lunes, 30 de junio de 2014

06/07/2014 - 14º domingo Tiempo ordinario (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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6 de julio de 2014

14º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Soy manso y humilde de corazón.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
-«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
6 de julio de 2014

TRES LLAMADAS DE JESÚS

El evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en algunos sectores de nuestras comunidades.
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente, han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón continuo de Dios. Si se encuentran con Jesús, se sentirán aliviados.
Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús, aprenderán a vivir a gusto con Dios. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino por atracción.
“Cargad con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera”. Es la segunda llamada. Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil encontrar un modo más apasionante de vivir.
Jesús libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad, no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia las leyes y preceptos. Nos invita a vivir haciendo el bien.
“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso”.
Es la tercera llamada. Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida. La hace más clara y más sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus seguidores algo que él no haya vivido. Nos invita a seguirlo por el mismo camino que él ha recorrido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.
Hemos de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en tantos hombres y mujeres necesitados de aliento, descanso y paz. Me entristece ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven “perdidos”, sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
3 de julio de 2011

EL PUEBLO SENCILLO

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.
Los más desvalidos  buscaban su bendición: junto a Jesús  sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.
El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.
La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los  maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.
Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».
También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.
Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
6 de julio de 2008

TRES LLAMADAS DE JESÚS

Venida mí.

Un día Jesús sorprendió a todos dando gracias a Dios por su éxito con la gente sencilla de Galilea y por su fracaso entre los maestros de la ley, escribas y sacerdotes. «Te doy gracias, Padre... porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». A Jesús se le ve contento. «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Esa es la manera que tiene Dios de revelar sus «cosas».
La gente sencilla e ignorante, los que no tienen acceso a grandes conocimientos, los que no cuentan en la religión del templo, se están abriendo a Dios con corazón limpio. Están dispuestos a dejarse enseñar por Jesús. El Padre les está revelando su amor a través de él. Entienden a Jesús como nadie.
Sin embargo, los «sabios y entendidos» no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. Creen saberlo todo. No aprenden nada nuevo de Jesús. Su visión cerrada y su corazón endurecido les impiden abrirse a la revelación del Padre a través de su Hijo.
Jesús termina su oración, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Viven oprimidos por los poderosos de Séforis y Tiberíades, y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que le ofrecen los «entendidos» la hacen todavía más dura y difícil. Jesús les hace tres llamadas.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que sienten la religión como un peso, los que viven agobiados por doctrinas que les impiden captar la alegría de la salvación. Si se encuentran vitalmente con Jesús, experimentarán un alivio inmediato: «Yo os aliviaré».
«Cargad con mi yugo... porque es llevadero y mi carga ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los «sabios y entendidos» pues no es llevadero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exige menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera de lo que hace daño a las personas.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hay que aprender a cumplir la ley y vivir la religión con su espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más simple y humilde. No oprime, libera para vivir de manera más digna y humana. Es un «descanso» encontrarse con él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
3 de julio de 2005

APRENDER DE LOS SENCILLOS

Las has revelado a la gente sencilla.

Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.
Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle, intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.
La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo nunca sacerdotes, escribas o maestros de la ley.
Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría, le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».
Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el Evangelio.
Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Sólo dos preguntas: ¿Por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta más oscuro y más complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
7 de julio de 2002

NO BASTA

Yo os aliviaré.

Hay cansancios típicos en la sociedad actual que no se curan con las vacaciones. No desaparecen por el mero hecho de irnos a descansar unos días. La razón es sencilla. Las vacaciones pueden ayudar a rehacemos un poco, pero no pueden darnos el descanso interior, la paz del corazón y la tranquilidad de espíritu que necesitamos.
Hay un primer cansancio que proviene de un activismo agotador. No respetamos los ritmos naturales de la vida. Hacemos cada vez más cosas en menos tiempo. De un día queremos sacar dos. Vivimos acelerados, en desgaste permanente, deshaciéndonos cada día un poco más. Ya llegarán las vacaciones para «cargar pilas».
Es un error. Las vacaciones no sirven para resolver este cansancio. No basta «desconectar» de todo. A la vuelta de vacaciones todo seguirá igual. Lo que necesitamos es no acelerar más nuestra vida, imponernos un ritmo más humano, dejar de hacer algunas cosas, vivir más despacio y de manera más descansada.
Hay otro tipo de cansancio que nace de la saturación. Vivimos un exceso de actividades, relaciones, citas, encuentros, comidas. Por otra parte, el contestador automático, el móvil, el ordenador, el correo electrónico facilitan nuestro trabajo, pero introducen en nuestra vida una saturación. Estamos en todas partes, siempre localizables, siempre «conectados». Ya llegarán las vacaciones para «desaparecer» y «perdernos».
Es un error. Lo que necesitamos es aprender a «ordenar» nuestra vida: elegir lo importante, relativizar lo accidental, dedicar más tiempo a lo que nos da paz interior y sosiego.
Hay también un cansancio difuso, difícil de precisar. Vivimos cansados de nosotros mismos, hartos de nuestra mediocridad, sin encontrar lo que desde el fondo anhela nuestro corazón. ¿Cómo nos van a curar unas vacaciones? No es superfluo escuchar las palabras de Jesús: «Venid aquí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré». Hay una paz y un descanso que sólo se puede encontrar en el misterio de Dios acogido en Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
4 de julio de 1999

EL ARTE DE DESCANSAR

Venid a mí todos los que estáis cansados.

Somos muchos los que vivimos sometidos a un ritmo duro de trabajo que nos va desgastando a lo largo de los meses. Por eso, al llegar esta época veraniega, todos buscamos de una manera u otra, un tiempo de descanso que nos ayude a liberarnos de la tensión, el agobio, el desgaste y la fatiga que hemos ido acumulando a lo largo de los días.
Pero, ¿qué es descansar? ¿Es suficiente recuperar nuestras fuerzas físicas, tomando el sol durante horas y más horas junto a la orilla de cualquier mar? ¿Basta con olvidar nuestros problemas y conflictos sumergiéndonos en el ruido de nuestras fiestas y verbenas? Al retomo de las vacaciones, más de uno siente en su interior la sensación de haberlas perdido. Y es que también en vacaciones podemos caer en la tiranía de la agitación, el ruido, la superficialidad y la ansiedad del disfrute fácil y agotador. No todos saben descansar. Y quizás el hombre moderno necesita urgentemente iniciarse en el arte del verdadero descanso.
Necesitamos, antes que nada, encontramos más profundamente con nosotros mismos y buscar el silencio, la calma y la serenidad que tantas veces nos faltan durante el año, para escuchar lo mejor que hay dentro de nosotros y a nuestro alrededor.
Necesitamos recordar que una vida intensa no es una vida agitada. Queremos tenerlo todo, acapararlo y disfrutarlo todo. Y nos hacemos rodear de mil cosas superfluas e inútiles que ahogan nuestra libertad y espontaneidad.
Necesitamos redescubrir la naturaleza, contemplar la vida que brota cerca de nosotros, detenemos ante las cosas pequeñas y las gentes sencillas y buenas. Experimentar que la felicidad tiene poco que ver con la riqueza, los éxitos y el placer fácil.
Necesitamos recordar que el sentido último de la vida no se agota en el esfuerzo, el trabajo y la lucha. Por el contrario, se nos revela con más claridad en la fiesta, el gozo compartido, la amistad y la convivencia fraterna.
Pero necesitamos, además, enraizar nuestra vida en ese Dios «amigo de la vida», fuente del verdadero y definitivo descanso. ¿Puede descansar el corazón del ser humano sin encontrarse con Dios? Escuchemos con fe las palabras de Jesús: «Venid a mí todos tos que estáis fatigados y agobiados, y yo os haré descansar

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
7 de julio de 1996

GENTE SENCILLA

Las has revelado a gente sencilla.

Fue hace muchos años en L’École Biblique de Jerusalén. Un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día, llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: « Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11, 25). El profesor hizo un largo silencio. Después, nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás pueden olvidar.» Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca.
Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así. Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces, una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión, he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Al mismo tiempo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen en seguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro.»
Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el círculo de la utilidad. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males, saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como éste del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios... Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero... No temas que estoy contigo» (Is 43, 4); o pronunciaba el salmo 103: «Como un padre siente ternura para con sus hijos, así siente ternura el Señor para quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos barro» (Sal 103, 13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
4 de julio de 1993

VERANO

Venid a mí todos los que estáis cansados.

Ya estamos en verano. Y todos nos disponemos a buscar, de alguna manera, ese descanso que nos reponga de las tensiones y desgastes que hemos ido acumulando a lo largo del año. Sin embargo, no todas las personas saben descansar. Hay quienes terminan las vacaciones con el ánimo crispado y el cuerpo maltrecho. Descansar es un arte que hay que aprender.
Antes que nada, hemos de valorar el descanso y el ocio por sí mismos. Configurados por «la sociedad del rendimiento», podemos llegar a pensar que la vida pierde todo su sentido en el momento en que deja de ser rentable. Hay personas que siempre tienen que estar haciendo algo útil. Sólo «descansan» para volver a trabajar, pues el trabajo es lo único importante en sus vidas. Por eso, incluso en vacaciones, tienden a seguir haciendo lo que hacen durante el resto del año.
Sin embargo, las vacaciones son para vivirlas a pleno pulmón, gozando del hecho de poder disfrutarlas y no sólo como un merecido descanso, sino como apertura a nuevos valores y recreación de nuestra vida.
El descanso vivido plenamente nos permite recuperar la paz y armonía interior. Volver a ser más dueños de nosotros mismos, liberarnos de preocupaciones y prisas que ahogan nuestro ser. Se trata de experimentar ese «puro vivir» del que habla P Laín Entralgo, en el que «el cuidado ha sido enteramente sustituido por el gozo».
Ese descanso liberador nos hace más receptivos y contemplativos. En el ocio nos conocemos a nosotros mismos de otra manera. Podemos escuchar mejor lo que hay dentro de nosotros; tomar conciencia más viva de lo que somos y de lo que la vida nos pide; poner las bases para una vida más equilibrada y digna.
El ocio ayuda también a entrar en comunión más profunda con las cosas y con la naturaleza, al sustituir el punto de vista de la utilidad por el disfrute. Cuando uno olvida la prisa, disfruta del silencio, recorre a pie los caminos, contempla plácida- mente la puesta del sol o se recrea en las aguas del mar, experimenta la vida como un regalo precioso que nunca sabremos agradecer lo suficiente.
No es difícil entonces percibir la presencia misteriosa de ese Dios cuyo amor atento y solícito vela por esta creación y por esta humanidad que sólo busca descanso y vida eterna. Se entienden las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.» ¿Puede de verdad descansar el corazón del ser humano sin reconciliarse con Dios, su Amigo?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
8 de julio de 1990

LA «BERAKAH»

Te doy gracias, Padre...

Entre las oraciones de Jesús recogidas por la tradición una de las más bellas es, sin duda, este grito espontáneo de gozo, admiración y agradecimiento que sale de sus labios: «Yo te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has descubierto a la gente sencilla».
Los exégetas descubren en estas palabras de Jesús una «berakah» o «bendición a Yahvé», que es la oración más típica de la espiritualidad judía.
En su forma más sencilla, la «berakah» es un grito de admiración, «¡Bendito sea Yahve!» (Baruk Yahveh) al que sigue una exposición del motivo que provoca la acción de gracias.
Para el creyente israelita, todo puede ser motivo de «berakah», es decir, de alabanza y acción de gracias: el despertar y el atardecer, el calor bienhechor del sol y las lluvias de primavera, el nacimiento del hijo y la muerte serena del anciano, el regalo de la vida y el disfrute de la liturgia del templo.
Estas «berakah» que acompañan la vida cotidiana del judío, desde que se despierta hasta que se acuesta, crean todo un estilo de vida donde la acción de gracias y la alabanza ocupan un lugar central.
Tal vez, una de las desgracias del cristianismo sea el haber perdido, en gran parte, el talante y la actitud religiosa que entraña la «berakah» judía. De hecho, la religión de bastantes cristianos se alimenta más del miedo que de la admiración y la alabanza.
Cuando Dios es percibido como un ser amenazador y temible ante el cual lo mejor es protegerse, el miedo a ese Dios provoca una religión donde lo más importante es mantenerse puros ante El, no transgredir sus mandatos, expiar nuestros pecados y asegurarnos así la salvación.
Cuando, por el contrario, Dios es captado como amor infinito y misterio fascinante, la admiración ante ese Dios suscita una vivencia religiosa en la que predominan la alabanza, la acción de gracias y el reconocimiento gozoso.
La plegaria eucarística, nacida de la «berakah» Judía, está toda ella fundamentada en la admiración, la alabanza y la acción de gracias. No se habla en ella de recompensas ni de castigos. Su lenguaje no es el de la utilidad o el pragmatismo. Desde el comienzo se nos invita a levantar el corazón y dar gracias a Dios.
Por eso, X. Basurko, en un sugerente capítulo de su obra «Compartir el pan. De la misa a la eucaristía», ve en la plegaria eucarística «una escuela para el aprendizaje existencial de la gratuidad». Celebrando la eucaristía hemos de aprender a despertar en nosotros la admiración, el gozo y la alabanza por el regalo inmenso de la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
5 de julio de 1987

ENCONTRAREIS DESCANSO

Venid a mí todos los que estáis cansados.

Es algo hoy muy generalizado pensar que “lo interior» no aporta nada y uno puede prescindir de ello sin ningún problema.
Y cuando un error es aceptado de manera casi indiscutible en la sociedad no es tan fácil descubrirlo. Sin embargo, basta abrir los ojos y observar la vida de muchas personas para ver lo engañados que estamos.
Cuántos hombres y mujeres funcionan exactamente como esos juguetes que se mueven impulsados por una cuerda o unas pilas. No se dan apenas cuenta de que, al perder su interioridad, su vida se ha ido mecanizando y empobreciendo.
Son personas dirigidas desde fuera. Al vivir sin alma, su existencia se ha ido reduciendo poco a poco a movimiento, agitación, reacciones que responden a estímulos externos.
Viven de fórmulas y consignas. Juegan a renovarse pero, secretamente, se sienten viejas y aburridas. Tal vez, su única aspiración hoy es aguantar y sobrevivir.
Qué espectáculo tan penoso el que ofrece la vida de tantas personas reducida a puro reflejo, una especie de tic nervioso repetido una y otra vez de manera casi mecánica. Hacen y vuelven a hacer lo mismo sin contenido personal, sin calor, sin hondura ni creatividad.
Desposeídos de sí mismos, hablan, ríen y gozan aparentemente como una persona de verdad, pero están desconectados de la fuente interior de la vida y no conocen la alegría y la paz del que vive desde las raíces del ser.
Para sentirse vivos, necesitan hacer cosas útiles y disfrutar de estímulos cada vez más intensos o excitantes, aunque algo les dice que su vida se va embotando y deteriorando casi sin remedio. Se diría que se sienten cansados de casi todo.
Cuando una persona está viviendo este proceso de desinteriorización, no basta para recuperar la vida, «tomarse unas buenas vacaciones” y «cargar de nuevo las pilas».
Se necesita aprender a vivir de otra manera. Detenerse y tomarse un tiempo para encontrarse con uno mismo. Recuperar la unidad espiritual. Bajar con paz al centro mismo de nuestra vida. Abrirse con confianza a Dios. No tener miedo a encontrarnos a solas con El.
Hay un descanso y una paz que muchos hoy no pueden sospechar. Están reservados a gente sencilla. Hombres y mujeres que sepan escuchar las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
8 de julio de 1984

ENCONTRAR DESCANSO

Venid a mí todos los que estáis cansados...

Somos algo mucho más importante que nuestro trabajo, oficio, cargo o profesión. Somos seres humanos hechos para vivir, amar, reír, ser.
Por eso, en contra de lo que muchos puedan pensar, «descansar» no es tan fácil. Porque no es divertirse dando rienda suelta al consumo, ni «hacer vacaciones» para alardear o alimentar la propia vanidad.
Descansar es reconciliarse con la vida. Disfrutar de manera sencilla, cordial y entrañable del regalo de la existencia. Hacer la paz en nuestro corazón. Limpiar nuestra alma. Reencontramos con lo mejor de nosotros mismos.
Por eso, no hay que recorrer largas distancias para encontrar descanso. Basta recorrer la que nos lleva a encontrar la paz en nuestro corazón. Si ahí no la hallamos, inútil buscarla en ninguna parte del mundo.
Necesitamos salir al aire libre y encontrarnos con la naturaleza. Pero necesitamos también salir de nuestros egoísmos y mezquindades, y abrirnos a la vida y a las personas.
Descansar es descubrir que uno está vivo, que puede mirar con ojos más limpios y desinteresados a la gente, que es capaz de enamorarse de las cosas sencillas y buenas, que hasta se puede tomar uno tiempo para ser feliz.
Pero sólo descansamos cuando liberamos nuestro corazón de angustias egoístas y de mil complicaciones insensatas que nos creamos mutuamente sin necesidad alguna.
No basta salvarnos de la asfixia que el nerviosismo, el ruido, la agitación o el trabajo producen en nosotros. No se puede descansar cuando la insatisfacción, la tristeza, el miedo, el remordimiento o la culpabilidad nos atenazan.
¿ Cómo transformar todo esto en paz? ¿ Cómo dejarnos iluminar en lo más hondo de nuestro ser? ¿Cómo acoger de nuevo la energía de la vida?
Los creyentes sabemos que un Dios acogido en nuestra vida, no como un ser vago e impersonal sino como amigo querido y cercano, es camino de pacificación, iluminación interior, unificación de todo nuestro ser, perdón y liberación de nuestras contradicciones, errores y pecados.
Acertar a abrirnos a Dios es encontrar descanso verdadero. Ojalá, al organizar nuestras vacaciones, sepamos escuchar en las palabras de Jesús la llamada de ese Dios amigo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
5 de julio de 1981

SABER DESCANSAR

Venid a mí todos los que estáis cansados.

Somos muchos los hombres y mujeres de nuestra sociedad que vivimos sometidos a un ritmo duro de trabajo que nos va desgastando a lo largo de los meses.
Por eso, al llegar esta época veraniega, todos buscamos de una manera o de otra, un tiempo de descanso que nos ayude a liberarnos de la tensión, el agobio, el desgaste y la fatiga que hemos ido acumulando a lo largo de los días.
Pero, ¿qué es descansar? ¿Es suficiente recuperar nuestras fuerzas físicas, tomando el sol durante horas y más horas junto a la orilla de cualquier mar? ¿Basta con olvidar nuestros problemas y conflictos sumergiéndonos en el ruido de nuestras fiestas y verbenas?
Al retorno de las vacaciones, más de uno siente en su interior la sensación de haberlas perdido. Y es que también en vacaciones podemos caer en la tiranía de la agitación, el ruido, la superficialidad y la ansiedad del disfrute fácil y agotador.
No todos saben descansar. Y quizás el hombre moderno necesita urgentemente iniciarse en el arte del verdadero descanso.
Necesitamos, antes que nada, encontrarnos más profundamente con nosotros mismos y buscar el silencio, la calma y la serenidad que, tantas veces nos faltan durante el año, para escuchar lo mejor que hay dentro de nosotros y a nuestro alrededor.
Necesitamos recordar que una vida intensa no es una vida agitada. Queremos tenerlo todo, acapararlo y disfrutarlo todo. Y nos hacemos rodear de mil cosas superfluas e inútiles, que en definitiva ahogan nuestra libertad y espontaneidad.
Necesitamos redescubrir la naturaleza, contemplar la vida que brota cerca de nosotros, detenernos ante las cosas pequeñas y las gentes sencillas y buenas. Experimentar que la felicidad tiene poco que ver con la riqueza, los éxitos y el placer fácil.
Necesitamos recordar que el sentido último de la vida no se agota en el esfuerzo, el trabajo y la lucha. Por el contrario, se nos revela con más claridad en la fiesta, el gozo compartido, la amistad y la convivencia fraterna.
Pero, sin duda, necesitamos enraizar más nuestra vida en ese Dios amigo de la vida, fuente del verdadero y definitivo descanso para el hombre. ¿No necesitamos los hombres un descanso interior para nuestras almas? ¿Puede descansar el corazón del hombre sin reconciliarse con Dios?
Escuchemos con fe las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os haré descansar».

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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