lunes, 19 de junio de 2017

25-06-2017 - 12º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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12º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 10,26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
25 de junio de 2017

NUESTROS MIEDOS

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
Fecha

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
Fecha

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
22 de junio de 2008


SIN MIEDO

El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su Pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?
Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad, sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento, alguien lo rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?
La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar el mensaje de Jesús por ningún motivo.
Jesús les va a explicar cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.
Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte activa desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.
Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de su parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?
Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
19 de junio de 2005

LIBERAR DEL MIEDO

No tengáis miedo.

Las fuentes cristianas presentan a Jesús enteramente dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, sólo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir en su Iglesia.
El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano y sólo nos podemos liberar de él, enraizando nuestra vida en un Dios que sólo busca nuestro bien.
Así lo veía Jesús. Por eso, se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: «Si Dios cuida con tanta ternura a los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no os va a cuidar a vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo». Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».
Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».
Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo, se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.
Una comunidad de seguidores de Jesús debe ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
23 de junio de 2002

CONFIAR

No tengáis miedo.

Nuestro corazón está lleno de inquietudes, miedos e inseguridades. El poeta alemán Rainer María Rilke aconseja que hemos de tener paciencia con todo cuanto queda aún por resolver en nuestros corazones, pero lo cierto es que nuestro ser busca un descanso, una serenidad y armonía que dificilmente pueden proporcionar unas buenas vacaciones.
Estoy convencido de que la experiencia de Dios tal como se ofrece y comunica en Jesús puede contribuir a conocer la paz y el sosiego, pero esta experiencia es absolutamente personal. Cada uno ha de escuchar la llamada de Jesús: «No tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones».
Tal vez, lo primero es detenernos en experimentar a Dios sólo como amor. Todo lo que nace de él es amor. De él sólo nos llega vida, paz y bien. Yo me puedo apartar de él y olvidar su amor, pero él no cambia. El cambio se produce sólo en mí. Él nunca deja de amarme.
Hay algo todavía más conmovedor. Puedo gozar meditando que Dios me ama incondicionalmente, tal como soy. No tengo que ganarme su amor. No tengo que conquistar su corazón. No tengo que cambiar ni crecer ni ser bueno para ser amado por él. Más bien, sabiendo que me ama así, puedo cambiar, crecer y ser mejor.
Puedo ahora pensar en mi vida. ¿Qué me pide Dios?, ¿qué espera de mí? Sólo que aprenda a amar. No sé en qué circunstancias me puedo encontrar y qué decisiones tendré que tomar, pero Dios sólo espera de mí que ame a las personas y busque su bien, que me ame a mí mismo y me trate bien, que ame la vida y me esfuerce por hacerla siempre más digna y más humana para todos. Que sea sensible al amor. Amando acertaré.
Hay algo que no debo olvidar. Nunca estaré solo. Todos «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios. El será siempre esa presencia comprensiva y exigente que necesito, esa mano fuerte que me sostendrá en la debilidad, esa luz que me guíará por sus caminos. Él me invitará siempre a caminar y decir «Sí» a la vida. Un día, cuando termine mi peregrinación por este mundo, conoceré junto a Dios la paz y el descanso, la vida y la libertad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
20 de junio de 1999

CONFIAR

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

En todas las épocas ha habido «profetas de desgracias» dedicados a anunciar toda clase de males para el futuro. También hoy aparecen aquí o allá personas poco equilibradas que profetizan catástrofes y desgracias —incluso el fin del mundo—, tal vez porque ellos mismos viven su vida como catástrofe y proyectan sobre el mundo sus propios deseos destructivos.
Estos falsos profetas pueden tocar un punto sensible en el alma frágil de algunos, pero no son los más peligrosos. Mayor daño hacen quienes constantemente van destilando su pesimismo envenenando la vida cotidiana con su visión sombría y sus pronósticos pesimistas.
El creyente no se hace ilusiones sobre la situación del mundo. No se engaña «resolviendo» los problemas desde una fe ingenua. Conoce la fuerza del mal, pero su fe en Dios le ayuda a no olvidar que el mundo no está abandonado a su desgracia. Más allá de los titulares de la prensa y los datos de las estadísticas, el creyente ve la realidad en su hondura última que es la salvación que viene de Dios.
Ésta es la confianza fundamental que Jesús quiere transmitir a sus discípulos: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» Es cierto que la vida está llena de experiencias negativas y la fe no ofrece recetas mágicas para resolver los problemas. Pero la existencia del ser humano está en manos de Dios. Sólo en El está nuestra salvación de la muerte y del fracaso final.
Esta fe robusta en Dios no lleva a la evasión o la pasividad. Se traduce, por el contrario, en coraje para tomar decisiones y asumir responsabilidades. Conduce a afrontar riesgos y aceptar sacrificios para ser fiel a sí mismo y a la propia dignidad. Lo propio del verdadero creyente no es la cobardía y la resignación, sino la audacia y la creatividad.
Otra consecuencia de la confianza en Dios es la paciencia, ese arte de asumir la adversidad y resistir a la agresividad del mal sin perder la propia dignidad ni destruirse. La palabra «paciencia» en el primitivo lenguaje griego de las primeras comunidades cristianas se dice «hypomone», y significa literalmente «permanecer en pie» soportando el mal de cada día. Esa es la actitud secreta de quien pone su confianza última en Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
23 de junio de 1996

NIHILISMO

No tengáis miedo.

El nihilismo es uno de los rasgos fundamentales de nuestro tiempo. Heidegger lo considera «la esencia de la historia occidental europea». Estamos finalizando un siglo que sabe lo que deja atrás como algo acabado, pero no parece tener claro hacia dónde se encamina. Todo está en crisis. Nada se sostiene.
Es clarificador analizar el lenguaje de este final de milenio en sus diversas variantes. Se habla de postcristianismo, postmoralismo, postmodernismo...; todo lo que parecía seguro queda superado. Se habla de la «muerte de Dios», el «final de la historia», el «ocaso del progreso», la «crisis de la razón»...; todo parece desvanecerse: conceptos, valores, principios e ideales.
Se produce así una sensación de vacío que se traduce en desorientación y sinsentido. Muchos ven en este vacío el signo más palpable de una época decadente. Otros, sin embargo, lo consideran como una experiencia profundamente humana que sacude e inquieta hoy a la humanidad, pero puede ser precisamente lo que la ponga en movimiento hacia una verdad más honda. La vida tiene también sus noches en las que se nos invita a buscar luz, sentido y orientación.
La caída de las grandes ideas, sistemas y creencias en las que, tal vez, buscaba una falsa seguridad, le obliga hoy al hombre moderno a colocarse de nuevo ante el misterio de la existencia desde su debilidad radical. Como insiste G. Amengual, todo está invitando hoy a la razón a que deje de ser «dominante» y prepotente para hacerse «acogedora» al misterio.
En contra de lo que muchos puedan pensar, se está abriendo tal vez un espacio nuevo para el despertar de la verdadera fe. No hemos de olvidar que la fe no nace del esfuerzo de la razón ni es la conclusión de una investigación o el resultado de una argumentación. Para creer, lo importante es dejarse interrogar, ser receptivo, saber escuchar el misterio. Dios no es un problema que hemos de resolver, sino un interrogante que hemos de escuchar.
El gran riesgo de la razón es atrincherarse en sus propias ideas, creerse en posesión de toda la verdad, encerrarse en la arrogancia intelectual, defenderse de lo que puede cuestionar de raíz nuestra existencia. La fe, por el contrario, nace en quien tiene un corazón receptivo, que se abre con honestidad a toda llamada. Creer es siempre, de alguna manera, confiar en Dios.
El evangelio es una llamada permanente a esta confianza radical en Dios. Nuestra vida está en manos del Padre. «No tengáis miedo», Dios que cuida de los pájaros del campo se preocupa de cada ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
20 de junio de 1993

CONFIANZA

No tengáis miedo a los hombres.

Hablamos a veces con tanta ligereza de lo religioso que terminamos por olvidar que Dios es siempre un Dios oculto y silencioso, un Dios cuyo misterio último siempre nos supera y trasciende. Pero Dios es Dios. Presencia silenciosa y gratuita de la que no podemos disponer y a la que no podemos manipular a nuestro antojo. Por eso, no se puede propiamente probar la existencia de Dios con argumentos racionales, como no se puede tampoco probar su no existencia.
Ni el creyente ni el ateo pueden justificar científicamente sus respectivas posturas. El creyente cree que hay Dios, pero no puede probar su fe. El ateo cree que no hay, pero tampoco puede verificar su ateísmo. Los dos caminan a oscuras, envueltos en el misterio último de la vida.
Este misterio con el que nos topamos los hombres de todos los tiempos obliga a tomar una actitud, la más radical y decisiva de todas, pues de ella depende en gran parte la orientación de nuestra vida. Las posturas pueden ser diferentes.
El misterio puede llevar al ateísmo. Al no poder comprobar la existencia de Dios como se comprueban otras cosas de nuestro mundo, uno puede llegar a la conclusión de que Dios no existe. Los hombres estamos solos. La existencia termina donde termina nuestra capacidad de entender y verificar. No hay más. Fuera de lo que nosotros captamos no hay sino vacío y nada.
El misterio puede llevar, por el contrario, a una postura religiosa de abandono y acogida, pero sin un encuentro personal con Dios. Es la experiencia de las religiones orientales. El individuo se sumerge en el misterio buscando la profundidad del ser, pero no invoca a un Dios personal. No se comunica con nadie, no se confía a un Padre. Sencillamente se abandona al misterio. No es Dios el que salva al hombre. Es el individuo el que se redime a sí mismo abismándose en la profundidad de su ser.
Pero el misterio puede también despertar en el corazón humano la invocación a un Dios personal. Es la postura del cristiano que se abandona confiado a un Dios sentido como Padre. Esta es la mayor originalidad y el mayor atrevimiento del cristianismo. El cristiano no sólo se abandona al misterio, sino que se confía a un Padre. Se sabe amado, comprendido, perdonado y acogido por un Dios que es Padre.
Esta es la revelación nuclear que se nos ofrece en Jesucristo. No estamos huérfanos. El silencio de Dios en nuestras vidas no significa su ausencia. Se puede confiar en Dios incluso en el momento del silencio supremo de la muerte. Esta confianza radical en un Dios Padre es el rasgo más característico del cristiano. Si lo olvida, deja de serlo. Por eso, la vida del que cree en Jesucristo se concluye siempre con un acto de confianza total. «En Ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
Fecha

¿AGNÓSTICOS?

Si uno me niega ante los hombres...

Pocos nos han ayudado tanto como Chnstian Chabanis a conocer la actitud concreta del hombre contemporáneo ante el problema de Dios. Sus famosas entrevistas son documentos imprescindibles para saber qué piensan hoy los científicos y pensadores más reconocidos acerca de Dios.
A los pocos meses de su muerte, se ha publicado ahora un hermoso libro, «Obsession de Dieu» donde se recogen sus experiencias e impresiones personales en este debate sobre Dios.
Chabanis nos confiesa que, cuando inició sus entrevistas a los ateos más prestigiosos de nuestros días, pensaba encontrar en ellos un ateísmo riguroso y bien fundado. En realidad descubrió que, tras graves profesiones de lucidez y honestidad intelectual, se escondía con frecuencia una ausencia de «búsqueda de verdad absoluta y una profesión de fe fácil en el progreso, la ciencia o el porvenir del hombre».
No sorprende demasiado la constatación del escritor francés, pues algo semejante sucede entre nosotros. La mayoría de las personas que renuncian a creer en Dios, lo hacen sin haber vivido proceso alguno de búsqueda.
Pienso, sobre todo, en tantos hombres y mujeres que se confiesan agnósticos, a veces de manera ostentosa, cuando en realidad están lejos de un verdadero agnosticismo.
El agnóstico es una persona que se plantea el problema de Dios y, al no encontrar razones suficientes para creer en El, suspende el juicio. El agnosticismo es, pues, una búsqueda que termina en frustración. Sólo después de haber buscado, adopta el agnóstico la postura que ¡uzga más honrada: «No sé si existe Dios. Yo no encuentro razones ni para creer ni para no creer».
La postura más extendida hoy consiste más bien en desentenderse de la cuestión de Dios, no preocuparse del sentido último de la existencia. Muchos de los que se llaman agnósticos son, en realidad, personas que no buscan. Vidas «sin voluntad de verdad real», que diría X. Zubiri.
Les resulta indiferente que Dios exista o no exista, que la vida tenga un sentido último o no. A ellos les basta con «dejarse vivir», abandonarse «a lo que fuere», sin ahondar en la raíz de las cosas y de la vida.
¿Es ésa la postura más humana ante la realidad? ¿Se puede presentar como progresista una vida en la que está ausente la voluntad de buscar la verdad última de todo?
La pregunta radical de Jesús a los discípulos nos sigue interpelando a todos: «¿Qué buscáis?». Hacerse persona es buscar. Hacerse creyente es buscar a Dios como el sentido y fundamento de todo. La actitud menos humana y menos creyente es la despreocupación frívola de quien no busca la verdad real.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
21 de junio de 1987

MANUAL DE INSTRUCCIONES

No hay comparación entre vosotros y los gorriones

El mayor problema de muchas personas es que han recibido el regalo de la vida pero desconocen las instrucciones para su buen funcionamiento.
Su problema se hace todavía más agudo en una sociedad que ofrece “un manual de instrucciones», en muchos casos, absolutamente disparatado.
Algo asf como si, al estrenar coche, se nos entregaran para su uso y mantenimiento instrucciones tan absurdas como éstas: “Para alimentar el motor, échesele agua». «En caso de mal funcionamiento en el carburador, limpie bien los ceniceros y alfombras». «Para obtener un frenado más seguro, encienda la calefacción”.
Sin embargo, son convicciones y pautas de conducta tan habituales y comunes que seguirlas nos parece lo más sensato y juicioso, sin advertir que son precisamente la fuente más importante de muchas de nuestras desdichas, frustraciones y miedos.
¿Cómo dudar, por ejemplo, de esa convicción tan arraigada en nosotros y que constantemente dirige nuestra conducta con esta consigna: “Si no tienes éxito, no vales»?
Creemos que para lograr la estima y aprobación de los demás e, incluso, la nuestra propia, hemos de lograr el éxito en todo lo que emprendemos.
Programados de manera tan equivocada, ya no podemos sentirnos bien si no lo logramos. Nos torturamos a nosotros mismos siempre que fracasamos en algo. Cualquier contratiempo nos llena de irritación y nos deprime.
Creemos que, para valer, hemos de poseer cosas, dominar personas, acumular éxitos. Y si son otros los que lo logran, una envidia secreta y casi inconsciente llena de tristeza nuestra vida entera.
No nos damos cuenta de que, buscando nuestra dignidad fuera de nosotros mismos y desconectados de la fuente auténtica del ser, nuestro vivir diario queda cada vez más amenazado.
Vivimos ciegos, sin valorar el inmenso regalo de la vida que palpita en nosotros. Sin sospechar lo que valemos ni disfrutar de lo que somos, sin necesidad de que le añadamos éxito o logro a nuestro ser.
Lo que en nosotros vale es esa vida que brota de Dios y hacia Dios se dirige. Lo que somos ante ese Padre que cuida y alienta con su amor todo nuestro ser.
Esa es la convicción de Jesús: «No tengáis miedo... Tenéis un Padre... Vosotros valéis mucho más que los gorriones que El cuida”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
Fecha

NUESTROS MIEDOS

No tengáis miedo.

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de diferentes miedos.
Muchas veces, el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar, nos detiene al tomar nuestras decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces, nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos aterroriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia, vivimos preocupados sólo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados.
A veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. No confiamos quizás en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido una tentación para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que los libere de sus miedos, incertidumbres y temores. Pero sería una equivocación ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento.
Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad a los que son injustamente maltratados en esta sociedad.
La fe no crea hombres cobardes sino personas más resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengas miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos sino penetrado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
21 de junio de 1981

NO AL MIEDO

No tengáis miedo.

No es pecar de dramatismo el constatar que crece entre nosotros el miedo social, la sospecha de todo, la inseguridad y la necesidad de defenderse y buscar cada uno su salida en la vida.
La vida está cada vez más difícil o, al menos, así lo percibe mucha gente que se siente amenazada de muchas maneras y no ve claro el futuro.
En nuestra sociedad hay miedo. Y no se trata sólo de grupos terroristas que desde intereses y posturas ideológicas muy distintas se esfuerzan por crear un clima de miedo e inestabilidad que favorece a sus proyectos políticos.
El miedo social es algo más profundo. Es la impresión casi imperceptible, pero real, de que las instituciones sociales políticas y económicas existentes no son capaces de resolver los problemas actuales.
Este miedo no se manifiesta siempre de la misma manera ni tiene los mismos efectos en todos.
Hay quienes sienten necesidad de consumir más para sentirse más protegidos, y de lanzarse a una vida de divertimiento que les permita olvidar los problemas de cada día.
Hay quienes caen en la pasividad, la resignación y el desencanto, pues se sienten dominados por una sensación de impotencia, al tener muy pocas posibilidades de protagonismo en una sociedad tan compleja y tan sometida al interés de los privilegiados.
No faltan quienes, acobardados ante el riesgo que supone una mayor libertad social, desean volver a situaciones más dictatoriales y anhelan un Estado fuerte, defensor de un orden rígido y seguro.
Es posible también que un número no pequeño de personas busquen en la religión la seguridad que no encuentran en otra parte. Ahora bien, cuando lo que nos empuja a lo religioso es el deseo de seguridad y no la búsqueda de sentido, la fe corre el riesgo de ser mal entendida e incluso manipulada.
El miedo hace imposible la construcción de una sociedad más humana. Pero la superación del miedo no es sólo ni principalmente cuestión de buena voluntad.
El hombre necesita descubrir una esperanza definitiva y una fuerza que dé sentido a su luchar diario. Necesita encontrar un principio perenne de nuevas posibilidades, una razón para vivir, una confianza para morir.
El que ha comprendido a Jesucristo, entiende sus palabras: «No tengáis miedo». Pues la fe es quizás antes que nada, fuerza contra todo miedo y osadía para seguir creyendo en el futuro del hombre desde un compromiso humilde y desde una confianza ilimitada en el Padre de todos.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 12 de junio de 2017

18-06-2017 - SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (A)


EVANGELIO

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
-«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí:
-«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo:
-«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
18 de junio de 2017

ESTANCADOS

El papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación La alegría del Evangelio llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en «espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia».
Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas o seguimos instalados en ese «estancamiento infecundo» del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?
Una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II fue impulsar el paso desde la «misa», entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, a la «eucaristía» vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Jesucristo resucitado.
Sin duda, a lo largo de estos años hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote «decía» la misa y el pueblo cristiano venía a «oír» la misa o a «asistir» a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?
Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical, porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.
Sin duda, todos, presbíteros y laicos, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, «centro y cumbre de toda la vida cristiana». ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?
El problema es grave. ¿Hemos de seguir «estancados» en un modo de celebración eucarística tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
22 de junio de 2014

ESTANCADOS

El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia... pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.
Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿ Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?
Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.
Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?
Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.
Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin  más criterios de renovación?
La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana?. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?
El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra  de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
26 de junio de 2011

Reavivar la memoria de Jesús

La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia. El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.
Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.
Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.
La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.
Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.
Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.
Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la eucaristía.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
25 de mayo de 2008

EXPERIENCIA DECISIVA

El que me come vivirá por mí.

Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, para rendir homenajes o para conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas...
Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.
En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.
De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunimos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercamos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.
No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercamos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.
Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
29 de mayo de 2005

CADA DOMINGO

Yo soy el Pan vivo.

Para celebrar la eucaristía dominical no basta con seguir las normas prescritas o pronunciar las palabras obligadas. No basta tampoco cantar, santiguarse o damos la paz en el momento adecuado. Es muy fácil asistir a misa y no celebrar nada en el corazón; oír las lecturas correspondientes y no escuchar la voz de Dios; comulgar piadosamente sin comulgar con Cristo; damos la paz sin reconciliamos con nadie. ¿Cómo vivir la misa del domingo como una experiencia que renueve y fortalezca nuestra fe?
Para empezar, es necesario escuchar desde dentro con atención y alegría la Palabra de Dios y, en concreto, el evangelio de Jesús. Durante la semana hemos visto la televisión, hemos escuchado la radio y hemos leído la prensa. Vivimos aturdidos por toda clase de mensajes, voces, ruidos, noticias, información y publicidad. Necesitamos escuchar otra voz diferente que nos cure por dentro.
Es un respiro escuchar las palabras directas y sencillas de Jesús. Traen verdad a nuestra vida. Nos liberan de engaños, miedos y egoísmos que nos hacen daño. Nos enseñan a vivir con más sencillez y dignidad, con más sentido y esperanza. Es una suerte hacer el recorrido de la vida guiados cada domingo por la luz del evangelio.
La plegaria eucarística constituye el momento central. No nos podemos distraer. «Levantamos el corazón» para dar gracias a Dios. Es bueno, es justo y necesario agradecer a Dios por la vida, por la creación entera, por el regalo que es Jesucristo. La vida no es sólo trabajo, esfuerzo y agitación. Es también celebración, acción de gracias y alabanza a Dios. Es un respiro reunirnos cada domingo para sentir la vida como regalo y dar gracias al Creador.
La comunión con Cristo es decisiva. Es el momento de acoger a Jesús en nuestra vida para experimentarlo en nosotros, para identificamos con él y para dejamos trabajar, consolar y fortalecer por su Espíritu.
Todo esto no lo vivimos encerrados en nuestro pequeño mundo. Cantamos juntos el Padrenuestro sintiéndonos hermanos de todos. Le pedimos que a nadie le falte el pan ni el perdón. Nos damos la paz y la buscamos para todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
2 de junio de 2002

ABUSOS

El que come mi carne... habita en mí.

Se ha publicado recientemente un documento romano que tiene como finalidad «proteger» la celebración litúrgica de la eucaristía frente a determinados «abusos» en la observancia del ritual. Sin embargo, el mismo documento advierte en su introducción que «la mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada liturgia».
No basta observar correctamente los ritos. Nos puede preocupar que no se observe estrictamente la normativa, pero lo que nos ha de inquietar es seguir celebrando rutinariamente la Cena del Señor sin planteamos una renovación más profunda de nuestra vida. Lo dijo Jesús. Lo decisivo no es gritarle «Señor, Señor», sino hacer la voluntad del Padre. Por eso, hemos de recordar otros posibles abusos.
Es un grave abuso terminar convirtiendo la misa en una especie de «coartada religiosa» que tranquiliza nuestra con ciencia, y nos dispensa de vivir día a día en el seguimiento fiel a Jesús. El teólogo y biblista Von Allmen llega a decir: «La Cena hace enfermar a las Iglesias cuando no es un lugar de un amor confesado y compartido, y cuando no lanza a los creyentes al mundo para que den en él testimonio del evangelio».
Es un abuso comulgar con Cristo ritualmente sin preocuparnos de comulgar con los hermanos; compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan, justicia y dignidad; celebrar «correctamente» el memorial del Crucificado y seguir insensibles ante los crucificados que prolongan hoy su pasión.
Es un abuso celebrar semanalmente el sacramento del amor sin hacer algo más por suprimir nuestros egoísmos y sin cultivar con más cuidado la amistad y la solidaridad. Es una «comedia» darnos sonrientes la paz del Señor y no eliminar de nuestro corazón resentimientos, odios y actitudes de exclusión.
Hoy celebramos los cristianos la fiesta del «Corpus Christi» ¿Qué diría hoy Jesús de nuestras eucaristías? ¿Qué le preocuparía? ¿Nos mandaría de nuevo interrumpir nuestros ritos ante el altar, para ir antes a crear una sociedad más justa y reconciliada?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
6 de junio de 1999

EL NUEVO DOMINGO

El que come este pan vivirá para siempre.

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que gran parte de la población puede vivir de manera diferente escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.
No todos vivimos este «nuevo domingo» de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte; tienen iniciativa, posibilidades y fantasía para disfrutar a su gusto de estos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo sólo despierta en ellos tedio y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.
Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa, aislada y sin conexión alguna ‘con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible —se pregunta X. Basurko— una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?» El liturgista vasco ofrece en su libro «Para vivir el domingo» (Verbo Divino) algunas pistas.
El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La Eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».
Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no por medio del trabajo, sino del disfrute y de la contemplación.
Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede animar y dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta en esta fiesta de la Eucaristía: ¿sabemos los cristianos extraer de la Eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
9 de junio de 1996

LA EXPERIENCIA DE LA MISA

El que come este pan vivirá para siempre.

El pueblo cristiano ya no es mero espectador en la celebración de la eucaristía dominical. Puede escuchar la Palabra de Dios en su propia lengua, toma parte activa con sus cantos y oración, y son bastantes los que intervienen animando la acción litúrgica, leyendo o distribuyendo la comunión. Todo ello constituye uno de los frutos más positivos del último Concilio.
Bastantes, sin embargo, no conocen la estructura básica de la eucaristía, ignoran el sentido de los símbolos y las expresiones más habituales, nadie les ha enseñado de manera práctica cómo vivir cada momento de la misa. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia es, sin duda, ofrecer a los fieles una catequesis que les ayude a vivir mejor la eucaristía del domingo. Propongo en esta fiesta del Corpus unas sugerencias elementales.
La misa comienza con un conjunto de ritos de introducción (canto de entrada, saludo, rito penitencial, gloria y oración). No se trata de unos minutos sin importancia para dar tiempo a que la gente se acomode. Es el momento de recoger nuestra vida concreta de la semana con sus alegrías y sufrimientos, sus preocupaciones y pecados, para prepararnos a vivir un encuentro con Dios. El nos está esperando. Cantamos meditando lo que decimos, pedimos perdón, nos sentimos unidos a los demás creyentes y preparamos nuestro corazón.
Viene luego la escucha de la Palabra de Dios (lecturas bíblicas, homilía). Durante este tiempo estamos sentados, en actitud de escucha a Dios. Lo importante no es oír lo que dice el sacerdote, sino escuchar internamente a Jesucristo. Hemos oído toda clase de palabras, voces y ruidos a lo largo de la semana. Ahora escuchamos algo diferente, que puede iluminar nuestra vida y poner otra alegría en nuestro corazón. Es un momento importante para alimentar nuestra fe.
Después del ofertorio, comienza la plegaria eucarística que se inicia con el prefacio y concluye con una alabanza final. Es el momento de «levantar el corazón» hasta Dios y agradecer su amor salvador manifestado en la muerte y resurrección de Cristo. Es «justo y necesario», es «nuestro deber y salvación», es lo más grande que podemos hacer. Para un creyente, el momento más gozoso e intenso de la semana.
Sigue después la comunión. Nos preparamos todos juntos, como hermanos. Por eso recitamos o cantamos el «Padre nuestro» y nos damos la paz del Señor. Luego nos acercamos con fe a recibir a Cristo. Lo acogemos con alegría, pues él alimenta y sostiene nuestra vida. Nos sentimos más unidos que nunca a él. No sabríamos ya vivir sin Cristo.
La misa termina con unos ritos de conclusión. Nos despedimos recibiendo la bendición de Dios. Comenzamos así una nueva semana renovados interiormente. Dios nos acompaña.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
13 de junio de 1993

UN PASO DECISIVO

El que come de este pan vivirá para siempre.

Uno de los hechos sociológicos más significativos de estos años y que más impacto tendrán en el futuro de Europa es, sin duda, el «distanciamiento religioso». Un número de personas cada vez mayor se va distanciando de la experiencia religiosa que anteriormente había vivido.
¿Cómo se está produciendo este fenómeno que algunos llaman «revolución silenciosa»? ¿Qué sucede en esas personas que van abandonando la fe? Sin duda, el itinerario de cada persona es único, pero ¡os estudios que se vienen realizando permiten describir algunas etapas fundamentales de ese distanciamiento.
Por lo general, todo comienza con el abandono de la asistencia regular a la misa dominical. Las razones que se dan son de todo tipo. De hecho, se abandona la práctica habitual. La persona sigue afirmando «soy creyente, pero no practicante».
Esta situación va evolucionando hacia un alejamiento progresivo de la Iglesia. El no practicante se siente cada vez menos integrado en la comunidad cristiana. Pierde el contacto. Mira a la Iglesia cada vez más desde fuera. Es fácil entonces decir: «Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia.»
Sin embargo, poco a poco, la persona va perdiendo el «sentido cristiano» de la vida. Su experiencia religiosa se va disolviendo. La fe no es reactualizada. El individuo se organiza su vida desde sus propias opciones e intereses. «Yo no hago daño a nadie. ¿Para qué necesito algo más?»
En este momento se puede llegar ya a perder la fe en sentido estricto. La persona olvida totalmente a Jesucristo. Cada vez le resulta más extraño rezar. Ya no hay comunicación con un Dios personal. Cuando se le pregunta, la persona titubea: «No sé si creo o no. Tal vez, haya algo.»
En muchos puede seguir creciendo la indiferencia religiosa y la apatía. Dios no interesa ya ni como planteamiento. La persona vive en un «ateísmo práctico». El proceso ha terminado.
Este esquema de distanciamiento, analizado por el Centro Service Incroyance et Foi de Montreal, pone de relieve un hecho ampliamente constatado en Europa. Está claro que no se puede identificar el abandono de la práctica religiosa con la increencia. Pero, de hecho, quien abandona la misa dominical da un paso decisivo hacia el deterioro y la pérdida progresiva de su fe.
La fiesta del «Corpus» o fiesta de la Eucaristía nos recuerda una experiencia elemental. Quien no alimenta su fe, la va perdiendo. Quien no se encuentra nunca con otros creyentes para recordar el Evangelio, orar a Dios y reavivar su espíritu, terminará vaciando su vida de fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
17 de junio de 1990

DE LA MISA A LA EUCARISTÍA

El que come este pan vivirá para siempre.

Así reza el subtítulo de un excelente estudio en el que el teólogo guipuzcoano X. Basurko nos ofrece la síntesis adecuada para entender y vivir la eucaristía en toda su riqueza.
Durante muchos siglos, «la misa» ha sido el término familiar empleado en occidente para designar la reunión eucarística de los cristianos. Como es bien sabido, esta palabra viene de aquella despedida pronunciada en latín: «Itte, missa est». Con el tiempo, «misa» llegó a significar la bendición final y, más tarde, toda la celebración.
Este viejo nombre de «misa» está lleno de resonancias socio-religiosas y puede ser considerado como el indicador de una determinada mentalidad que ha configurado la práctica religiosa de muchos cristianos («oír misa», «decir misa», «sacar misas», «misa homenaje», «misa polifónica», «misas gregorianas»...).
Hoy se observa una tendencia generalizada a sustituir el viejo nombre de «misa» por el de «eucaristía», término más antiguo, de raíces bíblicas más hondas y que significa «acción de gracias». Este cambio de palabras no es un capricho de teólogos y liturgistas. Está sugiriendo todo un cambio de actitud, el descubrimiento de unos valores nuevos y una voluntad de vivir esta celebración en toda su riqueza. Como dice X. Basurko: «Celebrar la eucaristía no es lo mismo que decir misa u oír misa».
El cambio apunta a ir pasando de una misa entendida como acto religioso individual hacia una eucaristía que alimenta y construye a toda la comunidad.
De un asunto que concierne fundamentalmente al clero que «dice la misa» mientras los demás asisten pasivamente «oyéndola», a una celebración vivida por todos de manera activa e inteligible.
De una obligación sagrada, unida a un precepto bajo pecado mortal, a una reunión gozosa que la comunidad necesita celebrar todos los domingos para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo resucitado.
De una misa que ha servido de marco para toda clase de aniversarios, fiestas, homenajes o lucimiento de coros y solistas, a la celebración de la Cena del Señor por la comunidad creyente.
De la conmemoración ritual del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz, a una celebración que recoja también las demás dimensiones de la eucaristía como banquete eucarístico, comunión fraterna y acción de gracias a Dios.
Del cumplimiento de un deber religioso que nada tiene que ver con la vida, a una celebración que es exigencia de amor solidario a los más pobres y de lucha por un mundo más justo.
La fiesta del «Corpus Christi» puede ser momento adecuado para que, en cada comunidad parroquial, pastores y creyentes nos preguntemos qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, «centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
21 de junio de 1987

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
24 de junio de 1984

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
21 de junio de 1981

Título

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José Antonio Pagola



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