lunes, 3 de diciembre de 2012

09/12/2012 - 2º domingo de Adviento (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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9 de diciembre de 2012

2º domingo de Adviento (C)



EVANGELIO

Todos verán la salvación de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,1-6

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
- Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
9 de diciembre de 2012

ABRIR CAMINOS NUEVOS

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.
Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: "Preparad el camino del Señor". ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?
Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.
En medio del "desierto espiritual" de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.
No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.
La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva, no por vía de "adoctrinamiento" o de "aprendizaje teórico", sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.
Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de la "nueva evangelización" consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 -
6 de diciembre de 2009

EN EL MARCO DEL DESIERTO

Lucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada.
Así aparece siempre lo esencial en el mundo y en nuestras vidas. Así penetra en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. Lo esencial no está en manos de los poderosos. Lucas dice escuetamente que «la Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto», no en la Roma imperial ni en el recinto sagrado del Templo de Jerusalén.
En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. El lugar donde se vive de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.
Por eso, algunos profetas añoraban tanto el desierto, símbolo de una vida más sencilla y mejor enraizada en lo esencial, una vida todavía sin distorsionar por tantas infidelidades a Dios y tantas injusticias con el pueblo. En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del «Bautismo», punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.
¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: «Preparad el camino del Señor». Nuestras vidas están sembradas de obstáculos y resistencias que impiden o dificultan la llegada de Dios a nuestros corazones y comunidades, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Dios está siempre cerca. Somos nosotros los que hemos de abrir caminos para acogerlo encarnado en Jesús.
Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
10 de diciembre de 2006

DIOS TIENE ALGO QUE DECIR

La palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto.

Hacia los años 28/29 de nuestra era, apareció en la escena de Palestina un profeta de Dios, llamado Juan, que recorría la comarca del Jordán predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Así describe el hecho el evangelio de Lucas.
Aparentemente todo está en orden. Desde su refugio en la isla de Capri, el emperador Tiberio gobierna las naciones, sin necesidad de movilizar sus legiones. Imitando a su padre, Antipas va construyendo su pequeño «reino». Desde Cesárea, el prefecto Pilato rige con dureza la región de Judea.
En Jerusalén todo discurre con relativa paz. José Caifás, sumo sacerdote desde el año 18, se entiende bien con Pilato. Ambos logran mantener un difícil equilibrio que garantiza los intereses del imperio y los del templo.
Pero, mientras todo «marcha bien», ¿quién se acuerda de las familias que van perdiendo sus tierras en Galilea?, ¿quién piensa en los indigentes que no encuentran sitio en el imperio?, ¿adónde pueden acudir los pobres si desde el templo nadie los defiende? Allí no reina Dios sino Tiberio, Antipas, Pilato y Caifás. No hay sitio para nadie que se preocupe de los últimos.
Ante esta situación, Dios tiene algo que decir. Su palabra no se escucha en la villa imperial de Capri. Nadie la oye en el palacio herodiano de Tiberíades ni en la residencia del prefecto romano de Cesarea. Tampoco se deja oír en el recinto sagrado del templo. La Palabra de Dios vino sobre Juan, en el desierto.
Sólo en el desierto se puede escuchar de verdad la llamada de Dios a cambiar el mundo. En el desierto las personas se ven obligadas a vivir de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No es posible vivir acumulando cosas y más cosas. Nadie vive de modas y apariencias. Se vive en la verdad básica de la vida.
Ésta es nuestra tragedia. Instalados en una sociedad que para nosotros «va bien», disfrutando de una religión que da seguridad, nos vamos desviando de lo esencial. Nuestro bienestar está «bloqueando» el camino a Dios. Para cambiar el mundo hemos de cambiar nuestra vida: hacerla más responsable y solidaria, más generosa y sensible a los que sufren.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
7 de diciembre de 2003

LA VOZ DEL DESIERTO

Preparadle el camino al Señor.

No sabemos ni cuándo ni cómo fue. Un día, un sacerdote rural llamado Juan abandonó sus obligaciones del templo, se alejó de Jerusalén y se adentró en el desierto del Jordán buscando silencio y soledad para escuchar a Dios.
No llegaban hasta allí las intrigas de Pilato ni las maquinaciones de Antipas. No se oía el ruido del templo ni los negocios de los terratenientes de Galilea. Según Isaías, el «desierto» era el mejor lugar para abrirse a Dios e iniciar la conversión. Según el profeta Oseas, es en el «desierto» donde Dios «habla al corazón». ¿Es posible escuchar hoy a este Dios del «desierto»?
En el «desierto» sólo se vive de lo esencial. No hay lugar para lo superfluo: se escucha la verdad de Dios mejor que en los centros comerciales. Tampoco hay sitio para la complacencia y el autoengaño: el «desierto» acerca casi siempre a Dios más que el templo.
Cuando la voz de Dios viene del «desierto», no nos llega distorsionada por los intereses económicos, políticos y religiosos que, casi siempre, lo enredan todo. Es una voz limpia y clara, que habla a todos de lo esencial, no de nuestras disputas, intrigas y estrategias.
Casi siempre lo esencial consiste en pocas cosas, sólo las necesarias. Así es el mensaje de Juan: «Poneos ante Dios y reconoced cada uno vuestro pecado. Sospechad de vuestra inocencia. Id a la raíz». Cada uno somos, de alguna manera, cómplices de las injusticias y egoísmos que hay entre nosotros. Cada creyente, tenemos algo que ver con la infidelidad de la Iglesia al Evangelio.
En el «desierto» lo decisivo es cuidar la vida. Así proclama el Bautista: «Convertíos a Dios. Lavaos de vuestra malicia y comenzad a reconstruir la vida de manera diferente, tal como la quiere Él». Es nuestra primera responsabilidad. Si yo no cambio, ¿qué estoy aportando a la transformación de la sociedad? Si yo no me convierto al Evangelio, ¿cómo estoy contribuyendo a la conversión de la Iglesia actual?
En medio de la agitación, el ruido, la información y difusión constante de mensajes, ¿quién escuchará la «voz del desierto»?, ¿quién nos hablará de lo esencial?, ¿quién abrirá camino a Dios en este mundo?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
10 de diciembre de 2000

HACER SITIO A DIOS

Preparad el camino del Señor.

Juan grita mucho. Lo hace porque ve al pueblo dormido y quiere despertarlo, lo ve apagado y quiere encender en él la fe en un Dios Salvador. Su grito se concentra en una llamada: «Preparad el camino del Señor». ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestra vida?
Búsqueda personal. Para muchos, Dios está hoy como oculto y encubierto por toda clase de prejuicios, dudas, malos recuerdos de la infancia o experiencias religiosas negativas. ¿Cómo descubrirlo? Lo importante no es pensar en la Iglesia, los curas, la misa o la moral sexual. Lo primero es abrir el corazón y buscar al Dios vivo que se nos revela en Jesucristo. Dios se deja encontrar por los que lo buscan.
Atención interior. Para abrirle un camino a Dios es necesario descender al fondo de nuestro corazón. Quien no busca a Dios en su interior es difícil que lo encuentre fuera. Dentro de nosotros encontraremos miedos, preguntas, deseos, vacío... No importa. Dios está ahí. Él nos ha creado con un corazón que no descansará si no es en él.
Con un corazón sincero. No ha de preocuparnos el pecado o la mediocridad. Lo que más nos acerca al misterio de Dios es vivir en la verdad, no engañarnos a nosotros mismos, reconocer nuestros errores. El encuentro con Dios acontece cuando a uno le nace desde dentro esta oración: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador». Éste es el mejor camino para recuperar la paz y la alegría interior.
En actitud confiada. Es el miedo el que cierra a no pocos el camino hacia Dios. Tienen miedo a encontrarse con Él, sólo piensan en su juicio y sus posibles castigos. No terminan de creerse que Dios sólo es amor y que, incluso cuando juzga al ser humano, lo hace con amor infinito. Despertar la confianza total en este amor puede ser comenzar a vivir de una manera nueva y gozosa con Dios.
Caminos diferentes. Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Dios nos acompaña a todos. No abandona a nadie y menos cuando se encuentra perdido. Lo importante es no perder el deseo humilde de Dios. Quien sigue confiando, quien de alguna manera desea creer es ya «creyente» ante ese Dios que conoce hasta el fondo el corazón de cada persona.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
7 de diciembre de 1997

IR A LO ESENCIAL

Preparad el camino del Señor.

Hemos entrado ya en el tercer milenio y, en las sociedades avanzadas de Europa, se vive un momento cultural difuso que ha sido designado con el nombre de posmodernidad. No es fácil precisar los contornos de esta cultura posmoderna, aunque podemos apuntar entre sus rasgos más notables algunos que parecen dificultar la fe religiosa del hombre contemporáneo.
Es, sin duda, una cultura de la «intrascendencia», que ata a la persona al «aquí» y al «ahora» haciéndole vivir sólo para lo inmediato, sin necesidad de abrirse al misterio de la trascendencia. Dios va perdiendo interés y significado en la medida en que no es reconocido como horizonte último de la existencia.
Es una cultura del «divertimiento» que arranca a la persona de sí misma haciéndole vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. En contra de la máxima agustiniana, «No salgas de ti mismo; en tu interior habita la verdad», el ideal de no pocos parece ser vivir fuera de sí mismos. No es fácil así el encuentro con el «Dios escondido» que habita en cada uno de nosotros.
Es también una cultura en la que el «ser» es sustituido por el «tener». Son muchos los que terminan dividiendo su vida en dos tiempos: el dedicado a trabajar y el consagrado a consumir. El espíritu posesivo alimentado por la gran cantidad de objetos puestos a disposición de nuestros deseos es entonces el principal obstáculo para el encuentro con Dios.
No es extraño que la pregunta aflore entre los estudiosos del hecho religioso: ¿Se puede ser cristiano en la posmodernidad? (ver el excelente trabajo de J. Martín Velasco, Ser cristiano en una cultura posmoderna (Ed. PPC, Madrid 1997)). Ciertamente, de poco sirve en este contexto cultural una religión donde se reza sin comunicarse con Dios, se comulga sin comulgar con nadie, se asiste a misa sin celebrar nada vital. Una religión donde hay de todo, pero donde queda fuera precisamente Dios.
El evangelista Lucas recuerda en su evangelio el grito del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor.» Entre nosotros este grito tiene hoy una traducción: «Id al corazón mismo de la fe, buscad lo esencial, acoged a Dios.» En una obra reciente, el prestigioso teólogo ortodoxo Olivier Clement afirma que, en definitiva, «la fe consiste en saberse amado y responder al amor con amor». Sin duda, es lo esencial para abrir en nuestras vidas el camino a Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
4 de diciembre de 1994

DE OIDAS

Preparad el camino del Señor.

Hay personas que, más que creer en Dios, creen en aquellos que hablan de él. Sólo saben de Dios «de oídas». Les falta experiencia personal. Asisten, tal vez, a celebraciones religiosas pero nunca abren su corazón a Dios. Jamás se detienen a percibir su presencia en el interior de su ser.
Es un fenómeno frecuente. Vivimos girando en tomo a nosotros mismos, pero fuera de nosotros. Trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último.
Incluso, los que nos decimos creyentes, no sabemos muchas veces «estar ante Dios». Se nos hace difícil reconocemos como seres frágiles, pero amados infinitamente por él. No sabemos admirar su grandeza insondable ni gustar su presencia cercana. No sabemos invocar ni alabar.
A todos se nos pueden aplicar las palabras del Bautista: «En medio de vosotros hay uno al que no conocéis. » ¿Qué sabemos nosotros de Dios fuera de algunos viejos tópicos? ¿Qué sabemos de Cristo fuera de cuatro datos superficiales?
Tal vez, ésta es nuestra peor pobreza: ignorar lo que tenemos. Qué pena da ver discutir de Dios en ciertos programas de televisión. Se habla «de oídas». Se debate lo que no se conoce. Las personas se acaloran hablando del Papa y los anticonceptivos, pero a nadie se le oye hablar en serio de ese Misterio que los creyentes llaman «Dios».
Para descubrir a Dios, no sirven las discusiones sobre religión ni los argumentos de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su propia experiencia. No basta criticar la religión en sus aspectos más deformados. Es necesario buscar personalmente el rostro de Dios. Abrirle caminos en nuestra propia vida. «Preparar el camino del Señor».
Cuando, durante años, se ha vivido la religión como un deber o como un peso, sólo esta experiencia personal puede desbloquear el camino hacia Dios: poder comprobar, aunque sólo sea de forma germinal y humilde, que es bueno creer, que Dios hace bien.
El encuentro con este Dios no siempre es fácil. Lo más genuino que puede hacer el ser humano es buscar. No cerrar ninguna puerta; no desechar ninguna llamada. Seguir buscando, tal vez, con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Muchas veces, lo único que se le puede ofrecer a Dios es nuestro deseo de encontrarlo.
Dios no se esconde de los que lo buscan y preguntan así por él. Tarde o temprano, uno se encuentra con su «visita» inconfundible. Entonces, todo cambia. Lo creíamos lejano y está cerca. Lo sentíamos amenazador y es el mejor amigo. A la persona se le escapan las mismas palabras que a Job: «Hasta ahora hablaba de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos.».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
8 de diciembre de 1991

PREGUNTAS

Preparad el camino del Señor.

Dentro de cada uno de nosotros hay un mundo casi inexplorado que muchos hombres y mujeres no llegan siquiera a sospechar. Viven sólo desde fuera. Ignoran lo que se oculta en el fondo de su ser. No es el mundo de los sentimientos o los afectos. No es el campo de la sicología o la psiquiatría. Es un país más profundo y misterioso. Se llama interioridad.
De ese mundo nace la pregunta más simple y elemental del ser humano: ¿Quién soy yo? Pero, antes de que hayamos comenzado a contestar algo, las preguntas siguen brotando sin cesar: ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy en la vida? ¿Para qué? ¿En qué terminará todo esto?
Son preguntas que ni el psicólogo ni el psiquiatra pueden responder. Interrogantes que nos colocan inmediatamente ante el misterio. De todo esto no sabemos nada. Lo único cierto es que caminamos por la vida como a oscuras.
Mucha gente no tiene hoy tiempo ni humor para hacerse estas preguntas. Bastante hace uno con vivir, buscarse un trabajo, sacar adelante una familia y enfrentarse con un poco de ánimo a los problemas de cada día.
Otros no quieren oír tales interrogantes. Los llaman «cuestiones abstractas». En todo caso, serían para esas cuatro personas extrañas dedicadas a elaborar disquisiciones metafísicas que a nada conducen. Hay que ser más realistas y pragmáticos. Tener los pies en el suelo. Además, estamos muy ocupados. Siempre tenemos algo que hacer. Hay que trabajar, relacionarse con los amigos, ver el programa de la «tele», desplazarse de una parte a otra. No tenemos un minuto libre.
Y, ciertamente, para adentramos en ese mundo de «las preguntas últimas» de la vida, se necesita una cierta calma y silencio. La agitación, las prisas o el exceso de actividad impiden al ser humano escucharse hacia adentro. Nos hace falta todos los días, como dice bellamente P. Loidi, «un buen rato de inactividad para adentramos descalzos en nuestro mundo interior».
No pocas personas se preguntan qué podrían hacer para encontrase con Dios. Algunas me escriben pidiéndome algún «buen libro» que pudiera despertar su fe. Sin duda, todo puede ayudar. Pero no hemos de olvidar que hacia Dios se parte siempre desde dentro, no desde fuera.
Tal vez, la mejor manera de escuchar las palabras del Bautista y «preparar los caminos del Señor» sea hacer silencio en nosotros, escuchar esas preguntas sencillas pero profundas que brotan desde nuestro interior y estar más atentos al misterio que nos envuelve y penetra por todas partes.
Recordemos la célebre invitación de san Anselmo: «Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales, entra un instante en ti mismo, lejos de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
4 de diciembre de 1988

CURAS, ¿PARA QUE?

Preparad el camino del Señor.

Con este título publicaba hace ya quince años H. Küng un pequeño libro sobre la tarea propia del sacerdote. Bastante gente se sigue preguntando hoy para qué pueden servir los sacerdotes en una sociedad como la nuestra.
Lo que nuestra sociedad parece necesitar es políticos hábiles que nos resuelvan los problemas de nuestra convivencia socio-política. Economistas audaces que encuentren alguna soluci6n a la grave crisis que nos envuelve. Hombres de empresa que levanten el país. Pero, curas, ¿para qué?
En este Día del Seminario en que se nos hace a todos una llamada a preocuparnos de los futuros sacerdotes de nuestras comunidades cristianas, quisiera responder de alguna manera a esta pregunta no desde una teología del ministerio sacerdotal sino desde la experiencia modesta de bastantes sacerdotes.
Curas, ¿para qué? Para escuchar los interrogantes, los miedos, insatisfacciones e incertidumbres de tantos hombres y mujeres que abandonaron un día a un Dios en el que no podían creer y acompañarles hoy en la búsqueda del verdadero rostro del Dios de Jesucristo.
Para sembrar un poco de esperanza en tantas personas que viven sin horizonte, sin saber qué sentido dar a su vida, llenos de cosas y con el alma vacía.
Para compartir las inquietudes de los jóvenes, entender sus aspiraciones, comprender sus contradicciones y acompañarlos en su soledad orientándolos hacia el mensaje de Cristo.
Para denunciar modestamente pero con libertad y sin depender de las consignas de ningún partido, las mentiras, injusticias, manipulaciones, violencias y superficialidad de nuestras vidas.
Para defender los derechos humanos que todos defienden e, incluso, los que apenas defiende hoy nadie, como el derecho a la vida interior y al silencio, el derecho a morir con sentido, el derecho a ser aceptados con nuestras cobardías y pecados, el derecho de todo hombre al amor y la solidaridad de todos, el derecho a buscar a Dios.
Para que en nuestro pueblo no se oigan solamente los anuncios comerciales de la televisión, las consignas de los políticos o las voces de los cantantes, sino que se pueda seguir escuchando el mensaje liberador del evangelio.
Para que en medio de esta sociedad sigan creciendo comunidades cristianas donde los hombres y mujeres de nuestro tiempo puedan aprender qué es seguir hoy a Jesucristo y qué es descubrir la salvación última del hombre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
8 de diciembre de 1985

PREPARAR CAMINOS

Preparad el camino.

¿Es pesimista pensar que en nuestra sociedad la esperanza cristiana es un concepto poco menos que vacío de significado práctico para muchos?
Sin duda, hay bastantes que, a pesar de vivir en un mundo conmocionado por el desencanto, tienen «esperanza». Esperan que los tiempos mejoren. Que el panorama social y político se clarifique. Que la crisis económica se resuelva.
No se preguntan qué modelo de sociedad y de hombre nuevo desean. Tampoco luchan en realidad por un mundo mejor. Lo que ellos esperan es poder asegurar mejor sus intereses y poder beneficiarse más de un crecimiento económico y de un nivel de vida cada vez más elevado.
Siguen teniendo «muchas esperanzas». Son tantas las cosas que quisieran conseguir en la vida. Pero, naturalmente, son esperanzas que no van más allá de sus intereses individuales ni del disfrute intenso de esta vida.
Si se les obliga a preguntarse por una «esperanza última», muchos de ellos nos hablarán de que esperan «un final feliz» para su existencia gracias al amor misericordioso de Dios.
Pero este «final feliz» no les atrae ni mucho ni poco. Se contentarían con lo que viven. Están bien donde están. No sienten demasiada necesidad de esa «salvación» de la que habla la religión. No sospechan que ser creyente es ir caminando solidariamente hacia la felicidad y liberación total en Dios.
Necesitamos redescubrir que ser cristiano es orientar e impulsar nuestra vida actual hacia su plenitud final. Escuchar una llamada a «preparar caminos» que nos acerquen a los hombres al estilo de vida y convivencia promovido por Jesús.
No se tiene verdadera esperanza cuando no se vive colaborando de alguna manera a la gestación de ese hombre nuevo.
Es fácil sentir la impotencia ante la complejidad de la sociedad actual y lo poco que uno puede hacer. Pero todos podemos ayudarnos algo a ser más humanos, crear un nuevo tipo de solidaridad entre nosotros, transformar costumbres, humanizar comportamientos ante los bienes y las personas, reaccionar de manera casi instintiva frente a abusos, mentiras y manipulaciones.
Lo que debemos tener siempre claro es que «la espera de una nueva tierra no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana» (Gaudium et Spes).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
5 de diciembre de 1982

EL NUEVO GRITO DEL DESIERTO

Una voz grita en el desierto.

Al narrar el nacimiento de Jesús, el evangelio va enumerando la imponente serie de personajes importantes de la época. Hombres que ocupan los más altos poderes civiles, administrativos y religiosos.
Sin embargo, es un hombre pobre del desierto el único que escucha la palabra de Dios que debe oír todo el pueblo. Un hombre que no pertenece a ninguna jerarquía y no posee poder, dinero ni autoridad alguna.
Las gentes deberán escuchar la llamada al cambio y a la transformación, no en la corte del emperador ni en los círculos selectos de los gobernadores romanos o los sacerdotes judíos. Es al hombre del desierto al que habrán de acudir.
Siempre es así. Es al pobre al que hay que escuchar para poder oír en lo más hondo de nuestro ser una llamada al cambio y a la salvación.
Cuando un hombre sincero es capaz de aprender a mirar la vida desde la perspectiva del pobre y del indefenso, se siente llamado a renovar su vida. Escuchar al hombre que nos grita desde el desierto de su pobreza, es siempre escuchar una llamada a la conversión.
Quizás si aprendiéramos a ver la vida desde la necesidad del pobre y acertáramos a compartir sus aspiraciones, sus luchas y su hambre por vivir en una sociedad más humana, comenzaríamos a entender la existencia de una manera cualitativamente distinta. ¿No será éste el mejor camino para escuchar con nitidez la llamada a abrir nuevos caminos en nuestra vida personal y en nuestra conducta social?
Un grito estridente y doloroso se escucha hoy en nuestra sociedad contemporánea. Es la voz de los desclasados, los indefensos, los atropellados, los ancianos, los humillados, los manipulados, los desprovistos de toda defensa ante las injusticias de los más poderosos.
Es una voz que nos urge a «socializar» más nuestra vida y a empeñarnos en nuevos caminos que nos conduzcan a una sociedad distinta, organizada no en función de los intereses de unos privilegiados sino de las necesidades de los débiles e indefensos.
La salvación viene siempre de una palabra de Dios. Y esta palabra se nos dirige incesantemente a los hombres también hoy, aunque raramente encuentre a alguien que la escuche en su corazón.

José Antonio Pagola

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