lunes, 5 de diciembre de 2016

11-12-2016 - 3º domingo de Adviento (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo de Adviento (A)


EVANGELIO

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11,2-11

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos:
- ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
Jesús les respondió:
- Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
- ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? O qué fuisteis a ver, ¿un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti».
Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
11 de diciembre de 2016

CURAR HERIDAS

La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.
Jesús le responde con su vida de profeta curador: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.
Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.
Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso, no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: “No juzguéis y no seréis juzgados”.
Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.
Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba “reino de Dios”.
El Papa Francisco afirma que “curar heridas” es una tarea urgente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad a los corazones... Esto es lo primero: curar heridas, curar heridas”. Habla luego de “hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela”. Habla también de “caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perderse”.
Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Su tarea será doble: anunciar que el reino Dios está cerca y curar enfermos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
15 de diciembre de 2013

CURAR HERIDAS

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 - JESÚS ES PARA TODOS
12 de diciembre de 2010

MÁS CERCA DE LOS QUE SUFREN

¿Eres tú el que ha de venir?

Encerrado en la fortaleza de Maqueronte, el Bautista vive anhelando la llegada del juicio terrible de Dios que extirpará de raíz el pecado del pueblo. Por eso, las noticias que le llegan hasta su prisión acerca de Jesús lo dejan desconcertado: ¿cuándo va a pasar a la acción?, ¿cuándo va a mostrar su fuerza justiciera?
Antes de ser ejecutado, Juan logra enviar hasta Jesús algunos discípulos para que le responda a la pregunta que lo atormenta por dentro: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro» ¿Es Jesús el verdadero Mesías o hay que esperar a alguien más poderoso y violento?
Jesús no responde directamente. No se atribuye ningún título mesiánico. El camino para reconocer su verdadera identidad es más vivo y concreto. Decidle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Para conocer cómo quiere Dios que sea su Enviado, hemos de observar bien cómo actúa Jesús y estar muy atentos a su mensaje. Ninguna confesión abstracta puede sustituir a este conocimiento concreto.
Toda la actuación de Jesús está orientada a curar y liberar, no a juzgar ni condenar. Primero, le han de comunicar a Juan lo que ven: Jesús vive volcado hacia los que sufren, dedicado a liberarlos de lo que les impide vivir de manera sana, digna y dichosa. Este Mesías anuncia la salvación curando.
Luego, le han de decir lo que oyen a Jesús: un mensaje de esperanza dirigido precisamente a aquellos campesinos empobrecidos, víctimas de toda clase de abusos e injusticias. Este Mesías anuncia la Buena Noticia de Dios a los pobres.
Si alguien nos pregunta si somos seguidores del Mesías Jesús o han de esperar a otros, ¿qué obras les podemos mostrar? ¿qué mensaje nos pueden escuchar? No tenemos que pensar mucho para saber cuáles son los dos rasgos que no han de faltar en una comunidad de Jesús.
Primero, ir caminando hacia una comunidad curadora: un poco más cercana a los que sufren, más atenta a los enfermos más solos y desasistidos, más acogedora de los que necesitan ser escuchados y consolados, más presente en las desgracias de la gente.
Segundo, no construir la comunidad de espaldas a los pobres: al contrario, conocer más de cerca sus problemas, atender sus necesidades, defender sus derechos, no dejarlos desamparados. Son ellos los primeros que han de escuchar y sentir la Buena Noticia de Dios.
Una comunidad de Jesús no es sólo un lugar de iniciación a la fe ni un espacio de celebración. Ha de ser, de muchas maneras, fuente de vida más sana, lugar de acogida y casa para quien necesita hogar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
16 de diciembre de 2007

IDENTIDAD DE CRISTO

¿Eres tú el que ha de venir?

Hasta la prisión de Maqueronte donde está encerrado por Antipas, le llegan al Bautista noticias de Jesús. Lo que oye lo deja desconcertado. No responde a sus expectativas. El espera un Mesías que se imponga con la fuerza terrible del juicio de Dios, salvando a quienes han acogido su bautismo y condenando a quienes lo han rechazado. ¿Quién es Jesús?
Para salir de dudas, el Bautista encarga a dos discípulos que pregunten a Jesús sobre su verdadera identidad: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La pregunta era decisiva en los primeros momentos del cristianismo.
La respuesta de Jesús no es teórica, sino muy concreta y precisa: comunicarle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Le preguntan por su identidad, y Jesús les responde con su actuación curadora al servicio de los enfermos, los pobres y desgraciados que encuentra por las aldeas de Galilea, sin recursos ni esperanza para una vida mejor: «los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».
Para conocer a Jesús, lo mejor es ver a quiénes se acerca y a qué se dedica. Para captar bien su identidad, no basta confesar teóricamente que es el Mesías, Hijo de Dios. Es necesario sintonizar con su modo de ser Mesías, que no es otro sino aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.
Jesús sabe que su respuesta puede decepcionar a quienes sueñan con un Mesías poderoso, juez y condenador de los humanos. Por eso añade: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». Que nadie espere otro Mesías que realice otro tipo de «obras»; que nadie invente otro Cristo más a su gusto, pues el Hijo ha sido enviado para hacer la vida más digna y dichosa para todos hasta alcanzar su plenitud en la fiesta final del Padre.
¿A qué Mesías seguimos hoy los cristianos? ¿Nos dedicamos a hacer «las obras» que hacía Jesús? Y si no las hacemos, ¿qué estamos haciendo en medio del mundo? ¿Qué está «viendo y oyendo» la gente en la Iglesia de Jesús? ¿Qué ve en nuestras vidas? ¿Qué oye en nuestras palabras?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
12 de diciembre de 2004

HECHOS, NO PALABRAS

Lo que estáis viendo y oyendo.

Los expertos nos hablan de un curioso fenómeno lingüístico propio de nuestros días. En pocos años se ha extendido en las sociedades desarrolladas un lenguaje de carácter técnico, aséptico y eufemista para hablar de quienes sufren problemas o enfermedades. Se ha publicado incluso en América un diccionario políticamente correcto donde se nos indica cómo designar a ciertas personas y colectivos.
Así, en la sociedad moderna ya no hay pobres, sino gente «económicamente débil», no hay viejos, sino personas que han llegado a la «tercera edad»; los ciegos son ahora «invidentes» y los moribundos sólo «enfermos en fase terminal»; los que viven sin techo se han convertido en «transeúntes»; los negros son ahora afortunadamente «personas de color» y las criadas han alcanzado la dignidad de «colaboradoras domésticas».
Este lenguaje refleja, sin duda, una actitud más respetuosa y cuidada hacia esas personas, pero puede favorecer, al mismo tiempo, una postura más aséptica, distante y tranquilizadora pues, de alguna manera, disimula el sufrimiento y la tragedia. No hemos de preocuparnos mucho: se trata de problemas de los que se ha de ocupar la Administración, la Seguridad Social o las instituciones.
Por eso, no es superfluo recordar la advertencia cristiana: el amor al que sufre no consiste en usar palabras correctas y amables, sino en ayudarle con obras. Lo dice ya un escrito cristiano del primer siglo: «Hijos míos, no améis de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad».
La escena evangélica es aleccionadora. El profeta Juan envía a sus discípulos para hacerle a Jesús una pregunta decisiva: « ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús no responde con un discurso teórico. Lo importante para captar su identidad no son las palabras, sino los hechos. «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».
Lo que identifica al verdadero Mesías y a quienes le siguen es su servicio a los que sufren; no las bellas palabras, sino las obras. He leído que el filósofo danés S. Kierkeegard comienza uno de sus tratados con estas palabras: «Estas son reflexiones cristianas. Por eso, no se habla aquí de amor sino de las obras del amor». Sencillamente genial. El amor cristiano al que sufre no es un amor exhibido, explicado, cantado, exaltado. El amor verdadero no consiste en palabras, sino en hechos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
16 de diciembre de 2001

GRITAR A DIOS

Dichoso el que no se sienta defraudado por mí.

No son agnósticos. Menos aún ateos. En el fondo de su corazón hay fe aunque hoy se encuentre cubierta por capas de indiferencia, olvido y descuido. Nunca han tomado la decisión de alejarse de Dios, pero llevan muchos años sin comunicarse con él.
Algunos desearían reavivar su vida, sentirse de otra manera por dentro, vivir con más luz. Incluso, hay quienes sienten necesidad de despertar de nuevo su fe. No es fácil. No tienen tiempo para dedicarse a estas cosas. Nunca tomarán parte en un grupo de búsqueda. Viven demasiado ocupados.
Hay algo, sin embargo, que todos podemos hacer ahora mismo, sin pensar en compromisos complicados, y es empezar sencillamente a comunicarnos con Dios de manera humilde y sincera. No conozco otro camino más eficaz para reavivar la fe.
No es lo mismo pensar de vez en cuando en la religión, discutir de Dios con los amigos y plantearse si habrá otra vida más allá de la muerte, o pararse unos minutos y decir desde dentro: «Creo en ti, Dios mío, ayúdame a creer».
No es lo mismo vivir agobiado por mil problemas y preocupaciones, sufrir día a día una enfermedad y seguir caminando sólo e incomprendido, o saber decir cada noche antes de acostarse: «Dios mío, yo confío en ti. No me abandones».
No es lo mismo sentirse lleno de vitalidad, disfrutar de buena salud y vivir satisfecho de los propios logros y éxitos, o saber alegrarse desde lo más hondo y decir: «Dios mío, te doy gracias por la vida».
Por otra parte, hay algo que no hemos de olvidar. Es importante cuestionarse la vida, reflexionar y buscar la verdad, pero nada acerca más a Dios que el amor. Decirle a Dios con frecuencia y de corazón «Yo te amo y te busco», nos va dando poco a poco una conciencia nueva de su Persona y de su presencia cariñosa en nuestra vida.
Se acerca la Navidad. Días de fiesta entrañable o jornadas de consumismo alocado. No es lo mismo vivirlas como sea o invocar a Dios desde el fondo de nuestro ser: «Dios mío, necesito que nazcas de nuevo en mi vida».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
13 de diciembre de 1998

HECHOS, NO PALABRAS

Lo que estáis viendo y oyendo.

(Ver homilía del 12-12-2004)

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
17 de diciembre de 1995

EL HOMBRE DEL MILENIO

No ha nacido de mujer uno más grande.

La prestigiosa revista norteamericana Time ha preguntado a sus lectores quién ha sido, a su juicio, «el hombre más importante del milenio que acaba». Las respuestas han colocado en primer lugar a Francisco de Asís. Entre tantos hombres ilustres, científicos, descubridores, literatos, artistas o militares, se ha escogido al pequeño y humilde Francisco, nacido el siglo XII.
No es fácil saber por qué el Santo de Asís sigue fascinando e inquietando a las gentes. Chesterton decía que «cada generación es salvada por el santo que más la contradice». Si es así, probablemente Francisco de Asís es el santo que mejor puede salvar e iluminar nuestros tiempos, pues es quien más frontalmente contradice el espíritu de la vida moderna, configurado por la rivalidad y el consumo, la despersonalización, la falta de originalidad y de alegría interior.
Tal vez hemos de decir que Francisco recuerda las aspiraciones más hondas del ser humano traicionadas hoy por una vida desquiciada. Quien más quien menos intuye en Francisco el ideal humano que toda persona lleva dentro de sí, esa armonía consigo mismo, con los otros, con la naturaleza y con Dios, que tan lejos queda de la conciencia desgarrada del hombre moderno.
Atrae la libertad de Francisco, vivida como la forma más bella de existir. Esa capacidad de desprenderse de las cosas. «Cada cosa que eliminaba de su vida le abría a un nuevo horizonte» (J.A. Merino). Esa personalidad original e independiente de quien no quiere ser prisionero de nada ni de nadie. No quiere convento porque cuatro muros serán su prisión; no quiere dignidades porque toda dignidad es servidumbre. Su meta consiste en vivir el evangelio como forma de vida sencilla, fraterna y gozosa.
Dios lo es todo para Francisco: presencia amorosa, fuerza, regalo, liberación, misterio, gozo. Su Dios no es una definición escolástica, sino una experiencia luminosa y fascinante. El Dios creador y salvador, que crea la vida, que redime, que ilumina y salva.
Como dice Toynbee, si queremos construir y mantener un mundo habitable, tendremos que dejar de imitar a Pietro Bernardone, padre de Francisco e importante hombre de negocios del siglo XIII, y seguir más de cerca a su hijo san Francisco, «el hombre más grande entre los hombres que han existido en todo Occidente».
En su tiempo, Jesús empleó una expresión semejante para hablar de Juan el Bautista, «el más grande de los nacidos de mujer», no por su riqueza o su poder, sino por su libertad para preparar los caminos de la salvación de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
13 de diciembre de 1992

DE TODOS

Dichoso el que no se sienta
defraudado por mí.

En estos tiempos de crisis religiosa y confusión interior, es importante recordar que Jesucristo no es propiedad particular de las Iglesias. Es de todos. A El pueden acercarse quienes lo confiesan Hijo de Dios, y también quienes andan buscando un sentido más humano a sus vidas.
Hace ya algunos años, el conocido pensador Roger Garaudy, marxista convencido en aquel tiempo, gritaba así a los cristianos: «Vosotros habéis recogido y conservado esta esperanza que es Jesucristo. Devolvédnosla, pues ella pertenece a todo el mundo.»
Casi por la misma época (1974), Jean Onimus publicaba su apasionante e insólito libro sobre Jesús con el provocativo título de «Le Perturbateur». Dirigiéndose a Jesucristo, decía así el escritor francés: «Por qué vas a permanecer propiedad privada de los predicadores, de los doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan sencillas, palabras directas, palabras que permanecen para los hombres, palabras de vida eterna?»
Por eso, pocas cosas me producen más alegría que saber que hombres y mujeres, alejados de la práctica religiosa habitual, leen mi libro «Jesús de Nazaret», o llaman a «La voz del Evangelio». Estoy convencido de que Jesús puede ser para muchos el mejor camino para encontrarse con el Dios Amigo. Y para dar un sentido más esperanzado a sus vidas.
Jesús no deja indiferente a nadie que se acerca a El. Uno se encuentra, por fin, con alguien que vive en la verdad, alguien que sabe por qué hay que vivir y por qué merece la pena morir. Intuye que ese estilo de vivir «tan de Jesús» es la manera más acertada y humana de enfrentarse a la vida y a la muerte.
Jesús sana. Su pasión por la vida pone al descubierto nuestra superficialidad y convencionalismos. Su amor a los indefensos desenmascara nuestros egoísmos y mediocridad. Su verdad desvela nuestros autoengaños. Pero, sobre todo, su fe incondicional en el Padre nos invita a salir de la incredulidad y a confiar en Dios.
Quienes hoy abandonan la Iglesia porque se encuentran incómodos dentro de ella, o porque discrepan de alguna de sus actuaciones o directrices concretas, o porque, sencillamente, la liturgia cristiana ha perdido para ellos todo interés vital, no deberían, por ello, abandonar automáticamente a Jesucristo.
Cuando uno ha perdido otros puntos de referencia y siente que «algo» está muriendo en su conciencia, puede ser decisivo no perder contacto con Jesucristo. El texto evangélico nos recuerda las palabras de Jesús: «¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí!» Dichoso el que entienda todo lo que Cristo puede significar en su vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
17 de diciembre de 1989

AMOR A LA VIDA

Dichoso el que no se sienta
defraudado por mí.

Frente a las diferentes tendencias destructivas que se pueden detectar en la sociedad contemporánea (necrofilia), E. Fromm ha hecho una llamada vigorosa a desarrollar todo lo que sea amor a la vida (biofilia), si no queremos caer en lo que el célebre científico llama «síndrome de decadencia».
Sin duda, hemos de estar muy atentos a las diversas formas de agresividad, violencia y destrucción que se generan en la sociedad moderna. Más de un sociólogo habla de auténtica «cultura de la violencia». Pero hay otras formas más sutiles y, por ello mismo, más eficaces de destruir el crecimiento y la vida de las personas.
La mecanización del trabajo, la masificación del estilo de vida, la burocratización de la sociedad, la cosificación de las relaciones, son otros tantos factores que están llevando a muchas personas a sentirse, no seres vivos, sino piezas de un engranaje social.
Millones de individuos viven hoy en occidente unas vidas cómodas pero monótonas, donde la falta de sentido y de proyecto puede ahogar todo crecimiento verdaderamente humano.
Entonces, algunas personas terminan por perder el contacto con todo lo que es vivo. Su vida se llena de cosas. Sólo parecen vibrar adquiriendo nuevos artículos. Funcionan según el programa que les dicta la sociedad.
Otras buscan toda clase de estímulos. Necesitan trabajar, producir, agitarse o divertirse. Han de experimentar siempre nuevas emociones.
Algo excitante que les permita sentirse todavía vivos. Si algo caracteriza la personalidad de Jesús de Nazaret es su amor apasionado a la vida, su biofilia. Los relatos más antiguos lo presentan luchando contra todo lo que bloquea la vida, la mutila o empequeñece.
Siempre atento a lo que puede hacer crecer a las personas. Siempre sembrando vida, salud, sentido.
El mismo nos traza su tarea con expresiones tomadas de Isaías:
«Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí».
Dichosos en verdad los que descubren que ser creyente no es odiar la vida sino amarla, no es bloquear o mutilar nuestro ser sino abrirlo a sus mejores posibilidades.
Muchas personas abandonan hoy la fe en Jesucristo antes de haber experimentado la verdad de estas palabras suyas: «Yo he venido para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
14 de diciembre de 1986

ESE DIOS NO EXISTE

Dichoso el que no se sienta defraudado.

Muchos hombres y mujeres viven con la oscura convicción de que Dios es una presencia opresiva y dañosa para el hombre. Pensar en él, les crea malestar. Están convencidos de que Dios no deja ser ni disfrutar. Y, naturalmente, han terminado por prescindir de él.
Son personas que, tal vez, durante años han acudido a misa domingo tras domingo, pero nunca “han celebrado la eucaristía” ni la vida. No han dado gracias a Dios por la existencia ni se han sentido alimentados interiormente.
Son hombres y mujeres que, quizás, se han confesado de sus pecados durante años, pero no han experimentado el gozo, la fuerza renovadora y la liberación que nace en la persona cuando se sabe perdonada en las mismas raíces de su ser. Les parecía un castigo horroroso acercarse a recibir el don que más debería apreciar el hombre.
La moral cristiana siempre les ha parecido una carga insoportable y un fastidio. La mejor manera de hacer la vida de las personas más dura, pesada y molesta de lo que ya es en realidad. Una imposición más o menos represiva. Nunca una liberación y crecimiento personal.
Su relación con Dios ha estado impregnada de un temor oscuro e inevitable. ¿Cómo acercarse gozosamente a Alguien que nos presiona con castigos infinitos e inexplicables?
Estas personas necesitan escuchar hoy una noticia importante. La mejor noticia que puedan escuchar si saben realmente entender lo que significa. Ese Dios al que tanto temen, NO EXISTE.
Sería monstruoso pensar en un Dios que se acerca a los hombres precisamente para agravar nuestra situación e impedir nuestra felicidad.
Dios no es carga, sino mano tendida. No es represión sino expansión de nuestra verdadera libertad. Dios es ayuda, alivio, fuerza interior, luz.
Y todo lo que impida ver la religión como gracia, apoyo al hombre, alegría para vivir, alivio ante la dura tarea de la existencia, constituye sencillamente una deformación, una grave perversión o un inmenso malentendido, aunque lo hagamos con la mejor intención.
Cuando Jesús, encarnación del mismo Dios, se presenta al Bautista, viene a anunciarse como alguien que ayuda a ver, que ofrece apoyo para caminar, que limpia nuestra existencia, nos hace oír un mensaje nuevo, pone una buena noticia en nuestras vidas. “Dichoso el que no se siente defraudado por mí”.
Dentro y fuera de la Iglesia, para practicantes y alejados, para creyentes’ y para quienes dudan, Dios siempre es el mismo: perdón sin límite, comprensión en la debilidad, consuelo en la mediocridad, esperanza en la oscuridad, amistad en la soledad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
11 de diciembre de 1983

BUSCAR LA PAZ SIN DESALIENTO

Los ciegos ven...

El peligro de desaliento es grande entre nosotros. La violencia no sólo no se detiene sino que está adquiriendo una crueldad nueva e inexorable. Por otra parte y para eliminarla, se acude a toda clase de medidas antiterroristas, sin que apenas podamos observar esfuerzos significativos por buscar una solución en la raíz misma del problema vasco.
¿Estamos caminando así hacia la pacificación del País Vasco o nos estamos alejando cada vez más de una verdadera paz? ¿Se puede resolver el problema de nuestro pueblo con las armas de la violencia? ¿Se puede pacificar la historia ya larga del problema vasco sólo con medidas antiterroristas?
Son demasiado graves y profundos los problemas con los que estamos enfrentados para permitirnos gastar nuestras energías en intereses puramente electoralistas o en enfrentamientos estériles y crispados que hacen más difícil todavía el proceso hacia la pacificación.
Necesitamos otra atmósfera de diálogo, creatividad, voluntad sincera de profundizar en los problemas hasta encontrar su verdadera solución, sin confiar una vez más sólo en la fuerza. «No prestan buen servicio a la sociedad vasca quienes, en lugar de fomentar estas actitudes, se empeñan, por unos u otros caminos, en sumirla en el desaliento, el desencanto o la desesperanza» (J.M. Setién, Obispo de San Sebastián).
Los creyentes no podemos inhibimos ni permanecer pasivos. Son muchos los cristianos que están en las bases de todos los partidos y grupos políticos. Muchos los que tienen una responsabilidad pública de carácter político o social.
La fe no nos aporta soluciones técnicas a nuestros problemas. Pero nos ha de dar un amor apasionado por la justicia y la paz, libertad de espíritu para buscar honradamente la verdad, un deseo eficaz de concordia, una búsqueda sincera del bien del pueblo vasco en solidaridad con los otros pueblos, por encima de estrategias coyunturales o protagonismos sin sentido.
El evangelio de hoy nos recuerda la fuerza liberadora de la persona de Jesús. Al encontrarse con él, los ciegos ven, los inválidos andan, los sordos oyen...
¿Puede la fe en Jesucristo ayudarnos a ver el problema de la violencia de otra manera o estamos condenados a seguir ciegos la marcha de los acontecimientos? ¿Nos puede impulsar a profundizar en la búsqueda de la paz o seguiremos paralizados en nuestras propias posiciones? ¿Nos hará oír la «voluntad política» de un pueblo cansado de incomprensiones históricas y de violencias impuestas, que sólo quiere buscar su propia entidad en la paz, o seguiremos sordos a toda llamada que nos obligue a cambiar nuestro posicionamiento político?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
14 de diciembre de 1980

GESTOS LIBERADORES

Las obras de Cristo.

La actuación de Jesús no ha sido de fuerza y opresión. Las «obras» que presenta a los enviados del Bautista no son gestos justicieros, sino servicio liberador a los que necesitan vida.
El gesto que mejor descubre su verdadera identidad es su tarea de curar, sanar y liberar la vida. Podríamos recoger así su respuesta a Juan: «Yo soy: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia».
La vida de Jesús es la de un hombre cercano a los necesitados. Un hombre entregado totalmente a liberar a hombres y mujeres de todo lo que bloquea el crecimiento de la vida e impide a la humanidad vivir con esperanza.
Un hombre que sabe liberar con su acogida, su cercanía, su palabra, su fe en el Padre, su búsqueda apasionada de fraternidad.
Heinrich Böll lo ha visto con claridad. «En el Nuevo Testamento hay una teología de la ternura que siempre es curativa: con palabras, con manos, que también pueden llamarse caricia, con besos, con una comida en común... Este elemento del Nuevo Testamento, la ternura, no ha sido descubierto aún; todo ha sido transformado en riñas y gritos; hay, sin embargo, ciertos seres que pueden ser curados por una voz simplemente o por una comida en común... Y, entonces, imagínense algo así como una ternura socialista».
Quizá este texto de H. Böll deba ser leído con atención entre nosotros. Nos estamos acostumbrando a descalificar apresuradamente cualquier gesto de acogida, servicio personal o presencia solidaria junto a los desvalidos, como una actitud sospechosa de «reformismo», incapaz de renovar nuestra sociedad.
Pensamos con ingenuidad que el «pueblo nuevo, liberado y solidario» nacerá sólo del enfrentamiento, la lucha y la violencia.
Es necesario luchar con firmeza y tenacidad contra toda forma de injusticia y opresión, desenmascarando todos los mecanismos sociales que los generan. Pero no es suficiente para hacer surgir un «hombre nuevo».
Hay algo que no puede ser resuelto ni por la reforma más profunda ni por la revolución más radical: el afecto que falta a tantas personas, la soledad, la crisis de sentido de la vida, el vacío interior, la desafección, la desesperanza que experimentan no pocos. El afecto a cada persona, la cercanía amistosa, el respeto y la escucha a cada hombre, la acogida y comprensión de cada vida, no pueden ser garantizados si no surgen del corazón de hombres y mujeres animados por el Espíritu de Jesús.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


domingo, 4 de diciembre de 2016

08-12-2016 - La Inmaculada Concepción de Santa María Virgen (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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La Inmaculada Concepción de Santa María Virgen (A)


EVANGELIO

Evangelio

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
- Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel:
- ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?
El ángel le contestó:
- El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó:
- Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra.
Y la dejó el ángel.

Palabra de Dios.

HOMILIA

CON ALEGRÍA Y CONFIANZA

El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual.
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.
Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida, que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.
«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.
«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.
Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

UN ANUNCIO SORPRENDENTE

El ángel le dijo: Alégrate.

Lucas narra el anuncio del nacimiento de Jesús en estrecho paralelismo con el del Bautista. El contraste entre ambas escenas es tan sorprendente que nos permite entrever con luces nuevas el Misterio del Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista sucede en «Jerusalén», la grandiosa capital de Israel, centro político y religioso del pueblo judío. El nacimiento de Jesús se anuncia en un pueblo desconocido de las montañas de Galilea. Una aldea sin relieve alguno, llamada «Nazaret», de donde nadie espera que pueda salir nada bueno. Años más tarde, estos pueblos humildes acogerán el mensaje de Jesús anunciando la bondad de Dios. Jerusalén por el contrario lo rechazará. Casi siempre, son los pequeños e insignificantes los que mejor entienden y acogen al Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista tiene lugar en el espacio sagrado del «templo». El de Jesús en una casa pobre de una «aldea». Jesús se hará presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Vive entre ellos aliviando el sufrimiento y ofreciendo el perdón del Padre. Dios se ha hecho carne, no para permanecer en los templos, sino para «poner su morada entre los hombres» y compartir nuestra vida.
El anuncio del nacimiento del Bautista lo escucha un «varón» venerable, el sacerdote Zacarías, durante una solemne celebración ritual. El de Jesús se le hace a María, una «joven» de unos doce años. No se indica donde está ni qué está haciendo. ¿A quién puede interesar el trabajo de una mujer? Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, mirará a las mujeres de manera diferente, defenderá su dignidad y las acogerá entre sus discípulos.
Por último, del Bautista se anuncia que nacerá de Zacarías e Isabel, una pareja estéril, bendecida por Dios. De Jesús se dice algo absolutamente nuevo. El Mesías nacerá de María, una joven virgen. El Espíritu de Dios estará en el origen de su aparición en el mundo. Por eso, «será llamado Hijo de Dios». El Salvador del mundo no nace como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente. Nace como fruto del Amor de Dios a toda la humanidad. Jesús no es un regalo que nos hacen María y José. Es un regalo que nos hace Dios.


José Antonio Pagola

HOMILIA

CON ALEGRÍA

Alégrate... No tengas miedo.

El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que se corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios estaba cerca, dispuesto a transformar su vida.
Con un arte difícil de igualar, recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararse para recibir a Dios?
«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes que lo quieren todo enseguida. Vivimos llenos de cosas. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente, se nos ha olvidado esperar a Dios y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.
Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. En el fondo, sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir otros caminos hacia la alegría.
«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando se vive lleno de miedos que nos amenazan por dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal?
Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.
«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.
Necesitamos celebrar el «corazón» de la Navidad, no su corteza. Necesitamos hacer más sitio a Dios en nuestra vida. Nos irá mejor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

COMO MARÍA

Hágase en mí según tu Palabra.

En vísperas de la Navidad, la liturgia nos presenta la figura de María acogiendo en gozo a Dios en su vida. Como subrayó el Concilio, María es modelo para la Iglesia. De ella podemos aprender a ser más fieles a Jesús y su evangelio. ¿Cuáles podrían ser los rasgos de una Iglesia más mariana en nuestros días?
Una Iglesia que fomenta la «ternura maternal» hacia todos sus hijos cuidando el calor humano en sus relaciones con ellos. Una Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza ni condena, sino que acoge y encuentra un lugar adecuado para cada uno.
Una Iglesia que, como María, proclama con alegría la grandeza de Dios y su misericordia también con las generaciones actuales y futuras. Una Iglesia que se convierte en signo de esperanza por su capacidad de dar y transmitir vida.
Una Iglesia que sabe decir «sí» a Dios sin saber muy bien a dónde le llevará su obediencia. Una Iglesia que no tiene respuestas para todo, pero busca con confianza, abierta al diálogo con los que no se cierran al bien, la verdad y el amor.
Una Iglesia humilde como María, siempre a la escucha de su Señor. Una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús que por tenerlo todo definido.
Una Iglesia del «Magníficat», que no se complace en los soberbios, potentados y ricos de este mundo, sino que busca pan y dignidad para los pobres y hambrientos de la Tierra, sabiendo que Dios está de su parte.
Una Iglesia atenta al sufrimiento de todo ser humano, que sabe, como María, olvidarse de sí misma y «marchar de prisa» para estar cerca de quien necesita ser ayudado. Una Iglesia preocupada por la felicidad de todos los que «no tienen vino» para celebrar la vida. Una Iglesia que anuncia la hora de la mujer y promueve con gozo su dignidad, responsabilidad y creatividad femenina.
Una Iglesia contemplativa que sabe «guardar y meditar en su corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús para transmitirlo como experiencia viva. Una Iglesia que cree, ora, sufre y espera la salvación de Dios anunciando con humildad la victoria final del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

ALÉGRATE

Alégrate... el Señor está contigo.

El relato evangélico de la anunciación a María, que se lee este último domingo de Adviento, es una invitación a despertar en nosotros las actitudes básicas con las que vivir no sólo las fiestas de Navidad ya próximas, sino la vida entera. Basta recorrer el mensaje que se pone en boca del Ángel.
Alégrate. Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también nosotros. «Alégrate»: ésa es la primera palabra de Dios a toda criatura. En medio de estos tiempos que a nosotros nos parecen de incertidumbre y oscuridad, llenos de problemas y dificultades, lo primero que sorprendentemente se nos pide es no perder la alegría. Sin alegría la vida se hace más difícil y dura.
El Señor está contigo. La alegría a que se nos invita no es un optimismo forzado ni un autoengaño fácil. Es la alegría interior y la confianza que nace en quien se enfrenta a la vida con la convicción de que no está solo. Una alegría que nace de la fe. Dios nos acompaña, nos defiende y quiere siempre nuestro bien. Podemos quejamos de muchas cosas, pero nunca podremos decir que estamos solos porque no es verdad. Dentro de cada uno, en lo más hondo de nuestro ser está Dios nuestro Salvador.
No temas. Son muchos los miedos que pueden despertarse en nosotros. Miedo al futuro, a la enfermedad, a la muerte. Nos da miedo sufrir, sentimos solos, no ser amados. Podemos sentir miedo a nuestras contradicciones e incoherencias. El miedo es malo, hace daño. El miedo ahoga la vida, paraliza las fuerzas, nos impide caminar. Lo que necesitamos es confianza, seguridad, luz.
Has hallado gracia ante Dios. No sólo María, también nosotros podemos escuchar estas palabras porque todos vivimos y morimos sostenidos por la gracia y el amor de Dios. La vida sigue ahí con sus dificultades y preocupaciones. La fe en Dios no es una receta para resolver los problemas diarios. Pero todo es diferente cuando uno vive buscando en Dios luz y fuerza para enfrentarse a ellos.
Llega la Navidad. No será una fiesta igual para todos. Cada uno vivirá en su interior su propia navidad. ¿Por qué no despertar estos días en nosotros la confianza en Dios y la alegría de sabemos acogidos por Él? ¿Por qué no liberamos un poco de miedos y angustias enfrentándonos a la vida desde la fe en un Dios cercano?

José Antonio Pagola

HOMILIA

AVE MARÍA

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Hace algunos años me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me confesó que quería rezar. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado el Padrenuestro. Tampoco recordaba ninguna otra oración. De pronto, el rostro se le iluminó: «Tal vez.., el Avemaría». Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían dos lágrimas de alegría y emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.
El Avemaría, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones cristianas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.» La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: «Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. » La última parte es una invocación medieval de origen incierto: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. »
Cada uno sabe cómo y por qué caminos discurre su vida, pero siempre es bueno encontrarse con María. Ella es Madre de Dios y también nuestra. María no es Dios, no es fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.
No necesitamos defendernos ni dar explicaciones. Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o desquiciada. Conoce nuestros errores y nuestra mediocridad. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres, podemos también nosotros invocarla con humildad: «Ruega por nosotros, pecadores
María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en los difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda «ahora», en el momento en que pronunciamos la oración, y también para «la hora de nuestra muerte» siempre desconocida, pero siempre más cercana.
Al final del Adviento, el relato evangélico nos recuerda las palabras del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Pueden ser una invitación a despertar nuestra confianza en ella y a susurrar en lo secreto de nuestro corazón la conocida plegaria a la Madre: «Ave María

José Antonio Pagola

HOMILIA

¿A DONDE VA EL MUNDO?

El Señor está contigo.

El filósofo R. Popper, recientemente fallecido, aseguraba que «el mundo no va a ninguna parte». Se oponía así, desde su visión filosófica, a tantos hombres y mujeres que, a través de los siglos, se han atrevido a esperar un futuro no solo mejor, sino nuevo.
¿A dónde va el mundo con tanto dolor? Esta pregunta no es nueva. La han repetido de mil maneras los hombres en momentos trágicos de guerras, en el azote de pestes terribles, en medio del exilio o ante catástrofes naturales. Hoy, de nuevo, cristianos y no cristianos se la plantean en el fondo de su conciencia: ¿A dónde va el mundo?
No es una cuestión arbitraria. No es tampoco una pregunta científica que busca satisfacer nuestra curiosidad. Es un interrogante profundamente humano, pues, de alguna manera, intuimos que en él nos va la vida y el destino último de la humanidad.
La pregunta se despierta en nosotros cuando nos informan de la velocidad con que se talan los árboles en las selvas de Brasil, o de la desertización de grandes zonas de la Tierra; cuando nos alertan de los daños irreparables de los accidentes nucleares, o nos advierten de los efectos peligrosos de cierto tipo de residuos. ¿Se le puede llamar progreso a esa alocada producción de bienes que solo beneficia a unos pocos, mientras provoca tanto daño a la mayor parte de la humanidad?
Detrás de todo eso está el ser humano, que no acierta a conducir las cosas por caminos más seguros. Por eso, la pregunta más concreta es otra: ¿A dónde vamos nosotros los hombres dejando sin pan y sin trabajo a tantas gentes con tal de conseguir el bienestar de los más afortunados? ¿A dónde vamos hundiendo en el hambre y la miseria a pueblos enteros? ¿Nos vamos acercando así a alguna meta digna del hombre? ¿Caminamos así hacia una plenitud?
Con este horizonte no es extraño caer en el pesimismo y en actitudes derrotistas. Por eso resultan tan sorprendentes las palabras con las que el ángel anuncia a María el nacimiento del Salvador y que, en el fondo, están dirigidas a toda la humanidad: «Alégrate ... El Señor está contigo.» Es cierto que el horizonte puede parecer sombrío; el ser humano puede destruir el mundo y provocar su propio hundimiento. Pero no está solo. Dios está con nosotros. Es posible la salvación.
Esta fe es la que sostiene al creyente en la esperanza y le anima a trabajar siempre por un mundo más humano. Llegará un día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los hombres. Y los creyentes confiamos en él. María, la madre del Salvador, es nuestro modelo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

FELICITAR

Alégrate.

Llega la Navidad y parece como si, de pronto, se despertara en nosotros una necesidad incontenible de desearnos mutuamente paz y felicidad. Hemos de enviarnos puntualmente las tradicionales felicitaciones deseándonos toda clase de dichas y ventura en estas fiestas y para el año venidero. Artísticos tarjetones o postales vulgares, “christmas” de hondo contenido religioso o tarjetas superficiales, todo sirve para transmitirnos la felicitación.
¿Qué sentido pueden tener tantos deseos de dicha y felicidad expresados en Navidad? ¿Son acaso una mentira más? ¿Otra manera de engañarnos unos a otros durante estas fiestas tan vacías ya de su verdadero contenido? 
Son diferentes, sin duda, la felicitación entrañable al amigo lejano pero nunca olvidado, los saludos de puro compromiso y cortesía o las felicitaciones en serie de una firma comercial.
Como es sabido, la felicitación navideña tiene su origen más genuino en el anuncio que se escucha en Belén: “Os anuncio la gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador”. La primera palabra de parte de Dios a los hombres cuando se acerca el Salvador es una invitación a la alegría y la fiesta. Es lo primero que escucha también María de boca del ángel: “Alégrate”.
La alegría más honda del creyente en estas fiestas arranca de esta fe: Dios no es un ser lejano, inquietante y amenazador, sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y fragilidad de un niño.
Esta es la primera razón para felicitarnos y hacer fiesta. Lo primero que hemos de recordar para despertar la alegría. Como escribía el célebre teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; lo que no sabe es que por los cuatro costados está en las manos buenas de Dios”. Desde esta convicción adquiere la felicitación navideña una hondura nueva pues nace del deseo de construir ese mundo más humano y feliz que Dios busca para todos.
Antes de sentarnos a escribir las felicitaciones, tal vez hemos de hacernos alguna pregunta: ¿Sé yo “felicitar”? ¿Me preocupa realmente la felicidad de los demás? ¿Estoy dispuesto a hacer feliz a lo largo del año a esa persona que hoy felicito?
Nuestra felicitación será más sincera si lleva consigo el compromiso de vivir creando en nuestro entorno un clima más humano. Nada especialmente grande. Cosas más bien pequeñas, como no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es, cuidar mejor el amor dentro del hogar, estar cerca de quien nos puede necesitar, cultivar unas relaciones más amistosas con todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

LA EXPERIENCIA DE NAVIDAD

El Señor está contigo.

No es fácil en esta sociedad celebrar todavía con un poco de hondura la experiencia central de la Navidad. Tal vez el mejor camino para intentarlo sea el silencio.
Así nos lo sugiere un viejo texto litúrgico al proclamar que la irrupción de Dios en la humanidad sucedió «cuando un silencio sosegado lo envolvía todo».
He aquí algunas sugerencias para quienes deseen este año vivir la Navidad “de manera diferente”.
Lo primero es prepararse. Hacer el propósito de dedicar algún tiempo a preparar estas fiestas. De lo contrario, es difícil sustraerse al ambiente trivial y engañoso que estos días parece impregnarlo todo.
Después es necesario tener valor para estar a solas con nosotros mismos. Si lo logramos, tal vez podamos descubrir algo nuevo. Una habitación tranquila, una iglesia solitaria, un paseo retirado pueden servirte para “hacer silencio”.
Dejarse penetrar por el silencio no es fácil, sobre todo cuando se vive siempre en el ruido. Al comienzo, te sentirás lleno de sensaciones, impresiones, recuerdos. Si sabes esperar y permanecer, poco a poco irán apareciendo dentro de ti tus verdaderas preocupaciones, tus miedos, tu tristeza o tu alegría.
Si sigues todavía escuchando, podrás sentir una impresión inquietante. La soledad. Estás solo en medio de la vida. Esas personas con las que te relacionas todo el día, a las que rechazas o quieres, están lejos. En el fondo, todos estamos solos. Tú lo experimentas ahora con más luz en esa sensación extraña que te invade.
Si, cerrando los ojos, te atreves a seguir en silencio en una actitud humilde de confianza, es fácil que, en el interior de ese vacío y soledad, comience a insinuarse una presencia.
No le des todavía el nombre de Dios. Es sólo una experiencia que te puede poner ante la presencia de un Dios inmensamente lejano e incomprensible y, sin embargo, inmensamente cercano e interior a ti mismo.
Entonces, deja que el silencio te hable. Por una vez, atrévete a escuchar esa presencia cercana de Dios. No pienses en tus miedos ni en tu miseria. No pienses siquiera si eres cristiano o no. Sencillamente, acoge el misterio.
Como dice K. Rahner, “esta experiencia es la más decisiva para comprender el mensaje central de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Lo divino ha irrumpido en el interior de lo humano».
Entonces, tal vez sientas tu corazón renovado. Será el mejor regalo que puedas recibir en Navidad. Será también el mejor regalo que podrás hacer a los que te rodean.

José Antonio Pagola

HOMILIA

EL REGALO DE NAVIDAD

Alégrate.

¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.
Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».
Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.
La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.
Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!
Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.
Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.
Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

LA ALEGRIA POSIBLE

Alégrate.

La primera palabra de parte de Dios a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.
J. Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede obligar a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos.
De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia creada quizás en una «sala de fiestas», pero la alegría se quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar con humildad y generosidad en el fondo del alma. H. Hesse explica los rostros atormentados, nerviosos y  tristes de tantos hombres, de esta manera tan simple: «Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni e vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. C6mo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra? 
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colina de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos.
La alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad entre los hombres. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Sólo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Sólo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.

José Antonio Pagola




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