sábado, 20 de diciembre de 2014

25/12/2014 - Natividad del Señor (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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Natividad del Señor (B)



Misa del día.

EVANGELIO

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1,1-18

En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
[Surgió un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz,
sino testigo de la luz.]
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino,
y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Éstos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
[Juan da testimonio de él y grita diciendo:
- Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia, porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás.
El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
25 de diciembre de 2014
Jn 1,1-18  (Misa del día)

EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

La Palabra de Dios se ha hecho carne.

El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Sólo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales. 
«La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.
Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que sólo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.
Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.
«A Dios nadie lo ha visto jamás». Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Sólo Jesús, «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer».
No lo hemos de olvidar. Sólo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Sólo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejarnos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús.
Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela «la gracia y la verdad» de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
25 de diciembre de 2011
Lc 2,1-14  (Misa de medianoche)

EN UN PESEBRE

Según el relato de Lucas, es el mensaje del Ángel a los pastores el que nos ofrece las claves para leer desde la fe el misterio que se encierra en un niño nacido en extrañas circunstancias en las afueras de Belén.
Es de noche. Una claridad desconocida ilumina las tinieblas que cubren Belén. La luz no desciende sobre el lugar donde se encuentra el niño, sino que envuelve a los pastores que escuchan el mensaje. El niño queda oculto en la oscuridad, en un lugar desconocido. Es necesario hacer un esfuerzo para descubrirlo.
Estas son las primeras palabras que hemos de escuchar: «No tengáis miedo. Os traigo la Buena Noticia: la alegría grande para todo el pueblo». Es algo muy grande lo que ha sucedido. Todos tenemos motivo para alegrarnos. Ese niño no es de María y José. Nos ha nacido a todos. No es solo de unos privilegiados. Es para toda la gente.
Los cristianos no hemos de acaparar estas fiestas. Jesús es de quienes lo siguen con fe y de quienes lo han olvidado, de quienes confían en Dios y de los que dudan de todo. Nadie está solo frente a sus miedos. Nadie está solo en su soledad. Hay Alguien que piensa en nosotros.
Así lo proclama el mensajero: «Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». No es el hijo del emperador Augusto, dominador del mundo, celebrado como salvador y portador de la paz gracias al poder de sus legiones. El nacimiento de un poderoso no es buena noticia en un mundo donde los débiles son víctima de toda clase de abusos.
Este niño nace en un pueblo sometido al Imperio. No tiene ciudadanía romana. Nadie espera en Roma su nacimiento. Pero es el Salvador que necesitamos. No estará al servicio de ningún César. No trabajará para ningún imperio. Solo buscará el reino de Dios y su justicia. Vivirá para hacer la vida más humana. En él encontrará este mundo injusto la salvación de Dios.
¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El niño ha nacido como un excluido. Sus padres no le han podido encontrar un lugar acogedor. Su madre lo ha dado a luz sin ayuda de nadie. Ella misma se ha valido, como ha podido, para envolverlo en pañales y acostarlo en un pesebre.
En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No lo encontraremos en los poderosos sino en los débiles. No está en lo grande y espectacular sino en lo pobre y pequeño. Hemos de escuchar el mensaje: vayamos a Belén; volvamos a las raíces de nuestra fe. Busquemos a Dios donde se ha encarnado.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
25 de diciembre de 2008
Jn 1,1-18  (Misa del día)

EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

(Ver homilía del 25/12/2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
25 de diciembre de 2005
Jn 1,1-18  (Misa del día)

NO ESTAMOS SOLOS

Vino a los suyos.

El hecho es cada vez más evidente. Está creciendo de manera notable el número de personas vulnerables. Hombres y mujeres que se sienten solos, abandonados, desarraigados, sin apenas fuerzas para vivir. Personas que no pueden seguir el ritmo de la sociedad moderna y se sienten profundamente infelices y desasistidas.
El problema se agrava cuando la persona se siente sola. Necesitaría más que nunca encontrarse con alguien que compartiera su fragilidad e impotencia, pero no es fácil. El hecho es paradójico. Cada vez son más las personas que viven diariamente en contacto con mucha gente, pero se sienten profundamente solas.
Nadie tiene tiempo para detenerse ante el otro y escuchar su vida. Cada cual carga con su propia soledad. Cada vez son más las personas con necesidad de ser escuchadas y cada vez son menos los que están dispuestos a escuchar. Está en crisis la confidencialidad.
Los exégetas no dudan a la hora de resumir el corazón del mensaje de Jesús. Se puede formular en pocas palabras: «No estamos solos. Dios está con nosotros. Es un Padre que sigue de cerca nuestra vida. Lo podemos experimentar siempre que nos ayudamos a vivir de manera amistosa y esperanzada».
En las primeras comunidades cristianas estaban tan convencidos de esto que, en un evangelio escrito en los años 80, se dice que el mejor nombre para designar a Jesús es «Emmanuel», es decir, «Dios con nosotros». Con esto está todo dicho.
Éste es el secreto de la Navidad. No estamos perdidos en una inmensa soledad. No vivimos sumergidos en pura tiniebla. Dios está con nosotros. Hay una Luz en nuestra vida. Con Dios entre nosotros todo cambia. Se puede vivir con esperanza.
La mejor manera de celebrar la Navidad es ayudar a las personas a no sentirse tan solas y vulnerables. Dios está con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Lo podemos experimentar cuando nos reunimos para celebrar nuestra fe, cuando estrechamos entre nosotros lazos de amistad y apoyo, cuando nos curamos mutuamente las heridas de la vida.
Una comunidad cristiana donde se escucha, se acoge y acompaña a las personas necesitadas, puede ser para no pocos un apoyo grande para no vivir tan solos ni tan desasistidos. Puede ser la mejor invitación para creer que Dios está con nosotros.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
25 de diciembre de 2002
Jn 1,1-18  (Misa del día)

¿DÓNDE ESTÁ EL SECRETO?

Luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Ya estamos en Navidad. Es difícil estropear más unas fiestas tan entrañables. Villancicos nacidos un día para adorar a un Dios cercano, son deformados hoy por la publicidad de la TV o repetidos hasta la saciedad en comercios y grandes almacenes. Símbolos llenos de ternura sólo sirven para incitar a la compra. Todo se llena de luces que no iluminan el interior de nadie y de estrellas que no guían a ninguna parte.
¿Qué se esconde detrás de todo esto? ¿A qué viene esta «atmósfera» tan especial? En el ambiente flota el recuerdo vago de un niño nacido en un pesebre. Pero, ¿por qué este niño y no otro? ¿Es todo una leyenda ingenua? ¿Sólo un pretexto para poner en marcha los mecanismos de la sociedad de consumo? ¿Por qué sigue teniendo la Navidad esa fuerza tan evocadora? Tiene que haber algún secreto.
Según algunos, se trata, en buena parte, de un deseo secreto de recuperar la infancia perdida. El hombre moderno está necesitado de ternura y protección. La vida se le hace demasiado dura y despiadada. Es muy fuerte la contradicción entre la realidad penosa de cada día y el deseo de felicidad que habita al ser humano. Por eso, al terminar la Navidad, son bastantes los que sienten el sabor agridulce de una fiesta fallida o inacabada.
Por otra parte, es fácil observar que, tras el derroche, las cenas abundantes y la fiesta, se encierra una fuerte dosis de nostalgia. Se canta la paz, pero no es posible olvidar las guerras y la violencia. Nos deseamos felicidad, pero nadie ignora la crisis y las desgracias. Se hacen gestos de bondad, pero no se puede ocultar la crueldad y la insolidaridad. Nuestros deseos navideños están muy lejos de hacerse realidad.
Sin embargo, una experiencia común aflora estos días en el corazón de muchos: el mundo no es lo que quisiéramos. Creyentes y no creyentes, hombres ilustrados y gentes sencillas, todos parecen percibir que el ser humano está reclamando algo que no es capaz de darse a sí mismo.
Tengo la impresión de que Navidad es la fiesta que mejor puede ser compartida por todos, cualesquiera que sean nuestras convicciones o nuestras dudas, pues, en el fondo, todos captamos que nuestra existencia frágil y desvalida está necesitada de salvación.
Estos días, la liturgia cristiana nos recuerda una frase del evangelista Juan. Nos dice que este niño que nace en Belén es «luz para todo hombre que viene a este mundo», para los que creen y para los que dudan, para los que buscan y para los que no creen necesitarlo. Este Dios «hecho hombre por nuestra salvación» es más grande que todas nuestras dudas o esperanzas, más grande que nuestros gritos y blasfemias. Es Dios. Es amor infinito al hombre. Es nuestra salvación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
25 de diciembre de 1999
Lc 2,15-20  (Misa de la aurora)

DEMASIADO BELLO

Vayamos a Belén.

Demasiado bello para ser verdad. Así se nos presenta hoy el mensaje de Navidad. ¿Cómo anunciar una «alegría grande» a todo el mundo cuando sabemos que la vida es para tantos una amenaza continua de inseguridad, de sinsentido y de miedo? ¿Cómo cantar la paz en la tierra cuando vivimos envueltos en crueles imágenes de guerra y de terror? ¿Quién podrá consolar nuestro corazón del cansancio y de la desilusión?
Hace unos años K. Rahner escribió algo que quiero escuchar estos días: «Cuando al pobre corazón le parece que lo que anuncia la Navidad es demasiado bello para ser verdad, entonces la voz del corazón debe atender con más urgencia al mensaje del Niño que ha nacido hoy».
Navidad nos dice, en primer lugar, quién es Dios. Hay algo muy metido en nosotros que nos lleva a imaginarlo omnipotente, eterno y lejano. Sin embargo, Dios es diferente de lo que nosotros pensamos de Él. Dios se ha hecho niño, es humano, es frágil y cercano, es uno de nosotros. El amor de Dios no es un invento de teólogos; es algo misterioso e increíble que ha llevado a Dios a compartir nuestra existencia. ¿No es una suerte que Dios sea así?
Navidad nos revela, al mismo tiempo, quién es el hombre. Sentimientos contrarios se entremezclan dentro de mí estos meses: decepción y confianza, pena por el ser humano y deseo grande de paz, desilusión y secreta esperanza; no puedo «entender» la lógica de los poderosos de la Tierra y me apena el silencio de los hombres de bien. Navidad nos dice que la aventura humana no es un fracaso; que no estamos solos en manos del mal; que Dios sufre con nosotros; que Él nos acompaña hacia la vida eterna. Desde el desamparo del pesebre hasta el asesinato de la cruz, Cristo no dice otra cosa. ¿De quién nos puede llegar la «salvación», si no es de él?
No es fácil pronunciar hoy esta palabra, pero tiene razón el teólogo belga A. Gesche cuando afirma que «la idea de salvación merece ser escuchada de nuevo como una de esas viejas palabras que vuelven a resonar en nosotros porque todavía tienen algo que decirnos». El mundo busca «salvación» y no sabe hacia dónde dirigir su mirada. ¿Nos atreveremos a escuchar el mensaje navideño: «Ale graos: os ha nacido hoy un Salvador»?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
25 de diciembre de 1996
Lc 2,15-20  (Misa de la aurora)

EL ENIGMA DEL PESEBRE

Vayamos a Belén.

En medio de felicitaciones y regalos, entre cenas y bullicio, casi oculto por luces, árboles y estrellas, es posible todavía entrever en el centro de las fiestas navideñas «un niño recostado en un pesebre». Lo mismo sucede en el relato de Belén. Hay luces, ángeles y cantos, pero el corazón de esa escena grandiosa lo ocupa un niño en un pesebre.
El evangelista narra el nacimiento del Mesías con una sobriedad absoluta. A María «le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo». Ni una palabra más. Lo que realmente parece interesarle es cómo se acoge al niño. Mientras en Belén «no hay sitio» ni siquiera en la posada, en María encuentra una acogida conmovedora. La madre no tiene medios, pero tiene corazón: «Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. »
El lector no puede continuar el relato sin expresar su primera sorpresa: ¿En este niño se encarna Dios? Nunca lo hubiéramos imaginado así. Nosotros pensamos en un Dios majestuoso y omnipotente, y él se nos presenta en la fragilidad de un niño débil e indefenso. Lo concebimos grande y lejano, y él se nos ofrece en la ternura de un recién nacido. ¿Cómo sentir temor a este Dios? Teresa de Lisieux, declarada recientemente doctora de la Iglesia, dice así: «Yo no puedo temer a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí.. ¡Yo le amo!»
El relato ofrece una clave para acercarnos al misterio de ese Dios. Lucas insiste hasta tres veces (!) en la importancia del pesebre. Es como una obsesión. María lo acuesta en un pesebre. A los pastores no se les da otra señal: lo encontrarán en un pesebre. Efectivamente, en el pesebre lo encuentran al llegar a Belén. El pesebre es el primer lugar de la tierra donde descansa ese Dios hecho niño. Ese pesebre es la señal para reconocerlo, el lugar donde hay que encontrarlo. ¿Qué se esconde tras ese enigma?
Lucas está aludiendo a unas palabras del profeta Isaías en las que Dios se queja así: «El buey conoce a su amo; el asno conoce el pesebre de su señor. Pero Israel no me conoce, no piensa en mí» (Isaías 1, 3). A Dios no hay que buscarlo en lo admirable y maravilloso, sino en lo ordinario y cotidiano. No hay que indagar en lo grande, sino rastrear en lo pequeño.
Los pastores nos indican en qué dirección buscar el misterio de la Navidad: «Vayamos a Belén.» Cambiemos nuestra idea de Dios. Hagamos una relectura de nuestro cristianismo. Volvamos al inicio y descubramos un Dios cercano y pobre. Acojamos su ternura. Para el cristiano, celebrar la Navidad es «volver a Belén».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
25 de diciembre de 1993
Jn 1,1-18  (Misa del día)

¿QUE SE ESCONDE DETRÁS?

Luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Ya estamos en Navidad. Es difícil estropear más unas fiestas tan entrañables. Villancicos nacidos un día para adorar a un Dios cercano, son deformados hoy por la publicidad de la TV o repetidos hasta la saciedad en comercios y grandes almacenes. Símbolos llenos de ternura solo sirven para incitar a la compra. Todo se llena de luces que no iluminan el interior de nadie y de estrellas que no guían a ninguna parte.
¿Qué se esconde detrás de todo esto? ¿A qué viene esta «atmósfera» tan especial?
En el ambiente flota el recuerdo vago de un niño nacido en un pesebre. Pero, ¿por qué este niño y no otro? ¿Es todo una leyenda ingenua? ¿Sólo un pretexto para poner en marcha los mecanismos de la sociedad de consumo? ¿Por qué sigue teniendo la Navidad esa fuerza tan evocadora? Tiene que haber algún secreto.
Según algunos, se trata, en buena parte, de un deseo secreto de recuperar la infancia perdida. El hombre moderno está necesitado de ternura y protección. La vida se le hace demasiado dura y despiadada. Es muy fuerte la contradicción entre la realidad penosa de cada día y el deseo de felicidad que habita al ser humano. Por eso, al terminar la Navidad, son bastantes los que sienten el sabor agridulce de una fiesta fallida o inacabada.
Por otra parte, es fácil observar que, tras el derroche, las cenas abundantes y la fiesta, se encierra una fuerte dosis de nostalgia. Se canta la paz, pero no es posible olvidar las guerras y la violencia. Nos deseamos felicidad, pero nadie ignora la crisis y las desgracias. Se hacen gestos de bondad, pero no se puede ocultar la crueldad y la insolidaridad. Nuestros deseos navideños están muy lejos de hacerse realidad.
Sin embargo, una experiencia común aflora estos días en el corazón de muchos: el mundo no es lo que quisiéramos. Creyentes y no creyentes, hombres ilustrados y gentes sencillas, todos parecen percibir que el ser humano está reclamando algo que no es capaz de darse a sí mismo.
Tengo la impresión de que Navidad es la fiesta que mejor puede ser compartida por todos, cualesquiera que sean nuestras convicciones o nuestras dudas, pues, en el fondo, todos captamos que nuestra existencia frágil y desvalida está necesitada de salvación.
Estos días, la liturgia cristiana nos recuerda una frase del evangelista Juan. Nos dice que este niño que nace en Belén es «luz para todo hombre que viene a este mundo», para los que creen y para los que dudan, para los que buscan y para los que no creen necesitarlo. Este Dios «hecho hombre por nuestra salvación» es más grande que todas nuestras dudas o esperanzas, más grande que nuestros gritos y blasfemias. Es Dios. Es amor infinito al hombre. Es nuestra salvación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
25 de diciembre de 1990
Jn 1,1-18  (Misa del día)

¿MIEDO O CONFIANZA?

Lleno de gracia y de verdad.

No son pocas las personas cuya experiencia religiosa ha nacido y se ha desarrollado en un clima de auténtico miedo a Dios. Un miedo que ha marcado profundamente sus vidas. Cuando piensan en Dios, no pueden evitar sentirlo como un ser amenazador y peligroso ante el cual lo mejor es protegerse y estar siempre en regla.
Este miedo a Dios configura toda una manera de vivir la religión. Para estas personas, lo verdaderamente importante es “estar a buenas” con Dios. Mantenerse puros ante él, no transgredir sus mandatos, expiar cuanto antes los pecados cometidos.
El miedo a Dios se hace todavía más angustioso cuando piensan en la muerte. Mientras uno vive en esta tierra, parece que está como “protegido” frente a él, pero lo terrible de la muerte es que se cae ya sin remedio en manos de ese Dios.
Estas personas creen en Dios, pero casi preferirían que Dios no existiera. La vida sería así más tranquila, se podría vivir con más libertad. Y después de la muerte, tendríamos al menos la seguridad de no caer en ese riesgo terrible de la condenación eterna.
Los que han descubierto en Jesucristo el verdadero rostro de Dios viven de otra manera muy distinta. Sienten a Dios como Padre, Misterio de amor fascinante, el único que quiere y busca por todos los medios nuestro bien y felicidad total.
Lo primero que experimentan ante Dios no es miedo, sino una confianza grande, una alegría inmensa. Dios es lo mejor. Alguien que nos comprende, nos ama y perdona como ni siquiera nosotros mismos nos podemos comprender, amar y perdonar.
Esta confianza en Dios lo cambia todo. Para estas personas, lo importante es alabar a Dios, dar gracias, cantar su bondad. Dios no les trae malos recuerdos. Al contrario, les da seguridad. Es un alivio y un consuelo saber que está ahí, siempre de nuestra parte, siempre poniendo en nosotros fuerza y alegría para vivir.
La primera conversión que necesitan muchas personas es este paso del miedo a la confianza. No se atreven a creer del todo en la bondad infinita de Dios. No han descubierto que Dios es más grande que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Más grande que todos nuestros pecados y miserias.
Este es el cambio que nos pide la celebración cristiana de la Navidad. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil e indefenso, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Este Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de El. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de suerte y de seguridad. Preocuparnos por tenerlo todo. Todo menos Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
25 de diciembre de 1987
Lc 2,1-14  (Misa de medianoche)

ALEGRIA RADICAL

La gran alegría para todo el pueblo.

Toda la Fiesta de Navidad es una invitación a la alegría y al gozo. El relato del nacimiento de Jesús viene precedido precisamente por estas palabras del ángel: “Os vengo a traer la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo”.
El fundamento de esta alegría es un acontecimiento que está en la raíz de nuestra existencia: Dios que es la misma Alegría se ha hecho hombre para compartir nuestra vida.
Desde entonces, la alegría es para los creyentes algo que hemos de cuidar y acrecentar amorosamente en nosotros. La tristeza, por el contrario, algo que hemos de combatir sin cesar.
L. Boros, meditando en esta alegría radical que se desprende de la encarnación de Dios, llega a decir que “el gusto por la felicidad forma parte de los elementos vitales del ser cristiano».
La alegría no es algo secundario y accidental en la vida del cristiano. Al contrario, es un rasgo que ha de caracterizar la existencia entera del creyente que se sabe acompañado a lo largo de los días por el mismo Dios encarnado.
Pero, ¿cómo mantener la alegría cuando la soledad, el dolor, la enfermedad, la muerte de un ser querido y tantos otros sufrimientos entristecen nuestra vida? ¿Cómo eliminar de nuestro corazón tantas sombras que ahogan nuestra alegría?
Antes que nada, hemos de recordar que esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista ni resultado de una vida sin problemas ni tensiones. El creyente se ve enfrentado a la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.
El secreto de su alegría serena está en que sabe apoyar confiadamente su vida en ese Dios cercano y amigo que es el Dios nacido en Belén. Por eso, esa alegría no se manifiesta ordinariamente en la euforia o el optimismo, sino que se esconde humildemente en el fondo de su alma.
Es una alegría que está ahí, sostenida por nuestra fe en Dios. Una alegría que crece en la medida en que sabemos difundirla e irradiarla serenamente a nuestro alrededor.
Un hombre que pasó muchos años en un campo de concentración de Siberia escribió en la pared de su celda esta frase que sintetiza bien cuál ha de ser nuestra actitud: “Buscaba a Dios y Dios se me ocultaba; buscaba mi propia alma y no la encontraba; busqué a mi hermano y encontré al mismo tiempo a Dios y a mi alma».
Con frecuencia sucede así. Quien no encuentra paz en sí mismo ni siente la cercanía gozosa de Dios en el interior de su corazón, muchas veces recupera la alegría verdadera al tratar de aliviar el sufrimiento o la tristeza del hermano.
Despertar en nosotros la alegría y difundirla a nuestro alrededor es celebrar hondamente la Navidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
25 de diciembre de 1984
Lc 2,1-14  (Misa de medianoche)

EL BUEY Y EL ASNO

Acostado en un pesebre.

Cuenta Tomás Celano, primer biógrafo de Francisco de Asís, que en la cueva de Greccio se pusieron el buey y el asno por indicación de Francisco. Desde entonces, estos humildes animales forman parte de la representación de todo nacimiento o portal de Belén.
Pero este buey y este asno no son simple producto de la fantasía de Francisco. En el libro de Isaías leemos estas palabras: «Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento».
Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras un presagio que apuntaba al nuevo pueblo de Dios. Todos los hombres, tanto judíos como paganos, eran incapaces de reconocer a Dios como su verdadero Señor. Ahora, al encarnarse en ese Niño de Belén, pueden reconocerlo mejor como su Dueño y Señor.
Por eso, en las representaciones medievales de la navidad, el buey y el asno tienen rostros casi humanos y se inclinan y se postran ante el Niño como si entendieran todo el misterio que en El se encierra y adoraran realmente a Dios.
Cuando de verdad tratamos de ahondar en lo que significa un Dios hecho hombre, nos parece demasiado hermoso para que sea verdad.
Ese Niño es Dios. Por tanto, Dios no es un ser excelso y sublime al cual no podemos llegar. Es alguien cercano, a nuestro alcance. Alguien tan pequeño como nosotros. ¿Puede ser esto verdad? ¿No es pura ilusión y fantasía de los hombres?
Nuestra primera actitud ante el misterio ha de ser siempre la adoración. Dejémonos penetrar el alma por la alegría de este Dios cercano y entrañable. Aunque lo entendamos tan poco como el asno y el buey del pesebre, es verdad que Dios se ha hecho hombre. Es la verdad más decisiva para nosotros, la más auténtica, la última. La verdad más hermosa.
Dios viene a nuestra vida sin armas. No pretende avasallarnos desde fuera, sino conquistarnos desde dentro, transformarnos desde el interior mismo de nuestra existencia.
Si algo sigue desarmando todavía hoy la soberbia y el orgullo del hombre es la importancia y debilidad de un niño. Si todavía podemos acoger el misterio de Dios en nosotros es porque se nos ofrece en la ternura de ese Niño de Belén.
Es una verdadera pena que, pasadas estas fiestas, olvidemos al Dios Niño y volvamos de nuevo a invocar a un Dios lejano y sublime, un Dios que parece no tener ya los rasgos de Aquel que nació en un pesebre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
25 de diciembre de 1981
Lc 2,1-14  (Misa de medianoche)

ALEGRIA PARA EL PUEBLO

… la gran alegría para todo el pueblo.

Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar.
Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo.
Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia.
Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia.
Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero.
Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más.
Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad.
Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquéllos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, cón frecuencia, como atrofiada.
Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres».
Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén.
Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión» (E. Fromm).
Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 15 de diciembre de 2014

21/12/2014 - 4º domingo de Adviento (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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4º domingo de Adviento (B)


EVANGELIO

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
- «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel:
- «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
- «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
- «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra de Dios 

HOMILIA

2014-2015 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
21 de diciembre de 2014

UN ANUNCIO SORPRENDENTE

El ángel le dijo: Alégrate.

Lucas narra el anuncio del nacimiento de Jesús en estrecho paralelismo con el del Bautista. El contraste entre ambas escenas es tan sorprendente que nos permite entrever con luces nuevas el Misterio del Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista sucede en «Jerusalén», la grandiosa capital de Israel, centro político y religioso del pueblo judío. El nacimiento de Jesús se anuncia en un pueblo desconocido de las montañas de Galilea. Una aldea sin relieve alguno, llamada «Nazaret», de donde nadie espera que pueda salir nada bueno. Años más tarde, estos pueblos humildes acogerán el mensaje de Jesús anunciando la bondad de Dios. Jerusalén por el contrario lo rechazará. Casi siempre, son los pequeños e insignificantes los que mejor entienden y acogen al Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista tiene lugar en el espacio sagrado del «templo». El de Jesús en una casa pobre de una «aldea». Jesús se hará presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Vive entre ellos aliviando el sufrimiento y ofreciendo el perdón del Padre. Dios se ha hecho carne, no para permanecer en los templos, sino para «poner su morada entre los hombres» y compartir nuestra vida.
El anuncio del nacimiento del Bautista lo escucha un «varón» venerable, el sacerdote Zacarías, durante una solemne celebración ritual. El de Jesús se le hace a María, una «joven» de unos doce años. No se indica donde está ni qué está haciendo. ¿A quién puede interesar el trabajo de una mujer? Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, mirará a las mujeres de manera diferente, defenderá su dignidad y las acogerá entre sus discípulos.
Por último, del Bautista se anuncia que nacerá de Zacarías e Isabel, una pareja estéril, bendecida por Dios. De Jesús se dice algo absolutamente nuevo. El Mesías nacerá de María, una joven virgen. El Espíritu de Dios estará en el origen de su aparición en el mundo. Por eso, «será llamado Hijo de Dios». El Salvador del mundo no nace como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente. Nace como fruto del Amor de Dios a toda la humanidad. Jesús no es un regalo que nos hacen María y José. Es un regalo que nos hace Dios.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
18 de diciembre de 2011

CON ALEGRÍA Y CONFIANZA

El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual.
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.
Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida, que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.
«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.
«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.
Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
21 de diciembre de 2008

UN ANUNCIO SORPRENDENTE

(Ver homilía del 21 de diciembre de 2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
18 de diciembre de 2005

CON ALEGRÍA

Alégrate... No tengas miedo.

El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que se corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios estaba cerca, dispuesto a transformar su vida.
Con un arte difícil de igualar, recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararse para recibir a Dios?
«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes que lo quieren todo enseguida. Vivimos llenos de cosas. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente, se nos ha olvidado esperar a Dios y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.
Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. En el fondo, sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir otros caminos hacia la alegría.
«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando se vive lleno de miedos que nos amenazan por dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal?
Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.
«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.
Necesitamos celebrar el «corazón» de la Navidad, no su corteza. Necesitamos hacer más sitio a Dios en nuestra vida. Nos irá mejor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
22 de diciembre de 2002

COMO MARÍA

Hágase en mí según tu Palabra.

En vísperas de la Navidad, la liturgia nos presenta la figura de María acogiendo en gozo a Dios en su vida. Como subrayó el Concilio, María es modelo para la Iglesia. De ella podemos aprender a ser más fieles a Jesús y su evangelio. ¿Cuáles podrían ser los rasgos de una Iglesia más mariana en nuestros días?
Una Iglesia que fomenta la «ternura maternal» hacia todos sus hijos cuidando el calor humano en sus relaciones con ellos. Una Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza ni condena, sino que acoge y encuentra un lugar adecuado para cada uno.
Una Iglesia que, como María, proclama con alegría la grandeza de Dios y su misericordia también con las generaciones actuales y futuras. Una Iglesia que se convierte en signo de esperanza por su capacidad de dar y transmitir vida.
Una Iglesia que sabe decir «sí» a Dios sin saber muy bien a dónde le llevará su obediencia. Una Iglesia que no tiene respuestas para todo, pero busca con confianza, abierta al diálogo con los que no se cierran al bien, la verdad y el amor.
Una Iglesia humilde como María, siempre a la escucha de su Señor. Una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús que por tenerlo todo definido.
Una Iglesia del «Magníficat», que no se complace en los soberbios, potentados y ricos de este mundo, sino que busca pan y dignidad para los pobres y hambrientos de la Tierra, sabiendo que Dios está de su parte.
Una Iglesia atenta al sufrimiento de todo ser humano, que sabe, como María, olvidarse de sí misma y «marchar de prisa» para estar cerca de quien necesita ser ayudado. Una Iglesia preocupada por la felicidad de todos los que «no tienen vino» para celebrar la vida. Una Iglesia que anuncia la hora de la mujer y promueve con gozo su dignidad, responsabilidad y creatividad femenina.
Una Iglesia contemplativa que sabe «guardar y meditar en su corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús para transmitirlo como experiencia viva. Una Iglesia que cree, ora, sufre y espera la salvación de Dios anunciando con humildad la victoria final del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
19 de diciembre de 1999

ALÉGRATE

Alégrate... el Señor está contigo.

El relato evangélico de la anunciación a María, que se lee este último domingo de Adviento, es una invitación a despertar en nosotros las actitudes básicas con las que vivir no sólo las fiestas de Navidad ya próximas, sino la vida entera. Basta recorrer el mensaje que se pone en boca del Ángel.
Alégrate. Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también nosotros. «Alégrate»: ésa es la primera palabra de Dios a toda criatura. En medio de estos tiempos que a nosotros nos parecen de incertidumbre y oscuridad, llenos de problemas y dificultades, lo primero que sorprendentemente se nos pide es no perder la alegría. Sin alegría la vida se hace más difícil y dura.
El Señor está contigo. La alegría a que se nos invita no es un optimismo forzado ni un autoengaño fácil. Es la alegría interior y la confianza que nace en quien se enfrenta a la vida con la convicción de que no está solo. Una alegría que nace de la fe. Dios nos acompaña, nos defiende y quiere siempre nuestro bien. Podemos quejamos de muchas cosas, pero nunca podremos decir que estamos solos porque no es verdad. Dentro de cada uno, en lo más hondo de nuestro ser está Dios nuestro Salvador.
No temas. Son muchos los miedos que pueden despertarse en nosotros. Miedo al futuro, a la enfermedad, a la muerte. Nos da miedo sufrir, sentimos solos, no ser amados. Podemos sentir miedo a nuestras contradicciones e incoherencias. El miedo es malo, hace daño. El miedo ahoga la vida, paraliza las fuerzas, nos impide caminar. Lo que necesitamos es confianza, seguridad, luz.
Has hallado gracia ante Dios. No sólo María, también nosotros podemos escuchar estas palabras porque todos vivimos y morimos sostenidos por la gracia y el amor de Dios. La vida sigue ahí con sus dificultades y preocupaciones. La fe en Dios no es una receta para resolver los problemas diarios. Pero todo es diferente cuando uno vive buscando en Dios luz y fuerza para enfrentarse a ellos.
Llega la Navidad. No será una fiesta igual para todos. Cada uno vivirá en su interior su propia navidad. ¿Por qué no despertar estos días en nosotros la confianza en Dios y la alegría de sabemos acogidos por Él? ¿Por qué no liberamos un poco de miedos y angustias enfrentándonos a la vida desde la fe en un Dios cercano?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
22 de diciembre de 1996

AVE MARÍA

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Hace algunos años me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me confesó que quería rezar. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado el Padrenuestro. Tampoco recordaba ninguna otra oración. De pronto, el rostro se le iluminó: «Tal vez.., el Avemaría». Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían dos lágrimas de alegría y emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.
El Avemaría, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones cristianas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.» La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: «Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. » La última parte es una invocación medieval de origen incierto: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. »
Cada uno sabe cómo y por qué caminos discurre su vida, pero siempre es bueno encontrarse con María. Ella es Madre de Dios y también nuestra. María no es Dios, no es fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.
No necesitamos defendernos ni dar explicaciones. Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o desquiciada. Conoce nuestros errores y nuestra mediocridad. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres, podemos también nosotros invocarla con humildad: «Ruega por nosotros, pecadores
María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en los difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda «ahora», en el momento en que pronunciamos la oración, y también para «la hora de nuestra muerte» siempre desconocida, pero siempre más cercana.
Al final del Adviento, el relato evangélico nos recuerda las palabras del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Pueden ser una invitación a despertar nuestra confianza en ella y a susurrar en lo secreto de nuestro corazón la conocida plegaria a la Madre: «Ave María

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
19 de diciembre de 1993

¿A DONDE VA EL MUNDO?

El Señor está contigo.

El filósofo R. Popper, recientemente fallecido, aseguraba que «el mundo no va a ninguna parte». Se oponía así, desde su visión filosófica, a tantos hombres y mujeres que, a través de los siglos, se han atrevido a esperar un futuro no solo mejor, sino nuevo.
¿A dónde va el mundo con tanto dolor? Esta pregunta no es nueva. La han repetido de mil maneras los hombres en momentos trágicos de guerras, en el azote de pestes terribles, en medio del exilio o ante catástrofes naturales. Hoy, de nuevo, cristianos y no cristianos se la plantean en el fondo de su conciencia: ¿A dónde va el mundo?
No es una cuestión arbitraria. No es tampoco una pregunta científica que busca satisfacer nuestra curiosidad. Es un interrogante profundamente humano, pues, de alguna manera, intuimos que en él nos va la vida y el destino último de la humanidad.
La pregunta se despierta en nosotros cuando nos informan de la velocidad con que se talan los árboles en las selvas de Brasil, o de la desertización de grandes zonas de la Tierra; cuando nos alertan de los daños irreparables de los accidentes nucleares, o nos advierten de los efectos peligrosos de cierto tipo de residuos. ¿Se le puede llamar progreso a esa alocada producción de bienes que solo beneficia a unos pocos, mientras provoca tanto daño a la mayor parte de la humanidad?
Detrás de todo eso está el ser humano, que no acierta a conducir las cosas por caminos más seguros. Por eso, la pregunta más concreta es otra: ¿A dónde vamos nosotros los hombres dejando sin pan y sin trabajo a tantas gentes con tal de conseguir el bienestar de los más afortunados? ¿A dónde vamos hundiendo en el hambre y la miseria a pueblos enteros? ¿Nos vamos acercando así a alguna meta digna del hombre? ¿Caminamos así hacia una plenitud?
Con este horizonte no es extraño caer en el pesimismo y en actitudes derrotistas. Por eso resultan tan sorprendentes las palabras con las que el ángel anuncia a María el nacimiento del Salvador y que, en el fondo, están dirigidas a toda la humanidad: «Alégrate ... El Señor está contigo.» Es cierto que el horizonte puede parecer sombrío; el ser humano puede destruir el mundo y provocar su propio hundimiento. Pero no está solo. Dios está con nosotros. Es posible la salvación.
Esta fe es la que sostiene al creyente en la esperanza y le anima a trabajar siempre por un mundo más humano. Llegará un día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los hombres. Y los creyentes confiamos en él. María, la madre del Salvador, es nuestro modelo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
23 de diciembre de 1990

FELICITAR

Alégrate.

Llega la Navidad y parece como si, de pronto, se despertara en nosotros una necesidad incontenible de desearnos mutuamente paz y felicidad. Hemos de enviarnos puntualmente las tradicionales felicitaciones deseándonos toda clase de dichas y ventura en estas fiestas y para el año venidero. Artísticos tarjetones o postales vulgares, “christmas” de hondo contenido religioso o tarjetas superficiales, todo sirve para transmitirnos la felicitación.
¿Qué sentido pueden tener tantos deseos de dicha y felicidad expresados en Navidad? ¿Son acaso una mentira más? ¿Otra manera de engañarnos unos a otros durante estas fiestas tan vacías ya de su verdadero contenido? 
Son diferentes, sin duda, la felicitación entrañable al amigo lejano pero nunca olvidado, los saludos de puro compromiso y cortesía o las felicitaciones en serie de una firma comercial.
Como es sabido, la felicitación navideña tiene su origen más genuino en el anuncio que se escucha en Belén: “Os anuncio la gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador”. La primera palabra de parte de Dios a los hombres cuando se acerca el Salvador es una invitación a la alegría y la fiesta. Es lo primero que escucha también María de boca del ángel: “Alégrate”.
La alegría más honda del creyente en estas fiestas arranca de esta fe: Dios no es un ser lejano, inquietante y amenazador, sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y fragilidad de un niño.
Esta es la primera razón para felicitarnos y hacer fiesta. Lo primero que hemos de recordar para despertar la alegría. Como escribía el célebre teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; lo que no sabe es que por los cuatro costados está en las manos buenas de Dios”. Desde esta convicción adquiere la felicitación navideña una hondura nueva pues nace del deseo de construir ese mundo más humano y feliz que Dios busca para todos.
Antes de sentarnos a escribir las felicitaciones, tal vez hemos de hacernos alguna pregunta: ¿Sé yo “felicitar”? ¿Me preocupa realmente la felicidad de los demás? ¿Estoy dispuesto a hacer feliz a lo largo del año a esa persona que hoy felicito?
Nuestra felicitación será más sincera si lleva consigo el compromiso de vivir creando en nuestro entorno un clima más humano. Nada especialmente grande. Cosas más bien pequeñas, como no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es, cuidar mejor el amor dentro del hogar, estar cerca de quien nos puede necesitar, cultivar unas relaciones más amistosas con todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
20 de diciembre de 1987

LA EXPERIENCIA DE NAVIDAD

El Señor está contigo.

No es fácil en esta sociedad celebrar todavía con un poco de hondura la experiencia central de la Navidad. Tal vez el mejor camino para intentarlo sea el silencio.
Así nos lo sugiere un viejo texto litúrgico al proclamar que la irrupción de Dios en la humanidad sucedió «cuando un silencio sosegado lo envolvía todo».
He aquí algunas sugerencias para quienes deseen este año vivir la Navidad “de manera diferente”.
Lo primero es prepararse. Hacer el propósito de dedicar algún tiempo a preparar estas fiestas. De lo contrario, es difícil sustraerse al ambiente trivial y engañoso que estos días parece impregnarlo todo.
Después es necesario tener valor para estar a solas con nosotros mismos. Si lo logramos, tal vez podamos descubrir algo nuevo. Una habitación tranquila, una iglesia solitaria, un paseo retirado pueden servirte para “hacer silencio”.
Dejarse penetrar por el silencio no es fácil, sobre todo cuando se vive siempre en el ruido. Al comienzo, te sentirás lleno de sensaciones, impresiones, recuerdos. Si sabes esperar y permanecer, poco a poco irán apareciendo dentro de ti tus verdaderas preocupaciones, tus miedos, tu tristeza o tu alegría.
Si sigues todavía escuchando, podrás sentir una impresión inquietante. La soledad. Estás solo en medio de la vida. Esas personas con las que te relacionas todo el día, a las que rechazas o quieres, están lejos. En el fondo, todos estamos solos. Tú lo experimentas ahora con más luz en esa sensación extraña que te invade.
Si, cerrando los ojos, te atreves a seguir en silencio en una actitud humilde de confianza, es fácil que, en el interior de ese vacío y soledad, comience a insinuarse una presencia.
No le des todavía el nombre de Dios. Es sólo una experiencia que te puede poner ante la presencia de un Dios inmensamente lejano e incomprensible y, sin embargo, inmensamente cercano e interior a ti mismo.
Entonces, deja que el silencio te hable. Por una vez, atrévete a escuchar esa presencia cercana de Dios. No pienses en tus miedos ni en tu miseria. No pienses siquiera si eres cristiano o no. Sencillamente, acoge el misterio.
Como dice K. Rahner, “esta experiencia es la más decisiva para comprender el mensaje central de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Lo divino ha irrumpido en el interior de lo humano».
Entonces, tal vez sientas tu corazón renovado. Será el mejor regalo que puedas recibir en Navidad. Será también el mejor regalo que podrás hacer a los que te rodean.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
23 de diciembre de 1984

EL REGALO DE NAVIDAD

Alégrate.

¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.
Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».
Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.
La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.
Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!
Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.
Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.
Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
20 de diciembre de 1981

LA ALEGRIA POSIBLE

Alégrate.

La primera palabra de parte de Dios a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.
J. Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede obligar a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos.
De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia creada quizás en una «sala de fiestas», pero la alegría se quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar con humildad y generosidad en el fondo del alma. H. Hesse explica los rostros atormentados, nerviosos y  tristes de tantos hombres, de esta manera tan simple: «Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni e vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. C6mo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra? 
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colina de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos.
La alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad entre los hombres. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Sólo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Sólo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.

José Antonio Pagola



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