, 11-18).
No es extraño que en la «Europa de los mercaderes» se hable hoy de «crisis de Dios» (Gotteskrise). Allí donde se busca la propia ventaja o ganancia sin tener en cuenta el sufrimiento de los necesitados, no hay sitio para el verdadero Dios. Allí el anhelo de la trascendencia se apaga y las exigencias del amor se olvidan. Esta Europa del bienestar donde la crisis de Dios está ya generando una profunda crisis del hombre, necesita escuchar un mensaje claro y apasionado: «Quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3, 1).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
06 de marzo de 1994

LA VIOLENCIA SE APRENDE

El celo de tu casa me devora.

Ningún ser humano nace con impulsos hostiles o violentos. La violencia se aprende. Esta es la tesis que defiende, junto con otros muchos expertos, el prestigioso psiquiatra, L. Marcos Rojas, en su último libro, «Las semillas de la violencia
Según el profesor de Nueva York, es, sobre todo, el entorno social el que estimula la racionalidad, la tolerancia y la bondad del individuo, o el que, por el contrario, desarrolla en él las semillas del disparate, el odio o la crueldad. Nadie se vuelve violento sin aprendizaje.
A lo largo de estos años se han cometido entre nosotros toda clase de crímenes sangrientos. Esta bárbara violencia ha estado siempre envuelta en un lenguaje legitimador que pretende justificar lo injustificable. Pero nunca hasta ahora se había producido un hecho tan grave como es el cultivar y desarrollar positivamente la violencia de las nuevas generaciones.
Jóvenes casi adolescentes, movilizados por análisis simplistas del problema vasco y por consignas privadas de todo sentido ético, son alimentados en el odio e incitados a la lucha callejera, la destrucción y la siembra de terror.
Este aprendizaje de la violencia exige la puesta en marcha de mecanismos bien conocidos. Para que se pueda despertar la violencia en las conciencias juveniles, es necesario, antes que nada, «fabricar el enemigo». Deshumanizar al otro, incluso «demonizarlo»; propagar falsos estereotipos que lo rebajen como ser humano y lo presenten como merecedor de una agresión justa. Solo así puede crecer el odio en el corazón noble de un joven.
Por otra parte, debe funcionar el mecanismo psicológico de la «proyección», descrito hace mucho por S. Freud. El joven tiene que defenderse de sus impulsos inaceptables de violencia y justificarlos de alguna forma ante sí mismo. Entonces proyecta sus propias actitudes sobre las víctimas. «Los odiamos» se convierte en «nos odian». «Los acosamos» en «nos acosan». Solo esta distorsión le permite proseguir su lucha con una sensación de dignidad.
Estos jóvenes no saben —quizás tampoco quienes los manipulan— que la primera víctima de su violencia serán ellos mismos. Separados de la realidad y marcados por el odio y el fanatismo, su vida será cada vez menos humana y más desdichada. De seguir por ese camino, se convertirán en una juventud perdida para la paz. Habituados a la coacción, la agresión violenta y la destrucción, poco podrán aportar a una convivencia más justa y tolerante.
La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén no es una acción de violencia destructora, sino el gesto de un profeta que reacciona indignado contra lo que pervierte el culto a Dios y destruye la convivencia fraterna. Este pueblo no necesita sembradores de odios y violencias, sino hombres y mujeres que sepan reaccionar con indignación frente a todo lo que va contra el ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
03 de marzo de 1991

EL AMOR NO SE COMPRA

No convirtáis en un mercado
la casa de mi Padre

Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a “vendedores y cambistas” no es sino la reacción del Profeta que se topa con la religión convertida en mercado.
Aquel templo llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloría de Dios y su amor fiel al hombre, se ha convertido en lugar de engaño y abusos donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.
Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de todo su mensaje es la gratuidad de Dios que ama a los hombres sin límites y sólo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.
Por eso, una vida convertida en mercado donde todo se compra y se vende, incluso la relación con el misterio de Dios, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover entre los hombres.
Es cierto que nuestra vida sólo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir todas nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.
Casi sin darnos cuenta, nos podemos convertir en “vendedores y cambistas” que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.
Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor y el amor no se compra. Por algo repetía Jesús que Dios “quiere amor y no sacrificios” (Mt 12,7).
Tal vez, lo primero que el hombre de hoy necesita escuchar de la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado donde nada hay gratuito y donde todo es exigido, comprado o ganado, sólo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo pues es el signo más auténtico del amor.
Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida, tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.
Quien conoce “la sensación de la gracia” y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
06 de marzo de 1988

EL CUERPO

Hablaba del templo de su cuerpo.

Durante mucho tiempo el hombre occidental ha ignorado su cuerpo como algo superfluo o poco importante. Hoy las cosas parecen haber cambiado notablemente.
Un interés nuevo y casi febril se ha despertado en la sociedad moderna. Ha llegado el momento de cuidar el cuerpo y rodearlo de toda clase de atenciones y solicitudes.
Lo primero es la salud. Hay que preocuparse de la higiene, cuidar ‘la línea», controlar el peso. Se hace casi indispensable el chequeo periódico, la alimentación dietética, el régimen adecuado.
Todo es poco para mantenerse en forma. Masajes, sauna, “footing”, yoga o acupuntura. Hay que conservarse joven y fuerte.
Pero no se trata sólo de cuidar el buen funcionamiento del organismo. El hombre contemporáneo comienza a sentir y vivir su cuerpo de manera distinta.
Las generaciones actuales aprenden hoy técnicas de relajación, expresión corporal o comunicación sensible, totalmente desconocidas entre nosotros sólo hace unos años.
Hemos de valorar y celebrar en su justa medida este redescubrimiento del cuerpo. Es algo que puede ayudar a muchos hombres y “mujeres a crecer de manera más sana y armoniosa.
Esta afirmación del cuerpo será todavía más positiva y humanizadora si no olvidamos dónde radica su grandeza y dignidad.
El evangelista Juan nos recuerda que Jesús «hablaba del templo de su cuerpo» Sabemos que San Pablo, por su parte, lo considera “santuario del Espíritu Santo”.
El cuerpo no es algo vacío y hueco, privado de interioridad. En nuestro cuerpo crece y se expansiona ese Espíritu de Dios que alimenta nuestro ser.
El cuerpo no es sólo una máquina cuyo buen funcionamiento hemos de asegurar. Nosotros mismos somos cuerpo, materia viva, animada por el Espíritu del Creador.
Cuando esto se olvida, el declive corporal puede convertirse en verdadera tragedia. Hay que disimular los estigmas de la vejez, borrar las arrugas, hacerse la cirugía estética, retrasar la muerte.
Todo inútil. Cansado en tantas luchas y combates, gastado en tantos trabajos y penalidades, el cuerpo nos conduce humildemente hacia ese Dios de cuyas manos un día nacimos.
En el corazón del creyente brota entonces una esperanza. Este templo será reconstruido y levantado de nuevo. Cristo es nuestra esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
10 de marzo de 1985

EL CULTO AL DINERO

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos lo bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación, la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es sino lo que tiene.
Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho, son mayoría los que le rinden y sacrifican todo su ser.
J. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra «La sociedad de la abundancia». El dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».
Cuantas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, lo decisivo, lo importante y definitivo es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.
Aquí está sin duda, una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.
y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se puede adquirir nuevas relaciones pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer pero no felicidad.
Pero, los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.
No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes con un azote en las manos. Y, sin embargo, ésa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa sino su propio negocio.
El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas sólo por intereses de dinero.
Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios a los hombres cuando uno vive comprando o vendiéndolo todo, movido únicamente por e1 deseo de «negociar» su propio bienestar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
14 de marzo de 1982

AMBIGÜEDAD DEL CULTO

No convirtáis en un mercado
la casa de mi Padre.

En la década de los años 60, los llamados «teólogos de la muerte de Dios» profetizaron la rápida desaparición de la fe en Dios y el espectacular derrumbe de lo religioso en la sociedad moderna.
Apenas han pasado unos años, y ya ha perdido toda actualidad aquella moda teológica. Dios no ha muerto. Lo religioso sigue persistiendo, y la fe no parece abocada a una rápida desaparición.
Sin duda, la crisis religiosa es profunda y se plantea en las raíces mismas de nuestra civilización. Pero no se puede afirmar ligeramente que lo religioso esté desapareciendo para siempre. Si se escucha el parecer de sociólogos y teólogos, se diría casi lo contrario. «Desde el punto de vista de los datos empíricos, no hay razones para pensar que la religiosidad en general, y la práctica religiosa en concreto, estén en vías de desaparición, sino más bien de todo lo contrario». (J. M. Castillo).
El interés por el misterio, la atracción por ciertas prácticas de piedad, el acercamiento a los sacramentos en los momentos más decisivos de la vida (Bautismo, Matrimonio, funeral) no han descendido como se esperaba.
Pero, uno no puede menos de hacerse la pregunta: ¿qué hay tras esa religiosidad? ¿qué se esconde en esa liturgia? ¿qué se busca a través de ese culto? ¿con qué Dios se encuentran estos hombres y mujeres en el templo?
La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén nos pone en guardia frente a posibles ambigüedades, ambivalencias y manipulaciones de lo cultual.
También nosotros hemos de preguntarnos en qué hemos convertido «la casa del Padre». ¿Son nuestras iglesias lugar donde nos encontramos con el Padre de todos, que nos urge a preocuparnos de los hermanos, o el lugar en que tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses egoístas?
¿Qué son nuestras celebraciones? ¿Un encuentro con el Dios vivo de Jesucristo que nos impulsa a construir su reino y buscar su justicia, o la puesta en práctica de unos mecanismos de los que esperamos obtener efectos tranquilizadores?
¿Qué son nuestros encuentros dominicales? ¿Una escucha sincera de las exigencias y las promesas del evangelio y una celebración de nuestro compromiso de fraternidad, o el cumplimiento de una obligación rutinaria y aburrida que nos permite una «cierta seguridad» ante Dios?
Sólo hay una manera de que nuestras iglesias sean «casa del Padre»: celebrar un culto que nos comprometa a vivir como hermanos.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 23 de febrero de 2015

01/03/2015 - 2º Domingo de Cuaresma (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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2º Domingo de Cuaresma (B)


EVANGELIO

Éste es mi Hijo amado.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  - «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
- «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
- «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
1 de marzo de 2015

NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.
La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.
Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.
Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.
Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.
Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
4 de marzo de 2012

LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.
Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.
La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.
Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.
Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.
Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Evangelio.
Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.
Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.
Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida. Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – Recuperar el Evangelio.
8 de marzo de 2009

NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS

(Ver homilía del 1 de marzo de 2015)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
12 de marzo de 2006

ESCUCHAR

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar. No sabemos acercamos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. No acertamos a escuchar el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenemos a escuchar realmente a nadie. Se nos está olvidando el arte de escuchar.
Por eso, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado, en buena parte, que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Más aún. Sólo desde esta escucha nace la verdadera fe cristiana.
Según el evangelista Marcos, cuando en la «montaña de la transfiguración» los discípulos se asustan al sentirse envueltos por las sombras de una nube, sólo escuchan estas palabras: «Este es mi Hijo amado: escuchadle a él».
La experiencia de escuchar a Jesús hasta el fondo puede ser dolorosa, pero apasionante. No es el que nosotros habíamos imaginado desde nuestros esquemas y tópicos piadosos. Su misterio se nos escapa. Casi sin damos cuenta, nos va arrancando de seguridades que nos son muy queridas, para atraernos hacia una vida más auténtica.
Nos encontramos, por fin, con alguien que dice la verdad última. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Algo nos dice desde dentro que tiene razón. En su vida y en su mensaje hay verdad.
Si perseveramos en una escucha paciente y sincera, nuestra vida empieza a iluminarse con una luz nueva. Comenzamos a verlo todo con más claridad. Vamos descubriendo cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta de los grandes errores que podemos cometer los humanos, y de las grandes infidelidades de los cristianos.
Tal vez, hemos de cuidar más en nuestras comunidades cristianas la escucha fiel a Jesús. Escucharle a él nos puede curar de cegueras seculares, nos puede liberar de desalientos y cobardías casi inevitables, puede infundir nuevo vigor a nuestra fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
16 de marzo de 2003

NUEVA IDENTIDAD

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Para ser cristiano, lo importante no es qué cosas cree una persona sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.
En las fuentes cristianas se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible hoy reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Sólo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos pues, entre otras cosas, les animaba a creer sólo en Jesús.
La escena se sitúa poéticamente en una «montaña alta». Jesús está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Sólo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Éste es mi Hijo querido. Escuchadle a él».
Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más vital y honda con Jesucristo. Sólo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la Iglesia.
Sólo esta comunión creciente con Jesús va transformando nuestra identidad y nuestros criterios, va cambiando nuestra manera de ver la vida, nos va liberando de las imposiciones de la cultura, va haciendo crecer nuestra responsabilidad.
Desde Jesús podemos vivir de manera diferente. Ya las personas no son simplemente atractivas o desagradables, interesantes o sin interés. Los problemas no son asunto de cada cual. El mundo no es un campo de batalla donde cada uno se defiende como puede. Nos empieza a doler el sufrimiento de los más indefensos. Podemos vivir cada día haciendo un mundo un poco más humano. Nos podemos parecer a Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
19 de marzo de 2000

MIEDO

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos; hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.
Hay miedo a lo nuevo como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma» pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación como un instinto de conservación.
Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes para evitar planteamientos que pueden inquietar; se promueve la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.
Hay miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Cristo.
Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18). Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.
Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar sólo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Sólo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
23 de febrero de 1997

DÓNDE APOYARNOS

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

El teólogo alemán H. Zahrnt estudia en uno de sus libros (La búsqueda de Dios. Diálogo teológico entre fe e indiferencia, 1989) tres momentos culturales en la historia de Occidente. A finales de la civilización antigua, la sociedad estaba angustiada por la fatalidad de la muerte: «quién me podrá liberar de mi destino mortal?» Al terminar la Edad Media, las gentes vivían atormentadas, sobre todo, por el pecado y la condenación eterna: «¿lograré alcanzar la salvación?» Hoy, cuando el segundo milenio llega a su fin, el hombre moderno aparece turbado, sobre todo, por el vacío y el sinsentido de la existencia: «,qué sentido puedo darle a mi vida?»
Ciertamente, también hoy preocupan la culpa y la muerte, pero no constituyen el primer problema de la persona mientras recorre su vida. Ya no inquietan como en el pasado el perdón del pecado o la salvación eterna. Lo que el hombre de hoy anhela es vivir de manera plena y dichosa. Pero, ¿qué ha de hacer la humanidad para orientarse hacia la felicidad verdadera?, ¿en qué se puede apoyar?
De la vida se puede decir lo mismo que de una casa: los cimientos son más importantes que el edificio. No basta construir el «edificio de la existencia» asegurando el alimento, la salud, el desarrollo o el bienestar. Por mucho que cuidemos todo esto (y hay que hacerlo), nuestra existencia no tendrá estabilidad si está construida sobre arena.
La vida necesita de un «fundamento sólido» para tener consistencia, pero el ser humano no puede sustentarse a sí mismo. Necesita confiar en «algo» que no es él mismo. Ese «fundamento seguro» no puede la persona dárselo a sí misma. Lo ha de buscar para apoyarse en él.
En esta sociedad pluralista se nos hacen llamadas a sustentar nuestras vidas en los más variados fundamentos: bienestar, prestigio social, calidad de vida, progreso, placer. Cada hombre y cada mujer ha de decidir sobre qué fundamenta su existencia con todo el riesgo y la incertidumbre que esto lleva consigo. Desde el evangelio se nos hace una llamada clara a construir nuestra vida apoyándonos en Jesucristo como verdadero salvador. Así dice la voz que resuena en lo alto del Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadlo. » Y, cuando los discípulos caen por tierra asustados, el mismo Jesús los reconforta: «No tengáis miedo
No hemos de tener miedo. Lo propio de la fe cristiana consiste en fundamentar la existencia en Jesucristo. Él es el salvador no sólo de la muerte, también de la vida. El es el salvador no sólo del pecado, también del absurdo de una vida vivida sin sentido profundo alguno. El es el camino, la verdad y la vida. El que lo ha encontrado, lo sabe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
27 de febrero de 1994

NI DE RODILLAS NI DE PIE

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

Según no pocos expertos en fenomenología religiosa, nada caracteriza mejor la religiosidad de una determinada época que la forma de orar. También en nuestros días, si se quiere conocer la religión del hombre de hoy, lo importante no es examinar los dogmas que confiesa, sino observar cómo ora.
Por eso, el dato más significativo de la cultura religiosa actual es, tal vez, la profunda crisis de la oración. Se hace cada vez más difícil encontrar personas que saben orar desde el fondo de su corazón. El hombre moderno se está quedando sin capacidad para comunicarse con Dios. Son cada vez más los que no aciertan a invocarlo.
El hecho no es casual. Desde hace tiempo, la crítica a la religión ha difundido una especie de sospecha radical frente a todo lo que sea comunicación con un Dios personal. Para L. Feuerbach, rezar solo es hablar con uno mismo, ya que Dios no es sino una proyección creada por el hombre. Según S. Freud, la oración es un deseo infantil, una especie de necesidad ancestral, vacía hoy de sentido; el hombre adulto no necesita de esos juegos religiosos para organizarse su vida.
Poco a poco, algunos han terminado pensando que ya no es posible rezar. La oración les suena a algo falso. Una especie de superstición que hay que abandonar. Una concesión al sentimentalismo, pero no una actitud digna de ese «homo excelsior» del que hablaba E Nietzsche. El hecho es que bastante gente ni sabe, ni puede, ni quiere comunicarse con Dios.
Sin duda, todavía es pronto para ver cómo será un hombre abandonado a sí mismo y cerrado a toda comunicación con Dios. En su reciente obra, «I nuovi pagani» (Los nuevos paganos), S. Natoli sostiene que el hombre de hoy no sabe «ponerse de rodillas» ante Dios, pero tampoco acierta a «estar de pie» con dignidad. Son muchos los que viven, más bien, replegados sobre sí mismos o, incluso, abatidos por el peso de la vida.
En este contexto resulta aún más significativa la escena evangélica del Tabor. Según el relato, una «nube luminosa» cubre con su «sombra» a los discípulos. De pronto, se oye una voz: «Este es mi Hijo amado... Escuchadlo.» Al oír tales palabras, los discípulos caen por tierra, llenos de espanto. Entonces, Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo
El hombre de hoy, como el de siempre, vive entre luces y sombras. En el corazón de no pocos la fe se entremezcla con la incredulidad. Son bastantes los que no se atreven a invocar a Dios. Tal vez no existe. Tal vez todo es un engaño. Desde el evangelio, nos llega una llamada: «No tengáis miedo.» Hay una oración que también hoy puede brotar del corazón inquieto del hombre moderno: «Creo, ayuda a mi poca fe.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
24 de febrero de 1991

EL GUSTO DE CREER

¡Qué bien se está aquí!

Hasta hace todavía muy poco, el temor ha sido uno de los factores que más fuertemente ha motivado y sostenido la religiosidad de bastantes personas. Más de uno aceptaba la doctrina de la Iglesia sólo por temor a condenarse eternamente.
Hoy, sin embargo, en el contexto sociológico actual, se ha hecho cada vez más difícil creer sólo por temor, por obediencia a la Iglesia o por seguir la tradición. Para sentirse creyente y vivir la fe con verdadera convicción es necesario tener la experiencia de que la fe hace bien. De lo contrario, tarde o temprano, uno prescinde de todo ese mundo y lo abandona.
Y es normal que sea así. Para una persona sólo es vital aquello que la hace vivir. Lo mismo sucede con la fe. Es algo vital cuando el creyente puede experimentar que esa fe le hace vivir de manera más intensa, acertada y gozosa.
En realidad, nos vamos haciendo creyentes en la medida en que vamos experimentando de manera cada vez más clara que la adhesión a Cristo nos hace vivir con una confianza más plena, nos da luz y fuerza para enfrentarnos a nuestro vivir diario, hace crecer nuestra capacidad de amar, alimenta nuestra esperanza.
Esta experiencia personal no puede ser comunicada a otros con razonamientos y demostraciones, ni será fácilmente admitida por quienes no la han vivido. Pero es la que sostiene secretamente la fe del creyente incluso cuando, en los momentos de oscuridad, ha de caminar “sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía” (San Juan de la Cruz).
En el relato de la Transfiguración se nos recuerda la reacción espontánea de Pedro que, al experimentar a Cristo de manera nueva, exclama: “¡Qué bien se está aquí!”. No es extraño que, años más tarde, la primera carta de Pedro invite a sus lectores a crecer en la fe si “habéis gustado que el Señor es bueno” (1 Pe 2,3).
En su importante estudio “Theologie affective”, Ch. A. Bernard ha llamado la atención sobre la escasa consideración que la teología reciente ha prestado al “afecto” y al “gusto de creer en Dios”, ignorando así una antigua y rica tradición que llega hasta San Buenaventura.
Sin embargo, no hemos de olvidar que cada uno se convence de aquello que experimenta como bueno y verdadero, y se inclina a vivir de acuerdo con aquello que le hace sentirse a gusto en la vida.
Tal vez, una de las tareas más urgentes de la Iglesia sea hoy despertar “el gusto de creer”. Deberíamos cuidar de manera más cálida las celebraciones litúrgicas, aprender a saborear mejor la Palabra de Dios, gustar con más hondura la Eucaristía, alimentar nuestra paz interior en el silencio y la comunicación amorosa con Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
28 de febrero de 1988

ANTE EL TELEVISOR

Escuchadlo.

Sería una postura cerril no valorar las fantásticas posibilidades de información, comunicación y disfrute que la Televisión ha traído consigo. Pero sería una ingenuidad boba ignorar los riesgos y ambigüedades que la pequeña pantalla encierra.
Por eso son de agradecer estudios como «El simio informatizado» de R. Gubern que, sin caer en moralismos baratos, nos ayudan a ser más lúcidos en esta sociedad postindustrial.
Según las estadísticas, los españoles dedican por término medio tres horas y media a ver televisión, es decir, más de un día cada semana.
Naturalmente, este impacto televisivo tan intenso está produciendo efectos profundos en la estructuración de la vida social y en el mismo modo de ser de las personas. Sólo apuntaré los más destacados por el investigador catalán.
La televisión es, antes que nada, “una gran fábrica de consenso social» que tiende a homogeneizar las ideologías, los gustos, las modas, los centros de interés. Para muchos, la verdadera «escuela» en que aprenden a vivir.
Por otra parte, el televisor ha ocupado un lugar central y estratégico en muchos hogares, impidiendo con frecuencia una verdadera comunicación y diálogo en la familia. Las personas están físicamente juntas pero incomunicadas entre sí, en silencio ante el televisor o hablando de lo que aparece en la pantalla por muy ajeno que sea a su vida personal o familiar.
Aunque la televisión es un gran medio de información, no hemos ‘ de olvidar que nos ofrece una visión de la realidad seleccionada y manufacturada por expertos, fragmentada en imágenes, entremezclada con el telefilm de aventuras o la publicidad de un detergente.
Entonces lo real tiende a convenirse en «espectáculo», la imagen suplanta a la reflexión, la vida se banaliza. Es significativa esa costumbre que se va introduciendo de acabar los telediarios con una noticia divertida o una broma del presentador que pone así un final feliz e intrascendente al espectáculo.
Sin embargo, R. Gubern no subraya, a mi entender, de manera suficiente, esa fuerza que posee la televisión de alejar a la persona de la reflexión, la lectura reposada o la meditación, vaciando su vida de silencio e interioridad.
El hombre de “conciencia televisiva”, agarrado todas las noches al mando a distancia, es un hombre al que se le hará cada vez más difícil entrar en su interior y encontrarse consigo mismo. No acertará a escucharse a sí mismo ni a escuchar a Dios.
También hoy se puede vivir con hondura y libertad interior. Pero es necesario escuchar otras llamadas que no nos llegan del televisor. El creyente no ha de olvidar la invitación: «Este es mí Hijo amado. Escuchadlo ».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
3 de marzo de 1985

EL ARTE DE ESCUCHAR

Escuchadlo...

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.
Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.
En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.
Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado». Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.
La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.
Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.
Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.
Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.
Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.
¿ Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
7 de marzo de 1982

FIDELIDAD A DIOS Y A LA TIERRA

Subió con ellos a una montaña alta.

Se ha dicho que la mayor tragedia de la humanidad es que «los que oran no hacen la revolución, y los que hacen la revolución no oran».
Lo cierto es que hay quienes buscan a Dios sin preocuparse de buscar un mundo mejor y ms humano, Y hay quienes pretenden construir una tierra nueva sin Dios.
Unos buscan a Dios sin mundo. Otros buscan el mundo sin Dios. Unos creen poder ser fieles a Dios sin preocuparse de la tierra. Otros creen poder ser fieles a la tierra sin abrirse a Dios.
Si algo se puede ver con claridad en Cristo es que tal disociación es imposible. Jesús nunca habla de Dios sin el mundo, y nunca habla del mundo sin Dios. Jesús habla del «reino de Dios en el mundo».
En las cartas escritas por Dietrich Bonhoeffer desde la cárcel, descubrimos la postura verdadera del creyente: «Sólo puede creer en el reino de Dios quien ama a la tierra y a Dios en un mismo aliento».
La «escena de la transfiguración» es particularmente significativa, y nos revela algo que es una constante en el evangelio. «Cristo no lleva al hombre a la huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra como su hijo fiel». (J. Moltmann).
Jesús conduce a sus discípulos a una «montaña alta», lugar por excelencia de encuentro con Dios según la mentalidad semita. Allí vivirán una experiencia religiosa que los sumergirá en el misterio de Jesús.
La reacción de Pedro es explicable: « ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas...». Pedro quiere detener el tiempo. Instalarse cómodamente en la experiencia de lo religioso. Huir de la tierra.
Jesús, sin embargo, los bajará de nuevo de la montaña al quehacer diario de la vida. Y los discípulos deberán comprender que la apertura al Dios trascendente no puede ser nunca huida del mundo.
Quien se abre intensamente a Dios, ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios de Jesucristo, siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres.
El eslogan de Taizé, que año tras año atrae a tantos jóvenes, está apuntando hacia algo que necesitamos descubrir hoy todos: Lucha y contemplación. La fidelidad a la tierra no dispensa de la oración. La fidelidad a Dios no dispensa de la lucha por una tierra más feliz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
7 de marzo de 1982

¿A QUIÉN ESCUCHAR?

Los cristianos han oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente «la transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogida en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar la «realidad oculta» encerrada en Jesús y les invitaba a «escucharle» sólo a él.
En la cumbre de una «montaña alta» los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego, que defendió a Dios con celo abrasador.
La escena es sugerente. Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: sólo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: sólo éste tiene la última palabra. Sólo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.
Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. La Ley y los Profetas siguen ocupando el sitio de siempre. No ha captado la novedad de Jesús. La voz salida de la nube va a aclarar las cosas: «Éste es mi Hijo amado. Escuchadle». No hay que escuchar a Moisés o Elías sino a Jesús, el «Hijo amado». Sólo sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.
Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin, estás escuchando a alguien que dice la  verdad. Alguien que sabe por qué y para qué hay que vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y más digno del ser humano.
Entre los seguidores de Jesús no se vive de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el evangelio y sólo el evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho colectivo más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podrán escuchar su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más sentido y responsabilidad, construyendo un mundo más habilitable.

José Antonio Pagola



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