lunes, 21 de abril de 2014

27/04/2014 - 2º domingo de Pascua (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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27 de abril de 2014

2º domingo de Pascua (A)


EVANGELIO

A los ocho días, llegó Jesús.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
-¡Señor Mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creas que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
27 de abril de 2014

JESÚS SALVARÁ A LA IGLESIA

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero no está con ellos Jesús. En al comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? “Está anocheciendo” en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.
Dentro de la casa, están “con las puertas cerradas”. Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.
Los discípulos están llenos de “miedo a los judíos”. Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar el mundo como lo amaba Jesús, ni infundir en nadie aliento y esperanza.
De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. “Entra en la casa y se pone en medio de ellos”. La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a la apertura de la misión.
Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.
Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.
Solo Jesús salvará a la Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.
Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda la Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores y seguidoras.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
1 de Mayo de 2011

NUEVO INICIO

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?
Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no le tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?.
El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad de seguidores. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.
Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Sólo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre encomendó a Jesús.
Lo que necesita hoy la Iglesia no es sólo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un "nuevo inicio" a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo él puede impulsar la comunión. Sólo él puede renovar nuestros corazones.
No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el Evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es sólo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
30 de marzo de 2008

NO OCULTAR AL RESUCITADO

Se llenaron de alegría al ver al Señor.

María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
3 de abril de 2005

ALIENTO NUEVO

Exhaló su aliento sobre ellos.

Nadie sabe cómo ocurrió. Los primeros discípulos sólo nos dicen que, a partir de su resurrección, las cosas no volvieron a ser como antes. Experimentaban a Jesús de otra manera. Su presencia no era como en Galilea, pero era igualmente real y transformadora. Su vida también se transformó. En adelante vivirían de su Espíritu.
Lo primero que el resucitado les transmitía era una paz nueva e inconfundible. Una paz que curó su miedo y lo transformó en alegría. Tal vez, es lo primero que necesitamos en la Iglesia. Una paz que nos libere de los miedos que nos paralizan. Una paz que no la vamos a encontrar buscando poder y seguridad sino acogiendo el Espíritu de Jesús.
El resucitado los sacó, además, de su actitud cobarde, su desencanto y desesperanza. Sus seguidores no podían permanecer recluidos en su «cenáculo» a la defensiva de sus posibles adversarios. Ni entonces ni hoy. Una Iglesia encerrada en sus propios problemas, sin otro horizonte que los posibles riesgos y peligros, no es una Iglesia impulsada por el Espíritu de Jesús.
El resucitado los arrancó del pasado y los puso mirando al futuro. No había que seguir «soñando» en Galilea. Era el momento de introducir una esperanza nueva en el mundo y de encender en los corazones el fuego que Jesús quería ver ardiendo. No se puede acoger el Espíritu del resucitado con la mirada puesta en el pasado. El evangelio de Jesús nos pone siempre mirando al futuro.
El resucitado movilizó a los primeros creyentes y los puso en marcha hacia la misión evangelizadora. Con el resucitado presente en medio de la comunidad no es posible la pasividad, la rutina tranquila, la comodidad de la inercia. Donde está vivo el Espíritu del resucitado se despierta la creatividad y se abren caminos siempre nuevos de evangelización.
Comunidades cristianas faltas de alegría, excesivamente replegadas sobre sí mismas, con las «puertas cerradas» y sin apenas horizonte, ¿no necesitamos, antes que nada, el aliento, la alegría y la paz del resucitado? ¿No será esto lo primero que hemos de cuidar?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
7 de abril de 2002

ALIENTO NUEVO

Exhaló su aliento sobre ellos.

Nadie sabe cómo ocurrió. Los primeros discípulos sólo nos dicen que, a partir de su resurrección, las cosas no volvieron a ser como antes. Experimentaban a Jesús de otra manera. Su presencia no era como en Galilea, pero era igualmente real y transformadora. Su vida también se transformó. En adelante vivirían de su Espíritu.
Lo primero que el Resucitado les transmitía era una paz nueva e inconfundible. Una paz que curó su miedo y lo transformó en alegría. Tal vez, es lo primero que necesitamos en la Iglesia. Una paz que nos libere de los miedos que nos paralizan. Una paz que no la vamos a encontrar buscando poder y seguridad sino acogiendo el espíritu de Jesús.
El Resucitado los sacó, además, de su actitud cobarde, su desencanto y desesperanza. Sus seguidores no podían permanecer recluidos en su «cenáculo» a la defensiva de sus posibles adversarios. Ni entonces ni hoy. Una Iglesia encerrada en sus propios problemas, sin otro horizonte que los posibles riesgos y peligros, no es una Iglesia impulsada por el espíritu de Jesús.
El Resucitado los arrancó del pasado y los puso mirando al futuro. No había que seguir «soñando» en Galilea. Era I momento de introducir una esperanza nueva en el mundo y di encender en los corazones el fuego que Jesús quería ver ardiendo. No se puede acoger el espíritu del Resucitado con I mirada puesta en el pasado. El evangelio de Jesús nos pone siempre mirando al futuro.
El Resucitado movilizó a los primeros creyentes y los puso en marcha hacia la misión evangelizadora. Con el Resucitado presente en medio de la comunidad no es posible la pasividad, la rutina tranquila, la comodidad de la inercia. Donde está VIVO el espíritu del Resucitado se despierta la creatividad y se abren caminos siempre nuevos de evangelización.
Comunidades cristianas faltas de alegría, excesivamente replegadas sobre sí mismas, con las «puertas cerradas» y sin apenas horizonte, ¿no necesitamos, antes que nada, el aliento, la alegría y la paz del Resucitado? ¿No será esto lo primero que hemos de cuidar?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
11 de abril de 1999

¿SERÁ VERDAD?

No seas incrédulo, sino creyente.

Pocos meses antes de morir, J. P Sartre hacía esta confesión en una entrevista concedida al diario Le Monde: «Ante ese amasijo miserable que forma nuestro planeta, vuelve a atormentarme la desesperación; es la idea de que todo se acabará, de que sólo existen fines particulares por los que luchar... no hay un objetivo humano..., no hay más que desorden
Estas palabras no recogen sólo el testamento pesimista del célebre filósofo francés. Expresan bien la sensación de no pocos hombres y mujeres de nuestros días. Yo mismo las he escuchado en conversaciones confidenciales: «No sé si hay Dios o no, pero tengo la sensación de que todo se acaba con la muerte. Es una pena. Quisiera creer otra cosa, pero no puedo. No sé quién me podrá convencer de lo contrario.»
Qué fácil es comprender este género de confesiones. Todos llevamos muy dentro el deseo de una vida eterna; el mismo Sartre se resistía a morir sin esperanza: «Me resisto con toda justicia y sé que moriré con alguna esperanza que, sin embargo, sería preciso fundamentar.» Todos querríamos, tras la muerte, volver a ver a nuestros seres queridos, conocer una vida nueva y dichosa, ser felices para siempre. Pero está la muerte con su oscuridad y su misterio cerrándonos el paso a cualquier ilusión ingenua.
Tal vez por esto mismo, no es una insensatez interesamos por lo que se dice de Cristo. Hay algo que no se puede negar: nunca, en ningún lugar, y de nadie se ha afirmado algo parecido a lo que la fe cristiana se atreve a confesar de Cristo cuando dice que «ha sido resucitado de entre los muertos». ¿Está aquí el secreto último de la vida?
Hoy todo sigue mezclado y confuso: vida y muerte, sentido y sinsentido, justicia e injusticia; todo aparece en desorden y a medias; dentro de nosotros mismos luchan entre sí el deseo de vida eterna y la desesperanza. ¿Será verdad que no todo acaba con la muerte?, ¿será cierto que al final está Dios rescatando al ser humano para una vida nueva y feliz? Desde Cristo resucitado nos llega una invitación humilde. Las palabras de Jesús a Tomás están dirigidas también a nosotros: «No seas incrédulo, sino creyente

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
14 de abril de 1996

ESCUCHAR LA INVITACIÓN

No seas incrédulo, sino creyente.

El relato evangélico es breve y conciso. Jesús resucitado se dirige a Tomás con unas palabras que tienen mucho de invitación amorosa, pero también de llamada apremiante. «No seas incrédulo, sino creyente.» Tomás responde con la confesión de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío
¿Qué recorrido interior ha hecho este hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Cómo se camina desde la resistencia y la duda hasta la confianza? La pregunta no es superflua, pues, más tarde o más temprano, de forma totalmente inesperada o como fruto de un proceso interior, todos podemos escuchar más o menos claramente la misma invitación: «No seas incrédulo, sino creyente. »
Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. «Soy amado», ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí.
Se puede dar un paso más. «Soy bendecido por Dios.» Él no me maldice nunca, ni siquiera cuando yo mismo me condeno. Más de una vez escucharé en mi interior voces que me llaman perverso, mediocre, inútil o hipócrita. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en él a pesar de todo.
En Dios encuentro a alguien en el que mi ser puede sentirse a salvo en medio de tanta oscuridad, maledicencia y acusaciones. Puedo confiar en él sin miedo, con agradecimiento. Por lo general, la gratitud hacia Dios se despierta al mismo tiempo que la fe. No se puede volver a Dios sino con un sentido hondo de gratitud.
Me he preguntado muchas veces por qué unos «deciden» ser agradecidos, generosos y confiados, y por qué otros se inclinan a ser amargados, egoístas y recelosos. No lo sé. En cualquier caso, estoy convencido de que nuestra vida no está predeterminada o totalmente marcada de antemano. Siempre hay rendijas por las que se nos cuela la invitación a creer y confiar.
Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo: ¿Cuándo soy más humano y realista, cuando pretendo salvarme a mí mismo o cuando le invoco con fe: «Señor mío y Dios mío»?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
18 de abril de 1993

¿POR QUE NO LA REENCARNACION?

Dichosos los que crean sin haber visto.

Al parecer, se va extendiendo en Occidente la seducción por la creencia en la «reencarnación». Basta ojear estudios sociológicos para comprobar que son cada vez más los que se sienten atraídos por ella. ¿Por qué se va a jugar todo a una carta? ¿No sería más razonable contar con una segunda oportunidad o con todas las que haga falta, para irnos purificando a través de vidas sucesivas hasta alcanzar la salvación?
A decir verdad, es difícil encontrar entre nosotros la concepción original de la «reencarnación» en su pureza hindú, budista o jainita. Se trata más bien de versiones indefinidas y hasta desfiguradas a veces por otras corrientes esotéricas (influencia de los muertos en nuestra vida, etc.). En algún programa reciente de TV se pretendía, incluso, probar «científicamente» la reencarnación, en la línea de los doctores Stevenson y Noworocki.
Lo paradójico es encontrarse con personas que piensan que «resurrección» y «reencarnación» son creencias prácticamente equivalentes o que la «reencarnación» puede ser, incluso, una complementación de la fe cristiana en la «resurrección». Esta podría muy bien producirse después de una serie de «reencarnaciones » sucesivas.
El respeto a la verdad exige, sin embargo, recordar algunos puntos de profundo desacuerdo para evitar malentendidos nefastos para todos.
Desde una perspectiva cristiana, la vida está regida por el amor de Dios que busca el bien de cada persona. Los individuos no están abandonados a su propio destino, de reencarnación en reencarnación, dentro de un proceso mecánico dirigido por la ley inflexible del «karma».
Precisamente por esto, la resurrección es fruto del amor infinito de Dios que perdona nuestros pecados y nos salva a cada uno del poder de la muerte, y no resultado de una purificación impersonal donde todo se decide por la ley de la compensación del mal por el bien, con ausencia absoluta del amor de Dios.
Por otra parte, según la fe cristiana, cada persona tiene un valor único y original. Nunca será sacrificada al Todo divino. Por eso está llamada a resucitar con su propio cuerpo para entrar en un diálogo personal de amor eterno con Dios, su Padre. Desde la perspectiva reencarnacionista, por el contrario, lo importante es «la eterna génesis del Absoluto», mientras los individuos van circulando en una sucesión indefinida de nacimientos y muertes, donde cada cuerpo es sólo un «soporte provisional» y donde la salvación se realiza, en definitiva, por la fusión de los seres con el Todo.
En el fondo, está en juego la concepción de Dios y de su presencia de amor en el mundo. Mientras el cristiano, apoyado en Cristo resucitado, muere abandonándose al amor infinito de Dios, el reencarnacionista muere abandonándose a las fuerzas misteriosas de la existencia, regidas por la mecánica del «karma».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
22 de abril de 1990

PASCUA SIGNIFICA «PASO»

Se llenaron de alegría.

Pascua es una palabra de origen semita que proviene del arameo «pasha» (en hebreo «pesah»). Su significado original es discutido. Probablemente significa «paso», «tránsito» y con este sentido es empleada en diversos escritos judíos.
En cualquier caso, las primeras generaciones cristianas han entendido la Pascua como «el paso» de Cristo de la muerte a la vida, que nos invita también a nosotros a «pasar» de una vida vieja y gastada a una vida renovada.
Por eso, Pascua no es sólo una fiesta que se celebra de manera litúrgica. La resurrección de Cristo se celebra, sobre todo, en nosotros mismos, resucitando a una vida nueva. Para los primeros cristianos, la resurrección de Cristo encierra una energía capaz de transformar la existencia llenándola de nueva vitalidad.
Los relatos evangélicos insisten precisamente en esa transformación que se produce al encontrarse con el Resucitado. Esos hombres encerrados en su casa después de la muerte del Maestro, pasan de la angustia a la paz, del miedo a la alegría, de la cobardía al anuncio valiente del evangelio.
¿Hacia dónde hemos de cambiar nosotros? ¿Cuál es el «paso» que hemos de dar? ¿En qué dirección se ha de operar «el cambio pascual» en nuestras vidas?
A algunos se nos pide, tal vez, pasar de una vida superficial y dispersa a una existencia más auténtica y unificada; de una actitud pasiva o convencional a una postura más creativa y espontánea.
Quizás Pascua ha de ser para otros el paso de ese hombre agresivo y resentido que hay en nosotros a otro más acogedor y amoroso; de ese hombre intransigente y conflictivo a otro más tolerante y pacificador.
Para alguno, Pascua puede ser una llamada a dar un paso en esta dirección: de receloso y solitario a confiado y amistoso; de acaparador e individualista a generoso y solidario; de invasor y antipático a respetuoso y amable.
Para otro, Pascua será tal vez una invitación a renovar su vida pasando del hombre apático y aburrido al ser sensible y festivo; del triste y crispado al sereno y alegre; del pesimista y amargado al esperanzado.
Probablemente, a todos se nos pide renovar nuestra actitud ante Dios. Pasar del miedo a la confianza, de la huida a la entrega, de la arrogancia a la humildad, del olvido a la oración, de la increencia a la fe.
Pascua significa «pasar» de la muerte a la vida. Celebrar la Pascua es vivir en nosotros un proceso de renovación personal.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
16 de abril de 1987

LA ALEGRIA DE PODER CAMBIAR

La paz con vosotros.

Con frecuencia olvidamos que el encuentro de los discípulos con el resucitado ha sido fundamentalmente “una experiencia de perdón».
Aquellos hombres son conscientes de su infidelidad al Maestro. Lo han abandonado en el momento decisivo. Por eso, la tristeza que los invade no es sólo el dolor de haber perdido al amigo cercano y querido, sino la tristeza del que se siente culpable. Esa tristeza que tan bien conocemos todos los hombres.
Los relatos subrayan una y otra vez el saludo repetido del resucitado: La paz con vosotros». Los discípulos se sienten perdonados y readmitidos de nuevo a la amistad y la comunión con Jesús. Este es el núcleo de su experiencia pascual.
Se vuelven a encontrar con Jesús como “una nueva posibilidad de vida” (E. Schillebeeckx). El resucitado les ofrece la posibilidad de iniciar un nuevo modo de vivir y de ser. Pueden cambiar y volver al seguimiento de Jesús.
Todo parece indicar que cada vez nos atrevemos menos a recordar nuestra propia culpabilidad para no generar en nosotros sentimientos de angustia o frustración.
Preferimos vivir de manera más irresponsable, culpabilizando siempre a los demás, atribuyendo todos nuestros males a una sociedad mal organizada y, en cualquier caso, quitando importancia a nuestros propios errores e injusticias.
Pero, los hombres no dejamos de ser responsables porque hagamos desaparecer de nuestra conciencia el sentido de culpabilidad. Lo que necesitamos es asumir responsablemente lo que hemos hecho de nuestra vida y de nosotros mismos, sentirnos de nuevo reconciliados y saber que «siempre podemos cambiar».
El solemne pregón pascual que la Iglesia proclama gozosamente la Noche de Pascua canta así: «Esta noche santa ahuyenta los pecados, devuelve la inocencia a los caídos, da alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia».
Cuántos hombres y mujeres que viven secretamente en el fondo de su corazón la tristeza de la propia culpa recuperarían la alegría si supieran encontrarse con Cristo resucitado.
Ese Cristo que nos entiende en nuestra debilidad y malicia, que nos acoge en nuestra injusticia y nos perdona y restituye a nuestro ser más auténtico. El Cristo resucitado que vive y hace vivir a todo el que se acerca confiadamente a él.
Para muchos la experiencia pascual puede consistir en escuchar de Cristo estas palabras: «La paz contigo. Estás perdonado. Puedes iniciar una vida nueva».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
29 de abril de 1984

LA AMNISTIA DEL RESUCITADO

La paz con vosotros.

Ha sido E. Schillebeeckx quien nos ha recordado recientemente que el encuentro con el resucitado ha sido una «experiencia de perdón». Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que los perdona y les ofrece paz y salvación.
Ninguna alusión al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria. Las apariciones significan una verdadera «amnistía» en el sentido etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida.
Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: «Paz a vosotros». Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos.
Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es «la virtud de los débiles» que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse.
Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce la dimensión del perdón.
No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos nadie capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas.
El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. Al mismo tiempo, despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.
El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre sino del amor y el perdón.
Necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer las incomprensiones, agresividades y mutua destructividad que hemos desencadenado.
La paz no llegará a nuestro pueblo mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación.
En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, los creyentes estamos llamados a reivindicar la fuerza social y política que puede tener el perdón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
26 de abril de 1981

DEL DESENCANTO A LA PAZ

Paz a vosotros.

Pocas cosas podemos afirmar con seguridad sobre las experiencias vividas por los primeros discípulos, al encontrarse con el Resucitado. Pero, sin temor a equivocarnos, podemos decir que fue una experiencia que los llenó de paz. Así lo subrayan casi sin excepción, todas. las tradiciones conservadas entre los primeros creyentes.
Aquel grupo desconcertado de hombres y mujeres, decepcionados en lo más íntimo de sus convicciones, rotas sus esperanzas más pro. fundas, angustiados por el fracaso de su líder más querido, impotentes para dar ya un sentido a nuevos proyectos de vida, va a encontrar en Jesús una fuerza y una paz que los liberará del desencanto.
Quizás sea éste el núcleo más importante de la experiencia pascual: el encuentro con alguien vivo capaz de liberarnos del desencanto y descubrirnos el camino hacia la paz. Ese es el saludo invariable del Resucitado: «Paz a vosotros».
Desgraciadamente, vivimos en una situación en la que la palabra «paz» apenas significa otra cosa sino la ausencia de guerra o la cesación de hechos violentos de sangre. En la cultura bíblica, por el contrario, «paz» o «shalom» designa la armonía del hombre consigo mismo y con los demás, el disfrute gozoso y exultante de la vida, la convivencia en el respeto y la justicia.
Esta paz es fruto de la fidelidad radical a Dios y viene a ser turbada y destruida por los diversos ídolos a los que el hombre consciente o inconscientemente rinde su ser.
Erich Fromm en su libro «y seréis como dioses» ha hecho un lúcido psicoanálisis de la sociedad humana y nos ha vuelto a recordar que es la actitud idolátrica del hombre la que pone en peligro la paz de la humanidad.
Los ídolos modernos no estén hechos de arcilla o madera. Llevan nombres como consumo, producción, placer, progreso, dinero, confort, sexo, bienestar. Pero someten al hombre, lo esclavizan y le impiden vivir en paz consigo mismo y con los demás.
Y es que el hombre transfiere en el ídolo respectivo sus ansias de posesión, poder, fama, seguridad. Nos engañamos buscando una paz social, si no luchamos por liberarnos individual y colectivamente de tanto ídolo esclavizador. Nos engañamos buscando sólo más «libertades» reguladas por la ley si no somos capaces de lograr una mayor libertad interior.
La paz no llegaré nunca sólo con un «alto al fuego», ni será mero fruto de esfuerzos políticos ni policiales. La paz la van construyendo aquellos hombres y mujeres que, sin dejarse dominar por el ansia de posesión, poder, dinero..., se esfuerzan por crear una convivencia más justa y fraterna.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com



lunes, 14 de abril de 2014

20/04/2014 - Domingo de Pascua (A)

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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20 de abril de 2014

Domingo de Pascua (A)


EVANGELIO

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
Fecha

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
24 de abril de 2011

JESÚS TENÍA RAZÓN

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?
Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
23 de marzo de 2008

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

… que él había de resucitar.

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.
No lo hemos de olvidar jamás. En el corazón de nuestra fe hay un crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero motivada y vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso sino en resurrección.
Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos.., seguir los pasos de Jesús no es algo absurdo. Es caminar hacia el Misterio de un Dios que resucitará para siempre nuestras vidas.
Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.
Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejamos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?
Seguir al crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: Un día «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
27 de marzo de 2005

CONFIANZA

… que él había de resucitar.

La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las mas esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel” construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).
A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no este incluido en ese destino último de vida plena.
En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.
Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente.
Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
31 de marzo de 2002

RESUCITAR NUESTRA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La fiesta de Pascua no es sólo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, una manifestación del amor poderoso de Dios que hemos de celebrar, vivir y disfrutar en el fondo de nuestro ser. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?
Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llamaba Padre. En el mundo hay tanto mal y tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque, a veces, no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.
Esto lo hemos de empezar a vivir desde cada uno de nosotros: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tal acumulación de frustraciones en nosotros, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que po demos ahogar en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.
A pesar de tantas noticias, datos y experiencias en contra, podemos vivir sin angustiamos por el futuro. Vivimos, a veces, con tal tensión y ansiedad que se nos puede hacer dificii trabajar con fe por un mundo más humano. La resurrección de Jesús nos pone ante el verdadero horizonte de todo.
No es la muerte quien tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte, sino Dios. Es su amor salvador el que reconstruye y da sentido a nuestros sufrimientos, fracasos y muertes. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podemos hundimos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.
Celebrar la resurrección de Jesús es abrimos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía, compulsión hacia la propia felicidad y hedonismo barato que nos hace vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La Pascua puede ser fuente y estímulo de una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
4 de abril de 1999

RECUPERAR AL RESUCITADO

Había de resucitar de entre los muertos.

Para no pocos cristianos, la Resurrección de Jesús es sólo un hecho del pasado. Algo que le sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén hace aproximadamente dos mil años. Un acontecimiento, por tanto, que on el paso del tiempo se aleja cada vez más de nosotros perdiendo fuerza para influir en el presente.
Para otros, la Resurrección de Cristo es, ante todo, un dogma que hay que creer y confesar. Una verdad que está en el Credo como otras verdades de fe, pero cuya eficacia real no se sabe muy bien en qué pueda consistir. Son cristianos que tienen fe, pero no conocen «la fuerza de la fe»; no saben por experiencia lo que es vivir fundamentando la vida en el Resucitado.
Las consecuencias pueden ser graves. Si pierden el contacto vivo con el Resucitado, los cristianos se quedan sin Aquel que es su «Espíritu vivificador». La Iglesia puede entrar entonces en un proceso de envejecimiento, rutina y decadencia. Puede crecer sociológicamente pero debilitarse al mismo tiempo por dentro; su cuerpo puede ser grande y poderoso, pero su fuerza transformadora pequeña.
Si no hay contacto con Cristo como alguien que está vivo y da vida, Jesús se queda en un personaje del pasado al que se puede admirar pero que no hace arder los corazones; su Evangelio se reduce a «letra muerta», sabida y desgastada, que ya no hace vivir. El vacío que deja Cristo resucitado comienza entonces a ser llenado por la autoridad, la doctrina, la teología, los ritos o la actividad pastoral. Pero nada de eso da vida si en su raíz falta el Resucitado.
Pocas cosas pueden desvirtuar más el ser y el quehacer de los cristianos que el pretender sustituir con la institución, la teología o la organización lo que sólo puede brotar de la fuerza vivificadora del Resucitado. Por eso, es urgente recuperar la experiencia fundante que se vivió al comienzo. Los primeros discípulos experimentan la fuerza secreta de la resurrección de Cristo, viven «algo» que transforma sus vidas. Como dice san Pablo, conocen «el poder de la resurrección» (Flp 3, 10). El exégeta suizo R. Pesch afirma que la experiencia primera consistió en que «los discípulos se dejan coger fascinar y transformar» por el Resucitado. En definitiva, eso es celebrar la Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
7 de abril de 1996

EL CORAZÓN DEL MUNDO

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento aislado que sucedió hace muchos años. No se canta el aleluya sólo porque «algo debió de ocurrir» después de la crucifixión de Jesús. Es mucho más. La resurrección de Cristo ha decidido el final glorioso de todo. Resucitando a Jesús, Dios ha iniciado algo que ahora mismo está sucediendo: el movimiento del mundo entero hacia la vida eterna.
Por eso, la Pascua no es propiamente una «fiesta exclusiva» para cristianos. Algo que afecta sólo a la Iglesia. Es el hecho más decisivo para la humanidad. Un acontecimiento universal que lo orienta y arrastra todo hacia la salvación.
A K Rahner le gustaba decir que el Resucitado es «el corazón del mundo», la energía secreta que sostiene el cosmos y lo impulsa hacia su verdadero destino, la ley secreta que lo mueve todo, la fuerza creadora de Dios que atrae la historia del hombre y del mundo hacia su vida misteriosa e insondable.
Todo esto se nos escapa porque aún estamos en camino. Hoy todo está todavía entremezclado. Conocemos la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido, el disfrute y el dolor, los éxitos y el fracaso. En el fondo, parece que nos habita una esperanza secreta: vivimos buscando una vida feliz y eterna. Pero todo queda luego a medias. ¿Por qué vamos a pretender la inmortalidad?
Estas son las grandes preguntas que lleva dentro de sí el ser humano, por mucho que la trivialidad o el escepticismo de estos tiempos quieran borrarlas de su corazón. ¿Tenemos motivos verdaderos y fundados para vivir y morir con esperanza? Todo lo demás, como decía Miguel de Unamuno, es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.
Por eso, lo más grande y también lo más atrevido del cristianismo es la fe en la resurrección. Cristo resucitado está vivo en su palabra evangélica aunque a no pocos les parezca hoy utópica o vacía. Está vivo en la Iglesia aunque su ser más hondo no sea a veces captado ni por los que viven dentro de ella. Está vivo en el corazón de todos los hombres y mujeres, despertando en ellos un hambre de amor, de justicia y de vida, que no puede ser saciado en esta tierra que ahora conocemos. Dios se ha convertido en «la inquietud eterna de este mundo» (K. Rahner).
Sería una falsificación mezquina de la fe pascual reducirla a esperar la vida eterna sólo para uno mismo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad» (1 Tm 2, 4). Si en este día de Pascua se despierta dentro de mí un gozo único es porque espero la vida eterna de Dios, sobre todo, para tanta gente a la que veo sufrir en este mundo sin conocer la dicha y la paz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
11 de abril de 1993

AFIRMAR LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

Hace algunos días, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?»
Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.
Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos acogidos por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Cristo, brutalmente crucificado días antes, repite ahora una y otra vez: «Paz a vosotros.» La humanidad puede contar con el perdón.
Podemos vivir, además, con libertad, sin dejamos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.
Podemos, también, vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentramos en el misterio del más allá.
Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta la salvación de Dios. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, la traición o el desagradecimiento, verá su plenitud.
Sabemos que un día llegará nuestro morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia una oscuridad, un vacío, una nada. Con fe humilde se entrega al misterio confiándose al amor insondable de Dios.
«La fe en la resurrección —ha escrito Manuel Fraijó— es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde ésta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe en Cristo resucitado que los cristianos celebramos en este día de Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
15 de abril de 1990

LA FIESTA DE LAS FIESTAS

Había de resucitar
de entre los muertos.

Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental. «Fiesta de las fiestas» porque sólo en ella se puede fundar toda otra fiesta verdadera.
De hecho, si no hay resurrección, la muerte seguirá teniendo la última palabra, y las fiestas de los hombres terminarán tarde o temprano en el sabor amargo de una muerte que está siempre ahí, amenazándolo todo.
No nos resulta hoy fácil evocar el júbilo indescriptible y la exaltación gozosa con que han vivido la Pascua las primeras generaciones cristianas. Los cantos y aleluyas, la música y hasta la danza se suman a la fiesta. Según Hipólito de Roma, el propio Resucitado es «el primer bailarín» y la Iglesia su «novia que danza con él».
Pascua es la fiesta de la fidelidad y el amor increíble de Dios a sus criaturas. Lo recuerda S. Juan Crisóstomo en una homilía que se lee todavía hoy en las iglesias ortodoxas la noche de Pascua: «Que nadie llore aún sus pecados, porque el perdón ha resplandecido de la tumba. Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Señor nos ha liberado».
Pascua es «la alegría inmensa» de descubrir y experimentar el perdón insondable, incondicional y eterno de Dios. Isaac el Sirio lo expresaba así: «El pecado de toda la humanidad, en comparación con la misericordia de Dios, es un puñado de arena en el inmenso mar».
Nuestro verdadero pecado, según él, consistiría en no creer ni confiar suficientemente en la resurrección de Cristo que «nos resucita a la alegría de su amor». En adelante, lo decisivo no es temer el juicio de Dios o merecer la salvación, sino creer en el amor de Dios y abrirnos confiadamente a la vida que nos ofrece.
Por eso, nadie ha de ser excluido de esta fiesta de Pascua. S. Juan Crisóstomo invita a todos a disfrutar de ella: los que han vivido la conversión cuaresmal y los que permanecen todavía en su pecado. Tocios pueden acercarse sin temor: creyentes fervientes y hombres mediocres, los santos y los pecadores. A todos se les ofrece el perdón y la vida.
Esta es la fiesta que nos revela la verdad última de todo, el misterio profundo de la existencia, el milagro de vida eterna que nos espera a cada ser y a cada cosa. No hay soledad. No hay vacío ni caos final. Nada nos separará del amor de Dios.
Pascua es una invitación a vivir «en estado de fiesta» aun en medio de los combates de la vida cotidiana. S. Ambrosio de Milán nos invita a enraizar nuestra existencia en el Resucitado con esta palabras: «Si quieres curarte de tus heridas, El es médico; si ardes de sed, El es fuente; si necesitas ayuda, El es fuerza; si temes la muerte, El es vida; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si tienes hambre, El es alimento».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
19 de abril de 1987

LA FIESTA DE LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.
Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengas miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de ‘os siglos” (Ap 1, 17-18).
Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. El es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. El es «el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.
Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud.
El está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. El está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.
El está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. El está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.
Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.
Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.
Hoy es la Fiesta de la vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.
Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de abril de 1984

AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN

Él había resucitado de entre los muertos.

Cada vez es más intenso el afán de todos por estrujar la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ¡limitado del presente. Es la consigna que encuentra cada vez más adictos: «Lo queremos todo y lo queremos ahora».
No dominamos el porvenir y, por ello; es cada vez más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte.
No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente.
Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos «amenazados de muerte».
En el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte.
Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí».
Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia.
Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana:
«Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor.
Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
19 de abril de 1981

CREER EN EL RESUCITADO

No habían entendido que él
había de resucitar de entre los muertos.

«No puedo ni imaginarme creyente de ninguna fórmula verbal». En estos términos se expresa el célebre psiquíatra escocés Renald Laing. Y es cierto que la fe es mucho más que la mera aseveración de una fórmula.
Esta mañana de Pascua nos debe recordar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Incluso, mucho más que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.
Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.
Creer en el Resucitado es creer que Jesús está vivo y que se hace presente de alguna manera en medio de los creyentes. Es participar activamente en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está ya él poniendo esperanza en nuestras vidas.
Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.
Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.
Creer en el Resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que mata nuestra libertad.
Creer en el Resucitado es saber verlo aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres, llamándonos a la fraternidad y la solidaridad con el hermano pobre.
Creer en el Resucitado es creer que 1 es «el primogénito de entre los muertos» en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abren ya las verdaderas posibilidades de vivir eternamente.
Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento ni la injusticia, ni el cáncer ni el infarto, ni la metralleta, la opresión o la muerte tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y la muerte.

José Antonio Pagola



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