lunes, 24 de diciembre de 2012

30/12/2012 - Familia Santua: Jesus, Maria eta Jose (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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30 de diciembre de 2012

Familia Santua: Jesus, Maria eta Jose (C)



EVANGELIO

Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
- Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.
Él les contestó:
- ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
30 de diciembre de 2012

UNA FAMILIA DIFERENTE

Entre los católicos se defiende casi instintivamente el valor de la familia, pero no siempre nos detenemos a reflexionar el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. ¿Cómo sería una familia inspirada en Jesús?
La familia, según él, tiene su origen en el misterio del Creador que atrae a la mujer y al varón a ser "una sola carne", compartiendo su vida en una entrega mutua, animada por un amor libre y gratuito. Esto es lo primero y decisivo. Esta experiencia amorosa de los padres puede engendrar una familia sana.
Siguiendo la llamada profunda de su amor, los padres se convierten en fuente de vida nueva. Es su tarea más apasionante. La que puede dar una hondura y un horizonte nuevo a su amor. La que puede consolidar para siempre su obra creadora en el mundo.
Los hijos son un regalo y una responsabilidad. Un reto difícil y una satisfacción incomparable. La actuación de Jesús, defendiendo siempre a los pequeños y abrazando y bendiciendo a los niños, sugiere la actitud básica: cuidar la vida frágil de quienes comienzan su andadura por este mundo. Nadie les podrá ofrecer nada mejor.
Una familia cristiana trata de vivir una experiencia original en medio de la sociedad actual, indiferente y agnóstica: construir su hogar desde Jesús. "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Es Jesús quien alienta, sostiene y orienta la vida sana de la familia.
El hogar se convierte entonces en un espacio privilegiado para vivir las experiencias más básicas de la fe cristiana: la confianza en un Dios Bueno, amigo del ser humano; la atracción por el estilo de vida de Jesús; el descubrimiento del proyecto de Dios, de construir un mundo más digno, justo y amable para todos. La lectura del Evangelio en familia es, para todo esto, una experiencia decisiva.
En un hogar donde se le vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia siempre acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra solo en sus intereses sino que vive abierta a la familia humana.
Muchos padres viven hoy desbordados por diferentes problemas, y demasiado solos para enfrentarse a su tarea. ¿No podrían recibir una ayuda más concreta y eficaz desde las comunidades cristianas? A muchos padres creyentes les haría mucho bien encontrarse, compartir sus inquietudes y apoyarse mutuamente. No es evangélico exigirles tareas heroicas y desentendernos luego de sus luchas y desvelos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
27 de diciembre de 2009

¿QUÉ FAMILIA?

Su madre guardaba todo en su corazón.

Hoy es el Día de la familia cristiana. Una fiesta establecida recientemente para que los cristianos celebremos y ahondemos en lo que puede ser un proyecto familiar entendido y vivido desde el espíritu de Jesús.
No basta defender de manera abstracta el valor de la familia. Tampoco es suficiente imaginar la vida familiar según el modelo de la familia de Nazaret, idealizada desde nuestra concepción de la familia tradicional. Seguir a Jesús puede exigir a veces cuestionar y transformar esquemas y costumbres muy arraigados en nosotros.
La familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. Más aún. Lo decisivo no es la familia de sangre, sino esa gran familia que hemos de ir construyendo los humanos  escuchando el deseo del único Padre de todos. Incluso sus padres lo tendrán que aprender, no sin problemas y conflictos.
Según el relato de Lucas, los padres de Jesús lo buscan acongojados, al descubrir que los ha abandonado sin preocuparse de ellos. ¿Cómo puede actuar así? Su madre se lo reprocha en cuanto lo encuentra: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús los sorprende con una respuesta inesperada: « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais  que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Sus padres «no le comprendieron ». Solo ahondando en sus palabras y en su comportamiento de cara a su familia, descubrirán progresivamente que, para Jesús, lo primero es la familia humana: una sociedad más fraterna, justa y solidaria, tal como la quiere Dios.
No podemos celebrar responsablemente la fiesta de hoy sin escuchar el reto de nuestra fe. ¿Cómo son nuestras familias? ¿Viven comprometidas en una sociedad mejor y más humana, o encerradas exclusivamente en sus propios intereses? ¿Educan para la solidaridad, la búsqueda de paz, la sensibilidad hacia los necesitados, la compasión, o enseñan a vivir para el bienestar insaciable, el máximo lucro y el olvido de los demás?
¿Qué está sucediendo en nuestros hogares? ¿Se cuida la fe, se recuerda a Jesucristo, se aprende a rezar, o sólo se transmite indiferencia, incredulidad y vacío de Dios?.  ¿Se educa para vivir desde una conciencia moral responsable, sana, coherente con la fe cristiana, o se favorece un estilo de vida superficial, sin metas ni ideales, sin criterios ni sentido último?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
31 de diciembre de 2006

NIÑOS POCO QUERIDOS

Tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Casi siempre se considera que la infancia es la época más feliz de la vida. Al menos, eso es lo que los adultos imaginamos. Pero, ¿es realmente así?
Es cierto que el niño parece con frecuencia feliz por su gran capacidad de disfrutar de casi todo con asombro. Ese mundo de juegos y ensueño que lleva dentro, esa fantasía que envuelve su vida le permiten moverse, reaccionar, pasar rápidamente del llanto a la risa.
Pero son muchos los niños que sufren, precisamente porque los adultos no sabemos acercamos a ellos y cuidar mejor su felicidad.
Al niño se le mima, se le manipula, se le golpea y se le besa. Se le obliga a comer y se le manda callar. No se le escucha; se le amenaza, se le intenta programar para que diga y haga lo que queremos los mayores. Frecuentemente, se le agobia con libros, estudios y deberes. Se le restringe su tiempo de juego y fantasía. Se ahoga su creatividad y se le pide comportarse como adulto.
Y luego están los niños maltratados con el peor de los abandonos que es el tenerlos cerca y no atenderlos ni cuidarlos. Los niños que no reciben besos como premio, pero sí bofetones como castigo. Los que viven defendiéndose como pueden en medio de esa tragedia que es una pareja mal avenida. Los niños no amados, que son una carga para sus padres.
Y esos niños atropellados por las tremendas agresiones de los adultos. Y los niños que piden limosna por las calles, envueltos en roña y cubiertos de costras y sabañones. Niños mal alimentados. Con poca comida y menos cariño.
En esta festividad de la Sagrada Familia en que recordamos a María y José defendiendo a su pequeño del atropello y la violencia, yo quiero rendir mi homenaje a esos padres de paciencia casi infinita, que saben estar cerca de sus hijos. Padres que al llegar a su casa, dejan que sus hijos se les cuelguen del cuello. Madres que saben «perder tiempo» jugando con su niño o su niña. Esos hombres y mujeres a los que apenas nadie valora, pero que son grandes porque saben respetar, cuidar y hacer felices a sus hijos.
Aunque no lo sepan, están contribuyendo a hacer un mundo mas humano porque a un niño feliz siempre le será más fácil ser un día un hombre bueno.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
28 de diciembre de 2003

Título

(No publicada)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
31 de diciembre de 2000

CERCANO Y ENTRAÑABLE

María conservaba todo esto en su corazón.

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo y gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como niño.
Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso «Principito»: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.
Pero ésa es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo, misterio, pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño.
Y éste es el mensaje de la Navidad. Para salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia, abrirse confiados a la gracia y al perdón.
A pesar de nuestra aterradora superficialidad, de nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, de nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón en el que todavía no hemos dejado de ser niños.
Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos. Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera y más confiada en Dios.
Es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa, sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre; que no recela, sino confía; que no entristece, sino ilumina; que no teme, sino ama.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
28 de diciembre de 1997

NIÑOS POCO QUERIDOS

Se levantó y cogió al niño y a su madre.

Casi siempre se considera que la infancia es la época más feliz de la vida. Al menos, eso es lo que los adultos imaginamos. Pero, ¿es realmente así?
Es cierto que el niño parece con frecuencia feliz por su gran capacidad de disfrutar de casi todo con asombro. Ese mundo de juegos y ensueño que lleva dentro, esa fantasía que envuelve su vida le permiten moverse, reaccionar, pasar rápidamente del llanto a la risa.
Pero son muchos los niños que sufren, precisamente porque los adultos no sabemos acercarnos a ellos y cuidar mejor su felicidad.
Al niño se le mima, se le manipula, se le golpea y se le besa. Se le obliga a comer y se le manda callar. No se le escucha; se le amenaza, se le intenta programar para que diga y haga lo que queremos los mayores. Frecuentemente, se le agobia con libros, estudios y deberes. Se le restringe su tiempo de juego y fantasía. Se ahoga su creatividad y se le pide comportarse corno adulto.
Y luego están los niños maltratados con el peor de los abandonos que es el tenerlos cerca y no atenderlos ni cuidarlos. Los niños que no reciben besos como premio, pero sí bofetones como castigo. Los que viven defendiéndose como pueden en medio de esa tragedia que es una pareja mal avenida. Los niños no amados, que son una carga para sus padres.
Y esos niños atropellados por las tremendas agresiones de los adultos. Y los niños que piden limosna por las calles, envueltos en roña y cubiertos de costras y sabañones. Niños mal alimentados. Con poca comida y menos cariño.
En esta festividad de la Sagrada Familia en que recordamos a María y José defendiendo a su pequeño del atropello y la violencia, yo quiero rendir mi homenaje a esos padres de paciencia casi infinita, que saben estar cerca de sus hijos. Padres que al llegar a su casa, dejan que sus hijos se les cuelguen del cuello. Madres que saben «perder tiempo» jugando con su niño. Esos hombres y mujeres a los que apenas nadie valora, pero que son grandes porque saben respetar, cuidar y hacer felices a sus hijos.
Aunque no lo sepan, están contribuyendo a hacer un mundo más humano porque a un niño feliz siempre le será más fácil ser un día un hombre bueno.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
30 de diciembre de 1994

EN FAMILIA

Bajó con ellos a Nazaret.

Estudios recientes lo afirman. No hay ningún grupo ni ámbito social mejor dotado que la familia para ofrecer al hijo una experiencia positiva en la que arraiguen los valores y la vivencia religiosa. En lo religioso, nadie deja huellas tan profundas como la familia.
La razón de fondo es sencilla. La familia puede ofrecer al niño «experiencia religiosa», pero en un clima de afecto y confianza que cualquier otro grupo difícilmente puede asegurar. En el hogar, el niño puede captar conductas, valores, símbolos y experiencias religiosas, pero no de cualquier manera, sino con afecto.
Todos los estudios apuntan hacia la misma dirección: la fe depende, en buena parte, de que la persona haya tenido desde la infancia una experiencia religiosa positiva. El individuo vuelve, casi siempre, a aquello que ha vivido en sus primeros años con satisfacción, seguridad y sentido gratificante. Por el contrario, si falta esta experiencia religiosa en el hogar, será difícil despertarla más adelante en otros ámbitos como la parroquia o el centro educativo.
Por eso, es una gracia para el hijo poder ver a sus padres rezando. Si los ve orar de verdad, quedarse en silencio, cerrar los ojos, desgranar las cuentas del rosario o leer despacio el evangelio, el niño capta la importancia de esos momentos, percibe «la presencia» de Dios como algo bueno, aprende un lenguaje religioso y unos signos que quedan grabados en él, interioriza unas actitudes y se va despertando en su conciencia el sentido de Dios. Nada puede sustituir esa experiencia primera.
Cada familia creyente ha de encontrar su estilo concreto de orar en casa. Es más fácil estar junto al hijo pequeño, acompañándolo en su oración y enseñándole a dar gracias a Dios al final del día, a pedirle perdón, a invocarlo con confianza. Con los adolescentes y jóvenes será más importante preparar una oración sencilla en días señalados: cumpleaños de algún miembro de la familia, aniversario de la boda de los padres, antes de salir de vacaciones, al comenzar el curso, en la enfermedad grave de alguno, en la Nochebuena.
Son muchas las costumbres religiosas que se han perdido en el hogar. No es cuestión de restaurar el pasado. Difícilmente se rezará hoy el rosario de manera habitual en nuestros hogares invadidos por la TV. Hemos de encontrar nuevas formas, sencillas y convincentes, de vivir la fe en el hogar. He aquí una costumbre fácil de introducir en la familia de hoy. Al final del día, cuando se va a apagar el televisor y todos se disponen a descansar, la familia puede reunirse en la sala. Sólo unos momentos breves para dar gracias a Dios por el día, rezar juntos el «Padre nuestro» y desearse un buen descanso. ¿Es tan difícil?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
29 de diciembre de 1991

VIVIR AMISTOSAMENTE

Tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Son muchas las personas que no conocen la felicidad ni la alegría de la amistad. No se debe a que carezcan de amigos o amigas. Lo que sucede es que no saben vivir amistosamente.
Son hombres y mujeres que sólo buscan su propio interés y bienestar. Jamás han pensado hacer con su vida algo que merezca la pena para los demás. Sólo se dedican a «sentirse bien». Todo lo demás es perder el tiempo.
Se creen muy «humanos». Al sexo practicado sin compromiso alguno lo llaman «amor». La relación interesada es «amistad». En realidad viven sin vincularse a fondo con nadie, atrapados por un individualismo atroz. En todo momento buscan lo que les apetece. No conocen otros ideales. Nada es bueno ni malo, todo depende de si sirve o no a los propios intereses. No hay más convicciones ni fidelidades.
En estas vidas puede haber bienestar, pero no dicha. Estas personas pueden conocer el placer, pero no la alegría interior. Pueden experimentarlo absolutamente todo menos la apertura amistosa hacia los demás. Sólo saben vivir alrededor de sí mismos. Para ser más humanos necesitarían aprender a vivir amistosamente.
La verdadera amistad significa relación desinteresada, afecto, atención al otro, dedicación. Algo que va más allá de las «amistades de negocios» o de los contactos eróticos de puro pasatiempo.
Al afecto y la atención al otro se une la fidelidad. Uno puede confiar en el amigo, pues el verdadero amigo sigue siéndolo incluso en la desgracia y en la culpa. El amigo ofrece seguridad y acogida. Vive haciendo más humana y llevadera la vida de los demás. Es precisamente así como se siente a gusto con los otros.
Se ha dicho que una de las tareas pendientes del hombre moderno es aprender esta amistad, purificada de falsos romanticismos y tejida de cuidado, atención y servicio afectuoso al otro. Una amistad que debería estar en la raíz de la convivencia familiar y de la pareja, y que debería dar contenido más humano a todas las relaciones sociales.
Celebramos hoy la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente poco sabemos de la vida familiar de María, José y Jesús. En aquel hogar convivieron Jesús, el hombre en el que se encarnaba la amistad de Dios a todo ser humano, y María y José, aquellos esposos que supieron acogerlo como hijo con fe y amor. Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una vida familiar enraizada en el amor y la amistad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
30 de diciembre de 1988

UN DIOS SORPRENDENTE

El niño Jesús se quedó en Jerusalén.

Estamos celebrando estos días la encarnación de Dios en un niño pequeño y frágil, como todo ser mortal que se asoma a esta existencia nuestra.
Naturalmente, vivimos tan distraídos con nuestros problemas diarios y tan acaparados por las mil cosas de cada día que apenas nadie presta atención a este Dios ni se interesa por acercarse al misterio que en El se encierra.
Ni siquiera a los cristianos les sorprende ya hablar de un Dios Niño y apenas nadie sospecha que ese Dios nacido en Belén significa una verdadera “revolución religiosa”.
Los hombres han buscado siempre a Dios en lo sublime y poderoso. En todas las religiones la divinidad aparece aureolada de poder omnipotente. La fenomenología religiosa nos enseña que la nota suprema y específica de lo sagrado es el poder (G. van Leuw).
Sin embargo, este Dios Niño se nos presenta impotente y débil y sólo así está junto a nosotros y nos salva. En el rostro tierno e indefenso de este Niño, descubrimos asombrados que Dios no es el poderío y la fuerza que nosotros sospechamos, sino un misterio de amor sin intrigas, de ternura sin mentira, de entrega sin cálculos.
La omnipotencia de Dios está en el extremo opuesto de ese poderío oscuro que atribuimos nosotros a Dios de manera primitiva, proyectando falsamente en El nuestros deseos de poder. La omnipotencia de Dios es algo radicalmente distinto pues es la omnipotencia de quien sólo es amor y no puede sino amar. Dios no puede manipular, humillar, abusar. Es amor y sólo puede amar.
Basta un poder muy pequeño para atacar, destruir y dañar. Pero se necesita un poder grande para acoger, respetar, perdonar. La potencia de Dios se revela en la debilidad. Dios es grande y no necesita defenderse de los hombres. Es fuerte y no necesita exhibir su fuerza. Es sublime y no necesita exaltar su poder.
Recordar todo esto no es algo superfluo pues la idea de un Dios de poder suele ir unida a un determinado modo de entender y vivir la religión. Siempre que las iglesias han malentendido la omnipotencia de Dios exaltando falsamente su poder, han fomentado el fanatismo, la intolerancia, la represión moral y el terror religioso.
Sólo cuando descubrimos el verdadero rostro de Dios que se nos revela no en el poderío sino en el amor humilde y respetuoso a los hombres, podemos despertar en el corazón de las gentes una fe gozosa, confiada, agradecida a ese Dios que, para alegría nuestra, sólo es amor y gracia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
29 de diciembre de 1985

ANTE EL MISTERIO DEL NIÑO

María conservaba todo esto en su corazón.

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada».
Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».
Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como niño.
Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso «Principito»: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.
Pero ésa es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño.
Y éste es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirse confiados a la gracia y el perdón.
A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.
Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.
Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios.
Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).
Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
26 de diciembre de 1982

¿FELICIDAD EN FAMILIA?

Bajó con ellos a Nazaret.

Sin duda, es siempre tentador para toda familia encerrarse en su propia felicidad. Tratar de construir un «hogar feliz», de espaldas a la infelicidad de otras familias o de otros hombres y mujeres, privados incluso de hogar.
Entonces, se vive el amor «de puertas para dentro». Se estrecha la solidaridad a los límites de la familia. Y la «gratuidad» queda reducida al mundo privado de los intereses familiares. El amor no supera los lazos de sangre.
Naturalmente, esto sólo es posible en una postura de evasión y desentendiéndose de los problemas y sufrimientos ajenos.
Nos mantenemos al margen, sin hacernos responsables de los problemas de los demás y sin interferirnos nunca en sus alegrías ni en sus penas. «Cada uno en su casa y Dios en la de todos».
Con frecuencia, el deseo sincero de muchos cristianos de imitar en el propio hogar a la sagrada familia de Nazaret ha ido acompañado de este ideal de lograr una armonía y felicidad familiar.
Y esto es bueno. Sin duda, es necesario también hoy estimular y promover la autoridad y responsabilidad de los padres, la obediencia de los hijos y la solidaridad familiar, valores sin los cuales fracasará la familia.
Pero sería una equivocación creer que es esto lo único que h familia cristiana tiene que escuchar en el evangelio de Jesús.
El amor cristiano no conoce límites ni puede quedar restringido egoístamente en las fronteras del propio hogar. Según el evangelio, «el discípulo debe orientar su solidaridad no hacia los miembros, del círculo familiar, sino hacia los desgraciados de la tierras (J. M. Castillo).
Nos lo ha recordado recientemente Juan Pablo II con palabras que deberían tener un eco especial en los hogares cristianos en estos momentos de grave crisis económica: «Vosotras, familias que podéis disfrutar del bienestar, no os cerréis dentro de vuestra felicidad; abríos a los otros para repartir lo que os sobra y a otros les falta».
El hogar cristiano debe estar abierto no sólo para acoger a los necesitados sino también para que sus miembros salgan a responsabilizarse y comprometerse en el esfuerzo por una sociedad mejor.
Una familia atenta a los dolores de la humanidad, dispuesta a compartir con los necesitados y comprometida en la. medida de sus posibilidades en la lucha por mejorar la convivencia social, podrá sufrir por ello repercusiones dolorosas en el interior del mismo hogar, pero está caminando hacia la verdadera felicidad cristiana.

José Antonio Pagola

HOMILIA

EL CORAZÓN DE LA NAVIDAD

Poco a poco lo vamos consiguiendo. Ya hemos logrado celebrar unas fiestas entrañables, sin conocer exactamente su razón de ser. Nos felicitamos unos a otros y no sabemos por qué. Se anuncia la Navidad y se oculta su motivo. Muchos no recuerdan ya dónde está el corazón de estas fiestas. ¿Por qué no escuchar el  «primer pregón» de Navidad? Lo compuso el evangelista Lucas hacia el año ochenta.
Según el relato, es noche cerrada. De pronto, una «claridad» envuelve con su resplandor a unos pastores. El evangelista dice que es la «gloria del Señor». La imagen es grandiosa: la noche queda iluminada. Sin embargo, los pastores «se llenan de temor». No tienen miedo a las tinieblas sino a la luz. Por eso, el anuncio empieza con estas palabras: «No temáis».
No nos hemos de extrañar. Preferimos vivir en tinieblas. Nos da miedo la luz de Dios. No queremos vivir en la verdad. Quien no ponga estos días más luz y verdad en su vida, no celebrará la Navidad.
El mensajero continúa: «Os traigo la Buena Noticia, la gran alegría para todo el pueblo». La alegría de Navidad no es una más entre otras. No hay que confundirla con cualquier bienestar, satisfacción o disfrute. Es una alegría «grande», inconfundible, que viene de la «Buena Noticia» de Jesús. Por eso, es «para todo el pueblo» y ha de llegar, sobre todo, los que sufren y viven tristes.
Si ya Jesús no es una «buena noticia»; si su evangelio no nos dice nada; si no conocemos la alegría que sólo nos puede llegar de Dios; si reducimos estas fiestas a disfrutar cada uno de su bienestar o a alimentar un gozo religioso egoísta, celebraremos cualquier cosa menos la Navidad.
La única razón para celebrarla es ésta: «Os ha nacido hoy el Salvador». Ese niño no les ha nacido a María y José. No es suyo. Es de todos. Es «el Salvador» del mundo. El único en el que podemos poner nuestra última esperanza. Este mundo que conocemos no es la verdad absoluta. Jesucristo es la esperanza de que la injusticia que hoy lo envuelve todo no prevalezca para siempre.
Sin esta esperanza, no hay Navidad. Despertaremos nuestros mejores sentimientos, disfrutaremos del hogar y la amistad, nos regalaremos momentos de felicidad. Todo eso es bueno. Muy bueno. Todavía no es Navidad.

José Antonio Pagola

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