lunes, 15 de enero de 2018

21-01-2018 - 3º domingo Tiempo ordinario (B)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo Tiempo ordinario (B)


EVANGELIO

Convertíos y creed en el Evangelio.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

- «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo:«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Palabra de Dios.

HOMILIA

21 de enero de 2018

OTRO MUNDO ES POSIBLE

(Ver homilía del ciclo B - 2011-2012)

José Antonio Pagola

HOMILIA

25 de enero de 2015

IR DETRÁS DE JESÚS

(Ver homilía del 25 de enero de 2009).

José Antonio Pagola

HOMILIA

22 de enero de 2012

OTRO MUNDO ES POSIBLE

No sabemos con certeza cómo reaccionaron los discípulos del Bautista cuando Herodes Antipas lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte. Conocemos la reacción de Jesús. No se ocultó en el desierto. Tampoco se refugió entre sus familiares de Nazaret. Comenzó a recorrer las aldeas de Galilea predicando un mensaje original y sorprendente.

El evangelista Marcos lo resume diciendo que «marchó a Galilea proclamando la Buena Noticia de Dios». Jesús no repite la predicación del Bautista, ni habla de su bautismo en el Jordán. Anuncia a Dios como algo nuevo y bueno. Este es su mensaje.

«Se ha cumplido el plazo». El tiempo de espera que se vive en Israel ha acabado. Ha terminado también el tiempo del Bautista. Con Jesús comienza una era nueva. Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos y desafíos. Quiere construir junto con nosotros un mundo más humano.

«Está cerca el reino de Dios». Con una audacia desconocida, Jesús sorprende a todos anunciando algo que ningún profeta se había atrevido a declarar: "Ya está aquí Dios, con su fuerza creadora de justicia, tratando de reinar entre nosotros". Jesús experimenta a Dios como una Presencia buena y amistosa que está buscando abrirse camino entre nosotros para humanizar nuestra vida.

Por eso, toda la vida de Jesús es una llamada a la esperanza. Hay alternativa. No es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de injusticia que le trazan los poderosos de la tierra. Es posible un mundo más justo y fraterno. Podemos modificar la trayectoria de la historia.

«Convertíos». Ya no es posible vivir como si nada estuviera sucediendo. Dios pide a sus hijos e hijas colaboración. Por eso grita Jesús: "Cambiad de manera de pensar y de actuar". Somos las personas las que primero hemos de cambiar. Dios no impone nada por la fuerza, pero está siempre atrayendo nuestras conciencias hacia una vida más humana.

«Creed en esta Buena Noticia». Tomadla en serio. Despertad de la indiferencia. Movilizad vuestras energías. Creed que es posible humanizar el mundo. Creed en la fuerza liberadora del Evangelio. Creed que es posible la transformación. Introducid en el mundo la confianza.

¿Qué hemos hecho de este mensaje apasionante Jesús? ¿Cómo lo hemos podido olvidar? ¿Con qué lo hemos sustituido? ¿En qué nos estamos entreteniendo si lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia"? ¿Cómo podemos vivir tranquilos observando que el proyecto creador de Dios de una tierra llena de paz y de justicia está siendo aniquilado por los hombres?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
25 de enero de 2009

IR DETRÁS DE JESÚS

Venid detrás de mí.

Cuando el Bautista fue detenido, Jesús vino a Galilea y comenzó a «proclamar la Buena Noticia de Dios». Según Marcos, no enseña propiamente una doctrina para que sus discípulos la aprendan y difundan correctamente. Jesús anuncia un acontecimiento que está ya ocurriendo. Él lo está ya viviendo y quiere compartir su experiencia con todos.

Marcos resume así su mensaje: «Se ha cumplido el plazo»: ya no hay que mirar hacia atrás. «Está cerca el reino de Dios»: pues quiere construir un mundo más humano. «Convertíos»: no podéis seguir como si nada estuviera ocurriendo; cambiad vuestra manera de pensar y de actuar. «Creed en esta Buena Noticia». Este proyecto de Dios es la mejor noticia que podéis escuchar.

Después de este solemne resumen, la primera actuación de Jesús es buscar colaboradores para llevar adelante su proyecto. Jesús va «pasando junto al lago de Galilea». Ha comenzado su camino. Es un profeta itinerante que busca seguidores para hacer con ellos un recorrido apasionante: vivir abriendo caminos al reino de Dios. No es un rabino sentado en su cátedra, que busca alumnos para formar una escuela religiosa. Ser cristiano no es aprender doctrinas, sino seguirle a Jesús en su proyecto de vida.

El que toma la iniciativa es siempre Jesús. Se acerca, fija su mirada en aquellos cuatro pescadores y los llama a dar una orientación nueva a sus vidas. Sin su intervención, no nace nunca un verdadero cristiano. Los creyentes hemos de vivir con más fe la presencia viva de Cristo y su mirada sobre cada uno de nosotros. Si no es él, ¿quién puede dar una nueva orientación a nuestras vidas?

Pero lo más decisivo es escuchar desde dentro su llamada: «Venid detrás de mí». No es tarea de un día. Escuchar esta llamada significa despertar la confianza en Jesús, reavivar nuestra adhesión personal a él, tener fe en su proyecto, identificarnos con su programa, reproducir en nosotros sus actitudes… y, de esta manera, ganar más personas para su proyecto.

Éste podría ser hoy un buen lema para una comunidad cristiana: ir detrás de Jesús. Ponerlo al frente de todos. Recordarlo cada domingo como el líder que va por delante de nosotros. Generar una nueva dinámica. Centrarlo todo en seguir más de cerca a Jesucristo. Nuestras comunidades cristianas se transformarían. La Iglesia sería diferente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
22 de enero de 2006

LO DEMÁS ES RELATIVO

El reino de Dios está cerca.

Se han escrito obras muy importantes para definir con precisión dónde está la «esencia del cristianismo». Sin embargo, para conocer el centro de la fe cristiana, no hay que acudir a ninguna teoría teológica. Lo primero es captar qué fue para Jesús su objetivo, el centro de su vida, lo absoluto, la causa a la que se dedicó en cuerpo y alma.

Nadie duda hoy de que el evangelio de Marcos lo ha resumido acertadamente con estas palabras: «El reino de Dios está cerca. Convertíos y creed esta Buena Noticia». El objetivo de Jesús fue introducir en el mundo lo que él llamaba «el reino de Dios»: una sociedad estructurada de manera justa y digna para todos, tal como la quiere Dios.

Cuando Dios reina en el mundo, la humanidad progresa en justicia, solidaridad, compasión, fraternidad y paz. A esto se dedicó Jesús con verdadera pasión. Por ello fue perseguido, torturado y ejecutado. «El reino de Dios» fue lo absoluto para él.

La conclusión es evidente: la fuerza, el motor, el objetivo, la razón y el sentido último del cristianismo es «el reino de Dios», no otra cosa. El criterio para medir la identidad de los cristianos, la verdad de una espiritualidad o el valor de lo que hace la Iglesia es siempre «el reino de Dios».

La única manera de mirar la vida como la miraba Jesús, la única forma de sentir las cosas como las sentía él, el único modo de actuar como él actuaba, es orientar la vida a construir un mundo más humano. Sin embargo, muchos cristianos no han oído hablar así del «reino de Dios». Y no pocos teólogos lo hemos tenido que ir descubriendo poco a poco a lo largo de nuestra vida.

Una de las herejías más graves que se han ido introduciendo en el cristianismo es hacer de la Iglesia lo absoluto. Pensar que la Iglesia es lo central, la realidad ante la cual todo lo demás ha de quedar subordinado; hacer de la Iglesia el «sustitutivo» del reino de Dios; trabajar por la Iglesia y preocupamos de sus problemas, olvidando el sufrimiento que hay en el mundo y la lucha por una organización más justa de la vida.

No es fácil mantener un cristianismo orientado según el reino de Dios, pero cuando se trabaja en esa dirección, la fe se transforma, se hace más creativa y, sobre todo, más evangélica y cristiana.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
26 de enero de 2003

SED ITINERANTES

Se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Jesús fue un profeta itinerante. No permaneció predicando en el desierto del Jordán. No se quedó en su aldea de Nazaret. Tampoco se instaló en Cafarnaúm donde vivió algún tiempo. Su estilo era otro: recorrer los pueblos comunicando su experiencia de un Dios bueno. Esta manera de actuar no era casual. Respondía a una estrategia bien pensada y tenía un hondo significado que los investigadores tratan hoy de captar.

Jesús no quería que el pueblo marchara al Jordán a prepararse piel juicio inminente de Dios. Sería él mismo quién los visitarla, aldea por aldea, invitando a todos a acoger a Dios que irrumpía en sus vidas. No tenían que peregrinar a ninguna parte. Era Dios quien venía a sus casas.

Jesús recorrió los pequeños pueblos de Galilea pero, al parecer, no entró nunca en las grandes ciudades como Séforis o Tiberíades. El anuncio de Dios tenía que comenzar allí donde el pueblo estaba más enfermo y abatido, despojado del derecho a disfrutar dignamente de su tierra.

Su vida itinerante en medio de aquellas gentes era símbolo de su libertad. Jesús no tiene casa ni tierra alguna. No lleva consigo ninguna moneda con la imagen del César. No tiene que responder ante ningún recaudador. Él es el primero que se ha salido del imperio de Roma para entrar confiadamente en el reino de Dios. Lo dice abiertamente: «No tengo dónde reclinar mi cabeza».

Jesús no se instala en ningún lugar. El reino de Dios no tendrá un centro geográfico de poder desde el que pueda ser controlado. No es como el imperio gobernado por Tiberio desde Roma ni como la religión judía vigilada por los sumos sacerdotes desde el Templo de Jerusalén.

El Dios de Jesús sólo puede ser anunciado en contacto - directo y estrecho con las gentes más necesitadas de vida y dignidad, desde una estrategia alejada del poder, por hombres y mujeres que se mueven con libertad frente a cualquier sistema imperialista. El evangelio apócrifo de Tomás atribuye a Jesús estas palabras: «Sed itinerantes». Según algunos autores, sería un dicho auténtico de Jesús. ¿Es posible volver al movimiento itinerante creado por Jesús?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
23 de enero de 2000

LIBERAR LA VIDA

Convertíos.

«Convertíos porque está cerca el Reino de Dios». ¿Qué pueden decirle estas palabras a un hombre o una mujer de nuestros días? A nadie nos atrae ofr una llamada a la conversión. Pensamos enseguida en algo costoso y poco agradable: una ruptura que nos llevaría a una vida poco atractiva y deseable, llena sólo de sacrificios y renuncia. ¿Es realmente así?

Para comenzar, el verbo griego que se traduce por «convertirse» significa en realidad «ponerse a pensar», «revisar el enfoque de nuestra vida», «reajustar la perspectiva». Las palabras de Jesús se podrían escuchar así: «Mirad si no tenéis que revisar y reajustar algo en vuestra manera de pensar y de actuar para que se cumplan en vosotros los sueños de Dios».

Si esto es así, lo primero que hay que revisar es aquello que bloquea nuestra vida. Convertirse es «liberar la vida» eliminando miedos, egoísmos, tensiones y esclavitudes que nos impiden crecer de manera sana y armoniosa. La conversión que no produce paz y alegría no es auténtica. No nos está acercando a Dios.

Hemos de revisar luego si cuidamos bien las raíces. Las grandes decisiones no sirven de nada si no alimentamos las fuentes. No se nos pide una fe sublime ni una vida perfecta; sólo que vivamos confiando en la grandeza del amor que Dios nos tiene. Convertirse no es empeñarse en ser santo, sino aprender a vivir distendido y en paz con Dios. Sólo entonces puede comenzar en nosotros una verdadera transformación.

La vida nunca es plenitud ni éxito total. Hemos de aceptar lo «inacabado», lo que nos humilla, lo que no acertamos a corregir. Lo importante es mantener el deseo, no ceder al desaliento, no decir «no merece la pena», «siempre lo estropeo todo». Convertirse no es vivir sin pecado, sino aprender a vivir del perdón, sin orgullo ni tristeza, sin alimentar la insatisfacción por lo que deberíamos ser y no somos. Así dice el Señor en el libro de Isaías: «Por la conversión y la calma seréis libera4os» (Is 30, 15).
  

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
26 de enero de 1997

¿MIEDO O ALEGRÍA?

… a proclamar el Evangelio de Dios.

Hoy el término «evangelio» hace pensar espontáneamente en uno de los cuatro libros que recogen el mensaje y la actuación de Jesús. No era así para las primeras generaciones cris- lianas que conocían bien el significado de esta palabra griega: «buena noticia». En el Nuevo Testamento se emplean expresiones como «el evangelio de Dios» (Pablo), «el evangelio de Jesucristo» (Marcos) o «el evangelio del Reino» (Mateo) para decir que el Dios del que habla Jesús es una «buena noticia», algo «nuevo y bueno» para el ser humano.

Conozco a no pocas personas para las que Dios no es algo bueno. Su religión se ha alimentado durante muchos años del miedo a Dios. Oyen hablar de su misericordia infinita, pero no pueden substraerse a un temor grande a la justicia divina. Tienen miedo a encontrarse con Dios después de la muerte. No se atreven a confiar en su misericordia frenados, tal vez, por la imagen de Dios que ha quedado en su conciencia.

Por eso, puede ser importante dar a conocer el mensaje central de Teresa de Lisieux, declarada recientemente «doctora de la Iglesia» por Juan Pablo II. Sorprende y conmueve la audacia de su confianza en la misericordia infinita de Dios. «A través de ella —dice la santa— contemplo y adoro las demás perfecciones divinas.., entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás ésta más aún que las demás) me parece revestida de amor.»

Para Teresa de Lisieux, la «justicia de Dios» no tiene nada que ver con los tribunales humanos. Es la justicia de alguien que es amor y misericordia infinita. Por eso, la justicia de Dios que a tantos espanta, constituye para ella motivo de alegría y de confianza. Escuchemos sus palabras: «Yo sé que hay que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza... Precisamente porque es justo, es compasivo y misericordioso.., se acuerda de que somos barro.» Teresa se alegra al pensar en la justicia de Dios: «Qué alegría pensar que Dios es justo!, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades... Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo? El Dios infinitamente justo, que se dignó perdonar con tanta bondad todas las culpas del hijo pródigo, ¿no va a ser justo también conmigo?»

Según el célebre escritor francés G. Bernanos, la invitación de la santa de Lisieux a confiar totalmente en la misericordia de Dios no es una receta más de «confitería devota», sino «uno de los mensajes más misteriosos y urgentes que jamás haya recibido el mundo». El mensaje del mismo Jesús olvidado muchas veces por los suyos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
23 de enero de 1994

LA NOTICIA

Creed la Buena Noticia.

Hay personas a las que el cristianismo se les presenta como una religión complicada y sobrecargada. No saben cómo expresarlo, pero sienten la necesidad de redescubrir cuál es el núcleo elemental y básico que les permita comprender mejor dónde está la novedad de la fe cristiana. De ahí el interés excepcional de esos breves versículos en los que el evangelio más antiguo nos ofrece el primer resumen que se formuló de la predicación de Jesús.

El evangelista Marcos nos dice que todo lo que Jesús predicaba se puede sintetizar en esto: Jesús proclamaba «la Buena Noticia de Dios». Ahí está la sustancia de todo su mensaje. Propiamente Jesús no enseñaba una doctrina ni exponía una filosofía. Su originalidad está en anunciar la noticia de que Dios es algo bueno para los hombres.

A continuación, el evangelista nos resume esto en unas breves palabras que son analizadas minuciosamente hoy por los mejores especialistas y exégetas: «El tiempo se ha cumplido, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena  Noticia ¿Se puede explicar de manera sencilla y elemental este mensaje?

«El tiempo se ha cumplido.» Comienza ahora algo nuevo y definitivo. Es lo primero que afirma Jesús. No hay que esperar más. Ha llegado ya el momento decisivo de revelar a los seres humanos algo importante. Algo que exige la máxima atención.

«Está cerca el Reino de Dios.» Este es el gran acontecimiento. Dios quiere intervenir en la vida de las personas. Y esto es lo mejor que nos podía ocurrir. Porque este Dios no es como los falsos dioses, que llevan al egoísmo, la injusticia y la mutua destrucción. Es un Dios Padre que quiere la vida, la felicidad y la salvación de todos y cada uno de los hombres y mujeres porque él los ha creado y los siente como hijos.

Nadie está excluido, ni siquiera los pecadores. Cuando Dios reine plenamente, todo será al revés. Los últimos serán los primeros. Las prostitutas irán por delante de los que parecen santos. Y los pobres que ahora lloran y pasan hambre descubrirán que Dios es bueno, sobre todo, para ellos, no porque son mejores, sino porque Dios no puede reinar sin hacer justicia a los que nadie hace.

«Convertíos y creed la Buena Noticia.» Hay que cambiar. Esta noticia exige un giro total. Hay que tomar otra postura. Entender a Dios de otra manera. Confiar absolutamente en su bondad. Orientar nuestra vida según las exigencias de este Dios que quiere lo mejor para todos.

Lo primero es creer esta buena noticia. Acogerla con alegría. Creer en ese Dios revelado y encarnado en Jesús. Creer en su amor increíble y sorprendente. Vivir con la confianza absoluta de que nuestra salvación está en ese Dios. Ser cristiano es dejarse impactar por el «misterio del Reino» (Mc 4, 11) y saber que tu vida se está decidiendo en la postura que adoptas ante esa Buena Noticia proclamada por Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
27 de enero de 1991

ANUNCIAR A DIOS

Proclamar el Evangelio de Dios.

Hay personas que, al escuchar el nombre de Dios, reaccionan casi instintivamente con una actitud de rechazo: “Dios? No me interesa. Bastante tengo con mis problemas”. Otros parecen adoptar una postura más vacilante: “Tal vez sea importante, pero no tengo tiempo para ocuparme de esas cosas. No veo para qué puede servir Dios”. A alguno le he oído decir estas palabras: “Ojalá Dios no existiera. Todos viviríamos mejor y más tranquilos, sin miedo a caer algún día en sus manos”.

¿Por qué ha dejado Dios de ser Buena Noticia para tantas personas? ¿Por qué su nombre no es pronunciado con más amor y más gozo por los hombres de hoy? ¿Por qué ha quedado vacío de atractivo? ¿Es que Dios los ha defraudado?

Quien se ha encontrado con El, aunque sea de manera humilde y modesta, sabe que Dios no decepciona. Los que decepcionamos una y otra vez somos los que decimos creer en El.

Se han escrito muchos estudios sobre las causas que están en la raíz de la indiferencia religiosa y del ateísmo contemporáneo. Pero no siempre se recuerda la posible responsabilidad de quienes pretendemos ser sus mensajeros.

Y, sin embargo, cuántos se alejan de Dios decepcionados por la mediocridad de quienes hablamos de El. Un experto como Ch. Chabanis ha podido afirmar que “la gran crisis religiosa de nuestro tiempo es menos una desafección hacia Dios que una desafección hacia las instituciones religiosas”.

Es cierto que no hay que confundir nunca a Dios con los hombres que lo anuncian o las instituciones que lo representan. Pero, dentro de las Iglesias, hemos de tomar conciencia de la enorme frustración que podemos provocar en quienes buscan sinceramente a Dios.

¿Cómo podrán escuchar su voz en medio de nuestra palabrería? ¿Cómo descubrirán su rostro bajo esas ideas mezquinas de un Dios puesto al servicio de tantos intereses y quimeras? ¿Cómo se sentirán atraídos por su misterio si no perciben más amor entre los que lo adoran? ¿Cómo podrán experimentar bajo una religión, a veces tan complicada, sobrecargada y triste, la presencia de un Dios cercano y bueno, capaz de aliviar su corazón fatigado?

El evangelista Marcos resume la actividad de Jesús diciendo que “anunciaba la Buena Noticia de Dios”. Encontrarse con Jesús era encontrarse con alguien que acercaba a Dios, transparentaba su misterio de bondad, contagiaba su alegría y su perdón.

Sólo una vida como la de Jesús puede anunciar a Dios como Buena Noticia. En caso contrario, por mucho que hablemos de El, no seremos sus testigos sino pantalla opaca que oculta su rostro.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
24 de enero de 1988

SUICIDIO

Creed la Buena Noticia.

Lo hemos podido ver sobrecogidos en la pequeña pantalla del televisor. Un hombre todavía joven arrojándose al vacío ante las cámaras, en un espectáculo entre morboso y trágico.

Quitarse la vida ya no es algo raro entre nosotros. Poco a poco, el suicidio va dejando de ser aquel hecho más o menos vergonzante que familiares y amigos trataban de disfrazar de muerte accidental. Hoy podemos ver morir “en directo”.

La prensa diaria nos ha ido habituando a noticias de este tipo: “Hombre de 56 años se arroja al tren en la estación de San Sebastián”; “Fallece una anciana en Eibar al caer desde el sexto piso”; “Joven muerto al dispararse un tiro de escopeta».

Según las estadísticas, 115 personas acabaron con su vida en Euskadi el pasado año, de ellas 42 guipuzcoanos. Sólo en la Residencia donostiarra se atendieron más de 350 urgencias por intento de suicidio.

Si estos datos son ciertos, casi todos los días hay en Guipúzcoa una persona que intenta quitarse la vida. ¿Qué pensar ante este hecho?

Los siquiatras nos hablan de los factores de alto riesgo de suicidio que pueden conducir hasta la trágica decisión: la muerte del cónyuge, una enfermedad incurable, la soledad, problemas conyugales, la depresión.

Por otra parte, desde los estudios de E. Durkheim, el suicidio viene interesando cada vez más a sociólogos y observadores de la sociedad. De hecho, aunque el factor desencadenante sea una crisis personal, los suicidios nos descubren también, de alguna manera, la crisis y el fracaso de una sociedad donde los individuos pueden llegar tan fácilmente a su desintegración.

Es aquí donde surge la pregunta más inquietante. Este suicidio cada vez más frecuente entre nosotros, ¿es sólo problema de algunos individuos o síntoma de «una cultura suicida” promovida inconscientemente por todos?

¿Por qué son hoy tantas las personas que se quedan sin una razón para seguir viviendo? ¿Qué es lo que les falta y no encuentran en esta sociedad? ¿Por qué acaban no creyendo en nada ni en nadie?

No se puede responder de manera simplista. Cada persona es un misterio. Pero lo cierto es que el hombre moderno parece cada vez más necesitado de sentido, esperanza y paz interior.

¿No necesitará hoy más que nunca escuchar la llamada decisiva de Jesús: «Dios está cerca. Cambiad y creed en esta Buena Noticia?”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
27 de enero de 1985

DESCUBRIR LA BUENA NOTICIA

Creed la Buena Noticia.

Muchos cristianos quedarían un tanto sorprendidos si se les dijera que el cristianismo consiste en descubrir una Buena Noticia.

Para ellos, las cosas han sucedido de otra manera. Se han encontrado en la vida siendo «cristianos», sin que se hayan planteado nunca por qué creen y sin que la fe les haya ayudado a experimentar nada especialmente gozoso en la vida.

Su fe no ha crecido. Ha quedado embotada y vacía. Más bien, la religión ha sido un peso del que se han ido desprendiendo poco a poco, más que por razones convincentes, por comodidad, cansancio o aburrimiento.

Es fácil abandonar así la fe, abandonándose uno mismo a la superficialidad y al olvido, pero no supone más coraje, más verdad ni más alegría.

Otros han reducido la fe al mínimo. Su religión está impregnada de desconfianza y sospecha, más que de fe gozosa y entregada. Para ellos, Dios es cualquier cosa menos una Buena Noticia capaz de alegrar su existencia.

¿Es posible descubrir bajo un cristianismo aparentemente complejo, complicado, sobrecargado, desfigurado y triste, algo sencillo, elemental y bueno, que pueda iluminar nuestro corazón fatigado y triste?

Karl Rahner en su precioso librito «Crees en Dios?» escribe así: «Dios es y sigue siendo el misterio inefable. Lo único que se sabe de Dios es la experiencia del misterio obtenida en la adoración. El único medio de acercarse a El es la humildad, es decir, la verdad de nuestra existencia humana».

¿No estará ahí todo el secreto? Cuántos hombres y mujeres sencillos saben de Dios más que teólogos y dogmáticos ilustrados. Gentes que no hacen gala de una fe grande y pura, pero que se confían humildemente al misterio de Dios.

Personas que viven el amor al prójimo sin aspavientos ni ostentación alguna. Cristianos humildes, muy conscientes de su limitación y su pecado, pero que se saben habitados por la presencia bondadosa de Dios.

No sabrán decirnos grandes cosas de El, pero han acertado en lo más importante. Lo han acogido como gracia. Saben vivir ante El. Han respondido a la llamada de Jesús: «Creed la Buena Noticia».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
24 de enero de 1982

DIOS, ¿BUENA NOTICIA?

A proclamar el evangelio de Dios.

No cabe duda de que, cuando Marcos nos dice que Jesús «proclamaba la buena noticia de Dios», esté recogiendo una experiencia real que las gentes vivieron, de alguna manera, junto a Jesús.

Y uno que vive en esta sociedad, aparentemente tan indiferente y fría ante Dios, no puede menos de preguntarse: ¿Cómo pudo Jesús entusiasmar a sus oyentes? ¿Cómo pudieron aquellos hombres percibir a Dios como buena noticia?

El gran teólogo francés Jean Rostand ha expresado, con dan- dad y honradez, el malestar que muchos contemporáneos sienten hoy ante la fe religiosa. «Yo soy incapaz de aceptar una “revelación” supuestamente hecha a antepasados nuestros en tiempos ya pasados de nuestra historia, por respetable que me parezca este género de tradiciones y el papel que han podido jugar en nuestro pasado moral... A mis ojos valen las creencias que vamos recreando constantemente en nuestra inteligencia, y pueden formarse de novo en el espíritu del hombre, a partir de materiales provenientes de la ciencia y la libre reflexión».

Si ser cristiano fuera aceptar un conjunto de doctrinas y afirmaciones que nos llegan de tiempos pasados, Jean Rostand tendría razón. Pero la fe cristiana no es sólo eso. La fe nos pone a los creyentes en contacto con Alguien vivo, que va impulsando la vida del hombre hacia su cumplimiento.

A veces olvidamos que Jesús no ha hablado de Dios, sino del «reino de Dios». Jesús no ha sido el teólogo preocupado de expresar teóricamente una doctrina acerca de Dios, sino el hombre habitado por un Dios vivo, que ha buscado con todas sus fuerzas que Dios sea acogido por los hombres y que su reinado se imponga en las entrañas mismas de la historia.

Dios empieza a ser buena noticia para nosotros, no cuando pretendemos comprenderlo con nuestra inteligencia, sino cuando lo acogemos humildemente en nuestra existencia, y podemos experimentar que su cercanía nos hace más humanos, más libres, más capaces de amar, vivir y crear.

Maurice Blondel supo expresar bellamente algo que puede estar sucediendo entre nosotros: «Cuando se mira a Dios desde fuera como un objeto de conocimiento, sin juventud de corazón ni inquietud de amor, no se tiene entre las manos sino un fantasma o un ídolo».

Quizás son muchos los que llevan hoy en el fondo de sus almas ese fantasma o ese ídolo de Dios. Hombres y mujeres que esperan la buena noticia de un Dios diferente. ¿Dónde están los creyentes que se la puedan contagiar?

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

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lunes, 8 de enero de 2018

14-01-2018 - 2º domingo Tiempo ordinario (B)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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2º domingo Tiempo ordinario (B)


EVANGELIO

Vieron dónde vivía y se quedaron con él.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:

- «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta:

- «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron:

- «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo:

- «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:

- «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:

- «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2017-2018
14 de enero de 2018

¿QUE BUSCAMOS?

Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan nos dejan desconcertados porque van al fondo y tocan las raíces mismas de nuestra vida. A dos discípulos del Bautista que comienzan a seguirlo Jesús les dice: « ¿Qué buscáis

No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura «cerrada», como la nuestra, que parece preocuparse sólo de los medios, olvidando siempre el fin último de todo. ¿Qué es lo que buscamos exactamente?

Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle) y lo único que les interesa es adquirir objetos con los que poder consolar un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero, escapar ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?

Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos. Olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ver cumplidos nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿Se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación, felicidad plena?

En el fondo, ¿no andamos los seres humanos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿No anhelamos algo que, ciertamente, no podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que los hombres y mujeres de hoy han olvidado a Dios. Pero la verdad es que, cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar de su corazón «la nostalgia de Dios».

¿Quién soy yo? ¿Un ser minúsculo, surgido por azar en una parcela ínfima de espacio y de tiempo, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada de donde se me ha sacado sin razón alguna y sólo para sufrir? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más?

Lo más honrado que puede hacer el ser humano es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No desechar ninguna llamada. Buscar a Dios, tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Tal vez, desde la mediocridad, la angustia o el desaliento.

Dios no juega al escondite ni se esconde de quien lo busca con sinceridad. Dios está ya en el interior mismo de esa búsqueda. Más aún. Dios se deja encontrar, incluso, por quienes apenas le buscamos. Así dice el Señor en el libro de Isaías: «Yo me he dejado encontrar por quienes no preguntaban por mí. Me he dejado hallar por quienes no me buscaban. Dije: Aquí estoy, aquí estoy» (Isaías 65, 1-2).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2014-2015
18 de enero de 2015

APRENDER A VIVIR

(Ver homilía del 18 de enero de 2009)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
15 de enero de 2012

APRENDER A VIVIR

El evangelista Juan narra los humildes comienzos del pequeño grupo de seguidores de Jesús. Su relato comienza de manera misteriosa. Se nos dice que Jesús «pasaba». No sabemos de dónde viene ni adónde se dirige. No se detiene junto al Bautista. Va más lejos que su mundo religioso del desierto. Por eso, indica a sus discípulos que se fijen en él: «Éste es el Cordero de Dios».

Jesús viene de Dios, no con poder y gloria, sino como un cordero indefenso e inerme. Nunca se impondrá por la fuerza, a nadie forzará a creer en él. Un día será sacrificado en una cruz. Los que quieran seguirle lo habrán de acoger libremente.

Los dos discípulos que han escuchado al Bautista comienzan a seguir a Jesús sin decir palabra. Hay algo en él que los atrae aunque todavía no saben quién es ni hacia dónde los lleva. Sin embargo, para seguir a Jesús no basta escuchar lo que otros dicen de él. Es necesaria una experiencia personal.

Por eso, Jesús se vuelve y les hace una pregunta muy importante: «¿Qué buscáis?». Estas son las primeras palabras de Jesús a quienes lo siguen. No se puede caminar tras sus pasos de cualquier manera. ¿Qué esperamos de él? ¿Por qué le seguimos? ¿Qué buscamos?  

Aquellos hombres no saben adónde los puede llevar la aventura de seguir a Jesús, pero intuyen que puede enseñarles algo que aún no conocen: «Maestro, dónde vives?». No buscan en él grandes doctrinas. Quieren que les enseñe dónde vive, cómo vive, y para qué. Desean que les enseñe a vivir. Jesús les dice: «Venid y lo veréis».

En la Iglesia y fuera de ella, son bastantes los que viven hoy perdidos en el laberinto de la vida, sin caminos y sin orientación. Algunos comienzan a sentir con fuerza la necesidad de aprender a vivir de manera diferente, más humana, más sana y más digna. Encontrarse con Jesús puede ser para ellos la gran noticia.

Es difícil acercarse a ese Jesús narrado por los evangelistas sin sentirnos atraídos por su persona. Jesús abre un horizonte nuevo a nuestra vida. Enseña a vivir desde un Dios que quiere para nosotros lo mejor. Poco a poco nos va liberando de engaños, miedos y egoísmos que nos están bloqueando.

Quien se pone en camino tras él comienza a recuperar la alegría y la sensibilidad hacia los que sufren. Empieza a vivir con más verdad y generosidad, con más sentido y esperanza. Cuando uno se encuentra con Jesús tiene la sensación de que empieza por fin a vivir la vida desde su raíz, pues comienza a vivir desde un Dios Bueno, más humano, más amigo y salvador que todas nuestras teorías. Todo empieza a ser diferente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
18 de enero de 2009

APRENDER A VIVIR

Maestro. ¿Dónde vives?

El evangelista Juan ha puesto un interés especial en indicar a sus lectores cómo se inició el pequeño grupo de seguidores de Jesús. Todo parece casual. El Bautista se fija en Jesús que pasaba por allí y les dice a los discípulos que lo acompañan: «Éste es el Cordero de Dios».

Probablemente, los discípulos no le han entendido gran cosa, pero comienzan a «seguir a Jesús». Durante un tiempo, caminan en silencio. No ha habido todavía un verdadero contacto con él. Están siguiendo a un desconocido y no saben exactamente por qué ni para qué.

Jesús rompe el silencio con una pregunta: «¿Qué buscáis?» ¿Qué esperáis de mí? ¿Queréis orientar vuestra vida en la dirección que llevo yo? Son cosas que es necesario aclarar bien. Los discípulos le dicen: «Maestro, ¿dónde vives?» ¿Cuál es el secreto de tu vida? ¿Qué es vivir para ti? Al parecer, no buscan conocer nuevas doctrinas. Quieren aprender de Jesús un modo diferente de vivir. Quieren vivir como él.

Jesús les responde directamente: «Venid y lo veréis». Haced vosotros mismos la experiencia. No busquéis información de fuera. Venid a vivir conmigo y descubriréis cómo vivo yo, desde dónde oriento mi vida, a quiénes me dedico, por qué vivo así.

Este es el paso decisivo que necesitamos dar hoy para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Millones de personas se dicen cristianas, pero no han experimentado un verdadero contacto con Jesús. No saben cómo vivió, ignoran su proyecto. No aprenden nada especial de él.

Mientras tanto, en nuestras Iglesias no tenemos capacidad para engendrar nuevos creyentes. Nuestra palabra ya no resulta atractiva ni creíble. Al parecer, el cristianismo, tal como nosotros lo entendemos y vivimos, interesa cada vez menos. Si alguien se nos acercara a preguntarnos «dónde vivís» «qué hay de interesante en vuestras vidas», ¿cómo responderíamos?

Es urgente que los cristianos se reúnan en pequeños grupos para aprender a vivir al estilo de Jesús escuchando juntos el evangelio. Él es más atractivo y creíble que todos nosotros. Puede engendrar nuevos seguidores, pues enseña a vivir de manera diferente e interesante.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
15 de enero de 2006

CREER EN JESÚS

Venid y veréis.

Dos discípulos, orientados por el Bautista, se ponen a seguir a Jesús. Durante un cierto tiempo caminan tras él en silencio. No ha habido todavía un verdadero contacto. De pronto, Jesús se vuelve y les hace una pregunta decisiva: « ¿Qué buscáis?», ¿qué esperáis de mí?

Ellos le responden con otra pregunta: Rabí, « ¿dónde vives?», ¿cuál es el secreto de tu vida?, ¿desde dónde vives tú?, ¿qué es para ti vivir? Jesús les contesta: «Venid y veréis». Haced vosotros mismos la experiencia. No busquéis otra información. Venid a convivir conmigo. Descubriréis quién soy y cómo puedo transformar vuestra vida.

Este pequeño diálogo puede arrojar más luz sobre lo esencial de la fe cristiana que muchas palabras complicadas. En definitiva, ¿qué es lo decisivo para ser cristiano?

En primer lugar, buscar. Cuando uno no busca nada en la vida y se conforma con «ir tirando» o ser «un vividor», no es posible encontrarse con Jesús. La mejor manera de no entender nada sobre la fe cristiana es no tener interés por vivir de manera acertada.

Lo importante no es buscar algo, sino buscar a alguien. No descartemos nada. Si un día sentimos que la persona de Jesús nos «toca», es el momento de dejamos alcanzar por él, sin defensas ni reservas. Hay que olvidar convicciones y dudas, doctrinas y esquemas. No se nos pide que seamos más religiosos ni más piadosos. Sólo que le conozcamos mejor.

No se trata de conocer cosas sobre Jesús, sino de sintonizar con él, interiorizar sus actitudes fundamentales, y experimentar que su persona nos hace bien, reaviva nuestro espíritu y nos infunde fuerza y esperanza para vivir. Cuando esto se produce, uno se empieza a dar cuenta de lo poco que creía en él, lo mal que había entendido casi todo.

Pero lo decisivo para ser cristiano es tratar de vivir como vivía él, aunque sea de manera muy pobre y sencilla. Creer en lo que él creyó, dar importancia a lo que daba él, interesarse por lo que él se interesó. Mirar la vida como la miraba él, tratar a las personas como él las trataba: escuchar, acoger y acompañar como lo hacía él. Confiar en Dios como él confiaba, orar como oraba él, contagiar esperanza como la contagiaba él. ¿Qué se siente cuando uno trata de vivir así? ¿No es esto aprender a vivir?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
19 de enero de 2003

FELICIDAD Y FE CRISTIANA

¿Qué buscáis?

El año 1988, el Consejo Pontificio para el diálogo con los no creyentes, presidido por el cardenal Paul Poupard, escogía como tema de estudio una cuestión poco frecuente en la reflexión teológica: «Felicidad y fe cristiana».

El camino ha sido largo. Creyentes y no creyentes del mundo entero fueron aportando durante varios años su experiencia y reflexión en tomo a cuestiones apasionantes: ¿De qué manera busca hoy la felicidad el hombre contemporáneo? ¿Ayudan las religiones a alcanzar la felicidad o, por el contrario, la obstaculizan? ¿Cómo perciben los hombres de hoy la relación entre el cristianismo y la felicidad? ¿Cómo debería presentar la Iglesia el mensaje evangélico, para que fuera percibido como «buena noticia» de cara a la felicidad, no sólo en la eternidad, sino, en la medida de lo posible, también en esta vida?

Como sucede con frecuencia, la publicación del estudio final no tuvo mucho eco, pero, a mi juicio, se trata de uno de los documentos eclesiásticos más interesantes de estos últimos años, tanto por las claves que ofrece para comprender el hecho religioso como por el talante dialogante con la cultura actual.

El estudio llega a una doble constatación fundamental. La búsqueda de felicidad está en el centro del deseo humano, como se puede comprobar en la experiencia de todos los tiempos y todas las culturas. La búsqueda de felicidad «está también en el centro de la revelación de Dios en Cristo»; quien no ha descubierto la vinculación existente entre cristianismo y felicidad, no ha descubierto todavía la fe cristiana en su verdadero ser.

Esta doble afirmación obliga, por una parte, a hacer una crítica del carácter dañoso e ilusorio de no pocas versiones de la felicidad que se difunden en la sociedad actual. Pero, al mismo tiempo, urge a la Iglesia a preguntarse por qué, de hecho, tantos hombres y mujeres no pueden experimentar la fe cristiana como fuente de felicidad real.

La crisis de la cultura moderna es, en gran parte, una crisis de búsqueda de felicidad. El hombre de hoy no está acertando en su manera de entender y de buscar la felicidad. Por eso, la Iglesia puede prestar un servicio importante desde el evangelio, colaborando a que la humanidad se libere de visiones reductoras y dañosas, y descubra que el deseo más radical del ser humano es, en esencia, deseo de amar y ser amado. Por eso, ha de repetir a los hombres de hoy la pregunta de Jesús: «¿Qué buscáis?»

Pero, al mismo tiempo, la crisis religiosa es también, en buena parte, crisis de una Iglesia que no acierta a ayudar a los hombres y mujeres de hoy a vivir la relación con Dios de tal manera que puedan experimentarlo como fuente de vida sana y, en su medida, feliz, en el interior de su vida personal y colectiva. Por eso, también la Iglesia tiene que escuchar la pregunta de aquellos discípulos: «¿Dónde vives?» ¿Qué vida hay dentro de ti? ¿Qué aportas tú a la felicidad del hombre contemporáneo?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
16 de enero de 2000

HACERSE MÁS CRISTIANO

Venid y lo veréis.

¿Esto que vivo yo es fe?, ¿cómo se hace uno más creyente?, ¿qué pasos hay que dar? Son preguntas que escucho con frecuencia a personas que desean hacer un recorrido interior hacia Jesucristo pero no saben qué camino seguir. Cada uno ha de escuchar su propia llamada, pero a todos nos puede hacer bien recordar cosas esenciales.

Creer en Jesucristo no es tener una opinión sobre él. Me han hablado muchas veces de él; tal vez, he leído algo sobre su vida; me atrae su personalidad; tengo una idea de su mensaje. No basta. Si quiero vivir una nueva experiencia de lo que es creer en Cristo, tengo que movilizar todo mi mundo interior.

Es muy importante no pensar en Cristo como alguien ausente y lejano. No quedarnos en «el Niño de Belén», el «Maestro de Galilea» o «el Crucificado del Calvario». No reducirlo tampoco a una idea o un concepto. Cristo es una «presencia viva», alguien que está en mi vida y con quien puedo comunicarme en la experiencia de cada día.

No pretendas imitarle rápidamente. Antes, es mejor penetrar en una comprensión más intima de su persona. Dejarnos seducir por su misterio. Captar el espíritu que le hace vivir de una manera tan humana. Intuir la fuerza de su amor al ser humano, su pasión por la vida, su ternura hacia el débil, su confianza total en la salvación de Dios.

Un paso decisivo puede ser leer los evangelios para buscar personalmente la verdad de Jesús. No hace falta saber mucho para entender su mensaje. No es necesario dominar las técnicas más modernas de interpretación. Lo decisivo es ir al fondo de esa vida desde mi propia experiencia. Guardar sus palabras dentro del corazón. Alimentar el gusto de la vida con su fuego.

Leer el Evangelio no es exactamente encontrar «recetas» para vivir. Es otra cosa. Es experimentar que, viviendo como él, se puede vivir de manera diferente, con libertad y alegría interior. Los primeros cristianos vivían con esta idea: ser cristiano es «sentir como sentía él» (Flp 2, 5); «revestirse de Cristo» (Ga 3, 27), reproducir en nosotros su vida. Esto es lo esencial. Por eso, cuando dos discípulos preguntan a Jesús: «Maestro, ¿dónde vives?, ¿qué es para ti vivir?», él les responde: «Venid y lo veréis».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
19 de enero de 1997

DIOS NO ME DICE NADA

Venid y lo veréis.

El interés por Dios no desaparece tan fácilmente de la conciencia de la persona. A veces puede parecer que ha muerto para siempre. Otras, parecerá brotar de nuevo. Será una inquietud débil y apenas perceptible o una necesidad fuerte y poderosa. Poco importa. Dios sigue ahí.

Esta «necesidad» de Dios no se presenta siempre bajo forma de experiencia religiosa. Puede ocurrir incluso que el término «Dios» ya no le diga apenas nada a la persona, porque lo percibe como una palabra cargada de experiencias negativas y poco gratas o como una idea abstracta y confusa, sin apenas resonancia alguna en su corazón. Con el paso de los años, Dios ha podido quedar irreconocible si sólo es presentado mediante cierto lenguaje religioso.

Por otra parte, la presencia de Dios puede estar encubierta por otro tipo de experiencias que la persona conoce bien: vacío interior, malestar por una vida trivial y mediocre, deseo de vivir algo diferente. O puede dejarse escuchar tras esas preguntas que, más de una vez, brotan inevitablemente del fondo del individuo: ¿qué es la vida?, ¿qué era yo antes de nacer?, ¿qué me espera al final?, ¿no encontraré nunca la paz que mi corazón anhela?

Esta presencia de Dios es inconfundible, y la persona lo sabe casi siempre. Es una presencia que reclama e invita suavemente a la confianza. Su llamada no es una más entre otras. No se identifica con nuestros gustos, deseos y proyectos. Es diferente. Viene de más allá que de nosotros mismos. Podemos acogerla o dejar que resbale una vez más sobre nosotros. Pero Dios sigue visitando a las personas. Así dice el libro del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa» (3, 20).

«Abrir la puerta» significa decir un pequeño «sí», aunque todavía sea un «sí» débil e indeciso. Dar cabida en nuestra vida a Alguien a quien todavía apenas conocemos, dejarnos acompañar por su presencia, no encerrarnos en la propia soledad, retirar poco a poco recelos, resistencias y obstáculos. Empezar a conocer una experiencia religiosa diferente, descubrir, quizás por vez primera, que acoger a Dios hace bien.

El relato evangélico nos describe un diálogo inolvidable entre Jesús y dos discípulos que se acercan a él. Jesús les pregunta: « ¿Qué buscáis?» Ellos le responden: « ¿Dónde vives?» Y Jesús les invita: «Venid y lo veréis. » Quien busca sinceramente a Jesús para captar el misterio que en él se encierra, ha de comprobar por experiencia qué es vivir con él y como él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
16 de enero de 1994

FELICIDAD Y FE CRISTIANA

¿Qué buscáis?

El año 1988, el Consejo Pontificio para el diálogo con los no creyentes, presidido por el cardenal Paul Poupard, escogía como tema de estudio una cuestión poco frecuente en la reflexión teológica: «Felicidad y fe cristiana

El camino ha sido largo. Creyentes y no creyentes del mundo entero han ido aportando durante estos años su experiencia y reflexión en torno a cuestiones apasionantes: ¿De qué manera busca hoy la felicidad el hombre contemporáneo? ¿Ayudan las religiones a alcanzar felicidad o, por el contrario, la obstaculizan? ¿Cómo perciben los hombres de hoy la relación entre el cristianismo y la felicidad? ¿Cómo debería presentar la Iglesia el mensaje evangélico, para que fuera percibido como «buena noticia» de cara a la felicidad, no solo en la eternidad, sino, en la medida de lo posible, también en esta vida?

Como sucede con frecuencia, la publicación del estudio final no parece haber tenido mucho eco, pero, a mi juicio, se trata de uno de los documentos eclesiásticos más interesantes de estos últimos años, tanto por las claves que ofrece para comprender el hecho religioso como por el talante dialogante con la cultura actual.

El estudio llega a una doble constatación fundamental. La búsqueda de felicidad está en el centro del deseo humano, como se puede comprobar en la experiencia de todos los tiempos y todas las culturas. La búsqueda de felicidad «está también en el centro de la revelación de Dios en Cristo»; quien no ha descubierto la vinculación existente entre cristianismo y felicidad, no ha descubierto todavía la fe cristiana en su verdadero ser.

Esta doble afirmación obliga, por una parte, a hacer una critica del carácter dañoso e ilusorio de no pocas versiones de la felicidad que se difunden en la sociedad actual. Pero, al mismo tiempo, urge a la Iglesia a preguntarse por qué, de hecho, tantos hombres y mujeres no pueden experimentar la fe cristiana como fuente de felicidad real.

La crisis de la cultura moderna es, en gran parte, una crisis de búsqueda de felicidad. El hombre de hoy no está acertando en su manera de entender y de buscar la felicidad. Por eso, la Iglesia puede prestar un servicio importante desde el evangelio colaborando a que la humanidad se libere de visiones reductoras y dañosas, y descubra que el deseo más radical del ser humano es, en esencia, deseo de amar y ser amado. Por eso, ha de repetir a los hombres de hoy la pregunta de Jesús: «¿Qué buscáis?»

Pero, al mismo tiempo, la crisis religiosa es también, en buena parte, crisis de una Iglesia que no acierta a ayudar a los hombres y mujeres de hoy a vivir la relación con Dios de tal manera que puedan experimentarlo como fuente de vida sana y, en su medida, feliz, en el interior de su vida personal y colectiva. Por eso, también la Iglesia tiene que escuchar la pregunta de aquellos discípulos: « ¿Dónde vives?» ¿Qué vida hay dentro de ti? ¿Qué aportas tú a la felicidad del hombre contemporáneo?  

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
20 de enero de 1991

SIN CONOCER

¿Dónde vives?

Un número grande de personas están abandonando hoy la fe antes de haberla conocido desde dentro. A veces hablan de Dios, pero es fácil observar que no han tenido la experiencia de encontrarse con él en el fondo de su corazón.

Tienen algunas ideas generales sobre el credo de los cristianos. Han oído hablar de un Dios que prohíbe ciertas cosas y que promete la vida eterna a quienes le obedecen. Pero no conocen del evangelio mucho más.

Es normal que esa idea que tienen de la fe no les resulte atractiva. No ven qué es lo que podrían ganar creyendo, ni qué les podría aportar el evangelio si no es toda una lista de obligaciones, además de esa promesa tan lejana y difícil de creer como es “la vida eterna”.

No sospechan que la fe del verdadero creyente se alimenta de una experiencia que desde fuera no se puede conocer. Como todo el mundo, también los creyentes saben lo que es el sufrimiento y la desgracia. Su fe no los dispensa de los problemas y dificultades de cada día. Pero en la medida en que la viven a fondo, su fe les aporta una luz, un estímulo y un horizonte nuevos.

En primer lugar, el creyente puede acoger la vida día a día como don de Dios. La vida no es puro azar; tampoco una lucha solitaria frente a las adversidades. En el fondo mismo de la vida hay Alguien que cuida de nosotros. Nadie está olvidado. Somos seres aceptados y amados. Así dice el Maestro Eckhart: “Si le dieras gracias a Dios por todas las alegrías que él te da, no te quedaría tiempo para lamentarte”.

El creyente conoce también la alegría de saberse perdonado. En medio de sus errores y mediocridad puede vivir la experiencia de la inmensa comprensión de Dios. El hombre de fe no se siente mejor que los demás. Conoce el pecado y la fragilidad. Su suerte es poder sentirse renovado interiormente para comenzar siempre de nuevo una vida más humana.

El creyente cuenta también con una luz nueva frente al mal. No se ve liberado del sufrimiento, pero sí de la pena de sufrir en vano. Su fe no es una droga ni un tranquilizante frente a las desgracias. Pero la comunión con el Crucificado le permite vivir el sufrimiento sin autodestruirse ni caer en la desesperación.

Siempre me ha conmovido esa postura noble del gran científico ateo Jean Rostand. “Vosotros tenéis la suerte de creer” le gustaba repetir a sus amigos cristianos, y añadía: “De lo que yo estoy seguro es que me gustaría que Dios existiera”. Qué diferente es hoy la postura de quienes teniendo todavía fe en su corazón, la descuidan hasta perderla del todo.

La escena evangélica nos presenta a unos discípulos interesados en conocer mejor el mundo de Jesús. El Maestro les pregunta: “¿Qué buscáis?”, y ellos contestan: “Maestro, ¿dónde vives?”. La respuesta de Jesús es todo un programa: “Venid y lo veréis”. No hay recetas mágicas para reavivar la fe. El camino es buscar, entrar en contacto con Jesús y su mensaje, y experimentar una manera nueva de vivir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
17 de enero de 1988

OTRA MANERA DE VIVIR

¿ Qué buscáis?

No es fácil responder a esa pregunta sencilla pero comprometedora que Jesús hace a los discípulos: “Qué buscáis?”.

La inmensa mayoría de las personas no parecen buscar nada especial. Aceptan la vida tal como se les presenta. Les basta vivir lo de siempre, lo de todos. No necesitan nada más.

Son pocos los que se sienten atraídos por la verdad última del mundo y de la vida y se aventuran a buscar el sentido profundo de su existencia.

Por eso, he de confesar que el nuevo libro de José María Mendiola me ha sorprendido. “La vida es fácil» no es el título provocativo de un libro más. Es la experiencia y el testimonio de un hombre que ha buscado y al que se le ha regalado «otra manera de vivir” que pocos sospechan.

No es frecuente toparse hoy con alguien que «ha despertado del sueño”, ha vislumbrado la Realidad que se oculta tras las apariencias de nuestra existencia y ha encontrado su único Norte en Dios.

Rezumando sinceridad a través de todas las páginas de su libro, el escritor donostiarra se atreve a decirnos que Dios es lo único que le interesa en esta vida.

El que habla no es un místico que habita en el desierto sino un hombre casado y con cinco hijos que se pasea por las calles de Donostia. No es un santo. Y lo quiere dejar bien sentado desde el comienzo. Se siente más bien una persona “cargada de defectos y apegos”, capaz de ceder a cualquier tentación medianamente importante.

Lo decisivo es otra cosa. Esa presencia nueva e insospechada de Dios, ignorado u olvidado en otros tiempos y hoy fuente de gozo imposible de explicar a otros con palabras y conceptos. Sin esa presencia su vida sería hoy “como comida sin sal”.

No sé cuántos entenderán al escritor. Sin confesarlo abiertamente, tal vez serán bastantes ios que lo envidien. Su testimonio en medio de la alarmante superficialidad que nos rodea, me parece a mí un verdadero regalo.

Los que lo lean, encontrarán en su libro “como una flecha indicadora” y una invitación que apunta siempre en la misma dirección: «Prueba a encontrar a Dios ahora ».

Lo importante es atreverse a buscar. Estar atentos a lo que sucede en el interior de nuestra existencia. Despertar. Abrirnos al misterio de Dios. “Si por un solo segundo quieres encontrarte con El, ya le has encontrado”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
20 de enero de 1985

¿QUE BUSCAMOS?

Les preguntó: ¿Qué buscáis?

Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan nos dejan desconcertados porque van al fondo y tocan las raíces mismas de nuestra vida. ¿Qué buscáis?

No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura cerrada, como la nuestra, que parece preocuparse sólo de los medios, olvidando siempre el fin último de todo.

¿Qué es lo que buscamos exactamente? Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle) y lo único que les interesa es adquirir objetos con los que poder consolar un poco su existencia.

Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero, escapar ¿hacia dónde? ¿hacia quién?

Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos. Olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguimos luchando por ir cumpliendo nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación, felicidad y plenitud?

En el fondo, ¿no andamos lo hombres buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿No anhelamos algo que, ciertamente, no podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que el hombre contemporáneo ha olvidado a Dios. Pero la verdad es que, cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar de su corazón «la nostalgia de Dios».

¿Quién soy yo? ¿Un ser minúsculo, surgido por azar en una par- cela ínfima de espacio y de tiempo, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada de donde se me ha sacado sin razón alguna y sólo para sufrir? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más?

Lo más honrado que puede hacer el hombre es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No desechar ninguna llamada. Buscar a Dios, tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Tal vez, desde la mediocridad, la angustia o el desaliento.

Dios no juega al escondite ni se esconde de quien lo busca honradamente. Dios está ya en el interior mismo de esa búsqueda.

Más aún. Dios se deja encontrar, incluso, por quienes apenas le buscamos. Así dice e1 Señor en Isaías: «Yo me he dejado encontrar por quienes no preguntaban por mí. Me he dejado hallar por quienes no me buscaban. Dije: Aquí estoy, aquí estoy» (Is 65, 1-2).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
17 de enero de 1982

¿QUE BUSCAIS?

¿Qué buscáis?

Hay preguntas enormemente sencillas y elementales, que si nos atrevemos a escucharlas con sinceridad, son capaces de trastocar nuestra vida entera.

Una de ellas es la que Jesús dirige a los dos discípulos del Bautista que le siguen: «¿Qué buscáis?».

No es fácil responder con prontitud a esta pregunta. En definitiva, ¿qué es lo que andamos buscando cada uno, en nuestras luchas, esfuerzos y trabajos? ¿Qué objetivo último se esconde tras tantos proyectos, ilusiones y anhelos humanos?

¿Buscamos cada uno algo totalmente distinto a lo que buscan los demás? ¿Buscamos todos lo mismo? ¿Cuál es la última meta hacia la que encaminamos nuestros pasos?

Probablemente, sin saber precisarlo demasiado, muchos nos hablarían de felicidad, paz, seguridad, plenitud, amor, reconciliación total. Los hombres somos un deseo insaciable de algo que todavía no poseemos. Hay en nosotros algo que quiere vivir, vivir intensamente, vivir en plenitud, vivir para siempre.

Hay algo en el hombre que no se sacia jamás con el dinero, el sexo, el poder ni el éxito. Siempre hay «un espacio vacío» que nos llama a seguir buscando.

No deja de sorprender en nuestra sociedad occidental el número de jóvenes y adultos que se sienten atraídos por las religiones orientales o el budismo Zen. Hombres y mujeres que buscan en la oración, el silencio interior y la meditación, una experiencia que transfigure su existencia.

Sin duda, se trata de una reacción vital frente a una civilización que adormece el vigor espiritual del hombre, y frente a una sociedad tan saturada de confort, conformismo y banalidad.

Y los cristianos, ¿buscamos algo? ¿Qué buscamos al creer en Jesús? Ciertamente, no es posible encontrarse vitalmente con Cristo si uno no adopta una postura de búsqueda sincera. No es posible un encuentro auténtico con él desde una actitud de indiferencia, apatía e insensibilidad ante la propia vida y la de los demás.

En nuestros tiempos se hace cada vez más difícil creer en algo. La vida nos escarmienta muy pronto, y uno no sabe ya en qué o en quién apoyar su existencia. Se diría que sólo podemos creer en alguien, cuando comprobamos por experiencia que su presencia nos hace vivir.

Lo mismo podríamos decir de nuestra fe en Dios. «Quién no ha querido saber si Dios existe, no como una fuerza ciega, sino como alguien que hace vivir? ¿Quién de entre nosotros no ha deseado, al menos alguna vez, creer porque presentía que es necesario creer para vivir?» (Andre Briew).

Los cristianos de hoy nos descubriremos con gozo como creyentes, cuando hayamos hecho la experiencia personal de buscar a Dios, y hayamos experimentado en lo íntimo de nuestro ser que también hoy Dios hace vivir a quien lo busca.

José Antonio Pagola



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