sábado, 4 de agosto de 2012

06/08/2012 - LA TRANSFIGURACION DEL SENOR (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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6 de agosto de 2012

LA TRANSFIGURACION DEL SENOR (B)


EVANGELIO

Su rostro resplandecía como el sol.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17,1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
- Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
- Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:
- Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
- No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
6 de agosto de 2012

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

MIEDO A JESÚS

La escena conocida como "la transfiguración de Jesús" concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.
«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.
La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.
Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.
Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en "odres nuevos" el "vino nuevo" del Evangelio?
Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo "hacer memoria" de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?
Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?
En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

ESCUCHAR SÓLO A JESÚS

Escuchadlo.

Jesús torna consigo a sus discípulos más íntimos y los lleva a una «montaña alta». No es la montaña a la que le ha llevado el tentador para ofrecerle el poder y la gloria de «todos los reinos del mundo». Es la montaña en la que sus más íntimos van a poder descubrir el camino que lleva a la gloria de la resurrección.
El rostro transfigurado de Jesús «resplandece como el sol» y manifiesta en qué consiste su verdadera gloria. No proviene del diablo sino de Dios su Padre. No se alcanza por los caminos satánicos del poder mundano, sino por el camino paciente del servicio oculto, el sufrimiento y la crucifixión.
Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. No tienen el rostro resplandeciente, sino apagado. No se ponen a enseñar a los discípulos, sino que «conversan con Jesús». La ley y los profetas están orientados y subordinados a él.
Pedro, sin embargo, no logra intuir el carácter único de Jesús: «Si quieres haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano que a Moisés y Elías. A cada uno su choza. No sabe que a Jesús no hay que equipararlo con nadie.
Es Dios mismo quien hace callar a Pedro. «Todavía estaba hablando» cuando, entre luces y sombras, oyen su voz misteriosa: «Este es mi Hijo amado», el que tiene el rostro glorificado por la resurrección. «Escuchadlo a él». A nadie más. Mi Hijo es el único legislador, maestro y profeta. No lo confundáis con nadie.
Los discípulos caen por los suelos «llenos de espanto». Les da miedo «escuchar sólo a Jesús» y seguir su camino humilde de servicio al reino hasta la cruz. Es el mismo Jesús quién los libera de sus temores. «Se acercó» a ellos, como sólo él sabía hacerlo; «los tocó», como tocaba a los enfermos, y les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo» de escucharme y de seguirme sólo a mí.
También a los cristianos de hoy nos da miedo escuchar sólo a Jesús. No nos atrevemos a ponerlo de verdad en el centro de nuestras vidas y comunidades. No le dejamos ser la única y decisiva Palabra. Es el mismo Jesús quien nos puede liberar de tantos miedos, cobardías y ambigüedades, si le dejamos acercarse a nosotros y dejarnos tocar por él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

MIEDO

Éste es mi Hijo amado... escuchadlo 

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos; hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.
Hay miedo a lo nuevo como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma» pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un Espíritu de renovación como un instinto de conservación.
Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes para evitar planteamientos que pueden inquietar; se promueve la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.
Hay miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar mas acorde con el Espíritu de Cristo.
Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación». Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.
Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar sólo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Sólo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

PARARSE A PENSAR

Este es mi Hijo... Escuchadlo.

Todavía hace unos años era la religión la que ofrecía a la mayoría de las personas criterios para comprender la realidad y principios para orientar la vida con sentido y responsabilidad. Hoy, por el contrario, son muchos los que prescinden de toda religión para enfrentarse solos y sin guía alguna a su vida, sus deseos, miedos y expectativas.
No es tarea fácil. Probablemente nunca le ha resultado al individuo tan difícil y problemático el pararse para pensar, reflexionar y elaborar decisiones sobre sí mismo y sobre lo importante de su vida. Vivimos sumergidos en una «cultura de la intrascendencia>, que ata a las personas al «aquí» y al «ahora» haciéndoles vivir sólo para lo inmediato, sin apertura alguna al misterio último de la vida. Nos movemos en una «cultura del divertimiento», que arranca al individuo de sí mismo y lo hace vivir olvidado de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano.
El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas, está súper informado de cuanto acontece en el mundo que le rodea, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo y construir su libertad. Muchos suscribirían la oscura descripción que hacía el director de La Croix, G. Hourdin, hace algunos años: «El hombre se está haciendo incapaz de querer; de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se está convirtiendo en el robot disciplinado que trabaja para ganar el dinero que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, ve las emisiones de TV que todo el mundo ve. Aprende así lo que es, lo que quiere y cómo debe pensar y vivir.»
Necesitamos más que nunca atender la llamada evangélica:
«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. » Necesitamos pararnos, hacer silencio y escuchar más a Dios. Esa escucha interior ayuda a vivir en la verdad, a saborear la vida en sus raíces, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente ante lo esencial. Escuchando a Dios, descubrimos nuestra pequeñez y pobreza, pero también nuestra grandeza de seres amados infinitamente por él.
Cada uno es libre para caminar por la vida escuchando a Dios o dándole la espalda. Pero, en cualquier caso, hay algo que hemos de recordar todos aunque resulte escandaloso y contracultural: vivir sin un sentido último es vivir de manera «in-sensata»; actuar sin escuchar la voz interior de la conciencia es ser un «in-consciente».

José Antonio Pagola

HOMILIA

MIEDOS

Levantaos, no temáis.

¿Qué le está pasando al hombre de hoy? Nunca había tenido antes tantos conocimientos para controlar la vida; jamás había poseído tantos recursos técnicos y científicos para resolver sus problemas. Sin embargo, el hombre actual sigue viviendo con muchos miedos. Según no pocos estudiosos, más inseguro y amenazado que en épocas anteriores, anidando en su interior miedos de todo tipo, a veces sin razón aparente. ¿Por qué se escucha a tantos esa extraña frase: «Todo me da miedo»?
El prestigioso psiquíatra y buen amigo, Vicente Madoz, ha publicado recientemente un excelente trabajo titulado Los miedos del hombre moderno (EVD, 1997) donde, con la clarividencia y sencillez del verdadero experto, va analizando tanto los miedos irracionales del hombre actual como sus miedos concretos: locura, enfermedad, vejez, muerte, fracaso, desamor, soledad.
La inquietud y desazón de no pocos tiene que ver, sin duda, con los profundos y rápidos cambios que se están produciendo en la sociedad. También con el individualismo, la insolidaridad, el pragmatismo exagerado y ciertas formas poco sanas de vivir. Pero hay algo más: esa angustia existencial, a veces solapada o disfrazada, que está muy ligada a las grandes incógnitas de la vida y que surge, sobre todo, ante la enfermedad, la vejez, el fracaso, el desamor o la muerte.
El origen de los miedos concretos que tanto hacen sufrir, a veces de manera inútil y desproporcionada, puede ser muy diferente y requiere en cada caso una atención específica adecuada, pero no es difícil percibir en bastantes una «existencia vacía de contenido, dispersa y desorientada» que, según el doctor Madoz, «es el caldo de cultivo idóneo sobre el que se alimentan y se nutren, tanto la angustia fundamental del hombre de hoy como todo tipo de miedos neuróticos secundarios a la misma.
Pocas palabras se repiten más en los evangelios como éstas de Jesús: «No tengáis miedo», «Confiad», «No se turbe vuestro corazón», «No seáis cobardes». El relato del Tabor recoge el mismo mensaje. Cuando los discípulos, envueltos por las sombras de la nube, caen por tierra abrumados por el miedo, escuchan estas palabras de Jesús: «Levantaos, no tengáis miedo.» Enseguida se oye una voz de lo alto: «Este es mi Hijo amado... Escuchadle.» Nunca hemos de rebajar la fe a remedio psicológico, pero escuchar a Dios revelado en Jesucristo y dejarse iluminar por su Palabra puede sanar al ser humano en sus raíces más hondas dando sentido e infundiendo una confianza básica indestructible.

José Antonio Pagola

HOMILIA

ENCONTRARSE CON DIOS

Este es mi Hijo... Escuchadle.

Para encontrarse con Dios, lo importante no es darle muchas vueltas a la cabeza. Tampoco se trata de hacer esfuerzos sobrehumanos para llegar hasta lo impenetrable, ni de proferir fuertes gritos para hacernos oír por El.
Lo primero es hacer silencio, por fuera y por dentro, y escuchar su presencia en nosotros. Sosegar nuestra casa interior para acoger al que habita en nosotros. Como dice J. Martín Velasco, .afinar el oído para captar el murmullo, casi siempre suave como la brisa, de su paso».
El encuentro con Dios es siempre personal. Intransferible. Podemos interceder unos por otros, pero nadie puede orar en lugar de otra persona. No es posible comunicarse con Dios por procurador. Cada uno ha de abrirse confiadamente a su presencia.
Es cierto que podemos utilizar fórmulas heredadas de generaciones anteriores, para orar a Dios. Puedo repetir los salmos y plegarias que otros creyentes han utilizado en otros tiempos. Pero, al final, soy yo el que tengo que recorrer mi propio camino y encontrar a Dios en mi vida.
Lo decía León Felipe en los conocidos versos de su poema:
«Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.» Cada uno camina hacia Dios desde sus propias peripecias, sus problemas y estados de ánimo.
Por eso, una oración despersonalizada es una contradicción. Sólo tiene de oración el nombre y la apariencia. Cuando se da verdadera comunicación con Dios, allí hay una persona viva, un hombre o una mujer que interroga, que busca, que suplica, que goza o se queja, que alaba o confía.
Esta comunicación viva y personal con Dios es capaz de transformar a la persona y reorientar de manera nueva su vida. Cuando uno escucha con paz a Dios en el fondo de su corazón, se le iluminan zonas oscuras que antes escapaban a su mirada; aprende a diferenciar lo real de lo meramente aparente y engañoso; descubre en su interior fuerzas que parecían haber desaparecido para siempre. La vida se transforma. Uno cuenta con una luz nueva, una fuerza que conforta, un espíritu que ¡ibera del desaliento. Y, sobre todo, se siente amado y con fuerzas para amar.
En el relato evangélico, cargado de hondas resonancias bíblicas, una nube cubre a los discípulos que se echan a temblar. De la nube surge una voz: «Este es mi Hijo... escuchadle.» La vida del creyente cambia y pasa del miedo a la paz cuando sabe escuchar el misterio de Dios revelado en su Hijo Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

LITERATURA DE CONSUMO

Escuchadle a El 

Basta observar la instalación de nuevos quioscos y la oferta de revistas en la esquina de cualquier calle para constatar que sigue creciendo el número de lectores que se acercan, cada fin de semana, a alimentarse de esa literatura llamada de consumo.
Según los estudios realizados en España, unos quince millones de personas leen semanalmente revistas ilustradas del estilo de «¡Hola!», «Interviú», «Semana», «Pronto», «Diez Minutos»...
El objetivo de este tipo de revistas no es la reflexión ni la formación cultural o estética. Sólo pretenden entretener, distraer y producir ciertas emociones. Aunque se llaman «revistas de información», únicamente seleccionan aquello que puede resultar atractivo, sensacionalista o llamativo.
Sus páginas están llenas de entrevistas con los personajes del momento, reportajes gráficos sobre los triunfadores, y relatos más o menos confidenciales sobre los amores, los dramas sentimentales, las desgracias y «la dolce vita» de los famosos.
Según un análisis realizado por el Instituto «Fe y Secularidad», el «sistema de felicidad» o los valores más apetecibles que estas revistas proclaman son: salud, dinero, éxito, poder, placer, imagen atractiva, amor como autoafirmación más que como entrega.
En contrapartida, las desgracias más temidas son: decadencia corporal (vejez, enfermedad, fealdad, muerte), pobreza, dolor físico o moral, fracaso, conflicto, engaño, soledad.
Hemos de señalar que están totalmente ausentes valores como la solidaridad, el altruismo, la conciencia social, la apertura a lo trascendente, y casi nunca se habla de las injusticias sociales, la miseria y el hambre en el mundo o la violación de los derechos humanos.
Se puede decir que, de alguna manera, estas revistas son exponente de los mitos más importantes de la sociedad actual y condensan los deseos y los temores más sentidos por el hombre contemporáneo.
Por otra parte, el mensaje que transmiten, semana tras semana, va afectando la sensibilidad del lector asiduo, infiltrándose más o menos en su conciencia y configurando una determinada visión de la vida. Lo que comienza por ser simple curiosidad puede terminar generando una deformación de criterios y actitudes.
Sólo unas convicciones fuertes y constantemente reafirmadas pueden ayudarnos a reaccionar frente a tanto mensaje deshumanizador, tanta distorsión y tanta mitificación falsa.
Hoy no es posible crecer como persona sin alimentar constantemente el espíritu. Como tampoco es posible ser creyente sin escuchar y acoger interiormente la Palabra de Jesucristo. Quien desee dar un sentido humano y cristiano a su vida ha de cuidar con esmero en qué fuentes alimenta su existencia. Ha de recordar la palabra evangélica:
«Este es mi Hijo... escuchadle a El».

José Antonio Pagola

HOMILIA

VIDA INSENSATA

Escuchadle...

Sin duda, son muchos los hombres y mujeres que no se atreven a enfrentarse a las cuestiones más hondas que llevan en su corazón. Tal vez, son todavía más los que, al vivir volcados hacia fuera y sin tiempo para encontrarse consigo mismos, no son capaces de escuchar las aspiraciones y anhelos que surgen en su interior.
No es sólo una cuestión de postura personal. La sociedad tecnológica en que vivimos nos ha habituado a estudiar casi exclusivamente el funcionamiento de las cosas y parece quitarnos lucidez y coraje para conocernos a nosotros mismos y plantearnos sinceramente las cuestiones más radicales de nuestra existencia.
Incluso hay entre nosotros quienes adoptan una postura de escepticismo total y piensan que no tiene sentido preguntarse por el sentido de la vida. Según ellos, la existencia es un enigma insoluble y el hombre ha de resignarse a caminar en la oscuridad total.
Sin embargo, el hombre de hoy como el de todos los tiempos, no puede acallar ese interrogante que envuelve toda su existencia y que una y otra vez brota dentro de él de manera inevitable: ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué somos? ¿Qué es lo que buscamos?
No son preguntas forzadas. Son los interrogantes supremos del hombre que surgen de nosotros mismos y a los que hemos de encontrar una respuesta convincente.
Los Obispos del País Vasco escriben su Carta Pastoral de cuaresma persuadidos de que “una vida sin sentido es una vida insensata”. El hombre necesita dar un sentido a su existencia pues, de lo contrario, queda atrapado en un vacío existencial que le impide crecer .como ser humano.
Ciertamente, no es ésta la voz aislada de unos Obispos. En un grado u otro, son bastantes los que comienzan a tomar conciencia de que el hombre moderno se siente perdido, impotente ante su propio poder, sometido a los ídolos que él mismo ha levantado, esclavizado por las fuerzas que él mismo ha desencadenado, amenazado en lo más profundo de su ser.
A este hombre contemporáneo le presentan los Obispos su propia convicción creyente. Con gran respeto a otras posturas posibles, pero con la conciencia de estar ofreciendo a los hombres su mejor servicio:
«Creemos que Jesucristo es la clave del misterio humano ».
Su voz no pretende ser sino el eco de aquélla que resuena en el evangelio y ha de llegar a los hombres generación tras generación:
“Este es mi Hijo... Escuchadle”.
Para los creyentes «sólo él es el camino, la verdad y la vida”. Siguiéndole a él, hallamos el verdadero camino en la existencia, conociéndolo, encontramos nuestra verdad, esperando en él, alcanzamos la plenitud de la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

HUMANIZAR LOS CONFLICTOS

«escuchadle... »

Para el cristiano la actitud de «escucha» es algo esencial. Sólo el que sabe escuchar y prestar atención a la voz de la verdad que sale de Jesús, puede crecer como creyente. Así se nos invita hoy en el relato evangélico: «Este es mi Hijo... escuchadle».
Esta escucha no es sólo una disponibilidad general ante las palabras de Jesús. Es una voluntad eficaz de configurar nuestro estilo de vida siguiendo las huellas del Maestro.
Por eso, no nos ha de extrañar que, en su carta pastoral de cuaresma, nuestros obispos nos inviten a ver en Jesús el modelo de actuación concreta que puede guiar nuestra conducta en medio de una sociedad tan conflictiva como la nuestra.
Jesús ha vivido en una sociedad profundamente conflictiva e inestable. ¿Cuál ha sido su actitud fundamental?
Jesús no ignora los conflictos ni los elude cómodamente. Pero, los conflictos, en cuanto oposición y enfrentamiento de hombres que todavía no se aceptan en fraternidad, justicia y verdad, han de ser humanizados.
Por eso, Jesús se hace presente en la conflictividad de su tiempo como creador de fraternidad y justicia, haciendo del amor real a todo hombre la norma decisiva de conducta, incluso ante los enemigos.
Por eso su actuación no es la de quien busca «prudentemente» la neutralidad y el equilibrio, sino la de quien se pone de parte de los que más sufren las consecuencias de los conflictos.
Jesús no conocerá la vida tranquila del que adopta una postura de indiferencia, mutismo o inhibición ante las injusticias. Precisamente porque busca una verdadera reconciliación y no una falsa «pacificación», el creador de fraternidad se convertirá en fuente de conflictos.
Su búsqueda de una sociedad más reconciliada en la justicia, provocará inevitablemente la reacción violenta de quienes sienten amenazados sus propios intereses.
Pero, aun entonces, la reacción personal de Jesús ante la agresión de sus adversarios será siempre de amor incondicional.
Jesús creador incansable de convivencia y fraternidad, morirá en la cruz solo, aparentemente fracasado, víctima del conflicto y rechazo de los hombres, pero ofreciendo su perdón generoso en un gesto último. y decisivo de reconciliación, amistad y fe en el hombre.
¿No es urgente entre nosotros la presencia de hombres y mujeres capaces de, humanizar nuestros conflictos aun a costa de sufrir alguna crucifixión?

José Antonio Pagola

HOMILIA

INSTALARSE

Haré tres tiendas.

Todo hombre corre el riesgo de «instalarse» en la vida, buscando el refugio cómodo que le permita vivir tranquilo, sin sobresaltos ni preocupaciones excesivas, renunciando a cualquier otra aspiración.
Logrado ya un cierto éxito profesional, encauzada la familia y asegurado, de alguna manera, el porvenir, es fácil dejarse atrapar por un conformismo cómodo que nos permita seguir caminando en la vida de la manera más confortable.
Es el momento de buscar una atmosfera agradable y acogedora. Vivir relajado en un ambiente feliz. Hacer del hogar un refugio entrañable. Un lugar para descansar. Un rincón para leer y oír buena música. Saborear unas verdaderas vacaciones. Asegurar unos fines de semana agradables...
Pero, con frecuencia, es entonces cuando uno descubre con más claridad que nunca, que la felicidad no coincide con el bienestar. Hay algo en esa vida que le deja a uno vacío e insatisfecho.
Ahí falta algo que no se puede comprar con dinero ni asegurar con una vida confortable. Falta sencillamente la alegría propia de quien sabe vibrar con los problemas y necesidades de los demás, sentirse solidario de los necesitados y vivir, de alguna manera, más cerca de los maltratados por la sociedad.
Pero, hay además un modo de «instalarse» que puede ser falsamente reforzado con «tonos cristianos». Es la eterna tentación de Pedro que nos acecha siempre a los creyentes: «Plantar tiendas en lo alto de la montaña». Es decir, cruzarnos de brazos en espera de que Dios realice la salvación del hombre, eludiendo nuestra propia responsabilidad individual y colectiva en la transformación de la sociedad y en el logro de una convivencia más humana.
Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro. No es una experiencia verdaderamente cristiana la que nos aísla de los hermanos, nos instala cómodamente en la vida, nos tranquiliza y nos aleja del compromiso y el servicio a los más necesitados.
Los Obispos en su carta cuaresmal nos invitan a los cristianos a salir de nuestro conformismo individualista, romper con un estilo de vida egoísta en el que cada uno podemos estar confortablemente instalados, y comenzar a escuchar con más valentía la interpelación que nos llega desde los más desvalidos de nuestra sociedad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

EN LO SECRETO

Los hechos más importantes de nuestra vida acontecen dentro de nosotros. En lo secreto del corazón, ante la mirada insondable de Dios. Ahí se recompone nuestro ser, tal vez roto y maltratado por la vida. Ahí se decide la orientación que queremos dar a nuestra existencia en un momento determinado. Ahí se despierta de nuevo la luz y el aliento para seguir caminando.
Tarde o temprano, todos nos podemos ver sacudidos por la crisis. No sabemos exactamente lo que nos sucede, pero nos sentimos mal. La paz ha desaparecido de nuestro corazón. Nada logra iluminarnos por dentro. Nadie consigue alentarnos desde fuera. ¿Quién nos puede arrancar de «las tinieblas»?
Hay algo de importancia suma dentro de toda crisis: nuestro deseo de encontrar paz, luz y vida. Todo nos está llamando a vivir. Lo que necesitamos es ir a lo esencial, dejando a un lado lo que tiene menos importancia o no nos hace bien.
Necesitamos algo más: sentirnos «acogidos» de manera incondicional. Saber que, en el fondo de todo y a pesar de todo, Dios está protegiendo nuestra vida. Él nos acepta tal como estamos: con nuestra fragilidad, frustraciones, errores y heridas. Podemos confiar en él sin temor a ser juzgados o avergonzados. Dios no quiere vernos sufrir.
Necesitamos, además, luz. Una luz que puede emerger precisamente con más hondura en esos momentos de sufrimiento interior. En la confusión o la huída de sí mismo no es posible gustar la paz. Sabernos acogidos por Dios nos puede ayudar a aceptarnos con nuestras sombras y heridas.
Consolados por la misericordia de Dios, podemos dejarnos iluminar hasta el fondo, reorientar nuestra vida e iniciar humildemente un camino más auténtico.
Sin duda, hay personas que nos pueden ayudar mucho desde fuera con su acogida y su luz, pero nadie como ese Amigo y Maestro interior de vida, que es Jesús.
El relato evangélico nos habla de unos discípulos que se sobrecogen y asustan al verse «envueltos en una nube» que lo oscurece todo. Pero, desde el interior mismo de la nube, escuchan una voz que los orienta hacia Jesús: «Éste es mi Hijo... escuchadle a él».

José Antonio Pagola

HOMILIA

NUEVA IDENTIDAD

Para ser cristiano, lo importante no es qué cosas cree una persona sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.
En las fuentes cristianas se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible hoy reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Sólo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos pues, entre otras cosas, les animaba a creer sólo en Jesús.
La escena se sitúa poéticamente en una «montaña alta». Jesús  está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Sólo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Éste es mi hijo querido. Escuchadle a él».
Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más vital y honda con Jesucristo. Sólo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la misma Iglesia.
Sólo esta comunión creciente con Jesús va transformando nuestra identidad y nuestros criterios, va cambiando nuestra manera de ver la vida, nos va liberando de las imposiciones de la cultura, va haciendo crecer nuestra responsabilidad.
Desde Jesús podemos vivir de manera diferente. Ya las personas no son simplemente atractivas o desagradables, interesantes o sin interés. Los problemas no son asunto de cada cual. El mundo no es un campo de batalla donde cada uno se defiende como puede. Nos empieza a doler el sufrimiento de los más indefensos. Podemos vivir cada día haciendo un mundo un poco más humano. Nos podemos parecer a Jesús.

José Antonio Pagola

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