lunes, 20 de mayo de 2013

26/05/2013 - Santísima Trinidad (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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26 de mayo de 2013

Santísima Trinidad (C)



EVANGELIO

Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 16,12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
26 de mayo de 2013


MISTERIO DE BONDAD

A lo largo de los siglos, los teólogos se han esforzado por investigar el misterio de Dios ahondando conceptualmente en su naturaleza y exponiendo sus conclusiones con diferentes lenguajes. Pero, con frecuencia, nuestras palabras esconden su misterio más que revelarlo. Jesús no habla mucho de Dios. Nos ofrece sencillamente su experiencia.
A Dios Jesús lo llama “Padre” y lo experimenta como un misterio de bondad. Lo vive como una Presencia buena que bendice la vida y atrae a sus hijos e hijas a luchar contra lo que hace daño al ser humano. Para él, ese misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios” es una Presencia cercana y amistosa que está abriéndose camino en el mundo para construir, con nosotros y junto a nosotros, una vida más humana.
Jesús no separa nunca a ese Padre de su proyecto de transformar el mundo. No puede pensar en él como alguien encerrado en su misterio insondable, de espaldas al sufrimiento de sus hijos e hijas. Por eso, pide a sus seguidores abrirse al misterio de ese Dios, creer en la Buena Noticia de su proyecto, unirnos a él para trabajar por un mundo más justo y dichoso para todos, y buscar siempre que su justicia, su verdad y su paz reinen cada vez más en entre nosotros.
Por otra parte, Jesús se experimenta a sí mismo como “Hijo” de ese Dios, nacido para impulsar en la tierra el proyecto humanizador del Padre y para llevarlo a su plenitud definitiva por encima incluso de la muerte. Por eso, busca en todo momento lo que quiere el Padre. Su fidelidad a él lo conduce a buscar siempre el bien de sus hijos e hijas. Su pasión por Dios se traduce en compasión por todos los que sufren.
Por eso, la existencia entera de Jesús, el Hijo de Dios, consiste en curar la vida y aliviar el sufrimiento, defender a las víctimas y reclamar para ellas justicia, sembrar gestos de bondad, y ofrecer a todos la misericordia y el perdón gratuito de Dios: la salvación que viene del Padre.
Por último, Jesús actúa siempre impulsado por el “Espíritu” de Dios. Es el amor del Padre el que lo envía a anunciar a los pobres la Buena Noticia de su proyecto salvador. Es el aliento de Dios el que lo mueve a curar la vida. Es su fuerza salvadora la que se manifiesta en toda su trayectoria profética.
Este Espíritu no se apagará en el mundo cuando Jesús se ausente. Él mismo lo promete así a sus discípulos. La fuerza del Espíritu los hará testigos de Jesús, Hijo de Dios, y colaboradores del proyecto salvador del Padre. Así vivimos los cristianos prácticamente el misterio de la Trinidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
30 de mayo de 2010

ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS

Todo lo que tiene el Padre es mío.

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.
Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.
Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.
Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama "reino de Dios" e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.
Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí". Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. El nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.
Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen "cumplir la voluntad del Padre". Ésta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.
Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús: "Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos". Éste Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad santa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
3 de junio de 2007

VIVIR A DIOS DESDE JESÚS

Todo lo que tiene el Padre es mío.

Los teólogos han escrito estudios profundos sobre la vida insondable de las personas divinas en el seno de la Trinidad. Jesús, por el contrario, no se ocupa de ofrecer este tipo de doctrina sobre Dios. Para él, Dios es una experiencia: se siente Hijo querido de un Padre bueno que se está introduciendo en el mundo para humanizar la vida con su Espíritu.
Para Jesús, Dios no es un Padre sin más. Él descubre en ese Padre unos rasgos que no siempre recuerdan los teólogos. En su corazón ocupan un lugar privilegiado los más pequeños e indefensos, los olvidados por la sociedad y las religiones: los que nada bueno pueden esperar ya de la vida.
Este Padre no es propiedad de los buenos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos». A todos bendice, a todos ama. Para todos busca una vida más digna y dichosa. Por eso se ocupa de manera especial por quienes viven «perdidos». A nadie olvida, a nadie abandona. Nadie camina por la vida sin su protección.
Tampoco Jesús es el Hijo de Dios sin más. Es Hijo querido de ese Padre, pero, al mismo tiempo, nuestro amigo y hermano. Es el gran regalo de Dios a la humanidad. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del cielo. Unidos a él, trabajamos por construir ese mundo más justo y humano que quiere Dios.
Por último, desde Jesús experimentamos que el Espíritu Santo no es algo irreal e ilusorio. Es sencillamente el amor de Dios que está en nosotros y entre nosotros alentando siempre nuestra vida, atrayéndonos siempre hacia el bien. Ese Espíritu nos está invitando a vivir como Jesús que, «ungido» por su fuerza, pasó toda su vida haciendo el bien y luchando contra el mal.
Es bueno culminar nuestras plegarias diciendo «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» para adorar con fe el misterio de Dios. Y es bueno santiguarnos en el nombre de la Trinidad para comprometernos a vivir en el nombre del Padre, siguiendo fielmente a Jesús, su Hijo, y dejándonos guiar por su Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
6 de junio de 2004

Miniatura de Dios

Todo lo que tiene el Padre es mío.

A lo largo de veinte siglos de cristianismo, grandes teólogos han escrito estudios profundos sobre la Trinidad, tratando de pensar conceptualmente el misterio de Dios. Sin embargo, ellos mismos dicen que, para saber de Dios, lo importante no es «discurrir» mucho, sino «saber» algo del amor.
La razón es sencilla. La teología cristiana viene a decir, en definitiva, que Dios es Amor. No es una realidad fría e impersonal, un ser triste, solitario y narcisista. No hemos de imaginarlo como poder impenetrable, encerrado en sí mismo. En su ser más íntimo, Dios es amor, vida compartida, amistad gozosa, diálogo, entrega mutua, abrazo, comunión de personas.
Lo grande es que nosotros estamos hechos a imagen de ese Dios. El ser humano es una especie de «miniatura» de Dios. Es fácil intuirlo. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados, siempre que sabemos acoger y buscamos ser acogidos, cuando disfrutamos compartiendo una amistad que nos hace crecer, cuando sabemos dar y recibir vida, estamos saboreando el «amor trinitario» de Dios. Ese amor que brota en nosotros proviene de él.
Por eso, el mejor camino para aproximarnos al misterio de Dios no son los libros que hablan de él, sino las experiencias amorosas que se nos regalan en la vida. Cuando dos jóvenes se besan, cuando dos enamorados se entregan mutuamente, cuando dos esposos hacen brotar de su amor una nueva vida, están viviendo experiencias que, incluso cuando son torpes e imperfectas, apuntan hacia Dios.
Quien no sabe nada de dar y recibir amor, quien no sabe compartir ni dialogar, quien solo se escucha a sí mismo, quien se cierra a toda amistad, quien busca su propio interés, quien sólo sabe ganar dinero, competir y triunfar, ¿qué puede saber de Dios?
El amor trinitario de Dios no es un amor excluyente, un «amor egoísta» entre tres. Es amor que se difunde y regala a todas las criaturas. Por eso, quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede incluso «enamorarse» de los más pobres y pequeños, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
10 de junio de 2001

¿CÓMO VIVIR LA TRINIDAD?

Todo lo que tiene el Padre es mío.

El Padre es el misterio insondable de amor que da origen a todo lo que vive. Él es la fuente oculta que no tiene origen y de la que nace todo lo bueno, lo bello y misericordioso. En él comienza todo lo que es vida y amor. El Padre no sabe sino darse y dar gratuitamente y sin condiciones. Él es así. Él está conduciendo todo a la victoria definitiva de la vida.
Creer en un Dios Padre es saberse acogido. Dios me acepta como soy. Sólo quiere mi vida y mi dicha eterna. Puedo vivir con confianza y sin temor. No conoceré la experiencia más terrible e insoportable para un ser humano: sentirse rechazado por todos, no ser aceptado por nadie. Dios es mi Padre. Nunca seré un extraño para Dios, sino un hijo.
El Hijo existe recibiéndose totalmente del Padre. Él es así. Pura acogida, respuesta perfecta al Padre, reflejo fiel de su amor. Por eso, no se apropia de nada. Recibe la vida como regalo y la difunde sobre nosotros y la creación entera. El Hijo es nuestro hermano mayor, el que nos revela el rostro verdadero del Padre y nos enseña el camino hacia él.
Creer en un Dios Hijo es saberse acompañado. No estamos solos ante Dios, perdidos y desorientados, sin saber cómo situarnos ante su misterio. El Hijo de Dios hecho hombre nos enseña a vivir acogiendo y difundiendo el amor del Padre. Enraizados en él no conoceremos la experiencia destructora de la soledad. Quien no sabe recibir amor, no sabe lo que es vivir. Quien no sabe dar amor, se muere.
El Espíritu Santo es comunión del Padre y el Hijo, abrazo recíproco, amor compartido, compenetración mutua. Él es así. Desbordamiento del amor, fuerza creadora y renovadora, energía amorosa que lo transforma todo.
Creer en Dios Espíritu Santo es saberse habitado por el amor. No estamos vacíos y sin núcleo interior, indefensos ante nuestro propio egoísmo. Nos habita el dinamismo del amor. El Espíritu nos mantiene en comunión con el Padre y con el Hijo. El nos consuela, nos renueva y mantiene vivo en nosotros el deseo de Dios reinando en un mundo más humano y fraterno.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
7 de junio de 1998

SÓLO AMOR

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.

La palabra “Dios” proviene del sánscrito “Dyau”, y significa “día”. En griego se convierte en “Theos”, que viene a ser “la luz”, “lo brillante”. En el origen del término “Dios” subyace, por tanto, la idea de la luz que da vida y permite ver. Dios es el que fundamenta la vida y da el sentido último a todo.
El cristianismo introduce un lenguaje insólito y revolucionario al hablar de un Dios Trinidad. En la base de esta nueva terminología hay una nueva concepción: “Dios es amor” Esa divinidad que sustenta la vida y da sentido a la realidad es amor y sólo amor. Al confesar a un Dios trinitario estamos tocando el corazón mismo de la fe cristiana. Todo lo demás es consecuencia. Cuando se olvida o se deforma esta fe en un Dios-Amor, se está vaciando a la religión cristiana de su esencia.
El amor no es una actividad más de Dios, sino que toda su actividad consiste en amar. Si crea, crea por amor; si salva, salva por amor; si juzga, juzga con amor. Todo su ser y su actuar es amor. Dios no tiene amor, sino que es Amor. En nuestro lenguaje, siempre limitado, hemos de decir que “Dios ni sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar” (Torres Queiruga). De Dios sólo nos llega amor. Podemos dudar de todo, pero nunca de esto: hacia mí Dios sólo puede sentir amor.
Sin embargo, después de veinte siglos, los cristianos nos resistimos a creerlo y, sobre todo, a sacar las consecuencias. Confesamos que Dios es amor, pero luego proyectamos sobre Él nuestros fantasmas; deformamos y recortamos su amor con nuestra visión egoísta de todo; lo oscurecemos con nuestros miedos. No nos atrevemos a creer que Dios es amor sin restricciones, amor incondicional e indestructible. Nos resulta como “increíble”, algo demasiado hermoso para ser cierto.
Según no pocos teólogos (recordar el estudio de H.U. von Balthasar, Sólo el amor es digno de fe, Ed. Sígueme, Salamanca 1994), una de las tareas más urgentes del cristianismo actual es afirmar sin límites ni temor alguno el amor de Dios con sus “iras, venganzas y castigos”. No hemos de consentir que se sigua alimentando la idea de un Dios menos humano que cualquiera de nosotros.
La confesión en un Dios trinitaria nos ha de llevar a creer de manera práctica en un Dios-Amor. Hemos sido creados por amor, estamos amasados de amor, destinados a amarnos y a amar profundamente la vida. Nada hay más importante y decisivo. Nuestro quehacer esencial es “permanecer en el amor” (Jn 15,10).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
11 de junio de 1995

QUIERO CREER

Os guiará hasta la verdad plena.

Vivimos tiempos de confusión religiosa. El cristianismo les resulta a bastantes complicado y recargado. Tratan de vivir la fe con honradez, pero lo hacen de manera dispersa y fragmentaria. En su conciencia todo está bastante mezclado: Cristo, los sacramentos, Dios, la resurrección, el Papa, la Virgen.
Sin embargo, no todo es igual ni tiene la misma importancia. A muchas personas les haría un gran bien captar dónde está lo esencial de la fe para vivirla de manera unificada y sencilla. Una religión complicada y confusa no puede despertar gozo en el creyente. He aquí algunas sugerencias para vivir la fe en Dios Trinidad de forma cordial y cálida.
«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra. » No estoy solo ni vivo olvidado. Dios es mi Padre, Él es mi origen y mi destino. Él me creó sólo por amor; él me espera con corazón de Padre. No sólo a mí, sino a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos. Su nombre es hoy olvidado, negado y hasta despreciado. Yo mismo lo olvido con frecuencia. Pero Él es mi única esperanza, lo mejor que tengo. Aunque dude de muchas cosas, no quiero perder mi fe en este Dios Padre, pues intuyo que habría perdido lo esencial.
«Creo en Jesucristo, su único Hijo. » Sé que Jesús fue un hombre extraordinario, pero en él se encierra algo más. No es sólo un modelo a imitar o un maestro a seguir. Es el Hijo de Dios enviado por el Padre. En él descubro el rostro de Dios y también su corazón. Sé cuántas cosas se escriben y se dicen hoy de Jesús. Para mí, nunca será un hombre más. En sus palabras escucho la voz de Dios, en sus gestos intuyo su amor. En él le siento a Dios cercano, humano, amigo. Aunque olvide otras cosas, no quiero olvidar a Jesucristo. ¿Quién podría ocupar su vacío y ofrecerme la luz y la esperanza que de él recibo?
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. » Creo en su presencia viva en míy en todos los hombres y mujeres. Sé que es dador de vida porque pone en mí amor, luz, fortaleza y creatividad. Pero su mayor regalo es saber que ese misterio de Dios que, a veces, me parece tan lejano e insondable, está en el fondo de mi ser. Conozco mi superficialidad, pero no quiero vivir sólo desde fuera, ignorando lo mejor que hay dentro de mí.
Hoy es la fiesta de la Trinidad. No sé exactamente lo que se encierra detrás de esas palabras. Tampoco pienso mucho en esas cosas. Pero, a pesar de mi mediocridad y mi poca fe, quiero vivir y morir «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Quisiera recordarlo cada vez que me santiguo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
14 de junio de 1992

DIOS, MISTERIO DEL MUNDO

Os guiará hasta la verdad plena.

Una de las tareas más urgentes de las Iglesias es hoy, sin duda, ayudar a la humanidad a recuperar el sentido de la adoración, la admiración y la alabanza. Una humanidad que no venera la vida ni sabe agradecer al Creador el regalo de la Tierra, corre el riesgo de deslizarse progresivamente hacia su autodestrucción. Lo advertía hace ya algunos años, Teilhard de Chardin con estas palabras: “Pronto la humanidad deberá escoger entre el suicidio o la adoración.”
Estamos asistiendo estos días a los tensos debates y discusiones que se producen en “La Cumbre de Río” sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Atrapados entre el miedo a la destrucción y los intereses económicos de cada nación, los hombres se enfrentan entre sí, incapaces de cambiar y de orientar su vida de manera diferente sobre la Tierra.
La humanidad va tomando conciencia de que todo no puede ser dominar y utilizar la Tierra; que es necesario cuidarla, respetarla y compartirla de manera más humana. Pero, ¿quién será capaz de liberar a los hombres de la apropiación abusiva, de la explotación utilitaria, de la insolidaridad egoísta de los poderosos?
Es desastre sólo puede ser evitado cambiando el rumbo, pero, ¿dónde encontrar el fundamento de una decisión ética que urja a todos los hombres a sustituir el egoísmo individual y colectivo por una actitud nueva de fraternidad entre todos los pueblos y de comunión con el mundo?
El hombre moderno ha ido expulsando a Dios del mundo. Se ha esforzado por hacer de la Tierra una morada más segura y confortable, pero ha olvidado al Creador, ha menospreciado el “origen amoroso” de donde proviene la vida. Se ha creído dueño absoluto del mundo, pero el mundo se le escapa de las manos hacia la destrucción.
Hemos excluido a Dios como “Misterio del mundo” (E. Jüngel), y el mundo se va cerrando cada vez más sobre unos hombres replegados sobre sus propios intereses. Hemos hecho del mundo “una inmensa fábrica” de producir y consumir objetos, pero este mundo ya no nos remite a algo más profundo y sagrado. Hemos prescindido del Creador y hemos desencadenado una agresión a la creación que ya no sabemos cómo detener.
Probablemente, nunca ha sido tan necesario el retorno a Dios, fuente misteriosa de la vida, amor original de donde brota la apasionante aventura del mundo, fundamento último de la dignidad inalienable del ser humano.
La fiesta de la Trinidad es una invitación a adorar a Dios como “Misterio del mundo”. Una fe viva en ese Dios ayudaría a los hombres a recuperar una visión más unitaria de la humanidad y del mundo, urgiría a una fraternidad real entre todos los pueblos, despertaría el respeto a la creación entera y suscitaría en los hombres el amor a todo lo vivo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
21 de mayo de 1989

¿VUELVE DIOS?

Os guiará hasta la verdad plena.

Cada vez le resulta más difícil al hombre contemporáneo caminar con orgullo y seguridad hacia un progreso siempre mayor.
El crecimiento de la violencia en todo el planeta, la posibilidad cada vez más real de un enfrentamiento “total”, accidentes como el de la central de Chernobyl, el oscuro porvenir laboral para las nuevas generaciones, una demografía “sin niños” … son algunos de los datos que están obligando al hombre occidental a preguntarse qué futuro nos espera si ya no somos capaces de asegurar siquiera nuestra propia supervivencia.
Después de unos años de euforia atea, son bastantes los que comienzan a preguntarse de nuevo si el mundo es la verdad absoluta y lo único que nos espera a los seres humanos.
El teólogo alemán H. Zahrnt se hace eco de amplios sectores europeos cuando escribe: “Ha llegado el momento en que cesa el sarcasmo sobre Dios y el orgullo comienza a derrumbarse. En lugar de llevar al mundo sobre sus espaldas como Atlas, el hombre comienza a preguntarse qué fuerza podrá ayudarle a soportar su carga”.
Hace unos años, Max Horheimer, el filósofo más representativo de la Escuela de Frankfurt, se expresaba en unos términos que cobra, tal vez hoy, mayor actualidad: “Soy cada vez más de la opinión de que no debería hablar de anhelo sino de miedo de que Dios no exista”.
El hombre occidental ha decidido vivir sin Dios, pero parece llegado el momento de preguntarse si, después de su expulsión, puede seguir caminando durante mucho tiempo sin perder su rostro humano.
A la larga, muchos saben hoy día que no es fácil evitar ese malestar que describe A. Saint-Exupery en una de sus obras: “No hay sino un único problema, uno solo en el mundo. Aportar a los hombres un significado espiritual, una inquietud espiritual… No se puede seguir viviendo de frigoríficos, de política, de balances y palabras cruzadas. No se puede”.
Dios sigue oculto en la sombra, pero, ¿no la está iluminando hoy con una luz nueva? Dios sigue silencioso, pero ¿no comienzan a escucharse en nuestra sociedad nuevas llamadas que nos invitan a volver el corazón hacia El?
¿No estará llegando la hora de repetir con toda verdad aquella oración de San Agustín? “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
25 de mayo de 1986

DIOS NO SE ABURRE

y os comunicará …

Son bastantes los que, llamándose cristianos, tienen una idea absolutamente triste y aburrida de Dios. Para ellos, Dios sería un ser nebuloso, gris, «sin rostro». Algo impersonal, frío e indiferente.
Y si se les dice que Dios es Trinidad, esto, lejos de dar un color nuevo a su fe, lo complica todo aún más, situando a Dios en el terreno de lo enrevesado, embrollado e ininteligible.
No pueden sospechar todo lo que la teología cristiana ha querido sugerir acerca de Dios, al balbucir desde Jesús una imagen trinitaria de la divinidad.
Según la fe cristiana, Dios no es un ser solitario, condenado a estar cerrado sobre sí mismo, sin alguien con quien comunicarse. Un ser inerte, que se pertenece sólo a sí mismo, autosatisfaciéndose aburridamente por toda la eternidad.
Dios es comunión interpersonal, comunicación gozosa de vida. Dinamismo de amor que circula entre un Padre y un Hijo que se entregan sin agotarse, en plenitud de infinita ternura.
Pero este amor no es la relación que existe entre dos que se exprimen y absorben estérilmente el uno al otro, perdiendo su vida y su gozo en una posesión exclusiva y un egoísmo compartido.
Es un amor que requiere la presencia del Tercero. Amor fecundo que tiene su fruto gozoso en el Espíritu en quien el Padre y el Hijo se encuentran, se reconocen y gozan el uno para el otro.
Es fácil que más de un cristiano se «escandalice» un poco ante la descripción de la vida trinitaria que hace el Maestro Eckart: «Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor, y ese amor da origen a las personas de la Trinidad, una de las cuales es el Espíritu Santo».
Y sin embargo, este lenguaje «hiperbólico» apunta, sin duda, a la realidad más profunda de Dios, único ser capaz de gozar y reír en plenitud, pues la risa y el gozo verdadero brotan de la plenitud del amor y de la comunicación.
Este Dios no es alguien lejano de nosotros. Está en las raíces mismas de la vida y de nuestro ser. «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17, 28).
En el corazón mismo de la creación entera está el amor, el gozo, la sonrisa acogedora de Dios. En medio de nuestro vivir diario, a veces tan apagado y aburrido, otras tan agitado e inquieto, tenemos que aprender a escuchar con más fe el latido profundo de la vida y de nuestro corazón.
Quizás descubramos que en lo más hondo de las tristezas puede haber un gozo sereno, en lo más profundo de nuestros miedos una paz desconocida, en lo más oculto de nuestra soledad, la acogida de Alguien que nos acompaña con sonrisa silenciosa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
29 de mayo de 1983

DIOS NO ES SOLEDAD

Todo lo que tiene el Padre …

Creer en Dios no es simplemente imaginar una Potencia admirable y lejana de la que depende todo. Ni elaborar intelectualmente un gran ídolo que explique lo que nos parece inexplicable.
Para el cristiano, creer en Dios es aprender con Jesús y desde Jesús a vivir ante la Realidad última que nos sostiene, nos acoge y nos espera. Descubrir con gozo que no estamos solos. Que hay Alguien que nos defiende de irnos perdiendo sin remedio. Alguien que nos posibilita el llegar a ser ése precisamente que aspiramos poder ser desde lo más profundo de nuestro ser y en cuyo empeño fracasamos constantemente.
Pero, ¿cuál es el rostro de ese Dios, origen y destino último de todo nuestro ser? ¿Cómo dar contenido vivo a ese nombre de «Dios» que hemos escuchado desde nuestra niñez?
Los cristianos creemos que todos los caminos que recorren apasionadamente los hombres en su búsqueda de Dios pasan por uno: Jesucristo. Y es desde Jesucristo desde donde descubrimos que Dios es trinidad.
Dios, en su realidad más profunda, es una vida de comunidad. La comunión de tres personas que comparten la vida en plenitud.
Dios no es un ser solitario, vacío, frío, impenetrable, impersonal. Dios es vida compartida, amor comunitario, comunión de personas. Dios, en lo más íntimo de su ser, es apertura, diálogo, entrega mutua, donación recíproca, amor a otro. Dios es pluralismo en la unidad.
Creer en la Trinidad es creer que el origen, el modelo y el destino último de toda vida es el amor compartido en comunidad. Estamos hechos a imagen y semejanza de este Dios. Y no descansaremos hasta que podamos disfrutar ese amor compartido y encontrarnos todos en esa sociedad en la que cada uno pueda encontrar su personalidad y felicidad plena precisamente en la entrega y solidaridad total con el otro.
Por eso, celebrar a la Trinidad no es pretender penetrar en la inmensidad de Dios y mucho menos resolverla con el «triángulo» divino. Celebramos a la Trinidad cuando descubrimos con gozo que la fuente de nuestra vida es un Dios Comunidad y cuando, por tanto, nos sentimos llamados desde lo más radical de nuestro ser a buscar nuestra verdadera felicidad en el compartir y en la solidaridad.
Celebramos a la Trinidad siempre que los hombres nos esforzamos, mucho o poco, por construir una sociedad en la que las personas vayamos aprendiendo a convivir, compartir y dialogar.

José Antonio Pagola

lunes, 13 de mayo de 2013

19/05/2013 - Domingo de Pentecostés (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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19 de mayo de 2013

Domingo de Pentecostés (C)



EVANGELIO

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Palabra de Dios.

O bien

El Espíritu Santo será quien os lo enseñe.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,15-16.23b-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.
El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
19 de mayo de 2013
Jn 20,19-23


NECESITADOS DE SALVACIÓN

El Espíritu Santo de Dios no es propiedad de la Iglesia. No pertenece en exclusiva a las religiones. Hemos de invocar su venida al mundo entero tan necesitado de salvación.
Ven Espíritu creador de Dios. En tu mundo no hay paz. Tus hijos e hijas se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Despierta en nosotros el respeto a todo ser humano. Haznos constructores de paz. No nos abandones al poder del mal.
Ven Espíritu liberador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Libera en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Haznos más responsables y solidarios. No nos dejes en manos de nuestro egoísmo.
Ven Espíritu renovador de Dios. La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de tus hijos e hijas disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la desigualdad y la exclusión social. Despierta en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Enséñanos a defender siempre a los últimos. No nos dejes vivir con un corazón enfermo.
Ven Espíritu consolador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, solo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Reaviva en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Enséñanos a estar más cerca de quienes están más solos. Cúranos de la indiferencia.
Ven Espíritu bueno de Dios. Muchos de tus hijos e hijas no conocen tu amor ni tu misericordia. Se alejan de Ti porque te tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar contigo. Tu nombre se va borrando en las conciencias. Despierta en nosotros la fe y la confianza en Ti Haznos portadores de tu Buena Noticia. No nos dejes huérfanos.
Ven Espíritu vivificador de Dios. Tus hijos e hijas no sabemos cuidar la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de tu mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Infunde en nosotros tu aliento creador. Haznos caminar hacia una vida más sana. No nos dejes solos. ¡Sálvanos!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
23 de mayo de 2010
Jn 14,15-16.23b-26


INVOCACIÓN

Recibid el Espíritu Santo.

Ven Espíritu Creador e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!
Ven Espíritu Santo y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven y enséñanos a escuchar sólo a Jesús!
Ven Espíritu de la Verdad y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!
Ven Espíritu del Padre y enséñanos a gritar a Dios "Abba" como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!
Ven Espíritu Bueno y conviértenos al proyecto del "reino de Dios" inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!
Ven Espíritu de Amor y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!
Ven Espíritu Liberador y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven Espíritu Santo y contágianos la libertad de Jesús!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
27 de mayo de 2007
Jn 20,19-23

ALIENTO DE VIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Los hebreos se hacían una idea muy bella y real del misterio de la vida. Así describe la creación del hombre un viejo relato del siglo ix antes de Cristo: El Señor Dios modeló al hombre del barro de la tierra. Luego, soplo en su nariz aliento de vida. Y así el hombre se convirtió en un viviente.
Es lo que dice la experiencia. El ser humano es barro. En cualquier momento se puede desmoronar. ¿Cómo caminar con pies de barro? ¿Cómo mirar la vida con ojos de barro? ¿Cómo amar con corazón de barro? Sin embargo, este barro ¡vive! En su interior hay un aliento que le hace vivir. Es el Aliento de Dios. Su Espíritu vivificador.
Al final de su evangelio, Juan ha descrito una escena grandiosa. Es el momento culminante de Jesús resucitado. Según su relato, el nacimiento de la Iglesia es una nueva creación. Al enviar a sus discípulos, Jesús sopla su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo.
Sin el Espíritu de Jesús, la Iglesia es barro sin vida: una comunidad incapaz de introducir esperanza, consuelo y vida en el mundo. Puede pronunciar palabras sublimes sin comunicar «algo» de Dios a los corazones. Puede hablar con seguridad y firmeza sin afianzar la fe de las personas. ¿De dónde va a sacar esperanza si no es del aliento de Jesús? ¿Cómo va a defenderse de la muerte sin el Espíritu del resucitado?
Sin el Espíritu creador de Jesús, podemos terminar sin que nadie en la Iglesia crea en algo diferente. Todo debe ser como ha sido. No está permitido soñar con grandes novedades. Lo más seguro es una religión estática y controlada, que cambie lo menos posible. Lo que hemos recibido de otros tiempos es también lo mejor para los nuestros. Nuestras generaciones han de celebrar su fe vacilante con el lenguaje y los ritos de hace muchos siglos. Los caminos están marcados. No hay que preguntarse por qué.
¿Cómo no gritar con fuerza: ¡ Ven, Espíritu Santo! Ven a tu Iglesia. Ven a liberamos del miedo, la mediocridad y la falta de fe en tu fuerza creadora. No hemos de mirar a otros. Hemos de abrir cada uno nuestro propio corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
30 de mayo de 2004
Jn 20,19-23

ABRIR EL CORAZÓN

Recibid el Espíritu Santo.

Según la tradición bíblica, el mayor pecado de una persona es vivir con un «corazón cerrado» y endurecido, un «corazón de piedra» y no de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio. Quien vive «cerrado», no puede acoger el Espíritu de Dios; no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen. Vivimos separados de la vida, desconectados. El mundo y las personas están «ahí fuera» y yo estoy «aquí dentro». Una frontera invisible nos separa del Espíritu de Dios que lo alienta todo; es imposible sentir la vida como la sentía Jesús. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de gracias. Dios nos parece un problema y no el Misterio que lo llena todo. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a intuir a ese Dios «en quien vivimos, nos movemos y existimos». Sólo entonces comenzamos a invocarlo como «Padre», con el mismo Espíritu de Jesús.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», en nuestra vida no hay compasión. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás. Vivirnos indiferentes a los abusos e injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente. Sólo cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura y compasión mira Dios a las personas. Sólo entonces escuchamos la principal llamada de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre».
Pablo de Tarso formuló de manera atractiva una convicción que se vivía entre los primeros cristianos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». ¿Lo podernos experimentar también hoy? Lo decisivo es abrir nuestro corazón. Por eso, nuestra primera invocación al Espíritu ha de ser ésta: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y compasivo, un corazón transformado por Jesús».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
3 de junio de 2001
Jn 20,19-23

ABIERTOS AL ESPÍRITU

Recibid el Espíritu Santo.

No hablan mucho. No se hacen notar. Su presencia es modesta y callada, pero son la «sal de la tierra». Mientras haya en el mundo mujeres y hombres atentos al Espíritu y abiertos a Dios, será posible seguir esperando. Ellos son el mejor regalo para una Iglesia amenazada por la mediocridad espiritual.
Su influencia no proviene de lo que hacen ni de lo que hablan o escriben, sino de una realidad más honda. Se encuentran retirados en los monasterios o escondidos en medio de la gente. No destacan por su actividad y, sin embargo, irradian energía interior allí donde están.
No viven de las apariencias. Su vida nace de lo más hondo de su ser. Viven en armonía consigo mismos, atentos a hacer coincidir su existencia con la llamada del Espíritu que los habita. Sin que ellos mismos se den cuenta, son sobre la tierra reflejo del Misterio de Dios.
Tienen defectos y limitaciones. No están inmunizados contra el pecado. Pero no se dejan absorber por los problemas y conflictos de la vida. Vuelven una y otra vez al fondo de su ser. Se esfuerzan por vivir en presencia de Dios. Él es el centro y la fuente que unifica sus deseos, palabras y decisiones.
Basta ponerse en contacto con ellos para tomar conciencia de la dispersión y agitación que hay dentro de nosotros. Junto a ellos es fácil percibir la falta de unidad interior, el vacío y la superficialidad de nuestras vidas. Ellos nos hacen intuir dimensiones que desconocemos.
Estos hombres y mujeres abiertos al Espíritu son fuente de luz y de vida. Su influencia es oculta y misteriosa. Establecen con los demás una relación que nace de Dios. Viven en comunión con personas a las que jamás han visto. Aman con ternura y compasión a gentes que no conocen. Dios les hace vivir en unión profunda con la creación entera.
En medio de una sociedad materialista y superficial que tanto descalifica y maltrata los valores del espíritu, yo quiero, en esta fiesta de Pentecostés, hacer memoria y elogio de estas personas «espirituales». Ellos nos recuerdan el anhelo más grande del corazón humano y la Fuente última donde se apaga toda sed.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
31 de mayo de 1998
Jn 20,19-23

EL ARTE DE ESTAR SOLO

Recibid el Espíritu Santo.

Todo es prisa y aglomeración en la vida moderna. Vivimos un ritmo tan apretado que apenas queda hueco para estar solo. Y, sin embargo, son cada vez más los que sienten el peso de la soledad. Por otra parte, la soledad es una experiencia compleja. Hay una soledad mala que empobrece y destruye al individuo. Y hay también una soledad enriquecedora que ayuda a crecer. Por eso hay personas que sufren la soledad mientras otras la buscan.
Según los expertos, las situaciones pueden ser diversas. Hay personas que «están solas y se encuentran solas». Sienten la falta de compañía. No tienen con quien desahogarse. No conocen la experiencia de la comunicación confiada con alguien que las escuche y comprenda. Es fácil entonces la tristeza, el pesimismo o la depresión.
Hay también personas que «están acompañadas, pero se encuentran solas» Viven rodeadas de muchas gentes, pero se sienten terriblemente solas. No aciertan a comunicarse. Han perdido la fe en los demás. Viven enclaustradas en sí mismas. Esta soledad mata la alegría de vivir.
Hay, sin embargo, personas que «están solas, pero no se encuentran solas». No hemos de pensar en los «solitarios» por excelencia, que buscan el «desierto» para vivir su propia experiencia. Hay quienes necesitan momentos de soledad para encontrarse consigo mismos y sentirse en contacto más profundo con el mundo que los rodea. Esta soledad enriquece a la persona.
Por eso, para liberarse de una soledad dañosa es necesario, sin duda, abrirse a los demás, crear lazos, dejarse enriquecer por los otros. Pero es también importante saber encontrarse consigo mismo, escuchar lo mejor que hay en nosotros, acoger la vida que brota desde dentro.
En ese silencio interior vive el creyente la presencia del Espíritu de Dios. Sin miedos. Con confianza ilimitada. A solas con el que sólo es amor y fuerza para vivir. Amando y sabiéndose amado. Ese tiempo dedicado a silenciar nuestro sistema nervioso y a tomar conciencia de nuestro enraizamiento en Dios, no es tiempo perdido. En ese silencio habitado por el Espíritu, Dios nos trabaja, nuestro yo más profundo se recupera, crece nuestra paz interior, nuestra vida se unifica. De esa experiencia extrae el creyente las mejores fuerzas para vivir.
En esta fiesta de Pentecostés en que pedimos a Dios el don de su Espíritu, quiero recordar esas «letrillas» con que san Juan de la Cruz describe esa soledad enriquecedora que el Espíritu de Dios nos puede hacer gustar: «Olvido de lo creado; memoria del Creador; atención a lo interior; y estarse amando al amado.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
4 de junio de 1995
Jn 20,19-23

LO ESENCIAL

Recibid el Espíritu Santo.

La Iglesia anda hoy preocupada por muchas cosas. Las gentes abandonan la práctica religiosa. Dios parece interesar cada vez menos. Las comunidades cristianas envejecen. Todo son problemas y dificultades. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué será de la fe en la sociedad de mañana?
Las reacciones son diversas. Hay quienes viven añorando con nostalgia aquellos tiempos en que la religión parecía tener respuesta segura para todo. Bastantes han caído en el pesimismo: es inútil echar remiendos, el cristianismo se desmorona. Otros buscan soluciones drásticas: hay que recuperar las seguridades fundamentales, fortalecer la autoridad, defender la ortodoxia. Sólo una Iglesia disciplinada y fuerte podrá afrontar el futuro.
Pero, ¿dónde está la verdadera fuerza de los creyentes? ¿De dónde puede recibir la Iglesia vigor y aliento nuevo? En las primeras comunidades cristianas se puede observar un hecho esencial: los creyentes viven de una experiencia que ellos llaman «el Espíritu» y que no es otra cosa que la comunicación interior del mismo Dios. El es el «dador de vida». El principio vital. Sin el Espíritu, Dios se ausenta, Cristo queda lejos como un personaje del pasado, el evangelio se convierte en letra muerta, la Iglesia en pura organización. Sin el Espíritu, la esperanza es reemplazada por la charlatanería, la misión evangelizadora se reduce a propaganda, la liturgia se congela, la audacia de la fe desaparece.
Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, el horizonte del cristianismo se empequeñece, la comunión se resquebraja, el pueblo y la jerarquía se separan. Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la vida cristiana se degrada en «moral de esclavos». Sin el Espíritu, la libertad se asfixia, surge la apatía o el fanatismo, la vida se apaga.
El mayor pecado de la Iglesia actual es la «mediocridad espiritual». Nuestro mayor problema pastoral, el olvido del Espíritu. El pretender sustituir con la organización, el trabajo, la autoridad o la estrategia lo que sólo puede nacer de la fuerza del Espíritu. No basta reconocerlo. Es necesario reaccionar y abrirnos a su acción.
Lo esencial hoy es hacer sitio al Espíritu. Sin Pentecostés no hay Iglesia. Sin Espíritu no hay evangelización. Sin la irrupción de Dios en nuestras vidas, no se crea nada nuevo, nada verdadero. Si no se deja recrear y reavivar por el Espíritu Santo de Dios, la Iglesia no podrá aportar nada esencial al anhelo del hombre de nuestros días.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
7 de junio de 1992
Jn 20,19-23

UNA VIDA DIFERENTE

Recibid el Espíritu Santo.

La vida lleva hoy a muchos hombres y mujeres a vivir volcados hacia lo exterior, los ruidos, las prisas y la agitación. Al hombre de hoy le cuesta adentrarse en su propia interioridad. Tiene miedo a encontrarse consigo mismo, con su propio vacío interior o su mediocridad.
Por otra parte, se han producido cambios tan profundos durante estos años que la fe de muchos se ha visto gravemente sacudida. Son bastantes los que ya no aciertan a rezar. No sienten nada por dentro. Dios se les ha quedado como algo muy lejano e irreal, alguien con quien ya no saben encontrarse.
¿Qué puede significar entonces hablar de Pentecostés o del Espíritu Santo? ¿Puede, acaso, el Espíritu de Dios liberarnos de esa tentación de vivir siempre huyendo de nosotros mismos? ¿Puede despertar de nuevo en nosotros la fe en Dios? Y, sobre todo, ¿puede uno abrirse hoy a la acción del Espíritu?
Tal vez, lo primero es confiar en Dios que nos comprende y acoge tal como somos, con nuestra mediocridad y falta de fe. Dios no ha cambiado, por mucho que hayamos cambiado nosotros. Dios sigue ahí mirando nuestra vida con amor.
Después, necesitamos probablemente pararnos y, simplemente, estar. Detenernos por un momento para aceptarnos a nosotros mismos con paz y amor, y escuchar los deseos y la necesidad que hay en nosotros de una vida diferente y más abierta a Dios.
Es fácil que nos encontremos llenos de miedos, preocupaciones o confusión. Tal vez, necesitamos purificar nuestra mirada interior. Despertar en nosotros el deseo de la verdad y la transparencia ante Dios. Liberarnos de aquello que nos enturbia por dentro y clarificar qué es lo que deseamos en este momento de nuestra vida.
Es fácil también que la falta de amor sea la fuente más importante de nuestro malestar. Ese egoísmo que nos penetra por todas partes, nos encierra en nosotros mismos y nos impide ser más sensibles a los sufrimientos, necesidades y problemas, incluso de aquellos a los que decimos querer más. ¿No necesitamos en el fondo vivir de manera más generosa y desinteresada? ¿No habría más paz y alegría en nuestra vida?
No olvidemos que el Espíritu Santo es «dador de vida». Siempre que nos abrirnos a su acción, aunque sea de manera pobre e incierta, él nos hace gustar los frutos de una vida más sana y acertada: «amor alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
14 de mayo de 1989
Jn 20,19-23

EL ESPIRITU ES DE TODOS

Recibid el Espíritu Santo.

Nuestra vida está hecha de múltiples experiencias. Gozos y sinsabores, logros y fracasos, luces y sombras van entretejiendo nuestro vivir diario llenándonos de vida o agobiando nuestro corazón.
Pero los hombres no somos capaces de percibir todo lo que hay en nosotros mismos. Lo que captamos con nuestra conciencia es sólo una pequeña isla en el mar mucho más amplio y profundo de nuestra vida. A veces, se nos escapa, incluso, lo más fundamental.
En su precioso libro “Experiencia espiritual”, K. Rahner nos ha recordado con vigor esa “experiencia” radicalmente diferente que se da siempre en nosotros, aunque pase muchas veces desapercibida: la presencia viva del Espíritu de Dios que trabaja desde dentro nuestro ser.
Una experiencia que queda, casi siempre, como encubierta por otras muchas que ocupan nuestro tiempo y nuestra atención. Una presencia que queda como reprimida y oculta bajo otras impresiones y preocupaciones que se apoderan de nuestro corazón.
A los hombres nos parece que lo grande y gratuito tiene que ser siempre algo poco frecuente, pero, cuando se trata de Dios, no es así.
Ha habido en ciertos sectores del cristianismo una tendencia a considerar esa presencia viva del Espíritu como algo reservado más bien a personas elegidas y selectas. Una experiencia propia de creyentes privilegiados, separados de la gran masa.
K. Rahner nos ha recordado que el Espíritu de Dios está siempre vivo en el corazón del ser humano pues el Espíritu es sencillamente la comunicación del mismo Dios en lo más íntimo de nuestra existencia.
Ese Espíritu de Dios se comunica y regala, incluso, allí donde aparentemente no pasa nada. Allí donde se acepta la vida y se cumple con sencillez la obligación pesada de cada día.
El Espíritu de Dios sigue trabajando silenciosamente en el corazón de la gente normal y sencilla, contra el orgullo y las pretensiones de quienes se sienten en posesión del Espíritu.
La fiesta de Pentecostés es una invitación a buscar esa presencia del Espíritu de Dios en todos nosotros, no para presentarla como un trofeo que poseemos frente a otros que no han sido elegidos, sino para acoger a ese Dios que está en la fuente de toda vida, por muy pequeña y pobre que nos pueda parecer a nosotros.
El Espíritu de Dios es de todos, porque el Amor inmenso de Dios no puede olvidar ninguna lágrima, ningún gemido ni anhelo que nace del corazón del hombre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
18 de mayo de 1986
Jn 20,19-23

ALIENTO NUEVO

Exhaló su aliento sobre ellos.

Vivimos en una sociedad donde quizás lo más significativo sea su carácter paradójico y hasta contradictorio.
Hemos aprendido a prolongar la vida con toda clase de técnicas, pero no acertamos luego a darle un contenido y un sentido satisfactorio.
Hemos logrado elevar el nivel de bienestar pero son cada día más los que experimentan una sensación difusa de vacío y malestar.
Se han multiplicado nuestras relaciones y contactos a través de toda clase de medios de comunicación y, sin embargo, crece la experiencia de aislamiento y soledad de muchas personas. Nuestra sociedad está cada vez más poblada de gentes solitarias que buscan desesperadamente amarse, sin conseguirlo.
Hemos aplicado la racionalidad y la técnica a todos los sectores de la vida, pero crece en el mundo lo irracional, la explotación absurda, la violencia y la destrucción.
Movidos por el ansia de tener, acumulamos cosas y «poseemos» personas, pero experimentamos que no es el camino acertado para alcanzar la plenitud.
El hombre contemporáneo está pidiendo a gritos una vida nueva. La humanidad actual tiene «una cabeza demasiado grande para su alma» (H. Bergson). Necesitamos un aliento nuevo para humanizar nuestro progreso. Un alma nueva capaz de vivificar nuestra existencia.
Y no se trata de pensar en una revolución socio-política ni de derechas ni de izquierdas. Lo que necesitamos es una transformación radical de actitud.
Lo ha dicho R. Garaudy en diversas ocasiones: «Una de las condiciones preliminares de la revolución es un cambio radical de la conciencia. El problema central para mí es el saber cómo se puede obtener este cambio radical de los hombres antes del cambio revolucionario de las instituciones de base social y política».
Los creyentes no nos sentimos huérfanos ante tal empresa. Creemos en el Espíritu como proximidad personal de Dios a los hombres y como fuerza, energía, luz y poder de gracia para orientar nuestra historia hacia adelante, hacia su consumación final.
Lo que necesitamos es acrecentar nuestra sensibilidad ante el Espíritu y acoger responsablemente la acción de Dios que, desde el fondo de la vida y lo mejor de nuestro ser, nos llama a caminar desde la hostilidad a la hospitalidad, desde el aislamiento egoísta hacia la fraternidad, del acumular para tener a la plenitud de ser.
Como dijo Juan Pablo II en Hiroshima, la vida de este planeta depende de «un único factor: la humanidad debe hacer una verdadera revolución moral».
Pero esta revolución no se hará si no escuchamos con cuidado y amor la acción profunda del Espíritu de Dios en Nosotros. «Lo que sucede en la profundidad de nuestro ser es digno de todo nuestro amor» (R.M. Rilke).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
22 de mayo de 1983
Jn 20,19-23

HABLAR LENGUAS DIFERENTES

Recibid el Espíritu Santo.

La palabra es, sin duda, uno de los rasgos más maravillosos que caracterizan al hombre. Los animales y las plantas no hablan.
Hablar es poder expresarnos y descubrir nuestra propia verdad. Poder comunicarnos con el otro, salir de nosotros mismos y encontrarnos con los demás. La palabra cuando es auténtica es diálogo, encuentro y comunión interpersonal.
Pero, la palabra y el lenguaje de los hombres pueden ser falseados y perder toda su profunda verdad. No es un «mito ingenuo» el episodio de Babel en el que la tradición bíblica supo plasmar tan vigorosamente la tragedia de los hombres condenados, al parecer, a no entenderse.
Cuántas veces los hombres se ven obligados a abandonar su empresa y renunciar a la construcción de una ciudad nueva, separados y divididos por su incapacidad de hablar un mismo lenguaje.
La incomunicación, la ruptura del diálogo, el mutuo rechazo y la incomprensión recíproca, no conduce nunca a construir y levantar nada verdaderamente humano.
Y uno se pregunta qué «nueva ciudad» se puede levantar entre nosotros si no logramos escucharnos los unos a los otros. Partidos que no se esfuerzan por comprender la postura y las razones en las que se funda el adversario. Líderes políticos preocupados de imponernos sus programas sin detenerse nunca a valorar respetuosamente lo que de positivo y justo se puede encontrar en sus oponentes. Masas de hombres y mujeres que gritan violentamente sus consignas con la única finalidad de tapar la del contrario.
¿ Qué se puede construir cuando la voz de las metralletas sustituye al diálogo de los hombres, y cuando las amenazas y la violencia están logrando ya que las personas no se atrevan a manifestar sus propias convicciones?
Necesitamos un Espíritu nuevo que nos enseñe a dialogar como hermanos. Un Espíritu que nos ayude a entender el lenguaje del adversario. El Espíritu que nos descubra que todos somos hermanos y tolos podemos gritar a Dios: «Padre».
El Espíritu que nos libere de la amenaza de convertir nuestro pueblo en una nueva Babel, incapaz de construir un futuro de fraternidad. El Espíritu que nos libere del radicalismo, la intransigencia, el sectarismo que nos alejan cada vez más de toda colaboración eficaz.
¡Ojalá escuchemos entre nosotros aquellas palabras de Pablo a las primeras comunidades cristianas: «No apaguéis el Espíritu»! No apaguéis vuestra fe en el Padre de todos. No apaguéis vuestra esperanza en una sociedad más fraterna.

José Antonio Pagola