lunes, 2 de mayo de 2016

08/05/2016 - 7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

------------------------------------------------------------------------------------------------------------

7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)


EVANGELIO

Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo.

+ Conclusión del santo evangelio según san Lucas 24,46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto."
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
8 de mayo de 2016

CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD

Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?
Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?
Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a los pequeños.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.
La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra cultura.
Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos "el tiempo del Espíritu", tiempo de creatividad y de crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de Jesús "recetas eternas". Nos da luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de Jesús.  

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
12 de mayo de 2013

LA BENDICIÓN DE JESÚS

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.
Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?
Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra “testigos”. Esto es lo primero: “vosotros sois testigos de estas cosas”. Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.
Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido”. No les va a faltar la “fuerza de lo alto”. El Espíritu de Dios los defenderá.
Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.
A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un “infierno maldito” no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.
También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.
En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una “pastoral de la bondad”. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
13 de mayo de 2010

CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
17 de mayo de 2007

EL ÚLTIMO GESTO

Levantando las manos, los bendijo.

Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tenía poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Sólo tenía su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.
Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. Abraza a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. Toca a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. Acoge amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.
No son gestos convencionales. Le salen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el vaso de agua que damos a quien tiene sed.
A Jesús le gusta sobre todo bendecir. Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.
No es extraño que, al narrar la despedida de Jesús, Lucas la describa levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.
Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente maldecir, condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan bendecir, buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.
Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el profeta que bendecía a las gentes con sus gestos y palabras de bondad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
20 de mayo de 2004

EL ARTE DE BENDECIR

Mientras los bendecía se separó de ellos.

Según el sugestivo relato de Lucas, Jesús vuelve a su Padre «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús deja tras de sí su bendición. Los discípulos responden al gesto de Jesús marchando al templo llenos de alegría. Y estaban allí «bendiciendo» a Dios.
La bendición es una práctica enraizada en casi todas las culturas como el deseo máximo que podemos despertar en nosotros. El judaísmo, el islam y el cristianismo le han dado siempre una gran importancia. Y, aunque en nuestros días ha quedado reducida a un ritual casi en desuso, no son pocos los que subrayan su hondo contenido y la necesidad de recuperarla.
Bendecir es, antes que nada, desear el bien a las personas que vamos encontrando en nuestro camino. Querer el bien de manera incondicional y sin reservas. Querer la salud, el bienestar, la alegría.., todo lo que puede ayudarles a vivir con dignidad. Cuanto más deseamos y afirmamos el bien para todos, más posible es su manifestación.
Bendecir es aprender a vivir desde una actitud básica de amor a la vida y a las personas. El que bendice elimina de su corazón otras actitudes poco sanas como la agresividad, el miedo, la hostilidad o la indiferencia. No es posible bendecir y, al mismo tiempo, vivir condenando, rechazando, odiando.
Bendecir es desearle a alguien el bien desde lo más hondo de nuestro ser, aunque nunca somos nosotros la fuente de la bendición, sino sus testigos y portadores. El que bendice no hace sino evocar, desear y pedir la presencia bondadosa del Creador, fuente de todo bien. Por eso, sólo se puede bendecir en actitud gozosa y agradecida a Dios.
La bendición hace bien al que la recibe y al que la practica. Quien bendice a otros se bendice a sí mismo. La bendición queda resonando en su interior como una plegaria silenciosa que va transformando su corazón, haciéndolo más bueno y noble. Nadie puede sentirse bien consigo mismo mientras siga maldiciendo a alguien en el fondo de su ser.
La fiesta de la Ascensión es una invitación a ser portadores y testigos de la bendición de Cristo a la humanidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
24 de mayo de 2001

ENTREGAR LA VIDA

Se separó de ellos.

Hay muchas formas de vivir y también de morir. La muerte parece igual para todos pero no es así. Cada persona la vive a su manera. Cada uno se adentra en su misterio desde una actitud propia y personal. No es lo mismo morir entregando confiadamente la vida que morir rebelándose ante lo inevitable.
Para quien se agarra a esta vida como un bien definitivo, la muerte es la máxima desgracia, el enemigo supremo que nos ataca desde fuera y nos arrebata lo más precioso que tenemos: ese aliento misterioso que nos hace existir. Pero, ¿es posible acercarse a la muerte desde otra actitud?
Para un creyente, la vida es un regalo. El gran regalo que recibimos gratuitamente del Creador. No es una posesión. No es algo que hemos fabricado nosotros. Yo no hago nada para que la sangre corra por mis venas. No trabajo para hacer latir a mi corazón. Vivo sostenido misteriosamente por Dios.
Quien vive desde esa actitud, sin sentirse dueño y señor exclusivo de su existencia, puede morir entregando confiadamente su vida al Creador. No es fácil. La muerte no pierde nunca su trágica seriedad. Pero morir se convierte en un acto de fe, el acto de fe más grande que podemos hacer los humanos: poner nuestra existencia definitiva en manos de Aquel que es la fuente misteriosa de nuestro ser.
No es lo mismo morir «que entregar la vida». Para quien entrega la vida, la muerte no es algo que le sobreviene fatalmente desde fuera, sino el abandono confiado en Dios. Este «entregar la vida» no es necesariamente un acto puntual que se ha de hacer en el momento final. Es una orientación de toda la vida. La entrega final se prepara de muchas maneras y no es sino la culminación de todo un estilo de vivir.
La muerte se anticipa en muchas pequeñas muertes. La entrega se anticipa en muchas pequeñas entregas. Es la renuncia al afán de preservar la vida en este mundo la que nos conduce a disfrutar para siempre de la vida eterna. A Jesús nadie le arrebató la vida, la entregó él confiadamente al Padre. Por eso, Dios lo resucitó. Éste es el núcleo de la fiesta cristiana de la Ascensión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
21 de mayo de 1998

NOS VOLVEREMOS A ENCONTRAR

Se separó de ellos subiendo al cielo.

Pocas experiencias más duras que la despedida a la persona querida que la muerte nos arranca para siempre. Ya no podremos abrazarla, mirarla a los ojos, escuchar sus confidencias, hablar con ella como en otros tiempos. Su habitación ha quedado vacía. Ya no está. Nadie podrá llenar su ausencia.
En medio de la pena inmensa, comienzan a surgir las preguntas: ¿Por qué ha tenido que ser así?, ¿cómo puede Dios permitirlo?, ¿por qué nos ha dejado solos?, ¿por qué ahora que tanto la necesitábamos? Así sienten esposos, amigos o cuantos pierden a un ser querido.
La muerte no ha logrado, sin embargo, arrancar a esa persona de nuestro corazón. La seguimos queriendo. Podemos recordarla, reavivar lo que hemos compartido y vivido juntos, lo que nos ha querido comunicar a lo largo de los años. Tal vez no la hemos comprendido del todo; sin duda, la podíamos haber querido más. No es el momento de culpabilizamos. Ahora nos queda el amor con que esa persona nos ha acompañado durante su vida.
Tenemos mucho que agradecer. Esa persona, con todas sus limitaciones y deficiencias, ha sido un regalo. Hemos disfrutado de su presencia. Nuestra vida ha sido más dichosa gracias a su compañía y amistad. Su partida no podrá nunca destruir lo vivido. La muerte la ha separado de nosotros, pero la ha conducido hasta el misterio insondable de Dios. Allí nos espera.
Al despedirse de sus discípulos, Jesús les habla así: «Me voy a prepararos un lugar Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar volveré y os tomaré conmigo para que donde esté yo, estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3). Todos tenemos ya un lugar preparado por Cristo para cada uno de nosotros en el corazón de Dios. Pero lo que creemos de Jesús lo podemos también esperar de las personas queridas que nos han precedido en la muerte.
Cuando se nos muere un ser querido se lleva consigo hacia Dios lo bueno que ha compartido con nosotros: el amor, la amistad, las experiencias gozosas de la vida. De esta manera, esa persona introduce algo nuestro en el misterio de Dios. Cuando un día abandonemos esta vida, no partiremos hacia lo desconocido, sino hacia un hogar en el que nos espera ese Jesús al que hemos querido tanto en esta vida y esas personas amigas a las que no hemos querido mucho menos. Allí nos volveremos a encontrar y nos sentiremos para siempre en nuestra verdadera casa. Es bueno recordarlo y celebrarlo en esta fiesta de la Ascensión del Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
25 de mayo de 1995

EN EL ATARDECER DE LA VIDA

Mientras los bendecía, se separó de ellos.

Nadie puede escapar al envejecimiento, pero no todas las personas envejecen de la misma manera. Hay muchas formas de vivir la última etapa de la vida. Casi siempre se envejece como se vive: de forma crispada o paciente, en actitud pesimista o esperanzada, con espíritu triste o confiado.
Lo lamentable es que la sociedad sólo prepara para la primera parte de la vida. Se nos enseña a trabajar y competir, a luchar y salir adelante, pero no a vivir con acierto esta fase en que culmina nuestra vida. La mayoría de las personas van llegando a su vejez sin guía ni preparación alguna.
Por lo general, la vejez provoca temor. No es sólo el deterioro físico y psíquico lo que da miedo. La verdadera crisis hay que detectarla a niveles más profundos. Desaparece poco a poco el vigor y la seguridad, y comienza otra etapa mucho más desvalida e incierta. La persona no puede apoyarse en sus fuerzas como en otros tiempos. Ha de depender de otros. Pero, además, el anciano comienza a presentir su muerte de forma más consciente y personal.’ Es en su propia carne donde experimenta que la vida se termina. Ya no hay tiempo para hacer grandes proyectos. Ahora llega el final.
Por eso, no basta aprender a vivir con las limitaciones propias de la vejez ni es suficiente encontrar remedios para hacerla más o menos soportable, e incluso agradable. Llega la hora de la verdad. El momento de hacer un balance sereno de la vida y «despedirse» de este mundo con paz.
La vejez no es fácil, pero puede ser la gran oportunidad de culminar la vida positivamente. El verdadero creyente la vive como «tiempo de gracia». También en esa vejez está Dios como Amigo y Salvador. Es la gran oportunidad de terminar la vida apoyando nuestro ser débil y cansado en Él. Al final, sólo Dios puede consolar y salvar.
Quizás sea éste el paso decisivo que el anciano creyente ha de dar en lo secreto de su corazón: «Mi vida termina. Sólo en Dios puedo poner mi confianza. Él ha de ser ahora más que nunca mi Salvador.» Es el momento de rezar esos salmos que ningún creyente debiera ignorar: «No te acuerdes de los pecados y delitos de mi juventud» (Salmo 25); «Yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa» (Salmo 5); «Al despertar, me saciaré de tu semblante» (Salmo 17).
L. Alonso Schókel en su libro Esperanza. Meditaciones bíblicas para la Tercera Edad (Sal Terrae, 1992), dice que, «como hay una llamada para vivir, hay una llamada para morir. También morir puede ser una vocación. » Llega un momento en que todos hemos de escuchar esa llamada final: «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Hoy, fiesta de la Ascensión de Jesús a la vida del Padre, puede ser bueno recordarlo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
28 de mayo de 1992

¿DONDE ESTA LO QUE BUSCAMOS?

Los bendijo.

Todos buscamos ser felices, pero ninguno de nosotros sabe dar una respuesta clara cuando se le pregunta por la felicidad. ¿Qué es la felicidad? ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo alcanzarla?
Más aún. Todos los hombres y mujeres andan tras ella, pero, ¿se puede lograr la verdadera felicidad? ¿No es buscar lo imposible? De hecho, las gentes parecen bastante pesimistas ante la posibilidad de alcanzarla. Los científicos no hablan de felicidad. Tampoco los políticos se atreven a prometerla ni a incluirla en sus programas.
Y, sin embargo, el hombre no renuncia a la felicidad, la necesita, la sigue buscando. Fernando Savater piensa que la felicidad «es imposible pero imprescindible». Julián Marías la define como «lo imposible necesario». Esta es la paradoja: no podemos ser plenamente felices y, sin embargo, necesitamos serlo.
Hay en nosotros un anhelo profundo de felicidad que nada ni nadie parece poder saciar plenamente. La felicidad es siempre «lo que nos falta», lo que todavía no poseemos. Para ser feliz, no basta lograr lo que andábamos buscando. Cuando, por fin, hemos conseguido aquello que tanto queríamos, pronto descubrimos que estamos de nuevo en el punto de partida, buscando otra vez felicidad.
Esta insatisfacción última del hombre no se debe a fracasos o decepciones concretas. Es algo más profundo. Está en el interior mismo del ser humano, y nos obliga a hacernos preguntas que no tienen fácil respuesta. Si la felicidad parece siempre «lo que nos falta», ¿qué es lo que realmente nos falta? ¿Qué necesitamos para ser felices? ¿Qué es lo que, desde el fondo de su ser, está pidiendo la humanidad entera?
En su ensayo «Felicidad y salvación», el teólogo Gisbert Greshake ha planteado así la alternativa ante la que se encuentra el ser humano. O bien la felicidad plena es pura ilusión y el hombre, empeñado en ser plenamente feliz, es algo absurdo y sin sentido, O bien, la felicidad es regalo, plenitud de vida que sólo le puede llegar al hombre como gracia desde aquel que es la fuente de la vida.
Ante esta alternativa, el cristiano adopta una postura de esperanza. Es cierto que, cuando anhelamos la felicidad plena, estamos buscando algo que no podemos darnos a nosotros mismos; pero hay una felicidad última que tiene su origen en Dios y que los hombres podemos acoger y disfrutar eternamente.
Lo decisivo es abrirse al misterio de la vida con confianza. Escuchar hasta el final ese anhelo de felicidad eterna que se encierra en el ser humano. Esperar la salvación como gracia que se nos ofrece con amor. La fiesta cristiana de la Ascensión es una invitación a no menospreciar la esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
4 de mayo de 1989

SABOREAR DESDE AHORA

Subiendo al cielo.

Tengo la impresión de que casi todo lo que el cristianismo dice acerca del cielo y de la felicidad final en la “otra vida”, resulta para muchos contemporáneos, creyentes o no, algo demasiado lejano y abstracto, un lenguaje extraño que apenas tiene relevancia alguna para la vida de cada día.
En el fondo, creemos en “el futuro” con cierta convicción cuando podemos experimentar que ese futuro se inicia ya desde ahora y comienza a despuntar, de alguna manera, en el momento presente.
En concreto, las gentes creen más fácilmente en el cielo si realmente pueden experimentar, aunque sea de manera fragmentaria que “el cielo comienza en la tierra”.
Los cristianos hemos despreciado demasiado los gozos de la tierra, los placeres de la vida y la belleza del mundo sin descubrir dentro de esa vida frágil y caduca el germen de lo que será el cielo.
Pero el cielo no es simplemente un lugar hacia el que vamos después de morir, sino el disfrute pleno del amor y de la vida que se está gestando ya en el interior de nuestro mundo y en el de cada persona.
No hemos de contraponer el cielo a este mundo de una manera total y absoluta, pues el cielo es precisamente la plenitud de este mundo, la realización plena en Dios, de todas las posibilidades de paz, reconciliación, libertad y felicidad que encierra esta vida.
Cuando amamos a una persona, amamos algo más que una persona; estamos amando la vida y la felicidad para la que hemos nacido esa persona amada y yo mismo. Cuando hacemos justicia a un oprimido, hacemos algo más que un gesto de equidad; estamos haciendo crecer desde ahora el mundo reconciliado que estamos llamados a disfrutar todos.
Por eso ha podido escribir L. Boff con toda verdad: “Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, de la felicidad, de la amistad, de la paz y del amor, ya estamos viviendo, de forma precaria pero real, la realidad del cielo”.
En esta fiesta de la Ascensión, deberíamos recordar que lo que se opone a la esperanza cristiana no es solamente la incredulidad y el ateísmo, sino también la tristeza y la amargura.
En la vida hay momentos de paz y transparencia, experiencias de amistad y reconciliación, de libertad y amor que pueden ser fugaces y precarias. Pero, cuando acontecen, hemos de aprender a saborear ya en el interior de esta misma vida, la fiesta del cielo, aunque sea de manera frágil y fragmentaria.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
8 de mayo de 1986

UN LUGAR EN DIOS

… subiendo hacia el cielo...

¿Qué sentido puede tener la «ascensión» de Jesús al cielo en una época en que ningún hombre lúcido se imagina ya a Dios como un ser que vive en un lugar celeste, por encima de las nubes?
Pero, sobre todo, ¿qué puede significar para nosotros un salvador que ha desaparecido lejos de nosotros, cuando lo que importa de verdad es la solución de los problemas de nuestro mundo cada vez más graves y amenazadores?
Y, sin embargo, en este tiempo en que la progresiva explotación del mundo no parece ofrecernos toda la felicidad deseada y cuando se perfila incluso la posibilidad de un final catastrófico de la historia y no su consumación feliz, necesitamos escuchar más que nunca el mensaje que se encierra en la ascensión del Señor.
Creer en la ascensión de Jesús es creer que la humanidad de Cristo de la que todos participamos, ha entrado en la vida íntima de Dios de un modo nuevo y definitivo.
Jesús se ha ocultado en Dios pero no para ausentarse de nosotros sino para vivir desde ese Dios una cercanía nueva e insuperable, e impulsar la vida de los hombres hacia su destino último.
Esto significa que el hombre ha encontrado en Dios un lugar para siempre. «El cielo no es un lugar que está por encima de las estrellas, es algo mucho más importante: es el lugar que el hombre tiene junto a Dios» (J. Ratzinger).
Jesús mismo es eso que nosotros llamamos cielo, pues el cielo, en realidad, no es ningún lugar sino una persona, la persona de Jesucristo en quien Dios y la humanidad se encuentran inseparablemente unidos para siempre.
Esto quiere decir que nos dirigimos al cielo, entramos en el cielo, en la medida en que dirigimos nuestra vida hacia Jesús y vamos adentrándonos en él.
Dios tiene para los hombres un espacio de felicidad definitiva que Cristo nos ha abierto para siempre. Una patria última de reconciliación y paz para la humanidad.
Esto que será escuchado por muchos con sonrisa escéptica es, para el creyente, la realidad que sustenta al mundo y da sentido a la apasionante historia de la humanidad.
Y cuando se desvanece esta esperanza última, el mundo no se enriquece sino que se vacía de sentido y queda privado de su verdadero horizonte.
Los creyentes somos seres extraños en un mundo racionalizado, cerrado sólo a sus propias posibilidades, optimista unas veces y triste y desesperanzado otras, según los ciclos tan cambiantes de los éxitos y fracasos de la humanidad.
Pero somos seres gozosamente extraños que llevamos en nosotros una fe que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
12 de mayo de 1983

EL CIELO COMIENZA EN LA TIERRA

Mientras los bendecía...
subió hacia el cielo.

Cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad humana, vive estos días sobrecogido por la violencia que sigue creciendo entre nosotros y la sangre que va empapando hasta los últimos rincones de nuestra tierra.
Un sentimiento de dolor, desaliento e impotencia se apodera de nosotros y nos encoge el corazón. ¿No es posible una sociedad fraterna? ¿No es el hombre capaz de ser más humano? ¿No podremos lograr nunca la felicidad y la paz que anhelamos desde lo ms hondo de nuestro ser?
En estas circunstancias, hablar del cielo en esta mañana de Ascensión, puede parecer a muchos no sólo escapismo y evasión cobarde de los problemas que nos envuelven, sino hasta un insulto insoportable y una broma mordaz. No es el cielo lo que nos importa sino la tierra, nuestra tierra.
Probablemente, bastantes suscribirían de alguna manera, aquellas palabras apasionadas de Nietzsche: «Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis en ios que os hablan de experiencias supraterrenas. Consciente o inconscientemente, son unos envenenadores... La tierra está cansada de ellos; que se vayan de una vez!».
Pero, ¿qué es ser fiel a esta tierra que dama por una plenitud y reconciliación total? ¿Qué es ser fiel a este pueblo crucificado que no puede lograr esa liberación y esa paz que tan ardientemente busca? ¿Qué es ser fiel al hombre y a toda la sed de felicidad que se encierra en su ser?
Los creyentes hemos sido acusados de haber puesto nuestros ojos en el cielo y habernos olvidado de la tierra. Y, sin duda, es cierto que una esperanza muy mal entendida ha conducido a bastantes cristianos a abandonar la construcción de la tierra e, incluso, a sospechar de casi toda felicidad o logro terrestre disfrutado por los hombres.
Y, sin embargo, la esperanza cristiana consiste precisamente en buscar y esperar la plenitud y realización total de esta tierra. Creer en el cielo es querer ser fiel a esta tierra hasta el final, sin defrau4ar ni desesperar de ningún anhelo o aspiración verdaderamente humanos.
No es esperanza cristiana la postura que conduce a desentendernos de los problemas del presente y despreocupamos de los sufrimientos de esta tierra. Precisamente, porque cree y espera un mundo nuevo y definitivo, el creyente no puede tolerar ni conformarse con este mundo nuestro lleno de odios, lágrimas, sangre, injusticia,
mentira y violencia.
Quien no hace nada por cambiar este mundo, no cree en otro mejor. Quien no hace nada por desterrar la violencia, no cree en una sociedad fraterna. Quien no lucha contra la injusticia, no cree en un mundo. más justo. Quien no trabaja por liberar al hombre del sufrimiento, no cree en un mundo nuevo y feliz. Quien no hace nada por cambiar y transformar nuestra tierra, no cree en el cielo.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 25 de abril de 2016

01/05/2016 - 6º domingo de Pascua (C)

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

------------------------------------------------------------------------------------------------------------

6º domingo de Pascua (C)


EVANGELIO

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
1 de mayo de 2016

LA PAZ EN LA IGLESIA

La paz os dejo; mi paz os doy.

En el evangelio de Juan podemos leer un conjunto de discursos en los que Jesús se va despidiendo de sus discípulos. Los comentaristas lo llaman "El Discurso de despedida". En él se respira una atmósfera muy especial: los discípulos tienen miedo a quedarse sin su Maestro; Jesús, por su parte, les insiste en que, a pesar de su partida, nunca sentirán su ausencia.
Hasta cinco veces les repite que podrán contar con «el Espíritu Santo». Él los defenderá, pues los mantendrá fieles a su mensaje y a su proyecto. Por eso lo llama «Espíritu de la verdad». En un momento determinado, Jesús les explica mejor cuál será su quehacer: «El Defensor, el Espíritu Santo... será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Este Espíritu será la memoria viva de Jesús.
El horizonte que ofrece a sus discípulos es grandioso. De Jesús nacerá un gran movimiento espiritual de discípulos y discípulas que le seguirán defendidos por el Espíritu Santo. Se mantendrán en su verdad, pues ese Espíritu les irá enseñando todo lo que Jesús les ha ido comunicando por los caminos de Galilea. Él los defenderá en el futuro de la turbación y de la cobardía.
Jesús desea que capten bien lo que significará para ellos el Espíritu de la verdad y Defensor de su comunidad: «Os estoy dejando la paz; os estoy dando la paz». No sólo les desea la paz. Les regala su paz. Si viven guiados por el Espíritu, recordando y guardando sus palabras, conocerán la paz.
No es una paz cualquiera. Es su paz. Por eso les dice: «No os la doy yo como la da el mundo». La paz de Jesús no se construye con estrategias inspiradas en la mentira o en la injusticia, sino actuando con el Espíritu de la verdad. Han de reafirmarse en él: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde».
En estos tiempos difíciles de desprestigio y turbación que estamos sufriendo en la Iglesia, sería un grave error pretender ahora defender nuestra credibilidad y autoridad moral actuando sin el Espíritu de la verdad prometido por Jesús. El miedo seguirá penetrando en el cristianismo si buscamos asentar nuestra seguridad y nuestra paz alejándonos del camino trazado por él.
Cuando en la Iglesia se pierde la paz, no es posible recuperarla de cualquier manera ni sirve cualquier estrategia. Con el corazón lleno de resentimiento y ceguera no es posible introducir la paz de Jesús. Es necesario convertirnos humildemente a su verdad, movilizar todas nuestras fuerzas para desandar caminos equivocados, y dejarnos guiar por el Espíritu que animó la vida entera de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
5 de mayo de 2013

ULTIMOS DESEOS DE JESÚS

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.
Que no se pierda mi Mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese “reino de Dios” del que les ha hablado tanto. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: “el que me ama, guardará mi palabra...el que no me ama, no la guardará”.
Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?
El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Jesús no quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá de riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección.
El Espíritu les “enseñará” a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les “recordará” lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.
Después de veinte siglos, ¿qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?
Os doy mi paz. Jesús quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.
Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.
Después de veinte siglos, ¿por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El Papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio. No podemos quedarnos pasivos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
9 de mayo de 2010

LA PAZ EN LA IGLESIA

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
13 de mayo de 2007

CUALQUIERA NO PUEDE SEMBRAR PAZ

Os dejo la paz, os doy mi paz.

Siguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la paz. No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones.
Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre en sus seguidores. Así dice Jesús: Os dejo la paz, os doy mi paz.
Sin duda, recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: En la casa en que entréis, decid primero: paz a esta casa. Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover res peto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.
¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera, tan elemental y sencilla, que nadie la toma en serio: sólo los hombres y mujeres que poseen paz, pueden ponerla en la sociedad.
Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.
No es dificil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo. Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta.
¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y silos seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
16 de mayo de 2004

VEN ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre.

«El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Esta es la promesa de Jesús. Del Espíritu no habría que hablar mucho. Es mejor desearlo, esperarlo en oración anhelante, invocarlo y dejamos penetrar, reanimar y conducir por Él.
Ven Espíritu Santo. Sin Ti, nuestra lucha por la vida termina sembrando muerte, nuestros esfuerzos por encontrar felicidad acaban en egoísmo amargo e insatisfecho.
Ven Espíritu Santo. Sin Ti, nuestro «progreso» no nos conduce hacia una vida más digna, noble y gozosa. Sin Ti, no habrá nunca un «pueblo unido» sino un pueblo constantemente vencido por divisiones, rupturas y enfrentamientos. Sin Ti, seguiremos dividiendo y separándolo todo: Norte y Sur, bloque occidental y oriental, primer mundo y tercer mundo, izquierdas y derechas, creyentes y ateos, hombres y mujeres. Recuérdanos que todos venimos de las entrañas de un mismo Padre y todos estamos llamados a la comunión gozosa y feliz en Él.
Renueva nuestro amor al mundo y a las cosas. Enséñanos a cuidar esta tierra que nos has regalado como casa común entrañable donde pueda crecer la familia humana. Sin Ti, nos la seguiremos disputando agresivamente, buscaremos cada uno nuestra «propiedad privada» y la iremos haciendo cada vez más inhóspita e inhabitable.
Ven Espíritu Santo. Enséñanos a entendemos aunque hablemos lenguajes diferentes. Si tu ley interior de Amor no nos habita, seguiremos la escalada de la violencia absurda y sin salida.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a orar. Sin tu calor y tu fuerza, nuestra liturgia se convierte en rutina, nuestro culto en rito legalista, nuestra plegaria en palabrería. Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer. Sin tu aliento, nuestra fe se convierte en ideología de derechas o de izquierdas, nuestra religión en triste «seguro de vida eterna». Recuérdanos todo lo que nos ha dicho Jesús. Condúcenos al evangelio. Ven a mantener dentro de la Iglesia el esfuerzo de conversión. Sin tu impulso, toda renovación termina en anarquía, involución, cansancio o desilusión.
Ven a alegrar nuestro mundo tan sombrío. Ayúdanos a imaginarlo mejor y más humano. Ábrenos a un futuro más fraterno, limpio y solidario. Entra hasta el fondo de nuestras almas. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando Tú no envías tu aliento.
Ven Señor y dador de vida. Pon en los hombres gozo, fuerza y consuelo, en sus grandes y pequeñas decisiones, en sus miedos, luchas, esperanzas y temores.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer en Ti como ternura y cercanía personal de Dios, como fuerza y como gracia que puede conquistar nuestro interior y dar vida a nuestra vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
20 de mayo de 2001

PAZ

La paz os dejo, mi paz os doy.

Todos hablan de paz pero no es fácil decir en qué consiste. Todos dicen desearla y buscarla pero no se sabe bien cómo alcanzarla. Intuimos que es un bien precioso, no sólo para la vida personal de cada uno, sino para la convivencia de la Humanidad entera. Debería ser lo primero para asegurar una vida digna y dichosa para todos. Pero casi siempre es lo primero que estropeamos.
¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué fracasa una y otra vez el diálogo? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? ¿Por qué se ponen tantos obstáculos a la concordia? Hay una primera respuesta tan elemental y sencilla que nadie la toma en serio: sólo los hombres que poseen paz pueden ponerla en la sociedad.
Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a algunos sectores; desde actitudes de prepotencia, hostilidad y agresión se puede hacer política y propaganda electoral, pero no se puede aportar verdadera paz a la convivencia de las gentes.
Las fuentes cristianas hablan de la paz de una manera original y desconcertante. Hay una paz que no proviene de los planteamientos y estrategias que ponemos en marcha los humanos. Esta paz, antes que nada, es un regalo que hay que acoger y sólo después contagiar y comunicar. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27).
Nos falta paz porque nos faltan hombres y mujeres de paz. Personas que poseen la paz en su corazón, la llevan consigo, la comunican y la difunden. Estos construyen paz porque ayudan a acercar posturas y crean un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.
No es difícil señalar algunos rasgos del «hombre de paz». Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta. Sencillamente ama a todo ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
17 de mayo de 1998

ACTITUDES PARA LA PAZ

La paz os dejo, mi paz os doy.

La paz no va a nacer espontáneamente de la violencia. No llegará sólo del cansancio de ETA, y menos de sus sangrientas escaladas terroristas. La paz requiere un clima social propicio que hemos de crear entre todos. He aquí algunas actitudes que despiertan en mí las palabras de Jesús: «La paz os dejo, mi paz os doy.»
Condenar no sólo interiormente, sino también de manera pública, los crímenes y asesinatos de ETA. A alguno se le puede hacer más difícil por lazos afectivos y familiares o por identificarse con sus objetivos. Pero la conciencia es antes que todo. Es necesario que todos defendamos de manera unánime la vida y los derechos fundamentales de la persona.
Hacer ver con claridad a ETA cuál es la verdadera voluntad de este pueblo. ETA se equivoca cuando escucha los gritos de algunos que le piden intervenir. El clamor de los vascos es unánime: ETA no debe actuar por más tiempo contra la voluntad mayoritaria de su propio pueblo.
Buscar la paz como el primer objetivo para el bien común en estos momentos. La paz es más importante que los intereses de cada uno de los partidos. No es justo impedirla, dificultarla o retrasarla. La paz ha de ser logro de todos y para todos.
Aprender a resolver nuestros problemas por vías dignas del ser humano. No estamos hechos para vivir permanentemente en la violencia y en el odio. Antes que cualquier otra cosa, somos personas y estamos llamados a entendernos buscando lo mejor para todos.
Apoyar y defender todo lo que puede conducir a un acercamiento de posturas y una búsqueda de entendimiento por caminos que no sean el enfrentamiento destructor. Todos somos necesarios en el País Vasco para construir el futuro. También los que alguna vez hayan podido defender la violencia.
Educar la pasionalidad política. Unos renunciando a extremismos y maximalismos que no pueden conducir con realismo al bien del pueblo. Otros luchando contra las reacciones viscerales que puede provocar en nosotros la cruel y persistente actuación de ETA a lo largo de estos años.
Actuar con lucidez, sin dejarnos arrastrar por consignas, «esloganes» o campañas que puedan generar odio o venganza. Buscar la paz y exigirla de manera firme, pero pacífica. Una paz que sea verdadera y sea paz para todos.
Buscar la verdad. No deformarla por intereses partidistas ni sacrificarla a ninguna estrategia. La mentira impide el entendimiento y la comunicación. La ceguera engendra violencia. Hacia la paz se avanza por caminos de la objetividad y del esclarecimiento de las razones enfrentadas.
Disponemos para el perdón sincero y noble, rechazando sentimientos de venganza. La pacificación exige introducir en la convivencia social la capacidad de perdonar. El perdón libera de la violencia del pasado, nos ennoblece a todos y genera en la sociedad nuevas energías para construir el futuro.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
21 de mayo de 1995

NO DA LO MISMO

Guardará mi palabra.

El pluralismo cultural es un hecho innegable. Se puede incluso afirmar que es uno de los datos más característicos de la sociedad moderna. Se ha fraccionado en mil pedazos aquel mundo monolítico de hace unos años. Hoy conviven entre nosotros toda clase de posicionamientos, ideas o valores.
Este pluralismo no es sólo un dato. Es uno de los pocos dogmas de nuestra cultura. Hoy todo puede ser discutido. Todo menos el derecho de cada uno a pensar como le parezca y a ser respetado en lo que piensa.
Ciertamente este pluralismo nos puede estimular a la búsqueda responsable, al diálogo y a la confrontación de posturas. Pero nos puede llevar también a graves retrocesos.
De hecho, no pocos están cayendo en un relativismo total. Todo da lo mismo. Como dice G. Lipovetsky, «vivimos en la hora de los feelings». Ya no existe verdad ni mentira, belleza ni fealdad. Nada es bueno ni malo. Se vive de impresiones y cada uno piensa lo que quiere y hace lo que le apetece.
En este clima de relativismo se está llegando a situaciones realmente decadentes. Se defienden las creencias más peregrinas sin un mínimo esfuerzo racional. Se pretende resolver con cuatro tópicos las cuestiones más vitales del ser humano. Tiene razón A. Finkielkraut cuando afirma que «la barbarie se está apoderando de la cultura».
La pregunta es inevitable. ¿Se puede llamar «progreso» a todo esto? ¿Es bueno para el hombre y para la humanidad poblar la mente de cualquier idea o llenar el corazón de cualquier creencia, renunciando a una búsqueda honesta de mayor verdad, bondad y sentido de la existencia?
El cristiano está llamado hoy a vivir su fe en actitud de búsqueda responsable y compartida. No da igual pensar cualquier cosa de la vida. Hemos de seguir buscando la verdad última del hombre que está muy lejos de quedar explicada satisfactoriamente a partir de teorías científicas, sistemas sicológicos o visiones ideológicas.
El cristiano está llamado también a vivir sanando esta cultura. No es lo mismo ganar dinero sin escrúpulo alguno que desempeñar honestamente un servicio público, ni es igual dar gritos a favor del terrorismo que defender los derechos de cada persona. No da los mismo abortar que acoger la vida, ni es igual «hacer el amor» de cualquier manera que amar de verdad al otro. No es lo mismo ignorar a los necesitados o trabajar por sus derechos. Lo primero es malo y daña al hombre. Lo segundo está cargado de esperanza y promesa.
También en medio del actual pluralismo siguen resonando las palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
24 de mayo de 1992

UNA CULTURA DE LA PAZ

La paz os dejo, mi paz os doy.

Son muchos ¡os conflictos que sacuden hoy nuestra sociedad. Además de ¡as tensiones y enfrentamientos que se producen entre las personas y en el seno de las familias, graves conflictos de orden social, político y económico impiden entre nosotros la convivencia pacífica.
Para resolver los conflictos, los hombres han de hacer siempre individual y colectivamente una opción: o escogemos la vía del diálogo y del mutuo entendimiento, o seguimos los caminos de la violencia y del enfrentamiento destructor. Por eso, muchas veces, lo más grave no es la existencia misma de los conflictos, sino que una sociedad termine creyendo que los conflictos sólo se pueden resolver por medio de la violencia o la imposición de la fuerza.
Frente a esta «cultura de la violencia» que tanto se ha cultivado entre nosotros, necesitamos promover hoy una «cultura de la paz». La fe en la violencia ha de ser sustituida por la fe en la eficacia de los caminos no violentos.
Hemos de aprender a resolver nuestros problemas por vías dignas del ser humano. No estamos hechos para vivir permanentemente en el enfrentamiento violento. Antes que cualquier otra cosa, somos hombres y estamos llamados a entendernos buscando honestamente soluciones justas para todos.
Esta «cultura de la paz» exige buscar la eliminación de las injusticias sin introducir otras nuevas y sin alimentar y ahondar más las divisiones. Sólo los que se resisten a los medios injustos y combaten todo atentado contra la persona pueden ser constructores de paz.
Una «cultura de paz» exige además crear un clima de diálogo social promoviendo actitudes de respeto y escucha mutuos. Una sociedad avanza hacia la paz renunciando a los dogmatismos, buscando el acercamiento de posturas y esclareciendo en el diálogo las razones enfrentadas.
La «cultura de paz» se enraíza siempre en la verdad. Deformarla o manipularla al servicio de intereses partidistas o de estrategias oscuras no conduce a la verdadera paz. La mentira y el engaño al pueblo engendran siempre violencia.
La «cultura de paz» sólo se asienta en una sociedad cuando las gentes están dispuestas al perdón sincero, rechazando sentimientos de venganza y revancha. El perdón libera de la violencia del pasado y genera nuevas energías para construir el futuro entre todos.
En medio de esta sociedad, los cristianos hemos de escuchar de manera nueva las palabras de Jesús, «la paz os dejo, mi paz os doy», y hemos de preguntarnos qué hemos hecho de esa paz que el mundo no puede dar pero necesita conocer.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
30 de abril de 1989

ACOGER A DIOS EN LA CIUDAD

Haremos morada en él…

No parece que la ciudad moderna, sobre todo la gran ciudad, sea un lugar muy propicio para acoger a ese Dios que, según Jesús, desea “habitar” en el hombre.
El ruido permanente, el asedio continuo de todo tipo de mensajes e impresiones, los desplazamientos constantes de una parte a otra, las prisas y las tensiones hacen casi imposible el sosiego y la paz que parecen indispensables para acoger a Dios.
No es extraño que las gentes aprovechen cualquier ocasión para huir de la ciudad en busca de aire puro para sus pulmones y de un poco de silencio, sosiego y paz para sus espíritus.
El contacto con la naturaleza y el paseo por el campo producen en nosotros una verdadera liberación. Respiramos con más profundidad, nuestro rostro se relaja, miramos el entorno con ojos más serenos y contemplativos, percibimos en nosotros una calma interior nueva, nos sentimos más dispuestos a la escucha y al diálogo. Parece más fácil creer y acoger a Dios.
Pero la solución no puede estar exclusivamente en esas salidas periódicas. Hemos de aprender a acoger a Dios en medio de la ciudad pues Dios está sobre todo en el hombre, en medio de sus luchas, sus disputas, tensiones y cansancios.
También por la ciudad se puede caminar con ojos suficientemente tranquilos para contemplar la vida con sus destellos de bondad y sus tragedias, y descubrir a Dios en el rostro cansado de la gente y el agobio y la insatisfacción de tantos.
También en la ciudad se puede luchar contra esa ansiedad y avidez por vivir siempre volcados hacia fuera, buscando incansablemente nuevas sensaciones, novedades, noticias y ruidos.
También en la ciudad se puede encontrar algún momento para orar, aunque sea en el retiro de la habitación, en el interior del propio coche o durante la espera del autobús.
También desde la ciudad se puede invocar a Dios y presentarle las angustias, penas, luchas y gozos de esos ancianos gastados, esos jóvenes ruidosos, esas mujeres indiferentes y tantas gentes desconocidas que cruzamos en nuestro camino.
También en la ciudad, Jesús nos puede dar su paz, ésa que el mundo no puede dar. Sólo necesitamos adoptar una actitud de acogida y oración.
Recordemos lo que escribe E. Wiesel: “No orar no es un pecado; es un castigo». El castigo de verse condenado a vivir sin la mejor compañía que el hombre puede tener.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
4 de mayo de 1986

VEN, ESPIRITU SANTO

El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre.

«El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Esta es la promesa de Jesús.
Del Espíritu no habría que hablar mucho. Es mejor desearlo, esperarlo en oración anhelante, invocarlo y dejarnos penetrar, reanimar y conducir por El.
Ven Espíritu Santo. Sin Ti, nuestra lucha por la vida termina sembrando muerte, nuestros esfuerzos por encontrar felicidad acaban en egoísmo amargo e insatisfecho.
Ven Espíritu Santo. Sin Ti, nuestro «progreso» no nos conduce hacia una vida más digna, noble y gozosa. Sin Ti, no habrá nunca un «pueblo unido» sino un pueblo constantemente vencido por divisiones, rupturas y enfrentamientos.
Sin Ti, seguiremos dividiendo y separándolo todo: Norte y Sur, bloque occidental y oriental, primer mundo y tercer mundo, izquierdas y derechas, creyentes y ateos, hombres y mujeres.
Recuérdanos que todos venimos de las entrañas de un mismo Padre y todos estamos llamados a la comunión gozosa y feliz en El.
Renueva nuestro amor al mundo y a las cosas. Enséñanos a cuidar esta tierra que nos has regalado como casa común entrañable donde pueda crecer la familia humana. Sin Ti, nos la seguiremos disputando agresivamente, buscaremos cada uno nuestra «propiedad privada» la iremos haciendo cada vez más inhóspita e inhabitable.
Ven Espíritu Santo. Enséñanos a entendernos aunque hablemos lenguajes diferentes. Si tu Ley interior de Amor no nos habita, seguiremos la escalada de la violencia absurda y sin salida.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer. Sin tu aliento, nuestra fe se convierte en ideología de derechas o de izquierdas, nuestra religión en triste «seguro de vida eterna». Recuérdanos todo lo que nos ha dicho Jesús. Condúcenos al evangelio.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a orar. Sin tu calor y tu fuerza. nuestra liturgia se pierde en rutina, nuestro culto en rito legalista. nuestra plegaria en palabrería.
Ven a mantener dentro de la Iglesia el esfuerzo de conversión. Sin tu impulso, toda renovación termina en anarquía, involución, cansancio o desilusión.
Ven a alegrar nuestro mundo tan sombrío. Ayúdanos a imaginarlo mejor y más humano. Ábrenos a un futuro más fraterno, limpio solidario. Enséñanos a pensar lo todavía no pensado y construir lo todavía no trabajado.
Entra hasta el fondo de nuestras almas. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando Tú no envías tu aliento.
Ven Señor y dador de vida. Pon en los hombres gozo, fuerza y consuelo, en sus grandes y pequeñas decisiones, en sus miedos, luchas, esperanzas y temores.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer en Ti como ternura proximidad personal de Dios a los hombres, como fuerza y poder de gracia que puede conquistar nuestro interior y dar vida a nuestra vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
8 de mayo de 1983

HOMBRES EMPOBRECIDOS

Vendremos a él y haremos morada en él.

Todo hombre vive condicionado por la realidad sociológica e histórica en la que se encuentra inserto. Sin que podamos evitarlo, somos parte integrante de un mundo complejo que incide poderosamente en nuestra manera de ser, actuar y vivir.
El marco sociocultural y sicosocial en el que vivimos marca decisivamente nuestra conducta, nuestra actitud existencial y nuestro ser entero.
Por eso deberíamos estar ms atentos a aquellos fenómenos sociológicos que están modelando el ser del hombre contemporáneo. Fenómenos tales como el cambio cultural, la tecnología, el consumo, la movilidad, el anonimato social, la incomunicación, el pluralismo...
No son pocos los observadores que, al estudiar las posibilidades y los riesgos de la sociedad contemporánea, señalan con tono alarmante el empobrecimiento interior y el vacío que parece amenazar al hombre contemporáneo.
Un hombre que ha avanzado técnicamente de manera insospechada, pero que vive en dependencia cada vez mayor de aquello que él mismo produce y fabrica.
Un hombre que, en la mayoría de los casos, se ve obligado a vivir encadenado para siempre a un oficio especializado, sin poder desarrollar adecuadamente más que una parte mínima de su ser.
Un hombre que vive de manera acelerada, sometido a un ritmo de vida agotador, sin posibilidad de detenerse serenamente ante su propia vida.
Un hombre abrumado por una información múltiple y variada de noticias y datos, pero sin medios para discernir, reflexionar y formarse su propio juicio con responsabilidad y lucidez.
Un hombre seducido por los mil engañosos atractivos de la sociedad de consumo, pero «mf ra-alimentado» espiritualmente.
Un hombre alienado por diversos eslóganes y distraído por innumerables modas o consignas, pero sin capacidad para enfrentarse a su propia verdad.
Los creyentes entendemos que la fe puede ser la gran fuerza interior que nos ayude a liberarnos de la alienación, la superficialidad, la desintegración y el vacío interior.
Para vivir de una manera más humana y liberada necesitamos una energía interior capaz de animar y dinamizar toda nuestra existencia. Por eso escuchamos hoy con gozo las palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com