lunes, 26 de mayo de 2014

01/06/2014 - 7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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1 de jumio de 2014

7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)


EVANGELIO

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

+ Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a .-ellos, Jesús les dijo:
-«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
1 de junio de 2014

NO CERRAR EL HORIZONTE

Ocupados solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?
Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte, está creciendo en la sociedad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.
Por otra parte, está creciendo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el Planeta, que no es fácil mantener la fe en el ser humano.
Sin embargo, el desarrollo de la ciencia y la tecnología esta logrando resolver muchos males y sufrimientos. En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.
Pero no sería honesto olvidar que este desarrollo prodigioso nos va “salvando” solo de algunos males y de manera limitada. Ahora precisamente que disfrutamos cada vez más del progreso humano, empezamos a percibir mejor que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anhela y busca.
¿Quién nos salvará del envejecimiento, de la muerte inevitable o del poder extraño del mal? No nos ha de sorprender que muchos comiencen a sentir la necesidad de algo que no es ni técnica ni ciencia ni doctrina ideológica. El ser humano se resiste a vivir encerrado para siempre en esta condición caduca y mortal.
Sin embargo, no pocos cristianos viven hoy mirando exclusivamente a la tierra, Al parecer, no nos atrevemos a levantar la mirada más allá de lo inmediato de cada día. En esta fiesta cristiana de la Ascensión del Señor quiero recordar unas palabras del aquél gran científico y místico que fue Theilhard de Chardin: “Cristianos, a solo veinte siglos de la Ascensión, ¿qué habéis hecho de la esperanza cristiana?”.
En medio de interrogantes e incertidumbres, los seguidores de Jesús seguimos caminando por la vida, trabajados por una confianza y una convicción. Cuando parece que la vida se cierra o se extingue, Dios permanece. El misterio último de la realidad es un misterio de Bondad y de Amor. Dios es una Puerta abierta a la vida que nadie puede cerrar.

José Antonio Pagola


HOMILIA

2010-2011 -
5 de junio de 2011

ESCUELA DE JESÚS

La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿Dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿Qué es lo importante en estos momentos? ¿Qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿Hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?
Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.
Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?
El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.
Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.
La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.
Mateo entiende la comunidad cristiana como una "escuela de Jesús". Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
4 de mayo de 2008

HACER DISCÍPULOS DE JESÚS

Haced discípulos.

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.
El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los debe llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es eso precisamente lo que han de seguir trasmitiendo.
Entre los discípulos hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda, quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él, no vacilarán.
Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina». No es sólo «anunciar al resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»..., pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús, que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él, son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean sólo dos o tres.
Así es la comunidad cristiana. La fuerza del resucitado lo llena todo con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir corno Jesús y desde Jesús. El sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo... humanizando la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
8 de mayo de 2005

PACIENCIA

Yo estoy con vosotros

La Ascensión es para el creyente una llamada a «seguir esperando» a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. A lo largo de la vida podemos sentir una doble tentación: o bien desistir de la marcha porque el camino nos resulta demasiado fatigoso, o bien anticipar la llegada a la meta porque el camino se nos hace demasiado largo.
La Ascensión es un buen día para escuchar la exhortación de la Carta de Santiago: « Tened paciencia hasta que llegue el día del Señor». Hoy se habla poco de la paciencia. Tenemos miedo de caer en una postura de resignación o debilidad, indigna del ser humano. Olvidamos que, según S. Pablo, la paciencia engendra esperanza (Rom 5, 4).
Naturalmente, hemos de entenderla bien, pues la paciencia no consiste en adoptar una postura de «dimisión» ante la vida. Al contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Pero en nuestros días hemos de recordar, sobre todo, que la paciencia se opone a esa prisa y ansiedad que nos hacen vivir inquietos y agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia donde.
Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.
Es peligrosa «la huida hacia adelante» del impaciente que adopta siempre las posiciones que cree mas progresistas sólo para sacudirse de encima el pasado, que se casa cuanto antes sólo por alejarse del hogar paterno o que busca un nuevo amor sólo por olvidar mejor su anterior fracaso amoroso.
Hemos de aprender a recorrer pacientemente nuestro propio camino. Un camino único y original. Con sus gozos y sus tristezas, sus logros sus fracasos, sus momentos buenos y sus momentos malos. Recordemos los versos llenos de fe y de verdad de León Felipe. «Nadie fue ayer ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios».
En ese caminar, los creyentes sabemos que no estamos solos. Nos acompaña el Resucitado. Su presencia nos sostiene, sus palabras nos llenan de nuevo aliento: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
12 de mayo de 2002

SALVACIÓN

Yo estoy con vosotros.

Hay dos hechos que todos podemos comprobar cada uno a nuestra manera. Por una parte, está creciendo en la sociedad moderna la expectativa y el deseo de un futuro mejor. No nos contentamos con cualquier cosa. Queremos algo diferente. El mundo debería ser más digno, más justo, más humano y feliz para todos.
Al mismo tiempo, está creciendo el desencanto, el escepticismo y hasta el miedo ante el futuro. Vamos viendo a lo largo de la vida tantos sufrimientos absurdos en las personas y en los pueblos, tanta injusticia y abuso, tantas guerras y miserias que no es fácil mantener la esperanza.
El ser humano ha logrado resolver muchos males y sufrimientos valiéndose de la ciencia y de la técnica. En el futuro logrará éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en la mente humana para desarrollar el bienestar físico, psíquico y social.
Sin embargo, este desarrollo nos va «salvando» sólo de algunos males y de manera muy limitada. Ahora que disfrutamos más de los avances de la ciencia, empezamos a ver con más claridad que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anda buscando. Hay cosas que nunca logrará resolver la técnica, y los científicos lo saben mejor que nadie: tener que envejecer, no poder escapar de la muerte, el poder extraño del mal. La historia es muy obstinada y sigue generando una y otra vez sufrimiento, intolerancia, guerras y muerte.
Después de una conferencia que he tenido recientemente en una ciudad española sobre «El sentido de la fe hoy», alguien manifestó que el hombre actual no necesita ya de ningún Dios «salvador». Otro me indicó que hablar de la «salvación de Dios», además de falso y anacrónico, es hoy una ideología ofensiva para el hombre moderno.
Comprendo estas posiciones pero no me pueden convencer. Son muchos los que reclaman «algo» que no es técnica, ni ciencia, ni doctrina ideológica. Algo o alguien donde poder poner su esperanza última. El cristiano puede vivir lleno de dudas e incertidumbres, pero vislumbra dónde está la salvación final. Es lo que hoy nos recuerda la fiesta de la Ascensión de Jesús a la vida eterna del Padre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
16 de mayo de 1999

AMOR Y FIESTA

Yo estoy con vosotros.

A lo largo de los siglos se han divulgado formas muy diversas de «imaginar» el cielo. A veces se ha considerado el paraíso como una especie de «país de las maravillas», situado más allá de las estrellas, el «happy end» de la película terrestre, olvidando prácticamente a Dios como fuente del cumplimiento definitivo del ser humano.
Otras veces, por el contrario, se ha insistido casi exclusivamente en la «visión beatífica de Dios», como si la contemplación de la esencia divina excluyera o hiciera superflua toda otra felicidad o experiencia placentera que no fuera la comunicación de Dios con las almas.
Se habla también con frecuencia de la «paz eterna» que expresa bien el fin de las fatigas de esta vida, pero que puede reducir indebidamente el rico contenido de la plenitud final a una experiencia inerte, monótona y poco atractiva.
La teología contemporánea es muy sobria al hablar del cielo. Los teólogos se cuidan mucho de describirlo con representaciones ingenuas. Nuestra plenitud final está más allá de cualquier experiencia terrestre aunque la podemos evocar, esperar y anhelar como el fascinante cumplimiento en Dios de esta vida que hoy alienta en nosotros. Los teólogos acuden, sobre todo, al lenguaje del amor y de la fiesta.
El amor es la experiencia más honda y plenificante del ser humano. Poder amar y poder ser amado de manera íntima, plena, libre y total: ésa es la aspiración más radical que espera cumplimiento pleno. Si el cielo es algo, ha de ser experiencia plena del amor: amar y ser amados, conocer la comunión gozosa con Dios y con las criaturas, experimentar el gusto de la amistad y el éxtasis del amor en todas sus dimensiones.
Pero, «donde se goza el amor nace la fiesta». Sólo en el cielo se cumplirán plenamente estas palabras de san Ambrosio de Milán. Allí será «la fiesta del amor reconciliador de Dios». La fiesta de una creación sin muerte, rupturas ni dolor; la fiesta de la amistad entre todos los pueblos, razas, religiones y culturas; la fiesta de las almas y de los cuerpos; la plenitud de la creatividad y de la belleza; el gozo de la libertad total.
Los cristianos de hoy miramos poco al cielo. No sabemos levantar nuestra mirada más allá de lo inmediato de cada día. No nos atrevemos a esperar mucho de nada ni de nadie, ni siquiera de ese Dios revelado como Amor infinito y salvador en Cristo resucitado. Lo decía Teilhard de Chardin hace unos años: «Cristianos, a sólo veinte siglos de la Ascensión, ¿ qué habéis hecho de la esperanza cristiana?»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
19 de mayo de 1996

OLVIDO DEL CIELO

Yo estoy con vosotros.

Un hombre se pierde cuando pierde su centro. Un hombre no vive cuando no se toma tiempo para vivir. Un cristiano no sabe por qué es cristiano cuando no disfruta de su fe. Un cristiano se pierde cuando pierde el horizonte de un Dios Salvador y no espera ni recuerda nunca la felicidad eterna.
Hay algo nuclear en la fe cristiana. Se puede formular así en pocas palabras: Lo más importante, lo más decisivo de la vida está siempre a salvo, bajo la misericordia infinita de Dios. Aun cuando todo se hunda, Dios está ahí, Roca última de salvación.
El creyente camina por la vida trabajado por esta convicción: cuando no tienes ya a nadie que te ayude, cuando no ves ninguna otra salida, cuando la vida se cierra o se extingue, Dios está siempre ahí. Para él nadie está definitivamente perdido. Su fidelidad y su bondad están por encima de todo, por encima incluso de nuestra mediocridad y falta de fe, por encima de la misma muerte. Desde Cristo resucitado nos llegan estas palabras consoladoras: «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar» (Ap 3, 8).
Esta fe no le quita dureza a la vida. No dispensa al cristiano del sufrimiento y las penalidades de la existencia. Todo parece seguir igual. Los problemas siguen ahí como siempre. Sin embargo, todo cambia porque se puede «esperar contra toda esperanza». En medio de la incertidumbre y la desgracia se puede entrever en el horizonte la Bondad salvadora de Dios.
Una de las mayores carencias de nuestro modo actual de vivir la fe es posiblemente el olvido del cielo. No hace mucho exponía yo la visión cristiana del cielo en dos ciudades diferentes (Santander y San Sebastián). En ambos lugares percibí en los oyentes una atención e interés inusitados. Al final de la exposición fueron bastantes las personas que se me acercaron para expresarme la misma queja: «Por qué hemos olvidado tanto el cielo?, ¿por qué se habla tan poco de la felicidad eterna?, ¿por qué se nos priva del gozo que genera la esperanza en la salvación última de Dios?»
Ocupados sólo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra vida perdiendo el anhelo de felicidad eterna. Grave error. En el relato de la Ascensión del Señor, dos hombres vestidos de blanco se dirigen a los discípulos con estas palabras: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» (Hch 1, 11). El redactor quiere, sin duda, alertar a los cristianos del riesgo de vivir la fe soñando en el cielo sin comprometerse día a día en la tierra. Hoy probablemente necesitamos escuchar también lo contrario: «Creyentes del siglo veinte, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
23 de mayo de 1993

UN ARTE DIFICIL

Yo estoy con vosotros.

El hombre contemporáneo no sabe cómo morir. Ya no acierta a vivir la muerte desde la fe religiosa de hace algunos años, pero todavía no ha aprendido una actitud nueva y digna ante el propio morir.
Hay quienes mueren de manera solitaria. Viven para sí solos y mueren para sí solos. Son personas que, al perder el sentido hondo de la vida, han perdido también el sentido de la muerte. Mejor morir de manera rápida e inconsciente.
Hay también quienes esperan la muerte como la extinción definitiva de todo. No es fácil. La muerte no deja de ser un misterio. El último y más decisivo. Por eso, se viven los últimos momentos buscando al máximo la distracción. Enfermo y familiares hablan de todo, se ocupan de mil detalles. Nadie se atreve a afrontar lo inevitable.
Algunos parecen adoptar una actitud entre nihilista y escéptica. Es famosa la frase de Rabelais ya moribundo: Me voy a buscar el gran «quizá». Algo semejante. Se piensa que, tal vez, haya algo después de la muerte, pero no se sabe cómo adentrarse hacia ese gran «quizá».
H. Küng sugería hace unos años que tendría que darse otra vez algo así como un «ars moriendi» (un arte de morir), no al estilo de aquellos libros difundidos en las épocas de grandes epidemias y en el ambiente fúnebre de la baja Edad Media, pero sí un «arte de morir» impregnado de sentido humano. ¿Por qué no va a ser posible morir de una forma distinta, no sin dolores y preocupaciones, pero sí desde una confianza básica?
Personalmente estoy convencido de que no hay una manera más humana de morir que la de quien se despide dando gracias por la vida (a pesar de todo lo malo) y pidiendo perdón por tanta mediocridad y miseria que lleva uno consigo. Más aún. Pienso que toda persona, cualquiera que haya sido su trayectoria religiosa o moral, puede morir abandonándose confiadamente al Misterio último de la existencia.
El creyente vive esto desde la fe en Dios. No se abandona a la oscuridad, al vacío o la nada. Se confía a un Padre. En El está la última verdad. «El es el único que me ama tal como soy. Vuelvo a El. Ahora seré plenamente comprendido, liberado de la culpa, definitivamente aceptado y perdonado.»
Esta fe no elimina sin más el temor o la oscuridad. Pero pone sentido, luz y esperanza en el morir del ser humano. «Cuando se quiebran todas las garantías, soportes y puentes con los que tratamos de asegurar nuestra vida, cuando no encontramos suelo ninguno bajo nuestros pies y nos hundimos en la inconsciencia total, cuando ya no podemos tener relaciones con ningún semejante y ningún semejante con nosotros, entonces la fe se revela como lo que, por su propia naturaleza, siempre es o debería ser: un abandono exclusivamente a Dios» (Heinz Zahrnt).
La Ascensión no es sólo la fiesta de la esperanza cristiana. Es una fiesta que nos invita a todos a dar un sentido más humano y esperanzado a nuestro morir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
27 de mayo de 1990

PACIENCIA

Yo estoy cotí vosotros.

La Ascensión es para el creyente una llamada a «seguir esperando» a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo.
A lo largo de la vida podemos sentir una doble tentación: o bien desistir de la marcha porque el camino nos resulta demasiado fatigoso, o bien anticipar la llegada a la meta porque el camino se nos hace demasiado largo.
La Ascensión es un buen día para escuchar la exhortación de la Carta de Santiago: «Tened paciencia hasta que llegue el día del Señor».
Hoy se habla poco de la paciencia. Tenemos miedo de caer en una postura de resignación o debilidad, indigna del ser humano. Olvidamos que, según S. Pablo, la paciencia engendra esperanza (Rm 5,4).
Naturalmente, hemos de entenderla bien, pues la paciencia cristiana no consiste en adoptar una postura de «dimisión» ante la vida. Al contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años.
Pero en nuestros días hemos de recordar, sobre todo, que la paciencia se opone a esa prisa y ansiedad que nos hacen vivir inquietos y agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia donde.
Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.
Es peligrosa «la huida hacia adelante» del impaciente que adopta siempre las posiciones que cree más progresistas sólo para sacudirse de encima el pasado, que se casa cuanto antes sólo por alejarse del hogar paterno o que busca un nuevo amor sólo por olvidar mejor su anterior fracaso amoroso.
Hemos de aprender a recorrer pacientemente nuestro propio camino. Un camino único y original. Con sus gozos y sus tristezas, sus logros y sus fracasos, sus momentos buenos y sus momentos malos.
Recordemos los versos llenos de fe y de verdad de León Felipe: «Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios».
En ese caminar, los creyentes sabemos que no estamos solos. Nos acompaña el Resucitado. Su presencia nos sostiene, sus palabras nos llenan de nuevo aliento: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
31 de mayo de 1987

UN TREN EXTRAÑO

Hasta el fin del mundo.

Erase una vez un tren lleno de viajeros que corría veloz sin detenerse jamás.
Dentro del tren, todo era movimiento, ruido y agitación. Los viajeros se instalaban cada uno a su manera y procuraban organizarse su viaje lo mejor posible. Lo sorprendente era que ninguno de ellos sabía a dónde se dirigía.
Eran frecuentes dentro del tren las disputas y enfrentamientos pues casi todos luchaban por viajar en los coches de primera y se disputaban los asientos más cómodos y seguros. Aunque nadie conocía exactamente hacia dónde corría el tren.
Mientras tanto, eran bastantes los que aprovechaban el viaje para montarse su propio negocio. En el tren se vendían y compraban toda clase de objetos, ingenios y juguetes para hacer más cómodo y agradable el trayecto. A veces, todo el tren parecía una gran feria o mercado ambulante. Nadie conocía, sin embargo, el destino último del tren.
Algunos, los menos, se interesaron por estudiar la estructura y el funcionamiento del tren. Con esfuerzo y constancia admirables llega ron a desentrañar muchos secretos de su maquinaria y aprendieron a aprovechar mucho mejor sus resortes. Sin embargo, no podían adivinar hacia dónde se dirigía aquella máquina tan poderosa y bella.
La mayoría buscaba algún pasatiempo para hacer más soportable el viaje. Bastantes se entretenían ante la pantalla de un “video”. Algunos ojeaban aburridos las revistas de siempre con las noticias y reportajes de siempre. Otros dormitaban en sus asientos. A nadie parecía preocuparle el final del viaje.
Con el tiempo, se fue imponiendo dentro del tren una consigna extraña. Los viajeros se dijeron unos a otros: “Puesto que no sabemos a dónde se dirige el tren, no pensemos más en ello. No nos preguntemos cuál es nuestro destino final. Sin duda, viajaremos más tranquilos”.
Y la consigna se fue extendiendo y, dentro del tren, ya nadie preguntaba por el destino último del viaje y, cuando alguno lo hacía, los demás lo miraban con extrañeza y algunos, tal vez, con sonrisa burlona: Acaso, ¿no es lo más normal viajar sin preguntarse hacia dónde nos dirigimos?
En esta fiesta de la Ascensión y después de leer esta parábola, sólo una pregunta: ¿Es sensato vivir sin preguntarnos nunca por la última meta de nuestra vida?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
3 de junio de 1984

EL GRAN SECRETO

Sabed que yo estoy con vosotros.

Jesús no es un difunto. Es alguien vivo que ahora mismo está presente en el corazón de la historia y en nuestras propias vidas.
No hemos de olvidar que ser cristiano no es admirar a un personaje del pasado que con su doctrina puede aportarnos todavía alguna luz sobre el momento presente. Ser cristiano es encontrarse ahora con un Cristo lleno de vida cuyo Espíritu nos hace vivir.
Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en el corazón de los creyentes estas últimas palabras del resucitado: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el resucitado como compañero único de existencia.
Día a día, él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a cada uno de nosotros.
El está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. El infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte.
El nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva.
El nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. El nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir.
El nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices.
En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento. No puede haber lugar para la desesperanza. Esta fe no nos dispensa del sufrimiento ni hace que las cosas resulten más fáciles. Pero es el gran secreto que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza. El resucitado está con nosotros.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
31 de mayo de 1981

ESTOY CON VOSOTROS

Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo.

Mateo no ha querido terminar su narración evangélica con el relato de la Ascensión. Su evangelio, redactado en condiciones difíciles y críticas para las comunidades creyentes, pedía un final diferente al de Lucas.
Una lectura ingenua y equivocada de la Ascensión podía crear en aquellas comunidades la sensación de orfandad y abandono, ante la partida definitiva de Jesús.
Por eso, Mateo terminará su evangelio con una frase inolvidable de Jesús resucitado: «Sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Esta es la fe que ha animado a las comunidades cristianas desde sus comienzos. No estamos solos, perdidos en medio de la historia, abandonados a nuestras propias fuerzas y a nuestro pecado. El está con nosotros.
En momentos como los que estamos viviendo los creyentes hoy, es fácil caer en lamentaciones, desalientos y derrotismo. Se diría que hemos olvidado algo que necesitamos urgentemente recordar: El está con nosotros.
Los teólogos reunidos con ocasión del Concilio Vaticano II constataban unánimes la falta de una verdadera teología de la presencia de Cristo en la Iglesia. Una preocupación equivocada por defender y precisar la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, ha empobrecido, sin duda, la fe en una actuación viva y profunda del Señor resucitado en toda la comunidad cristiana.
Sin embargo, para los primeros creyentes, Jesús no es un personaje del pasado, un difunto a quien se venera y da culto, sino alguien vivo, que anima, vivifica y llena con su espíritu a la comunidad creyente.
Cuando dos o tres creyentes se reúnen en su nombre, allí está él en medio de ellos. Los encuentros de los creyentes no son asambleas vacías de hombres huérfanos que tratan de alentarse unos a otros. En medio de ellos está el resucitado, con su aliento y fuerza dinamizadora. Olvidarlo es arriesgarnos a debilitar de raíz nuestra esperanza.
Pero, todavía hay algo más. Cuando nos encontramos con un hombre necesitado, despreciado y abandonado, nos estamos encontrando con aquel que quiso solidarizarse con ellos de manera radical.
Por eso, nuestra adhesión actual a Cristo en ningún lugar se verifica mejor que en la ayuda y solidaridad con el necesitado. «Cuanto hicisteis a uno de estos pequeños me lo hicisteis a mí».

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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