lunes, 15 de septiembre de 2014

21/09/2014 - 25º domingo Tiempo ordinario (A)

El próximo 2 de octubre a las 19:30 horas, José Antonio Pagola dará la conferencia "Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción", en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela.
Quedáis todos invitados.
                                                              Guión de la conferencia.
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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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25º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a *contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:
"Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido."
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo-. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?"
Le respondieron:
"Nadie nos ha contratado."
Él les dijo:
"Id también vosotros a mi viña."
Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:
"Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros."
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
"Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno."
Él replicó a uno de ellos:
"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"
Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
21 de septiembre de 2014

NO DESVIRTUAR LA BONDAD DE DIOS

A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como “un misterio de bondad insondable” que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.
Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios Bueno, Jesús compara su actuación a la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.
Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da “un denario”: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder vivir.
Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: “¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?
¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas como lo haríamos nosotros, busca siempre responder desde su Bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?
Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?
Creer en un Dios, Amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.
Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su Bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados del Antiguo Testamento. Ante el Dios Bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
18 de septiembre de 2011

MIRADA ENFERMA

Jesús había hablado a sus discípulos con claridad: "Buscad el reino de Dios y su justicia". Para él esto era lo esencial. Sin embargo, no le veían buscar esa justicia de Dios cumpliendo las leyes y tradiciones de Israel como otros maestros. Incluso en cierta ocasión les hizo una grave advertencia: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios". ¿Cómo entendía Jesús la justicia de Dios?
La parábola que les contó los dejó desconcertados. El dueño de una viña salió repetidamente a la plaza del pueblo a contratar obreros. No quería ver a nadie sin trabajo. El primer grupo trabajó duramente doce horas. Los últimos en llegar sólo trabajaron sesenta minutos.
Sin embargo, al final de la jornada, el dueño ordena que todos reciban un denario: ninguna familia se quedará sin cenar esa noche. La decisión sorprende a todos. ¿Cómo calificar la actuación de este señor que ofrece una recompensa igual por un trabajo tan desigual? ¿No es razonable la protesta de quienes han trabajado durante toda la jornada?
Estos obreros reciben el denario estipulado, pero al ver el trato tan generoso que han recibido los últimos, se sienten con derecho a exigir más. No aceptan la igualdad. Esta es su queja: «los has tratado igual que a nosotros». El dueño de la viña responde con estas palabras al portavoz del grupo: «¿Va ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». Esta frase recoge la enseñanza principal de la parábola.
Según Jesús, hay una mirada mala, enferma y dañosa, que nos impide captar la bondad de Dios y alegrarnos con su misericordia infinita hacia todos. Nos resistimos a creer que la justicia de Dios consiste precisamente en tratarnos con un amor que está por encima de todos nuestros cálculos.
Esta es la Gran Noticia revelada por Jesús, lo que nunca hubiéramos sospechado y lo que tanto necesitábamos oír. Que nadie se presente ante Dios con méritos o derechos adquiridos. Todos somos acogidos y salvados, no por nuestros esfuerzos sino por su misericordia insondable.
A Jesús le preocupaba que sus discípulos vivieran con una mirada incapaz de creer en esa Bondad. En cierta ocasión les dijo así: "Si tu ojo es malo, toda tu persona estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!". Los cristianos lo hemos olvidado. ¡Qué luz penetraría en la Iglesia si nos atreviéramos a creer en la Bondad de Dios sin recortarla con nuestra mirada enferma! ¡Qué alegría inundaría los corazones creyentes! ¡Con qué fuerza seguiríamos a Jesús!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
21 de septiembre de 2008

BONDAD ESCANDALOSA

...porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?
Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.
El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?
Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.
Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
18 de septiembre de 2005

BUENO CON TODOS

Porque soy bueno

Sin duda, es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy, «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».
Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando sólo falta una hora para terminar la jornada.
Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que le preocupa es que haya gente que se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y, por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, ésta es su respuesta: « Vais a tener envidia porque soy bueno?».
¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?
No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.
La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida en esa confusión.
Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Sólo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
22 de septiembre de 2002

DIOS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

¿ Vas a tener envidia porque soy bueno?

Los cristianos no terminamos de creer en el Dios increíblemente bueno del que habla Jesús. Los predicadores no acertamos a presentarlo con convicción. Por eso, el mensaje evangélico, sorprendente y provocativo, no produce hoy ninguna sorpresa. Nosotros seguimos con nuestras ideas acerca de Dios.
Los exégetas consideran hoy la parábola de «los trabajadores de la viña» como una de las más revolucionarias de Jesús. El relato es conocido. El dueño de una viña va contratando obreros para que trabajen en su propiedad. Al primer grupo los contrata muy de mañana por un denario que era la cantidad que se consideraba necesaria para alimentarse cada día. A lo largo del día, va contratando a otros obreros que también van a la viña, pero trabajan mucho menos y sin soportar el peso del día y del calor. Al terminar la jornada y, aunque el trabajo ha sido desigual, sorprendentemente el dueño paga a todos un denario. Y cuando los primeros se quejan, responde así: «¿no puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
El mensaje de Jesús rompe todos nuestros esquemas. El dueño de la viña no se fija en el esfuerzo y trabajo que han realizado los diversos grupos de obreros sino en lo que necesitan para vivir. Así es Dios, dice Jesús. Aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino nuestras necesidades. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Si nos tratara según nuestros méritos, no tendríamos salida.
Alguno podría pensar que esta manera de entender la bondad de Dios llevaría a una vida irresponsable y arbitraria. Nada más contrario a la realidad pues, según Jesús, esta bondad de Dios es la que ha de inspirar nuestras relaciones y nuestra convivencia. Dicho de manera clara y sencilla: cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntamos qué se merece de nosotros sino que necesita para vivir.
Sólo señalaré un ejemplo sangrante. Ante los inmigrantes que luchan por entrar a convivir con nosotros, no hemos de preguntamos qué derechos tienen, sino qué necesitan para vivir dignamente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
19 de septiembre de 1999

BONDAD MISTERIOSA

¿ Vas a tener envidia porque yo soy bueno?

Cada vez estoy más convencido de que muchos de los que se dicen ateos, son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios están rechazando en realidad un «ídolo mental» que se fabricaron cuando eran niños. La idea de Dios que llevaban en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser extraño, incómodo y molesto y, naturalmente, se han desprendido de él.
No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguno de ellos, he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen.» En realidad, el dios que han suprimido de sus vidas era una caricatura que se habían formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero, ¿cómo puede hoy un hombre honesto y que busca la verdad, encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando no al Dios verdadero, sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiamos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos. La mejor manera de encontrarnos con El no es discutir entre nosotros, intercambiamos palabras y argumentos que quedan infinitamente lejos de lo que El es en realidad.
Tal vez, lo primero sea dejar a un lado nuestras ideas, olvidamos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita entre nosotros... y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
22 de septiembre de 1996

SIN MERECERLO

… porque yo soy bueno

Uno de los rasgos más tristes de un cierto estilo de vivir es el «vaciamiento interior». Hay personas que consideran la vida del espíritu algo perfectamente inútil y superfluo. Casi todo lo que hacen tiene como objetivo alimentar su personalidad más externa y superficial. No han aprendido a vivir en contacto con lo que J. Van Ruysbroeck llamaba «el fondo» de la persona.
Por otra parte, la vida del espíritu está tan desprestigiada que, cuando alguien busca superar esta mediocridad para ocuparse más de su mundo interior, corre el riesgo de que se le acuse de evadirse de la realidad. Por lo visto, hoy es más digno y más presentable vivir sin interioridad.
Sin embargo, no es fácil vivir así. El ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él mismo. Sin «núcleo interior», las personas se sienten desguarnecidas y sin defensa ante los ataques que sufren desde fuera y desde dentro de su ser.
Consciente o inconscientemente, estos hombres y mujeres reclaman hoy algo que no es técnica, ni ciencia, ni doctrina religiosa, sino experiencia viva del que es la «Fuente del ser» y el «Salvador» de la existencia humana. Pero, ¿quién les puede dar noticia de esa experiencia de salvación?, ¿quién la conoce?, ¿quién puede ayudar a descubrir esa «verdad interior» que libera y hace vivir?
Uno de los riesgos permanentes de las Iglesias es desarrollar una teología y una predicación de corte doctrinal, orientada a «explicar» a Dios, pero incapaz de comunicar la experiencia de su amor salvador. Naturalmente, la doctrina siempre es necesaria porque la persona busca «razones» para creer. Pero, lo que muchos necesitan hoy es descubrir en lo hondo de su ser la presencia latente de un Dios que es amor.
Los hombres de Iglesia hablamos mucho de Dios. Pero, ¿qué es lo que, en realidad, decimos con tantas palabras?, ¿no estamos, con frecuencia, encerrando a Dios en nuestra propia perspectiva, nuestros esquemas e ideas?, ¿no empobrecemos su misterio con nuestra palabrería fácil y rutinaria?, ¿no hay una manera de predicar que en vez de acercar a su misterio de amor insondable, distancia todavía más de él?
Sólo un ejemplo. Es fácil repetir rutinariamente que «Dios da a cada uno lo que se merece». Sin embargo, no es exactamente así. En la parábola de los viñadores, Jesús recuerda que Dios se asemeja más bien a ese «señor de la viña» que da a todos su denario —incluso a los que no se lo merecen— sólo porque él es bueno. Yo sé que puede escandalizar a alguno oír que Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero es así. Y lo primero es dejarle a Dios ser Dios, y no empequeñecer con nuestros cálculos y esquemas su amor insondable y gratuito a todo ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
19 de septiembre de 1993

ESCANDALOSAMENTE BUENO

¿Vais a tener envidia porque yo soy bueno?

A veces se habla mucho de la importancia de creer o no creer en Dios. Pero se olvida que lo importante es saber en qué Dios cree cada uno. No es lo mismo creer en un Dios incomprensiblemente bueno con todos, que «hace salir su sol sobre buenos y malos», o creer en un Dios del orden y de la ley, con el que hay que hacer toda clase de cálculos para saber a qué atenerse.
Creer en un Dios Amigo incondicional puede ser la experiencia más liberadora y gozosa que se puede imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y morir. Creer en un Dios justiciero y amenazador puede convertirse, por el contrario, en la neurosis más peligrosa y destructora del ser humano.
La imagen de Dios que nos ha llegado hasta nosotros está inevitablemente amalgamada de ideas y concepciones de otras épocas, a veces con aciertos luminosos, otras, con ambigüedades peligrosas. ¿Cómo ir liberando nuestra representación de Dios de tantas falsas adherencias que se han podido ir acumulando en el fondo de nuestra conciencia?
Lo primero es dejarle a Dios ser Dios. No empequeñecerlo encerrándolo en nuestros esquemas o reduciéndolo a nuestros cálculos. Dejar que sea más grande y más humano que lo más grande y humano que hay en nosotros. No representarnos a Dios a partir de nuestra mediocridad y nuestros resentimientos; buscar más bien su verdadero rostro siguiendo a Jesús, aunque a veces esa imagen de Dios nos sorprenda y hasta «escandalice».
Nunca olvidaré el impacto que me produjo, hace ya muchos años, el descubrir que no fue el rigor o la radicalidad de Jesús lo que provocó irritación y rechazo, sino su anuncio de un Dios «escandalosamente bueno».
La parábola de los trabajadores de la viña es particularmente significativa. Su contenido es tan revolucionario que todavía no nos atrevemos a asumirlo. Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro: lo mismo que «el Señor de la viña» da a todos sus obreros su «denario», lo merezcan o no, sencillamente porque su corazón es grande, así, Dios no hará injusticia a nadie, pero puede ofrecer su salvación, incluso a los que, según nuestros cálculos, no se la han ganado.
Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcan o no, sean creyentes o sean ateos. Su bondad misteriosa desborda todos nuestros cálculos y está más allá de la fe de los creyentes y del ateísmo de los incrédulos. Ante este Dios lo único que cabe es el gozo agradecido. Olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio dentro de nosotros y abrirnos confiadamente a su bondad infinita.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
23 de septiembre de 1990

DIOS NO ES UN ORDENADOR

¿ Vas a tener envidia
porque yo soy bueno?

En los últimos años de su vida, el gran teólogo alemán K. Rahner utilizaba con frecuencia una expresión un tanto rebuscada para designar a Dios. En vez de nombrarlo directamente, prefería hablar del «Misterio que de ordinario llamamos Dios».
De esta manera, según él, intentaba hacer notar que «no debemos poner bajo el nombre de Dios cualquier cosa: un anciano de barbas, un moralista tirano que vigila nuestra vida o algo semejante».
Decimos con razón que Dios es «misterio insondable», pero hemos de confesar que muchas veces los creyentes, incluidos los sacerdotes, hablamos de El como si lo hubiéramos visto y conociéramos perfectamente su modo de ver las cosas, de sentir y de actuar.
Lo peor es que, al encerrarlo en nuestras visiones estrechas y ajustarlo a nuestros esquemas, terminamos casi siempre por empequeñecerlo. El resultado es, con frecuencia, un Dios tan poco humano como nosotros y, a veces, menos humano.
Son bastantes, por ejemplo, los que sólo creen en un Dios cuyo quehacer esencial consiste en anotar los pecados y méritos de los hombres para retribuir exactamente a cada uno según sus obras. ¿Podemos imaginar un ser humano dedicado a esto durante toda su existencia?
Dios queda convertido entonces en una especie de «ordenador», de memoria prodigiosa, que va almacenando todos los datos de nuestra vida para hacerlos aparecer en pantalla en el momento de la muerte.
Este Dios no tiene corazón. Es tan pequeño y peligroso como nosotros. Lo más seguro es «estar en regla» con El, cumplir escrupulosamente los deberes religiosos y acumular méritos para asegurarnos la salvación eterna.
La parábola de «los obreros de la viña» introduce una verdadera revolución en la manera de concebir a Dios. Según Jesús, la bondad de Dios es insondable y no se ajusta a los cálculos que nosotros podamos hacer.
Dios no hará injusticia a nadie. Pero, lo mismo que el señor de la viña hace con su dinero lo que quiere, sin que nadie tenga derecho a protestar envidiosamente, así también Dios puede regalar su vida, incluso a los que no se la han ganado según nuestros cálculos.
Hemos de aprender una y otra vez a no confundir a Dios con nuestros esquemas religiosos y nuestros cálculos morales. Hemos de dejar a Dios ser más grande que nosotros. Hemos de dejarle sencillamente ser Dios.
Tenemos el riesgo de creer que somos cristianos sin haber asumido todavía ese mensaje que Jesús nos ofrece, de un Dios cuya bondad infinita llega misteriosamente hasta todos los hombres.
Probablemente, más de un cristiano se escandalizaría todavía hoy al oír hablar de un Dios a quien no obliga el derecho canónico, que puede regalar su gracia sin pasar por ninguno de los siete sacramentos, y salvar, incluso fuera de la Iglesia, a hombres y mujeres que nosotros consideramos perdidos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
20 de septiembre de 1987

CARICATURAS

¿Vas a tener envidia porque
yo soy bueno?

Cada vez estoy más convencido de que muchos de los que, entre nosotros, se dicen ateos, son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios están rechazando en realidad un “ídolo mental” que se fabricaron cuando eran niños.
La idea de Dios que llevaban en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser extraño, incómodo y molesto y, naturalmente, se han desprendido de él.
No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguno de ellos, he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el Concilio: “Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen”.
En realidad, el dios que han suprimido de sus vidas era una caricatura que se habían formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese “dios falso”, ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero, ¿cómo puede hoy un hombre honesto y que busca la verdad, encontrarse con Dios?
Si se acerca a los que nos decimos creyentes es fácil que nos encuentre rezando no al Dios verdadero sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones.
Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Cómo rompe Jesús todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que “da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.
La mejor manera de encontrarnos con él no es discutir entre nosotros, intercambiamos palabras y argumentos que quedan infinitamente lejos de lo que El es en realidad.
Tal vez, lo primero sea dejar a un lado nuestras ideas, olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros... y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
23 de septiembre de 1984

ECLIPSE DE DIOS

¿ o vas a tener envidia porque yo soy bueno?

La parábola de los obreros en la viña nos recuerda a los creyentes 1go de suma importancia. Con un corazón lleno de envidia no se puede «entender» al Dios Bueno que anuncia Jesús.
Al hombre actual se le hace cada día más difícil encontrarse con Dios. Y, sin duda, son muchos y complejos los factores sociológicos y culturales que explican tal dificultad.
Pero no deberíamos olvidar lo que escribía J.M. Velasco hace unos años: «Es indudable que nuestra sociedad padece un eclipse de Dios y en este eclipse no hemos dejado de participar los creyentes con la interposición de una vida que transparenta más nuestros intereses, nuestras preocupaciones y nuestras obsesiones que la presencia vivificante de Dios».
Un Dios que es Amor no puede ser descubierto por la mirada interesada de unos hombres que sólo piensan en su propio provecho, utilidad o disfrute egoísta.
Un Dios que es acogida y ternura gratuita para todos no puede ser captado por hombres de alma calculadora que viven manipulándolo todo, atentos únicamente a lo que puede acrecentar su poder.
¿ Qué eco puede tener hoy, en amplios sectores de esta sociedad, hablar de un Dios que es Amor gratuito?
Hablar de amor es, para bastantes, hablar de algo hipócrita, retrógrado, ineficaz, algo perfectamente inútil en la sociedad actual. Nos basta con organizar bien nuestros egoísmos para no destruirnos unos a otros.
No es extraño que Dios se haya eclipsado convirtiéndose para muchos en algo irreal, abstracto, sin conexión alguna con su vida real.
Entonces corremos el riesgo de caer en la incredulidad total. Recordemos la experiencia de Simone de Beauvoir: «Dios se había convertido para mí en una idea abstracta en el fondo del cielo, y una tarde la borré».
No es posible creer que existimos «desde un origen amoroso» ni descubrir a Dios en la raíz misma de la vida, cuando estamos «fabricando» una sociedad donde apenas se cree en el amor.
Para muchos hombres y mujeres de hoy el camino para encontrarse de nuevo con Dios es volver a reconstruir pacientemente su vida, poniendo en todo un poco más de generosidad, desinterés, ternura y perdón. Lo más profundo de la existencia sólo se descubre desde la experiencia del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
20 de septiembre de 1981

DIOS ES DISTINTO

...y recibieron un denario cada uno.

Con frecuencia, no sospechamos los creyentes que lo que nosotros «sabemos» de Dios, o lo que creemos «saber», puede ser un grave obstáculo para abrirnos al Dios genuino de Jesús.
Hemos olvidado que creer a Jesús es aprender a creer en el Dios en que él creyó. Nos aferramos a nuestros propios esquemas, nos elaboramos nuestra imagen «particular» de Dios, y no aprendemos desde Jesús y con Jesús, a vivir ante ese Padre que nos acoge como hijos y nos llama a la convivencia fraterna.
Por eso, la parbo1a del «Señor generoso y los obreros de la viña» choca profundamente con nuestra «religión particular». Y no sería extraño que también nosotros protestáramos ante la «injusticia de Dios», como los viñadores de la primera hora ante el Señor.
Porque el señor de la viña no retribuye a cada trabajador según lo que ha trabajado, sino que, a pesar de un trabajo desigual, da a todos el jornal completo que necesitan para vivir.
El pensamiento de Jesús es claro. Dios no retribuye a cada uno según sus méritos, siguiendo nuestros criterios y medidas humanas. Dios a nadie hará injusticia, pero, en su bondad infinita, puede incluso regalar a los hombres lo que éstos no se lo han merecido.
Así es Dios, y nadie puede presentarse con reclamaciones justificadas ante él. Su bondad hacia «los últimos» supera el marco estrecho de nuestras categorías de justicia.
La parábola, en su sencillez, tiene una fuerza crítica de consecuencias, a veces, totalmente olvidadas por los creyentes.
Aquí se critica cualquier postura religiosa en la que el hombre se sienta con algún derecho de reclamación ante Dios, apoyado en su práctica religiosa o en su comportamiento moral. La religión no puede ser concebida nunca como «una adquisición de derechos» ante Dios.
Precisamente por esto es condenable toda postura sectaria o monopolizadora en la que unos hombres, basándose en su ortodoxia o moralidad, se crean con derecho a poseer a Dios de una manera especial.
Ningún grupo, partido político ni comunidad religiosa puede pretender ante Dios unos derechos, con anterioridad y preferencia a otros. Sólo los pobres son los «privilegiados» de Dios, y éstos tampoco por sus méritos, sino por la bondad de Dios que defiende a los pequeños.

José Antonio Pagola

HOMILIA

DIOS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

Los cristianos no terminamos de creer en el Dios increíblemente bueno del que habla Jesús. Los predicadores no acertamos a presentarlo con convicción. Por eso, el mensaje evangélico, sorprendente y provocativo, no produce hoy ninguna sorpresa. Nosotros seguimos con nuestras ideas acerca de Dios.
Los exégetas consideran hoy la parábola de «los trabajadores de la viña» como una de las más revolucionarias de Jesús. El relato es conocido. El dueño de una viña va contratando obreros para que trabajen en su propiedad. Al primer grupo los contrata muy de mañana por un denario que era la cantidad que se consideraba necesaria para alimentarse cada día. A lo largo del día, va contratando a otros obreros que también van a la viña, pero trabajan mucho menos y sin soportar el peso del día y del calor. Al terminar la jornada y, aunque el trabajo ha sido desigual, sorprendentemente el dueño paga a todos un denario. Y cuando los primeros se quejan, responde así: «¿no puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
El mensaje de Jesús rompe todos nuestros esquemas. El dueño de la viña no se fija en el esfuerzo y trabajo que han realizado los diversos grupos de obreros sino en lo que necesitan para vivir. Así es Dios, dice Jesús. Aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino nuestras necesidades. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Si nos tratara según nuestros méritos, no tendríamos salida.
Alguno podría pensar que esta manera de entender la bondad de Dios llevaría a una vida irresponsable y arbitraria. Nada más contrario a la realidad pues, según Jesús, esta bondad de Dios es la que ha de inspirar nuestras relaciones y nuestra convivencia. Dicho de manera clara y sencilla: cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntarnos qué se merece de nosotros sino que necesita para vivir.
Sólo señalaré un ejemplo sangrante. Ante los inmigrantes que luchan por entrar a convivir con nosotros, no hemos de preguntarnos qué derechos tienen, sino qué necesitan para vivir dignamente.

José Antonio Pagola




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lunes, 8 de septiembre de 2014

14/09/2014 - La Exaltación de la Santa Cruz (A)

El próximo 2 de octubre a las 19:30 horas, José Antonio Pagola dará la conferencia "Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción", en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela.
Quedáis todos invitados.
                                                              Guión de la conferencia.
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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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La Exaltación de la Santa Cruz (A)


EVANGELIO

Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
- Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
14 de septiembre de 2013

MIRAR CON FE AL CRUCIFICADO

La fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?
Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?
Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.
No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.
Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.
En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.
En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.
Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.


José Antonio Pagola

HOMILIA

14 de septiembre de 2008

LA EXALTACIÓN DEL AMOR

Hoy celebramos los cristianos una fiesta extraña y desconcertante. ¿Qué sentido puede tener hablar de la «exaltación de la Cruz» en medio de una sociedad que sólo parece exaltar el placer y el bienestar? ¿No es esto ensalzar el dolor, glorificar el sufrimiento y la humillación, fomentar una ascesis morbosa, ir contra la alegría de la vida?
Sin embargo, cuando un creyente mira al Crucificado y penetra con los ojos de la fe en el misterio que se encierra en la Cruz, sólo descubre amor inmenso, ternura insondable de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo. Lo dice el evangelio de Juan de manera admirable: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». La Cruz nos revela el amor increíble de Dios. Ya nada ni nadie nos podrán separar de Él.
Si Dios sufre en la cruz, no es porque ama el sufrimiento sino porque no lo quiere para ninguno de nosotros. Si muere en la cruz, no es porque menosprecia la felicidad, sino porque la quiere y la busca para todos, sobre todo para los más olvidados y humillados. Si Dios agoniza en la cruz, no es porque desprecia la vida, sino porque la ama tanto que sólo busca que todos la disfruten un día en plenitud.
Por eso, la Cruz de Cristo la entienden mejor que nadie los crucificados: los que sufren impotentes la humillación, el desprecio y la injusticia, o los que viven necesitados de amor, alegría y vida. Ellos celebrarán hoy la Exaltación de la Cruz no como una fiesta de dolor y muerte, sino como un misterio de amor y vida.
¿A qué nos podríamos agarrar si Dios fuera simplemente un ser poderoso y satisfecho, muy parecido a los poderosos de la tierra, sólo que más fuerte que ellos? ¿Quién nos podría consolar, si no supiéramos que Dios está sufriendo con las víctimas y en las víctimas? ¿Cómo no vamos a exaltar la cruz de Jesús si en ella está Dios sufriendo con nosotros y por nosotros?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
14 de septiembre de 1982

¿POR QUE EXALTAR LA CRUZ?

Tanto amó Dios al mundo...

Hoy celebramos los cristianos una fiesta incomprensible y disparatada para quien no haya descubierto el significado i1timo de la fe en el Crucificado.
¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se dice de la «exaltación de la cruz» en una sociedad que busca apasionadamente el «confort», la comodidad, el máximo bienestar?
Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy «exaltando la cruz». ¿No ha quedado ya superada esa manera morbosa y hasta masoquista de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo obsesionado por la agonía de Getsemaní, los estertores del Gólgota y las llagas del Crucificado?
Sin embargo, cuando los cristianos adoran la cruz, no ensalzan el sufrimiento, la inmolación y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el fondo.
No es el sufrimiento el que salva, sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa de los hombres. No es la sangre la que, en realidad, purifica sino el amor infinito de Dios que nos acoge como hijos.
Por esto, ser fiel al Crucificado no es buscar con masoquismo el sufrimiento, sino saber acercarse a los que sufren solidarizándose con ellos hasta las últimas consecuencias.
Descubrir la grandeza de la cruz no es encontrar no sé qué misterioso poder o virtud en el dolor, sino saber percibir la fuerza liberadora que se encierra en el amor cuando es vivido en toda su profundidad.
Quizás hemos de recordarlo hoy más que nunca en medio de este pueblo maltratado, atemorizado y ensangrentado. Desgraciadamente, no es la sangre tan fácilmente vertida entre nosotros, la que nos conducirá automáticamente hacia una sociedad mejor, sino el esfuerzo paciente de los que día a día luchan por una convivencia más fraterna y solidaria.
Una esperanza debe, sin embargo, alentar nuestros corazones. A una vida «crucificada», vivida con ei mismo espíritu de amor, fraternidad y solidaridad con que vivió Jesús, sólo le espera resurrección. Quizás las cruces que nuestros antepasados levantaron sobre nuestras montañas, apuntando hacia los cielos, nos lo puedan recordar en esta fiesta de la Exaltación de la Cruz, tan popular en algunos de nuestros pueblos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».
Se ha hablado, por ejemplo, del síndrome de la pasividad como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial. Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.
Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.
Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes...) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.
En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.
Otro signo es "el endurecimiento del corazón". Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.
Y, sin embargo, los hombres estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».
Pero el hombre necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.
No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es tener vida eterna, es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.
Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.
Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola




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