lunes, 9 de junio de 2014

15/06/2014 - La Santísima Trinidad (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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15 de jumio de 2014

La Santísima Trinidad (A)


EVANGELIO

Dios mandó su Hijo para que el mundo se salve por él.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
15 de junio de 2014
CONFIAR EN DIOS

El esfuerzo realizado por los teólogos a lo largo de los siglos para exponer con conceptos humanos el misterio de la Trinidad apenas ayuda hoy a los cristianos a reavivar su confianza en Dios Padre, a reafirmar su adhesión a Jesús, el Hijo encarnado de Dios, y a acoger con fe viva la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Por eso puede ser bueno hacer un esfuerzo por acercarnos al misterio de Dios con palabras sencillas y corazón humilde siguiendo de cerca el mensaje, los gestos y la vida entera de Jesús: misterio del Hijo de Dios encarnado.
El misterio del Padre es amor entrañable y perdón continuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con una palabra: “Padre”.
Nuestra primera actitud ante ese Padre ha de ser la confianza. El misterio último de la realidad, que los creyentes llamamos “Dios”, no nos ha de causar nunca miedo o angustia: Dios solo puede amarnos. Él entiende nuestra fe pequeña y vacilante. No hemos de sentirnos tristes por nuestra vida, casi siempre tan mediocre, ni desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante años alejados de ese Padre. Podemos abandonarnos a él con sencillez. Nuestra poca fe basta.
También Jesús nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: “No viváis con el corazón turbado. Creéis en Dios. Creed también en mí”. Jesús es el vivo retrato del Padre. En sus palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios.
Por eso, en Jesús podemos encontrarnos en cualquier situación con un Dios concreto, amigo y cercano. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, del recelo a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es solo Amor.
Acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia continua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.

Nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre: creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor. 
José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
19 de junio de 2011

EL CRISTIANO ANTE DIOS

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, sana y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.
¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.
En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.
¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.
En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.
¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.
Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
18 de mayo de 2008

DIOS AMA ESTE MUNDO

Tanto amó Dios al mundo.

Jesús puede ser considerado desde perspectivas diversas. Puede ser visto como problema histórico, gran líder religioso, un dogma, el inspirador de un camino liberador... El evangelista Juan nos invita a acogerlo como el «mejor regalo» que Dios ha hecho al mundo.
Jesús está hablando con un maestro judío, llamado Nicodemo. No conversan sobre los problemas conflictivos de la Ley judía. Jesús centra la atención en temas de los que apenas se habla en Israel: cómo «renacer» a una vida nueva, qué camino seguir para «tener vida eterna»...
De pronto Jesús pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en él: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».
¿Qué podemos sentir, al escuchar estas palabras, los hombres y mujeres de hoy, atraídos por todo bienestar inmediato y tan escépticos ante promesas lejanas de vida eterna? ¿Qué nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y luchas tan contrarios al amor?
Las palabras de Jesús destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera. Dios ha amado al «mundo», no sólo a Israel, a la Iglesia, a los cristianos... Ha enviado a su Hijo, no para «condenar», sino para «salvar», no para destruir, sino para dar vida eterna. Lo sepa o no, el mundo existe, evoluciona y progresa bajo la mirada amorosa de Dios.
Para saber algo de ese Misterio de Amor que sostiene el mundo, el mejor camino es el mismo Jesús. Acercándonos al Hijo, podemos ver, palpar e intuir cómo es el Padre con todos sus hijos. Viéndolo actuar, podemos captar cómo es el Espíritu que anima a Dios.
Todos los gestos, símbolos, palabras, doctrinas, objetivos y estrategias del cristianismo han de nacer, alimentarse y reflejar ese misterio del Amor de Dios al mundo entero. Si no es así, la religión se encierra en sí misma; el anuncio cristiano pierde en buena parte su significado más auténtico; pueden incluso inventarse prácticas, costumbres y estilos de vivir alejados de la verdad cristiana original.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
22 de mayo de 2005

VIVIR A DIOS DESDE JESÚS

Tanto amó Dios al mundo.

Los teólogos han escrito estudios profundos sobre la vida insondable de las personas divinas en el seno de la Trinidad. Jesús, por el contrario, no se ocupa de ofrecer este tipo de doctrina sobre Dios. Para él, Dios es una experiencia: se siente Hijo querido de un Padre bueno que se está introduciendo en el mundo para humanizar la vida con su Espíritu.
Para Jesús, Dios no es un Padre sin más. Él descubre en ese Padre unos rasgos que no siempre recuerdan los teólogos. En su corazón ocupan un lugar privilegiado los más pequeños e indefensos, los olvidados por la sociedad y las religiones: los que nada bueno pueden esperar ya de la vida.
Este Padre no es propiedad de los buenos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos». A todos bendice, a todos ama. Para todos busca una vida más digna y dichosa. Por eso se ocupa de manera especial por quienes viven «perdidos». A nadie olvida, a nadie abandona. Nadie camina por la vida sin su protección.
Tampoco Jesús es el Hijo de Dios sin más. Es Hijo querido de ese Padre, pero, al mismo tiempo, nuestro amigo y hermano. Es el gran regalo de Dios a la humanidad. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del cielo. Unidos a él, trabajamos por construir ese mundo más justo y humano que quiere Dios.
Por último, desde Jesús experimentamos que el Espíritu Santo no es algo irreal e ilusorio. Es sencillamente el amor de Dios que está en nosotros y entre nosotros alentando siempre nuestra vida, atrayéndonos siempre hacia el bien. Ese Espíritu nos está invitando a vivir como Jesús que, «ungido» por su fuerza, pasó toda su vida haciendo el bien y luchando contra el mal.
Es bueno culminar nuestras plegarias diciendo «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» para adorar con fe el misterio de Dios. Y es bueno santiguamos en el nombre de la Trinidad para comprometemos a vivir en el nombre del Padre, siguiendo fielmente a Jesús, su Hijo, y dejándonos guiar por su Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
26 de mayo de 2002

CON EL CORAZÓN APENADO

Tanto amó Dios al mundo.

No quiero vivir la fiesta de la Trinidad apartando la mirada del mundo. No puedo estar alegre y celebrar la «fiesta de Dios» olvidando a sus hijos e hijas, torturados, aterrorizados, violados y degradados de mil maneras. Me resulta imposible escribir algo sugerente sobre el misterio de Dios cuando llevo meses con el corazón encogido por la fuerza destructora del mal.
Necesito creer en Dios «Padre» de todos los pueblos y religiones, fuerza creadora que nos quiere bien a todos. Roca firme y sólida en quien podemos echar nuestras raíces con confianza y sin temor en estos tiempos de inseguridad y brutalidad. El «único bueno» como decía Jesús.
Necesito creer en Jesús, «Hijo de Dios» y hermano, a quien podemos asimos para no olvidar nuestra dignidad. En él descubro el rostro y el corazón de Dios. En él le siento a Dios muy cerca, torturado y crucificado junto a tantos otros. A él me quiero agarrar en estos tiempos de confusión en que se nos quiere engañar de tantas maneras.
Necesito creer en el «Espíritu transformador» de Dios que no abandona nunca a ningún ser humano. Dador de vida y defensor de todos los pobres en estos tiempos de tanta indefensión y desvalimiento. Necesito dejarme alentar por él para no caer en la desesperanza.
Quiero amar a Dios Padre amando la vida que nace de él y luchando siempre a favor de sus criaturas. Es mejor construir que destruir, es mejor hacer el bien que dañar, es mejor la paz que la guerra, es mejor acoger que rechazar, besar que no besar, ser que no ser.
Quiero amar a Jesús, Hijo de Dios encarnado, defendiendo antes que nada y por encima de todo su proyecto de vida. Jesús lo llamaba el «reino de Dios y su justicia». Un proyecto tantas veces olvidado, traicionado, desfigurado y trivializado por quienes nos decimos la «Iglesia de Jesús».
Quiero acoger al Espíritu Santo de Dios para mantener siempre mi resistencia firme ante los «amos del mundo». Quiero pensar, sentir y actuar contra sus proyectos de muerte y desprecio a los pequeños. No me puedo imaginar otra manera de vivir amando a Dios y alabando su misterio de Amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
30 de mayo de 1999

SÓLO AMOR

Tanto amó Dios al mundo.

¿Es necesario creer en la Trinidad?, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe en Dios y nuestra vida cristiana si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil
Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no sólo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. Dios no es una Sustancia suprema compacta y fría, un Ser cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Dios es un foco de amor insondable, su intimidad misteriosa es sólo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y existencia a todo no hay sino Amor. Todo lo existente viene del Amor.
El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor. «Sólo El empieza a amar sin motivos; es más, es Él quien desde siempre ha empezado a amar» (E. Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca retirará su amor y fidelidad. De El sólo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Sólo amando acertamos en la existencia.
El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente» antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no sólo para amar, sino para ser amados.
El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es cerrazón o posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por eso, el Amor de Dios no se queda en sí mismo, sino que se comunica y extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
2 de junio de 1996

DIOS MADRE

Entregó a su Hijo único.

«Que Dios te proteja y te bendiga. Que Ella te conceda su gracia.» Estas palabras, pronunciadas hace unos años al final de una celebración religiosa en Hamburgo, provocaron diversas reacciones. Para unas personas significaban una liberación, otras se sintieron desconcertadas y no pocas quedaron escandalizadas.
Sin embargo, no hay más motivos para emplear el masculino que el femenino cuando hablamos de Dios. Como ha afirmado siempre la teología, «Dios no es varón porque se hable de él como Padre, ni es mujer porque se hable de él como Madre» (S. del Cura). Dios es misterio santo que trasciende nuestro pobre lenguaje humano.
Con su habitual agudeza, C.G. Jung hizo observar que en la visión trinitaria de Dios no se sigue el esquema normal «Padre-Madre-Hijo». Por ello, Dios Padre no representa lo masculino frente a lo femenino de una Diosa Madre. El Dios cristiano es Padre y es Madre (el XI concilio de Toledo habla del «seno materno del Padre»!). No nos ha de extrañar que diccionarios teológicos recientes dediquen páginas a considerar «lo paterno» y «lo materno» en Dios.
En 1978, el Papa Juan Pablo I sorprendió a muchos con unas palabras que se recuerdan como el mejor destello de su fugaz pontificado. Esto es lo que exactamente dijo: «Dios es Padre; más aún, es Madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos el bien a todos.» Su afirmación no representaba en realidad novedad especial. Un teólogo tan poco sospechoso de «feminismo» como san Agustín se expresó así desde la cultura de su tiempo: «Dios es Padre porque crea, manda y gobierna; es Madre porque abriga, alimenta, amamanta y conserva.»
Este tipo de reflexiones no ha de llevarnos a propugnar algo así como «la religión de la Diosa» (grave error de algunas corrientes feministas), pero sí, tal vez, a superar el uso obligado y exclusivo de un lenguaje patriarcal que puede estrechar y empobrecer nuestra experiencia del Misterio santo de Dios.
Dios está por encima de cualquier lenguaje humano, pero los nombres que le damos tienen su importancia ya que de ellos depende, en buena parte, lo que representa para nosotros. Quienes tengan una visión negativa de lo femenino se resistirán a invocarlo como Madre aunque lo llamen con toda naturalidad «Roca», «Luz» o «Fuego». A otros, sin embargo, confiarse a un Dios de entrañas maternales les puede ayudar a vivir una experiencia más rica y entrañable del Misterio de Dios.
Conozco a alguien que ha recuperado de forma nueva su confianza en Dios desde que lo invoca como Padre y como Madre. Esa es la experiencia del salmista que, buscando la paz, se confiaba a Dios «como un niño en brazos de su madre» (Salmo 131, 2).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
6 de junio de 1993

PENSAR A DIOS

Que tengan vida eterna.

No pocos cristianos se representan a Dios como un ser celestial más o menos indefinido. Aunque afirman creer en Dios «Padre, Hijo y Espíritu Santo», apenas les dice nada esta manera trinitaria de pensar a Dios. Les parece una especie de «teorema divino» de carácter abstracto y poco útil. Si fuera eliminado, no lo echarían en falta.
Sin embargo, para un verdadero cristiano, nada hay tan vital y de consecuencias tan hondas como la fe en un Dios Trinidad cuya imagen llevamos impresa en nuestro mismo ser y en cuyo misterio alcanzaremos nuestro verdadero destino.
En contraposición con otras grandes religiones de la humanidad, la fe cristiana no piensa a Dios como el Absoluto cuya existencia es pura contemplación de sí mismo. Un Dios autosuficiente, vuelto hacia sí mismo, ocupado en la contemplación de su propia perfección, misterio fascinante de soledad infinita.
La manera cristiana de pensar a Dios sigue una dirección diferente. Dios no es autocomplacencia solitaria, sino amor compartido, vida diferenciada. Dios es misterio de comunicación, fuente eterna de donde brotan vida y amor infinitos.
Dios no es soledad narcisista, sino dinamismo de amor en toda su riqueza. Dios, en su realidad más profunda, es «amar» y «dejarse amar», es «dar amor» y «recibir amor», es «donación» y es «acogida». Para la fe cristiana, Dios es Misterio en el que se hace realidad de manera infinita este doble movimiento del amor.
Esta manera de pensar a Dios es determinante para la concepción cristiana del ser humano, pues, según ésta, el hombre es imagen de Dios, quien, al comunicar el ser a su criatura, le imprime el dinamismo de su amor trinitario.
Por eso, creado a imagen de Dios Padre, fuente de amor, el hombre está hecho para amar; no se saciará nunca encerrándose en sí mismo, sólo será feliz en la entrega amorosa. Creado a imagen de Dios Hijo, el hombre está llamado a recibir amor, y quien no sepa dejarse amar no será nunca verdadera y plenamente humano. Llevando en su mismo ser la impronta del Espíritu de Dios, el hombre está llamado a vivir la vida como misterio de comunión, creciendo y desarrollándose en el amor interpersonal.
Amar no es, pues, simplemente un mandato moral. El amor es lo que le constituye al hombre en su verdad más profunda. Por el contrario, una cultura narcisista, insolidaria y egoísta aleja a la humanidad de su verdadero ser.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
10 de junio de 1990

LA DANZA DE DIOS

Que tengan vida eterna...

No creo equivocarme mucho al pensar que bastantes arrinconan a Dios porque lo encuentran triste y aburrido. Más de un joven repetiría hoy en el fondo de su alma las conocidas palabras de F. Nietzsche: «Yo creería únicamente en un Dios que supiera bailar».
Lo que probablemente desconocía Nietzsche y desconocen los jóvenes de hoy es que, hace ya bastantes siglos, teólogos cristianos intuyeron a Dios como «danza gozosa de amor».
Concretamente, para expresar la comunión de vida y la expansión de amor y ternura que acontece en el Dios trinitario, los Padres griegos acuñaron un término técnico, «pericoresis», que evoca la danza de la Trinidad.
La «pericoresis» trata de sugerir el movimiento eterno de amor con el que vibran las personas divinas, la vida que circula entre ellas, el abrazo de amor en el que se entrelazan.
En la Trinidad todo es fiesta de amor, coreografía divina de belleza y júbilo transparente, comunicación gozosa de vida. Con razón decía el gran teólogo suizo K. Barth: «La Trinidad de Dios es el misterio de su belleza. Negarla es tener un Dios sin resplandor, sin alegría (¡y sin humor!), un Dios sin belleza».
Ninguna filosofía ni religión ha tenido jamás la idea de «introducir » el diálogo amoroso, la danza armoniosa, el abrazo cariñoso en Dios.
Entre ese misterio insondable de la Trinidad y nuestra vida cotidiana, penetrada toda ella, lo confesemos o no, por el deseo de amar y ser amados, hay un parentesco profundo. Somos «imagen de Dios». Estructurados desde lo más hondo de nuestro ser por la vida de la Trinidad. Llamados a ser vestigio humilde pero real de ese amor infinito.
En el fondo de toda ternura, en el interior de todo encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en la entraña de todo amor, siempre vibra el amor infinito de Dios.
Por eso, la vida del ser humano no tiene sentido sin amor. Para el hombre o la mujer, vivir significa dar, acoger y compartir vida. Vivir, en último término, es entrar en esa danza misteriosa de Dios y dejar circular su vida en nosotros.
Siempre que tratamos de encerrar a Dios en imágenes y conceptos que no pueden reflejar su «danza trinitaria», estamos desfigurando a Dios. Siempre que vivimos sin que se pueda percibir en nuestra vida el sabor y la alegría de Dios, estamos destruyendo en nosotros su imagen.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
14 de junio de 1987

EL SECRETO DE DIOS

Que tengan vida eterna.

Los grandes teólogos siempre han sido conscientes de que su lenguaje y precisiones técnicas sólo pueden acercar al hombre a Dios si van acompañados de una experiencia interior. Lo importante no es discurrir sino saborear.
Sucede aquí como con el vino. Puede un estudioso investigar todo lo que los filósofos, literatos y poetas han dicho sobre el vino. Pero, ¿qué sabe del vino al lado de aquel que lo bebe y saborea diariamente?
El misterio insondable de la Trinidad desborda infinitamente nuestra inteligencia y, sin embargo, no es algo totalmente extraño a ciertas experiencias de nuestra vida ordinaria.
Quien quiera intuir, aunque sea de manera débil e imperfecta, el secreto de Dios y saborear su misterio trinitario puede partir de una experiencia de amistad o amor verdaderos.
La razón es sencilla. Estamos creados a imagen de un Dios que es amor trinitario. Por eso, cuando experimentamos el deseo de amar y ser amados o saboreamos el gozo del amor sincero, allí se nos está ofreciendo el mejor punto de partida para vislumbrar ese amor insondable que constituye el misterio de la Trinidad.
Cuando dos seres aciertan a amarse sinceramente, salen del anonimato de la muchedumbre, se encuentran como personas y comienzan a vivir una experiencia nueva en la que pueden ser atraídos hacia el corazón mismo de Dios.
Si saben purificar su amor de posesividad, egoísmos y celos, aprenderán lo que es darse y recibir, entregarse y acoger, y, en ese intercambio recíproco de amor, podrán captar, aunque sea de manera oscura, el movimiento mismo del amor intratrinitario.
Si ahondan en su experiencia, descubrirán que en el fondo de su amor hay algo más que el amor que ellos mismos se pueden intercambiar. De alguna manera, podrán gustar el amor infinito de Dios del que hemos nacido y hacia el que caminamos todos.
En su humilde experiencia de amor o amistad podrán intuir la fuente oculta y misteriosa de la que provenimos y podrán saborear ya la dicha desbordante para la que hemos sido creados y a la que estamos destinados.
Esta fiesta de la Trinidad debería recordarnos que todo amor verdadero, por humilde que sea, tiene en su interior «sabor de Dios”. Por eso, los matrimonios cristianos y los amigos y amigas creyentes pueden gustar y celebrar el misterio del Dios trinitario en el fondo mismo de su corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
17 de junio de 1984

LA INTIMIDAD DE DIOS

Tanto amó Dios al mundo...».

Si por un imposible, la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿ cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente, no.
Por eso queda uno sorprendido ante la confesión del P. Varillon: «Pienso que si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo... En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».
La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad, estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es sólo amor, acogida, ternura.
Es quizás la conversión que más necesitan: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.
Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario. Una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad.
¿Podríamos confiar en un Dios del que sólo supiéramos que es Omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Es mejor desconfiar, ser cautos, salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad. Dinamismo de amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien sólo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente.
Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor, nos fabricamos un Dios falso, una especie de Júpiter extraño que no existe.
Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es sólo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador.
Pero una religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Sólo cuando uno intuye desde la fe que Dios es sólo AMOR y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino AMOR presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos en Cristo es que no puede no amarnos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
14 de junio de 1981

NUESTRO DIOS

El que cree en él, no será condenado.

Los hombres han tendido siempre a identificar a Dios con la imagen que de él se crean. Voltaire lo decía ya con su acostumbrada ironía: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y el hombre le ha pagado con la misma moneda».
Y sin embargo, nuestra «imagen» personal de Dios no se identifica nunca con su realidad profunda, ni debe interponerse o impedir nuestra búsqueda sincera del Dios vivo.
Los creyentes no somos siempre conscientes de que ninguna imagen tallada por nosotros en madera, en conceptos o palabras puede expresar adecuadamente la realidad última de Dios.
Nuestras «imágenes» hay que tomarlas siempre como camino y estímulo para seguir caminando al encuentro de Dios como realidad fundamental desde donde cobra sentido toda nuestra vida. Tenía razón Teilhard cuando decía que los místicos son los más realistas de los hombres.
La postura de las primeras comunidades cristianas no fue tanto el indagar la esencia de Dios cuanto el descubrir y vivir todo lo que Dios puede ser para el hombre.
Hace unos años el gran teólogo francés I. Congar hacía esta afirmación: «Tal vez la mayor desgracia del catolicismo moderno es haberse convertido en teología y catequesis sobre el «en sí» de Dios y la religión, sin insistir al mismo tiempo sobre la dimensión que todo ello encierra para el hombre».
Y ciertamente se puede constatar en la historia última de la teología una tendencia, a veces extrema, a intentar penetrar en el «misterio» de Dios, sin preocuparse demasiado de lo que ese Dios puede y debe ser para el hombre.
Y, sin embargo, lo más importante no es investigar «el mundo intra-trinitario» de Dios que «supera todo conocimiento», sino el descubrir lo que significa para nosotros el creer en un Dios que es trinidad.
Aprender a vivir en el horizonte de un Dios que es amor infinito de Padre, y descubrir, como acertadamente escribe X. Zubiri, que «el hombre consiste en estar viniendo de Dios».
Aprender a vivir siguiendo a Jesús, el Hijo de Dios y descubrir que la verdadera postura en la vida es la actitud filial ante Dios y la actitud fraterna ante los hombres.
Aprender a vivir guiados por el Espíritu de Dios que nos invita a caminar siempre por caminos de verdad, amor, justicia y paz.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
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