lunes, 18 de febrero de 2019

24-02-2019 - 7º domingo Tiempo ordinario (C)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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7º domingo Tiempo ordinario (C)



EVANGELIO

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.

Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2018-2019 –
24 de febrero de 2019

SIN ESPERAR NADA

¿Por qué tanta gente vive secretamente insatisfecha? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, trivial, insípida? ¿Por qué se aburren en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás, la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien. Lo quiera o no, el ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: «Haced el bien... sin esperar nada». Puede ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida. Ya tengo bastante con preocuparme de mí y de mis cosas.

Pero eso, ¿es vida? ¿Vivir despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, impermeable a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mi «campana de cristal”?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. Casi siempre preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos. Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «comprando»: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión…. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la confianza, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior... no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio, si no es el crecimiento y la vida del otro.

Los primeros cristianos, al hablar del amor utilizaban la palabra ágape, precisamente para subrayar más esta dimensión de gratuidad, en contraposición al amor entendido sólo como eros y que tenía para muchos una resonancia de interés y egoísmo.

Entre nosotros hay personas que sólo pueden recibir un amor gratuito, pues apenas tienen nada que poder devolver a quien se les quiera acercar. Personas solas, maltratadas por la vida, incomprendidas por casi todos, empobrecidas por la sociedad, sin apenas salida en la vida.

Aquel gran profeta que fue Hélder Câmara nos recuerda la invitación de Jesús con estas palabras: «Para liberarte de ti mismo lanza un puente más allá del abismo que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de ti mismo. Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar en vez de amarte a ti solo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
22 de febrero de 2004

SIN ESPERAR NADA

Haced el bien... sin esperar nada.

¿Por qué tanta gente vive secretamente insatisfecha? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, trivial, insípida? ¿Por qué se aburren en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás, la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien. Lo quiera o no, el ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: «Haced el bien... sin esperar nada». Puede ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, impermeable a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mi «campana de cristal». ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos. Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «pagando»: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior.., no se obtienen con dinero. Son algo gratuito que se ofrece sin esperar nada a cambio, si no es el crecimiento y la vida del otro.

Los primeros cristianos, al hablar del amor utilizaban la palabra ágape, precisamente para subrayar más esta dimensión de gratuidad, en contraposición al amor entendido sólo como eros y que podía tener para muchos una resonancia de interés y egoísmo.

Hay muchos hombres y mujeres entre nosotros que sólo pueden recibir un amor gratuito, pues no tienen apenas nada para poder devolver a quien se les quiera acercar. Personas solas, maltratadas por la vida, incomprendidas por casi todos, empobrecidas por la sociedad, sin apenas salida alguna en la vida.

Helder Cámara nos recuerda la invitación de Jesús con estas palabras: «Para liberarte de ti mismo, lanza un puente más allá del abismo de la sociedad que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de ti mismo. Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar en vez de amarte a ti sólo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
18 de febrero de 2001

¿QUÉ ES PERDONAR?

Amad a vuestros enemigos.

El mensaje de Jesús es claro y rotundo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Que podemos hacer con estas palabras?, ¿suprimirlas del Evangelio?, ¿tachar las como algo absurdo e imposible?, ¿dar rienda suelta a nuestra irritación? Tal vez, hemos de empezar por conocer mejor el proceso del perdón.

Es importante, en primer lugar, entender y aceptar los sentimientos de cólera, rebelión o agresividad que nacen en nosotros. Es normal. Estamos heridos. Para no hacernos todavía más daño, necesitamos recuperar en lo posible la paz y la fuerza interior que nos ayuden a reaccionar de manera sana.
La primera decisión del que perdona es no vengarse. No es fácil. La venganza es la respuesta casi instintiva que nos nace de dentro cuando nos han herido o humillado. Buscamos compensar nuestro sufrimiento haciendo sufrir al que nos ha hecho daño. Para perdonar es importante no gastar energías en imaginar nuestra revancha.

Es decisivo, sobretodo, no alimentar nuestro resentimiento. No permitir que la hostilidad y el odio se instalen para siempre en nuestro corazón. Tenemos derecho a que se nos haga justicia: el que perdona no renuncia a sus derechos. Lo importante es irnos curando del daño que nos han hecho.

Perdonar puede exigir tiempo. El perdón no consiste en un acto de la voluntad que lo arregla rápidamente todo. Por lo general, el perdón es el final de un proceso en el que intervienen también la sensibilidad, la comprensión, la lucidez y, en el caso del creyente, la fe en un Dios de cuyo perdón vivimos todos.

Para perdonar es necesario a veces compartir con alguien nuestros sentimientos, recuerdos y reacciones. Perdonar no quiere decir olvidar el daño que nos han hecho, pero sí recordarlo de otra manera menos dañosa para el ofensor y para uno mismo. El que llega a perdonar se vuelve a sentir mejor. Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.

Quien va entendiendo así el perdón, comprende que el mensaje de Jesús, lejos de ser algo imposible e irritante, es el camino más acertado para ir curando las relaciones humanas. siempre amenazadas por nuestras injusticias y conflictos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
22 de febrero de 1998

NO MANIPULAR EL PERDÓN

Amad a vuestros enemigos.

«Dime cómo hablas del perdón, y te diré qué objetivo persigues.» Es lo que he sentido al analizar mucho de lo que se ha dicho y escrito entre nosotros sobre el perdón estos últimos años. Muchas voces se han hecho oír no para perdonar, sino para reclamar a las víctimas el perdón o para exigir a los agresores que lo pidan; para precisar las condiciones en que tal vez sería posible concederlo, o para declararlo inútil y hasta dañoso mientras no haya arrepentimiento previo. No es difícil advertir bajo tanta palabra interesada una instrumentalización que vacía de contenido el concepto genuino del perdón cristiano.

Este perdón brota siempre de una experiencia religiosa. El cristiano perdona porque se siente perdonado por Dios. Toda otra motivación es secundaria. Perdona quien sabe que vive del perdón de Dios. Ésa es la fuente última. «Perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo» (Ef 4, 32). Olvidar esto es hablar de otra cosa muy diferente del perdón evangélico.

Por eso, el perdón cristiano no es un acto de justicia. No se le puede reclamar ni exigir a nadie como un deber social. Jurídicamente, el perdón no existe. El código penal ignora el verbo «perdonar». El gesto sorprendente y muchas veces heroico del perdón nace de un amor incondicional y gratuito. No depende de condiciones previas. No exige nada, no reclama nada. Si se perdona es por puro amor. Hablar de requisitos para perdonar es introducir el planteamiento de otra cosa.

En el Evangelio se invita simbólicamente a perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt 1 8, 22), a perdonar incluso al agresor que no muestra arrepentimiento alguno, desde la actitud del mismo Cristo que en el momento en que está siendo crucificado grita a Dios: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Le 23, 34).

Nadie se ha de engañar. Perdonar no es fácil. Es mejor confesarlo así. Todo menos manipular el discurso del perdón para exigir a otros responsabilidades o para defender cada uno nuestra propia posición. Hace unos años Juan Pablo II invitaba a «custodiar la autenticidad del perdón», algo que sólo es posible «custodiando su fuente, esto es, la misericordia del mismo Dios, revelada en Jesucristo» (Dives in misericordia, 14).

No es posible escuchar la llamada de Jesús: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen», si uno no conoce la experiencia de ser perdonado por Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
19 de febrero de 1995

NADA HAY MAS IMPORTANTE

Haced el bien a los que os odian.

Para muchas personas, el perdón es una palabra sin apenas contenido real. La consideran un valor con el que se identifican interiormente, pero nunca han pedido perdón ni lo han concedido. No han tenido ocasión de experimentar personalmente la dificultad que encierra ni tampoco la riqueza que entraña el acto de perdonar.

Sin embargo, el clima social que se ha generado entre nosotros, con enfrentamientos callejeros, insultos, amenazas y agresiones, al mismo tiempo que abre heridas y despierta sentimientos de odio y rechazo mutuo, está exigiendo, a mi juicio, un planteamiento realista del perdón.

Las posturas ante el perdón son diferentes. Muchos lo rechazan como algo inoportuno e inútil. En algunos sectores se escucha que hay que «endurecer» la dinámica de la lucha, «hacer sufrir» a todos, «presionar» con violencia a la sociedad entera; desde esta perspectiva, el perdón sólo sirve para «debilitar» o «frenar» la lucha; hay que llamar al pueblo a todo menos al perdón. En otros sectores, se dice que es necesario «mano dura», «cortar por lo sano», «devolver con la misma moneda»; el perdón sería, entonces, un «estorbo para actuar con eficacia.

Otros lo consideran, más bien, como una actitud sublime y hasta heroica, que está bien reconocer, pero que en estos momentos es mejor dejar a un lado como algo imposible. Ya hablaremos de perdón, amnistía y reconciliación cuando se den las condiciones adecuadas. Por ahora es más realista y práctico alimentar la agresividad y el odio mutuo.

Hay, además, quienes se erigen en jueces supremos que dictaminan lo que se podría tal vez perdonar y lo que resulta «imperdonable». Ellos son los que deciden cuándo, cómo y en qué circunstancias se puede conceder el perdón. Por otra parte, si se perdona, será para recordar siempre al otro que ha sido perdonado; el perdón se convierte así en lo que el filósofo francés, Olivier Abel, llama «eternización del resentimiento»

Sé que no es fácil hablar del perdón en una situación como la nuestra. ¿Cómo perdonar a quien no se considera culpable ni se arrepiente de nada?, ¿a quién perdonar cuando uno se siente herido por un colectivo?, ¿qué significa perdonar cuando, al mismo tiempo, es necesario exigir en justicia la sanción que restaure el orden social? Cuestiones graves todas ellas, que muestran el carácter complejo del perdón cuando se plantea con rigor y realismo.

Sin embargo, hay algo que para mí está claro. Nada hay más importante que ser humano. Y estoy convencido de que el hombre es más humano cuando perdona que cuando odia. Es más sano y noble cuando cultiva el respeto a la dignidad del otro que cuando alimenta en su corazón el rencor y el ánimo de venganza.

Entre nosotros se está olvidando que lo primero es ser humanos. Inmenso error. Un pueblo camina hacia su decadencia cuando las ideologías y los objetivos políticos son usados contra el hombre. Mientras tanto, el mensaje de Jesús sigue siendo un reto: «Haced el bien a los que os odian.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
23 de febrero de 1992

AMOR AL ENEMIGO

Amad a vuestros enemigos.

«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.» ¿Qué podemos hacer los creyentes de hoy ante estas palabras de Jesús? ¿Suprimirlas del evangelio? ¿Borrarlas del fondo de nuestra conciencia? ¿Dejarlas para tiempos mejores?

No cambia mucho en las diferentes culturas la postura básica de los hombres ante el «enemigo», es decir, ante alguien de quien sólo se pueden esperar daños y peligros.

El ateniense Lisias (s. y antes de Cristo) expresa la concepción vigente en la antigüedad griega con una fórmula que sería bien acogida en nuestros tiempos: «Considero como norma establecida que uno tiene que procurar hacer daño a sus enemigos y ponerse al servicio de sus amigos

Por eso hemos de destacar todavía más la importancia revolucionaria que se encierra en el mandato evangélico del amor al enemigo, considerado por los exégetas como el exponente más diáfano del mensaje cristiano.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo no está pensando en un sentimiento de afecto y cariño hacia él (philia), menos todavía en una entrega apasionada (eros), sino en una apertura radicalmente humana, de interés positivo por la persona del enemigo (ágape).

Este es el pensamiento de Jesús. El hombre es humano cuando el amor está en la base de toda su actuación. Y ni siquiera la relación con los enemigos debe ser una excepción. Quien es humano hasta el final, descubre y respeta la dignidad humana del enemigo por muy desfigurada que se nos pueda presentar. Y no adopta ante él una postura excluyente de maldición, sino una actitud positiva de interés real por su bien.

Quien quiera ser cristiano y actuar como tal en el contexto de violencia generado entre nosotros ha de vivir todo este conflicto sin renunciar a amar, cualquiera que sea su posición política o ideológica.

Y es precisamente este amor universal, que alcanza a todos y busca realmente el bien de todos sin exclusiones, la aportación más positiva y humana que puede introducir el ciudadano o el político cuya actuación quiera inspirarse en la fe cristiana.

Este amor cristiano al enemigo parece casi imposible en el clima de indignada crispación que provoca la violencia terrorista. Sólo recordar las palabras evangélicas puede resultar irritante para algunos. Y, sin embargo, es necesario hacerlo si queremos vernos libres de la deshumanización que generan el odio y la venganza.

Hay dos cosas que los cristianos podemos y debemos recordar hoy en medio de esta sociedad, aun a precio de ser rechazados. Amar al delincuente injusto y violento no significa en absoluto dar por buena su actuación injusta y violenta. Por otra parte, condenar de manera tajante la injusticia y crueldad de la violencia terrorista no debe llevar necesariamente al odio hacia quienes la instigan o llevan a cabo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
Fecha

ASUNTO DE AMOR

Haced el bien y prestad sin esperar nada.

Ser cristiano no es un asunto de voluntad ni de aceptar una determinada concepción de la vida, sino fundamentalmente es un asunto de amor.

El cristiano es un hombre que descubre que es amado de manera insondable y radical y siente que el único modo de responder a ese amor es vivir amando.

Naturalmente, todo esto puede parecer a más de uno ingenuas elucubraciones que no conducen a ninguna parte. Pero lo cierto es que sin amor la vida se vacía de sentido.

Cuando uno no se siente amado, aunque tenga de todo, en realidad no tiene nada pues el vacío de amor no se puede llenar con cosas ni personas.

Por otra parte, cuando uno no sabe amar y deja sin resolver el problema del amor, puede cubrir su vacío con mil caretas pero, en el fondo, no está haciendo sino ocultar su fracaso como ser humano.

Unos se esconden detrás del dinero. Otros tras el poder. Crece en ellos la necesidad de acaparar y tener seguridad, pero no saben disfrutar de lo mejor que tiene la existencia, que es la amistad y el amor.

En realidad, cuando uno no sabe amar, corre el riesgo de irse haciendo indiferente o cínico, cauto o desconfiado, agresivo o explotador. Poco a poco se habitúa a vivir dominando a los más débiles y concentrando todos sus esfuerzos en aparentar, sobresalir y triunfar.

En nuestra sociedad nacen y se desarrollan ideologías que siempre encierran algo de verdad. Se conciben planes y proyectos que podrían hacernos avanzar hacia una convivencia más humana.

Pero el hombre contemporáneo no se atreve a afrontar con decisión el cambio que realmente necesita: dejar de vivir encerrado egoístamente en sí mismo, dejar de girar interesadamente en torno a su propio “yo”.

Y seguimos tratando de construir una sociedad más solidaria con hombres y mujeres radicalmente egoístas. Nos esforzamos por lograr una sociedad más socialista con personas viciadas por el espíritu capitalista.

Pero no es posible “progreso revolucionario” alguno mientras en una sociedad se piense que hombre de éxito es aquel que logra acumular en menos tiempo la mayor cantidad de dinero o poder y que es un imbécil quien vive dando desinteresadamente su vida por los demás.

Hay otra manera de ver las cosas. La de aquel Jesús que valor6 por encima de todo la capacidad de amar y la libertad interior de quien sabe incluso amar al enemigo y “hacer el bien sin esperar nada”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
Fecha

EL PERDON DE UN PUEBLO

Perdonad y seréis perdonados.

Es doloroso para un creyente escuchar las consignas que se gritan entre nosotros tratando de arrancar a nuestro pueblo su capacidad de perdonar.

De muchas maneras se quiere presentar el perdón como una actitud indigna, propia de quienes no aman de verdad al pueblo, una virtud propia de débiles, una resignación cobarde de aquellos que no se atreven a luchar por su libertad.

Sin embargo, no se hará la paz en nuestro pueblo si, por encima de apasionamientos y enfrentamientos viscerales, no cultivamos una actitud de perdón.

Sin el perdón mutuo, nunca podremos liberarnos del pasado ni nos abriremos paso hacia un futuro que hemos de construir entre todos. En algún momento hemos de olvidar de manera consciente y generosa las injusticias pasadas para iniciar un diálogo nuevo.

Una lucha animada sólo por la voluntad absoluta de lograr los propios objetivos políticos, sin sensibilidad alguna hacia el perdón y mutua comprensión, degenera siempre en venganza destructiva y odio irreconciliable. Por este camino, jamás se logrará entre nosotros una paz firme y estable.

Hemos olvidado la importancia que puede tener el perdón para el avance de la historia de un pueblo. Sin embargo, el perdón liquida los obstáculos que nos llegan del pasado. Despierta nuevas energías para seguir luchando. Reconstruye y humaniza a todos porque ennoblece a quien perdona y a quien es perdonado.

Los creyentes hemos de descubrir y reivindicar entre nosotros la fuerza social y política del perdón. Sin una experiencia colectiva de perdón, la sociedad queda mutilada en algo importante.

Las palabras de Jesús: «No condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados», no han de ser sólo una invitación a adoptar personalmente una postura de perdón. Nos tienen que urgir, además, a cultivar un clima social de perdón, absolutamente necesario para avanzar hacia la paz.

Nuestra actitud de perdón nace de la experiencia gozosa de sentirnos perdonados por Dios. Experiencia que nos ha de ayudar, a pesar de todas las reacciones en contra, a defender el perdón, por amor precisamente a ese pueblo al que queremos ver luchar por sus derechos por otros medios que no sean los de la venganza.

La capacidad de perdonar con generosidad puede ser, para un pueblo, más importante y mas liberador que la capacidad de recordar con espíritu vengativo las injusticias del pasado.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
Fecha

SIN ESPERAR NADA

Haced el bien... sin esperar nada.

¿Por qué tanta gente vive secretamente insatisfecha? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, trivial, insípida? ¿Por qué se aburren en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien.

Lo quiera o no, el hombre está llamado a amar desinteresadamente. Y si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.

No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: «Haced el bien... sin esperar nada». Puede ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, impermeable a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mi «campana de cristal». ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos.

Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «pagando»: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior... no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio, si no es el crecimiento y la vida del otro.

Los primeros cristianos, al hablar del amor utilizaban la palabra ágape, precisamente para subrayar más esta dimensión de gratuidad, en contraposición al amor entendido sólo como eros y que podía tener para muchos una resonancia de interés y egoísmo.

Hay muchos hombres y mujeres entre nosotros que sólo pueden recibir un amor gratuito, pues no tienen apenas nada que poder devolver a quien se les quiera acercar. Hombres solos, maltratados por la vida, incomprendidos por casi todos, empobrecidos por la sociedad, sin apenas salida alguna en la vida.

Helder Cámara nos recuerda la invitación de Jesús con estas palabras: «Para librarte de ti mismo, lanza un puente más allá del abismo de la sociedad que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de ti mismo. Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar en vez de amarte a ti sólo».

José Antonio Pagola



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lunes, 11 de febrero de 2019

17-02-2019 - 6º domingo Tiempo ordinario (C)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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6º domingo Tiempo ordinario (C)



EVANGELIO

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,17.20-26

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:

- Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2018-2019 -
17 de febrero de 2019

Felicidad

Uno puede leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía.

Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué? ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.

La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada “sociedad dual”. Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica.

De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.

La parábola del hombre rico “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día” y del pobre Lázaro que buscaba, sin conseguirlo, saciar su estómago de lo que tiraban de la mesa del rico, es una cruda realidad en la sociedad dual.

Entre nosotros existen esos “mecanismos económicos, financieros y sociales” denunciados por Juan Pablo II, “los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”.

Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la “Sollicitudo rei socialis”, tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.

Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.

En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios, que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.

Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
14 de febrero de 2010

TOMAR EN SERIO A LOS POBRES

Acostumbrados a escuchar las "bienaventuranzas" tal como aparecen en el evangelio de Mateo, se nos hace duro a los cristianos de los países ricos leer el texto que nos ofrece Lucas. Al parecer, este evangelista y no pocos de sus lectores pertenecían a una clase acomodada. Sin embargo, lejos de suavizar el mensaje de Jesús, Lucas lo presentó de manera más provocativa.

Junto a las "bienaventuranzas" a los pobres, el evangelista recuerda las "malaventuranzas" a los ricos: «Dichosos los pobres...los que ahora tenéis hambre...los que ahora lloráis». Pero «Ay de vosotros, los ricos...los que ahora estáis saciados...los que ahora reís». El Evangelio no puede ser escuchado de igual manera por todos. Mientras para los pobres es una Buena Noticia que los invita a la esperanza, para los ricos es una amenaza que los llama a la conversión. ¿Cómo escuchar este mensaje en  nuestras comunidades cristianas?

Antes que nada, Jesús nos pone a todos ante la realidad más sangrante que hay en el mundo, la que más le hacía sufrir a él, la que más llega al corazón de Dios, la que está más presente ante sus ojos. Una realidad que, desde los países ricos, tratamos de ignorar y silenciar una y otra vez, encubriendo de mil maneras la injusticia más cruel e inhumana de la que, en buena parte, somos culpables nosotros.

¿Queremos continuar alimentando el autoengaño o abrir los ojos a la realidad de los pobres? ¿Tenemos voluntad de verdad? ¿Tomaremos alguna vez en serio a esa inmensa mayoría de los que viven desnutridos y sin dignidad, los que no tienen voz ni poder, los que no cuentan  para nuestra marcha hacia el bienestar?

Los cristianos no hemos descubierto todavía toda la importancia que pueden tener los pobres en la historia del cristianismo. Ellos nos dan más luz que nadie para vernos en nuestra propia verdad, sacuden nuestra conciencia y nos invitan permanentemente a la conversión. Ellos nos pueden ayudar a configurar la Iglesia del futuro de manera más evangélica. Nos pueden hacer más humanos y más capaces de austeridad, solidaridad y generosidad.

El abismo que separa a ricos y pobres sigue creciendo de manera imparable. En el futuro, cada vez será más imposible presentarse ante el mundo como Iglesia de Jesús ignorando a los más débiles e indefensos de la Tierra. O tomamos en serio a los pobres u olvidamos el Evangelio. En los países ricos  nos resultará cada vez más difícil escuchar la advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero».  Se nos hará insoportable.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
11 de febrero de 2007

BIEN CLARO

Dichosos los pobres porque vuestro es el reino de Dios

Jesús no poseía poder político ni religioso para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Los evangelistas recogieron, uno detrás de otro, los gritos que Jesús fue lanzando por las aldeas de Galilea en diversas situaciones. Sus bienaventuranzas quedaron grabadas para siempre en sus seguidores.

Se encuentra Jesús con gentes empobrecidas que no pueden defender sus tierras de los poderosos terratenientes y les dice: Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios. Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados. Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis.

¿No es todo esto una burla? ¿No es cinismo? Lo sería, tal vez, si Jesús les estuviera hablando desde un palacio de Tiberíades o una villa de Jerusalén, pero Jesús está con ellos. No lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Es un indigente más que les habla con fe y convicción total.

Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza, ni mucho menos. Su miseria no es un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama dichosos porque Dios está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios les hará justicia.

Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos de Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. Su vida es sagrada.

Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, le tienen a él como Padre.

Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que hemos de hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios. De ahí puede nacer nuestra conversión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
15 de febrero de 2004

FELICIDAD

Felices...

Todas las personas llevamos en lo más profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que nos hallamos ante alguien que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.

Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y como encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.

Por eso, la escucha sencilla de las bienaventuranzas provoca siempre en la persona un eco especial. Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes produce en nosotros un cierto desconcierto. Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo más hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.

A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.

Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.

Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar. Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón. Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.

Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses.

Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados.

Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los débiles. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
11 de febrero de 2001

FRENTE A LA SABIDURÍA CONVENCIONAL

Dichosos los pobres

Lo advirtamos o no, todos aprendemos a vivir de nuestro entorno cultural. A lo largo de los años vamos interiorizando la «sabiduría convencional» que predomina en la sociedad. Al final, es esa «conciencia cultural» la que modela en buena parte nuestra manera de entender y de vivir la vida.

Sin apenas darnos cuenta, esa «sabiduría convencional» nos va proporcionando los principios, valores y criterios de actuación que orientan nuestro estilo de vida. Este modo de funcionar no es algo propio de personas contadas. Es lo habitual. Se puede incluso decir que hacerse adulto significa para muchos interiorizar la «sabiduría convencional» que predomina en la sociedad.

Acostumbrados a responder una y otra vez a los dictados de la cultura dominante, nos cuesta advertir nuestra ceguera y falta de libertad para vivir de manera más honda y original. Nos creemos libres y en realidad vivimos domesticados: nos consideramos inteligentes pero sólo atendemos a lo que la cultura social nos indica.

Hay algo todavía más grave. Creemos escuchar en nuestro interior la voz de la conciencia, pero lo que escuchamos en realidad son los «valores» que hemos interiorizado de la conciencia social, y que llevan nombres muy concretos: bienestar. seguridad, éxito, satisfacción, buena imagen, dinero, poder.

Uno de los rasgos que más destacan en Jesús los investigadores modernos es su empeño en liberar a las personas de esa «sabiduría convencional» que en todos los tiempos empobrece la vida de los humanos. Su mensaje es claro: hay que aprender a vivir desde otro «lugar», hay que escuchar la voz de un Dios que quiere una vida más digna y dichosa para todos, hay que vivir con un «corazón nuevo».

Frente a la «sabiduría convencional», Jesús vive y enseña a vivir de una manera nueva y provocativa, modelada por valores diferentes: compasión, defensa de los últimos, servicio a los desvalidos, acogida incondicional, lucha por la dignidad de todo ser humano.

En este contexto hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Felices los pobres... los que ahora tenéis hambre... los que ahora lloráis.., porque vuestro es el Reino de Dios». Dios quiere reinar en un mundo diferente donde todos puedan conocer la dicha y la dignidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
15 de febrero de 1998

RECUPERACIÓN ECONÓMICA INJUSTA

¡Ay de vosotros los ricos!

Se pueden leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía. Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué?, ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.

La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada «sociedad dual». Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica. De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.

Entre nosotros existen esos «mecanismos económicos, financieros y sociales» denunciados por Juan Pablo II, «los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros».

Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la «Sollicitudo rei socialis», tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.

Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.

En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios. Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.

Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, que ha de seguir viva para interpelarnos a todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
12 de febrero de 1995

SOBRE LA FELICIDAD

Dichosos...

Entre nosotros está ampliamente extendida la idea de que la fe es algo que tiene que ver con la salvación eterna después de la muerte, pero no con la felicidad concreta de cada día, que es la que ahora mismo interesa a las personas.

Parece que lo cristiano no es preocuparse de la felicidad, sino saber vivir sacrificadamente. Seguir a Jesucristo, ¿no es, en definitiva, renunciar a la felicidad en esta vida?, ¿no consiste el cristianismo precisamente en vivir según aquel lema tan conocido: «aquí cruz y en el más allá felicidad»?

De hecho, son muchos los que piensan que la religión no busca la felicidad actual de las personas sino su desdicha. Las bienaventuranzas pueden ser, tal vez, un camino para alcanzar la vida eterna -si existe en alguna parte-, pero no tienen ninguna influencia para la felicidad que pueden experimentar ahora las personas. Jesús ofrece la felicidad eterna, pero, ¿qué puede aportar para una vida dichosa ahora mismo?

Nos encontramos aquí ante un grave malentendido que aleja a no pocos de la religión. Y, sin embargo, hay que decirlo con claridad: la idea de «cruz aquí y felicidad en el más allá» falsea el mensaje evangélico. El cristianismo no consiste en ofrecer una salvación para la otra vida y en exigir aquí, para merecerla, el sacrificio y la represión de las tendencias a la felicidad inmediata.

Si Jesucristo es Salvador, las personas han de poder encontrar en él, no sólo una salvación futura, lejana y desdibujada, sino también algo bueno para vivir ya ahora. Es en esta vida donde el ser humano anhela ya la felicidad y la echa de menos, y es en esta vida donde Jesucristo convoca a los hombres a vivir de la forma más acertada para generar dicha y paz.

Esto no significa ignorar las exigencias de una vida cristiana y dedicarse a una búsqueda hábil de la «felicidad a cualquier precio», buscando egoístamente el propio bienestar y utilizando incluso la religión como un medio más para el disfrute o la satisfacción de los deseos inmediatos.

Las bienaventuranzas nos trazan precisamente el camino a seguir para conocer ya desde ahora una felicidad digna del ser humano. Felicidad que comienza aquí, pero que alcanza su plenitud final en el encuentro con Dios.

La pregunta que, tal vez, podría ayudarnos personalmente a hacer más luz, sería ésta: ¿Qué pasaría si yo tomara en serio las bienaventuranzas y acertara a vivir sin tanto afán de cosas, con más limpieza interior, más atento a los que sufren y con una confianza más grande en Dios?, ¿sería más feliz o menos?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
16 de febrero de 1992

PACIENCIA

Dichosos los que ahora lloráis

Hoy escuchamos de nuevo las palabras desconcertantes de Jesús: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. »

Estas bienaventuranzas no son una invitación al optimismo ingenuo o a la felicidad fácil, sino una llamada a vivir el sufrimiento, el mal o la persecución en la paciencia y el gozo de la esperanza.

Esa paciencia no es fruto de un ejercicio ascético que nos enseña a vivir las pruebas sin derrumbarnos. Es una paciencia que descansa en la paciencia misma de Dios que nos acompaña en el dolor o la impotencia de manera silenciosa y discreta, pero buscando siempre nuestro bien.

Dios no se impacienta ante los brotes del mal o de la injusticia, porque para él no hay prisa ni miedo al fracaso final. Dios sabe esperar. Y es esa mirada paciente de Dios, cargada de ternura infinita hacia todos los hombres, los que sufren y los que hacen sufrir, la que pone consuelo y estímulo en el creyente enfrentado a la realidad del mal.

Lo mismo que en la paciencia de Dios, también en la paciencia del creyente hay siempre amor. Un amor al ser humano, que es más fuerte que cualquier presencia del mal o de las tinieblas. En realidad, ningún mal por cruel y poderoso que sea, puede impedirnos seguir abiertos al amor. Y el amor —no lo olvidemos— es la única promesa y garantía de felicidad final.

Esta paciencia cristiana no es una actitud pasiva o resignada. Es fuerza para no dejarnos vencer por la desesperanza, y estímulo para cumplir nuestra misión con entereza y fidelidad. Esa es la recomendación bíblica: «Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hb 10, 36).

Esa paciencia del creyente se alimenta de la confianza en Dios y del abandono en sus manos. Dios, deseado y amado por encima de todo, es el que renueva las fuerzas del hombre aplastado y pone en su corazón una paz que el mundo entero no puede dar.

La Carta de Santiago proclama «felices» a «los que sufrieron con paciencia» (St 5, 11). Su felicidad no proviene del bienestar o del éxito, sino de la fe en el Crucificado que desde la resurrección dice así a todo creyente probado por el mal: «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra» (Ap 3, 8).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA

SOCIEDAD DUAL

Ay de vosotros los ricos

Uno puede leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía.

Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué? ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.

La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada “sociedad dual”. Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica.

De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.

La parábola del hombre rico “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día” y del pobre Lázaro que buscaba, sin conseguirlo, saciar su estómago de lo que tiraban de la mesa del rico, es una cruda realidad en la sociedad dual.

Entre nosotros existen esos “mecanismos económicos, financieros y sociales” denunciados por Juan Pablo II, “los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”.

Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la “Sollicitudo rei socialis”, tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.

Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.

En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.

Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS

FELICIDAD AMENAZADA

Ay de vosotros los ricos...

Occidente no ha querido creer en el amor como fuente de vida y felicidad para el hombre y la sociedad. Y las bienaventuranzas de Jesús siguen siendo un lenguaje ininteligible e increíble, incluso para los que se llaman cristianos.

Nosotros hemos puesto la felicidad en otras cosas. Hemos llegado, incluso, a confundir la felicidad con el bienestar. Y, aunque son pocos los que se atreven a confesarlo abiertamente, para muchos lo decisivo para ser feliz es «tener dinero».

Apenas tienen otro proyecto de vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Esta es la felicidad en la que creemos. El único camino que se nos ocurre recorrer para buscar la felicidad. Casi la única manera de llegar a «vivir mejor».

A veces, tiene uno la sensación de vivir en un mundo que, en el fondo, sabe que algo absurdo se encierra en todo esto, pero no es capaz de buscar una felicidad más verdadera. De alguna manera, nos gusta nuestra manera de vivir aunque sintamos que no nos hace felices.

Los creyentes deberíamos recordar que Jesús no ha hablado sólo de bienaventuranzas. Ha lanzado también amenazadoras maldiciones para cuantos, olvidando la llamada del amor y la fraternidad, ríen seguros en su propio bienestar.

Esta es la amenaza de Jesús. Quienes poseen y disfrutan de todo cuanto su corazón egoísta ha anhelado, un día descubrirán que no hay para ellos más felicidad que la que ya han saboreado.

Quizás estamos viviendo momentos críticos en los que podemos empezar a intuir mejor la verdad última que se encierra en las amenazas de Jesús: «Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis!».

Empezamos a experimentar que la felicidad no está en el puro bienestar. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no razones para vivir. La insatisfacción actual de muchos no se debe sólo ni principalmente a la crisis económica, sino, ante todo, al vacío de humanidad y a la crisis de auténticos motivos para trabajar, luchar, gozar, sufrir y esperar.

Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices. Necesitamos de tantas cosas que somos unos pobres necesitados. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz.

Y, ¿si Jesús tuviera razón? ¿No está nuestra «felicidad» demasiado amenazada? ¿No tenemos que imaginar una sociedad diferente cuyo ideal no sea el desarrollo material sin fin, sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
13 de febrero de 1983

LA FELICIDAD

Felices …..

Todos los hombres llevamos en lo ms profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que nos hallamos ante alguien que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.

Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y cómo encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.

Por eso, la escucha sencilla de las bienaventuranzas provoca siempre en el hombre un eco especial.

Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes produce en nosotros un cierto desconcierto.

Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues nos ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo ms hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.

A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el Evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.

Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.

Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar.

Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón.

Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.

Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses.

Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados.

Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los hombres. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.

José Antonio Pagola



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