viernes, 25 de mayo de 2012

27/05/2012 - Domingo de Pentecostés (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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Nuevas Charlas de Jose Antonio Pagola

El próximo día 30 de mayo de 2012 en el Aula Magna del Seminario Diocesano de VitoriaJose Antonio Pagola dará dos charlas una a las 12.00 horas y otra a las 20.00 horas, con el título "Liberar la fuerza del Evangelio",
dentro de las jornadas "Palabra y Misión", organizadas por el Servicio Diocesano de Animación Bíblica de la Pastoral y la Facultad de Teología de Vitoria, que se celebrarán los días 20,30 y 31 de mayo. (Mas información)
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27 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés (B)


EVANGELIO

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
27 de mayo de 2012

RECIBID EL ESPÍRITU

Poco a poco, vamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de pan. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven Espíritu Santo y libéranos del vacío interior. Ya sabemos vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven Espíritu Santo y libéranos de la desorientación. Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. ¿Por qué no encontramos sosiego y paz? ¿Por qué nos visita tanto la tristeza? Ven Espíritu Santo y libéranos de la oscuridad interior. Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven Espíritu Santo y enséñanos a vivir. Queremos ser libres e independientes, y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo le llamamos "amor" y al placer "felicidad", pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven Espíritu Santo y enséñanos a amar. En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer. Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos todos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos exhalando sobre ellos su aliento: "Recibid el Espíritu Santo". Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros por caminos que solo él conoce.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
31 de mayo de 2009

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

Exhaló su aliento sobre ellos.

Ven Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios nuestro Padre a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.
Ven Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.
Ven Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.
Ven Espíritu Santo y purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.
Ven Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, a las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.
Ven Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
4 de junio de 2006

BARRO ANIMADO POR EL ESPÍRITU

Exhaló su aliento sobre ellos.

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado sólo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.
Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.
Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.
Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso, se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».
El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro... Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido, quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar la presencia viva de Jesús. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar sólo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No sólo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

4 de junio de 2006

LO DECISIVO ES ABRIR EL CORAZÓN

Según la tradición bíblica, el mayor pecado de una persona es vivir con un «corazón cerrado» y endurecido, un «corazón de piedra» y no de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio. Quien vive «cerrado», no puede acoger el Espíritu de Dios; no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen. Vivimos separados de la vida, desconectados. El mundo y las personas están «ahí fuera» y yo estoy «aquí dentro». Una frontera invisible nos separa del Espíritu de Dios que lo alienta todo; es imposible sentir la vida como la sentía Jesús. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de gracias. Dios nos parece un problema y no el Misterio que lo llena todo. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a intuir a ese Dios «en quien vivimos, nos movemos y existimos». Sólo entonces comenzamos a invocarlo como «Padre», con el mismo Espíritu de Jesús.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», en nuestra vida no hay compasión. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás. Vivimos indiferentes a los abusos e injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente. Sólo cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura y compasión mira Dios a las personas. Sólo entonces escuchamos la principal llamada de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre».
Pablo de Tarso formuló de manera atractiva una convicción que se vivía entre los primeros cristianos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». ¿Lo podemos experimentar también hoy? Lo decisivo es abrir nuestro corazón. Por eso, nuestra primera invocación al Espíritu ha de ser ésta: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y compasivo, un corazón transformado por Jesús».

José Antonio Pagola
HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
8 de junio de 2003

EL ESPÍRITU DE JESÚS

Recibid el Espíritu Santo.

Entre los cristianos se habla de «espiritualidad» con acentos muy diferentes. A los presbíteros se les pide vivir una espiritualidad sacerdotal, a los casados una espiritualidad matrimonial. Según las diferentes tradiciones, los religiosos se esfuerzan por vivir su propia espiritualidad benedictina, franciscana o carmelitana. Pero, ¿cuáles son los rasgos de una espiritualidad primera y básica de un seguidor de Jesús?
Lo primero, seguramente, es captar a Jesús como alguien vivo y cercano. Sentir su Espíritu sosteniendo y animando nuestra vida, captar en esa experiencia la cercanía absoluta de Dios y hacer de esa cercanía algo central en nuestra manera de vivir la fe.
Segundo, captar a Jesús como liberador. No es una manera de hablar. Es una experiencia esencial. Sentir a Jesús como alguien que nos libera en lo más profundo del corazón. Alguien que nos da fuerza interior para cambiar, y nos dice una y otra vez: «Tu fe te está salvando».
Captar a Jesús como alguien que nos hace bien. Es un auténtico regalo encontrarse con él. No es lo mismo hacer el recorrido de la vida con Jesús o sin él. Con Jesús, la vida es una carga exigente pero ligera a la vez. Esta es, tal vez, la experiencia más genuina del Espíritu de Jesús en nosotros.
Captar a Jesús como alguien que nos enseña a vivir en una dirección nueva. Es lo fundamental. Aprender a organizar la propia vida, no alrededor y a favor de uno mismo, del propio grupo o la propia Iglesia, sino en favor de los que sufren lejos o cerca de nosotros. Lo más decisivo no es la propia santidad, sino una vida más digna para todos. Jesús lo llamaba «reino de Dios».
Del Espíritu de Jesús van naciendo en nosotros algunas actitudes básicas: una sensibilidad especial hacia los que sufren, una búsqueda práctica de justicia en las cosas grandes y en las pequeñas, una voluntad sincera de paz para todos, una capacidad cada vez mayor de hacer el bien gratis, una esperanza última para todo lo bueno que hoy nos resulta inalcanzable.
Acoger al Espíritu Santo es vivir con la alegría y el dinamismo interior de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
11 de junio de 2000

ACOGER LA VIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Hablar del «Espíritu Santo» es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El «Espíritu» es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo origen último está en Dios, fuente de toda vida.
Esta acción de Dios en nosotros se produce casi siempre de forma escondida, silenciosa y callada; el mismo creyente sólo intuye una presencia casi imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría desbordante y la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.
El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado. De Dios siempre estamos recibiendo «nueva energía para la vida» (J. Moltmann).
Esta acción recreadora de Dios no se reduce sólo a «experiencias íntimas del alma». Penetra en todas los estratos de la persona. Despierta nuestros sentidos, vivifica el cuerpo y reaviva la capacidad de amar. Por decirlo brevemente, el Espíritu conduce a la persona a vivirlo todo de forma diferente: desde una verdad más honda, desde una confianza más grande, desde un amor más desinteresado.
Para bastantes, la experiencia fundamental es el amor de Dios y lo dicen con una frase tan sencilla como «Dios me ama». Esa experiencia les devuelve su dignidad indestructible, les da fuerza para levantarse de la humillación o el desaliento, les ayuda a encontrarse con lo mejor de sí mismos.
Otros no pronuncian la palabra «Dios» pero experimentan una «confianza fundamental» que les hace amar la vida a pesar de todo, enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno para todos. Nadie vive privado del Espíritu de Dios. En todos está Él atrayendo nuestro ser hacia la vida. Acogemos al «Espíritu Santo» cuando acogemos la vida. Éste es uno de los mensajes más básicos de la fiesta cristiana de Pentecostés.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
18 de mayo de 1997

AMAR LA VIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Tanto la teología protestante como la católica han tendido durante siglos a comprender al Espíritu Santo como un Espíritu que habita en la Iglesia y que actúa en el interior de los creyentes. De ahí que en los manuales de teología se hable del Espíritu Santo en relación, sobre todo, con la fe y la vida cristiana o con la oración y los sacramentos. Se olvida, con frecuencia, que el Espíritu de Dios alienta la creación entera y es fuente de vida de todo ser creado por él.
Todo ello ha tenido graves consecuencias. Hablar hoy de «espiritualidad» sugiere a no pocos un cierto alejamiento del mundo y de la vida, un recelo ante el cuerpo y los sentidos, una preferencia por las experiencias internas del alma. Se olvida que el Espíritu creador de Dios está allí donde crece y se desarrolla la vida movida por el aliento amoroso de Dios y, que, por ello, «la experiencia del Espíritu», lejos de apartar del mundo o del vivir diario, lo que hace es despertar en nosotros «una nueva vitalidad de amor a la vida».
Por eso, hemos de agradecer tanto el excelente estudio sobre el Espíritu Santo, que Jürgen Moltmann nos regala en plena madurez teológica (El Espíritu de la vida, Ed. Sígueme, Salamanca, 1998). Superando visiones excesivamente estrechas, el profesor de Tubinga nos recuerda que el Espíritu de Dios puede y debe ser experimentado por cualquier ser humano en las experiencias cotidianas de la vida. Por decirlo en pocas palabras, vivir la «experiencia del Espíritu» consiste en percibir de alguna manera, en y bajo la experiencia de la vida, la presencia escondida, callada pero real, de Dios Creador que nos sostiene, nos alienta y nos acompaña siempre con su amistad y su amor.
Por eso, la verdadera «espiritualidad» lleva siempre a amar, respetar, afirmar y defender la vida. Lo propio del «hombre espiritual» no es la indiferencia, sino la pasión por la vida. A quien vive animado por el Espíritu creador de Dios, la vida le atrae, le interesa, le apasiona. Lucha siempre contra todo lo que sea manipular, destruir, violar o estropear la vida. Ve y ama la vida como Dios la ve y la ama: buena, justa, bella, destinada a ser disfrutada en paz por todos. Eso busca, por eso lucha.
La «experiencia del Espíritu» lleva a defender a los débiles, acompañar a los solos, acoger a los indefensos, curar a los enfermos, aliviar a los tristes, alentar a los desesperanzados. Esa fue la experiencia de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Lucas 4, 18). Al hombre verdaderamente espiritual no se le encuentra ensimismado y vuelto sobre sí mismo, sino abierto a los más necesitados de aliento y de vida. Es bueno recordarlo en esta fiesta de Pentecostés.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
22 de mayo de 1994

UNA EXPERIENCIA DESCONOCIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Dentro de cada uno de nosotros hay un «espacio interior» que para muchos permanece desconocido e inexplorado. No es exactamente un ámbito sicológico. Está a un nivel más profundo. Es el centro más recóndito de la persona, donde se esconde el misterio de nuestro ser, donde resuenan las preguntas más hondas: ¿Quién soy yo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿para qué?
El hombre de hoy ha aprendido muchas cosas, pero no sabe llegar hasta su propia interioridad. Vive volcado hacia lo exterior, sin capacidad para encontrarse consigo mismo. La vida moderna lo dispersa en mil ocupaciones, contactos y experiencias externas que lo alejan de sí mismo. El ruido, la agitación, el ritmo acelerado le impiden vivir «desde dentro».
La fiesta cristiana de Pentecostés puede ser una llamada a cultivar más nuestro mundo interior y a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. ¿Cómo?
Entrar dentro de nosotros exige tiempo y calma. Quien trata de vivir desde dentro sabe muy bien que el exceso de trabajo y actividad no es una virtud, sino una enfermedad, una esclavitud. «Todos los días nos hace falta un buen rato de inactividad, para adentramos descalzos en nuestro mundo interior» (R Loidi).
Es importante, además, aprender a distanciamos de vez en cuando de nuestro quehacer cotidiano. Saber apartamos de las ocupaciones que nos atrapan y dispersan, para «hacer silencio» y encontramos con lo más profundo que hay en nosotros. No se puede vivir desde dentro sin asegurar «lugares» y «momentos» de interiorización.
Encontrarse a solas con uno mismo puede inspirar temor. Nos da miedo descubrir nuestras contradicciones e incoherencias, nuestra mentira y mediocridad, o nuestras frustraciones más profundas. Por eso, lo importante no es analizarse, sino descubrir la presencia amorosa del Espíritu de Dios que nos habita, nos sostiene, nos acoge tal como somos y nos invita a vivir.
El creyente se adentra en su interior en actitud confiada. Se sabe aceptado y amado. Por eso, no cae en la desestima o en la culpabilidad angustiosa. Se siente a gusto con Dios. Seguro. Su experiencia del Espíritu es siempre fuente de gozo. Un respiro en medio del vivir diario.
Este entrar en la propia interioridad no significa huir de la vida para replegarse estérilmente sobre uno mismo. Al contrario, es regenerarse desde la raíz, rescatar lo mejor que hay en nosotros, encontrarse de nuevo vivo y con fuerzas para vivir y hacer vivir. El Espíritu de Dios que habita en nosotros siempre es «dador de vida».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
19 de mayo de 1991

SABOREAR LA VIDA EN LA FUENTE

Recibid el Espíritu Santo.

Una de las deformaciones más deplorables de cierta teología es concebir el don del Espíritu Santo como algo que se recibe sólo y exclusivamente de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma, al margen de lo que va sucediendo en nuestra vida.
Sin embargo, el don del Espíritu no es sino la autocomunicación gratuita de Dios que se nos regala de múltiples maneras desde el fondo de la vida, a través de las personas que vamos encontrando en nuestro camino y a través de los acontecimientos y experiencias que tejen nuestra existencia.
Esta comunicación de Dios no es un fenómeno esporádico que sucede sólo en fechas litúrgicas determinadas o se canaliza siempre a través de los sacramentos. Sin duda que hay experiencias privilegiadas radicalizadas por la gracia, pero el amor de Dios se nos va regalando constantemente a todos desde lo más hondo de nuestro vivir.
Como dice K. Rahner, todo hombre, lo sea o no, “posee en lo más profundo de sí mismo un dinamismo espiritual”. Cuando trabaja y lucha, cuando ama, goza o sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace solo, sino acompañado por la presencia amorosa del Espíritu de Dios.
Nosotros podemos estar atentos a esa presencia o no prestarle atención alguna, podemos acoger libremente su acción o rechazarla, pero el Espíritu de Dios está siempre ahí, como “dador de vida”.
Tal vez alguno piense que es un despropósito hablar así en nuestros días. ¿Cómo puede haber todavía un lugar para el Espíritu Santo en la era de la técnica, la planificación científica y los ordenadores?
Entiendo lo que siente quien así piensa. Sé, por otra parte, que las realidades más profundas de la existencia ha de descubrirlas uno mismo por propia experiencia y que, sin ésta, de poco sirven las palabras que nos digan desde fuera. Yo sólo me atrevería a decirle esto: “Medita lealmente y con rigor la existencia, detente en las experiencias más profundas del gozo o del dolor, en los momentos culminantes del amor o de la soledad, ¿no sientes que en el fondo de nosotros hay un misterio último inexpresable que estamos casi siempre rehuyendo?”.
El “hombre espiritual” no es un ser extraño y anormal. Es sencillamente una persona que ha aprendido a “saborear la vida en la fuente” según la bella expresión del teólogo francés M.A. Santaner. Por eso capta lo que otros no captan y goza lo que otros no son capaces de gozar.
Tal vez, lo primero que hemos de pedir esta mañana de Pentecostés es el don de gustar la vida en su fuente, en el Espíritu, para poder saborearla sin intoxicarla y para disfrutar de ella sin arruinarla. Gustar a Dios. Esa es la clave para no atrofiar la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
22 de mayo de 1988

PEREGRINAR AL CORAZON

Recibid el Espíritu Santo.

Según una concepción más querida a la tradición oriental, el mayor pecado del hombre es permanecer insensible a la vida interior que en él se encierra.
Caminando como autómatas por la vida, dejamos dormitar dentro de nosotros unas energías y un potencial insospechado de vida al ignorar la acción del Espíritu en nosotros.
Acostumbrados a vivirlo todo desde el exterior, hemos olvidado ya lo que es peregrinar al fondo del corazón para escuchar interiormente ese manantial de vida que es Dios.
Conozco personas insatisfechas de sí mismas que buscan con esfuerzo una vida más noble y profunda. Desean creer con más hondura y verdad. Las veo indagar, leer libros, preguntar. Algunas me escriben. Se diría que intentan hacer brotar la fe en su corazón desde el exterior.
Pero lo cierto es que desde el exterior no se le puede enseñar a nadie a creer, lo mismo que no se le puede enseñar a alegrarse, a amar o a llorar.
Desde fuera sólo se le puede orientar a adentrarse en su corazón. Pero la fe es una experiencia que cada uno ha de aprender en otra fuente que brota en su interior.
Cada vez recuerdo con más frecuencia las conocidas palabras de S. Agustín a su auditorio: «No penséis que se puede aprender algo de un hombre. Podemos atraer vuestra atención con el ruido de nuestra voz, pero si no hay dentro alguien que os enseñe, ese ruido será inútil”.
La fe no brota en nosotros al término de una reflexión o como conclusión de ese razonamiento brillante que hemos encontrado en la lectura de un libro. No es una decisión que tomamos después de escuchar la argumentación de un amigo creyente.
Es preciso cavar más adentro. Bajar al fondo de nuestro ser y mirarnos por dentro tal como somos. Sin engañarnos por más tiempo. Sin quedarnos en esa falsa seguridad que aparentamos por fuera ante los demás. Solos ante Dios y ante nosotros mismos.
Esos minutos de sinceridad pueden cambiar nuestra vida más que todos los razonamientos. Ese grito sincero a Dios desde el fondo del corazón puede ser el camino más corto para resucitar nuestra fe.
Si sabemos abrirnos camino hacia nuestro interior y escuchar la acción del Espíritu que nos llama desde dentro, hoy puede ser realmente para nosotros Pentecostés.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
26 de mayo de 1985

ATEISMO DEL CORAZÓN

Recibid el Espíritu Santo.

Quizás no son muchos los que, entre nosotros, niegan a Dios teóricamente hasta las últimas consecuencias. Sin duda, son muchos más los que prescinden de Dios, son ateos prácticos y viven como si en el fondo Dios no les afectara para nada.
Este «ateísmo del corazón» como lo ha llamado H. Mühlen, está más extendido de lo que sospechamos. Hombres y mujeres que quizás alguna vez pronuncian fórmulas rutinarias, pero que no abren nunca su corazón a Dios. Personas que ya no «escuchan» a nadie en su interior.
Cuántos que se dicen cristianos, se defienden ante Dios con oraciones recitadas de memoria, pero se avergonzarían de hablar con él espontáneamente y de corazón.
Por otra parte, ¿quién encuentra hoy un «rincón» para el silencio, la meditación, el recogimiento y la paz interior? ¿Quién tiene tiempo para orar en medio de las prisas, la agitación, el nerviosismo o el perpetuo cansancio?
La lucha por la vida, la competencia despiadada, la presión continua, está llevando a muchos a la asfixia y el ahogo espiritual. Esta sociedad donde el infarto ha llegado a ser el símbolo de todo un modo de vivir, corre el riesgo de ir perdiendo su alma y su vida interior.
Y, sin embargo, el Espíritu de Dios no está ausente de esta sociedad, aunque lo reprimamos, lo encubramos o no le prestemos atención alguna. El sigue trabajando silenciosamente a los hombres en lo más profundo de ese corazón demasiado «ateo».
Aquel gran teólogo y mejor creyente que fue K. Rahner nos ofrece algunas pistas para reconocer su presencia misteriosa pero real.
«Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con perseverancia hasta el final, con una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar.
Cuando uno corre el riesgo de orar en medio de las tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar...
Cuando uno acepta y lleva libremente una responsabilidad sin tener claras perspectivas de éxito y de utilidad...
Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil...
Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre las demás esperanzas particulares y abarca con su suavidad y silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas...
Entonces el Espíritu de Dios está trabajando. Allí está Dios. Allí es Pentecostés».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
30 de mayo de 1982

NECESIDAD DEL ESPIRITU

Recibid el Espíritu Santo.

Lo «espiritual» no evoca hoy gran cosa en muchos de nuestros contemporáneos. La misma palabra «espíritu» queda asociada al mundo de lo etéreo, lo inverificable, lo irreal. Sólo parece interesar lo material, lo práctico, lo útil y eficaz.
Incluso, podríamos decir que «lo espiritual» suscita en muchos una actitud de reserva y sospecha. El pensamiento marxista nos ha puesto en guardia frente a actitudes espirituales incapaces de tomar en serio la materia y la construcción de la ciudad terrestre.
Por su parte, representantes de la sicología profunda han descalificado, de manera penetrante, un espiritualismo olvidado de la esfera de los instintos y de la vida del cuerpo.
Y sin embargo, son bastantes las voces y los movimientos que reclaman hoy con fuerza el retorno al espíritu. La nostalgia del hombre occidental no busca sólo un nuevo sistema socio-económico, ni nuevas filosofías, sino una nueva vida, un aliento nuevo, una fuerza de salvación capaz de liberar al hombre del desencanto, del absurdo y del nihilismo destructor.
Es aquí donde debemos situar hoy los creyentes la fe en el Espíritu Santo, para redescubrir con gozo las posibilidades que se nos pueden abrir, si sabemos acoger con conciencia viva la acción salvadora de Dios en nuestras vidas.
Los creyentes siempre han reconocido al Espíritu una eficacia regeneradora. El hombre que acierta a abrirse a la acción de Dios en lo profundo de su corazón, descubre una fuerza capaz de regenerarlo, unificarlo, iluminarlo e impulsarlo más allá de los limites en que parecía iba a quedar encerrado para siempre.
Una gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo viven en desarmonía consigo mismo, sin un núcleo interior que unifique sus vidas, sin una razón profunda que dé aliento a su existencia, alienados desde lo más profundo de su conciencia, sin pertenecer a sí mismos, sin sospechar nunca que en lo más hondo de su ser hay una fuerza capaz de transformar sus vidas.
Los cristianos necesitamos creer más y con más concreción en la eficacia humanizadora y liberadora que tiene el vivir abiertos a la acción de Dios en nosotros.
El hombre no recupera su integridad replegándose sobre sí mismo, ni alcanza su liberación sometiéndose al poder, la ciencia o el dinero. El hombre se va haciendo humano cuando se abre a la acción del Espíritu que nos pone en armonía con nosotros mismos, nos conduce al encuentro con los otros en la verdad y la paz, y nos abre a la comunicación gozosa con Dios.
Nada de esto se puede entender desde fuera. Cada  uno debe descubrir por experiencia propia cómo la fe y la docilidad al Espíritu satura de sentido y de gozo su existencia.

José Antonio Pagola

sábado, 19 de mayo de 2012

20/05/2012 - 7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (B)

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20 de mayo de 2012

7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (B)


EVANGELIO

Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
17 ó 20 de mayo de 2012

NUEVO COMIENZO

Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo, han de "hacer discípulos" que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser "testigos" de lo que han vivido junto él. Marcos lo resume todo diciendo que han de "proclamar el Evangelio a toda la creación". Quienes se acercan hoy a una comunidad cristiana no se encuentran directamente con el Evangelio. Lo que perciben es el funcionamiento de una religión envejecida, con graves signos de crisis. No pueden identificar con claridad en el interior de esa religión la Buena Noticia proveniente del impacto provocado por Jesús hace veinte siglos. Por otra parte, muchos cristianos no conocen directamente el Evangelio. Todo lo que saben de Jesús y su mensaje es lo que pueden reconstruir de manera parcial y fragmentaria escuchando a catequistas y predicadores. Viven su religión privados del contacto personal con el Evangelio. ¿Cómo podrán proclamarlo si no lo conocen en sus propias comunidades? El Concilio Vaticano II ha recordado algo demasiado olvidado en estos momentos: "El Evangelio es, en todos los tiempos, el principio de toda su vida para la Iglesia". Ha llegado el momento de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús. Nada puede regenerar el tejido en crisis de nuestras comunidades como la fuerza del Evangelio. Solo la experiencia directa e inmediata del Evangelio puede revitalizar a la Iglesia. Dentro de unos años, cuando la crisis nos obligue a centrarnos solo en lo esencial, veremos con claridad que nada es más importante hoy para los cristianos que reunirnos a leer, escuchar y compartir juntos los relatos evangélicos. Lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Los relatos evangélicos enseñan a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Hacen vivir la vida cristiana, no como deber sino como irradiación y contagio. Es posible introducir ya en las parroquias una dinámica nueva. Reunidos en pequeños grupos, en contacto con el Evangelio, iremos recuperando nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús. Hemos de volver al Evangelio como nuevo comienzo. Ya no sirve cualquier programa o estrategia pastoral. Dentro de unos años, escuchar juntos el Evangelio de Jesús no será una actividad más entre otras, sino la matriz desde la que comenzará la regeneración de la fe cristiana en las pequeñas comunidades dispersas en medio de una sociedad secularizada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
21 ó 24 de mayo de 2009

CONFIANZA Y RESPONSABILIDAD

Proclamad el Evangelio a toda la creación.

Al evangelio original de Marcos se le añadió en algún momento un apéndice donde se recoge este mandato final de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». El Evangelio no ha de quedar en el interior del pequeño grupo de sus discípulos. Han de salir y desplazarse para alcanzar al «mundo entero» y llevar la Buena Noticia a todas las gentes, a «toda la creación».
Sin duda, estas palabras eran escuchadas con entusiasmo cuando los cristianos estaban en plena expansión y sus comunidades se multiplicaban por todo el Imperio, pero ¿cómo escucharlas hoy cuando nos vemos impotentes para retener a quienes abandonan nuestras iglesias porque no sienten ya necesidad de nuestra religión?
Lo primero es vivir desde la confianza absoluta en la acción de Dios. Nos lo ha enseñado Jesús. Dios sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas, aunque nosotros los consideremos «ovejas perdidas». Dios no está bloqueado por ninguna crisis.
No está esperando a que desde la Iglesia pongamos en marcha nuestros planes de restauración o nuestros proyectos de innovación. Él sigue actuando en la Iglesia y fuera de la Iglesia. Nadie vive abandonado por Dios, aunque no haya oído nunca hablar del Evangelio de Jesús.
Pero todo esto no nos dispensa de nuestra responsabilidad. Hemos de empezar a hacernos nuevas preguntas: ¿Por qué caminos anda buscando Dios a los hombres y mujeres de la cultura moderna? ¿Cómo quiere hacer presente al hombre y a la mujer de nuestros días la Buena Noticia de Jesús?
Hemos de preguntarnos todavía algo más: ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana de manera que propiciemos la acción de Dios en el interior de la cultura moderna? ¿No corremos el riesgo de convertirnos, con nuestra inercia e inmovilismo, en freno y obstáculo cultural para que el Evangelio se encarne en la sociedad contemporánea?
Nadie sabe cómo será la fe cristiana en el mundo nuevo que está emergiendo, pero, difícilmente será «clonación» del pasado. El Evangelio tiene fuerza para inaugurar un cristianismo nuevo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
25 ó 28 de mayo de 2006

LA MEJOR NOTICIA

Proclamad la Buena Noticia.

Hacia el año 9 a.C., los pueblos griegos de la provincia romana de Asia tomaron la decisión de cambiar el calendario. En adelante la historia de la Humanidad no se contaría a partir de la fundación de Roma, sino a partir del nacimiento de Augusto. La razón era de peso. Él había sido «Buena Noticia» (euangelion) para todos, pues había traído la paz introduciendo en el mundo un orden nuevo. Augusto era el gran «bienhechor» y «salvador».
Los cristianos comenzaron a proclamar un mensaje muy diferente: «La Buena Noticia no es Augusto sino Jesús». Por eso, el evangelista Marcos tituló así su evangelio: «Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios». Y por eso, en su evangelio, el mandato final del resucitado es éste: «Id al mundo entero y proclamad la Buena Noticia a toda la creación».
«Buena noticia» es algo que, en medio de tantas experiencias malas, trae a la vida de la gente una esperanza nueva. Las «buenas noticias» aportan luz, despiertan la alegría, dan un sentido nuevo a todo, animan a vivir de manera más abierta y fraterna. Todo esto y más es Jesús, pero ¿cómo proclamarlo hoy como Buena Noticia?
Podemos explicar doctrinas sublimes acerca de Jesús: en él está la «salvación» de la humanidad, la «redención» del mundo, la «liberación» definitiva de nuestra esclavitud, la «divinización» del ser humano. Todo esto es cierto, pero no basta. No es lo mismo exponer verdades cuyo contenido es teóricamente bueno para el mundo, que hacer que la gente pueda experimentarle a Jesús como algo «nuevo» y «bueno» en su propia vida.
No es dificil entender por qué la gente le sentía a Jesús como «Buena Noticia». Todo lo que él decía les hacía bien: les quitaba el miedo a Dios, les hacía sentir su misericordia, les ayudaba a vivir comprendidos y perdonados. Toda su manera de ser era algo bueno para todos: era compasivo y cercano, acogía a los más olvidados, abrazaba a los más pequeños, bendecía a los enfermos, se fijaba en los últimos. Toda su actuación introducía en la vida de las personas algo bueno: salud, perdón, verdad, fuerza interior, esperanza. ¡Era una suerte encontrarse con él!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
29 de mayo ó 1 de junio de 2003

CONFIAR

Ascendió al cielo.

La Iglesia tiene ya veinte siglos. Atrás quedan dos mil años de fidelidad y también de no pocas infidelidades. El futuro parece sombrío. Se habla de signos de decadencia en su seno: cansancio, envejecimiento, falta de audacia, resignación. Crece el deseo de algo nuevo y diferente, pero también la impotencia para generar una verdadera renovación.
No es extraño que crezcan las expectativas en torno al nuevo Papa. Unos desean firmeza y seguridad, otros piden reformas profundas, bastantes sueñan con alguna «sorpresa», algo que movilice de nuevo a la Iglesia. ¿Qué podemos esperar?
El evangelista Mateo culmina su escrito poniendo en labios de Jesús una promesa destinada a alimentar para siempre la fe de sus seguidores: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Jesús seguirá vivo en medio del mundo. Su movimiento no se extinguirá. Siempre habrá creyentes que actualicen su vida y su mensaje.
Esta fe nos lleva a confiar en la Iglesia: con retrasos y resistencias tal vez, con errores y debilidades, siempre seguirá buscando ser fiel al evangelio. Nos lleva también a confiar en el mundo y en el ser humano: por caminos no siempre claros ni fáciles el reino de Dios seguirá creciendo.
Hoy hay más hambre y violencia en el mundo, pero hay también más conciencia para hacerlo más humano. Hay muchos que no creen en la religión, pero creen en una vida más justa y digna para todos, que es, en definitiva, el gran deseo de Dios.
Esta confianza puede darle otro tono a nuestra manera de mirar el mundo y de vivir las cosas grandes y pequeñas. Al mismo tiempo, puede ayudamos a vivir estos tiempos con paciencia y paz, sin caer en el fatalismo y sin desesperar del evangelio.
Hemos de sanear nuestras vidas eliminando aquello que nos vacía de esperanza. Cuando nos dejamos dominar por el desencanto, el pesimismo o la resignación, nos incapacitamos para transformar el mundo y renovar la Iglesia. Marcuse decía que «la esperanza sólo se la merecen los que caminan». Yo diría que la esperanza cristiana sólo la conocen los que caminan tras los pasos de Jesús. Son ellos quienes pueden «proclamar el Evangelio a toda la creación».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
1 ó 4 de junio de 2000

PREGUSTAR EL CIELO

Ascendió al cielo.

El cielo no se puede describir pero lo podemos pregustar. No lo podemos alcanzar con nuestra mente pero es imposible no desearlo. Si hablamos del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad sino para reavivar nuestra alegría y nuestra atracción por Dios. Si lo recordamos es para no olvidar el anhelo último que llevamos en el corazón.
Ir al cielo no es llegar a un lugar sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.
Pero esta comunión con Dios no será una experiencia individual y solitaria de cada uno con su Dios. Nadie va al Padre si no es por medio de Cristo. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Sólo conociendo y disfrutando del misterio encerrado en este hombre único e incomparable, penetraremos en el misterio insondable de Dios. Cristo será nuestro «cielo». Viéndole a él «veremos» a Dios.
Pero no será Cristo el único mediador de nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, todos y cada uno de nosotros nos convertiremos a nuestra manera en «cielo» para los demás. Desde nuestra limitación y finitud, tocaremos el Misterio infinito de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos de su amor insondable gustándolo en el amor humano. El gozo de Dios se nos regalará encarnado en el placer humano.
El teólogo húngaro L. Boros trata de sugerir esta experiencia indescriptible: «Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que hoy amamos, con la que disfrutamos y por la que agradecemos a Dios. Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados».
Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto en la tierra. Pocas experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos atraídos por Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
8 ó 11 de mayo de 1997

EL HUECO

Ascendió al cielo.

El animal sólo capta en su entorno aquello que puede ser significativo para su instinto. Todo lo demás no existe para él. No mira a derecha ni izquierda. Sólo le interesa lo que enciende y atrae su tendencia instintiva. Los animales viven en un mundo cerrado.
El ser humano es muy distinto. Va buscando siempre respuesta concreta a sus necesidades, pero nunca queda satisfecho del todo. El mundo entero es incapaz de dar respuesta definitiva a lo que anda buscando. Siempre anhela «algo más». Nunca encuentra satisfacción duradera en sus propias creaciones. Su destino parece exceder todo lo que ha conquistado hasta ahora y lo que en el futuro pueda conquistar.
Así lo han visto filósofos y antropólogos. El deseo humano no conoce límites ni fronteras, vive bajo la presión de un «exceso de vitalidad» (M. Scheler), tiende hacia «lo insospechado» (A. Gehlen), está «transido de infinitud» (W Pannenberg), lleva en el corazón de su existencia una «apertura infinita» (H. Plessner). Está estructurado de tal manera que en cada deseo y estremecimiento busca algo que responda a su anhelo de felicidad eterna.
Durante este siglo hemos asistido a una fuerte crítica a la idea cristiana del «cielo»: no hay nada que esperar de Dios; todas nuestras esperanzas hemos de ponerlas en el hombre. No hay cielo, hemos de contentarnos con lo que nos pueda dar la tierra. Ha sido, sin embargo, un filósofo ateo, el alemán Ernst Bloch, quien ha planteado de nuevo la cuestión del cielo desde su raíz: ¿Qué hacemos con el «hueco» que deja la eliminación de la hipótesis de un Dios Salvador?
Hoy la actitud de los filósofos hacia la esperanza religiosa está cambiando (G. Váttimo, J. Derrida, E. Levinas, J. Haber- mas). Eugenio Trías acaba de publicar un estudio con el significativo título La razón fronteriza (Destino, Barcelona, 1999). Una vez más, el filósofo catalán nos recuerda que la razón siempre se topa con un «límite» más allá del cual nada puede conocer ni decir. Por eso, frente a una «razón sacralizada» por la Ilustración, que se ha atrevido a negar todo lo que ella no puede verificar, Trías aboga por una «razón fronteriza», abierta al misterio, que permite al espíritu humano remontarse de su propio cerco para buscar el encuentro con lo trascendente.
Según la fe cristiana, cuando la razón se encuentra con la frontera del misterio, el espíritu humano es invitado a creer en el «Dios escondido» que le promete saciar su hambre de felicidad eterna. Esperar el cielo no es sino escuchar esa promesa. A ello se nos invita en esta fiesta de la Ascensión del Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
12 ó 15 de mayo de 1994

LA CASA DEL PADRE

Ascendió al cielo.

El hombre actual ya no sabe morir de forma religiosa, como en otros tiempos, con la confianza puesta en Dios, pero todavía no ha descubierto una actitud nueva para enfrentarse a la muerte. Los intentos que se hacen por desdramatizarla como un «hecho natural» que hemos de asumir sin problemas, no parecen suscitar mucho entusiasmo.
Son conocidos los versos del poeta portugués Fernando Pessoa: «Aunque yo haya muerto, la primavera llegará, las flores florecerán como siempre, y los árboles reverdecerán como en años anteriores. La realidad no tiene necesidad de mí. Y yo siento una alegría inmensa al pensar que mi muerte es del todo insignificante.» El poeta parece sentir una alegría grande porque el mundo sigue y «la realidad no siente necesidad de él», pero su poesía, ¿es una poesía alegre?
Ciertamente, podemos pensar que, en el fondo, no somos tan importantes. ¿Por qué vamos a pretender la inmortalidad? La muerte es parte de la vida y deberíamos aceptarla como un proceso biológico natural. Un día yo no estaré, y todo seguirá como siempre. Así escribía hace unos años Erns Jünger: «Pronto sucederá que nadie sabrá ni hablará de ti o de mi. Otros vivirán en estos lugares, y nadie nos echará en falta.»
Todo esto puede ser así. Pero, entonces, ¿por qué el ser humano no se acostumbra a algo tan «natural»? ¿Por qué no ha aprendido, después de miles y miles de años, a no sentir tristeza ante la muerte? Hay algo que no se puede olvidar. La muerte no es solo una extinción biológica. En la muerte se produce una «separación» irrevocable y definitiva, incluso entre las personas más entrañablemente unidas por el amor o la amistad. Cuando alguien muere, lo perdemos para siempre. Nos quedamos sin él, y él sin nosotros.
El cristianismo no niega la muerte ni la extinción biológica de cada vida. Pero en el núcleo de la esperanza cristiana permanece firme una convicción: la muerte no puede producir la separación entre Dios y sus amigos. La amistad con Dios es una amistad eterna. Quien muere en amistad con Dios, no queda separado de él, pues su amor es más fuerte que la muerte.
Por eso, la liturgia cristiana habla de «la casa del Padre». La muerte destruye «la tienda» que habitamos ahora. Pero el amor de Dios construye «la casa eterna» en que habitaremos para siempre. Es ese amor de Dios Padre el que nos unirá de nuevo a quienes el poder de la muerte nos separa y destruye. La fiesta de la Ascensión es una invitación a recordar «la casa del Padre» y a escuchar con fe las palabras de Jesús: «En la casa de mi Padre hay lugar para todos... Ahora yo me voy a prepararos ese lugar» (Jn 14, 2).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
9 ó 12 de mayo de 1991

PEDAGOGÍA DE LA ASCENSIÓN

Ascendió al cielo.

Es tan poca la atención que la teología contemporánea presta a la Ascensión de Cristo, que su hondo significado pasa casi desapercibido, no sólo para los cristianos despreocupados sino, incluso, para aquellos que se esfuerzan por ser fieles a Jesucristo.
Sin embargo, la Ascensión nos ofrece la clave para entender la dinámica del cristianismo después de Cristo y la pedagogía para vivir la fe de manera responsable y adulta.
Para entender el significado de la Ascensión, hemos de recordar el diálogo entre Jesús y sus discípulos: "Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo", es decir, "ya no me podréis retener en vuestra experiencia inmediata, pero conviene que yo me vaya para que seáis adultos y caminéis por vosotros mismos bajo la acción del Espíritu".
La tristeza y preocupación de los discípulos tiene una explicación. Desean seguridad: tener siempre junto a ellos a Cristo para que les resuelva los problemas o, al menos, les indique el camino seguro para encontrar la solución. Es la tentación de vivir la fe de manera protegida, infantil e irresponsable.
La respuesta de Jesús cobra particular importancia en estos tiempos en que parece crecer en ciertos sectores de la Iglesia la tentación del inmovilismo, el miedo a la creatividad, la nostalgia por "reproducir un determinado cristianismo", la "regresión al seno materno".
La pedagogía de Cristo consiste en ausentarse para que pueda crecer la libertad de sus seguidores. Sólo les dejará la impronta de su Espíritu. Así es siempre la auténtica pedagogía: el padre o el educador han de retirarse en un determinado momento y dejar sólo su inspiración para no ahogar la creatividad, sino permitir el crecimiento responsable y adulto.
Siempre es tentador vivir de manera infantil la religión, sin mediación alguna de la propia conciencia, buscando en la letra del evangelio soluciones "prefabricadas" para nuestros tiempos o pretendiendo que la autoridad religiosa nos dicte sin ambigüedad y con precisión absoluta la doctrina que hemos de creer y las normas morales que hemos de cumplir.
Este fideísmo infantil o fundamentalismo religioso en el que la persona no ejercita su propia libertad, engendra, tarde o temprano, ateísmo pues llega un momento en el que el hombre, para ser responsable y adulto, siente la necesidad de eliminar al Dios de esa religión.
La Ascensión nos recuerda que vivimos "el tiempo del Espíritu", tiempo de creatividad y crecimiento responsable, ya que el Espíritu no nos da nunca recetas concretas para los problemas. Sin embargo, cuando lo acogemos, nos hace capaces de ir buscando caminos nuevos al evangelio de Cristo.
Este evangelio no se impone desde la autoridad o la presión, sino haciéndolo pasar por las conciencias y el corazón antes que por las leyes y las instituciones. La Ascensión nos invita a vivir bajo "la pedagogía del Espíritu", el único que nos hace fieles al evangelio de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
12 ó 15 de mayo de 1988

EL PORVENIR DEL MUNDO

Ascendió al cielo.

Acabo de leer una obra apasionante. Su editor la presenta como una recopilación de “escritos místicos de los físicos más famosos del mundo”.
He de confesar que he quedado sorprendido por la profunda humildad de estos eminentes científicos, padres de la física moderna, ante el misterio último del mundo.
Todos ellos suscribirían las palabras de Max Planck, fundador de la física cuántica: “La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la naturaleza y ello se debe, en último término, a que nosotros mismos formamos parte de la naturaleza y por tanto, del misterio que estamos intentando resolver”.
Pero me ha sorprendido todavía más el comprobar que científicos como Heisenberg, Schrödinger, Einstein, Planck, Pauli, Eddington, de maneras diferentes y sin atenerse a unos esquemas religiosos concretos, han llegado sin embargo a una concepción trascendente del mundo que sobrepasa los límites de la física.
Los protagonistas más preclaros de la física moderna confiesan una y otra vez que el hombre no puede conocer ni dominar con la ciencia el origen, el sentido ni el destino último de su existencia.
Hemos de abrirnos a otras luces. Heisenberg nos dice que, si no queremos movernos sólo en la superficie, no hemos de eliminar de la existencia «esas profundidades en que habita la verdad”.
Einstein, por su parte, está convencido de que, ante el misterio último del cosmos, hemos de adoptar una actitud de “humildad mental” que, a su modo de ver, «es una actitud religiosa en el más alto sentido de la palabra”.
Sería una ingenuidad que el creyente cristiano se colocara en una postura de secreta arrogancia y superioridad sobre los demás hombres. También él es un ser pequeño y frágil que busca a tientas abrirse a la verdadera luz.
Tal vez la fiesta de la Ascensión que hoy celebramos nos podría enseñar a caminar por la existencia con más “sabiduría”.
K. Rahner la llamaba “la fiesta del porvenir del mundo” porque nos anuncia el futuro que le espera a la creación, el destino último hacia el que se encamina la vida.
Pero la denominaba también “la fiesta de la fe en cuanto tal” pu nos invita a vivir del futuro, creyendo desde ahora en esa vida que nos queda escondida hasta el final en Cristo resucitado.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
16 ó 19 de mayo de 1985

RECUPERAR EL HORIZONTE

Ascendió al cielo...

Según el magnífico estudio «La esperanza olvidada» del pensador francés J. Ellul, uno de los rasgos que mejor caracterizan al hombre moderno es la pérdida de horizonte.
El hombre actual parece vivir en «un mundo cerrado», sin proyección ni futuro, sin apertura ni horizonte.
Nunca los seres humanos habíamos logrado un nivel tan elevado de bienestar, libertad, cultura, larga vida, tiempo libre, comunicaciones, intercambios, posibilidades de disfrute y diversión. Y, sin embargo, son pocos los que piensan que nos estamos acercando «al paraíso en la tierra».
Han pasado los tiempos en que grandes sectores de la humanidad vivían ilusionados en construir un futuro mejor. Los hombres parecen cansados. No encuentran motivos para luchar por una sociedad mejor y se defienden como pueden del desencanto y la desesperanza.
Son cada vez menos los que creen realmente en las promesas y soluciones de los partidos políticos. Un sentimiento de impotencia y desengaño parece atravesar el alma de las sociedades occidentales.
Las nuevas generaciones están aprendiendo a vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizarse sólo el presente. Y cada vez son más los que viven sin un mañana.
Hay que vivir el momento presente intensamente. No hay mañana. Unos corren al trabajo y se precipitan en una actividad intensa y deshumanizadora. Otros se refugian en la compra y adquisición de cosas siempre nuevas. Muchos se distraen con sus programas preferidos de TV... Pero son pocos los que, al salir de ese cerco, aciertan a abrir un futuro de esperanza a sus vidas.
Y, sin embargo, el hombre no puede vivir sin esperanza. Como decía Clemente de Alejandría, «somos viajeros» que siguen buscando algo que todavía no poseemos. Nuestra vida es siempre «expectación». Y cuando la esperanza se apaga en nosotros, nos detenemos, ya no crecemos, nos anulamos, nos destruimos. Sin esperanza dejamos de ser hombres.
Sólo quien tiene fe en un futuro mejor puede vivir intensamente el presente. Sólo quien conoce el destino camina con firmeza a pesar de todos los obstáculos. Quizás éste sea el mensaje más importante de la fiesta de la Ascensión para una sociedad como la nuestra.
Para quien no espera nada al final, los logros, los gozos, los éxitos de la vida son tristes porque se acaban. Para quien cree que esta vida está secretamente abierta a la VIDA DEFINITIVA, los logros, los trabajos los sufrimientos y gozos son anhelo, anuncio, búsqueda de la Felicidad final.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
20 ó 23 de mayo de 1982

MIRANDO AL CIELO

Ascendió al cielo.

Un viejo relato de la Ascensión recogido en los Hechos de los Apóstoles termina con un episodio muy significativo. Los discípulos quedan con la mirada fija en el cielo donde ha desaparecido el Señor. Entonces se presentan dos varones vestidos de blanco que les dicen: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?».
Probablemente, el relato trata de corregir la actitud equivocada de algunos creyentes. No es el momento de permanecer pasivos mirando al cielo, sino de comprometerse activamente n la construcción del reino de Dios, con la esperanza puesta en el Señor que un día volverá.
A los cristianos se nos ha acusado muchas veces, y con razón, de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente.
Hoy quizás las cosas han cambiado. No sabría decir si acertamos a comprometernos más responsablemente en la construcción de un mundo más humano. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que han dejado de mirar al cielo.
Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y politica. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.
Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: «Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?».
Los hombres hemos acortado demasiado el horizonte de nuestra vida. Nos contentamos con esperanzas demasiado pequeñas. Se diría que hemos perdido el anhelo de lo infinito.
No se trata de elevar nuestra mirada hacia un cielo salido de las manos del Creador como un acto de «magia divina», sino de descubrir que Dios es Alguien que está llevando a su plenitud todo el deseo de vida y felicidad que se encierra en la creación y en la historia de los hombres.
Creer en el cielo es recordar que los hombres no podemos dar- nos todo lo que andamos buscando. Y, al mismo tiempo, creer que nuestros esfuerzos de crecimiento y búsqueda de una tierra más humana no se perderán en el vacío. Porque al final de la vida no nos encontraremos sólo con los logros de nuestro trabajo sino con el regalo del amor de Dios.

José Antonio Pagola