lunes, 19 de septiembre de 2016

25-09-2016 - 26º domingo Tiempo ordinario (C)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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26º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

Recibiste tus bienes, y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 16,19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.
Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó:
- Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
Pero Abrahán le contestó:
- Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
El rico insistió:
- Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
Abrahán le dice:
- Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.
El rico contestó:
- No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
Abrahán le dijo:
- Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
25 de septiembre de 2016

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

Estaba echado en su portal.

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.
Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».
Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.
Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.
Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.
La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.
Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.
Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
29 de septiembre de 2013

ROMPER LA INDIFERENCIA

Según Lucas, cuando Jesús gritó “no podéis servir a Dios y al dinero”, algunos fariseos que le estaban oyendo y eran amigos del dinero “se reían de él”. Jesús no se echa atrás. Al poco tiempo, narra una parábola desgarradora para que los que viven esclavos de la riqueza abran los ojos.
Jesús describe en pocas palabras una situación sangrante. Un hombre rico y un mendigo pobre que viven próximos el uno del otro, están separados por el abismo que hay entre la vida de opulencia insultante del rico y la miseria extrema del pobre.
El relato describe a los dos personajes destacando fuertemente el contraste entre ambos. El rico va vestido de púrpura y de lino finísimo, el cuerpo del pobre está cubierto de llagas. El rico banquetea espléndidamente no solo los días de fiesta sino a diario, el pobre está tirado en su portal, sin poder llevarse a la boca lo que cae de la mesa del rico. Sólo se acercan a lamer sus llagas los perros que vienen a buscar algo en la basura.
No se habla en ningún momento de que el rico ha explotado al pobre o que lo ha maltratado o despreciado. Se diría que no ha hecho nada malo. Sin embargo, su vida entera es inhumana, pues solo vive para su propio bienestar. Su corazón es de piedra. Ignora totalmente al pobre. Lo tiene delante pero no lo ve. Está ahí mismo, enfermo, hambriento y abandonado, pero no es capaz de cruzar la puerta para hacerse cargo de él.
No nos engañemos. Jesús no está denunciando solo la situación de la Galilea de los años treinta. Está tratando de sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo junto a nuestro portal, a unas horas de vuelo, a pueblos enteros viviendo y muriendo en la miseria más absoluta.
Es inhumano encerrarnos en nuestra “sociedad del bienestar” ignorando totalmente esa otra “sociedad del malestar”. Es cruel seguir alimentando esa “secreta ilusión de inocencia” que nos permite vivir con la conciencia tranquila pensando que la culpa es de todos y es de nadie.
Nuestra primera tarea es romper la indiferencia. Resistirnos a seguir disfrutando de un bienestar vacío de compasión. No continuar aislándonos mentalmente para desplazar la miseria y el hambre que hay en el mundo hacia una lejanía abstracta, para poder así vivir sin oír ningún clamor, gemido o llanto.
El Evangelio nos puede ayudar a vivir vigilantes, sin volvernos cada vez más insensibles a los sufrimientos de los abandonados, sin perder el sentido de la responsabilidad fraterna y sin permanecer pasivos cuando podemos actuar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
26 de septiembre de 2010

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
30 de septiembre de 2007

NOSOTROS SOMOS EL OBSTÁCULO

Un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal.

La parábola parece narrada para nosotros. Jesús habla de un rico poderoso. Sus vestidos de púrpura y lino indican lujo y ostentación. Su vida es una fiesta continua. Sin duda, pertenece a ese sector privilegiado que vive en Tiberíades, Séforis o Jerusalén. Son los que poseen riqueza, tienen poder y disfrutan de una vida fastuosa.
Muy cerca, echado junto a la puerta de su mansión está un mendigo. No está cubierto de lino y púrpura, sino de llagas repugnantes. No sabe lo que es festín. No le dan ni de lo que tiran de la mesa del rico. Sólo los perros callejeros se le acercan a lamerle las llagas. No posee nada, excepto un nombre, Lázaro o Eliezer que significa Mi Dios es ayuda.
La escena es insoportable. El rico lo tiene todo. No necesita ayuda alguna de Dios. No ve al pobre. Se siente seguro. Vive en la inconsciencia total. ¿No se parece a nosotros? Lázaro, por su parte, es un ejemplo de pobreza total: enfermo, hambriento, excluido, ignorado por quien le podría ayudar. Su única esperanza es Dios. ¿No se parece a tantos millones de hombres y mujeres hundidos en la miseria?
La mirada penetrante de Jesús está desenmascarando la realidad. Las clases más poderosas y los estratos más míseros parecen pertenecer a la misma sociedad, pero están separados por una barrera casi invisible: esa puerta que el rico no atraviesa nunca para acercarse a Lázaro.
Jesús no pronuncia palabra alguna de condena. Es suficiente desenmascarar la realidad. Dios no puede tolerar que las cosas queden así para siempre. Es inevitable el vuelco de esta situación. Esa barrera que separa a los ricos de los pobres se puede convertir en un abismo infranqueable y definitivo.
El obstáculo para hacer un mundo más justo somos los ricos que levantamos barreras cada vez más seguras para que los pobres no entren en nuestro país, ni lleguen hasta nuestras residencias, ni llamen a nuestra puerta. Dichosos los seguidores de Jesús que rompen barreras, atraviesan puertas, abren caminos y se acercan a los últimos. Ellos encaman al Dios que ayuda a los pobres.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
26 de septiembre de 2004

ACERCARSE

Un mendigo llamado Lázaro.

El pobre Lázaro está allí mismo, muriéndose de hambre «junto a su puerta», pero el rico evita todo contacto y sigue viviendo «espléndidamente» ajeno a su sufrimiento. No atraviesa esa «puerta» que le acercaría al mendigo. Al final descubre horrorizado que se ha abierto entre ellos un «inmenso abismo». Esta parábola es la crítica más implacable de Jesús a la indiferencia ante el sufrimiento del otro.
Junto a nosotros hay cada vez más inmigrantes. No son «personajes» de una parábola. Son hombres de carne y hueso. Están aquí con sus angustias, necesidades y esperanzas. Sirven en nuestras casas, caminan por nuestras calles. ¿Estamos aprendiendo a acogerlos o seguimos viviendo nuestro pequeño bienestar, indiferentes al sufrimiento de quienes nos resultan extraños? Esta indiferencia sólo se disuelve dando pasos que nos acerquen a ellos.
Tal vez, podemos comenzar por aprovechar cualquier ocasión para tratar con alguno de ellos de manera amistosa y distendida, y conocer de cerca su mundo de problemas y aspiraciones. Que fácil es descubrir que todos somos hijos e hijas de la misma Tierra y del mismo Dios.
Es elemental no ironizar sobre sus costumbres ni burlarse de sus creencias. Pertenecen a lo más hondo de su ser. Muchos de ellos tienen un sentido de la vida, de la solidaridad, la fiesta o la acogida que enriquecería nuestra cultura.
Hemos de evitar todo lenguaje discriminatorio para no despreciar ningún color, raza, creencia o cultura. Cómo humaniza convencerse vitalmente de la riqueza de la diversidad. Ha llegado el momento de aprender a vivir en el mundo como la «aldea global» o la «casa común» de todos.
Tienen defectos pues son como nosotros. Hemos de exigir que respeten nuestro mundo, pero antes hemos de reconocer sus derechos a la legalidad, al trabajo, a la vivienda o la reagrupación familiar. Y, antes aún, luchar por romper ese «abismo» que separa hoy a los pueblos ricos de los pobres.
Cada vez van a vivir más extranjeros entre nosotros. Es una ocasión para aprender a ser más tolerantes, más justos y en definitiva más humanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
30 de septiembre de 2001

PROMESAS ROTAS

Un mendigo llamado Lázaro.

La parábola de Jesús describiendo la crueldad de un rico que banquetea espléndidamente cada día, ignorando al pobre Lázaro que junto a él se muere de hambre, no es una «exageración oriental», sino algo que está sucediendo ahora mismo en nuestro planeta. Un puñado de países obsesionados sólo por su propio bienestar sigue su marcha abandonando a las dos terceras partes del mundo en el hambre y la miseria más inhumana.
Estos días hemos conocido el informe de UNICEF sobre el Estado Mundial de la Infancia 2002. Su título es bien significativo: «Promesas rotas». Los 22 países más ricos de la Tierra no cumplen sus promesas. La última década ha sido una de las más prósperas que se recuerdan, pero la ayuda a los «países del hambre», lejos de crecer, está disminuyendo. El resultado es desolador. Más de 10 millones de niños mueren cada año por el hambre y la falta de higiene. Cerca de 149 millones están malnutridos. Millones de niños y niñas viven atrapados por la explotación laboral, la esclavitud y la prostitución. Más de dos millones han muerto en los conflictos armados de esta última década.
¿Cómo podemos seguir soportando por más tiempo nuestro cinismo e hipocresía? ¿Cómo podernos seguir hablando de «progreso», de «valores democráticos», de «defensa de las libertades»? ¿Dónde están las Iglesias? ¿Dónde los cristianos? El Mundo del Bienestar es, en buena parte, de cultura cristiana. Los que durante siglos venimos explotando a los países más pobres de la Tierra o abandonándolos en la miseria y desesperación somos pueblos que dicen creer en Dios. Pero, ¿qué Dios es éste que no es capaz de sacarnos de nuestra increíble ceguera?
No es ciertamente el Dios proclamado por Jesucristo, un Dios Padre para todos. No es lo mismo creer en Dios o creer en un Padre que sólo quiere el bien, la dignidad y la dicha de todos sus hijos e hijas. Los hombres se destruyen unos a otros en nombre de Dios pero nunca podrían hacerlo en nombre de un Padre que ama a todos. Los creyentes satisfechos del Primer Mundo hacen sus rezos a su Dios mientras niegan su solidaridad a los hambrientos de la Tierra, pero no podrían ni por un momento dirigirse al Padre de todos sin sentirse llamados a luchar por una vida más digna para sus hijos e hijas que mueren de hambre y miseria.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
27 de septiembre de 1998

¿DEUDA ETERNA?

Nadie se lo daba.

La parábola de Jesús describiendo la crueldad de un rico que banquetea espléndidamente cada día sin hacer caso del pobre Lázaro que junto a él se muere de hambre, no es una «exageración oriental», sino algo que está sucediendo ahora mismo en nuestro planeta.
La deuda externa que pesa sobre los países pobres es, en estos momentos, la manifestación más dramática de la impiedad —¿por qué emplear términos más suaves?— de los países ricos del Norte hacia quienes se hunden cada vez más en la miseria.
La situación es catastrófica. El endeudamiento va aumentando trágicamente, mientras la ayuda oficial a los países en desarrollo disminuye. En 1996 los países del Sur debían al Norte más de dos billones de dólares, casi el doble que diez años antes. La situación de algunos países es insostenible, pues, a pesar de recortar sus gastos sociales (salud, higiene, educación), apenas pueden pagar los intereses de la deuda contraída.
No es un problema fácil de resolver. Sólo la concienciación, la opinión pública mundial y la presión sobre los Gobiernos y organismos financieros implicados podrá conducir a la condonación de la deuda a los países más pobres y a la reducción parcial y progresiva al resto.
Son muchas las campañas, iniciativas, plataformas y movilizaciones en marcha en diferentes puntos. Juan Pablo II hizo un ardiente llamamiento en los umbrales del nuevo milenio: «Los cristianos tendrán que elevar su voz en nombre de los pobres del mundo, promoviendo el Jubileo como una ocasión apropiada... para reducir considerablemente, o incluso cancelar por completo, la deuda externa que amenaza gravemente el futuro de muchas naciones.»
Respondiendo a esta llamada se puso en marcha entre nosotros una gran campaña que ha durado todo el año dos mil. Promovida por diferentes organismos (Cáritas, Manos Unidas, Justicia y Paz, Confer), llevaba este significativo lema: «Deuda externa, ¿ deuda eterna? Año 2000: libertad para mil millones de personas.»
El año 2000 ha quedado atrás, pero la deuda externa —a pesar de algunos gestos con países abatidos por alguna desgracia— sigue como antes. ¿Qué podemos hacer? Las posibilidades son diversas: informarse mejor de este problema, difundir información, concienciar a los hijos o alumnos, tomar parte activa en la recogida de firmas, manifestaciones de apoyo y otros actos de concienciación y presión. Es un buen gesto vivir elevando nuestra voz en favor de los más pobres de la Tierra.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
1 de octubre de 1995

CONTRA EL HAMBRE

Un mendigo llamado Lázaro.

Está creciendo entre nosotros la conciencia de que el mundo se parece cada vez más a una «aldea global». Somos más conscientes de que todos compartimos un solo planeta. Formamos parte de una misma humanidad. Sin embargo, no somos idénticos. Sobre la tierra hay una rica variedad de culturas que expresan formas diferentes de ser, de vivir y de organizarse. Los pueblos tienen su propia lengua, religión, tradición y costumbres. Poseen su arte, su literatura y su música. Viven de maneras diferentes la fiesta, el matrimonio o la muerte. Esta es la gran riqueza de la humanidad.
Pero esta variedad que debería ser fuente de mutuo enriquecimiento, origina con frecuencia discriminación y crueles desigualdades. Los países económicamente poderosos imponen su ley buscando sólo sus propios intereses. No todos los pueblos pueden desarrollar su propia identidad. Hay incluso algunos, hundidos en la miseria y el hambre, que están condenados a su desaparición. Es cierto que existe una Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero el disfrute real de los derechos no es universal. Ni siquiera el derecho a la vida está al alcance de todos los pueblos.
Sin embargo, cada pueblo tiene derecho a afirmar y desarrollar su propia identidad. Somos distintos, hablamos lenguas diferentes, nuestra mentalidad y tradiciones son diversas. Pero todos tenemos la misma igualdad. Todos somos seres humanos. Todos hermanos, hijos de un mismo Dios Creador y Padre.
Los que vivimos en los pueblos poderosos del Primer Mundo tendemos a considerar nuestra cultura occidental moderna como la verdadera cultura. Nos sentimos con derecho a juzgar, discriminar y excluir cultural, social y económicamente a los pueblos de cultura diferente. Nosotros somos «el centro del mundo». Miramos la tierra pensando sólo en nuestro propio desarrollo. Los demás tienen que girar en torno a nuestros intereses.
La lucha contra la pobreza y el hambre en la tierra sólo es posible desde una nueva conciencia de los derechos de los países pobres. Mientras nuestros pueblos sólo piensen en tener más y poder más, no habrá verdadera solidaridad.
La parábola del rico que «banqueteaba espléndidamente cada día» y del mendigo Lázaro a quien no se le daba ni lo que se tiraba de la mesa, es una grave advertencia. Los cristianos traicionamos nuestra fe en Dios Padre de todos los hombres cuando no luchamos porque se supere ese distanciamiento injusto e insolidario entre los pueblos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
27 de septiembre de 1992

NO INTERESAN

… nadie se lo daba.

No interesan apenas a nadie. No entran en la lista de reivindicaciones de ningún grupo político o colectivo social importante. Son los últimos de nuestra sociedad, los más rechazados y marginados. Ahí están sufriendo en las cárceles y centros penitenciarios. Pero nosotros preferimos ignorarlos.
Muchos de ellos arrastran tras de sí una historia desgarrada. No han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo. Sumergidos muy pronto en el mundo de la droga o la delincuencia, hoy se encuentran atrapados en un proceso de autodestrucción que no parece tener salida.
Es difícil olvidar sus rostros deteriorados por la enfermedad y el aislamiento. En torno al 70% son toxicómanos. Un 40% están afectados por el SIDA. En bastantes casos, nadie los espera a la salida. No pocos viven acompañados por un sentimiento de culpabilidad y automenosprecio.
El desarraigo de sus familias, el temor a quedarse sin el afecto de nadie, la privación de libertad, la dureza de las relaciones humanas dentro de la cárcel y la falta de futuro van minando poco a poco incluso a los más fuertes, hundiendo a bastantes en la depresión y la desesperanza.
Pero, ¿por qué tiene que ser así? ¿Es esto lo único que una «sociedad progresista» sabe ofrecer a estos hombres y mujeres que no han tenido, muchos de ellos, ni capacidad ni oportunidades para abrirse paso a un vida normal en una sociedad competitiva y exigente?
La Ley General Penitenciaria establece que el objetivo de las prisiones es «la reeducación y la reinserción social de los sentenciados» (art. 25,2), pero todo el mundo sabe que la cárcel actual, excepto raras excepciones, lejos de rehabilitar a los delincuentes, los deteriora todavía más y hasta los hunde para siempre en el mundo del delito.
Y si esto es así desde hace muchos siglos, ¿por qué no se abre en la sociedad un debate de fondo sobre la función de la cárcel? ¿Por qué la clase política no urge una reforma penitenciaria que humanice la vida de los presos y desarrolle nuevos caminos de carácter más terapéutico y rehabilitador? ¿Por qué no se protesta ante la escasez de recursos que, año tras año, se asignan en los presupuestos generales para la mejora de las cárceles?
No nos preocupa en absoluto el sufrimiento y la destrucción de estos hombres y mujeres. Más aún, podemos caer en la fácil tentación de pensar que son «los malos», los malogrados, los que ponen en peligro la sociedad, en contraposición a «los buenos», los ciudadanos ejemplares que somos nosotros.
El rasgo inhumano del rico descrito por Jesús en una parábola inolvidable es su absoluta indiferencia ante el sufrimiento del miserable Lázaro. ¿No retrata esta parábola la poca humanidad de esta sociedad nuestra que pretende progresar y alcanzar mayor bienestar olvidando el sufrimiento de los más débiles y desafortunados?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de octubre de 1989

UN GESTO QUE HACE PENSAR

Nadie se lo daba.

La parábola de Jesús describiéndonos la crueldad de aquel hombre que banquetea espléndidamente cada día, sin acercarse al mendigo Lázaro tirado junto al portal de su propia casa, no es “una exageración oriental» sino algo que puede estar sucediendo hoy entre nosotros.
Casi sin darnos cuenta, nos estamos habituando a la tragedia que viven junto a nosotros tantas familias víctimas del paro y la inseguridad laboral.
Nos estamos acostumbrando a vivir tranquilamente nuestra vida sin escuchar la ansiedad y frustración de tantos hombres y mujeres a los que el paro ha roto todos sus proyectos y ha hundido en el desaliento y la desesperanza.
¿Qué podemos hacer los que tenemos un trabajo asegurado? ¿Protestar mecánicamente contra “la injusticia de la sociedad» y seguir acrecentando nuestros ingresos? Y, mientras el problema no se resuelva, ¿cómo miraremos a los ojos angustiados de los que no tienen ya para comer?
Es falso pensar que cada uno de nosotros no podemos hacer nada. Además de apoyar y exigir el cambio socio-económico necesario para una redistribución más justa del trabajo, hay algo que podemos hacer ahora mismo y que nos puede mostrar hasta qué punto estamos dispuestos a cambiar y crear una solidaridad mayor entre nosotros.
Cada mes, 600 familias guipuzcoanas en paro y sin ninguna clase de ingresos, reciben de Cáritas la ayuda económica necesaria para subsistir.
Esto es posible porque también cada mes hay 1.250 familias guipuzcoanas que entregan a Cáritas la parte de su salario correspondiente a un día de trabajo.
Son familias en las que no sobra el dinero. Hombres y mujeres que viven de su trabajo y, por eso mismo, han comprendido la situación angustiosa de quienes no lo tienen.
Es el gesto concreto y realista de unas personas que han comprendido que, en una sociedad en la que ya no habrá trabajo para todos, es necesario buscar nuevos cauces para redistribuir los bienes y compartir las necesidades.
No es un recibo más cada mes junto al de la luz o el teléfono. Es un gesto de solidaridad que apunta hacia formas más equitativas de comunicación de bienes que habrá de organizar la misma sociedad. El gesto de aquellos que saben adelantarse desde ahora compartiendo, aunque sea de manera modesta, su trabajo e ingresos con quienes carecen del mínimo para vivir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
28 de septiembre de 1986

NUEVO CLASISMO

banqueteaba espléndidamente...

Conocemos la parábola. Un rico despreocupado que «banquetea espléndidamente», ajeno al sufrimiento de los demás y un pobre mendigo a quien «nadie daba nada».
Dos hombres distanciados por un abismo de egoísmo e insolidaridad que, según Jesús, puede hacerse definitivo, por toda la eternidad.
Adentrémonos un poco en el pensamiento de Jesús. El rico de la parábola no es descrito como un explotador que oprime sin escrúpulos a sus siervos. No es ése su pecado. El rico es condenado sencillamente porque disfruta despreocupadamente de su riqueza sin acercarse a la necesidad del pobre Lázaro.
Esta es la convicción profunda de Jesús. La riqueza en cuanto «apropiación excluyente de la abundancia», no hace crecer al hombre, sino que lo destruye y deshumaniza pues lo va haciendo indiferente, apático e insolidario ante la desgracia ajena.
El fenómeno del paro cada vez más masivo está haciendo surgir un nuevo clasismo entre nosotros. La clase de los que tenemos trabajo y la clase de los que no lo tienen. Los que podemos seguir aumentando nuestro bienestar y los que están parados. Los que exigimos una retribución cada vez mayor y unos convenios cada vez más ventajosos y quienes ya no pueden «exigir» nada.
La parábola es un reto a nuestra vocación de solidaridad. ¿Podemos seguir organizándonos nuestras «cenas de fin de semana» y continuar disfrutando alegremente de nuestro bienestar, cuando el fantasma de la pobreza está ya amenazando a muchos hogares?
Nuestro gran pecado puede ser la apatía social y política. El paro se ha convertido en algo tan «normal y cotidiano» que ya no escandaliza ni nos hiere tanto.
Nos encerramos cada uno en «nuestra vida» y nos quedamos ciegos e insensibles ante la frustración, la humillación, la crisis familiar, la inseguridad y la desesperación de estos hombres y mujeres.
El paro no es sólo un fenómeno que refleja el fracaso de un sistema socio-económico y que obliga a las naciones a preguntarse qué es lo que no funciona.
El paro son personas concretas que ahora mismo necesitan la ayuda de quienes disfrutamos de la seguridad de un trabajo. Quizás daríamos algún paso concreto de solidaridad si nos atreviéramos a contestar a esta pregunta: ¿necesitamos realmente todo lo que compramos? ¿Cuándo termina nuestra necesidad real y cuándo comienzan nuestros caprichos?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
25 de septiembre de 1983

CLASISMO

Había un hombre rico...
y un mendigo llamado Lázaro.

Jesús ha visto con lucidez que uno de los obstáculos más graves para que se imponga entre los hombres una verdadera fraternidad es el afán de posesión que se apodera del hombre.
La conocida parábola del pobre Lázaro y del rico sin entrañas es quizás la que más dramáticamente nos describe la tragedia amarga que se repite generación tras generación en la historia de la humanidad.
Para el hombre que no conoce la necesidad, la vida es una fiesta regocijada, un espléndido banquete. Parece como si la seguridad económica pudiera ofrecerle todo lo que necesita: bienestar, poder, tranquilidad, felicidad.
Y, sin embargo, precisamente esa seguridad y disfrute despreocupado de sus bienes es lo que deshumaniza profundamente al rico y lo vuelve ciego, superficial e inconscientemente cruel. Mientras Lázaro se hunde en la miseria, experimentando dolorosamente la indigencia humana, el rico vive engañado en su mundo privilegiado de riqueza y poder, olvidado de su condición de hombre y de hermano.
Esta ceguera cruel es el riesgo que amenaza siempre al que vive sin preocupaciones ni aprietos económicos. No ve a los necesitados. No es capaz de comprender sus angustias, sus miedos, su impotencia. No entiende que son sus hermanos.
Así, este hombre, preocupado sólo de disfrutar tranquilamente de la vida, crea con su egoísmo casi inconsciente, ruptura y violencia. Abre un abismo entre los hombres, provoca un clasismo insalvable.
La parábola del rico y del pobre Lázaro es verdaderamente significativa. Los dos se encuentran todos los días, pero viven absolutamente alejados el uno del otro. Y es el rico el que crea esta separación y distanciamiento inhumanos. El abismo que los va a separar más allá de la muerte no es más que la continuidad de la trágica división querida por el rico en esta tierra.
El pensamiento de Jesús es claro. El clasismo que crea el rico y el aislamiento en que se encierra, le alejan para siempre de la fraternidad humana. Nunca se encontrarán con el Padre aquéllos que han sido incapaces de descubrir su responsabilidad ante los hermanos sumidos en la necesidad.
Es bueno que nos preguntemos si, en definitiva, no somos todos «clasistas», preocupados cada uno por defender egoístamente su pequeño mundo de felicidad, ciegos y sordos ante las necesidades de los que son menos privilegiados que nosotros.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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