lunes, 14 de abril de 2014

20/04/2014 - Domingo de Pascua (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
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20 de abril de 2014

Domingo de Pascua (A)


EVANGELIO

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
Fecha

Título

---

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
24 de abril de 2011

JESÚS TENÍA RAZÓN

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?
Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
23 de marzo de 2008

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

… que él había de resucitar.

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.
No lo hemos de olvidar jamás. En el corazón de nuestra fe hay un crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero motivada y vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso sino en resurrección.
Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos.., seguir los pasos de Jesús no es algo absurdo. Es caminar hacia el Misterio de un Dios que resucitará para siempre nuestras vidas.
Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.
Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejamos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?
Seguir al crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: Un día «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
27 de marzo de 2005

CONFIANZA

… que él había de resucitar.

La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las mas esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel” construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).
A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no este incluido en ese destino último de vida plena.
En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.
Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente.
Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
31 de marzo de 2002

RESUCITAR NUESTRA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La fiesta de Pascua no es sólo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, una manifestación del amor poderoso de Dios que hemos de celebrar, vivir y disfrutar en el fondo de nuestro ser. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?
Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llamaba Padre. En el mundo hay tanto mal y tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque, a veces, no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.
Esto lo hemos de empezar a vivir desde cada uno de nosotros: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tal acumulación de frustraciones en nosotros, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que po demos ahogar en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.
A pesar de tantas noticias, datos y experiencias en contra, podemos vivir sin angustiamos por el futuro. Vivimos, a veces, con tal tensión y ansiedad que se nos puede hacer dificii trabajar con fe por un mundo más humano. La resurrección de Jesús nos pone ante el verdadero horizonte de todo.
No es la muerte quien tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte, sino Dios. Es su amor salvador el que reconstruye y da sentido a nuestros sufrimientos, fracasos y muertes. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podemos hundimos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.
Celebrar la resurrección de Jesús es abrimos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía, compulsión hacia la propia felicidad y hedonismo barato que nos hace vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La Pascua puede ser fuente y estímulo de una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
4 de abril de 1999

RECUPERAR AL RESUCITADO

Había de resucitar de entre los muertos.

Para no pocos cristianos, la Resurrección de Jesús es sólo un hecho del pasado. Algo que le sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén hace aproximadamente dos mil años. Un acontecimiento, por tanto, que on el paso del tiempo se aleja cada vez más de nosotros perdiendo fuerza para influir en el presente.
Para otros, la Resurrección de Cristo es, ante todo, un dogma que hay que creer y confesar. Una verdad que está en el Credo como otras verdades de fe, pero cuya eficacia real no se sabe muy bien en qué pueda consistir. Son cristianos que tienen fe, pero no conocen «la fuerza de la fe»; no saben por experiencia lo que es vivir fundamentando la vida en el Resucitado.
Las consecuencias pueden ser graves. Si pierden el contacto vivo con el Resucitado, los cristianos se quedan sin Aquel que es su «Espíritu vivificador». La Iglesia puede entrar entonces en un proceso de envejecimiento, rutina y decadencia. Puede crecer sociológicamente pero debilitarse al mismo tiempo por dentro; su cuerpo puede ser grande y poderoso, pero su fuerza transformadora pequeña.
Si no hay contacto con Cristo como alguien que está vivo y da vida, Jesús se queda en un personaje del pasado al que se puede admirar pero que no hace arder los corazones; su Evangelio se reduce a «letra muerta», sabida y desgastada, que ya no hace vivir. El vacío que deja Cristo resucitado comienza entonces a ser llenado por la autoridad, la doctrina, la teología, los ritos o la actividad pastoral. Pero nada de eso da vida si en su raíz falta el Resucitado.
Pocas cosas pueden desvirtuar más el ser y el quehacer de los cristianos que el pretender sustituir con la institución, la teología o la organización lo que sólo puede brotar de la fuerza vivificadora del Resucitado. Por eso, es urgente recuperar la experiencia fundante que se vivió al comienzo. Los primeros discípulos experimentan la fuerza secreta de la resurrección de Cristo, viven «algo» que transforma sus vidas. Como dice san Pablo, conocen «el poder de la resurrección» (Flp 3, 10). El exégeta suizo R. Pesch afirma que la experiencia primera consistió en que «los discípulos se dejan coger fascinar y transformar» por el Resucitado. En definitiva, eso es celebrar la Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
7 de abril de 1996

EL CORAZÓN DEL MUNDO

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento aislado que sucedió hace muchos años. No se canta el aleluya sólo porque «algo debió de ocurrir» después de la crucifixión de Jesús. Es mucho más. La resurrección de Cristo ha decidido el final glorioso de todo. Resucitando a Jesús, Dios ha iniciado algo que ahora mismo está sucediendo: el movimiento del mundo entero hacia la vida eterna.
Por eso, la Pascua no es propiamente una «fiesta exclusiva» para cristianos. Algo que afecta sólo a la Iglesia. Es el hecho más decisivo para la humanidad. Un acontecimiento universal que lo orienta y arrastra todo hacia la salvación.
A K Rahner le gustaba decir que el Resucitado es «el corazón del mundo», la energía secreta que sostiene el cosmos y lo impulsa hacia su verdadero destino, la ley secreta que lo mueve todo, la fuerza creadora de Dios que atrae la historia del hombre y del mundo hacia su vida misteriosa e insondable.
Todo esto se nos escapa porque aún estamos en camino. Hoy todo está todavía entremezclado. Conocemos la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido, el disfrute y el dolor, los éxitos y el fracaso. En el fondo, parece que nos habita una esperanza secreta: vivimos buscando una vida feliz y eterna. Pero todo queda luego a medias. ¿Por qué vamos a pretender la inmortalidad?
Estas son las grandes preguntas que lleva dentro de sí el ser humano, por mucho que la trivialidad o el escepticismo de estos tiempos quieran borrarlas de su corazón. ¿Tenemos motivos verdaderos y fundados para vivir y morir con esperanza? Todo lo demás, como decía Miguel de Unamuno, es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.
Por eso, lo más grande y también lo más atrevido del cristianismo es la fe en la resurrección. Cristo resucitado está vivo en su palabra evangélica aunque a no pocos les parezca hoy utópica o vacía. Está vivo en la Iglesia aunque su ser más hondo no sea a veces captado ni por los que viven dentro de ella. Está vivo en el corazón de todos los hombres y mujeres, despertando en ellos un hambre de amor, de justicia y de vida, que no puede ser saciado en esta tierra que ahora conocemos. Dios se ha convertido en «la inquietud eterna de este mundo» (K. Rahner).
Sería una falsificación mezquina de la fe pascual reducirla a esperar la vida eterna sólo para uno mismo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad» (1 Tm 2, 4). Si en este día de Pascua se despierta dentro de mí un gozo único es porque espero la vida eterna de Dios, sobre todo, para tanta gente a la que veo sufrir en este mundo sin conocer la dicha y la paz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
11 de abril de 1993

AFIRMAR LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

Hace algunos días, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?»
Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.
Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos acogidos por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Cristo, brutalmente crucificado días antes, repite ahora una y otra vez: «Paz a vosotros.» La humanidad puede contar con el perdón.
Podemos vivir, además, con libertad, sin dejamos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.
Podemos, también, vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentramos en el misterio del más allá.
Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta la salvación de Dios. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, la traición o el desagradecimiento, verá su plenitud.
Sabemos que un día llegará nuestro morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia una oscuridad, un vacío, una nada. Con fe humilde se entrega al misterio confiándose al amor insondable de Dios.
«La fe en la resurrección —ha escrito Manuel Fraijó— es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde ésta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe en Cristo resucitado que los cristianos celebramos en este día de Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
15 de abril de 1990

LA FIESTA DE LAS FIESTAS

Había de resucitar
de entre los muertos.

Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental. «Fiesta de las fiestas» porque sólo en ella se puede fundar toda otra fiesta verdadera.
De hecho, si no hay resurrección, la muerte seguirá teniendo la última palabra, y las fiestas de los hombres terminarán tarde o temprano en el sabor amargo de una muerte que está siempre ahí, amenazándolo todo.
No nos resulta hoy fácil evocar el júbilo indescriptible y la exaltación gozosa con que han vivido la Pascua las primeras generaciones cristianas. Los cantos y aleluyas, la música y hasta la danza se suman a la fiesta. Según Hipólito de Roma, el propio Resucitado es «el primer bailarín» y la Iglesia su «novia que danza con él».
Pascua es la fiesta de la fidelidad y el amor increíble de Dios a sus criaturas. Lo recuerda S. Juan Crisóstomo en una homilía que se lee todavía hoy en las iglesias ortodoxas la noche de Pascua: «Que nadie llore aún sus pecados, porque el perdón ha resplandecido de la tumba. Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Señor nos ha liberado».
Pascua es «la alegría inmensa» de descubrir y experimentar el perdón insondable, incondicional y eterno de Dios. Isaac el Sirio lo expresaba así: «El pecado de toda la humanidad, en comparación con la misericordia de Dios, es un puñado de arena en el inmenso mar».
Nuestro verdadero pecado, según él, consistiría en no creer ni confiar suficientemente en la resurrección de Cristo que «nos resucita a la alegría de su amor». En adelante, lo decisivo no es temer el juicio de Dios o merecer la salvación, sino creer en el amor de Dios y abrirnos confiadamente a la vida que nos ofrece.
Por eso, nadie ha de ser excluido de esta fiesta de Pascua. S. Juan Crisóstomo invita a todos a disfrutar de ella: los que han vivido la conversión cuaresmal y los que permanecen todavía en su pecado. Tocios pueden acercarse sin temor: creyentes fervientes y hombres mediocres, los santos y los pecadores. A todos se les ofrece el perdón y la vida.
Esta es la fiesta que nos revela la verdad última de todo, el misterio profundo de la existencia, el milagro de vida eterna que nos espera a cada ser y a cada cosa. No hay soledad. No hay vacío ni caos final. Nada nos separará del amor de Dios.
Pascua es una invitación a vivir «en estado de fiesta» aun en medio de los combates de la vida cotidiana. S. Ambrosio de Milán nos invita a enraizar nuestra existencia en el Resucitado con esta palabras: «Si quieres curarte de tus heridas, El es médico; si ardes de sed, El es fuente; si necesitas ayuda, El es fuerza; si temes la muerte, El es vida; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si tienes hambre, El es alimento».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
19 de abril de 1987

LA FIESTA DE LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.
Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengas miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de ‘os siglos” (Ap 1, 17-18).
Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. El es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. El es «el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.
Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud.
El está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. El está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.
El está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. El está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.
Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.
Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.
Hoy es la Fiesta de la vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.
Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de abril de 1984

AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN

Él había resucitado de entre los muertos.

Cada vez es más intenso el afán de todos por estrujar la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ¡limitado del presente. Es la consigna que encuentra cada vez más adictos: «Lo queremos todo y lo queremos ahora».
No dominamos el porvenir y, por ello; es cada vez más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte.
No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente.
Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos «amenazados de muerte».
En el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte.
Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí».
Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia.
Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana:
«Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor.
Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
19 de abril de 1981

CREER EN EL RESUCITADO

No habían entendido que él
había de resucitar de entre los muertos.

«No puedo ni imaginarme creyente de ninguna fórmula verbal». En estos términos se expresa el célebre psiquíatra escocés Renald Laing. Y es cierto que la fe es mucho más que la mera aseveración de una fórmula.
Esta mañana de Pascua nos debe recordar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Incluso, mucho más que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.
Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.
Creer en el Resucitado es creer que Jesús está vivo y que se hace presente de alguna manera en medio de los creyentes. Es participar activamente en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está ya él poniendo esperanza en nuestras vidas.
Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.
Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.
Creer en el Resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que mata nuestra libertad.
Creer en el Resucitado es saber verlo aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres, llamándonos a la fraternidad y la solidaridad con el hermano pobre.
Creer en el Resucitado es creer que 1 es «el primogénito de entre los muertos» en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abren ya las verdaderas posibilidades de vivir eternamente.
Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento ni la injusticia, ni el cáncer ni el infarto, ni la metralleta, la opresión o la muerte tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y la muerte.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com



domingo, 13 de abril de 2014

19/04/2014 - Sábado Santo – Vigilia Pascual (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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19 de abril de 2014

Sábado Santo – Vigilia Pascual (A)


EVANGELIO

Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.
Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Palabra de Dios.

HOMILIA

20 de abril de 2014

VOLVER A GALILEA

Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos.
El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.
No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.
Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?
En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.
A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?
Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.
Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.

José Antonio Pagola




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lunes, 7 de abril de 2014

13/04/2014 - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
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13 de abril de 2014

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (A)


EVANGELIO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 14-27, 66

¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
D. -«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?

C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
D. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó
+ -«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ -«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
D. -«¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ -«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. »
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
D. -«¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ -«Tú lo has dicho.»

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ -«Tornad, comed: esto es mi cuerpo.»
C. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ -«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. »
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ -«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
D. -«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ -«Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C. Pedro le replicó:
D. -«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

Empezó a entristecerse y a angustiarse

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ -«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces dijo:
+ -«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ -«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. »
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ -«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»

Echaron mano a Jesús para detenerlo.

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
D. -«Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
D. -«¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ -«Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ -«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ -«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso.

C. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
O. -«Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
O. -«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
O. -«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ -«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
O. -«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
M. -«Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
M. -«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»

Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
O. -«También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
D. -«No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
O. -«Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
D. -«No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
O. -«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
D. -«No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.

C. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
D. -«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
O. -«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
O. -«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»

¿Eres tú el rey de los judíos?

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
O. -«¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ -«Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
O. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra fi?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
O. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? »
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
O. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
O. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
M. -«A Barrabás. »
C. Pilato les preguntó:
O. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
M. -«Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
O. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
M. -«¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
O. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
M. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
M. -«¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucificaron con él a dos bandidos.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.

C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
M. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
O. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Elí, Elí, lamá sabaktaní.

C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ -«Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
M. -«A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber.
Los demás decían:
M. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
O. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

José puso el cuerpo de Jesús en el sepulcro nuevo.

C. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.

Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
O. -«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
O. -«Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. »
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
13 de abril de 2014

NADA LO PUDO DETENER

La ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.
Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”: ese mundo más digno y dichoso para todos, que busca su Padre.
Si acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje.
Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.
Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.
 Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.
Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que lo esclaviza.
Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de la realidad, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño de salvar a sus hijos.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
17 de abril de 2011

ESCÁNDALO Y LOCURA

Los primeros cristianos lo sabían. Su fe en un Dios crucificado sólo podía ser considerada como un escándalo y una locura. ¿A quién se le había ocurrido decir algo tan absurdo y horrendo de Dios? Nunca religión alguna se ha atrevido a confesar algo semejante.
Ciertamente, lo primero que todos descubrimos en el crucificado del Gólgota, torturado injustamente hasta la muerte por las autoridades religiosas y el poder político, es la fuerza destructora del mal, la crueldad del odio y el fanatismo de la mentira. Pero ahí precisamente, en esa víctima inocente, los seguidores de Jesús vemos a Dios identificado con todas las víctimas de todos los tiempos.
Despojado de todo poder dominador, de toda belleza estética, de todo éxito político y toda aureola religiosa, Dios se nos revela, en lo más puro e insondable de su misterio, como amor y sólo amor. No existe ni existirá nunca un Dios frío, apático e indiferente. Sólo un Dios que padece con nosotros, sufre nuestros sufrimientos y muere nuestra muerte.
Este Dios crucificado no es un Dios poderoso y controlador, que trata de someter a sus hijos e hijas buscando siempre su gloria y honor. Es un Dios humilde y paciente, que respeta hasta el final la libertad del ser humano, aunque nosotros abusemos una y otra vez de su amor. Prefiere ser víctima de sus criaturas antes que verdugo.
Este Dios crucificado no es el Dios justiciero, resentido y vengativo que todavía sigue turbando la conciencia de no pocos creyentes. Desde la cruz, Dios no responde al mal con el mal. "En Cristo está Dios, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino reconciliando al mundo consigo" (2 Corintios 5,19). Mientras nosotros hablamos de méritos, culpas o derechos adquiridos, Dios nos está acogiendo a todos con su amor insondable y su perdón.
Este Dios crucificado se revela hoy en todas las víctimas inocentes. Está en la cruz del Calvario y está en todas las cruces donde sufren y mueren los más inocentes: los niños hambrientos y las mujeres maltratadas, los torturados por los verdugos del poder, los explotados por nuestro bienestar, los olvidados por nuestra religión.
Los cristianos seguimos celebrando al Dios crucificado, para no olvidar nunca el "amor loco" de Dios a la humanidad y para mantener vivo el recuerdo de todos los crucificados. Es un escándalo y una locura. Sin embargo, para quienes seguimos a Jesús y creemos en el misterio redentor que se encierra en su muerte, es la fuerza que sostiene nuestra esperanza y nuestra lucha por un mundo más humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
16 de marzo de 2008

CARGAR CON LA CRUZ

Lo llevaron a crucificar.

Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más. Este seguimiento a Jesús no es algo teórico o abstracto. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir así contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.
Esto quiere decir que los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad ante los que sufren. Y esto exige construir comunidades donde se viva con el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.
Seguir así a Jesús trae consigo, más tarde o más temprano, conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuesto a cargar con las reacciones y resistencias de quienes, por una razón u otra, no buscan un mundo más humano, tal como lo quiere ese Dios revelado en Jesús. Quieren otra cosa.
Los evangelios han conservado una llamada realista de Jesús a sus seguidores. Lo escandaloso de la imagen sólo puede provenir de él: «Si alguno quiere venir detrás de mí... cargue sobre las espaldas su cruz y sígame». Jesús no los engaña. Si le siguen de verdad, tendrán que compartir su destino. Terminarán como él. Esa será la mejor prueba de que su seguimiento es fiel.
Seguir a Jesús es una tarea apasionante: es difícil imaginar una vida más digna y noble. Pero tiene un precio. Para seguir a Jesús, es importante «hacer»: hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Sin embargo, es tan importante o más «padecer»: padecer por un mundo más digno; padecer por una Iglesia más evangélica.
Al final de su vida, el teólogo K. Rahner escribió así: «Creo que ser cristiano es la tarea más sencilla, la más simple y, a la vez, aquella pesada “carga ligera” de que habla el evangelio. Cuando uno carga con ella, ella carga con uno, y cuanto más tiempo viva uno, tanto más pesada y más ligera llegará a ser. Al final sólo queda el misterio. Pero es el misterio de Jesús».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
20 de marzo de 2005

AMOR Y VERDAD

(Ver homilía del 28 de marzo de 1999).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
24 de marzo de 2002

NO TE BAJES DE LA CRUZ

Lo llevaron a crucificar.

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían dos sugerencias sarcásticas: Si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz».
Ésa es exactamente nuestra reacción ante el sufrimiento: salvamos a nosotros mismos, pensar sólo en nuestro bienestar y, por consiguiente, evitar la cruz, pasamos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. ¿Será Dios así? ¿Alguien que sólo piensa en sí mismo y en su felicidad?
Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. No es el momento de dar explicaciones. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian, comprensión de su ceguera y, sobre todo, compasión y amor.
Jesús sólo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» No le pide que lo salve bajándolo de la cruz. Sólo que no se oculte, ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece, en silencio.
Sólo escuchando hasta el fondo ese silencio de Dios, descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino un Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte.
Por eso, al contemplar al crucificado, nuestra reacción no es de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿Para qué nos serviría un Dios que no conociera nuestra cruz? ¿Quién nos podría entender?»
¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles secretas? ¿Dónde podrían poner su esperanza tantas mujeres humilladas y violentadas sin defensa alguna? ¿A qué se agarrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecer consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz pues si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
28 de marzo de 1999

AMOR Y VERDAD

Lo crucificaron.

Para un cristiano, la cruz de Cristo no es un acontecimiento más que se pierde en el pasado. Menos aún, una celebración religiosa capaz de conmover todavía hoy los corazones de algunas personas piadosas. La vida de Cristo entregada hasta la muerte es el acontecimiento redentor que nos traza el camino para humanizar y salvar al ser humano.
La Cruz nos revela, en primer lugar, que es importante .cargar con el pecado». Por supuesto, hay que eliminar el mal la injusticia, hay que combatirlos ética y humanamente de todas las formas posibles. Pero hay que estar dispuestos a cargar con ese mal hasta donde haga falta. Cristo redime sufriendo. Sólo quienes se implican desde dentro hasta sufrir el mal en su propia carne humanizan el mundo.
La Cruz nos revela, además, que el amor redime de la crueldad. Muchos dirán que lo importante es la defensa de la democracia y de sus valores, ¿para qué queremos el amor? Pues bien, el amor es necesario para llegar a ser sencillamente humanos. Se olvida que la misma Ilustración basó la democracia sobre «la libertad, la igualdad y la fraternidad». Hoy se insiste mucho en la libertad, apenas se habla de igualdad y no se dice nada de la fraternidad. Cristo redime amando hasta el final. Una democracia sin amor ni fraternidad no llevará a una sociedad más humana.
La Cruz revela, también, que la verdad redime de la mentira. Se piensa que, para combatir el mal, lo único importante es la eficacia de las estrategias. No es cierto. Si no hay voluntad de verdad, si se difunde la mentira o se encubre la realidad, se está obstaculizando el camino hacia la reconciliación. Cristo redime dando testimonio de la verdad hasta el final. Sólo quienes buscan la verdad por encima de sus propios intereses humanizan el mundo.
Nuestra sociedad sigue necesitando urgentemente amor y verdad. Indudablemente hemos de concretar sus exigencias entre nosotros. Pero concretar el amor y la verdad, no significa desvirtuarlos o manipularlos, menos aún eliminarlos. Quienes «cargan con el pecado» de todos y siguen luchando hasta el final por poner amor y verdad entre los hombres generan esperanza. Hace unos años, el teólogo alemán J. Moltmann hacía esta afirmación: «No toda vida es motivo de esperanza, pero sí esta vida de Jesús, que por amor tomó sobre sí la cruz y la muerte

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
31 de marzo de 1996

CRUCIFICADO CON NOSOTROS

Lo crucificaron.

El sufrimiento lleva a muchos a gritar a Dios. No todos lo hacen de la misma forma. Algunos preguntan por Dios teóricamente: «,Cómo puede Dios permitir esto?» Tienen la impresión de que Dios es una especie de fuerza ciega e insensible que no se preocupa de nadie. Este planteamiento lo hace, por lo general, el espectador. No es ésta la pregunta de quien sufre en su propia carne. Su grito tiene otro acento más desgarrador: «Dios mío, ¿dónde estás?, ¿por qué te ocultas?, ¿no sientes mi dolor y mi pena?»
En el centro de la fe cristiana hay una historia de la Pasión. Es la historia de Cristo perseguido, abandonado, torturado y crucificado. Ninguna otra religión tiene una figura martirizada en su centro. Pero —lo que es más escandaloso aún— en el centro de esa pasión está la experiencia del abandono de Dios. Después de tres horas de silencio, clavado en la cruz, aguardando la muerte, Jesús lanza un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Lo que angustia a Cristo no es sólo la muerte. Es el temor a que, después de haber confiado totalmente en el Padre, éste lo pueda «abandonar». ¿Dónde quedará el Reino de Dios cuya dicha ha anunciado a los pobres y desgraciados del mundo? Es el silencio espantoso de Dios lo que le hace gritar. Y es ése precisamente el grito al que tantas personas atormentadas se siguen uniendo todavía hoy, pues expresa lo que sienten: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Pero, ¿es realmente así? Si lo ha dejado morir solo y abandonado en la cruz, Dios no solamente sería un Dios insensible, sino también un Dios cruel. Pero en la primera comunidad cristiana afirman rotundamente lo contrario. «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Co 5, 19). Cuando Cristo sufre en la cruz, el Padre sufre la muerte de su Hijo amado. Ambos sufren aunque de manera distinta: Cristo sufre la muerte en su carne humana. El Padre sufre la muerte de su Hijo. La Pasión de Cristo le hace sufrir a Dios, es la Pasión de Dios.
Esto lo cambia todo. Si Dios mismo estaba sufriendo en Cristo, entonces Cristo trae la comunión de Dios con quienes se ven humillados y crucificados como él. Su cruz, levantada entre nuestras cruces, es la señal de que Dios sufre en todo sufrimiento humano. A Dios le duele el hambre de los niños de Rwanda, la humillación de las mujeres de Irak o la angustia de los torturados en tantas cárceles secretas.
Este Dios «crucificado con nosotros» es nuestra esperanza. No sabemos por qué Dios permite el mal. Y aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sabemos que Dios sufre con nosotros. Esto es lo decisivo, pues, con Dios, la cruz termina en resurrección, el sufrimiento en dicha eterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
4 de abril de 1993

DEGRADACION DE LA CRUZ

Le llevaron a crucificar.

Los hombres somos capaces de envilecer y degradar los símbolos más venerables. Así ha sucedido a lo largo de los siglos con el signo más cargado de significado para ¡os cristianos: la Cruz de Cristo.
Todavía hoy la podemos ver convertida en joya compuesta de zafiros, esmeraldas y rubíes, o fabricada de oro, platino o cualquier metal precioso. La Cruz de Cristo, que evoca una vida austera, de entrega incondicional y abnegada, termina siendo adorno frívolo o símbolo de ostentación en medio de una sociedad que sacrifica a los menos favorecidos para asegurar el bienestar de los privilegiados.
La «cruz-espada» es otra de las caricaturas con que se ha degradado el signo de la Cruz a lo largo de la historia. Siempre hay quienes se sienten obligados a «desenvainar la espada» para hacer de la cruz y de la religión un arma para destruir a los adversarios. Sin embargo, la Cruz siempre será el recuerdo de la actitud radicalmente contraria del Maestro que pidió a Pedro «meter su espada en la vaina » y prefirió ser crucificado antes de crucificar a nadie.
La cruz ha servido también para adornar las coronas de los reyes, legitimar «imperios sagrados» y poner en marcha «cruzadas» de todas clases. Una «cruz imperial» que desfigura y falsea la Cruz de aquel que murió por instaurar en el mundo «un remo de paz, de justicia y de fraternidad».
Está también la «cruz-condecoración», que sirve para poder lucirla con orgullo en las grandes ocasiones, o la «cruz-amuleto» que puede traer suerte y liberar de males. Cruces «degradadas» que impiden captar el verdadero contenido de la Cruz de Cristo.
Nos hemos acostumbrado demasiado a la Cruz. La hemos adornado y desfigurado de tantas maneras que ya no nos resulta incómoda ni peligrosa. Sin embargo, la Cruz de Cristo siempre estará ahí desvelando la verdad o la mentira de nuestro cristianismo.
Ese Cristo crucificado por su fidelidad al Padre, su amor a la verdad y su identificación con los más humillados es el que mejor desenmascara nuestras mentiras, cobardías y mediocridad. El juez más implacable de nuestra falsa acomodación al espíritu de los tiempos, del aburguesamiento de la fe y de nuestra despreocupación por los crucificados.
La Cruz de Cristo puede ser celebrada y admirada. Puede suscitar compasión y debe despertar el agradecimiento inmenso del creyente al amor insondable de Dios. Pero, al mismo tiempo, la Cruz invita a la conversión. Hace pensar. Nos obliga a preguntarnos qué hay en nuestra vida de verdadera fidelidad al Padre y de amor incondicional a los que sufren.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
8 de abril de 1990

UNA SEMANA DIFERENTE

Le llevaron a crucificar.

Todavía se sigue llamando «semana santa», pero ya ha desaparecido casi del todo aquel clima tan «especial» que se respiraba estos días entre nosotros con la supresión de cines y espectáculos, la celebración de procesiones o la programación religiosa de radios y T.V.
Hoy son muchos los que aprovechan estas fechas para desplazarse fuera de su hogar y disfrutar de un pequeño descanso en algún rincón tranquilo. De alguna manera, la semana santa viene a ser para bastantes esas «vacaciones de primavera» que permiten seguir trabajando hasta que llegue el descanso veraniego.
Este nuevo clima social de vacación y descanso no tiene por qué impedir a los creyentes una celebración digna de los misterios centrales de su fe. Lo importante es aprender a vivir la semana santa conjugando de manera responsable e inteligente ese descanso tan necesario con la celebración viva de la liturgia. He aquí algunas sugerencias.
Lo primero es programarnos de tal manera que podamos tomar parte en las celebraciones de cada día. No es difícil acercarnos a una iglesia del entorno, informarnos de los horarios, detener nuestra excursión en el lugar adecuado. Siempre es una experiencia enriquecedora compartir la propia fe con gentes de otros pueblos.
Participaremos en celebraciones sencillas, pero transidas de honda piedad popular o viviremos la liturgia cuidada de un monasterio. Lo importante será nuestra participación personal. De ahí la conveniencia de llegar a tiempo a la celebración, ocupar un lugar adecuado en el templo, escuchar con atención interior la Palabra de Dios, vivir los gestos litúrgicos, cantar con el corazón.
Tal vez podamos también encontrar un hueco para el silencio, la oración y el encuentro con Dios. Nos ayudará a descansar de manera más armoniosa y completa. Las posibilidades son múltiples: la oración silenciosa ante el sagrario al anochecer del jueves, la lectura reposada de la Pasión del Señor en un lugar recogido de la casa, la mirada agradecida al crucifijo, el concierto sacro o la música religiosa que eleva nuestro corazón hacia Dios.
La semana santa ha de culminar siempre en esa celebración pascual de la noche del sábado. Es una pena ver que bastantes cristianos que celebran los días anteriores la muerte del Señor, desconocen esta celebración de su resurrección, la más importante y central de toda la liturgia cristiana. Redescubrir su hondo contenido puede ser para muchos una experiencia renovadora.
El cirio pascual encendido en medio de la noche, la solemne invitación a vivir la alegría pascual, la proclamación gozosa de la resurrección de Cristo, el canto jubiloso del aleluya, la celebración agradecida de la eucaristía, son la mejor invitación a resucitar a una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
12 de abril de 1987

EL HOMBRE DOLIENTE

Lo llevaron a crucificar.

Tres caminos diferentes puede seguir el ser humano para dar sentido a su vida. La primera posibilidad consiste en crear algo, construir el mundo, configurarlo de manera nueva. La segunda posibilidad es disfrutar, gozar la belleza, descubrir la verdad, vivir el amor o la amistad. La tercera consiste en sufrir y padecer el propio destino.
No es fácil entender este tercer camino y descubrir el sentido que se puede encerrar en el sufrimiento.
Para vivir de manera creativa basta utilizar los talentos que cada uno poseemos. Para disfrutar de la vida, nos basta asimismo desarrollar la capacidad de gozo que hay en nosotros. Pero “dotar de sentido” al sufrimiento es algo que hemos de aprender día a día.
El hombre contemporáneo ha pretendido embellecer la vida ignorando el sufrimiento y refugiándose en dos ídolos: la actividad y la racionalidad.
La cultura actual sólo parece tener ojos para apreciar al “homo faber”, el hombre creativo y dinámico, lleno de vida y actividad, O para magnificar al «homo sapiens» el hombre racional y científico, dispuesto a conquistar con audacia el universo entero.
Nos habíamos hecho la ilusión de que, con la actividad técnica y la audacia de la ciencia, el sufrimiento, el dolor y la muerte iban a desaparecer del mundo.
El eminente científico V. Frankl, fundador de la logoterapia, nos vuelve a recordar en su reciente obra “El hombre doliente” que siempre que nos asomamos a la existencia humana, descubrimos que “el ser humano es, en el fondo y en definitiva, pasión y que la esencia del hombre es ser doliente: homo patiens “.
Los hombres seguimos necesitando fuerza para asumir el sufrimiento y audacia para afrontar nuestro destino doloroso con realismo y verdad. De ahí la actualidad perenne de la Cruz de Cristo.
Mirando al crucificado, podemos aprender los creyentes a crecer como hombres, incluso en el sufrimiento, sin caer en la desesperación o la rebelión inútil.
Porque “tomar la cruz» tras Jesucristo no es buscar el sufrimiento de manera masoquista. No es refugiarnos en la autocompasión de quien va diciendo: “Ved qué desgraciado soy».
No se trata tampoco de ofrecer en espectáculo nuestras desgracias y nuestras penas. Ni torturarnos a nosotros mismos con sufrimientos innecesarios para castigar nuestros errores.
Asumir la cruz es descubrir desde Cristo que la manera más humana de afrontar el destino doloroso de nuestra existencia es abrirnos confiadamente al misterio de un Dios que ha redimido nuestro sufrimiento compartiéndolo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
15 de abril de 1984

DIOS SUFRE CON NOSOTROS

Lo llevaron a crucificar.

Es estremecedor detenerse a escuchar el sufrimiento que se acumula hoy en el mundo, destruyendo de manera implacable a hombres y mujeres nacidos un día para la vida y la felicidad.
Baste recordar algunas cifras aterradoras: 450 millones sufren hoy de hambre, y de ellos, 45 millones mueren cada año; 15 millones de refugiados vagan por el mundo sin patria ni hogar; cerca de 100 mil personas han desaparecido en Latinoamérica; 600 millones no tienen trabajo...
Y todo esto sucede ante los ojos mismos de Dios. No es extraña la queja dolorida y acusadora: ¿Dónde está Dios? ¿Quién es? ¿Por qué se calla? ¿Por qué no hace nada?
Es cierto que estas quejas proceden, con frecuencia, no de los mismos que sufren los horrores de uña vida inhumana sino de los espectadores saturados de bienestar que sólo conocemos ese sufrimiento a través del televisor o las estadísticas.
Pero la queja no es por ello menos verdadera: ¿Dónde está Dios? ¿ Qué dice ante el sufrimiento de todos y cada uno de los hombres?
Dios no ha respondido con bellas palabras ni hermosas teorías sobre el dolor. Sencillamente ha compartido «desde dentro» el drama humano y ha sufrido con nosotros.
Si queremos conocer la respuesta de Dios al sufrimiento de los hombres, la tenemos que descubrir en el rostro infamado y torturado de un crucificado que «ha muerto tras un misterioso grito lanzado al cielo pero no contra el cielo» (L. Boff).
Desde aquella tarde de Viernes Santo, el dolor no es signo de la ausencia de Dios. También en el dolor absurdo y en el sufrimiento cruel y destructor está Dios.
En los momentos de máximo absurdo, impotencia, abandono, soledad y vacío, Dios está ahí, al lado del hombre, solidario con el que sufre, afectado también él por el mismo sufrimiento.
Allí donde parece que no hay Dios o que se ha retirado, es donde está Dios más cercano que nunca. Allí donde nosotros veríamos su ausencia total, ahí está precisamente la máxima revelación de Dios y de su inexplicable amor al hombre.
«Este amor de Dios no protege de todo sufrimiento, pero protege en todos los sufrimientos». (H.Küng). Creer en la cruz es descubrir la cercanía de Dios y su presencia en nuestro mismo dolor y sufrimiento, sabiendo que un día «él mismo enjugara las lagrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte ni llanto ni dolor, pues lo de antes habrá pasado» (Ap 21, 4).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
12 de abril de 1981

COMPROMETER LA VIDA

Y lo llevaron a crucificar.

Estamos tan familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Quizás, esta semana de tan hondo significado para los creyentes, sea una buena ocasión para recordar aspectos demasiado olvidados del Crucificado.
Empecemos por decir que Jesús no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente.
Pero no ha muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado, después de un proceso solemne llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella sociedad.
Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.
Esto quiere decir que no se puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino de Dios que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo y la persecución de aquéllos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de ios poderosos.
Jesús se comprometió a vivir el amor al hombre hasta el final. Y precisamente por eso, vio comprometida su vida. Su compromiso por crear una sociedad más justa y humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida quedó comprometida.
Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero ni un líder político ni un fanático religioso. Sino un hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor ilimitado de Dios a los hombres.
Por eso, ahora sabemos cuáles son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor verdadero penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de suprimir y ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y libre.
El evangelio siempre será perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden legal por encima de la fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se verá obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda religión en la que Dios no sea Padre de todos (sacerdotes judíos).
El seguimiento a Jesús conduce siempre a la cruz. Implica disponibilidad a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la muerte.
Pero la resurrección de Jesús nos descubrirá que éste es el camino de salvación y nos recordará algo que tampoco hoy debemos olvidar: no se salva al hombre matándolo sino muriendo por él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

DIO UN FUERTE GRITO

No tenía dinero, armas ni poder. No tenía autoridad religiosa. No era sacerdote ni escriba. No era nadie. Pero llevaba en su corazón el fuego del amor a los crucificados. Sabía que para Dios eran los primeros. Esto marcó para siempre la vida de Jesús.
Se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Su mensaje siempre era el mismo: “Éstos que excluís de vuestra sociedad son los predilectos de Dios”.
Bastó para convertirse en un hombre peligroso. Había que eliminarlo. Su ejecución no fue un error ni una desgraciada coincidencia de circunstancias. Todo estuvo bien calculado. Un hombre así siempre es una amenaza en una sociedad que ignora a los últimos.
Según la fuente cristiana más antigua, al morir, Jesús “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza.
Nunca olvidaron los primeros cristianos ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.
En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.
Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos.

José Antonio Pagola



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