lunes, 22 de abril de 2013

28/04/2013 - 5º domingo de Pascua (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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28 de abril de 2013

5º domingo de Pascua (C)


EVANGELIO

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 13,31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
28 de abril de 2013


AMISTAD DENTRO DE LA IGLESIA

Es la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: "Hijos míos, me queda ya poco de estar con vosotros".
Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros". Este es el testamento de Jesús.
Jesús habla de un "mandamiento nuevo". ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También filósofos diversos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: "amaos como yo os he amado". Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.
Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: "No os llamo siervos... a vosotros os he llamado amigos". En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.
Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: "no he venido a ser servido sino a servir". Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.
Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.
Un día, el mismo Jesús que señaló a Pedro como "Roca" para construir su Iglesia, llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí". En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
2 de mayo de 2010

NO PERDER LA IDENTIDAD

Como yo os he amado.

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con ternura especial: «Hijitos míos, me queda poco de estar con vosotros». La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer. Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos si se quedan sin el Maestro?
Jesús les hace un regalo: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». Si se quieren mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.
Por eso, Jesús añade: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». Lo que permitirá descubrir que una comunidad que se dice cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.
Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la "cultura del intercambio". Las personas se intercambian objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad. Eric Fromm llegó a decir que "el amor es un fenómeno marginal en la sociedad contemporánea". La gente capaz de amar es una excepción.
Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e intercambios interesados que predomina con frecuencia entre nosotros.
Si la Iglesia "se está diluyendo" en medio de la sociedad contemporánea no es sólo por la crisis profunda de las instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es, también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta el distintivo cristiano.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una actitud de servicio y de lucha contra todo lo que deshumaniza y hace sufrir el ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
6 de mayo de 2007

COMUNIDAD DE AMISTAD

… que os améis unos a otros como yo os he amado.

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. ¿Quién llenará su vacío? Jesús les dice: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. Si saben quererse como Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos.
El evangelista Juan tiene su atención puesta en la comunidad cristiana. No está pensando en los de fuera. Cuando falte Jesús, en su comunidad se tendrán que querer como amigos porque así los ha querido Jesús: vosotros sois mis amigos; ya nos os llamo siervos, a vosotros os he llamado amigos. La comunidad de Jesús será una comunidad de amistad.
Esta imagen de la comunidad cristiana como «comunidad de amigos» quedó pronto olvidada. Durante muchos siglos, los cristianos se han visto a sí mismos como una «familia» donde algunos son padres (el Papa, los obispos, los sacerdotes, los abades...); otros son hijos fieles, y todos han de vivir como hermanos.
Entender así la comunidad cristiana estimula la fraternidad, pero tiene sus riesgos. En la familia cristiana se tiende a subrayar el lugar que le corresponde a cada uno. Se destaca lo que nos diferencia, no lo que nos une; se da mucha importancia a la autoridad, el orden, la unidad, la subordinación. Y se corre el riesgo de promover la dependencia, el infantilismo y la irresponsabilidad de muchos.
Una comunidad basada en la «amistad cristiana» enriquecería y trasformaría hoy a la Iglesia de Jesús. La amistad promueve lo que nos une, no lo que nos diferencia. Entre amigos se cultiva la igualdad, la reciprocidad y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es superior a otro. Se respetan las diferencias, pero se cuida la cercanía y la relación.
Entre amigos y amigas es más fácil sentirse responsable y colaborar. Y no es tan dificil estar abiertos a los extraños y diferentes, los que necesitan acogida y amistad. De una comunidad de amigos es difícil marcharse. De una comunidad fría, rutinaria e indiferente, la gente se va, y los que se quedan, apenas lo sienten.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
9 de mayo de 2004

UN ESTILO DE AMAR

Como yo os he amado.

Los cristianos iniciaron su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra más usada era «philia» que designaba el afecto hacia una persona cercana y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también de «eros» para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quién produce en nosotros goce y satisfacción.
Los primeros cristianos abandonaron prácticamente esta terminología y pusieron de moda otra palabra casi desconocida, «ágape», a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesús. De ahí su interés en formular bien el «mandato nuevo el amor»: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».
El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Lo recordarán así años más tarde en las primeras comunidades cristianas: «Pasó toda su vida haciendo el bien».
Por eso, su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace sitio en su corazón y en su vida a quienes no tienen sitio en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Defiende a los débiles y pequeños, los que no tienen poder para defenderse a sí mismos, los que no son grandes o importantes para nadie. Se acerca a quienes están solos y desvalidos, los que no tienen a nadie.
Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad, ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos. Lo normal es vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Hasta parece correcto vivir rechazando y excluyendo a quienes nos rechazan o excluyen. Sin embargo, lo que le distingue al seguidor de Jesús no es cualquier «amor», sino precisamente ese estilo de amar que consiste en saber acercarse a quienes nos pueden necesitar. No lo deberíamos olvidar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
13 de mayo de 2001

FRENTE AL CINISMO

Que os améis unos a otros.

Por mucho que nos tapemos los ojos y nos cerremos los oídos, los datos están ahí con toda su brutalidad. Nueve millones de seres humanos mueren cada año de hambre y desnutrición. Para entenderlo mejor, cada día se produce una tragedia siete veces más horrorosa que la de las Torres Gemelas, pues mueren de hambre 25.000 personas. En Nueva York murieron 2.792.
No hace falta que nadie utilice bombas químicas. No son necesarias armas de destrucción masiva. Nosotros, los pueblos más civilizados del Planeta, nos bastamos para ir destruyendo masivamente seres humanos, desarrollando sin límite alguno nuestro bienestar a costa de exprimir o ignorar a los pueblos más indefensos.
Ésta es hoy nuestra mayor vergüenza. Tenemos recursos para eliminar el hambre, pero seguimos ciegos nuestra carrera egoísta hacia un bienestar siempre mayor, mientras unos 840 millones de niños vienen al mundo sólo a sufrir y morir de desnutrición en pocos años.
Los expertos nos han alertado hace tiempo. Estamos llevando demasiado lejos la desigualdad y el desequilibrio. Los excluidos de la vida no soportan ya tanta burla cruel. Y en Occidente empezamos a sentir cada vez más el acoso, la rebelión desesperada y hasta la reacción violenta de quienes no se resignan a vivir sin esperanza alguna.
Los teólogos están hablando de la necesidad de introducir en el Planeta una «ética de la compasión universal». Las mentes más lúcidas llaman a funcionar con otro concepto de «desarrollo sostenible» para todos los pueblos. Pero los poderosos de la Tierra siguen ciegos y sordos. No saben impulsar políticas de acercamiento, cooperación y solidaridad. Sólo se les ocurren medidas de fuerza: endurecer las fronteras, frenar la inmigración, hacer «guerras preventivas», controlar el petróleo, defender el propio bienestar.
Frente a esta actitud cínica y temeraria, las Iglesias cristianas han de reaccionar de manera enérgica. Hay que crear otra conciencia en los pueblos ricos de Occidente. Los cristianos hemos de recordar más que nunca las palabras de Jesús: «La señal por la que os conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
10 de mayo de 1998

DIOS AMA AL MUNDO

Que os améis unos a otros como yo os he amado.

Hay en el Evangelio frases que deberíamos gravar con fuego en nuestro interior, pues podrían transformar de raíz nuestra visión de Dios. Una es ésta que leemos en el evangelio de Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único... Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).
Nunca ha sido fácil la relación de los cristianos con el mundo. A veces ha predominado la actitud pesimista (san Agustín, Tomás de Kempis) que ha predicado el «desprecio del mundo», la condenación de lo mundano y la huida de lo terreno para encontrarse con Dios. Otras veces, un frívolo optimismo ha llevado a la Iglesia a vivir un neopaganismo mundano muy alejado del Evangelio. ¿Cuál es la actitud de Dios?
Dios ama al mundo. Es lo primero que hemos de recordar. Dios no condena, no excluye a nadie, no discrimina. No abandona a nadie en ninguna circunstancia. Ama a la humanidad, ama la historia que van construyendo los humanos, ama las culturas y las religiones, ama a los pueblos. A todos. Su amor no depende de nuestras clasificaciones y fronteras.
Dios quiere salvar al mundo. Dios ama al mundo no porque el mundo es bueno, sino para que llegue a serlo. En el mundo hay mucho de injusticia, mentira e indignidad. Dios ama para salvar, para que el mundo llegue a ser más humano, más digno, más habitable. Orientar la vida hacia la verdadera voluntad de Dios siempre lleva a hacerla más sana, más responsable, más plenamente humana.
Dos rasgos deberían caracterizar la actitud del cristiano ante el mundo. Antes que nada, el cristiano ama el mundo y ama la vida. Quiere a las gentes, disfruta con los avances de la humanidad, goza con todo lo bueno y admirable que hay en la creación, le gusta vivir intensamente. Lo ve todo desde el amor de Dios, y esto le lleva a vivir en una actitud de simpatía universal, de misericordia y de perdón.
Al mismo tiempo, sabe que el mundo necesita ser transformado y «salvado». Por ello, su modo de estar en el mundo está marcado por el empeño de hacer la vida más humana y el mundo más habitable. No se desentiende de ningún problema grave, sufre con los pueblos que sufren, le duelen las guerras y la violencia criminal, lucha contra la xenofobia y los racismos, se preocupa de quienes no tienen un sitio digno en la sociedad, hace lo que puede para que la vida sea más llevadera y más humana para todos. Su corazón es el de un «hijo de Dios».
Por eso, la única señal decisiva por la que se le conoce al discípulo de Cristo es siempre la misma: sabe amar como él nos ha amado. Esto es lo esencial. Sin esto no hay cristianismo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
14 de mayo de 1995

LA VIA PROFANA

Que os améis unos a otros...

Una de las tareas más importantes hoy dentro del cristianismo es, sin duda, liberarlo de adherencias y visiones deformadas, que ocultan su originalidad revolucionaria e impiden captar dónde está Li verdadera fuerza de la fe cristiana. Por eso son tan importantes obras como la de J. Moingt, traducida recientemente con el título El hombre que venía de Dios (Desclée de Brouwer, 1995).
En este denso estudio, resultado de su larga enseñanza de la teología en Lyon y París, el teólogo francés hace esta afirmación central: «La gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los hombres otra vía de acceso a Dios distinta a la de lo sagrado, la vía profana de la relación con el prójimo, la relación vivida como servicio al prójimo. »
Este mensaje sustancial del cristianismo queda explícitamente confirmado en la revolucionaria parábola del juicio final. El relato evangélico es asombroso. Son declarados « Benditos del Padre» los que han hecho el bien a los necesitados: hambrientos, extranjeros, desnudos, encarcelados, enfermos; no han actuado así por razones religiosas, sino por compasión y solidaridad con los que sufren. Los otros son declarados «malditos» no por su incredulidad o falta de religión, sino por su falta de corazón ante el sufrimiento del otro.
No solemos captar, por lo general, el cambio sustancial que esto introduce en la historia de la religión. Se puede formular así: la salvación no consiste ya en buscar a través de la religión un Dios Salvador, sino en preocuparse de quienes padecen necesidad. Lo que salva es el amor al que sufre. La religión no es requerida como algo indispensable, y no podrá nunca suplir la falta de este amor.
Seguimos pensando que el camino obligatorio que conduce a Dios y lleva a la salvación pasa necesariamente por el templo y la religión. No es así. El cristianismo afirma que el único camino indispensable y decisivo hacia la salvación es el que lleva a ayudar al necesitado. Esta es la gran revolución que introduce Cristo: Dios es amor gratuito y sólo se encuentra con él quien, de hecho, se abre a la necesidad del hermano.
En estos tiempos de crisis religiosa en que bastantes viven una fe vacilante y sin caminos claros hacia Dios, ésta es la Buena Noticia que nos llega de Cristo. Se puede dudar de muchas cosas, pero no de ésta: hay un camino que siempre conduce hasta Dios, y es el amor al necesitado. Las religiones no tienen ya el monopolio de la salvación. Sólo salva el amor. Este es el camino universal, la «vía profana» accesible a todos. Por él peregrinamos hacia el Dios verdadero, creyentes y no creyentes.
Desde ahí hemos de entender el mandato de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que os conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
17 de mayo de 1992

MÁS QUE UN DEBER

La señal por la que os conocerán...

La vida del ser humano tiene su origen y su término en el misterio de un Dios que es amor infinito e insondable. Por eso, lo reconozcamos o no, la fuerza vital que circula por cada uno de nosotros proviene del amor y busca su desarrollo y plenitud en el amor.
Esto significa que el amor es mucho más que un deber que hemos de cumplir o una tarea moral que nos hemos de proponer. El amor es la vida misma, orientada de manera sana. Sólo quien está en la vida desde una postura de amor está orientando su existencia en la dirección acertada.
Los cristianos hemos hablado mucho de las exigencias y sacrificios que comporta el amor, y, sin duda, es absolutamente necesario hacerlo si no queremos caer en falsos idealismos. Pero no siempre hemos recordado los efectos positivos del amor como fuerza básica que puede dinamizar y unificar nuestra vida de manera saludable.
En la medida en que acertamos a vivir amando la vida, amándonos a nosotros mismos y amando a las personas, nuestra vida crece, se despliega y se va liberando del egoísmo, de la indiferencia y de tantas esclavitudes y servidumbres que la pueden ahogar.
Además, el amor estimula lo mejor que hay en la persona. El amor despierta la mente dándole mayor claridad de pensamiento. Hace crecer la vida interior. Desarrolla la creatividad y hace vivir lo cotidiano, no de manera mecánica y rutinaria, sino desde una actitud positiva y enriquecedora.
Precisamente porque enraíza al hombre en su verdadero ser, el amor pone en la vida color, alegría, sentido interno. Cuando falta el amor, la persona puede conocer el éxito, el placer, la satisfacción del trabajo bien realizado, pero no el gozo y el sabor que sólo el amor pone en el ser humano.
No hemos de olvidar que el amor satisface la necesidad más esencial de la persona. Ya puede uno organizarse su vida como quiera, si termina sin amar ni ser amado, su vida es un fracaso. Vivir desde el egoísmo, el desamor, la indiferencia o la insolidaridad es vaciar la propia vida de su verdadero contenido.
Los creyentes sabemos que el amor es el mandato cristiano por excelencia y el verdadero distintivo de los seguidores de Cristo: «La señal por la que os conocerán que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros.» Pero no hemos de olvidar que este amor no es una carga pesada que se nos impone para hacer nuestra vida más difícil todavía, sino precisamente la experiencia que puede traer a nuestra existencia mayor gozo y liberación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
23 de abril de 1989

EL AMOR, UN FENOMENO MARGINAL

La señal por la que os conocerán...

Sin duda, uno de los principios que más determina las relaciones y la convivencia de las gentes dentro de la sociedad moderna es el intercambio. Es el factor que lo condiciona casi todo.
Las personas se intercambian artículos, objetos de todo género, servicios y favores. Pero se intercambian, además, los sentimientos, los cuerpos y hasta la amistad. Todo puede ser objeto de contrato.
En esta “cultura del intercambio” se ha ido imponiendo una moral muy particular. Cada uno trata de conseguir las máximas ventajas para uno mismo, dentro de ese “mercado general”. La honestidad consiste simplemente en lograrlo sin recurrir a la fuerza o al fraude.
En esta sociedad, los cristianos corremos el riesgo de pensar que estamos viviendo ya el amor cristiano con tal de no abusar de los demás o no engañarlos injustamente. Sin embargo, el amor fraterno del que habla Jesús es algo radicalmente diferente.
El amor cristiano significa preocuparme desinteresadamente por el otro, sentirme responsable de su felicidad, acercarme cuando me necesita, compartir gratuitamente con él lo que yo poseo. El intercambio honesto, por el contrario, exige respetar los derechos del otro, pero no significa amarlo ni sentirse responsable de su felicidad o preocupado por sus necesidades.
No es extraño que un hombre tan perspicaz en sus análisis de la sociedad moderna como E. Fromm haya llegado a decir: “La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”.
Para vivir el amor cristiano es necesario resistirse al espíritu que invade nuestra sociedad. No se puede vivir el amor fraterno sin distanciarse del estilo de relaciones que predominan hoy entre nosotros.
Pero el criterio para reconocer también hoy al discípulo de Jesús sigue siendo el amor: “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
Una de las preguntas más sencillas pero, al mismo tiempo, más clarificadoras para detectar si este amor cristiano crece hoy en nosotros es la siguiente: ¿Amo yo a alguien a quien no necesito para mis fines o mis intereses personales?
Este estilo de entender y vivir la vida es lo que caracteriza al verdadero cristiano por encima de otros criterios de identidad basados en doctrinas, observancias o cultos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
27 de abril de 1986

LA SEÑAL

Como yo os he amado.

Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano.
Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para «hacer el amor»... Pero, ¿qué es el amor? ¿cómo se vive y se alimenta el amor?
Cualquier observador sereno de nuestra sociedad sabe que tantas cosas a las que se llama hoy «amor» no son en realidad sino otras tantas formas de desintegrar el verdadero amor.
Hay quienes llaman amor al contacto fugaz y trivial de dos personas que se «disfrutan» mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.
Para otros, amor no es sino una hábil manera de someter a otro a sus intereses ocultos y sus satisfacciones egoístas.
No pocos creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para una sensación de soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.
Bastantes creen encontrar el amor en una relación satisfactoria donde la mutua tolerancia y el intercambio de satisfacciones los une frente a un mundo hostil y amenazador.
Pero en esta sociedad donde se corre con frecuencia tras ese ideal descrito por A. Huxley del hombre bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho y con posibilidad de divertirse intensamente, son ya bastante los que experimentan la verdad de la fina observación de A. Saint-Exupéry: «Los hombres compran cosas hechas a los mercaderes. Pero, como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos».
En en esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».
Los cristianos estamos llamados a distinguimos no por un saber particular, por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar.
Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.
Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.
Esta es la tarea gozosa del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.
El que se adentre por este camino descubrirá que sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida y que sólo desde el verdadero amor es posible experimentar la gran alegría de vivir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
1 de mayo de 1983

VERDADERO TEST

Como yo os he amado.

Nunca subrayaremos suficientemente los creyentes que el amor fraterno es el verdadero «test» para verificar la autenticidad de una comunidad que quiere ser la de Jesús.
Lo que permite descubrir «la verdad» de una comunidad cristiana no es la formulación verbal de un determinado credo ni la práctica precisa de unos ritos cultuales ni la organización o disciplina eclesial. La señal por la que se deberá conocer también hoy a los verdaderos discípulos es el amor vivido prácticamente con el espíritu de Jesús.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Pero quizás no siempre hemos acertado o no nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido práctico a partir de las actitudes concretas de Jesús de Nazaret.
Es cierto que las exigencias concretas del amor no pueden determinarse de antemano con la precisión con que se pueden fijar y delimitar las obligaciones de una ley. Precisamente, según Jesús, son las necesidades del hermano las que nos ayudarán a descubrir cómo debemos actuar en cada situación.
Jesús concibe el amor al prójimo como un comportamiento activo y creador que toma en serio las necesidades del hermano y se atreve a hacer por él todo lo que sea necesario para ayudarle a vivir como verdadero hombre.
Esto quiere decir que para dar un contenido concreto a nuestro amor al hombre es necesario analizar la realidad, detectar las opresiones concretas que deshumanizan al hombre actual y estudiar las diversas estrategias que se pueden seguir para lograr niveles más altos de justicia, fraternidad y humanidad.
Pero, si queremos amar como él nos amó, es necesario también descubrir desde su actuación concreta el modo concreto de vivir el amor.
Es sospechoso referirse a Jesús para recordarle como alguien que confirma siempre lo que ya venimos haciendo desde posturas previamente tomadas.
El que quiere amar «como él nos amó», debe valorar las diversas opciones posibles y asumir aquélla que, aun no siendo la más cómoda, la más útil o la más fácil, sea, sin embargo, la más acorde con Aquél que amó a los necesitados compartiendo su suerte, defendió a los débiles exponiéndose a la injusticia de los fuertes, amó a todos sin ser neutral ante las desigualdades, denunció toda injusticia sin ser injusto con nadie.

José Antonio Pagola

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