lunes, 16 de enero de 2017

22-01-2017 - 3º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes. con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
22 de enero de 2017

ALGO NUEVO Y BUENO

El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la “Buena Noticia de Dios”. Más tarde, los demás evangelistas emplean el mismo término griego (euanggelion) y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús las gentes encontraban algo “nuevo” y “bueno”.
¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona fácilmente la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días?
En el Evangelio de Jesús los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia, ni en manos del destino o el azar. Tengo a Alguien a quien puedo agradecer la vida.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar esclavos de cualquier ídolo; para no vivir siempre a medias ni ser unos “vividores”; para ir aprendiendo formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que hemos de contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mí me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.
Ciertamente, cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 –
26 de enero de 2014

ALGO NUEVO Y BUENO

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 – JESÚS ES PARA TODOS
23 de enero de 2011

SEGUIDORES

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: "Seguidme".
Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.
Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.
Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.
La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.
En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.
Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.
Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 – RECREADOS POR JESÚS
27 de enero de 2008

LA PRIMERA PALABRA DE JESÚS

Convertíos

El evangelista Mateo cuida mucho el escenario en el que va a hacer Jesús su aparición pública. Se apaga la voz del Bautista y se empieza a escuchar la voz nueva de Jesús. Desaparece el paisaje seco y sombrío del desierto y ocupa el centro el verdor y la belleza de Galilea. Jesús abandona Nazaret y se desplaza a Cafarnaún a la ribera del lago. Todo sugiere la aparición de una vida nueva.
Mateo recuerda que estamos en la «Galilea de los gentiles». Ya sabe que Jesús ha predicado en las sinagogas judías de aquellas aldeas y no se ha movido entre paganos. Pero Galilea es cruce de caminos, Cafarnaún una ciudad abierta al mar. Desde aquí llegará la salvación a todos los pueblos.
De momento, la situación es trágica. Inspirándose en un texto del profeta Isaías, Mateo ve que «el pueblo habita en tinieblas». Sobre la tierra «hay sombras de muerte». Reina el caos, la injusticia y el mal. La vida no puede crecer. Las cosas no son como las quiere Dios. Aquí no reina el Padre.
Sin embargo, en medio de las tinieblas, el pueblo va a empezar a ver «una luz grande». Entre las sombras de muerte, «empieza a brillar una luz». Eso es siempre Jesús: una luz grande que brilla en el mundo.
Según Mateo, Jesús comenzó su predicación con un grito: «Convertíos». Esta es su primera palabra. Es la hora de la conversión. Hay que abrirse al reino de Dios. No quedarse «sentados en las tinieblas», sino «caminar en la luz».
Dentro de la Iglesia hay una «gran luz». Es Jesús. En él se nos revela Dios. No lo hemos de ocultar con nuestro protagonismo. No lo hemos de suplantar con nada. No lo hemos de convertir en doctrina teórica, en teología fría o en palabra aburrida. Si la luz de Jesús se apaga, los cristianos nos convertiremos en lo que tanto temía Jesús: «unos ciegos tratando de guiar a otros ciegos».
Por eso, también hoy ésa es la primera palabra que tenemos que escuchar de Jesús en la Iglesia: «Convertíos». Recuperad vuestra identidad cristiana. Volved a vuestras raíces. Ayudad a la Iglesia a pasar a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús. Vivid con nueva conciencia de seguidores. Poneos al servicio del reino de Dios. Pedid para la Iglesia un «corazón nuevo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
23 de enero de 2005

PUNTOS CLAVE

Convertíos porque está cerca el Reino.

Es fácil resumir el mensaje de Jesús: Dios no es un ser indiferente y lejano, que se mueve en su mundo desconocido, interesado sólo por su honor y sus derechos. Es alguien que busca para todos lo mejor. Su fuerza salvadora está actuando en lo más hondo de la vida. Sólo quiere la colaboración de sus criaturas para conducir el mundo a su plenitud: «El reino de Dios está cerca. Cambiad».
Pero, ¿qué es colaborar en el proyecto de Dios?, ¿en qué hay que cambiar? La llamada de Jesús no se dirige sólo a los «pecadores» para que abandonen su conducta y se parezcan un poco más a los que ya observan la ley de Dios. No es lo que le preocupa. Jesús se dirige a todos, pues todos tienen que aprender a mirar la vida y a actuar de manera diferente. Su objetivo no es que en Israel se viva una religión más fiel a Dios, sino que sus seguidores introduzcan en el mundo una nueva dinámica: la que responde al proyecto de Dios. Señalaré los puntos clave.
Primero. La compasión ha de ser siempre el principio de actuación. Hay que introducir en el mundo compasión hacia los que sufren: «Sed compasivos como es vuestro Padre». Sobran las grandes palabras que hablan de justicia, igualdad o democracia. Sin compasión hacia los últimos no son nada. Sin ayuda práctica a los desgraciados de la tierra no hay progreso humano.
Segundo. La dignidad de los últimos ha de ser la primera meta. «Los últimos serán los primeros». Hay que imprimir a la historia una nueva dirección. Hay que poner a la cultura, a la economía, a las democracias y a las iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna.
Tercero. Hay que impulsar un proceso de curación que libere a la humanidad de todo lo que la destruye y degrada. «Id y curad». Jesús no encontró un lenguaje mejor. Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, sanear la vida, construir una convivencia orientada hacia el máximo de felicidad para todos.
Esta es la herencia de Jesús. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios, si no es liberando a los últimos de su humillación y sufrimiento. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión si no busca justicia para ellos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
27 de enero de 2002

AGUAR EL EVANGELIO

… curando las enfermedades y dolencias del pueblo

Quienes han bebido de otras aguas podrán gustar en Cristo un «vino nuevo», una experiencia buena de Dios. Algo de esto quiere decir el relato de las bodas de Caná. Desgraciadamente siempre es fácil «aguar» el evangelio y olvidar su sabor original. Basta perder la perspectiva de Jesús.
El profeta de Galilea no pensó en otra cosa sino en llamar a las gentes a vivir acogiendo «el reino de Dios y su justicia». Para él, todo lo demás era secundario. Veinte siglos después, nosotros vivimos ocupados en cuestiones doctrinales y morales que pueden ser legítimas para organizar bien una religión, pero que más de una vez nos distraen de lo primero que interesa a Dios: que los pobres, los hambrientos y los que lloran, puedan ser más felices.
Propiamente, Jesús no enseñó una doctrina para ser aprendida por sus seguidores, sino que anunció un acontecimiento que pide ser buscado y acogido. Según él, Dios está ya actuando en este mundo invitando a todos a buscar un orden de cosas más humano y más justo. A nosotros nos parece muy importante saber qué pensamos de Dios. Jesús, por el contrario, soñaba en que hubiera en la tierra hombres y mujeres que comenzaran a actuar como actúa Dios. Era su obsesión: ¿cómo sería la vida si la gente se pareciera más a Dios?
Jesús gritaba: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Era su llamada primera y más importante. Por eso enseñaba a todos a mirar a las personas de manera diferente: los pecadores eran sus amigos, las prostitutas le parecían más dignas que muchos piadosos, los últimos eran para él los primeros, los enfermos constituían su debilidad... ¿Qué ha sido de la mirada compasiva de Jesús? Para nosotros, las prostitutas son prostitutas, los pecadores son pecadores mientras no se conviertan, y los últimos son los últimos.
Uno de los peligros que nos amenaza hoy a los cristianos es vivir correctamente dentro de una religión organizada, sin atender ni entender en su verdad original el evangelio de Jesús. Lo que saboreamos no es muchas veces el «vino nuevo» aportado por él, sino el cristianismo «aguado» por nosotros mismos.
El evangelio nos recordará siempre la vida de Jesús: recorría Galilea «proclamando la Buena Noticia de Dios... y curando las enfermedades y dolencias del pueblo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
24 de enero de 1999

UN ESTILO DE AMAR

Curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

El cristianismo inició su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra más usada era «philia» que designaba el afecto hacia una persona cercana, y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también del «eros» para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quien produce en nosotros goce y satisfacción.
El cristianismo abandonó prácticamente esta terminología y puso de moda otra palabra casi desconocida, «agape», a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesucristo. De ahí su interés en formular bien el «mandato nuevo del amor»: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).
El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Lo recordarán así años más tarde en las primeras comunidades cristianas: «Pasó toda su vida haciendo el bien.»
Su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace sitio en su corazón y en su vida a quienes no tienen sitio en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Defiende a los débiles y pequeños, los que no tienen poder para defenderse a sí mismos, los que no son grandes o importantes para nadie. Se acerca a quienes están solos y desvalidos, los que no tienen quien se preocupe de ellos.
Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad; ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos; vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Hasta parece correcto vivir rechazando y excluyendo a quienes nos rechazan o excluyen. Lo que le distingue al seguidor de Jesús no es cualquier «amor», sino precisamente ese estilo de amar que consiste en saber acercarse a quienes sufren olvidados de todos.
El evangelista Mateo nos recuerda cómo vivía Jesús en Galilea y cómo era su estilo de actuar: «Recorría toda Galilea.., proclamando el Evangelio del Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo.» Así era Jesús. No lo deberíamos olvidar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
21 de enero de 1996

ESCRITO SUGERENTE

Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos.

Cada vez me encuentro con más personas interesadas por Dios. Son hombres y mujeres que no se resignan a vivir pasivamente la crisis religiosa de nuestros tiempos. Algo les pide desde dentro buscar a Dios incluso desde una fe débil y vacilante. Por lo general, son encuentros de gran riqueza, que a mí me hacen mucho bien. Pocas cosas hay más conmovedoras que asomarse al interior de una persona que busca con sinceridad a Dios en medio de su oscuridad y sus dudas.
Pero, muchas veces, me he quedado sin saber qué decir cuando me han preguntado por algún libro que pueda acompañarlos en su caminar: ¿Qué puedo leer mientras sigo buscando?» Ciertamente, hay muchos estudios que analizan con rigor la actual crisis religiosa, pero no abundan las publicaciones que, de forma sencilla y clara, puedan orientar a quien desea reavivar su fe.
Por eso me ha alegrado tanto la Carta pastoral que acaban de publicar nuestros Obispos. Un escrito nacido, según dicen ellos mismos, para «ofrecer un servicio concreto a aquellos hombres y mujeres que quieren saber dónde están en estos momentos de crisis religiosa, y se preguntan qué camino han de seguir para encontrarse con Dios».
Al lector acostumbrado al estilo habitual del magisterio eclesiástico le sorprenderá esta vez el lenguaje sencillo y accesible de este escrito. Por otra parte, se encontrará con un texto que «hace pensar», ya que las expresiones que se emplean y las preguntas que se sugieren conectan directamente con la realidad que viven muchos. Más de uno se dirá: «Esto es exactamente lo que me pasa a mí.»
El escrito no se pierde en disquisiciones teóricas. Con estilo directo y claro se van abordando las cuestiones concretas que preocupan hoy a no pocos: ¿Qué puedo hacer yo en medio de la crisis religiosa de nuestros días?, ¿qué es lo importante para creer en Dios?, ¿puedo creer en él en medio de tantas dudas?, ¿cómo pasar de ese miedo a Dios, que todavía siento en el fondo de mi conciencia, a una confianza nueva en él?, ¿cómo puedo encontrarme con Dios?, ¿por dónde he de empezar?
Esta Carta, leída de forma atenta y sosegada, puede ayudar a escuchar la llamada que se nos hace desde el evangelio: «El Reino de Dios está cerca... Escuchad la Buena Noticia. » Ahora sé qué lectura recomendar a quien me pida orientación en su búsqueda de Dios. Sencillamente este escrito que lleva como título: «Al servicio de una fe más viva.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
24 de enero de 1993

ENTRE EL RECHAZO Y LA NECESIDAD

Convertíos

Vivimos tiempos de crisis religiosa. Parece que la fe va quedando como ahogada en la conciencia de no pocas personas, reprimida por la cultura moderna y por el estilo de vida del hombre de hoy. Pero, al mismo tiempo, es fácil observar que de nuevo se despierta en bastantes la búsqueda de sentido, el anhelo de una vida diferente, la necesidad de un Dios Amigo.
Es cierto que se ha extendido entre nosotros un escepticismo generalizado ante los grandes proyectos y las grandes palabras. Ya no tienen eco los discursos religiosos que ofrecen «salvación» o «redención». Ha disminuido, hasta casi desaparecer, la esperanza misma de que pueda realmente oírse una Buena Noticia para la humanidad.
Pero, al mismo tiempo, crece en no pocos la sensación de que hemos perdido la dirección acertada. Algo se hunde bajo nuestros pies. Nos estamos quedando sin metas ni puntos de referencia. Nos damos cuenta de que podemos solucionar «problemas», pero que somos cada vez menos capaces de resolver «el problema» de la vida. ¿No estamos más necesitados que nunca de salvación?
Vivimos también «tiempos de fragmentación». La vida se ha atomizado. Cada uno vive en su compartimento. Queda muy lejos aquel humanismo que buscaba la verdad y el sentido de totalidad. Hoy no se escucha al sabio humanista, sino al experto especialista que sabe mucho de una parcela, pero lo ignora todo sobre el sentido de la vida.
Pero, al mismo tiempo, no pocas personas comienzan a sentirse mal en este mundo vertiginoso de datos, informaciones y cifras. No pueden evitar los interrogantes eternos del hombre. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿No hay dónde encontrar un sentido último a la vida?
Son también tiempos de pragmatismo científico. El hombre moderno ha decidido (no se sabe por qué) que sólo existe lo que puede comprobar la ciencia. No hay más. Lo que a ella se le escapa, sencillamente no existe. Naturalmente, en este planteamiento tan simple como poco científico, Dios no tiene cabida y la fe religiosa queda relegada al mundo desfasado de los no progresistas.
Sin embargo, son muchos los que van tomando conciencia de que este planteamiento se queda muy corto, pues no responde a la realidad. La vida no es un «gran mecano», ni el hombre sólo «una pieza» de un mundo que pueda ser desentrañado por la ciencia. Por todas partes se presiente el misterio: en el interior del ser humano, en la inmensidad del cosmos, en la historia de la humanidad.
Por eso, surge de nuevo la sospecha: ¿No serán justamente las «cuestiones» sobre las que la ciencia guarda silencio, las que constituyen el sentido de la vida? ¿No será una grave equivocación perder la respuesta al misterio de la existencia? ¿No es una tragedia prescindir tan «ingenuamente» de Dios?
Mientras tanto, siguen ahí las palabras de Jesús: «Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
21 de enero de 1990

LA SEGUNDA LLAMADA

Jesús los llamó

De ordinario, casi siempre que se habla de la vocación o de la llamada de Dios, se considera que es un asunto de jóvenes que todavía apenas han estrenado la vida.
Y, ciertamente, para un creyente es muy importante la escucha de Dios en esa decisión o dirección inicial que uno da a su existencia, al elegir un determinado proyecto de vida.
Pero Dios no se queda mudo al pasar los años, y su llamada, discreta pero persistente, nos puede interpelar cuando hemos caminado ya un buen trecho de vida. Esta «segunda llamada» puede ser, en ocasiones, tan importante o más que la primera.
Es normal, en plena juventud, seguir la propia vocación con temor pero también con ilusión y generosidad. La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios, saben que inician «una aventura», pero lo hacen con entusiasmo y fe.
Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se puede apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad.
Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos «tirando», pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse.
Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa «segunda llamada» que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Dios comienza siempre de nuevo. Es posible reaccionar.
La escucha de la «segunda llamada» es ahora más humilde y realista. Conocemos nuestras posibilidades y nuestras limitaciones. No nos podemos engañar. Tenemos que aceptarnos tal como somos.
Es una llamada que nos obliga a desasimos de nosotros mismos para confiar más en Dios. Conocemos ya el desaliento, el miedo, la tentación de la huida. N o podemos contar sólo con nuestras fuerzas. Puede ser el momento de iniciar una vida más enraizada en Dios.
Esta «segunda llamada» nos invita, por otra parte, a no echar a perder por más tiempo nuestra vida. Es el momento de acertar en lo esencial y responder a lo que pueda dar verdadero sentido a nuestro vivir diario.
La «segunda llamada» exige conversión y renovación. Dice L. Boros que «sólo el pecador es viejo, pues conoce el hastío de la vida, y el hastío es una señal de vejez».
Dios sigue en silencio nuestro caminar, pero nos está llamando. Su voz la podemos escuchar en cualquier fase de nuestra vida, como aquellos discípulos de Galilea que, siendo ya adultos, siguieron la llamada de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
25 de enero de 1987

EL DIA DEL SEÑOR

Convertíos

El domingo se llama justamente así porque es el día del Señor (dies dominica), es decir, el día en que, ya desde los primeros tiempos, los cristianos se reunían para celebrar la resurrección del Señor.
Según todas las tradiciones, los discípulos se encontraron con el Resucitado al día siguiente del “sabbat” o sábado y desde entonces, ese día se ha convertido para los cristianos en un día especial, el día de la alegría y la esperanza, el día festivo por excelencia.
El Concilio Vaticano II, al invitar a los creyentes a descubrir de nuevo toda la importancia y hondura que encierra el domingo, nos dice que «el día del Señor es el fundamento y el núcleo de toda la vida litúrgica”.
Más que una obligación privada e individual de cada cristiano, celebrar el domingo es deber y misión de toda la Iglesia que está llamada a ser testigo de la esperanza que la resurrección del Señor ha abierto para todos los hombres y mujeres.
Sin esa celebración semanal de la resurrección de Cristo, la esperanza de la Iglesia se debilitaría. Se entienden bien las palabras de Emérito, aquel cristiano del siglo tercero que, acusado ante ci procónsul de reunión ilícita el domingo, ie dice así: «Es cierto, hemos celebrado en mi casa el día del Señor. Nosotros no podemos vivir sin celebrar el día del Señor”.
Los cristianos no interrumpimos el trabajo semanal para “pasar el fin de semana” sino “para celebrar el domingo”, el día del Señor. Y para esto, no basta dejar el atuendo de trabajo y “vestirse de domingo”. Es necesario, además, revestirnos interiormente de alegría. Reavivar en nosotros la esperanza en Cristo resucitado.
El domingo no es, sin embargo, una especie de “aniversario” de Jesús resucitado. No es el recuerdo de un hecho pasado cada vez más alejado de nosotros. Es la celebración de Cristo resucitado que vive y está presente ahora en medio de la historia de los hombres y en lo más hondo de mi propia vida.
En la iglesia más suntuosa o en el templo más humilde y retirado, cada vez que unos cristianos se reúnen el domingo para celebrar el día del Señor, sean muchos o sean pocos, elevan sobre la tierra un signo de esperanza.
Por eso, celebrar el domingo es mucho más que cumplir un deber religioso. Es alimentar semanalmente nuestra esperanza cristiana y anunciarla a todos los hombres.
Cada domingo es nuestro grito obstinado de esperanza incansable, indestructible, en medio de una sociedad, a veces, tan triste y desencantada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de enero de 1984

NUNCA ES TARDE

Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos.

No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas.
Pero, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere poner nueva vida en nuestra vida.
La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros en la medida en que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.
Porque, convenirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata sólo de «hacerse buena persona» sino de volver a aquél que es bueno con nosotros.
Por eso, la conversión no es algo triste sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.
Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar ci corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.
Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: «cómo puedo ganar más dinero?», sino «cómo puedo ser más humano?». No «cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «cómo puedo llegar a ser yo mismo?».
Cuando uno se va convirtiendo a ese Dios del que nos habla Jesús, sabe que no ha de temerse a sí mismo ni tener miedo de sus zonas más oscuras. Hay un Dios a quien nos podemos acercar tal como somos.
Si, al pasar los años, no nos hemos encontrado nunca con este Dios, podremos llegar a ser algo importante, pero habremos equivocado el sentido de nuestra vida.
Cuando hoy escuchemos la llamada de Jesús: «Convertías porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
25 de enero de 1981

SEGUIR A JESUS

… y le siguieron.

Si preguntáramos a muchos cristianos qué entienden por fe, descubriríamos que para muchos la fe se reduce a la pertenencia a la Iglesia, la confesión firme de un credo, la adhesión a la moral católica o el cumplimiento de unos ritos cultuales.
En las primeras comunidades cristianas nos hubieran respondido de otra manera. Creer en Jesús es seguirle. Ese es el término casi técnico que emplean los primeros creyentes. Cristiano es el hombre que se esfuerza por construir su vida siguiendo las huellas de su Maestro.
Quizás después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que el elemento esencial y primero de la fe cristiana consiste en seguir a Jesucristo.
Pero debemos entender bien este seguimiento. No se trata de una postura infantil e inmadura de imitación en la que falta espíritu creador y responsable.
No se trata de la mera imitación de un modelo, como si debiéramos copiar literalmente y desde fuera los gestos de Jesús.
Seguir a Jesús es, más bien, inspirarse en él para continuar hoy de manera responsable la obra apasionante de «redención del hombre» comenzada con él y por él. Asumir las grandes actitudes que dieron sentido a su vida y vivirlas hoy en nuestro propio contexto histórico de manera creadora.
Considerada así, la fe cristiana adquiere otro dinamismo y otra vitalidad. Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco el significado salvador que se encierra en Jesús, irse identificando con las actitudes fundamentales que dieron sentido a su existencia, ir adquiriendo su «estilo de vida».
Se trata de creer lo que él creyó, dar importancia a lo que él le dio, interesarse por lo que él se interesó, defender la causa que él defendió, mirar a los hombres como él los miró, acercarse a los necesitados como él lo hizo, amar a las gentes como él las amó, confiar en el Padre como él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que él se enfrenté.
Los primeros creyentes entendieron la vida cristiana como una aventura constante de renovación, un irse haciendo «hombres nuevos».
Si la fe es seguimiento de Jesús, debemos preguntarnos todos sinceramente a quién seguimos en nuestra vida, qué mensajes escuchamos, a qué líderes nos adherimos, qué causas defendemos y a qué intereses obedecemos, al mismo tiempo que pretendemos ser cristianos, es decir, «seguidores» de Jesucristo.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 9 de enero de 2017

15-01-2017 - 2º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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2º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
"Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. "
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
15 de enero de 2017

CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra... no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
19 de enero de 2014

CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 – JESÚS ES PARA TODOS.
16 de enero de 2011

Hambre de espiritualidad

Las primeras generaciones cristianas sabían muy bien que "bautizarse" significa literalmente sumergirse en el agua, bañarse o limpiarse. Por eso, diferenciaban muy bien el "bautismo de agua" que impartía el Bautista en las aguas del Jordán y el "bautismo de Espíritu Santo" que reciben de Jesús. El bautismo de Jesús no es un baño corporal que se recibe sumergiéndose en el agua, sino un baño interior en el que nos dejamos empapar y penetrar por su Espíritu, que se convierte dentro de nosotros en un manantial de vida nueva e inconfundible.
Por eso, los primeros cristianos bautizaban invocando el nombre de Jesús sobre cada bautizado. Pablo de Tarso dice que los cristianos están bautizados en "Cristo" y, por eso, han de sentirse llamados a "vivir en Cristo", animados por su Espíritu, interiorizando su experiencia de Dios y sus actitudes más profundas.
No es difícil observar en la sociedad moderna signos que manifiestan un hambre profunda de espiritualidad. Está creciendo el número de personas que buscan algo que les dé fuerza interior para afrontar la vida de manera diferente. Es difícil vivir una vida que no apunta hacia meta alguna. No basta tampoco pasarlo bien. La existencia termina haciéndose insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad.
Otros sienten necesidad de paz interior y de seguridad para hacer frente a sentimientos de miedo y de incertidumbre que nacen en su interior. Hay quienes se sienten mal por dentro: heridos, maltratados por la vida, desvalidos, necesitados de sanación interior.
Son cada vez más los que buscan algo que no es técnica, ni ciencia, ni ideología religiosa. Quieren sentirse de manera diferente en la vida. Necesitan experimentar una especie de "salvación"; entrar en contacto con el Misterio que intuyen en su interior.
Nos inquieta mucho que bastantes padres no bauticen ya a sus hijos. Lo que nos ha de preocupar es que muchos y muchas se marchan de nuestra Iglesia sin haber oído hablar del "bautismo del Espíritu" y sin haber podido experimentar a Jesús como fuente interior de vida.
Es un error que en el interior mismo de la Iglesia se esté fomentando, con frecuencia, una espiritualidad que tiende a marginar a Jesús como algo irrelevante y de poca importancia. Los seguidores de Jesús no podemos vivir una espiritualidad seria, lúcida y responsable si no está inspirada por su Espíritu. Nada más importante podemos hoy ofrecer a las personas que una ayuda a encontrarse interiormente con Jesús, nuestro Maestro y Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 – RECREADOS POR JESÚS
20 de enero de 2008

DEJARNOS BAUTIZAR POR EL ESPÍRITU

El que ha de bautizar con Espíritu.

Los evangelistas se esfuerzan por diferenciar bien el bautismo de Jesús del bautismo de Juan. No hay que confundirlos. El bautismo de Jesús no consiste en sumergir a sus seguidores en las aguas de un río. Jesús sumerge a los suyos en el Espíritu Santo.
El evangelio de Juan lo dice de manera clara. Jesús posee la plenitud del Espíritu de Dios y, por eso, puede comunicar a los suyos de esa plenitud. La gran novedad de Jesús consiste en que Jesús es «el Hijo de Dios» que puede «bautizar con Espíritu Santo».
Este bautismo de Jesús no es un baño externo, parecido al que algunos han podido conocer tal vez en las aguas del Jordán. Es un «baño interior». La metáfora sugiere que Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona.
El Espíritu Santo es considerado por los evangelistas como «Espíritu de vida». Por eso, dejamos bautizar por Jesús significa acoger su Espíritu como fuente de vida nueva. Su Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él. Nos puede llevar a un nuevo nivel de existencia cristiana, a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de verdad». Dejamos bautizar por él es poner verdad en nuestro cristianismo. No dejamos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos desvían del evangelio.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de amor», capaz de liberamos de la cobardía y del egoísmo de vivir pensando sólo en nuestros intereses y nuestro bienestar. Dejamos bautizar por él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de conversión» a Dios. Dejamos bautizar por Jesús significa dejamos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que deshumaniza a los hijos e hijas de Dios.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de renovación». Dejarnos bautizar por él es dejamos atraer por su novedad creadora. El puede despertar lo mejor que hay en la Iglesia y darle un «corazón nuevo», con mayor capacidad de ser fiel al evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
16 de enero de 2005

LO PRIMERO

El que ha de bautizar con Espíritu Santo.

En algunos ambientes cristianos del siglo primero tuvieron mucho interés en no ser confundidos con los seguidores del Bautista. La diferencia, según ellos, era abismal. Los «bautistas» vivían de un rito externo que no transformaba a las personas: un bautismo de agua. Los «cristianos», por el contrario, se dejaban transformar internamente por el Espíritu de Jesús.
Olvidar esto es mortal para la Iglesia. El movimiento de Jesús no se sostiene ni desarrolla con doctrinas, normas o ritos vividos desde el exterior. Es el mismo Jesús quien ha de «bautizar» o empapar a sus seguidores con su Espíritu. Y es este Espíritu el que los ha de animar, impulsar y transformar. Sin este «bautismo del Espíritu» no hay cristianismo.
No lo hemos de olvidar. La fe que hay en la Iglesia no está en los documentos del magisterio ni en los libros de los teólogos. La única fe real es la que el Espíritu de Jesús activa en los corazones y las mentes de sus seguidores. Esos cristianos sencillos y honestos, de intuición evangélica y corazón compasivo, son los que de verdad «reproducen» a Jesús e introducen su Espíritu en el mundo. Ellos son lo mejor que tenemos en la Iglesia.
Desgraciadamente, hay otros muchos que no conocen por experiencia esa fuerza del Espíritu de Jesús. Viven una «religión de segunda mano». No conocen ni aman a Jesús. Sencillamente, creen lo que dicen otros. Su fe consiste en creer lo que dice la Iglesia, lo que enseña la jerarquía o lo que escriben los entendidos, aunque ellos no experimenten en su corazón nada de lo que vivió Jesús. Como es natural, con el paso de los años, su adhesión al cristianismo se va disolviendo.
Lo primero que necesitan hoy los cristianos no son catecismos que definan correctamente la doctrina cristiana ni exhortaciones que precisen con rigor las normas morales. Sólo con eso no se transforman las personas. Hay algo previo y más decisivo: narrar en las comunidades la figura de Jesús, ayudar a los creyentes a ponerse en contacto directo con el evangelio, enseñar a conocer y amar a Jesús, aprender juntos a vivir con su estilo de vida y su espíritu. Recuperar el «bautismo del Espíritu», ¿no es ésta la primera tarea en la Iglesia?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
20 de enero de 2002

VIVIR CONTRA LA MUERTE

Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad porque no sabe lo que encierra esta palabra; ignora que significa más que religiosidad y que no se identifica con lo que tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto sólo es posible cuando se le experimenta a Dios como «fuente de vida» (fons vitae) en cada experiencia humana.
Como ha expuesto J. Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad que prescinda de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que hace daño y la mata.
Este amor a la vida genera una alegría diferente, enseña a «vivir sin armas», de manera amistosa y abierta, en paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacemos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la persona J. Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante» pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.
Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito; estamos acertando en lo esencial. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es moralizarla sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna. Ésta es, según el Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Sólo esto nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
17 de enero de 1999

EXACTAMENTE AL REVES

El que quita el pecado del inundo.

Son bastantes las personas que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.
Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela. Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en «quitar el pecado del mundo».
Son bastantes los que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.
A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables, sino también víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica, pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando precisamente creíamos hacerla más feliz.
No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislamos de los demás, hundirnos en la soledad. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como «el que quita el pecado del mundo», no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de costumbres». Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberamos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberamos del mal.
El cristianismo sólo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica del pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
14 de enero de 1996

SIN ARRIESGAR

Juan dio testimonio.

Es bien sabido que el término «mártir», en su sentido etimológico original, significa «testigo». Y eso son, antes que nada, los misioneros: testigos del amor de Dios en los lugares donde su presencia es más necesaria, junto a los desheredados, los desnutridos, los refugiados o los leprosos.
Esto implica casi siempre no pocos riesgos, incluso para la propia vida. No son infrecuentes las enfermedades características de esos países, los accidentes o los conflictos bélicos. Los misioneros lo saben. Y, llegado el momento, los asumen con la misma sencillez que aquellas pobres gentes acostumbradas a «sufrir la vida».
Pero se está produciendo, últimamente, un hecho escalofriante en países como Rwanda, Zaire (actual Congo), Argelia y zonas de Latinoamérica. Según las estadísticas de los últimos veinte años, están siendo asesinados a razón de dos misioneros por mes. En 1996 fueron 46 los misioneros y misioneras muertos violentamente. En los primeros meses de 1997 van ya más de 18. ¿A qué se debe esta escalada sangrienta’?
Aunque las circunstancias concretas varían, las causas, en el fondo, son casi siempre las mismas. Los misioneros y misioneras son testigos «incómodos» de injusticias y abusos inconfesables. Han tenido que salir en defensa de poblaciones inocentes masacradas sin piedad. Se han visto en la obligación de reiterar sus llamamientos a la reconciliación y la paz. No se han desentendido del sufrimiento de los indefensos.
Acostumbrados a cierta literatura que nos ha presentado a los antiguos mártires cristianos como sacrificados por confesar la verdadera religión, tal vez no sabemos valorar como es debido el martirio de estos hombres y mujeres que, en medio de complejos conflictos de carácter político o étnico, arriesgan su vida e incluso la pierden por defender al débil. Sin embargo, su martirio se inspira en el de Jesús, condenado y crucificado por defender la causa del hombre.
Estos hombres y mujeres «no han sido martirizados por ser cristianos, sino por ser cristianos hasta las últimas consecuencias» (M. Unciti). Si su cristianismo no hubiera pasado de «rezar e ir a misa los domingos», si se hubiera limitado a «no hacer mal a nadie», todavía estarían con vida. Sin embargo, un día decidieron vivir su fe hasta el fondo. Por eso, su martirio es una «sacudida» para quienes, instalados en «un egoísmo vividor que sabe comportarse decentemente» (K. Rahner), pretendemos ser cristianos sin arriesgar absolutamente nada.
El testimonio de Juan el Bautista no se limita a señalar a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Un día llegará a dar su vida por denunciar el pecado de Herodes.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
17 de enero de 1993

DIOSES PARA NO CREER

Este es el Hijo de Dios.

Sabemos que las gentes que conocieron a Jesús quedaron impresionadas porque enseñaba con una autoridad nueva. Pero, tal vez, más de uno se pregunte: «¿qué puede enseñarnos Jesús a los hombres de este siglo? ¿Qué nos puede decir que ya no sepamos?
Sin duda, lo primero que Jesús enseña es a creer en el Dios verdadero. De ordinario, los hombres nos ponemos ante Dios con la misma actitud de egoísmo, engaño y autodefensa con que nos ponemos ante los demás. No acabamos de fiarnos de El. Nos tememos que venga a estorbar nuestros planes, deseos y ambiciones. Y, así, sin apenas darnos cuenta, nos vamos construyendo esos falsos dioses que el teólogo catalán Josep Vives llama ((dioses para no creer».
Está, en primer lugar, «el Dios tapagujeros». Son muchos los que acuden a El, como si Dios tuviera que emplear todo su poder en favorecerles a ellos y en arreglar el mundo según sus gustos. Luego se quejan de que Dios no hace tal o cual cosa, no remedia los problemas como ellos entienden que debiera hacer. Jesús nos enseña, por el contrario, que Dios no está ahí para complacer nuestros gustos o suplir nuestra falta de responsabilidad, sino justamente para hacernos más responsables ante nuestra propia vida.
Entonces se puede pensar fácilmente en un «Dios apático», un Dios lejano y frío, insensible a nuestras penas y necesidades. Jesús nos revela, por el contrario, a un Dios cercano, enemigo de todo lo que esclaviza y hace sufrir al hombre, interesado en conducir la historia y la conducta de los hombres hacia el bien y la felicidad de todos.
Otros siguen creyendo en un «Dios sádico», convencidos de que a Dios le agrada más el sacrificio y sufrimiento de los hombres que su vida gozosa y feliz. Incluso piensan que Dios sólo ha quedado satisfecho gracias a la sangre de su Hijo, cuando todo el Nuevo Testamento nos está diciendo que Dios nos perdona y nos ama de manera absolutamente gratuita, y la muerte de Jesús es precisamente el testimonio más evidente de que Dios nos sigue amando, incluso aunque los hombres crucifiquemos al Hijo que más quiere.
Otros se imaginan a un «Dios interesado». Estamos tan acostumbrados a que entre nosotros casi nada se dé gratuitamente, que no podemos pensar que Dios sea absoluta gratuidad. Sin embargo, Jesús nos revela que Dios es amor gratuito, puro gozo de dar. Que Dios nos ama porque sí, porque ser Dios es precisamente amar, darse, comunicarse, dar la felicidad total al ser humano.
Está también «el Dios policía, juez y verdugo» que nos acecha por todas partes para pillarnos en pecado y descargar sobre nosotros el peso implacable de su Ley, «el Dios del orden y la seguridad», que defiende los intereses de aquellos a los que les va bien... Verdaderamente los hombres somos capaces de imaginar cualquier cosa de Dios.
Estoy convencido de que muchos que se dicen hoy ateos o increyentes volverían a hacer un sitio a Dios en sus vidas si alguien les ayudara a intuir y conocer al Dios verdadero que se nos revela en Jesucristo. Jesús no es un teólogo, ni siquiera un profeta más. Como dice el Bautista, «éste es el Hijo de Dios». Puede hablarnos de El.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
14 de enero de 1990

TESTIGOS

Juan dio testimonio.

Hay un proverbio judío que expresa bien la importancia que tiene el testimonio de los creyentes: «Si no dais testimonio de mí, dice el Señor, yo no existo».
Lo mismo se puede decir hoy del testimonio de los cristianos. Si ellos no saben ser testigos, el Dios de Jesucristo permanece oculto e inaccesible a la sociedad.
La única razón de ser de una comunidad cristiana es dar testimonio de Jesucristo. Actualizar hoy en la sociedad el misterio del amor salvador de Dios manifestado en Cristo. La Iglesia no tiene otra justificación.
En su último libro «Un Dios para hoy» (Ed. Herder 1988), M. Neusch nos ha recordado que este testimonio de los creyentes se ha de dar hoy en un contexto sociológico en el que Dios sufre un proceso condenatorio.
En la sociedad actual se está llevando a cabo, de muchas maneras, un juicio sobre Dios y, con frecuencia, los testigos que hablan contra El reciben más audiencia que los que se pronuncian a su favor.
Hemos de recordar que, en este contencioso sobre Dios, no todo lo que viven los creyentes testimonia a su favor ni todo de la misma manera. La Iglesia puede atraer hacia Dios, pero puede también alejar de El.
Lo verdaderamente importante no es el número de testigos, pues la verdad no se decide por el criterio de las cifras. Lo decisivo no es tampoco el mensaje verbal que se pronuncia, aunque hemos de seguir hablando de Dios.
Lo que ha de crecer no es tanto el número de bautizados, sino su fe y su amor. Lo que ha de cambiar no es tanto el mensaje verbal de la Iglesia cuanto la vida de las comunidades cristianas.
Difícilmente ayudará hoy la Iglesia a creer en Dios desarrollando información religiosa y doctrinal, si no es, al mismo tiempo, en sí misma, manifestación del amor salvador de Dios.
Dios no se impone en una sociedad por la autoridad de los argumentos, sino por la verdad que emana de la vida de aquellos creyentes que saben amar de manera efectiva e incondicional.
No hemos de olvidar que «el único testimonio creíble es el de un amor efectivo a los hombres, pues sólo el amor puede testimoniar del Dios Amor» (M. Neusch) .
Tal vez una de las tragedias del mundo actual tan radicalizado en muchos aspectos, es el no contar hoy con experiencias de «fe radical» y de «testigos vivos» de Dios.
La figura del Bautista, verdadero testigo de Jesucristo, nos obliga a hacernos una pregunta: Mi vida, ¿ayuda a alguien a creer en Dios o más bien aleja de El?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
18 de enero de 1987

EL BAUTISMO DEL ESPIRITU

He contemplado al Espíritu.

El novelista Julien Green describe una asamblea de cristianos con estas penetrantes palabras: “Todo el mundo creía, pero nadie gritaba de asombro, de felicidad o de espanto».
Los cristianos de hoy no somos conscientes de la profunda contradicción que se da en el interior de nuestra vida cuando la apatía y la indiferencia apagan en nosotros el fuego del Espíritu.
Parecemos hombres y mujeres que, por decirlo con palabras del Bautista, han sido «bautizados con agua» pero a los que falta todavía ser bautizados con Espíritu Santo y fuego».
Cristianos que viven repitiendo lo que, tal vez, aprendieron hace aflos en algún libro o lo que escuchan hoy a los predicadores, pero que carecen de su propia experiencia de Dios.
Personas que se han ido desarrollando en otros aspectos de la vida pero que han quedado atrofiados interiormente, frustrados en su “desarrollo espiritual». Gentes buenas que siguen cumpliendo con fidelidad admirable sus prácticas religiosas pero que no conocen al Dios vivo que alegra la existencia y desata las fuerzas para vivir.
Lo que falta en nuestras comunidades y parroquias no es tanto la repetición del mensaje evangélico o el servicio sacramental cuanto la experiencia de encuentro con ese Dios vivo.
Por lo general, es poco e insuficiente lo que se hace entre nosotros para enseñar a los creyentes a adentrarse en su interior y descubrir la presencia del Espíritu en cada uno de nosotros y en el interior de la vida. Escasos los esfuerzos por aprender prácticamente caminos de oración y silencio que nos acerquen a Dios como fuente de vida.
Seguimos escuchando y repitiendo las palabras de Cristo como «desde el exterior” pero no nos preocupamos apenas de escuchar su voz interior, esa voz amistosa y estimulante, que ilumina, conforta y hace crecer en nosotros la vida.
Hablamos de Dios con conceptos y palabras admirables, pero nos ayudamos poco a presentir a Dios con emoción y asombro, como esa Realidad en la que nos sentimos vivos y seguros porque nos sentimos amados sin fin y de manera incondicional.
Para gustar a ese Dios no bastan las palabras ni los ritos. No bastan los conceptos ni los discursos teológicos. Es necesaria la experiencia personal. Que cada uno se acerque a la Fuente y beba.
No deberíamos olvidar los cristianos aquella observación que hace Tony de Mello con su habitual encanto: Jamás se ha emborrachado nadie a base de pensar intelectualmente en la palabra «vino». Así de sencillo. Para gustar y saborear a Dios, no basta teorizar sobre él. Es necesario beber del Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
15 de enero de 1984

UN GRAVE MALENTENDIDO

El que quita el pecado.

Son bastantes los cristianos que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.
Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela.
Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en «quitar el pecado del mundo».
Son bastantes los cristianos que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.
A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también víctimas.
Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando, precisamente, creíamos hacerla más feliz.
No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como «el que quita el pecado del mundo», no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las costumbres».
Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que, en Jesús, Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal.
El cristianismo sólo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica de nuestro pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
18 de enero de 1981

QUITAR EL PECADO

El que quita el pecado del mundo.

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia algo que es nuclear en el evangelio. El pecado no es solamente algo que puede ser perdonado sino algo que debe ser quitado y arrancado de la humanidad.
Jesús se presenta como alguien que «quita el pecado del mundo». Alguien que no solamente ofrece el perdón, sino también la posibilidad de ir quitando el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de los hombres.
La conclusión es evidente. Creer en Jesús no consiste sólo en abrirse al perdón de Dios. Seguir a Jesús es comprometerse en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado que domina a los hombres con todas sus consecuencias.
Quizás tengamos que comenzar por no banalizar el pecado y tomar conciencia más clara de que el pecado es algo que afecta a lo más profundo del hombre para irlo deshumanizando tanto individual como socialmente.
No se trata de una mera violación de una ley. Ni tan sólo de una «ofensa» a Dios. En todo el mensaje de Jesús, el pecado aparece sobre todo como rechazo del reino de Dios. Pecar es no aceptar a Dios como Padre y, en consecuencia, no aceptar la fraternidad y la justicia que Dios quiere ver implantada entre los hombres.
Si escuchamos el mensaje de Jesús sin preocupaciones casuísticas, observaremos que el pecado consiste fundamentalmente en la auto- afirmación del hombre que se encierra en su propio poder, para asegurarse contra Dios y oprimir al hermano.
Somos pecadores en la medida en que nos cerramos a Dios como Padre, como gracia y como futuro último y absoluto de nuestra existencia. Y en la medida en que nos servimos de nuestro pequeño poder físico, intelectual, económico, sexual, político, etc. no para abrirnos y servir al hermano, sino para oprimirlo, dominarlo y lograr nuestra felicidad a sus expensas.
Este pecado está presente en el corazón de cada hombre y en el interior de las instituciones, estructuras y mecanismos que funcionan en nuestra economía, nuestra política y nuestra convivencia social.
Si no se rompe el imperialismo del egoísmo, el hombre seguirá en una situación de cautiverio y alienación que no tiene futuro.
Toda reforma o revolución que no toque ni transforme para nada esta estructura egoísta y pecadora del hombre, podrá ser un logro altamente estimable, pero no abre verdadero horizonte de liberación.

José Antonio Pagola



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