lunes, 2 de junio de 2014

08/06/2014 - Domingo de Pentecostés (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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8 de jumio de 2014

Domingo de Pentecostés (A)


EVANGELIO

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
8 de Junio de 2014

VIVIR A DIOS DESDE DENTRO

Hace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿ Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia  interior del Misterio de Dios.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS.
Contribuye a difundir la experiencia interior de Dios.
Pásalo.


HOMILIA

2010-2011 -
12 de Junio de 2011

INVOCACIÓN

Según San Juan, el Espíritu hace presente a Jesús en la comunidad cristiana, recordándonos su mensaje, haciéndonos caminar en su verdad, interiorizando en nosotros su mandato del amor. A ese Espíritu invocamos en esta fiesta de Pentecostés.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a invocar a Dios con ese nombre entrañable de "Padre" que nos enseñó Jesús. Si no sentimos su presencia buena en medio de nosotros, viviremos como huérfanos. Recuérdanos que sólo Jesús es el camino que nos lleva hasta él. Que sólo su vida entregada a los últimos nos muestra su verdadero rostro. Sin Jesús nunca entenderemos su sed de paz, de justicia y dignidad para todos sus hijos e hijas.
Ven Espíritu Santo y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu aliento, olvidaremos una y otra vez su Proyecto del reino de Dios. Viviremos sin pasión y sin esperanza. No sabremos por qué le seguimos ni para qué. No sabremos por qué vivir y por qué sufrir. Y el Reino seguirá esperando colaboradores.
Ven Espíritu Santo y enséñanos a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Que no echemos cargas pesadas sobre nadie. Que no dictaminemos sobre problemas que no nos duelen ni condenemos a quienes necesitan sobre todo acogida y comprensión. Que nunca quebremos la caña cascada ni apaguemos la mecha vacilante.
Ven Espíritu Santo e infunde en nosotros la experiencia religiosa de Jesús. Que no nos perdamos en trivialidades mientras descuidamos la justicia, la misericordia y la fe. Que nada ni nadie nos distraiga de seguirlo como único Señor. Que ninguna doctrina, práctica o devoción nos aleje de su Evangelio.
Ven Espíritu Santo y aumenta nuestra fe para experimentar la fuerza de Jesús en el centro mismo de nuestra debilidad. Enséñanos a alimentar nuestra vida, no de tradiciones humanas ni palabras vacías, sino del conocimiento interno de su Persona. Que nos dejemos guiar siempre por su Espíritu audaz y creador, no por nuestro instinto de seguridad.
Ven Espíritu Santo, transforma nuestros corazones y conviértenos a Jesús. Si cada uno de nosotros no cambia, nada cambiará en su Iglesia. Si todos seguimos cautivos de la inercia, nada nuevo y bueno nacerá entre sus seguidores. Si no nos dejamos arrastrar por su creatividad, su movimiento quedará bloqueado.
Ven Espíritu Santo y defiéndenos del riesgo de olvidar a Jesús. Atrapados por nuestros miedos e incertidumbres, no somos capaces de escuchar su voz ni sentir su aliento. Despierta nuestra adhesión pues, si perdemos el contacto con él, seguirá creciendo en nosotros el nerviosismo y la inseguridad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
11 de mayo de 2008

BARRO ANIMADO POR EL ESPÍRITU

Recibid el Espíritu Santo.

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad llenando a todos de su paz y su alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado sólo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.
Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.
Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.
Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso, se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».
El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro... Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido, quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar la presencia viva de Jesús. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar sólo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No sólo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como las amaba él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
15 de mayo de 2005

ALIENTO DE VIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Los hebreos se hacían una idea muy bella y real del misterio de la vida. Así describe la creación del hombre un viejo relato del siglo ix antes de Cristo: «El Señor Dios modeló al hombre del barro de la tierra. Luego, sopló en su nariz aliento de vida. Y así el hombre se convirtió en un viviente».
Es lo que dice la experiencia. El ser humano es barro. En cualquier momento se puede desmoronar. ¿Cómo caminar con pies de barro? ¿Cómo mirar la vida con ojos de barro? ¿Cómo amar con corazón de barro? Sin embargo, este barro ¡ vive! En su interior hay un aliento que le hace vivir. Es el Aliento de Dios. Su Espíritu vivificador.
Al final de su evangelio, Juan ha descrito una escena grandiosa. Es el momento culminante de Jesús resucitado. Según su relato, el nacimiento de la Iglesia es una «nueva creación». Al enviar a sus discípulos, Jesús «sopla su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».
Sin el Espíritu de Jesús, la Iglesia es barro sin vida: una comunidad incapaz de introducir esperanza, consuelo y vida en el mundo. Puede pronunciar palabras sublimes sin comunicar «algo» de Dios a los corazones. Puede hablar con seguridad y firmeza sin afianzar la fe de las personas. ¿De dónde va a sacar esperanza si no es del aliento de Jesús? ¿Cómo va a defenderse de la muerte sin el Espíritu del resucitado?
Sin el Espíritu creador de Jesús, podemos terminar sin que nadie en la Iglesia crea en algo diferente. Todo debe ser como ha sido. No está permitido soñar en grandes novedades. Lo más seguro es una religión estática y controlada, que cambie lo menos posible. Lo que hemos recibido de otros tiempos es también lo mejor para los nuestros. Nuestras generaciones han de celebrar su fe vacilante con el lenguaje y los ritos de hace muchos siglos. Los caminos están marcados. No hay que preguntarse por qué.
¿Cómo no gritar con fuerza: «¡Ven, Espíritu Santo! Ven a tu Iglesia. Ven a liberarnos del miedo, la mediocridad y la falta de fe en tu fuerza creadora»? No hemos de mirar a otros. Hemos de abrir cada uno nuestro propio corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
19 de mayo de 2002

CUIDAR EL CORAZÓN

Recibid el Espíritu Santo.

En la cultura actual el «corazón» es la sede del amor. No ha sido siempre así. Según una tradición que hunde sus raíces en la fe bíblica y que fue cultivada por grandes místicos de los primeros siglos, el «corazón» es lo más íntimo de la persona, el lugar desde donde el individuo puede integrar y armonizar todas las dimensiones de su ser.
La visión de estos padres y madres del desierto es grandiosa. El ser humano no es sólo un compuesto biológico: un alma aprisionada en la carne, un «pobre animal» zarandeado por toda clase de fuerzas y pulsiones. En lo más íntimo de su «corazón» hay un espacio donde puede acoger al Espíritu de Dios que es fuente de vida, integración y armonía de toda la persona.
En la soledad del desierto, estos hombres y mujeres llegaron a conocerse interiormente de una manera difícil de superar. Para ellos, el pecado no es un «asunto moral», sino la fuerza que descentra al individuo, lo disgrega y le hace perder su armonía destruyendo la alegría interior.
Lo peor que le puede suceder a una persona es vivir con un corazón de piedra, reseco y endurecido, incapaz de abrirse al Espíritu Santo; un corazón cerrado al amor y la ternura, dividido y disperso, sin fuerza para unificar su ser y alimentar su vida.
Los hombres y mujeres de hoy creemos saber mucho de todo y no sabemos siquiera cuidar nuestro corazón. Víctimas de nuestra frivolidad, no conocemos una vida armoniosa e integrada: vivimos aburridos a fuerza de buscar diversión; siempre cambiando y siempre perseguidos por la monotonía; siempre en busca de bienestar y siempre decepcionados. Nos falta un corazón abierto al Espíritu de Dios que nos haga conocer dónde está la fuente de vida.
Por eso, invocar al Espíritu de Dios no es una oración más. Gritar desde el fondo de nuestro ser: «Ven, Espíritu Santo», es desear vida nueva. Nuestro corazón de piedra se puede convertir en corazón de carne; nuestro vacío interior se puede llenar de Espíritu. La fiesta cristiana de Pentecostés vivida en esta actitud de invocación debería ser punto de partida de una vida renovada por el Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
23 de mayo de 1999

CURACIÓN MÁS PROFUNDA

Recibid el Espíritu Santo.

La medicina occidental va corrigiendo poco a poco su olvido del papel del espíritu en la curación de la persona. Hoy se reconoce abiertamente que un ochenta por cien de las enfermedades modernas (cáncer, infarto, disfunciones diversas, estrés) son de origen psicosomático en su carácter o están condicionadas por el deterioro espiritual de la persona. Es normal que la ciencia médica se ocupe de analizar las causas y el proceso de cada enfermedad concreta, pero es lamentable que nadie preste mayor atención a la existencia de la persona que puede estar enferma en la raíz de su ser, a un nivel más profundo que el detectado por los médicos.
Hoy se advierte una convergencia notable entre quienes se adentran a estudiar el misterio del enfermar humano y sus causas más profundas. Según los estudiosos, son sobre todo dos los factores que hacen enfermar hoy a muchos: la falta de sentido y la necesidad de amor. Es difícil que conozcan una vida más sana si no conocen una experiencia más viva del amor o no encuentran una razón para vivir. No se trata sólo de encontrar el sentido de la vida familiar, amorosa o económica, sino el sentido de la existencia misma, que libere al individuo de la sensación de vacío, absurdo y frustración. No se trata de vivir experiencias amorosas de cualquier tipo, sino de saberse amado de manera plena y segura.
La experiencia del Espíritu fue vivida desde el origen del cristianismo como la experiencia del amor indestructible de Dios a cada uno de nosotros. Lo describe san Pablo de manera insuperable: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Esta es la convicción radical del creyente: «Yo soy amado por Dios, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque El es bueno, santo y me ama con amor insondable. Soy aceptado incondicionalmente. Nadie me podrá separar del amor que Dios me tiene y que se me ha revelado en Cristo».
De este «saberse amado» por Dios nace estabilidad interior y paz: «puedo confiar, ningún mal es definitivo, nada me pude destruir para siempre. Puedo vivir sin odiarme; las heridas del pasado siguen ahí; mi mediocridad no desaparece, pero lo importante es la seguridad del amor de Dios». Esta convicción cura interiormente. Este amor vivido en la fe dura hasta la muerte y más allá de la muerte. Ya no cesa. Es promesa de vida eterna. Algo de esto es acoger en nosotros el Espíritu Santo de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
26 de mayo de 1996

LA GRACIA DEL ESPÍRITU

Recibid el Espíritu Santo.

No es fácil hablar del Espíritu Santo. El hombre contemporáneo se pone inmediatamente en guardia frente a todo aquello que no puede verificar con pruebas tangibles, y lo «espiritual» sugiere a no pocos un mundo desconocido, extremadamente incierto y etéreo. ¿Quién puede creer hoy en el Espíritu Santo?
Por otra parte, ¿qué es creer en el Espíritu Santo? La catequesis cristiana ha olvidado con frecuencia la importancia de enseñar a creer en la acción del Espíritu de Dios. Muchos cristianos invocan al Padre, se esfuerzan por vivir como Jesús, pero ignoran casi por completo la acción del Espíritu. El Credo de Nicea afirma que es «Señor y dador de vida», pero para bastantes creyentes, sigue siendo el gran desconocido.
Yo sé que no es posible comunicar a otros la propia fe a través de palabras. Sé también que cada uno tiene su forma concreta de vivir la experiencia cristiana y que cada uno ha de abrirse a la acción del Espfritu desde su propio ser. Pero voy a tratar de decir con palabras sencillas la experiencia que viven no pocos creyentes.
Dios me ha creado y me ha dado la vida. No ha sido cosa mía. Mi vida sólo tiene una explicación: «A mí hay alguien que me ama incluso antes de que haya llegado a la existencia.» Pero Dios no es para mí una fuerza que ha puesto en marcha mi vida para después desentenderse. Esta vida que yo vivo y experimento ahora mismo, está siendo creada, sostenida y animada por su Espíritu.
Mi vida entera está así bajo el signo del amor. Acontecimientos, personas, gozos y sufrimientos, errores y aciertos..., nada escapa o queda fuera del amor de Dios. Ni siquiera mi pecado y mediocridad son un obstáculo. El Espfritu de Dios me sigue envolviendo con su amor.
La teología cristiana ha acuñado una palabra clave para hablar de esta experiencia: la vida entera se me ofrece como «gracia». Habito un mundo que se me ha regalado. Vivo en un momento de la historia que yo no he elegido. Soy amado por personas que no han sido creadas por mí. Mi vida no es sólo fruto de mi trabajo, ni siquiera resultado de lo que me aportan los demás. Debo mucho a muchas personas, pero ¿a quién he de agradecer el amor que siento, la confianza que me anima, la esperanza que me sostiene, la vida que me habita? Yo no me «explico» mi existencia sin el Espíritu de Dios.
Sin duda, también el no creyente puede experimentar la vida como gracia y regalo, pues el Espíritu de Dios actúa en todos, y nadie puede vivir si no es sostenido por su amor. Por eso, Gilbert K. Chesterton dijo en alguna ocasión que «el momento más enojoso tal vez para un ateo es cuando siente que debe agradecer y no sabe a quién». En esta fiesta de Pentecostés, los cristianos agradecemos y acogemos con fe la gracia del Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
30 de mayo de 1993

ORACION DE UN HOMBRE MEDIOCRE

Recibid el Espíritu Santo.

Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés.
¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi vida está llena de todo, menos de Tí. Cogido por las ocupaciones, trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre de tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de cada día. Mi pobre alma es como «un inmenso almacén» donde se va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.
Y luego, esa experiencia que se repite una y otra vez. Llega un momento en que ese ruido interior y ese trajín agitado me resultan más dulces y confortables que el silencio sosegado junto a Tí.
Dios de mi vida, ten misericordia de mí. Tú sabes que cuando huyo de la oración y el silencio, no quiero huir de Ti. Huyo de mí mismo, de mi vacío y superficialidad. ¿Dónde podría yo refugiarme con mi rutina, mis ambigüedades y mi pecado? ¿Quién podría entender, al mismo tiempo, mi mediocridad interior y mi deseo de Dios?
Dios de mi alegría, yo sé que Tú me entiendes. Siempre has sido y serás lo mejor que yo tengo. Tú eres el Dios de los pecadores. También de los pecadores corrientes, ordinarios y mediocres como yo. Señor, ¿no hay algún camino en medio de la rutina, que me pueda llevar hasta Ti? ¿No hay algún resquicio en medio del ruido y la agitación, donde yo me pueda encontrar contigo?
Tú eres «el eterno misterio de mi vida». Me atraes como nadie, desde el fondo de mi ser. Pero, una y otra vez, me alejo de Ti calladamente hacia cosas y personas que me parecen más acogedoras que tu silencio.
Penetra en mí con la fuerza consoladora de tu Espíritu. Tú tienes poder para actuar en esa profundidad mía donde a mí se me escapa casi todo. Renueva mi corazón cansado. Despierta en mí el deseo. Dame fuerza para comenzar siempre de nuevo; aliento para esperar contra toda esperanza; confianza en mis derrotas; consuelo en las tristezas.
Dios de mi salvación, sacude mi indiferencia. Límpiame de tanto egoísmo. Llena mi vacío. Enséñame tus caminos. Tú conoces mi debilidad e inconstancia. No te puedo prometer grandes cosas. Yo viviré de tu perdón y misericordia. Mi oración de Pentecostés es hoy humilde como la del salmista: «Tu Espíritu que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142, 10).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
3 de junio de 1990

ORAR NO ES TAN DIFÍCIL

Recibir el Espíritu.

Todo parece indicar que estamos perdiendo el sentido de la profundidad y del misterio. Son muchos los que no conocen ya los caminos que conducen a la interioridad. Muchos los que no aciertan a encontrarse con Dios.
Por eso, hay preguntas que fácilmente le brotan a uno en esta fiesta de Pentecostés: ¿Podemos aprender a abrirnos al Espíritu? ¿Podemos recuperar el gusto por la oración? ¿Qué puede hacer hoy un hombre o una mujer que desea encontrar a Dios y no tiene a nadie que le enseñe a orar?
Desde este pequeño rincón quiero ofrecer algunas sugerencias que, tal vez, pueden despertar en alguno la búsqueda de Dios.
Antes que nada, hemos de recordar algo muy importante. Si yo no encuentro a Dios dentro de mí, difícilmente lo encontraré fuera. Si, por el contrario, puedo percibirlo en mi interior, lo podré descubrir en medio de la vida.
Para abrirme a Dios, he de adoptar siempre una actitud de confianza y amistad. Dios me ama, me entiende y me perdona como yo mismo no soy capaz de amarme, entenderme y perdonarme. Puedo sentirme seguro ante su amor insondable.
Ante Dios me presento tal como soy en realidad. Dejando a un lado ese «personaje» que trato de ser ante los demás o que los demás creen que soy. Dios me conoce y me mira con amor. No tiene sentido tratar de defenderme, engañarle o camuflarme.
Ante Dios he de estar yo todo entero, con mi cuerpo relajado, un espíritu atento y una respiración en calma. Yo, con lo que siento y vivo en ese momento. Con mis deseos y necesidades. Con mis miedos, alegrías y sufrimientos.
En la oración casi siempre comenzamos por hablar nosotros a Dios cuando lo más importante y decisivo es escuchar. Escuchar lo que brota dentro de nosotros. Hacer silencio para percibir la presencia amorosa y gozosa de Dios.
Todo lo que es parte de mi vida puede ser ocasión de oración. Una alegría, un dolor, un éxito, un fracaso, un problema, una necesidad, un momento feliz. Así la oración se hace a veces invocación, a veces acción de gracias, otras, alabanza o petición de perdón.
No se necesita hablar mucho ante Dios. Bastan unas pocas palabras, repetidas una y otra vez despacio y con fe: «Dios mío, te necesito». «Tú conoces mi debilidad». «Enséñame a vivir». «Tú sólo eres grandes y bueno». «Ten compasión de mí que no soy capaz de cambiar». «Te doy gracias porque nos amas». «Tu fuerza me sostiene siempre». «Guíame por el camino recto». «Despierta en mí la alegría». «Enséñame a orar».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
7 de junio de 1987

CURARSE POR DENTRO

Recibid el Espíritu Santo.

La medicina actual reconoce abiertamente que las enfermedades modernas que padecen muchos hombres y mujeres tienen su origen a un nivel más profundo que la úlcera de estómago o el deterioro del sistema nervioso.
Lo que destruye la salud de muchas personas no es un mal funcionamiento bioquímico ni siquiera un siquismo alterado. El mal es más profundo. Es el mismo ser de esa persona el que está enfermo y necesita ser curado.
No es de extrañar que la sociedad moderna esté tomando mayor conciencia de la importancia de las dietas, los hábitos de vida y los diferentes métodos de relajación para una vida más sana.
Por otra parte, comienza a vislumbrar las posibilidades que se encierran en el yoga, el control mental o la meditación zen.
Pero el hombre occidental sigue ignorando en gran parte el papel del Espíritu en la curación de la persona.
Sin embargo, la enfermedad más profunda de todo hombre es su caducidad, su infidelidad a sí mismo, su limitación, esa impotencia para darse a sí mismo lo que anda buscando, el miedo existencial a perderse.
Por eso, aunque queramos ignorarlo, la pregunta clave que hemos de hacernos es ésta: ¿Qué es lo que nos puede permitir sentirnos bien desde la raíz misma de nuestro ser?
La respuesta compartida hoy por no pocos estudiosos del ser humano apunta en una misma dirección: la verdadera seguridad y curación del hombre nace de la experiencia de saberse amado de manera total y absoluta.
Y esta experiencia, en último término, es una experiencia religiosa. El hombre se siente salvado cuando vive la experiencia de que es aceptado y amado incondicionalmente.
No se trata de que soy amado porque soy bueno, santo y sin pecado. Es algo mucho más decisivo y asombroso. Soy amado por Dios tal como soy, con mis pecados y mediocridad. Soy amado aunque no cambie.
Esta es la experiencia que impactó a los primeros creyentes: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).
Una experiencia que nos permite vivir con confianza total a los niveles más profundos de nuestro ser y nuestra conciencia. Una experiencia que nos ayuda a liberarnos de tantas fijaciones negativas que pueblan nuestro espíritu.
Una fe en la que nos podemos refugiar con nuestra debilidad y nuestras ambigüedades. Una fe que nos ayuda a soportarnos a nosotros mismos y a mirar compasivamente y hasta con cierto humor nuestras cobardías, neurosis y pecados.
Una experiencia que nos trabaja silenciosamente desde dentro y nos defiende de la destrucción. «Ven, Espíritu Santo y sana en nosotros lo que está enfermo ».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
10 de junio de 1984

DADOR DE VIDA

Recibid el Espíritu Santo.

Según estimaciones de sicólogos norteamericanos, la mayoría de Las personas sólo viven al diez por cien de sus posibilidades.
Ven el diez por cien de la belleza del mundo que los rodea. Escuchan el diez por cien de la música, la poesía y la vida que hay a su alrededor. Sólo están abiertos al diez por cien de sus emociones, su ternura y su pensamiento. Su corazón vibra sólo al diez por cien de su capacidad de amar. Son personas que morirán sin haber vivido realmente.
Algo semejante se podría decir de muchos cristianos. Morirán sin haber conocido nunca por experiencia personal lo que podía haber sido para ellos la vida creyente.
En esta mañana de Pentecostés muchos volverán a confesar aburridamente su fe en el Espíritu Santo «Señor y dador de vida», sin sospechar toda la energía, el impulso y la vida que pueden recibir de él.
Y sin embargo, ese Espíritu, dinamismo misterioso de la vida íntima de Dios, es el regalo que el Padre nos hace en Jesús a los creyentes, para llenarnos de vida.
Es ese Espíritu el que nos enseña a saborear la vida en toda su hondura, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial.
Es ese Espíritu el que nos infunde un gusto nuevo por la existencia y nos ayuda a encontrar una armonía nueva con el ritmo más profundo de nuestra vida.
Es ese Espíritu el que nos abre a una comunicación nueva y más profunda con Dios, con nosotros mismos y con los demás.
Es ese Espíritu el que nos invade con una alegría secreta, dándonos una trasparencia interior, una confianza en nosotros mismos y una amistad nueva con las cosas.
Es ese Espíritu el que nos libra del vacío interior y la difícil soledad, devolviéndonos la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amados.
Es ese Espíritu el que nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especialmente fraterna a quien sufre porque le falta la alegría de vivir.
Es ese Espíritu el que nos hace renacer cada día y nos permite un nuevo comienzo a pesar del desgaste, el pecado y el deterioro del vivir diario.
Este Espíritu es la vida misma de Dios que se nos ofrece como don. El hombre más rico, poderoso y satisfecho, es un desgraciado si le falta esta vida del Espíritu.
Este Espíritu no se compra, no se adquiere, no se inventa ni se fabrica. Es un regalo de Dios. Lo único que podemos hacer es preparar nuestro corazón para acogerlo con fe sencilla y atención interior.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
7 de junio de 1981

HOMBRES VACIOS

Recibid el Espíritu Santo.

Quizás nuestro verdadero problema no sea tanto el tener que enfrentarnos diariamente a diversos problemas y conflictos como el no contar con fuerza interior y energía espiritual para acometerlos.
Apenas nos atrevemos a confesar la pobreza y el vacío que vislumbramos, cuando somos capaces de asomarnos con sinceridad a nuestro mundo interior.
Infraalimentados espiritualmente y con una «vida interior» raquítica, terminamos por ser juguete de las ms variadas manipulaciones.
Volcados hacia fuera, incapaces de escuchar las aspiraciones más nobles y los deseos más humanos que surgen de nuestro interior, vivimos como «robots» programados y dirigidos desde el exterior.
El hombre actual tiene una necesidad casi obsesiva de estar informado, y las noticias le llegan dondequiera que se encuentre mediante la prensa, la radio o la televisión. Todo esto añade una dimensión nueva a su existencia.
Vivimos recibiendo una información constante de todo, pero sin capacidad de asimilarla y sin fuerza interior para reaccionar con verdadera libertad y crecer como seres humanos dueños de sí mismos.
Desde fuera nos dicen lo que debemos pensar, los ídolos que debemos admirar, los productos que necesitamos comprar, la concepción de la vida que tenemos que aceptar.
Y hay personas que se identifican tan bien con las consignas recibidas que acaban por vivir con alma de dóciles esclavos, satisfechos y contentos.
En la actual sociedad no se puede ser verdaderamente libre sin luchar por una libertad interior y sin cultivar y enriquecer la vida del espíritu en el silencio, el encuentro con uno mismo, la reflexión y la apertura a Dios.
Los primeros creyentes hablaban del hombre interior, es decir, del hombre que sabe vivir desde dentro, escuchando desde lo ms íntimo de su ser la voz del Espíritu y esforzándose por ser dócil a su llamada.
En esta mañana de Pentecostés, debemos escuchar el grito de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu». Porque también hoy es verdad la convicción de los primeros cristianos: «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad».

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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