lunes, 20 de abril de 2015

26/04/2015 - 4º domingo de Pascua (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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4º domingo de Pascua (B)


EVANGELIO

El buen pastor da la vida por las ovejas.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús:
- «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
26 de abril de 2015

ACERCARNOS Y CONOCERNOS

Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos.
Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigida a quienes pueden reivindicar el título de «pastores» en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no «huye» ante los problemas, no las «abandona». Al contrario, está junto a ellas, las defiende, se desvive por ellas, «expone su vida» buscando su bien.
Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor «conoce» a sus ovejas y las ovejas le «conocen» a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.
En estos momentos no fáciles para la fe, necesitamos como nunca aunar fuerzas, buscar juntos criterios evangélicos y líneas maestras de actuación para saber en qué dirección hemos de caminar de manera creativa hacia el futuro.
Sin embargo, no es esto lo que está sucediendo. Se hacen algunas llamadas convencionales a vivir en comunión, pero no estamos dando pasos para crear un clima de escucha mutua y diálogo. Al contrario, crecen las descalificaciones y disensiones entre obispos y teólogos; entre teólogos de diferentes tendencias; entre movimientos y comunidades de diverso signo; entre grupos y «blogs» de todo género…
Pero, tal vez, lo más triste es ver cómo sigue creciendo el distanciamiento entre la jerarquía y el pueblo cristiano. Se diría que viven dos mundos diferentes. En muchos lugares los «pastores» y las «ovejas» apenas se conocen. A muchos obispos no les resulta fácil sintonizar con las necesidades reales de los creyentes, para ofrecerles la orientación y el aliento que necesitan. A muchos fieles les resulta difícil sentir afecto e interés hacia unos pastores a los que ven alejados de sus problemas.
Sólo creyentes, llenos del Espíritu del Buen Pastor, pueden ayudarnos a crear el clima de acercamiento, mutua escucha, respeto recíproco y diálogo humilde que tanto necesitamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
29 de abril de 2012

VA CON NOSOTROS

El símbolo de Jesús como pastor bueno produce hoy en algunos cristianos cierto fastidio. No queremos ser tratados como ovejas de un rebaño. No necesitamos a nadie que gobierne y controle nuestra vida. Queremos ser respetados. No necesitamos de ningún pastor.
No sentían así los primeros cristianos. La figura de Jesús buen pastor se convirtió muy pronto en la imagen más querida de Jesús. Ya en las catacumbas de Roma se le representa cargando sobre sus hombros a la oveja perdida. Nadie está pensando en Jesús como un pastor autoritario dedicado a vigilar y controlar a sus seguidores, sino como un pastor bueno que cuida de ellas.
El "pastor bueno" se preocupa de sus ovejas. Es su primer rasgo. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. No es como el pastor mercenario que, cuando ve algún peligro, huye para salvar su vida abandonando al rebaño. No le importan las ovejas.
Jesús había dejado un recuerdo imborrable. Los relatos evangélicos lo describen preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás. Le importan sobre todo los más desvalidos.
Pero hay algo más. "El pastor bueno da la vida por sus ovejas". Es el segundo rasgo. Hasta cinco veces repite el evangelio de Juan este lenguaje. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño.
Por eso, la imagen de Jesús, "pastor bueno", se convirtió muy pronto en un mensaje de consuelo y confianza para sus seguidores. Los cristianos aprendieron a dirigirse a Jesús con palabras tomadas del salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida".
Los cristianos vivimos con frecuencia una relación bastante pobre con Jesús. Necesitamos conocer una experiencia más viva y entrañable. No creemos que él cuida de nosotros. Se nos olvida que podemos acudir a él cuando nos sentimos cansados y sin fuerzas o perdidos y desorientados.
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, confesado solo de manera doctrinal, un Jesús lejano cuya voz no se escucha bien en las comunidades..., corre el riesgo de olvidar a su Pastor. Pero, ¿quién cuidará a la Iglesia si no es su Pastor?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
3 de mayo de 2009

ACERCARNOS Y CONOCERNOS

(Ver homilía del 26 de abril de 2015)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
7 de mayo de 2006

EL PASTOR BUENO

El buen pastor da la vida por sus ovejas.

La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.
Con el tiempo, el término «pastor» comenzó a utilizarse para designar también a los jefes del pueblo. Sólo que éstos no se parecían siempre a Dios, ni mucho menos. No sabían cuidar al pueblo y velar por las personas como lo hacía él.
Todos recordaban las duras críticas del profeta Ezequiel a los dirigentes de su tiempo: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! No fortalecéis a las ovejas débiles ni curáis a las enfermas ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas ni buscáis a las perdidas, sino que las habéis dominado con violencia y dureza». El profeta anunciaba un porvenir diferente: «Aquí estoy yo, dice el Señor, yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él».
Cuando en las primeras comunidades cristianas comenzaron los conflictos y disensiones, los seguidores de Jesús sintieron la necesidad de recordar que sólo él es Pastor Bueno. Felizmente, hubo un escritor que compuso una bella alegoría para presentarlo como el pastor modelo, capaz de desenmascarar a todos aquellos que no son como él.
Jesús había actuado sólo por amor. Todos recordaban todavía su entrega a las «ovejas perdidas de Israel»: las más débiles, las más enfermas y heridas, las más descarriadas. El pastor bueno siempre trata a las ovejas con cuidado y amor. El pastor que se preocupa de sus propios intereses es un «asalariado». En realidad, «no le importan las ovejas» ni su sufrimiento.
Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar. Lo suyo había sido «dar vida», curar, perdonar. No había hecho sino «entregarse», desvivirse, terminar crucificado dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor, piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas y «huye».
La alegoría del «buen pastor» arroja una luz decisiva: quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
11 de mayo de 2003

EN LO COTIDIANO

Conozco a las mías.

Nuestra vida se decide en lo cotidiano. Por lo general, no son los momentos extraordinarios y excepcionales los que marcan más nuestra existencia. Es más bien esa vida ordinaria de todos los días, con las mismas tareas y obligaciones, en contacto con las mismas personas, la que nos va configurando. En el fondo, somos lo que somos en la vida cotidiana.
Esa vida no tiene muchas veces nada de excitante. Está hecha de repetición y rutina. Pero es nuestra vida. Somos «seres cotidianos». La cotidianidad es un rasgo esencial de la persona humana. Somos al mismo tiempo responsables y víctimas de esa vida aparentemente pequeña de cada día.
En esa vida de lo normal y ordinario podemos crecer como personas y podemos también echarnos a perder. En esa vida crece nuestra responsabilidad o aumenta nuestra desidia y abandono; cuidamos nuestra dignidad o nos perdemos en la mediocridad; nos inspira y alienta el amor o actuamos desde el resentimiento y la indiferencia; nos dejamos arrastrar por la superficialidad o enraizamos nuestra vida en lo esencial; se va disolviendo nuestra fe o se va reafirmando nuestra confianza en Dios.
La vida cotidiana no es algo que hay que soportar para luego vivir no se qué. Es en la normalidad de cada día donde se decide nuestra calidad humana y cristiana. Ahí se fortalece la autenticidad de nuestras decisiones; ahí se purifica nuestro amor a las personas; ahí se configura nuestra manera de pensar y de creer. K Rahner llega a decir que «para el hombre interior y espiritual no hay mejor maestro que la vida cotidiana».
Según la teología del cuarto evangelio, los seguidores de Jesús no caminan por la vida solos y desamparados. Los acompaña y defiende día a día el Buen Pastor. Ellos son como «ovejas que escuchan su voz y le siguen». El las conoce a cada una y les da vida eterna. Es Cristo quien ilumina, orienta y alienta su vida día a día hasta la vida eterna.
En el día a día de la vida cotidiana hemos de buscar al Resucitado en el amor, no en la letra muerta; en la autenticidad, no en las apariencias; en la verdad, no en los tópicos; en la creatividad, no en la pasividad y la inercia; en la luz, no en la oscuridad de las segundas intenciones; en el silencio interior, no en la agitación superficial.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
14 de mayo de 2000

EL DON DE DIOS

Yo doy mi vida por las ovejas.

Los cristianos han oído decir desde siempre que «Dios es Amor» (1Jn 4, 8), pero muchos ni siquiera sospechan lo que se quiere decir con esta afirmación central y decisiva del cristianismo. Si un día cayeran en cuenta, nacería en ellos una fe en Dios absolutamente diferente y nueva.
En realidad, no nos atrevemos a creer que Dios es amor, es decir, que no sólo nos tiene amor y nos quiere, sino que, en su ser más íntimo, es amor y que, por lo tanto, de Él no puede brotar más que amor, incluso cuando nosotros no merecemos ser amados. Dios es así; amor sin condiciones ni restricciones.
A nosotros nos resulta «increíble» que podamos ser amados sin condiciones. Por eso, enseguida proyectamos sobre Dios nuestros fantasmas y miedos recortando y deformando su amor. En el fondo pensamos que Dios es muy bueno y nos quiere, pero sólo si sabemos corresponderle: es decir, Dios ama como amamos nosotros, con condiciones, incluso exigiendo más que nosotros.
Este Dios no resulta muy agradable. Bastantes lo sienten como un ser peligroso, una amenaza, una censura constante, un juez implacable que no hace sino generar sentimientos de culpa, inseguridad y miedo. No es extraño que haya tanta gente que no quiera saber nada de Él.
Junto al pozo de Jacob, Jesús conversa con una mujer doblemente despreciable para un judío, por mujer y por samaritana. Jesús que mira siempre el corazón de las personas, le dice estas palabras inolvidables: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva».
Muchos cristianos no conocen el «don de Dios» y no pueden sentirse a gusto con Él porque sólo conocen sus exigencias, no su amor incondicional y gratuito. Cristo no les atrae porque sólo piensan en él como un legislador exigente, y no como un «buen pastor» que se interesa sólo por el bien de sus ovejas hasta llegar incluso a «dar su vida» por ellas. En la Iglesia, como en tiempos de Jesús, hay jerarcas, doctores, sacerdotes y escribas, pero, ¿hay testigos capaces de contagiar y sugerir con su palabra y su vida el verdadero rostro de Dios? Y si no hacemos esto, ¿para qué hacemos todo lo demás?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
20 de abril de 1997

VOLVER A CRISTO

Yo y el Padre somos uno.

No es fácil describir la evolución que va siguiendo hoy la crisis religiosa en los países desarrollados. En estos momentos, la descristianización parece estar dejando paso a un «sincretismo religioso» en el que se pueden conocer diversos componentes no fáciles de reconciliar: agnosticismo e indiferencia ante Dios, y simpatía por ciertas manifestaciones religiosas; crítica a la Iglesia, y demanda de sus servicios religiosos. Esta curiosa «mezcla religiosa» va ocupando poco a poco el lugar que antes tenía la fe convencida.
¿Cuál es la reacción de las Iglesias cristianas? Nunca antes se habían enfrentado a una situación semejante. Los largos años de cristianismo establecido las habían convertido en depositarias de una doctrina moral y un saber religioso seguros e indiscutibles. Condicionadas por este pasado, su riesgo puede estar hoy en preocuparse sólo de defender ese patrimonio doctrinal y moral olvidando que lo primero que necesitan el hombre y la mujer de hoy es ayuda para descubrir y experimentar a un Dios amigo y salvador.
En el umbral del tercer milenio una doble tentación parece amenazar al cristianismo: el fundamentalismo y el inmovilismo. Ante una situación nueva de crisis no son pocos los que buscan volver a «las certezas del pasado». Sin duda, hay en ello un deseo noble de conservar el «depósito de la tradición», pero se olvida que esas certezas del pasado fueron en su momento «respuestas creativas» a los retos de entonces.
A nosotros se nos pide hoy recorrer nuestro camino. No nos podemos contentar con preservar el pasado. En un mundo que ha cambiado de manera espectacular, a los cristianos se nos pide creatividad, caminos y lenguajes nuevos para ayudar al hombre de hoy. Juan Pablo II nos ha animado a una evangelización «nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión».
El primer problema no es la suerte que pueda correr la tradición del pasado tal como se ha configurado durante estos veinte siglos, sino la urgencia de buscar caminos que ayuden al hombre de hoy a encontrarse con Dios. Y para ello no basta aferrarse a la letra o la autoridad del pasado. Hay que llegar hasta el mismo Cristo y recuperar vivo su espíritu, su mensaje y su experiencia de Dios. Nadie va al Padre sino por medio de él. Como dice Jesús: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10, 30). Tal vez, nuestro mayor pecado sea hoy, no atrevemos a escuchar directamente a Jesús, paralizados quizás por nuestra falta de fe en la acción del Espíritu en nuestros días.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
24 de abril de 1994

BUSCAR DESDE DENTRO

Escucharán mi voz.

No se pueden diseñar programas o técnicas que conduzcan automáticamente hasta Dios. No hay métodos para encontrarse con él de forma segura. Cada uno ha de seguir su propio camino, pues cada uno tiene su manera de abrirse al misterio de Dios. Sin embargo, no todo favorece en igual medida el despertar de la fe.
Hay personas que nunca hablan de Dios con nadie. Es un tema tabú; Dios pertenece al mundo de lo privado. Pero, luego tampoco piensan en él ni lo recuerdan en la intimidad de su conciencia. Esta actitud bastante frecuente incluso entre quienes se dicen creyentes, conduce casi siempre al debilitamiento de la fe. Cuando algo no se recuerda ni se habla nunca, termina muriendo por inanición.
Hay, por el contrario, personas que parecen interesarse mucho por lo religioso. Les gusta plantear cuestiones sobre Dios, la creación, la Biblia o el demonio. Hacen preguntas y más preguntas, pero no esperan la respuesta. No parece interesarles. Naturalmente, todas las palabras son inútiles si no hay una búsqueda sincera de Dios en el interior de la persona. Lo importante no es hablar de «cosas de religión», sino hacerle un sitio a Dios en la propia vida.
A otros les gusta discutir sobre religión. No saben hablar de Dios si no es para defender su propia posición y atacar la del contrario. De hecho, muchas discusiones sobre temas religiosos no hacen sino favorecer la intolerancia y el endurecimiento de posturas. Sin embargo, quien busca sinceramente a Dios, escucha la experiencia de quienes creen en él e, incluso, la de quienes lo han abandonado. Yo tengo que encontrar mi propio camino, pero me interesa conocer dónde encuentran los demás sentido, aliento y esperanza para enfrentarse a la existencia.
En cualquier caso, lo más importante para orientarse hacia Dios es invocarlo desde el fondo del corazón, a solas, en la intimidad de la propia conciencia. Es ahí donde uno se abre confiadamente al misterio de Dios o donde decide vivir solo, de forma atea, sin Dios. Alguien me dirá: «Pero, ¿cómo puedo yo invocar a Dios si no creo en él ni estoy seguro de nada?» Se puede. Esa invocación sincera en medio de la oscuridad y las dudas es, probablemente, uno de los caminos más puros y humildes para abrir- se al misterio y hacerse sensible a la presencia de Dios.
El cuarto evangelio nos recuerda que hay ovejas que «no son del redil» y viven lejos de la comunidad creyente. Pero Jesús dice: «También a ésas las tengo que traer y escucharán mi voz.» Quien busca con verdad a Dios, escucha, tarde o temprano, esta voz de Jesús en el fondo de su corazón. Primeramente con reservas tal vez, luego con más fe y confianza, un día con alegría honda.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
21 de abril de 1991

LO DECISIVO ES DAR

Yo entrego mi vida.

Probablemente, no reparamos hasta qué punto la sociedad neocapitalista ha introducido entre nosotros un tipo de “relaciones de intercambio” donde, como dice el prestigioso sociólogo M. Weber, parece “estar prohibido el amor”.
El intercambio se ha convertido en factor que determina casi todas las relaciones. Esta parece la principal regla de juego: “Yo te doy en la medida que tú me das”. El único principio ético consiste en no engañar ni cometer fraude en ese intercambio. Por lo demás, uno puede dedicarse a conseguir toda clase de ventajas para sí mismo.
Este principio de actuación mercantil no funciona sólo cuando nos intercambiamos artículos, servicios o favores. Es algo que llega a impregnar incluso las relaciones de los matrimonios, las parejas y los amigos.
No nos damos cuenta de que, actuando así, estamos justamente vaciando de amor y de amistad nuestras relaciones. Quien ama a una persona, se preocupa por su felicidad y busca antes que nada su bien. Quien, por el contrario, vive una relación “mercantil”, no se siente responsable del bien o la felicidad del otro; se limita a respetar sus derechos. En el fondo, no está unido amorosamente al otro, sino separado de él por su propio interés.
Basta observar lo que sucede cuando esa persona no encuentra en el otro la respuesta al propio interés. “Le quiero y, sin embargo, a veces no lo soporto. Hasta me da la impresión de que lo odio”. “Vivimos ratos de ternura extraordinaria y, sin embargo, ¿por qué me siento luego tan solo y triste?”.
En el amor lo decisivo es aprender a dar. Y éste es precisamente el problema de quien vive con espíritu mercantil, que no sabe dar, pues sólo está dispuesto a dar a cambio de recibir.
El que ama, sabe dar gratis. No da con el fin de recibir. Da porque ama, porque se siente dichoso al dar. Da de sí mismo, de su vida. Da lo que está vivo en él, su alegría, su fe, su escucha, su comprensión, su perdón. No se puede amar sin dar.
Este amor es creador. Engendra fuerza para vivir, ayuda a crecer, crea y recrea continuamente a las personas y las parejas. Uno de los signos más claros de tal amor es la alegría que despierta en los que se aman, a pesar de los desacuerdos, conflictos y tensiones inevitables. Cuando el amor se vuelve triste es señal de que se está apagando.
Las palabras de Jesús sobre el pastor asalariado y el pastor bueno nos recuerdan una gran verdad. Aparentemente, los dos aman a las ovejas. Sin embargo, el amor de uno es “asalariado”, sólo busca recibir su salario, no le importan las ovejas y por ello las abandona. El amor del buen pastor es real, da su vida por las ovejas porque las ama.
En ese amor verdadero de Cristo, Buen Pastor, alimenta el cristiano su capacidad de amar y purifica constantemente sus relaciones, para no caer en una vida puramente mercantil.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
24 de abril de 1988

HACEN FALTA

Yo soy el buen Pastor.

Según diversos observadores occidentales, “la modernidad” parece estar envejeciendo. La llamada «edad de las luces”, nacida bajo la primacía de la razón, pide relevo. Los hombres buscan hoy una luz nueva.
Ni el progreso científico ni el desarrollo tecnológico han logrado satisfacer debidamente el anhelo de verdad, amor y felicidad que inquieta el corazón humano.
Son, tal vez, las nuevas generaciones las que ofrecen indicios más claros de su sed por descubrir nuevas salidas a la existencia.
El célebre maestro espiritual K G. Dürckheim habla de un hecho ampliamente constatado por él en las sociedades occidentales: «En nuestro tiempo, y sobre todo en los jóvenes, escuchamos, cada vez más, que están pidiendo un maestro”.
Son muchos los jóvenes que andan buscando algo que no saben definir exactamente pero que no lo pueden recibir de sus educadores y profesores en la medida en que éstos se limitan a transmitirles unos conocimientos o a capacitarlos para organizarse su futuro.
Las nuevas generaciones buscan algo más que saber cosas, prepararse para tener éxito o aprender a conducirse según unos esquemas socioculturales.
Muchos de ellos buscan algo que nunca podrán encontrar en sus profesores, educadores o sacerdotes profesionalizados.
Hombres y mujeres de hoy, consciente o inconscientemente, reclaman algo que no es ciencia ni es doctrina religiosa, sino experiencia viva del que es la Fuente del ser. En el fondo, buscan pisar un nuevo suelo, abrirse a una vida interior diferente.
¿ Quién les puede mostrar el camino acertado y señalar la dirección buena? ¿Quién les puede contagiar esa experiencia? ¿Quién la conoce? ¿Quién les puede ayudar a conquistar esa verdad interior que es la que realmente libera y hace vivir?
Hoy, día del Buen Pastor, se celebra La Jornada de las vocaciones. Probablemente, se hablará una vez más de la crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas.
Pero sería una grave equivocación pensar que esta crisis consiste simplemente en la indecisión, la cobardía o la frialdad religiosa de los jóvenes de hoy.
Tal vez, los padres, educadores, religiosos y sacerdotes deberíamos hacernos una pregunta previa: ¿Pueden estos jóvenes escuchar una vocación si nadie les ayuda a acercarse a ese Dios que toca, llama, libera y compromete?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
28 de abril de 198e5

EL PASTOR DE NUESTRAS VIDAS

Yo soy el Buen Pastor.

La vida de los hombres está siempre amenazada y no es fácil vivir con serenidad los sucesos de cada día, las experiencias dolorosas del destino, los fracasos y las incertidumbres de la vida.
M. Heidegger piensa que es necesario «una apertura al misterio» para aprender a vivir con serenidad la existencia. «La serenidad ante las cosas y la apertura al misterio coinciden. Nos ofrecen la posibilidad de comportarnos de una manera totalmente nueva en el mundo. Nos prometen un nuevo fundamento y un nuevo terreno sobre el que, dentro del mundo, podamos estar y subsistir sin peligro alguno».
Aunque vivimos en una época de avances tecnológicos insospechados sólo hace unos años, todos sabemos que nos movemos en una «ignorancia existencial» profunda. No sabemos qué es lo esencial y qué es lo poco importante. No sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Anhelamos algo grande y cuando lo tenemos ante nosotros o dentro de nosotros, no sabemos reconocerlo.
Andamos a tientas y no precisamente por nuestra maldad sino por nuestra pequeñez. Somos como niños perdidos en un mundo difícil que creemos dominar pero que nos desborda con su misterio.
No nos entendemos a nosotros mismos. Corremos tras la felicidad sin poder atraparla de manera definitiva. Nos cansamos buscando seguridad, pero nuestro corazón sigue inquieto e inseguro.
Tal vez no hemos intuido todavía que la verdadera serenidad nos envuelve cuando aceptamos humildemente nuestra pequeñez y nos dejamos guiar por Dios. Hemos olvidado demasiado que tenemos un Pastor que conoce hasta el fondo nuestras existencias y nos conduce a nuestro verdadero destino.
Nuestra serenidad sólo es posible cuando comenzamos a pensar y vivir desde Dios. Entonces todo cobra nueva luz. Todo es importante pero nada es demasiado importante. Todo se comprende de otra manera.
Lo único importante es ese Dios en cuyas manos estamos y cuya vida sostiene la nuestra. Lo importante es ese Pastor que nos guía hacia el Padre.
Todo tiene salida. No estamos abandonados. Siempre podemos tener esperanza. Nuestro final es un Padre demasiado grande para que lo podamos comprender desde ahora. Pero desde ahora podemos caminar hacia él bajo la guía serena del verdadero Pastor. Y no hay nada ni hay nadie que tenga fuerza o poder suficiente para arrebatarnos de su rebaño. Sólo nosotros podemos alejarnos de él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
2 de mayo de 1982

LA NECESIDAD DE UN GUlA

Yo soy el buen pastor.

Para los primeros creyentes, Jesús no es sólo un pastor, sino el verdadero y auténtico pastor. El único líder capaz de orientar y dar verdadera vida a los hombres.
Esta fe en Jesús como el verdadero pastor y guía del hombre adquiere una actualidad nueva en una sociedad masificada como la nuestra, donde la persona corre el riesgo de perder su propia identidad y quedar aturdida ante tantas voces y reclamos.
La publicidad y los medios de comunicación social imponen al individuo no sólo los pantalones «Lois» que debe vestir, el «Gin» que debe tomar o la canción que debe tararear. Se nos impone también los hábitos, las costumbres, las ideas, los valores, el estilo de vida y la conducta que debemos tener.
Los resultados son palpables. Son muchas las víctimas de esta «sociedad-araña». Personas que viven «según la moda». Gentes que ya no actúan por propia iniciativa. Hombres y mujeres que buscan su pequeña felicidad, esforzándose por tener aquellos objetos, ideas y conductas que se les dicta desde fuera.
No es fácil ser libre ante tanta presión. Los diversos «slogan» pueden terminar por ser parte de nosotros mismos. Inconscientemente podemos ir perdiendo la propia personalidad sustituyéndola por otra personalidad estándar.
Expuestos a tantas llamadas y presiones, se corre el riesgo de no escuchar ya la voz de la propia interioridad. Es triste ver a las personas esforzándose por vivir un estilo de vida «impuesto» desde fuera, que simboliza para ellos el bienestar y la verdadera felicidad.
Los cristianos creemos que sólo Jesús puede ser guía definitivo del hombre. Sólo desde él podemos aprender a vivir. Precisamente, el cristiano es un hombre que desde Jesús va descubriendo día a día cuál es la manera más humana de vivir.
Seguir a Jesús como buen pastor es asumir las actitudes fundamentales que él vivió, y esforzarnos por vivirlas hoy desde nuestra propia originalidad, prosiguiendo la tarea de construir el reino de Dios que él comenzó.
Pero, mientras la meditación sea sustituida por la televisión, el silencio interior por el ruido, la escucha del evangelio por el último fascículo, y el seguimiento a la propia conciencia por la sumisión ciega a la moda, será difícil que escuchemos la voz del buen pastor que nos puede orientar y ayudar a vivir en medio de esta sociedad de consumo que consume a sus consumidores.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 13 de abril de 2015

19/04/2015 - 3º domingo de Pascua (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo de Pascua (B)


EVANGELIO

Así estaba escrito: el Mesías padecerá
y resucitará de entre los muertos al tercer día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:
- «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:
- «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
-«¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:
- «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:
-«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
19 de abril de 2015

CREER POR EXPERIENCIA PROPIA

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que sólo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.
Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.
Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.
El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».
Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?
Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».
Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
22 de abril de 2012

TESTIGOS

Lucas describe el encuentro del Resucitado con sus discípulos como una experiencia fundante. El deseo de Jesús es claro. Su tarea no ha terminado en la cruz. Resucitado por Dios después de su ejecución, toma contacto con los suyos para poner en marcha un movimiento de "testigos" capaces de contagiar a todos los pueblos su Buena Noticia: "Vosotros sois mis testigos".
No es fácil convertir en testigos a aquellos hombres hundidos en el desconcierto y el miedo. A lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados, en silencio total. El narrador solo describe su mundo interior: están llenos de terror; solo sienten turbación e incredulidad; todo aquello les parece demasiado hermoso para ser verdad.
Es Jesús quien va a regenerar su fe. Lo más importante es que no se sientan solos. Lo han de sentir lleno de vida en medio de ellos. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: "Paz a vosotros... ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?".
Cuando olvidamos la presencia viva de Jesús en medio de nosotros; cuando lo hacemos opaco e invisible con nuestros protagonismos y conflictos; cuando la tristeza nos impide sentir todo menos su paz; cuando nos contagiamos unos a otros pesimismo e incredulidad... estamos pecando contra el Resucitado. No es posible una Iglesia de testigos.
Para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. No es un fantasma: "Soy yo en persona". El mismo que han conocido y amado por los caminos de Galilea.
Siempre que pretendemos fundamentar la fe en el Resucitado con nuestras elucubraciones, lo convertimos en un fantasma. Para encontrarnos con él, hemos de recorrer el relato de los evangelios: descubrir esas manos que bendecían a los enfermos y acariciaban a los niños, esos pies cansados de caminar al encuentro de los más olvidados; descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre.
A pesar de verlos llenos de miedo y de dudas, Jesús confía en sus discípulos. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Por eso les encomienda que prolonguen su presencia en el mundo: "Vosotros sois testigos de esto". No han de enseñar doctrinas sublimes, sino contagiar su experiencia. No han de predicar grandes teorías sobre Cristo sino irradiar su Espíritu. Han de hacerlo creíble con la vida, no solo con palabras. Este es siempre el verdadero problema de la Iglesia: la falta de testigos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – recuperar el evangelio
26 de abril de 2009

Entonces les abrió el entendimiento.

CREER POR EXPERIENCIA PROPIA

(Ver homilía del 19 de abril de 2015)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
30 de abril de 2006

HACEN FALTA TESTIGOS

Contaban lo que les había acontecido en el camino.

Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda mudo. Se convierte en testigo.
Los discípulos de Emaus «contaban lo que les había acontecido en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». María de Magdala dejó de abrazar a Jesús, se fue donde los demás discípulos y les dijo: «he visto al Señor». Los once escuchan invariablemente la misma llamada: «Vosotros sois testigos de estas cosas»; «como el Padre me envió así os envío yo»; «proclamad la Buena Noticia a toda la creación».
La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. Esos creyentes que pueden hablar en primera persona. Los que pueden decir: «esto es lo que me hace vivir a mí en estos momentos». Pablo de Tarso lo decía a su manera: «ya no vivo yo. Es Cristo quien vive en mí».
El testigo comunica su propia experiencia. No cree «teóricamente» cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive «algo» que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte.
Su unión con Jesús resucitado no es una ilusión: es algo real que está trasformando poco a poco su manera de ser. No es una teoría vaga y etérea: es una experiencia concreta que motiva e impulsa su vida. Algo preciso, concreto y vital.
El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, «hace discípulos» de Jesús.
El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
4 de mayo de 2003

EL PROBLEMA DEL BIEN

No acababan de creer por la alegría.

Se habla mucho del problema del mal. Se dice que es «la roca del ateísmo» y, de hecho, son bastantes las personas a las que se les hace difícil creer que pueda existir un Dios bueno del que haya brotado un mundo en el que el mal tiene tanto poder.
Las preguntas se agolpan una tras otra: ¿Cómo puede quedar Dios pasivo ante tantas desgracias físicas y tragedias morales o ante la muerte cruenta de tantos inocentes? ¿Cómo puede permanecer mudo ante tantos crímenes y atropellos cometidos muchas veces por quienes se dicen sus amigos?
Y, ciertamente, es difícil obtener una respuesta si uno no la encuentra en el rostro del «Dios crucificado». Un Dios que, respetando absolutamente las leyes del mundo y la libertad de los hombres, sufre Él mismo con nosotros y desde esa «solidaridad crucificada» abre nuestra existencia dolorosa hacia una vida definitiva.
Pero no existe sólo el problema del mal. Hay también un «problema del bien». El famoso biólogo francés Jean Rostand, ateo profeso pero inquieto hasta su muerte, hacía en alguna ocasión esta honesta confesión: «El problema no es que haya mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien. Que de vez en cuando aparezca, como dice Schopenhauer el milagro de la ternura. Es más bien esto lo que hará decir que no todo es molecular La presencia del mal no me sorprende, pero esos pequeños relámpagos de bondad, esos rasgos de ternura son para mí un gran problema».
El hombre que sólo es sensible al mal y no sabe gustar la alegría del bien que se encierra en la vida, dificilmente será creyente. Sólo quien es capaz de captar la generosidad, la ternura, la amistad, la belleza, la creatividad y el bien, puede intuir «el misterio de la alegría» y abrirse confiadamente al Creador de la vida.
Es significativa la observación de Lucas que nos indica que los discípulos «no acababan de creer por la alegría». La vida y el horizonte que se les abren en Cristo resucitado les parecen demasiado grandes para creer. Sólo creerán si aceptan que el misterio último de la vida es algo bueno, grande y gozoso.
Probablemente, la increencia de bastantes comienza a engendrarse muchas veces en esa tristeza que se produce en la persona cuando se ha vaciado de interioridad, ha cortado el lazo vital que la unía con Dios, ha reducido su vida sólo a lo pragmático y se ha inventado una moral propia tan tolerante como egoísta.
Pablo VI, en su hermosa Exhortación Gaudete in Domino, invita a aprender a gustar las múltiples alegrías que el Creador pone en nuestro camino: vida, amor, naturaleza, silencio, deber cumplido, servicio a los demás... Puede ser el mejor camino para «resucitar» nuestra fe. El Papa llega a pedir que «las comunidades cristianas se conviertan en lugares de optimismo donde todos los miembros se entreguen resueltamente al discernimiento de los aspectos positivos de la persona y de los acontecimientos».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
7 de mayo de 2000

ELOGIO DE LA RISA

… no acababan de creer por la alegría.

Reír es propio de los seres humanos. Ninguna otra criatura se ríe. La risa es la manifestación más expresiva de la alegría interior. Algo que le nace de modo natural a quien vive disfrutando de la vida. Junto con la sonrisa, puede manifestar el gozo y la jovialidad de quien vive en paz consigo mismo, con los demás y con Dios.
La risa ha estado, sin embargo, muchas veces bajo sospecha entre los cristianos. Reír era considerado, en algunas tradiciones ascéticas, poco digno de la seriedad y gravedad que ha de caracterizar a quien se relaciona con Dios (¡). Una manifestación excesivamente mundana, más propia de personas de vida relajada que de cristianos de fe madura. Sin embargo, siempre han quedado los exegetas sorprendidos de la frecuencia con que la Biblia alude a la alegría en todos sus matices de gozo, paz interior, exultación o júbilo.
Naturalmente hay muchos tipos de risa. Todos conocemos la risa irónica y burlona que pone al otro en ridículo, la risa sarcástica que hace daño, o la vengativa que hiere y destruye. La risa sana es diferente. Nace de la alegría interior, relaja las tensiones y favorece la libertad. Es risa benevolente que aproxima a las personas, crea confianza y ayuda a vivir. Según S. Freud, el humor es un «elemento liberador».
Hay también una risa propia del creyente. Nace como respuesta gozosa al amor de Dios. Brota de la confianza total y expresa compasión y cariño hacia toda criatura. P. Berger la llama «risa redentora» (La risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana. Kairos, Barcelona 1999). Esta risa hace la vida más saludable y llevadera. Es una victoria sobre el malhumor, la impaciencia o el desaliento. No se ríen los fanáticos, los intolerantes o amargados. Se ríen los que se enfrentan a la vida de manera sana y liberada.
Pascua ha sido desde antiguo un tiempo de gozo intenso. Tertuliano lo llamaba «laetissimum spatium», un espacio de tiempo lleno de inmensa alegría. Dos palabras resumen el clima que el Resucitado crea con su presencia: gozo y paz. En el evangelio de Lucas se llega a decir que los discípulos «no acaban de creer por la alegría». Una de dos: o el cristianismo es demasiado grande y hermoso para ser creído o hemos de escuchar la invitación paulina: «Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
13 de abril de 1997

COMPAÑERO DE CAMINO

… lo que les había acontecido en el camino.

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del fanático que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición. La suya es una fe cerrada donde falta acogida y escucha del Misterio y donde sobra arrogancia. Esta fe no libera de la rigidez mental ni ayuda a crecer, pues no se alimenta del verdadero Dios.
Está también la posición del escéptico que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada ni de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más.
Está además la postura del indiferente que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Sólo le interesa de verdad lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?
Está también el que se siente propietario de la fe, como si ésta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta.
Está además la fe infantil de quienes no creen en Dios, sino en aquellos que hablan de él. Nunca han hecho la experiencia de dialogar sinceramente con Dios, de buscar su rostro o de abandonarse a su misterio. Les basta con creer en la jerarquía o confiar en «los que saben de esas cosas». Su fe no es experiencia personal. Hablan de Dios «de oídas».
En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por Alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Sólo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.
Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino» (Lucas 24, 35). Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Cristo como «compañero de camino».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
17 de abril de 1994

CON LAS VICTIMAS

Les mostró las manos y los pies.

Según los relatos evangélicos, el Resucitado se presenta a sus discípulos con las llagas del Crucificado. No es éste un detalle banal, de interés secundario. Se trata de una observación de importante contenido teológico. Las primeras tradiciones cristianas insisten, sin excepción, en un dato que, por lo general, no solemos valorar hoy en su justa medida: Dios no ha resucitado a cualquiera; ha resucitado a un crucificado.
Dicho de manera más concreta, ha resucitado a alguien que ha anunciado a un Padre que ama a los pobres y perdona a los pecadores; alguien que se ha solidarizado con todas las víctimas; alguien que, al encontrarse él mismo con la persecución y el rechazo, ha mantenido hasta el final su confianza radical en Dios.
La resurrección de Cristo es, pues, la resurrección de una víctima. Al resucitar a Jesús, Dios no solo ¡ibera a un muerto de la destrucción de la muerte. «Hace justicia», además, a una víctima de los hombres. Y esto arroja nueva luz sobre «el ser de Dios».
En la resurrección no solo se nos manifiesta la omnipotencia absoluta de Dios sobre el poder de la muerte. Se nos revela también el triunfo de su justicia sobre las injusticias que cometen los hombres. Por fin y de manera plena, triunfa la justicia sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo.
Esta es la gran noticia. Dios se nos revela en Jesucristo como «el Dios de las víctimas». La resurrección de Cristo es la «reacción» de Dios a lo que los hombres han hecho con su Hijo. Así lo subraya la primera predicación de los discípulos: «Vosotros lo matasteis elevándolo a una cruz... pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos.» Donde los hombres ponen muerte y destrucción, Dios pone vida y liberación.
En la cruz Dios todavía guarda silencio y se calla. Ese silencio no es manifestación de su impotencia para salvar al Crucificado. Es expresión de su cercanía absoluta al que sufre. Dios está ahí compartiendo hasta el final el destino de las víctimas. Los que sufren han de saber que no están sumidos en la soledad radical. Dios mismo está en su sufrimiento.
En la resurrección, por el contrario, Dios habla y actúa para desplegar toda su fuerza creadora en favor del Crucificado. La última palabra la tiene Dios. Y es una palabra de amor resucitador hacia las víctimas. Los que sufren han de saber que su sufrimiento terminará en resurrección.
La historia sigue. Son muchas las víctimas que siguen sufriendo hoy, maltratadas por la vida o crucificadas por los hombres. El cristiano sabe que Dios está en ese sufrimiento. Conoce también su última palabra. Por eso, su compromiso es claro: defender a las víctimas, luchar contra todo lo que mata y deshumaniza; esperar la victoria final de la justicia de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
14 de abril de 1991

EL PROBLEMA DEL BIEN

No acababan de creer por la alegría.

Se habla mucho del problema del mal. Se dice que es “la roca del ateísmo” y, de hecho, son bastantes las personas a las que se les hace difícil creer que pueda existir un Dios bueno del que haya brotado un mundo en el que el mal tiene tanto poder.
Las preguntas se agolpan una tras otra: ¿Cómo puede quedar Dios pasivo ante tantas desgracias físicas y tragedias morales o ante la muerte cruenta de tantos inocentes? ¿Cómo puede permanecer mudo ante tantos crímenes y atropellos cometidos muchas veces por quienes se dicen sus amigos?
Y, ciertamente, es difícil obtener una respuesta si uno no la encuentra en el rostro del “Dios crucificado”. Un Dios que, respetando absolutamente las leyes del mundo y la libertad de los hombres, sufre El mismo con nosotros y desde esa “solidaridad crucificada” abre nuestra existencia dolorosa hacia una vida definitiva.
Pero no existe sólo el problema del mal. Hay también un “problema del bien”. El famoso biólogo francés Jean Rostand, ateo profeso pero inquieto hasta su muerte, hacía en alguna ocasión esta honesta confesión: “El problema no es que haya mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien. Que de vez en cuando aparezca, como dice Schopenhauer, el milagro de la ternura. Es más bien esto lo que hará decir que no todo es molecular. La presencia del mal no me sorprende, pero esos pequeños relámpagos de bondad, esos rasgos de ternura son para mí un gran problema”.
El hombre que sólo es sensible al mal y no sabe gustar la alegría del bien que se encierra en la vida, difícilmente será creyente. Sólo quien es capaz de captar la generosidad, la ternura, la amistad, la belleza, la creatividad y el bien, puede intuir “el misterio de la alegría” y abrirse confiadamente al Creador de la vida.
Es significativa la observación de Lucas que nos indica que los discípulos “no acababan de creer por la alegría”. La vida y el horizonte que se les abren en Cristo resucitado les parecen demasiado grandes para creer. Sólo creerán si aceptan que el misterio último de la vida es algo bueno, grande y gozoso.
Probablemente la increencia de bastantes comienza a engendrarse muchas veces en esa tristeza que se produce en la persona cuando ha desacralizado el universo, se ha vaciado de interioridad, ha cortado el lazo vital que la unía con Dios, ha reducido su vida sólo a lo pragmático y se ha inventado una moral propia tan tolerante como egoísta.
Pablo VI, en su hermosa Exhortación “Gaudete in Domino”, invita a aprender a gustar las múltiples alegrías que el Creador pone en nuestro camino: vida, amor, naturaleza, silencio, deber cumplido, servicio a los demás... Puede ser el mejor camino para “resucitar” nuestra fe. El Papa llega a pedir que “las comunidades cristianas se conviertan en lugares de optimismo donde todos los miembros se entreguen resueltamente al discernimiento de los aspectos positivos de la persona y de los acontecimientos”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
17 de abril de 1988

CON LAS VICTIMAS

Mirad mis manos y mis pies.

Hay un dato, descuidado con frecuencia por los creyentes, y que tiene, sin embargo, gran importancia en los relatos pascuales: el resucitado se presenta a sus discípulos mostrándoles sus manos y pies de crucificado.
Esto significa algo realmente sorprendente. Los hombres hemos de buscar la fuerza salvadora de Dios no en cualquier parte ni en cualquier hombre sino, precisamente, en éste que ha sido víctima del rechazo y la violencia de todos.
Jesús, el hombre que ha sido “sólo víctima” de la violencia y nunca su inspirador o generador, se convierte en la única fuente de esperanza para la humanidad.
Ese círculo infernal de opresión y represión, violencia y contraviolencia que envuelve y ahoga a la humanidad con su fuerza destructora, se rompe precisamente en Jesús, arquetipo del “hombre nuevo” que se niega a crear nueva violencia y opresión, aun a costa de terminar crucificado.
Sólo desde el Crucificado, resucitado por Dios se trasciende nuestra triste historia de odios, venganzas y violencia y se nos abre el camino hacia una humanidad nueva, capaz de otro tipo de relaciones.
Todo esto tiene hondas repercusiones para nuestro modo de entender y vivir la fe cristiana.
Antes que nada, hay que decir que el Dios de Jesucristo no es cualquier dios, sino precisamente un Dios que, en el interior de las relaciones violentas de los hombres, se identifica siempre con la víctima y no con el opresor.
Lo queramos o no, el verdadero rostro de Dios queda distorsionado y falseado, cuando se pretende hacer de él un ser neutral o indiferente a los crucificados o cuando se convierte la religión en coartada para cualquier tipo de discriminación, exclusión o violencia.
El Dios que ha resucitado al crucificado nos obligará siempre a preguntarnos si estamos de parte de los que crucifican o de parte de los crucificados.
No hemos de engañarnos. Todos tenemos algo de opresores y algo de víctimas. Por eso, la conversión pascual sólo es posible cuando nos volvemos hacia aquellos que son nuestras víctimas para reconocer las llagas que vamos produciendo en sus vidas.
Experimentaremos la novedad y transformación de la Resurrección de Cristo si aprendemos a curar en vez de herir, ayudar en vez de dañar, acoger y liberar en lugar de rechazar y esclavizar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
21 de abril de 1985

QUERER CREER

… por qué surgen dudas en vuestro interior?

Lucas pone en boca del resucitado estas palabras dirigidas a los discípulos: «Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen tantas dudas en vuestro corazón?»
Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderían inmediatamente enumerando un conjunto de razones y factores que provocan el nacimiento de innumerables dudas y vacilaciones en la conciencia del hombre moderno que desea creer.
Antes que nada, hemos de recordar que muchas de nuestras dudas, aunque tal vez las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son dudas de siempre, vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos.
No hemos de olvidar aquello que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro». La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser se nos oculta.
Pero, ¿qué hacer ante las dudas, los interrogantes o inquietudes que nacen en nuestro corazón? Sin duda, cada uno hemos de recorrer nuestro propio itinerario y hemos de buscar a tientas, con nuestras propias manos, el rostro de Dios. Pero es bueno recordar algunas cosas válidas para todos.
Antes que nada, no hemos de olvidar tampoco hoy que el valor de una vida depende del grado de sinceridad y fidelidad que vive cada uno de cara a Dios. Y no es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante El.
En segundo lugar, hemos de saber que para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente de «la savia espiritual cristiana». De lo contrario es fácil que no comprendamos nunca nada.
Además, hemos de recordar que el querer creer, a pesar de las dudas que nos puedan asediar sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, es ya una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios.
Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra propia increencia. Quisiéramos agarrarnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante.
Si en esos momentos, sabemos «esperar contra toda esperanza», creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, en nuestro corazón hay fe. Somos creyentes. Dios entiende nuestro pobre caminar por esta vida. El resucitado nos acompaña.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
25 de abril de 1982

AL PARTIR EL PAN

Reconocieron a Jesús al partir el pan.

Se ha señalado con razón que los relatos pascuales nos describen con frecuencia el encuentro del resucitado con los suyos en el marco de una comida.
Sin duda, el relato ms significativo es el de los discípulos de Emaús. Aquellos caminantes cansados que acogen al compañero desconocido de viaje, y se sientan juntos a cenar, descubren al resucitado «al partir el pan», término técnico empleado en las primeras comunidades para designar la cena eucarística.
Sin duda, la Eucaristía es lugar privilegiado para que los creyentes abramos «los ojos de la fe», y nos encontremos con el Señor resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas con su mismo cuerpo y sangre.
Los cristianos hemos olvidado con frecuencia que sólo a partir de la resurrección podemos captar en toda su hondura el verdadero misterio de la presencia de Cristo en la Eucaristía.
Es el Resucitado quien se hace presente en medio de nosotros, ofreciéndose sacramentalmente como pan de vida. Y la comunión no es sino la anticipación sacramental de nuestro encuentro definitivo con el Señor resucitado.
El valor y la fuerza de la Eucaristía nos viene del Resucitado que continúa ofreciéndonos su vida, entregada ya por nosotros en la cruz.
De ahí que la Eucaristía debiera ser para los creyentes principio de vida e impulso de un estilo nuevo de resucitados. Y si no es así, deberemos preguntarnos si no estamos traicionándola con nuestra mediocridad de vida cristiana.
Las comunidades cristianas debemos hacer un esfuerzo serio por revitalizar la Eucaristía dominical. No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir «sin el domingo». Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la cena del Señor.
Necesitamos comulgar con Cristo resucitado pues estamos todavía lejos de identificamos con su estilo nuevo de vida. Y desde Cristo, necesitamos realizar la comunión entre nosotros, pues estamos demasiado divididos y enfrentados unos a otros.
No se trata sólo de cuidar nuestra participación viva en la liturgia eucarística, negando luego con nuestra vida lo que celebramos en el sacramento. Partir el pan no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. No olvidemos que «comulgamos» con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos.

José Antonio Pagola



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