lunes, 5 de septiembre de 2016

11-09-2016 - 24º domingo Tiempo ordinario (C)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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24º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

Habrá alegría en el cielo por un pecador que se convierta.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15,1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
- Ése acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
- Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
«¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido».
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles:
«¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido».
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
[También les dijo:
- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna».
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».
Pero el padre dijo a sus criados:
«Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó:
«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».
El padre le dijo:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
11 de septiembre de 2016

UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS

Volveré a mi padre.

En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como ésta del "Padre bueno".
El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.
¿No es ésta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.
El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo... ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?
Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere sólo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y sólo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».
El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?
El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».
¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
15 de septiembre de 2013

EL GESTO MÁS ESCANDALOSO

El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados socialmente por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba era su costumbre de comer amistosamente con ellos.
De ordinario, olvidamos que Jesús creó una situación sorprendente en la sociedad de su tiempo. Los pecadores no huyen de él. Al contrario, se sienten atraídos por su persona y su mensaje. Lucas nos dice que “los pecadores y publicanos solían acercarse a Jesús para escucharle”. Al parecer, encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte.
Mientras tanto, los sectores fariseos y los doctores de la Ley, los hombres de mayor prestigio moral y religioso ante el pueblo, solo saben criticar escandalizados el comportamiento de Jesús: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. ¿Cómo puede un hombre de Dios comer en la misma mesa con aquella gente pecadora e indeseable?
Jesús nunca hizo caso de sus críticas. Sabía que Dios no es el Juez severo y riguroso del que hablaban con tanta seguridad aquellos maestros que ocupaban los primeros asientos en las sinagogas. El conoce bien el corazón del Padre. Dios entiende a los pecadores; ofrece su perdón a todos; no excluye a nadie; lo perdona todo. Nadie ha de oscurecer y desfigurar su perdón insondable y gratuito.
Por eso, Jesús les ofrece su comprensión y su amistad. Aquellas prostitutas y recaudadores han de sentirse acogidos por Dios. Es lo primero. Nada tienen que temer. Pueden sentarse a su mesa, pueden beber vino y cantar cánticos junto a Jesús. Su acogida los va curando por dentro. Los libera de la vergüenza y la humillación. Les devuelve la alegría de vivir.
Jesús los acoge tal como son, sin exigirles previamente nada. Les va contagiando su paz y su confianza en Dios, sin estar seguro de que responderán cambiando de conducta. Lo hace confiando totalmente en la misericordia de Dios que ya los está esperando con los brazos abiertos, como un padre bueno que corre al encuentro de su hijo perdido.
La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el Papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos..., la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
12 de septiembre de 2010

UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
16 de septiembre de 2007

EL DIOS DE LOS PERDIDOS

… va tras la descarriada hasta que la encuentra

Jesús buscaba sin duda la «conversión» de todo el pueblo de Israel. Nadie lo dudaba. Entonces, ¿por qué perdía el tiempo acogiendo a prostitutas y recaudadores, gente al fin y al cabo indeseable y pecadora? ¿Por qué se despreocupaba de los que vivían en el marco de la Alianza y se dedicaba tanto a un pequeño grupo de perdidos y perdidas?
Jesús respondió con varias parábolas. Quería meter en el corazón de todos algo que llevaba muy dentro. Los «perdidos» le pertenecen a Dios. Él los busca apasionadamente y, cuando los recupera, su alegría es incontenible. Todos tendríamos que alegrarnos con él.
En una de las parábolas habla de un «pastor insensato» que ha perdido una oveja. Aunque está perdida, aquella oveja es suya. Por eso, no duda en salir a buscarla, abandonando en «el campo» al resto del rebaño. Cuando la encuentra, su alegría es indescriptible. «La carga sobre los hombros», en un gesto de ternura y cariño, y se la lleva a casa. Al llegar, invita a sus amigos a compartir su alegría. Todos le entenderán: «He encontrado la oveja que se me había perdido».
La gente no se lo podía creer. ¿No es una locura arriesgar así la suerte de todo el rebaño? ¿Acaso una oveja vale más que las noventa y nueve? ¿Puede este pastor insensato ser metáfora de Dios? ¿Será verdad que Dios no rechaza a los «perdidos», sino que los busca apasionadamente? ¿Será cierto que el Padre no da a nadie por perdido?
La parábola explica muy bien por qué Jesús busca el encuentro con pecadores y prostitutas. Su actuación con las «ovejas perdidas» de Israel hace pensar. ¿Dónde se mueven hoy los pastores llamados a actuar como Jesús? ¿Dentro del redil o junto a las ovejas alejadas? ¿Cuántos se dedican a escuchar a los «perdidos», ofrecerles la amistad de Dios y acompañarlos en su posible retorno al Padre?
Nosotros somos más «sensatos» que Jesús. Para nosotros, lo primero es cuidar y defender a los cristianos. Luego, gritar desde lejos a toda esa gente perdida que vive al margen de la moral que predicamos. Pero entonces, ¿cómo podrán creer que Dios no los está condenando desde lejos sino buscando desde cerca?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
12 de septiembre de 2004

LA MEJOR METÁFORA

Su padre lo vio y se conmovió.

Probablemente la parábola más conocida de Jesús y, tal vez, también la más desgastada es la llamada «parábola del hijo pródigo». Pero, ¿qué sintieron los que oyeron por vez primera esta parábola inolvidable sobre la bondad de un padre preocupado sólo por la felicidad de sus hijos?
Sin duda, desde el principio quedaron desconcertados. ¿Qué clase de padre era éste que no imponía su autoridad?, ¿cómo podía acceder a la desvergüenza de su hijo que le pedía repartir la herencia antes de morirse?, ¿cómo podía dividir su propiedad poniendo en peligro el futuro de la familia?, ¿cómo podía un padre perder así su dignidad?
Jesús los desconcertó todavía más cuando comenzó a hablar de la acogida de aquel padre al hijo que volvía a casa hambriento y humillado. Estando todavía lejos, el padre corrió a su encuentro, le abrazó con ternura, le besó efusivamente, interrumpió su confesión para ahorrarle más humillaciones y se apresuró a restaurarlo como hijo querido en el hogar. Los oyentes no lo podían creer. Aquel padre había perdido su dignidad. No actuaba como el patrón y patriarca de una familia. Sus gestos eran los de una madre que trataba de proteger y defender a su hijo de la vergüenza y el deshonor.
Más tarde, salió también al encuentro del hijo mayor. Escuchó con paciencia sus acusaciones, le habló con ternura especial y le invitó a la fiesta. Sólo quería ver a sus hijos sentados a la misma mesa compartiendo un banquete festivo.
¿Qué estaba sugiriendo Jesús? ¿Es posible que Dios sea así? Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que no anda obsesionado por la moralidad de sus hijos y que, rompiendo las reglas de lo correcto, busca para ellos una vida dichosa. ¿Será ésta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan «perdidos», y suplicando a los que le son fieles a acoger con amor a todos?
Los teólogos han elaborado durante veinte siglos discursos profundos sobre Dios pero, ¿no será todavía hoy esta metáfora de Jesús la mejor expresión de su misterio?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
16 de septiembre de 2001

ENTRAR EN LA FIESTA

Y se negaba a entrar.

Pocas veces un título desacertado habrá desenfocado tanto un relato como el de esta incomparable parábola mal titulada del «hijo pródigo». En realidad, se trata de la parábola de un padre bondadoso que desea lograr un verdadero hogar sin conseguirlo. Unas veces, porque el hijo menor se marcha a vivir su aventura. Otras, porque el hijo mayor no quiere entrar y recibir al hermano. Esta es la historia de los hombres. La tragedia de un hogar que parece imposible construir.
El peso de una lectura unilateral y el desacierto de un mal título han atraído nuestra atención sobre la figura del hijo menor. Sin embargo, en la dinámica del pensamiento de Jesús, es sin duda, la conducta del mayor la que debe, sobre todo, interpelarnos.
La parábola nos describe un fuerte contraste. Al final del relato, el pecador que se había alejado del hogar, termina celebrando una gran fiesta junto al padre. Por el contrario, el hijo mayor, el hombre recto y observante que nunca marchó de casa y jamás desobedeció una orden de su padre, se queda fuera del hogar, sin participar en la fiesta.
La enseñanza de Jesús es desconcertante. Lo verdaderamente decisivo para entrar en la fiesta final es saber reconocer nuestras equivocaciones, creer en el amor de un Padre y, en consecuencia, saber amar y perdonar a los hermanos.
Y ésta es la tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No se aleja de casa. Sabe cumplir todas las órdenes de su padre. Pero no sabe amar. No sabe entender el amor de su padre. No sabe comprender y amar al hermano. Se incapacita a sí mismo para celebrar una fiesta fraterna.
Un hombre puede adentrarse por caminos de pecado, sentir la esclavitud del mal, vivir la experiencia del vacío, y descubrir de nuevo la necesidad de una vida nueva, distinta y mejor, siempre posible por el perdón gratuito de Dios. Y, aunque parezca paradójico, se puede vivir una vida rutinaria de práctica y observancia religiosa, sin verdadera fe en Dios Padre y sin amor fraternal a los hermanos.
Una cosa es clara. Sólo entrará en la fiesta final quien comprenda que Dios es Padre de todos y sepa acoger, comprender y perdonar a sus hermanos. Ese es el mensaje de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
13 de septiembre de 1998

SANEAR LO PROFUNDO

Estaba muerto, y ha revivido.

Cuando se habla del cristianismo se piensa casi siempre en una religión que se ofrece para salvar del pecado, es decir, del mal moral. Se olvida que los evangelios presentan a Jesús no sólo perdonando el pecado, sino liberando a las personas de un mal más complejo y profundo que les impide vivir de manera humana. Desde esta clave están escritos los relatos de expulsión de demonios y espíritus inmundos.
No debe, por tanto, extrañar que teólogos modernos se hagan hoy una pregunta: ¿Es la fe solamente estímulo y gracia para vencer el pecado o podemos encontrar en ella una fuerza capaz de curarnos de ese mal que, a veces, bloquea desde «lo profundo» a la persona?, ¿puede la fe sanear nuestras pulsiones, zonas oscuras, heridas y miedos, angustias y bloqueos? Éste es el planteamiento de la escritora francesa Simone Pacot en su reciente libro, L’évangélisation des profondeurs (Ed. Du Cerf, París 1998).
No se trata de negar, ignorar o suplir la acción de la psicoterapia, tan necesaria e indispensable en muchos casos. Las leyes del espíritu no van contra las leyes de la psicología. Más bien las asumen y superan. La fuerza curadora de la fe en Dios está en que puede enraizar a la persona en las grandes leyes de la vida que no podemos transgredir sin quedar profundamente heridos o frustrados. La principal contribución de la fe se puede resumir en dos grandes aportaciones.
El ser humano necesita amor. La persona que no se siente amada no puede vivir de manera sana. La fe ofrece esta seguridad esencial: «Tú eres amado de manera única e incondicional, pues has sido creado sólo por amor.» Es la primera ley de vida. Cualquiera que sea tu pasado, Dios acoge con ternura tu fragilidad, tus frustraciones, vacíos y heridas. Puedes confiarte a Él sin temor a ser juzgado, rechazado o avergonzado. Dios te ama.
El ser humano necesita, además, vivir en la verdad. Es la segunda ley de vida. Quien vive en la confusión, la mentira o la huida de sí mismo no puede crecer como persona. Saberse amado por Dios ayuda al creyente a aceptarse a sí mismo con sus luces y sombras, a dejarse iluminar hasta el fondo, a poner en orden la propia vida y a esforzarse por caminar en la verdad.
La parábola del «Padre bondadoso» (Lc 15, 11-32) no es sólo una invitación a creer en el perdón inmenso de Dios. Es, además, una llamada a ver en ese perdón una fuerza capaz de liberarnos del deterioro moral y físico, de la confusión, del fracaso y del sinsentido. «Este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
17 de septiembre de 1995

MALCREYENTES

Su padre lo vio y se conmovió.

Aunque se habla de «increencia», tal vez no sea éste el término más adecuado para designar la actitud que se adopta ante Dios en amplios sectores de la sociedad occidental. En su estudio «El Dios ausente», el teólogo francés F. Varone prefiere hablar de «malcreyentes», pues se trata muchas veces de una manera mala de creer.
Son muchos los factores que están influyendo en esta crisis religiosa, pero hay un hecho de gran importancia no sólo para explicar la situación actual sino también para vislumbrar el camino para recuperar una fe sana.
El miedo ha configurado, en gran parte, la relación que muchas personas han tenido con Dios durante años. Las cosas han funcionado con frecuencia más o menos así: Dios es peligroso; la religión sirve para estar seguro de que uno no tiene nada que temer; hay que estar a buenas con Dios cumpliendo sus leyes y practicando los ritos prescritos; sólo así está uno seguro de que el castigo divino, en todo caso, caerá sobre los demás.
Hoy las cosas han cambiado. Algunos han perdido todo rastro de temor a Dios y, una vez perdido el miedo en el que se sustentaba su experiencia religiosa, lo han abandonado todo. Hoy viven de forma solitaria, encerrados en su propia aventura, sin abrirse nunca a lo trascendente. Su conciencia se va haciendo cada vez más atea.
Otros han perdido el miedo pero, por si acaso, no abandonan del todo la religión. Siguen «practicando» a su manera porque «nunca se sabe». No es fácil estar seguro de que ese Dios peligroso no existe. Por otra parte, la religión les sigue siendo útil, sobre todo, cuando llega la desgracia o el peligro. Es entonces cuando tratan de «influir» en Dios con sus rezos para obtener su protección.
Otro sector se mueve entre «la religión del miedo» y «la religión de lo útil», pero lo hace con indiferencia. Asisten a misa, pero no se comunican con Dios; se consideran «creyentes» porque siguen aceptando los conocimientos recibidos en la infancia, pero su fe poco tiene que ver con su vida real; siguen en la Iglesia, pero Dios no tiene en ellos fuerza para despertar alegría.
No hemos de «juzgar» a nadie. Hay muchas formas de ser malcreyentes» y todos nos podemos alejar de Dios por muchos caminos. Pero sólo conozco uno para volver a El: percibimos amados por Dios, sabernos alcanzados por su amor, captarlo como el mejor Amigo.
Sólo cuando uno deja de percibir a Dios como poder amenazador y tiene la suerte (y la gracia) de «intuir» ese amor insondable, desaparece la aversión del ateo o la indiferencia del malcreyente. Es esa «intuición» la que mueve al «hijo pródigo» a retomar al Padre. A quien se sienta distanciado de Dios sólo le diría esto: «Lee esta parábola en Lucas 15, 11-31. Medítala despacio, a solas, muchas veces. Nadie te va a acercar mejor al Dios verdadero.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
13 de septiembre de 1992

CAMINOS

Este hijo mío estaba muerto y ha revivido.

Son cada vez más las personas que, habiendo abandonado la práctica religiosa tradicional, sienten sin embargo la nostalgia de Dios. Hay algo que desde lo más hondo de su ser les invita a buscar el Misterio último de la vida.
Desearían encontrarse con un Dios Amigo, verdadera fuente de vida y alegría. Pero, ¿dónde encontrar signos de su presencia? ¿Qué caminos seguir para iniciar su búsqueda? ¿Qué novedad introducir en una vida superficial tan alejada de cualquier experiencia religiosa?
El primer camino puede ser la naturaleza. A pesar de los estragos que se han cometido contra ella, el hombre puede vislumbrar todavía en el cosmos a su Creador. Ese universo que nos rodea, escenario fascinante donde se refleja de mil formas la belleza, la fuerza y el misterio de la vida, puede ser una invitación callada para orientar el corazón hacia aquel que es el origen de todo ser. La llegada del otoño con sus colores teñidos de nostalgia y su invitación al recogimiento, ¿no será para nadie presencia humilde del Misterio insondable?
Otro camino para elevar nuestro espíritu hacia Dios puede ser la experiencia estética. El disfrute de la belleza artística invita y remite hacia la absoluta belleza y gloria de Dios. En medio de una vida tan agitada y dispersa que nos impide escuchar nuestros deseos y aspiraciones más nobles, ¿no puede ser el goce musical una experiencia que cree en nosotros un espacio interior nuevo e inicie un movimiento regenerador y una actitud más abierta hacia el Misterio de Dios?
Otro camino es, sin duda, el encuentro amoroso entre las personas. La amistad entrañable, el disfrute íntimo del amor, el perdón mutuo, la confianza compartida son experiencias que nos hacen saborear la existencia de una manera más honda, nos liberan de la inseguridad, la soledad y la tristeza, y nos invitan a vislumbrar la ternura y acogida incondicional de Dios. ¿No pueden nunca unos esposos disfrutar sus encuentros amorosos presintiendo la plenitud insondable del que es sólo Amor?
Para los cristianos, el primer camino es Jesucristo. Estoy convencido de que para muchos que se han alejado de la Iglesia, conocer mejor a Jesús, leer sin prejuicios su mensaje, dejarse ganar por su Espíritu y sintonizar con su estilo de vivir, puede ser el camino más seguro para descubrir el verdadero rostro de Dios.
La parábola del hijo pródigo nos recuerda que todos vivimos demasiado olvidados de Dios, estropeando nuestra vida de muchas maneras, lejos de aquel que podría introducir una alegría nueva en nuestra existencia. Pero Dios está ahí, en el interior mismo de la vida, nos espera y nos busca.
Más aún. Dios se deja encontrar hasta por quienes no se interesan por él. Recordemos aquellas palabras sorprendentes del profeta Isaías. Así dice Dios: "Yo me he dejado encontrar de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: Aquí estoy, aquí estoy".

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
17 de septiembre de 1989

AMOR INCONDICIONAL

Su padre lo vio y se conmovió.

La llamada “Sicología humanista” está haciendo en nuestros días un esfuerzo extraordinario por ayudar a las personas a crecer y realizarse de manera más plena y creativa.
Grandes sicólogos como A.H. Maslow, C. Rogers, H.S. Sullivan, G. Allport... van trazando los caminos que el hombre o la mujer han de recorrer si desean vivir una vida más sana y feliz.
Leyendo sus estudios, es fácil observar que casi todos ellos hablan de una actitud básica para que la persona camine hacia su realización: la autoaceptación.
Tenemos que saber aceptarnos y amarnos a nosotros mismos con nuestros valores y nuestras limitaciones. Ser los mejores amigos de nosotros mismos.
De nada sirve despreciarnos o torturarnos sin piedad. La guerra con uno mismo es fuente de división interna y desarrollo enfermizo. Sólo el que se ama a sí mismo puede crecer de manera segura y sana.
Por eso se nos invita a destruir en nosotros los sentimientos de culpa, desterrar “el fantasma de la culpabilidad», curar las heridas que nos hemos producido con nuestros errores y malas acciones.
Sin embargo, la tarea no es nada fácil. No basta desculpabilizarse por medio de técnicas más o menos hábiles. El hombre necesita saberse perdonado.
Estos mismos científicos afirman que para recuperar la autoestima, necesitamos ser y sentirnos amados incondicionalmente. Sólo cuando una persona se siente amada por sí misma y no por sus logros y éxitos, es capaz de amarse como es y crecer de manera sana.
Probablemente ni los mismos que nos decimos cristianos valoramos debidamente “el amor incondicional de Dios» y la fuerza que encierra para un desarrollo verdaderamente humano de la persona.
Se nos olvida que Dios no nos ama porque nuestra vida es recta y santa, sino porque nos siente como sus hijos. No nos ama porque somos buenos nosotros sino porque es bueno El.
Esto que, tal vez, puede parecer a algunos una diferencia sutil y sin importancia, cambia totalmente la actitud del creyente y es algo esencial en la experiencia del verdadero cristiano.
La parábola del Padre que abraza al hijo pródigo sin recordarle su pecado ni imponerle condición alguna, nos invita una vez más a creer que siempre, absolutamente siempre, podemos contar con el perdón incondicional de Dios.
Este perdón real de Dios nos libera de recuerdos que nos humillan y de sentimientos de culpa que nos deprimen. Este perdón nos hace crecer de manera sana a pesar de nuestros errores y miserias.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
14 de septiembre de 1986

¿DONDE ESTA DIOS?

El padre les repartió los bienes.

Jesús ha insistido, de muchas maneras, en la idea de que Dios es un Padre cuya bondad no llegamos los hombres a sospechar. Ha utilizado toda clase de gestos, parábolas y recursos para despertar en los hombres una confianza radical en Dios Padre.
Las parábolas que hoy escuchamos nos lo recuerdan de nuevo. Dios no puede «sufrir» que el hombre se pierda. Y su mayor alegría es la vida, la felicidad y plenitud de los hombres.
Pero, ¿es esto verdad? Probablemente, durante estos días de tragedia, han sido bastantes los creyentes a los que ha atormentado una pregunta inevitable en lo secreto de su corazón: ¿Dónde está ahora Dios?
¿Cómo puede Dios «respirar» tranquilo, mientras sus hijos se ahogan en el agua, el barro y la impotencia? Si Dios es realmente nuestro Padre y, al mismo tiempo, Señor del mundo, ¿por qué no evita desgracias? ¿por qué se calla? ¿dónde se oculta?
Quizás algunos han encontrado una respuesta y sospechan que todo esto no es sino un castigo que Dios nos envía por nuestros pecados. Pero el Dios del que nos habla Jesús no es un tirano que se lanza sobre los hombres para destruirlos a causa de sus pecados, sino un Padre que sale al camino de todo hombre perdido para abrazarlo y celebrar su vuelta a la vida.
Pero, entonces, ¿dónde está Dios? Precisamente en el corazón mismo de nuestro sufrimiento. Dios no solamente ha sufrido por nosotros. Dios ha sufrido y sufre con nosotros.
Dios no nos salva a los hombres arrancándonos del mundo y de los riesgos de esta vida terrestre. Dios nos salva en el mundo, encarnándose en nuestra impotencia, nuestros miedos y nuestro dolor.
Dios está en todo hombre que sufre. Ese silencio incomprensible de Dios no es el silencio de alguien lejano e indiferente. Es el silencio de un Dios que sufre junto a nosotros y habita desde dentro nuestro dolor.
La escena ha sido muy divulgada. Un niño judío se estremece con los estertores de la muerte, colgado de una horca en un patio del campo de concentración de Auschwitz. De pronto, se escucha el grito desesperado de un presidiario: « ¿Dónde está Dios?~. Y otro compañero de prisión responde casi susurrando: "Ahí, en la horca". Esta es la fe de los que creemos en un Dios crucificado.
Esta cercanía de Dios no es algo inútil y estéril. No es tampoco una intervención poderosa que rompe las leyes de la naturaleza para ahorrarnos riesgos y sufrimiento. Es la presencia humilde, respetuosa y solidaria de un Padre que conduce misteriosamente la historia dolorosa de los hombres hacia la Vida definitiva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
11 de septiembre de 1983

NO ESTA TODO PERDIDO

He encontrado la oveja que se me había perdido.

No es difícil en la vida terminar con la sensación de estar perdido. Tarde o temprano, el desencanto, el fracaso, la decepción puede penetrar hasta el fondo de nuestro corazón.
Cuántos hombres y mujeres, jóvenes o adultos se sienten acabados, sin ilusión alguna. Perdidos. Solos.
Pero hay más. Son muchos los que secretamente se sienten roídos por el propio pecado. Con la sensación de haber cometido muchas equivocaciones y haber gastado las mejores energías de la vida al servicio de ideales muy ruines.
Como dice Edit Piaf en su extraordinario testamento, hay momentos en que uno debe ser sincero consigo mismo y entonces «se pregunta si no se ha vivido para nada».
Hay algo que los creyentes no deberíamos olvidar nunca. Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, «siempre hay salida». Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando.
Esta es la buena noticia de Jesús. Dios es alguien que busca precisamente a los perdidos. Como el pastor que corre tras la oveja perdida. Dios es el Dios de los perdidos, de los fracasados, de los «acabados», los que ya no encuentran salida en la vida, los que «no tienen solución».
Aunque nos parezca paradójico, precisamente, cuando nos vemos pobres y perdidos es cuando más cerca puede estar nuestra salvación.
Puede ser el momento de encontrarnos con ese Dios que anda tras los hombres perdidos. Quizás lo que necesitamos es más silencio. Sólo en el silencio podremos de nuevo encontrarnos con Dios, llorar nuestra vida y renacer de nuevo.
«Sin silencio nadie puede sentir el alma» (J. M. Ballarin). Vivimos en una sociedad que no favorece el silencio. El ruido, la agitación, las prisas nos aturden.
Pero, no estamos perdidos. Comenzamos a estar sedientos de silencio. Quizás nunca lo habíamos apreciado tanto, ni hemos estado tan dispuestos a buscarlo.
Pero un creyente no busca el silencio. Busca a Dios, a ese Dios «amigo de los pecadores», el único capaz de encender de nuevo nuestra vida y recrear nuestra existencia.
Los hombres necesitamos ser perdonados. Y no nos sentimos salvados sino cuando nos sentimos reconciliados en lo más íntimo de nuestro ser.
Uno comprende a F. Mauriac, descubriendo por fin al Dios del perdón: «Me parece que lo que yo he, si no comprendido, sí al menos sentido, es que el amor es infinitamente libre, y que es misericordia... Frente al baremo de pecados, frente a las tarifas fijadas con minuciosidad farisaica, resonaban en mí las cinco palabras que, en el evangelio, bastan para barrer todas las miserias y todas las vergüenzas de una pobre vida: Tus pecados te son perdonados».

José Antonio Pagola

HOMILIA

CÓMO IMAGINA JESÚS A DIOS

Un Padre tenía dos hijos...

No quería Jesús que las gentes de Galilea le sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del padre bueno les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre se conmueve, pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo.
No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado su felicidad.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así le sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes olvidados de él, se sienten lejos o comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida.
Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.

José Antonio Pagola




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