lunes, 18 de agosto de 2014

24/08/2014 - 21º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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21º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

Tu eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
-«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron:
-«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremias o uno de los profetas.»
Él les preguntó:
-«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
-«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió:
-«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.
Ahora te digo yo:
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
24 de agosto de 2014

QUÉ DECIMOS NOSOTROS

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?
¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?
¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?
¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?
¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?
¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?
¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?
¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
21 de agosto de 2011

NUESTRO ÚNICO SEÑOR

"¿Quién decís que soy yo?". Lo mismo que los primeros discípulos, también los cristianos de hoy hemos de responder a Jesús para recordar de quién nos hemos fiado, a quién estamos siguiendo y qué podemos esperar de él. También nosotros vivimos animados por la misma fe.
Jesús, tú eres el Hijo de Dios vivo. Creemos que vienes de Dios. Tú nos puedes acercar como nadie a su Misterio. De ti podemos aprender a confiar siempre en él, a pesar de los interrogantes, dudas e incertidumbres que nacen en nuestro corazón. ¿Quién reavivará nuestra fe en un Dios Amigo si no eres tú? En medio de la noche que cae sobre tus seguidores, muéstranos al Padre.
Jesús, tú eres el Mesías, el gran regalo del Padre al mundo entero. Tú eres lo mejor que tenemos tus seguidores, lo más valioso y atractivo. ¿Por qué se apaga la alegría en tu Iglesia? ¿Por qué no acogemos, disfrutamos y celebramos tu presencia buena en medio de nosotros? Jesús, sálvanos de la tristeza y contágianos tu alegría.
Jesús, tú eres nuestro Salvador. Tú tienes fuerza para sanar nuestra vida y encaminar la historia humana hacia su salvación definitiva. Señor, la Iglesia que tú amas está enferma. Es débil y ha envejecido. Nos faltan fuerzas para caminar hacia el futuro anunciando con vigor tu Buena Noticia. Jesús, si tú quieres, puedes curarnos.
Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha carne. El gran Indignado que ha acampado entre nosotros para denunciar nuestro pecado y poner en marcha la renovación radical que necesitamos. Sacude la conciencia de tus seguidores. Despiértanos de una religión que nos tranquiliza y adormece. Recuérdanos nuestra vocación primera y envíanos de nuevo a anunciar tu reino y curar la vida.
Jesús, tú eres nuestro único Señor. No queremos sustituirte con nadie. La Iglesia es sólo tuya. No queremos otros señores. ¿Por qué no ocupas siempre el centro de nuestras comunidades? ¿Por qué te suplantamos con nuestro protagonismo? ¿Por qué ocultamos tu evangelio? ¿Por qué seguimos tan sordos a tus palabras si son espíritu y vida? Jesús, ¿a quién vamos a ir? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.
Jesús, tú eres nuestro Amigo. Así nos llamas tú, aunque casi lo hemos olvidado. Tú has querido que tu Iglesia sea una comunidad de amigos y amigas. Nos has regalado tu amistad. Nos has dejado tu paz. Nos la has dado para siempre. Tú estás con nosotros hasta el final. ¿Por qué tanta discordia, recelo y enfrentamientos entre tus seguidores? Jesús, danos hoy tu paz. Nosotros no la sabemos encontrar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
24 de agosto de 2008

CONFESAR CON LA VIDA

¿Quién decís que soy yo?

¿Quién decís que soy yo? Todos los evangelistas sinópticos recogen esta pregunta dirigida por Jesús a sus discípulos en la región de Cesarea de Felipe. Para los primeros cristianos era muy importante recordar una y otra vez a quién estaban siguiendo, cómo estaban colaborando en su proyecto y por quién estaban arriesgando su vida.
Cuando nosotros escucharnos hoy esta pregunta, tendemos a pronunciar las fórmulas que ha ido acuñando el cristianismo a lo largo de los siglos: Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo, el Redentor de la humanidad... ¿Basta pronunciar estas palabras para convertirnos en «seguidores» de Jesús?
Por desgracia, se trata con frecuencia de fórmulas aprendidas a una edad infantil, aceptadas de manera mecánica, repetidas de forma ligera, y afirmadas más que vividas.
Confesamos a Jesús por costumbre, por piedad o por disciplina, pero vivimos sin captar la originalidad de su vida, sin escuchar la novedad de su llamada, sin dejamos atraer por su amor misterioso, sin contagiamos de su libertad, sin esforzarnos en seguir su trayectoria.
Lo adoramos como «Dios» pero no es el centro de nuestra vida. Lo confesamos como «Señor» pero vivimos de espaldas a su proyecto, sin saber muy bien cómo era y qué quería. Le decimos «Maestro» pero no vivimos motivados por lo que motivaba su vida. Vivimos como miembros de una religión, pero no somos discípulos de Jesús.
Paradójicamente, la «ortodoxia» de nuestras fórmulas doctrinales nos puede dar seguridad, dispensándonos al mismo tiempo de un encuentro vivo con Jesús. Hay cristianos muy «ortodoxos» que viven una religiosidad instintiva, pero no conocen por experiencia lo que es nutrirse de Jesús. Se sienten «propietarios» de la fe, alardean incluso de su ortodoxia, pero no conocen el dinamismo del Espíritu de Cristo.
No nos hemos de engañar. Cada uno hemos de ponemos ante Jesús, dejamos mirar directamente por él y escuchar desde el fondo de nuestro ser sus palabras: ¿quién soy yo realmente para vosotros? A esta pregunta se responde con la vida más que con palabras sublimes.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
21 de agosto de 2005

¿QUÉ MISTERIO SE ENCIERRA EN ÉL?

¿Quién decís que soy yo?

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Cada uno ha de responder. No basta seguir repitiendo fórmulas y tópicos sobre Jesús. Es necesario un esfuerzo por intuir cada vez mejor qué misterio se encierra en este hombre en el que los creyentes descubrimos como en ninguna otra parte el rostro vivo de Dios. Voy a señalar algunos aspectos que destacan hoy investigadores y especialistas sobre Jesús.
Jesús fue un profeta que comunicó a las gentes una experiencia única y original de Dios, sin desfigurarla con los miedos, ambiciones y fantasmas que las religiones suelen proyectar de ordinario sobre la divinidad.
Para Jesús, Dios es amor compasivo. La compasión es la manera de ser de Dios, su primera reacción ante el ser humano y ante la creación entera. Por eso, Jesús habla, actúa, vive y muere movido por la compasión.
Jesús sólo vivió para implantar en el mundo lo que él llamaba «el reino de Dios». Fue su gran sueño. La pasión que alentó su vida entera. Quería ver realizado entre los hombres el proyecto de Dios: una vida más digna y dichosa para todos, ahora y para siempre.
Jesús no se dedicó a organizar una religión más perfecta desarrollando una teología más precisa sobre Dios o una liturgia más digna. Lo que verdaderamente le preocupó fue la felicidad de la gente. Por eso se entregó a eliminar el sufrimiento y a luchar contra todo lo que hace daño o permite la humillación de las personas.
Jesús amó a los más pobres e indefensos de la sociedad. Otros muchos lo han hecho también antes y después de él. Lo más sorprendente es que, por encima de los pobres, nada ha amado más Jesús que a ellos, ni siquiera la religión, la ley o las tradiciones más venerables.
¿Quién es este hombre que, además de vivir sólo para la felicidad de los demás, se ha atrevido a sugerir que Dios se parece a él, pues sólo quiere y busca una vida más digna y dichosa para todos? ¿Qué misterio se encierra en él? Para intuirlo, nada mejor que seguir sus pasos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
25 de agosto de 2002

¿QUÉ MISTERIO SE ENCIERRA EN ÉL?

¿Quién decís que soy yo?

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Cada uno ha de responder. No basta seguir repitiendo fórmulas y tópicos sobre Jesús. Es necesario un esfuerzo por intuir cada vez mejor qué misterio se encierra en este hombre en el que los creyentes descubrimos como en ninguna otra parte el rostro vivo de Dios. Voy a señalar algunos aspectos que destacan hoy investigadores y especialistas sobre Jesús.
Jesús fue un profeta que comunicó a las gentes una experiencia única y original de Dios, sin desfigurarla con los miedos, ambiciones y fantasmas que las religiones suelen proyectar de ordinario sobre la divinidad.
Para Jesús, Dios es ámor compasivo. La compasión es la manera de ser de Dios, su primera reacción ante el ser humano y ante la creación entera. Toda religión auténtica ha de potenciar el amor compasivo a los que sufren.
Jesús sólo vivió para implantar en el mundo lo que él llamaba «el reino de Dios». Fue su gran sueño. La pasión que alentó su vida entera. Quería ver realizado entre los hombres el proyecto de Dios: una vida más digna y dichosa para todos, ahora y para siempre.
Jesús no se dedicó a organizar una religión más perfecta desarrollando una teología más precisa sobre Dios o una liturgia más digna. Lo que verdaderamente le preocupó fue la felicidad de la gente. Por eso se entregó a eliminar el sufrimiento y a luchar contra todo lo que hace daño o permite la humillación de las personas.
Jesús amó a los más pobres e indefensos de la sociedad. Otros muchos lo han hecho también antes y después de él. Lo más sorprendente es que, por encima de los pobres, nada ha amado más Jesús que a ellos, ni siquiera la religión, la ley o las tradiciones más venerables.
¿Quién es este hombre que, además de vivir sólo para la felicidad de los demás, se ha atrevido a sugerir que Dios se parece a él, pues sólo quiere y busca una vida más digna y dichosa para todos? ¿Qué misterio se encierra en él? Para intuirlo, nada mejor que seguir sus pasos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
22 de agosto de 1999

ENCONTRARSE CON ALGUIEN

¿ Quién decís que soy yo?

Los cristianos hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer algo, sino en creer en Alguien. No se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente «un conjunto extraño de doctrinas», sino de encontramos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia.
Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.
En nuestros tiempos, se hace cada vez más difícil creer en algo. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y profundas deficiencias.
El hombre moderno, escarmentado de dogmas e ideologías, quizás está dispuesto todavía a creer en personas que le ayuden a vivir dando un sentido nuevo a su existencia. Por eso ha podido decir el teólogo K Lehmann que «el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesucristo».
Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser «conservar la fe» como «un depósito de doctrinas» que hay que saber defender contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes.
Creer es otra cosa. Antes que nada, los cristianos hemos de preocupamos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Sólo cuando vivamos «seducidos» por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, proclamaremos con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguimos viviendo una fe mediocre y poco convincente.
Los cristianos hemos de responder con sinceridad a esa pregunta interpeladora de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse». ¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
25 de agosto de 1996

DICHOSO

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

Con frecuencia pensamos que seremos más felices el día en que cambie el entorno que nos rodea, cuando las personas nos traten mejor o cuando nos sucedan cosas buenas. En el fondo buscamos que la vida se adapte a nuestros deseos. Creemos que entonces seremos felices.
Sin embargo, hay una pregunta que no podemos ni debemos eludir. Para conocer la felicidad, ¿tiene que suceder algo fuera de mí, o justamente dentro de mí mismo?, ¿tienen que cambiar los demás, o tengo que cambiar yo?, ¿ha de mejorar el mundo que me rodea, o he de transformarme yo?
En el relato que nos ofrece el evangelista Mateo, Jesús le declara feliz a Pedro por algo que ha ocurrido en su interior: el Padre del cielo le ha revelado que Jesús no es un profeta más, sino «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». No es difícil detectar dos matices en las palabras de Cristo: «Qué suerte tienes, Simón, hijo de Jonás, porque el Padre te ha desvelado una verdad tan decisiva.» Pero, al mismo tiempo: «Qué dichoso eres por haberte abierto a esa luz que el Padre ha puesto en ti.»
A nosotros nos puede resultar un tanto extraño que una «revelación interior» pueda convertirse en fuente de felicidad. Sin embargo, pocas cosas pueden desencadenar una experiencia tan gozosa y estable como el descubrir con luz nueva las convicciones fundamentales que sostienen la vida de la persona.
Los cristianos olvidamos con frecuencia un dato elemental. Lo que encontramos al comienzo del cristianismo no es una doctrina, sino una experiencia vivida con fe por los primeros discípulos. La fe cristiana nació cuando unos hombres y mujeres se encontraron con Cristo y experimentaron en él la cercanía de Dios. Este encuentro dio un sentido nuevo a sus vidas; descubrieron a Dios como Padre cercano y bueno; pusieron en Cristo todas sus esperanzas de salvación.
Ahora bien, lo que para ellos fue una experiencia viva, a nosotros nos llega como una tradición religiosa que ha sido formulada en un lenguaje concreto y ha cristalizado a lo largo de los siglos en un determinado cuerpo doctrinal. Pero, evidentemente, ser creyente es mucho más que aceptar dócilmente esa doctrina. Cada uno hemos de vivir nuestra propia experiencia y hacer nuestra la fe primera de aquellos discípulos.
No basta afirmar teóricamente que Cristo es el Hijo de Dios encarnado o atribuirle títulos tan solemnes como Salvador del Mundo o Redentor de la Humanidad. Es necesario, además, creer en él, adherirnos a su persona, abrirnos a su acción salvadora, acoger su palabra, dejarnos trabajar por su Espíritu. Por eso, también hoy dichoso el creyente que, al confesar a Cristo como «Mesías, Hijo de Dios vivo», no sólo afirma una verdad doctrinal del Credo, sino que se deja iluminar internamente por el Padre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
22 de agosto de 1993

CUESTION DE FONDO

¿Quién decís que soy yo?

La pregunta de Jesús a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», no es sólo una pregunta dirigida por el Maestro a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.
Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.
La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante Jesucristo. Y ésta no se refleja sólo en nuestras palabras y afirmaciones verbales, sino, sobre todo, en nuestro seguimiento concreto a Jesucristo. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: ‘Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios’ significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios que cada uno invoca para dirigir su conducta.»
Las palabras de Jesús piden una opción radical, O bien Jesús es para nosotros un personaje más junto a otros muchos de la humanidad, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da una orientación nueva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.
La pregunta « ¿quién decís que soy yo?», cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. Una interpelación sobre mi fe y mi vida. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?
Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar «cómo vivo», a qué aspiro, en qué me comprometo.
Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser el llamamiento a un estilo de vida cristiano. Evidentemente, no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero, tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
26 de agosto de 1990

LA IGLESIA DE JESUCRISTO

Edificaré mi Iglesia

Todos los sondeos y estadísticas muestran de manera palpable que el mensaje de la Iglesia va perdiendo progresivamente su influencia en la sociedad occidental. El hombre contemporáneo escucha otros «evangelios» y atiende a otros «profetas».
Son muchos los que critican fuertemente la historia concreta del cristianismo y echan en cara a la Iglesia graves traiciones. Ha llegado el momento en el que los papeles se han invertido, y ya no es la Iglesia la que juzga al mundo, sino éste el que juzga a la Iglesia.
El hombre actual, terriblemente práctico y crítico, observa el cristianismo y no constata, al parecer, nada especial. Lo mismo que en el mundo, ve también en la Iglesia hombres y mujeres vacíos, superficiales, hipócritas o sin esperanza.
El evangelio parece haberse convertido en algo inofensivo. El mensaje de la Iglesia no encuentra casi nunca una reacción de resistencia hostil, sino de total indiferencia. Según el teólogo ortodoxo Paul Evdokimov, «los cristianos han hecho todo lo posible para esterilizar el evangelio; se diría que lo han sumergido en un líquido neutralizante».
El hecho cristiano parece resonar entonces en el vacío. La Iglesia no introduce apenas contraste en el interior del mundo. Los cristianos han perdido, en gran parte, su fuerza de fermento en medio de la masa.
¿No es ésta la gran derrota de la Iglesia contemporánea? ¿Cómo leer desde esta situación la promesa de Jesús: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará»?
Antes que nada, hemos de recordar que Jesús habla de «su Iglesia», de una Iglesia que él mismo ha de edificar sobre Pedro. Sus palabras, por tanto, no garantizan la consistencia de cualquier Iglesia, sino de una Iglesia que sea realmente «presencia de Jesucristo».
Ahora bien, Jesucristo no es sólo «doctrina», sino Vida de Dios encarnada, salvación hecha vida. Por ello, lo que se ha de construir sobre Pedro no es solamente un cuerpo de doctrina ortodoxa, sino el Cuerpo vivo de la presencia de Cristo en el mundo.
Jesucristo no es tampoco «palabras vacías», sino novedad de vida auténticamente humana. Por eso, la Iglesia ha de ser un foco de vida y no un lugar donde se produce «un vocabulario suplementario», pero donde el modo de pensar y de obrar es semejante al del mundo.
Jesucristo no es sólo «preocupación ética», sino enraizamiento de la vida en el Dios Creador y Padre. Por eso, lo que la Iglesia ha de poner en el mundo no es simplemente «creencia moral», sino vida que dimane del Trascendente.
Es esta Iglesia de Jesucristo la que el mundo actual necesita y la que nunca será derrotada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
23 de agosto de 1987

A LA ESCUCHA DE OTRO

Te lo ha revelado mi Padre

Para crecer en fe no basta leer libros sobre temas religiosos ni escuchar las palabras y discursos que pronuncian otros creyentes, aunque éstos sean eclesiásticos de prestigio.
Lo importante es saber escuchar como Pedro lo que nos revela interiormente no alguien de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo y en el fondo de nosotros mismos.
Escuchar a Dios siempre es un don, algo que se nos regala gratuitamente pero, al mismo tiempo, es algo que ha de ser recibido y preparado por nosotros.
A nosotros se nos pide remover los obstáculos que nos impiden estar atentos y en silencio. Descender al fondo de nosotros y de la vida. Superar la dispersión y la superficialidad. Y luego, dejar que en nuestro interior «acontezca algo”.
Pero, ¿es esto posible alimentados exclusivamente por el periódico, la radio o la televisión que apenas nos permiten escuchar en nosotros otra voz que no sea el ruido del acontecer diario?
¿Es esto posible cuando vivimos ocupados por esa actividad tan absorbente, el medio más eficaz, en realidad, para olvidarnos de quiénes somos, qué buscamos y hacia dónde caminamos?
Cada vez son más las cosas que hemos de hacer y los compromisos que hemos de atender. Tal vez nos programamos inconscientemente así con la oculta intención de carecer de tiempo para detenernos.
Vivimos guiados por una consigna realmente peligrosa: “Date prisa», lo que, en el fondo, viene a decir “no pienses», “no escuches”, “vive aturdido”, “huye fuera de ti mismo».
Consciente de esta vida nuestra tan agitada y atropellada, me atrevo, sin embargo, a recoger aquí la invitación tan conocida de S. Anselmo en su Proslogion porque la considero de total actualidad.
Alguno leerá estas frases apresuradamente y tendrá la impresión de que las ha entendido porque ha entendido la conexión entre unas palabras y otras.
Sin embargo, sólo las entenderá quien lea en ellas una invitación a vivir en su propia experiencia lo que esas palabras sugieren.
“Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas.
Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de El. Di a Dios: Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
26 de agosto de 1984

¿QUIEN ES PARA NOSOTROS?

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

No es fácil intentar responder con sinceridad a la pregunta de Jesús: «quién decís que soy yo?».
En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, ideologizaciones, experiencias, interpretaciones culturales.., que van desvelando y velando al mismo tiempo su riqueza insondable.
Pero, además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos. Y proyectamos en él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta, lo empequeñecemos y desfiguramos incluso cuando tratamos de exaltarlo.
Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres.
Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva.
Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no establecer- se nunca, crear, construir, crecer.
Jesús es peligroso. Percibimos en él una entrega a los hombres que desenmascara todo nuestro egoísmo. Una pasión por la justicia que sacude todas nuestras seguridades, privilegios y comodidad. Una ternura y una búsqueda de reconciliación y perdón que deja al descubierto nuestra mezquindad. Una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres.
Y sobre todo, intuimos en él un misterio de apertura, cercanía y proximidad a Dios que nos atrae y nos invita a abrir nuestra existencia al Padre.
A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirle.
Seguir humildemente sus pasos, abrirnos con él al Padre, actualizar sus gestos de amor y ternura, mirar la vida con sus ojos, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección.
Y sin duda, saber orar muchas veces desde el fondo de nuestro corazón: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
23 de agosto de 1981

NUESTRA IMAGEN DE CRISTO

¿Quién decís que soy yo?

La pregunta decisiva de Jesús: «Quién decís que soy yo? » sigue pidiendo todavía una respuesta entre los creyentes de nuestro tiempo.
No todos tenemos la misma imagen de Jesús. Y esto, no sólo por d carácter inagotable de su personalidad, sino, sobre todo, porque cada uno de nosotros vamos elaborando nuestra imagen de Jesús a partir de nuestros propios intereses y preocupaciones, condicionados por nuestra sicología personal y e1 medio social al que pertenecemos, y marcados de manera decisiva por la formación religiosa que hemos recibido.
Y sin embargo, la imagen de Cristo que podamos tener cada uno, tiene importancia decisiva para nuestra vida creyente, pues, condiciona esencialmente nuestra manera de entender y vivir la fe.
Una imagen empobrecida, unilateral, parcial o falsa de Jesús nos conducirá a una vivencia empobrecida, unilateral, parcial o falsa de la fe.
De ahí la importancia de tomar conciencia de las posibles deformaciones de nuestra visión de Jesús y de purificar nuestra adhesión a Jesucristo.
Por otra parte, es pura ilusión pensar que uno cree en Jesucristo porque «cree» en un dogma o porque está dispuesto a creer «en lo que la santa Madre Iglesia cree».
En realidad, cada creyente cree en lo que cree él, es decir, en lo que personalmente va descubriendo en su seguimiento a Jesucristo, aunque naturalmente, lo haga dentro de la comunidad cristiana.
Por desgracia, son bastantes los cristianos que entienden y viven su religión de tal manera que probablemente nunca podrán tener una experiencia un poco viva de lo que es encontrarse personalmente con Cristo.
Ya en una época muy temprana de su vida, se han hecho una idea infantil de Jesús, cuando quizás no se habían planteado todavía con suficiente lucidez las cuestiones y preguntas a las que Cristo puede responder.
Más tarde, ya no han vuelto a repensar su fe en Jesucristo, bien porque la consideran algo banal y sin importancia alguna para sus vidas, bien porque no se atreven a examinarla con seriedad y rigor por temor a perderla, bien porque se contentan con conservarla de manera indiferente y apática, sin eco alguno en su ser.
Desgraciadamente no sospechan lo que Jesús podría ser para su vida. M. Legaut escribía esta frase dura pero quizás muy real: «Esos cristianos ignoran quién es Jesús y están condenados por su misma religión a no descubrirlo jamás».

José Antonio Pagola

HOMILIA


En cualquier lugar y en cualquier época, quienes deseen vivir fielmente la fe cristiana tendrán que preguntarse una y otra vez: ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Quién es hoy Cristo para nosotros? ¿Qué podemos esperar de él? Por eso, todos los años se recuerda en la comunidad cristiana el diálogo de Cesarea de Filipo y se escucha esa pregunta decisiva de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Con frecuencia, se trata de responder a esta pregunta en clave doctrinal recordando lo que los grandes concilios han proclamado sobre él. Planteada así la cuestión, unos afirman que Jesús es el Hijo de Dios consustancial al Padre, otros entienden que es sólo un hombre extraordinario pero no de naturaleza divina, otros prefieren no pronunciarse pues no llegan a entender qué es lo que se quiere decir exactamente con este tipo de fórmulas.
Con ser decisiva, no es ésta, sin embargo, la única clave para acercarse a la verdadera identidad de Cristo, sobre todo en una época de fuerte crisis metafísica en la que muchos buscan orientación para su vida en medio de conflictos, interrogantes y contradicciones. Hay otra manera de ahondar en la personalidad de Cristo y es recorrer el camino iniciado por él.
A muchos hombres y mujeres de hoy no les ayuda mucho analizar lo que dicen los concilios sobre la naturaleza divina y humana de Cristo o escuchar las explicaciones de los teólogos sobre la posibilidad de que Dios se haga hombre. Es mejor conocer el relato evangélico sobre Jesús, captar lo esencial de esa vida y ponernos a seguirle.
Quien sigue a Jesús se acerca cada vez más a su misterio. Se encuentra con un hombre movido sólo por el amor, sintoniza con él, comienza a entender la existencia desde otra perspectiva y se pregunta qué misterio se encierra en este ser humano que no vive para sí mismo sino para los demás. Se sorprende ante su libertad inaudita, trata de seguirle en su «camino de verdad» y se pregunta dónde está el origen último de esa seguridad misteriosa que lo lleva a poner la ley, el culto y la religión al servicio del ser humano.
Lo que más nos acerca al misterio de Cristo no es confesar rutinariamente las grandes fórmulas cristológicas sino tratar de seguirle día a día abriéndonos a su Espíritu y sintonizando con su estilo de vivir.

José Antonio Pagola





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Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 11 de agosto de 2014

17/08/2014 - 20º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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20º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Mujer, qué grande es tu fe

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
-«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó:
-«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
-«Señor, socórreme.»
Él le contestó:
-«No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso:
-«Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió:
-«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra de Dios

HOMILIA

2013-2014 -
17 de agosto de 2014

JESÚS ES DE TODOS

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.
La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.
La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos.: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.
Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.
Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.
Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.
Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
14 de agosto de 2011

JESÚS ES PARA TODOS

La escena es sorprendente. Una mujer pagana sale gritando al encuentro de Jesús. Es una madre de fuerte personalidad que reclama compasión para su hija enferma, pues está segura de que Dios quiere una vida digna para todos sus hijos e hijas, aunque sean paganos, aunque sean mujeres.
Su petición es directa: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está atormentada por un demonio». Sin embargo, su grito cae en el vacío: Jesús guarda un silencio difícil de explicar. ¿No se conmueve su corazón ante la desgracia de aquella madre sola y desamparada?
La tensión se hace más insoportable cuando Jesús rompe su silencio para negarse rotundamente a escuchar a la mujer. Su negativa es firme y brota de su deseo de ser fiel a la misión recibida de su Padre: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
La mujer no se desalienta. Apresura el paso, alcanza al grupo, se postra ante Jesús y, desde el suelo, repite su petición: «Señor, socórreme». En su grito está resonando el dolor de tantos hombres y mujeres que no pertenecen al grupo de aquel Sanador, y sufren una vida indigna. ¿Han de quedar excluidos de su compasión?
Jesús se reafirma en su negativa: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». La mujer no se rinde ante la frialdad escalofriante de Jesús. No le discute, acepta su dura imagen, pero extrae una consecuencia que Jesús no ha tenido en cuenta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». En la mesa de Dios hay pan para todos.
Jesús reacciona sorprendido. Escuchando hasta el fondo el deseo de esta pagana, ha comprendido que lo que pide es exactamente lo que quiere Dios: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». El amor de Dios a los que sufren no conoce fronteras, ni sabe de creyentes o paganos. Atender a esta mujer no le aleja de la voluntad del Padre sino que le descubre su verdadero alcance.
Los cristianos hemos de aprender hoy a convivir con agnósticos, indiferentes o paganos. No son adversarios a apartar de nuestro camino. Si escuchamos su sufrimiento, descubriremos que son seres frágiles y vulnerables que buscan, como nosotros, un poco de luz y de aliento para vivir.
Jesús no es propiedad de los cristianos. Su luz y su fuerza sanadora son para todos. Es un error encerrarnos en nuestros grupos y comunidades, apartando, excluyendo o condenando a quienes no son de los nuestros. Sólo cumplimos la voluntad del Padre cuando vivimos abiertos a todo ser humano que sufre y gime pidiendo compasión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
17 de agosto de 2008

EL GRITO DE LA MUJER

Se puso a gritarle.

Cuando, en los años ochenta, Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿Qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?
Jesús sólo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Ejecutado rápidamente por los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión sólo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.
La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. No tiene esposo ni hermanos que la defiendan. Tal vez, es madre soltera, viuda, o ha sido abandonada por los suyos.
Mateo sólo destaca su fe. Es la primera mujer que habla en su evangelio. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor ten compasión de mí».
En un momento determinado la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo en su soledad y marginación.
Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.
¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
14 de agosto de 2005

ALIVIAR EL SUFRIMIENTO

Que se cumpla lo que deseas.

Jesús vivía muy atento a la vida. Es ahí donde descubría la voluntad de Dios. Miraba con hondura la creación y captaba el misterio del Padre que lo invitaba a cuidar con ternura a los seres más pequeños. Abría su corazón al sufrimiento de la gente y escuchaba la voz de Dios que lo llamaba a aliviar su dolor.
Los evangelios nos han conservado el recuerdo de un encuentro que tuvo Jesús con una mujer pagana en la región de Tiro y Sidón. El relato es sorprendente y nos descubre cómo aprendía Jesús el camino concreto para ser fiel a Dios.
Una mujer sola y desesperada sale a su encuentro. Sólo sabe hacer una cosa: gritar y pedir compasión. Su hija no sólo está enferma y desquiciada, sino que vive poseída por un «demonio muy malo». Su hogar es un infierno. De su corazón desgarrado brota una súplica: «Señor, socórreme».
Jesús le responde con una frialdad inesperada. Él tiene una vocación muy concreta y definida: se debe a las «ovejas descarriadas de Israel». No es su misión adentrarse en el mundo pagano: «no está bien echar a los perros el pan de los hijos».
La frase es dura, pero la mujer no se ofende. Está segura de que lo que pide es bueno y, retomando la imagen de Jesús, le dice estas admirables palabras: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen migajas que caen de la mesa de sus amos».
De pronto, Jesús comprende todo desde una luz nueva. Esta mujer tiene razón: lo que desea coincide con la voluntad de Dios que no quiere ver sufrir a nadie. Conmovido y admirado le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
Jesús que parecía tan seguro de su propia misión, se deja enseñar y corregir por esta mujer pagana. El sufrimiento no conoce fronteras. Es verdad que su misión está en Israel, pero la compasión de Dios ha de llegar a cualquier persona que está sufriendo.
Cuando nos encontramos con una persona que sufre, la voluntad de Dios resplandece allí con toda claridad. Dios quiere que aliviemos su sufrimiento. Es lo primero. Todo lo demás viene después. Ése fue el camino que siguió Jesús para ser fiel al Padre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
18 de agosto de 2002

NO CONQUISTAR SINO SERVIR

Mujer... que se cumpla lo que deseas.

Es un dato afirmado por todos los investigadores: Jesús no entró en las ciudades paganas de su entorno a proclamar su mensaje. No se considera un «conquistador religioso». Se siente más bien enviado al pueblo de Israel, llamado a ser un día «luz de los pueblos paganos» según el profeta Isaías. Y dentro de Israel, se siente enviado a las «ovejas perdidas», los más pobres y olvidados, los más despreciados, los maltratados por la vida y la sociedad.
Sin embargo, en un momento en que se ha retirado a la región de Tiro y Sidón, Jesús se encuentra con una mujer pagana que viene hacia él con un sufrimiento grande: «Mi hija tiene un demonio muy malo». Algo inquietante y siniestro se ha apoderado de ella; no puede comunicarse con su hija querida; la vida se le ha convertido en un infierno. De aquella madre pagana sólo nace un grito hacia Jesús: «Ten compasión de mí».
La reacción del profeta de Israel es siempre la misma. Sólo atiende al sufrimiento. Le conmueve la pena de aquella mujer luchando con fe por su hija. El sufrimiento humano no tiene fronteras ni conoce los límites de las religiones. Por eso, tampoco la compasión y la misericordia han de quedar encerrados en la propia religión. Jesús sabe bien que Dios no quiere ver sufrir a nadie. El que reza a Dios «hágase tu voluntad» dice a la pagana: «hágase tu voluntad» pues coincide con la de Dios.
No pocas veces, la relación del cristianismo con otras religiones ha sido una relación de dominio, violencia y destrucción. Consciente de su poder, la Iglesia se esforzó por imponer la doctrina cristiana e implantar su sistema religioso, contribuyendo a destruir culturas y desarraigar poblaciones enteras de sus propias raíces. Esta operación «colonizadora» nacía, sin duda, de un deseo sincero de hacer cristianos a todos los pueblos, pero no era la manera más evangélica de hacer presente el Espíritu de Cristo en tierras paganas.
Hoy las cosas han cambiado. Los cristianos hemos aprendido a acercamos al sufrimiento humano para tratar de aliviarlo. El trabajo de los misioneros y misioneras ha conocido una profunda transformación. Su misión no es «conquistar» pueblos para la fe, sino servir abnegadamente para liberar a las gentes del hambre, la miseria o la enfermedad. Son los mejores testigos de Cristo sobre la Tierra.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
15 de agosto de 1999 (Se celebró la asunción de María.)

¿PARA QUÉ PEDIR?

Mujer, qué grande es tu fe...

Nos hemos acostumbrado a dirigir nuestras peticiones a Dios de manera tan superficial e interesada que probablemente hemos de aprender de nuevo el sentido y la grandeza de la súplica cristiana. L. Boros señala algunas dificultades que hacen casi imposible la súplica y contra las que tenemos que luchar decididamente.
A algunos les parece indigno rebajarse a pedir nada. El hombre es responsable de sí mismo y de su historia. Pero, aun siendo esto verdad, también lo es el que los hombres vivimos de la gracia. Y reconocerlo significa enraizamos en nuestra propia verdad.
Para otros, Dios es algo demasiado irreal. Un ser diferente y lejano que no se preocupa del mundo. Por un lado, estamos los hombres sumergidos en «el laberinto de las cosas terrenas» y, por otro, Dios en su mundo eterno. Y, sin embargo, orar a Dios es descubrir que está incondicionalmente de nuestro lado contra el mal que nos amenaza. Suplicar es invocar a Dios como gracia, liberación, alegría de vivir.
Pero es entonces precisamente cuando Dios aparece demasiado débil e impotente, pues ya no actúa ni interviene. Y es cierto que Dios no lo puede todo. Ha creado el mundo y lo respeta tal como es, sin entrar en conflicto con él. Su amor al hombre está de hecho limitado hoy por la imperfección del mundo y por nuestra libertad.
Pero los acontecimientos del mundo y nuestra propia vida no son algo cerrado. Y la súplica es ya fecunda en sí misma porque nos abre a ese Dios que está trabajando nuestra salvación definitiva por encima de todo mal. Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amamos más de lo que nos ama. Somos nosotros los que, al orar, nos dejamos transformar por su gracia, descubrimos la vida desde el horizonte de Dios y nos abrimos a su voluntad salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar, sino nosotros.
La humilde mujer cananea, arrodillada con fe a los pies de Jesús, puede ser una llamada y una invitación a recuperar el sentido de la súplica confiada al Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
18 de agosto de 1996

AL RITMO DE CADA DÍA

Ten compasión de mí.

Son muchos los creyentes que han perdido casi totalmente la costumbre de orar. Recuerdan, quizás, oraciones que hacían de niños, pero hoy no aciertan a dirigirse a Dios. Desearían, tal vez, volver a comunicarse con él, pero no saben por dónde empezar.
Seamos realistas. ¿Cómo puede orar un hombre o mujer sometido al ritmo ordinario de la vida moderna? ¿Qué pasos puede dar? Yo sugiero comenzar por recuperar de forma sencilla la oración de la mañana y de la noche.
Hay muchas maneras de levantarse, pero lo ordinario es iniciar el día de forma casi autómata. La persona se va sacudiendo de encima el sueño de la noche mientras se da prisa para no llegar tarde a sus ocupaciones. Sin embargo, el despertar no es algo trivial, sino un acontecimiento importante: se nos está regalando un nuevo día para vivir.
Algunos tienen posibilidades de pararse unos minutos y comenzar el día de manera más consciente. Si lo hacemos, enseguida nos vendrán a la mente las preocupaciones de la víspera y los problemas que nos aguardan. Puede ser el momento de recogernos ante Dios para darle gracias por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz. El nos acompañará a lo largo del día. El rezo de una oración conocida —padrenuestro o avemaría— nos pueden servir de ayuda.
Otras personas no tienen tiempo ni condiciones para empezar el día orando con calma. Hay que darse prisa, los hijos pequeños no nos dejan en paz, nuestra cabeza está ocupada por mil cosas. También entonces la persona creyente puede elevar su corazón a Dios y pensar con gozo: «Dios me ama y me acompaña de cerca también hoy.» Basta. Lo importante es reavivar cada día esta fe.
La oración de la noche es diferente. Por lo general, la persona cuenta con más tiempo y posibilidades. Nos disponemos ya a descansar de las tensiones y trabajos del día. Entregarse al sueño puede convertirse para el creyente en un acto de abandono confiado en manos de Dios. Pedimos perdón y nos confiamos a su misericordia. El signo de la cruz o el rezo de una oración sencilla nos pueden ayudar.
Estos gestos tan sencillos —a más de uno le pueden hacer sonreír— inscritos en el ritmo diario de nuestra vida, hecha de días y de noches, nos permite vivir de modo más consciente nuestro ser de «hijos de Dios» hablando con él «como un amigo con su amigo» (san Ignacio de Loyola). Esta oración no es una obligación. Es una necesidad gozosa para quien camina por la vida acompañado por un Dios Amigo.
El relato evangélico nos presenta a Jesús alabando la fe grande de una mujer cananea que no hace sino gritarle con palabras sencillas, pero sinceras, su necesidad: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
15 de agosto de 1993 (Se celebró la asunción de María.)

¿FRONTERAS O PUENTES?

Mujer, qué grande es tu fe.

Hace unos años la Iglesia dividía sencillamente a las gentes en dos clases: aquellos que, habiendo recibido el bautismo, pertenecían inequívocamente a ella, y los que, al no estar bautizados, estaban fuera. Hoy no es así. El hecho de estar bautizado no significa ya que la persona sea miembro real de la Iglesia o que se sienta cristiana.
En nuestros días, no es tan sencillo trazar unas fronteras precisas para saber quiénes pertenecen a la Iglesia y quiénes no. Bastantes bautizados siguen creyendo en «algo» sin que sea fácil determinar la distancia que hay entre la «fe oficial» de la Iglesia y lo que esas personas creen en su corazón. Algunos dicen pertenecer todavía a ella porque están registrados en el libro de bautismos, pero su fe real ha quedado reducida a algo muy difuso.
¿Qué decir de esta nueva situación de una Iglesia cuyo ámbito resulta tan indeterminado? ¿Cómo valorar a ese conjunto amplio de bautizados en cuya conciencia persisten fragmentos de fe en Jesucristo?
Antes que nada, me parece oportuno recordar lo que el célebre teólogo K Rahner decía hace años en el contexto de la sociedad alemana: «Hay que luchar contra esa sensación tan extendida de que o tiene uno que ser miembro decidido de la Iglesia, con todas las obligaciones resultantes, o adopta necesariamente una postura hostil o indiferente por completo frente a ella.» En unos tiempos de cambios socio-culturales tan profundos y complejos, es normal que haya personas que no se puedan identificar honestamente con la Iglesia que ellos conocen, y, sin embargo, mantienen un interés real por su mensaje y por la religión cristiana.
Sin duda, la confusión actual es grande. Y puede ser tentador «poner orden» fijando límites mediante medidas administrativas o imponiendo una ortodoxia doctrinal precisa. Pero con ello no se habría hecho todavía lo más evangélico.
A la persona no se la acerca a Dios poniéndola en la alternativa de aceptar forzosamente una determinada ortodoxia o bien de irse de la Iglesia y considerarse separada de ella. Lo importante no es marcar fronteras para saber con exactitud quién se sale de la Iglesia y quién vuelve de nuevo a ella. Lo decisivo es que en medio de una sociedad tan desprovista de sentido y esperanza haya una comunidad de creyentes capaz de levantar puentes hacia el misterio de Dios.
Así fue la actuación de Jesús. No rechaza a la mujer pagana que le invoca con fe. No pertenece al pueblo elegido de Dios. Pero en su corazón hay una fe que Jesús sabe apreciar: «Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» Ojalá se cumplan los deseos de salvación de tantos hombres y mujeres que se sienten «alejados» de la Iglesia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
19 de agosto de 1990

PEDIR CON FE

Mujer, qué grande es tu fe.

La oración de petición ha sido objeto de una intensa crítica a lo largo de estos años. El hombre ilustrado cié la época moderna se avergüenza de adoptar una actitud de súplica ante Dios, pues sabe que Dios no va a alterar el curso natural de los acontecimientos para atender sus deseos.
La naturaleza es «una máquina» que funciona según unas leyes naturales, y el hombre es el único ser que puede actuar y transformar, y sólo en parte, el mundo y la historia, con su intervención.
Entonces, la oración de petición queda arrinconada para acentuar la importancia de otras formas de oración como la alabanza, la acción de gracias o la adoración, que se pueden armonizar mejor con el pensamiento moderno.
Otras veces, ese diálogo suplicante de la criatura con su Creador queda sustituido por la meditación o la inmersión del alma en Dios, misterio último de la existencia y fuente de toda vida.
Sin embargo, la oración de súplica, tan controvertida por sus posibles malentendidos, es de capital importancia para expresar y vivir desde la fe nuestra dependencia creatural ante Dios.
No es extraño que el mismo Jesús alabe la fe grande de una mujer sencilla que sabe suplicar de manera insistente su ayuda. A Dios se le puede invocar desde cualquier situación. Desde la felicidad y desde la adversidad; desde el bienestar y desde el sufrimiento.
El hombre o la mujer que eleva a Dios su petición no cree en un Dios que causa el mal y destruye la vida. No se dirige tampoco a un Dios apático o indiferente al sufrimiento de sus criaturas, sino a un Dios que puede salir de su ocultamiento y manifestar su cercanía a los que le suplican.
Pues de eso se trata. No de utilizar a Dios para conseguir nuestros objetivos egoístas, sino de buscar y pedir la cercanía de Dios en aquella situación. Y la experiencia de la cercanía de Dios no depende exclusivamente, ni siquiera primariamente, de su intervención favorable.
El creyente puede experimentar de muchas maneras la cercanía de Dios independientemente de cómo se resuelva aquel problema. Recordemos la sabia advertencia de San Agustín: «Dios escucha tu llamada si le buscas a El. N o te escucha, si a través de El buscas otra cosa».
No es éste el tiempo del cumplimiento definitivo. El mal no está vencido de manera total. El orante experimenta la contradicción entre la desgracia que padece y la salvación definitiva prometida por Dios.
Por eso, toda súplica y petición concreta a Dios queda siempre envuelta en esa gran súplica que nos enseñó el mismo Jesús: «Venga a nosotros tu Reino», el Reino de la salvación y de la vida definitiva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
16 de agosto de 1987
LA PETICION

Lepidi6 de rodillas...

Sorprende ver que Jesús alabe la grandeza de fe de una madre sólo porque pide insistentemente la curación de su hija.
Esta mujer no hace ningún gesto extraordinario. No vive una experiencia religiosa privilegiada. Sencillamente acude a Jesús porque desea ver curada a esa hija que tanto quiere. ¿Qué grandeza puede haber en su petición?
Estos últimos años se ha despertado en algunos cristianos todo género de reservas y sospechas ante la oración de petición como una actitud religiosa que puede encerrar un larvado egoísmo y una evasión que aleja del compromiso.
Esta postura, por otra parte, está muy acorde con la conciencia del hombre moderno que trata de apoyarse sólo en sus posibilidades y vivir de sus propios logros sin recurrir a nada que no sea su inteligencia y su poder.
No es extraño, incluso, que la petición a Dios parezca hoy a algunos algo ridículo y sin sentido. En su mundo cerrado y opaco ya no queda lugar para un Dios auxiliador a quien poder invocar.
Y, sin embargo, como dice R. Guardini, “la petición corresponde de modo tan cabal a la esencia de Dios y a la verdad del hombre que brota en él espontáneamente”.
No se trata de pedir una ayuda que supla nuestras deficiencias. Lo que pedimos a Dios no es “una ayuda”, algo “supletorio”, algo “añadido” que sustituya nuestra actividad.
En realidad, toda nuestra vida descansa en Dios. El hombre no es algo cerrado y acabado en sí mismo sino alguien que vive recibiéndose de Dios. Si vivimos, nos movemos y actuamos es porque estamos recibiendo constantemente de su fuerza creadora el ser, la vida, el sentido, la energía, la libertad.
Nosotros no le pedimos a Dios una ayuda mágica para solucionar nuestras dificultades. Le pedimos saber actuar y vivir desde su bondad y su gracia.
Por eso tiene un sentido tan hondo el pensar, en nuestra oración, en las personas queridas, recordar sus problemas y necesidades y presentarlas ante ese Dios que las ama de una manera que nosotros no podemos sospechar.
“Es hermoso —dice R. Guardjnj— sentirse unido con Dios en la solicitud por la persona amada y pensar que ésta queda envuelta y protegida en esta unidad”.
Esa oración no brota del interés egoísta. Como descubre Jesús en aquella madre, orar así es reconocer, desde la verdad y humildad de nuestro ser, la grandeza del Dios Creador.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
19 de agosto de 1984

SUPLICAR CON FE

Mujer, qué grande es tu fe...

Nos hemos acostumbrado a dirigir nuestras peticiones a Dios de manera tan superficial e interesada que probablemente hemos de aprender de nuevo el sentido y la grandeza de la súplica cristiana.
L. Boros señala algunas dificultades que hacen imposible la súplica y contra las que tenemos que luchar decididamente.
A algunos les parece indigno rebajarse a pedir nada. El hombre es responsable de sí mismo y de su historia. Pero, aun siendo esto verdad, también lo es el que los hombres vivimos de la gracia. Y reconocerlo significa enraizamos en nuestra propia verdad.
Para otros, Dios es algo demasiado irreal. Un ser indiferente y lejano, que no se preocupa del mundo. Por un lado, vivimos los hombres sumergidos «en el laberinto de las cosas terrenas» y por otro, vive Dios en su mundo eterno.
Y sin embargo, orar a Dios es descubrir que está incondicionalmente de nuestro lado contra el mal que nos amenaza. Suplicar es invocar a Dios como gracia, liberación, alegría de vivir.
Pero es entonces precisamente cuando Dios aparece demasiado débil e impotente. Ya no hay en el mundo un lugar para un Dios que actúa, interviene y ayuda a los hombres.
Y es cierto que Dios no lo puede todo. Ha creado el mundo y lo respeta tal como es, sin entrar en conflicto con él. Su amor al hombre está de hecho limitado hoy por la imperfección del mundo y por nuestra libertad.
Pero los acontecimientos del mundo y nuestra propia vida no son algo cerrado en sí mismos. Y la súplica es ya fecunda en sí misma porque nos abre a ese Dios que está ya trabajando nuestra salvación definitiva por encima de todo mal.
Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amarnos más de lo que nos ama.
Somos nosotros los que, al orar, nos dejamos transformar por su gracia, descubrimos la vida desde ci horizonte de Dios y nos abrimos a su voluntad salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar sino nosotros.
La humilde mujer cananea, arrodillada con fe a los pies de Jesús, puede ser una llamada y una invitación a recuperar en nuestra vida el sentido de la súplica confiada al Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
16 de agosto de 1981

UNA FE GRANDE

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

Qué tentador resulta en una época como la nuestra el medir la grandeza o pequeñez de una vida desde el éxito o los logros conseguidos.
Condicionados por una cultura que casi sólo piensa en el rendimiento y la producción, apenas somos capaces de emplear otros criterios para valorar a la persona si no es su actividad y eficacia.
No es extraño que, a la hora de evaluar la calidad de la fe, busquemos inmediatamente la eficacia transformadora y el compromiso práctico que esa fe es capaz de generar en nuestra sociedad.
Y hacemos bien, pues el mismo Jesús nos enseñó a distinguir el árbol bueno del malo a partir de sus frutos. Y la fe es «una savia» que corre por todo nuestro ser y debe traducirse en compromiso y actuación cristianos.
Pero sería una equivocación el considerar «grandes creyentes» sólo a aquellos hombres y mujeres que se esfuerzan generosamente en transformar nuestra sociedad desde un compromiso social o político animado por la fe, menospreciando como a «creyentes de segunda categoría» a aquéllos que, por factores muy diversos, no pueden comprometerse a ese mismo nivel, aunque vivan toda su vida desde una postura creyente.
Jesús admira la grandeza de fe de una mujer sencilla que, por amor a su hija, no duda en invocar al señor con insistencia, a pesar de todos los obstáculos y dificultades.
Cuántos hombres y mujeres sencillos de nuestros pueblos saben vivir su vida de manera totalmente honrada y leal, animados por una fe profunda en Dios.
Cuántos son capaces de enfrentarse al sufrimiento, la desgracia y la adversidad, sin deshumanizarse ni destruirse, apoyados en su confianza total en Dios.
Cuántos saben gastarse en un servicio sencillo y callado a los demás, sin recibir homenajes solemnes ni pretender grandes aplausos, impulsados solamente por su amor generoso y desinteresado a los hermanos y su fe en el Padre de todos.
Es una temeridad medir con nuestros criterios estrechos y parciales el misterio de la fe de un creyente, pues, en último término, la fe debería ser medida por nuestra capacidad de abrirnos al misterio insondable de Dios.

José Antonio Pagola



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