lunes, 28 de enero de 2013

03/02/2013 - 4º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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3 de febrero de 2013

4º domingo Tiempo ordinario (C)



EVANGELIO

Jesús, como Elías y Eliseo, no es enviado sólo a los judíos.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 4,21-30

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:
- Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.
Y decían:
- ¿No es éste el hijo de José?
Y Jesús les dijo:
- Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.
Y añadió:
- Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
3 de febrero de 2013


PRIVADOS DE ESPÍRITU PROFÉTICO

Sabemos que históricamente la oposición a Jesús se fue gestando poco a poco: el recelo de los escribas, la irritación de los maestros de la ley y el rechazo de los dirigentes del templo fueron creciendo hasta acabar en su ejecución en la cruz.
También lo sabe el evangelista Lucas. Pero, intencionadamente, forzando incluso su propio relato, habla del rechazo frontal a Jesús en la primera actuación pública que describe. Desde el principio han de tomar conciencia los lectores de que el rechazo es la primera reacción que encuentra Jesús entre los suyos al presentarse como Profeta.
Lo sucedido en Nazaret no es un hecho aislado. Algo que sucedió en el pasado. El rechazo a Jesús cuando se presenta como Profeta de los pobres, liberador de los oprimidos y perdonador de los pecadores, se puede ir produciendo entre los suyos a lo largo de los siglos.
A los seguidores de Jesús nos cuesta aceptar su dimensión profética. Olvidamos casi por completo algo que tiene su importancia. Dios no se ha encarnado en un sacerdote, consagrado a cuidar la religión del templo. Tampoco en un letrado ocupado en defender el orden establecido por la ley. Se ha encarnado y revelado en un Profeta enviado por el Espíritu a anunciar a los pobres la Buena Noticia y a los oprimidos la liberación.
Olvidamos que la religión cristiana no es una religión más, nacida para proporcionar a los seguidores de Jesús las creencias, ritos y preceptos adecuados para vivir su relación con Dios. Es una religión profética, impulsada por el Profeta Jesús para promover un mundo más humano, orientado hacia su salvación definitiva en Dios.
Los cristianos tenemos el riesgo de descuidar una y otra vez la dimensión profética que nos ha de animar a los seguidores de Jesús. A pesar de las grandes manifestaciones proféticas que se han ido dando en la historia cristiana, no deja de ser verdad lo que afirma el reconocido teólogo H. von Balthasar: A finales del siglo segundo "cae sobre el espíritu (profético) de la Iglesia una escarcha que no ha vuelto a quitarse del todo".
Hoy, de nuevo, preocupados por restaurar "lo religioso" frente a la secularización moderna, los cristianos corremos el peligro de caminar hacia el futuro privados de espíritu profético. Si es así, nos puede suceder lo que a los vecinos de Nazaret: Jesús se abrirá paso entre nosotros y "se alejará" para proseguir su camino. Nada le impedirá seguir su tarea liberadora. Otros, venidos de fuera, reconocerán su fuerza profética y acogerán su acción salvadora.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
31 de enero de 2010

¿NO NECESITAMOS PROFETAS?

Ningún profeta es bien mirado en su tierra.

«Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Así gritaban en las aldeas de Galilea, sorprendidos por las palabras y los gestos de Jesús. Sin embargo, no es esto lo que sucede en Nazaret cuando se presenta ante sus vecinos como ungido como Profeta de los pobres.
Jesús observa primero su admiración y luego su rechazo. No se sorprende. Les recuerda un conocido refrán: «Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su tierra». Luego, cuando lo expulsan fuera del pueblo e intentan acabar con él, Jesús los abandona. El narrador dice que «se abrió paso entre ellos y se fue alejando». Nazaret se quedó sin el Profeta Jesús.
Jesús es y actúa como profeta. No es un sacerdote del templo ni un maestro de la ley. Su vida se enmarca en la tradición profética de Israel. A diferencia de los reyes y sacerdotes, el profeta no es nombrado ni ungido por nadie. Su autoridad proviene de Dios, empeñado en alentar y guiar con su Espíritu a su pueblo querido cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben hacerlo. No es casual que los cristianos confiesen a Dios encarnado en un profeta.
Los rasgos del profeta son inconfundibles. En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimos. Su vida entera se convierte en "presencia alternativa" que critica las injusticias y llama a la conversión y el cambio.
Por otra parte, cuando la misma religión se acomoda a un orden de cosas injusto y sus intereses ya no responden a los de Dios,  el profeta sacude la indiferencia y el autoengaño, critica la ilusión de eternidad y absoluto que amenaza a toda religión y recuerda a todos que sólo Dios salva. Su presencia introduce una esperanza nueva pues invita a pensar el futuro desde la libertad y el amor de Dios.
Una Iglesia que ignora la dimensión profética de Jesús y de sus seguidores, corre el riesgo de quedarse sin profetas. Nos preocupa mucho la escasez de sacerdotes y pedimos vocaciones para el servicio presbiteral. ¿Por qué no pedimos que Dios suscite profetas? ¿No los necesitamos? ¿No sentimos necesidad de suscitar el espíritu profético en nuestras comunidades?
Una Iglesia sin profetas, ¿no corre el riesgo de caminar sorda a las llamadas de Dios a la conversión y el cambio? Un cristianismo sin espíritu profético, ¿no tiene el peligro de quedar controlado por el orden, la tradición o el miedo a la novedad de Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
28 de enero de 2007

REFRÁN DE ACTUALIDAD

Ningún profeta es bien acogido en su pueblo.

Nazaret era una aldea pequeña, perdida entre las colinas de la Baja Galilea. Todos conocen allí a Jesús: lo han visto jugar y trabajar entre ellos. La humilde sinagoga del pueblo está llena de familiares y vecinos. Allí están sus amigos y amigas de la infancia.
Cuando Jesús se presenta ante ellos como enviado por Dios para los pobres y oprimidos, quedan sorprendidos y admirados. Su mensaje les agrada, pero no les basta. Piden que haga entre ellos las curaciones que, según se dice, ha realizado en Cafarnaún. No quieren un «profeta» de Dios, sino una especie de «mago» o «curandero» que dé prestigio a su pequeña aldea.
Jesús no parece sorprenderse. Según todos los evangelistas, pronuncia un refrán que quedará muy grabado en el recuerdo de sus seguidores: Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su pueblo. Según Lucas, la incredulidad y el rechazo de los vecinos de Nazaret va creciendo. Al final, furiosos lo echan fuera del pueblo.
El refrán de Jesús no es una banalidad, pues encierra una gran verdad. El profeta es una persona que hace presente la verdad de Dios, pone al descubierto nuestras mentiras y cobardías, y llama a todos a un cambio de vida. No es fácil escuchar su mensaje. Resulta más cómodo echarlo fuera y olvidamos de él.
Los cristianos decimos cosas tan admirables de Jesús, que, a veces, olvidamos su dimensión de «profeta». Lo confesamos como «Hijo de Dios», «Salvador del mundo», «Redentor de la humanidad», y pensamos que, al recitar nuestra fe, ya lo estamos acogiendo. No es así. A Jesús, Profeta de Dios, le dejamos penetrar en nuestra vida, cuando escuchamos sus palabras hasta dentro, nos dejamos trasformar por su verdad y seguimos su estilo de vida.
Esta es la decisión más importante de nuestro corazón: o acojo la verdad de Jesús o la rechazo. Esta decisión, oculta a los ojos de los demás y sólo conocida por Dios, es la que decide el sentido de mi vida y el acierto o desacierto de mi paso por el mundo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
1 de febrero de 2004

EL MIEDO A SER DIFERENTES

Ningún profeta es bien mirado en su tierra.

Pronto pudo ver Jesús lo que podía esperar de su propio pueblo. Los evangelistas no nos han ocultado la resistencia, el escándalo y la contradicción que encontró Jesús muy pronto, incluso en los ambientes más allegados. Su actuación libre y liberadora resultaba demasiado molesta y acusadora. Su comportamiento ponía en peligro demasiados intereses.
Jesús lo comprende así con toda lucidez. Es difícil que un hombre que se pone a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a Él. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra».
Los creyentes no lo debiéramos olvidar. No se puede pretender seguir fielmente a Jesús y no provocar, de alguna manera, la reacción, la extrañeza, la crítica y hasta el rechazo de quienes, por diversos motivos, no pueden estar de acuerdo con un planteamiento cristiano de la vida.
¿No somos los creyentes demasiado «normales» y demasiado bien aceptados en una sociedad que no es tan normal ni tan aceptable cuando se miran las cosas desde la fe? ¿No nos sentimos demasiado a gusto y bien adaptados?
Nos da miedo ser diferentes. Hace mucho tiempo que está de moda «estar a la moda». Y no sólo cuando se trata de adquirir el traje de invierno o escoger los colores de verano. El «dictado de la moda» nos impone los gestos, las maneras, el lenguaje, las ideas, las actitudes y las posiciones que debemos defender.
Se necesita una gran dosis de coraje y de valor para ser fiel a las propias convicciones, cuando todo el mundo se acomoda y adapta «a lo que se lleva». Es mas fácil vivir sin un proyecto de vida personal, dejándose llevar por los acontecimientos y los convencionalismos sociales. Es más fácil instalarse cómodamente en la vida y vivir superficialmente según lo que nos dicten desde fuera.
Al comienzo, quizás, uno escucha todavía una voz interior que le dice que no es ése el camino acertado para crecer como hombre ni como creyente. Pero, pronto nos tranquilizamos. No queremos pasar por «un anormal», «un extraño» o «un loco». Se está más seguro sin distanciarse del rebaño.
Y así seguimos caminando. En rebaño. Mientras desde el evangelio se nos sigue invitando a ser fieles a nuestras convicciones creyentes, incuso cuando puedan acarrearnos la crítica y el rechazo dentro de nuestra misma clase social, nuestro propio partido, el círculo profesional y social en el que nos movemos y hasta en el entorno más cercano de nuestros amigos y familiares.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
28 de enero de 2001

NADIE ESTÁ SOLO

A una viuda de Sarepta.

Todavía hoy se da entre los cristianos un cierto «elitismo religioso» que es inconcebible e indigno de un Dios que es amor infinito a todas sus criaturas. Con frecuencia se acepta como lo más normal que Dios cree muchos hijos -todos los hombres y mujeres que van naciendo en el mundo-, pero luego se preocupe de verdad sólo de sus preferidos. Dios escoge siempre «un pueblo elegido» (Israel o la Iglesia) y se vuelca totalmente en ellos dejando a los demás pueblos y religiones en un cierto abandono.
Más aún. Se ha afirmado con toda tranquilidad que «fuera de la Iglesia no hay salvación» citando frases como la tan conocida de san Cipriano, que, sacada de su contexto, resulta escalofriante: «No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre».
Es cierto que el Concilio Vaticano II ha superado esta visión indigna de Dios afirmando que «Él no está lejos de quienes buscan entre sombras e imágenes al Dios desconocido puesto que todos reciben de él la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven» (Lumen gentium, n. 16), pero una cosa son estas afirmaciones conciliares y otra los hábitos mentales que siguen dominando la actitud de no pocos cristianos.
Hay que decirlo con toda claridad. Dios que crea a todos por amor, vive volcado sobre todas y cada una de sus criaturas. A todos llama y atrae hacia la felicidad eterna en comunión con él. No ha habido nunca un solo hombre o una sola mujer que haya vivido sin que Dios lo haya acompañado desde el fondo de su mismo ser. Allí donde hay un ser humano, cualquiera que sea su religión o su a-religiosidad, allí está Dios suscitando su salvación. Su amor no abandona ni discrimina a nadie. Como dice san Pablo: «en Dios no hay acepción de personas» (Rm 2,11).
Rechazado en su propio pueblo de Nazaret, Jesús recuerda la historia de la viuda de Sarepta y la de Naamán el sirio, ambos extranjeros y paganos, para hacer ver con toda claridad que Dios se preocupa de sus hijos aunque no pertenezcan al pueblo elegido de Israel. Dios no se ajusta a nuestros esquemas y divisiones. Todos son sus hijos, los que viven en la Iglesia y los que la han dejado. Dios no abandona a nadie. A todos los quiere tener para siempre en su felicidad eterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
1 de febrero de 1998

OPCIÓN FUNDAMENTAL

Le empujaron fuera del pueblo.

Probablemente muchos cristianos no han oído hablar de la «opción fundamental». Sin embargo, debería ser explicada de forma clara y sencilla, pues se trata de una categoría decisiva en la teología contemporánea para comprender la estructura moral de la persona y para valorar debidamente su actuación.
Como su mismo nombre lo indica, la opción fundamental es una decisión que brota del centro de la persona y que condiciona de manera fundamental todas las demás actuaciones del individuo. Es, por lo tanto, una opción de tal densidad que va a dar una orientación y un sentido a toda la vida de la persona.
Más en concreto, la opción fundamental es una decisión «a favor o en contra de Dios». La persona 0pta por orientar su existencia contando con Dios o prescindiendo de Él. Acepta a Dios como horizonte último de su comportamiento o se cierra a Él para organizarse su vida desde su propio yo. No es, por tanto, una decisión más entre otras, sino el «sí» o el «no» del individuo a su Creador, que va a condicionar el conjunto de todos los demás actos.
Esta opción no se hace, por lo general, diciendo de manera explícita en un momento determinado: «Yo voy a vivir de hoy en adelante prescindiendo de Dios» o afirmando, por el contrario: «Voy a acoger a Dios en mi vida.» Es una opción libre y consciente, pero, de ordinario, va tomando cuerpo en nosotros poco a poco, a medida que nos vamos abriendo a Dios o nos encerramos en nosotros mismos.
Esta orientación fundamental se va encarnando y manifestando luego en las actuaciones y reacciones de la persona a lo largo de los días, y es necesario tenerla en cuenta para juzgar la moralidad de cada acto sin caer en una falsa casuística. Los actos del individuo son importantes, pero no tanto considerados de manera aislada, sino como exponente de la postura básica de la persona ante Dios y ante la existencia. Las pequeñas decisiones que vamos tomando cada día lo que hacen es confirmar y reforzar nuestra opción por Dios o debilitarla e, incluso, modificarla y eliminarla.
El evangelio de Lucas presenta a Cristo corno «señal de contradicción» en medio del pueblo «a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Le 2, 35). En él podemos escuchar la llamada de Dios a orientar nuestra vida acogiéndolo como único Señor, principio y fuente de todo bien, destino último del ser humano. Dios no cesa de llamarnos en Cristo. Podemos rechazar su invitación como los habitantes de Nazaret o podemos acogerla; podemos ahogarla o dejarla crecer en nuestro corazón. Pero nuestra vida entera se decide en esa opción fundamental, secreta tal vez a los ojos de los demás, pero conocida por Dios nuestro Creador y Padre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
29 de enero de 1995

TOLERANTES, PERO NO INDIFERENTES

Le empujaron fuera del pueblo.

El pluralismo que reina hoy en occidente no es sólo un dato social. Es un dogma de nuestra cultura. Uno de los pocos que quedan. Todo puede ser discutido. Pero nunca el derecho de cada cual a pensar como le parezca y a ser respetado en lo que piensa.
Esto que, sin duda, significa un progreso en la historia de la humanidad, ha traído consigo un relativismo social que puede ser demoledor. Todo parece igual. Da lo mismo una visión de la vida que otra, un modo de vivir que su contrario.
Para no pocas personas, ya no hay verdad ni mentira, belleza ni fealdad, bueno ni malo. Todo es subjetivo. Cada uno verá qué quiere pensar de la vida, cómo siente las cosas y qué le apetece hacer en cada caso. La elección la hace cada cual.
Más todavía. Las cosas llegan a veces a tal extremo que si uno defiende en público unas convicciones firmes sobre la existencia, el hombre o la moral, fácilmente puede ser tachado de fanático y hasta intolerante. Lo que se lleva es la relatividad de todo. Nada es seguro ni firme. Sólo el que mantiene una postura relativista es digno de respeto.
El profesor de Chicago, A. Bloom, en su conocido análisis «El cierre de la mente moderna», llega a decir que «el relativismo de valores constituye un cambio moral y político tan grande como el que se produjo cuando el cristianismo reemplazó al paganismo griego o romano». Pero, ¿es bueno que se disuelva el esfuerzo por establecer la verdad y por precisar lo que es digno del ser humano?
En este ambiente de «relativismo disfrazado de tolerancia» del que habla el investigador norteamericano, también hablar de «religión» resulta ambiguo. Hay que preguntar enseguida de qué tipo de religión se trata y de qué Dios se está hablando. Concretamente, ante el fenómeno del pluralismo moderno, la reacción de los creyentes es diferente. Algunos se endurecen en posturas de corte fundamentalista hasta intentar incluso imponer sus convicciones a la fuerza. Otros, desde posiciones permisivas y liberales, dan por bueno casi todo afirmando que lo importante es la experiencia religiosa de cada cual.
A mi juicio, el cristiano está llamado hoy a vivir una fe humilde, que mira a la tierra y se preocupa por mejorarla (humilde viene de «humus», tierra); una fe lúcida, que es tolerante sin ser indiferente, comprometida sin ser fanática; una fe firme, que no se disuelve en cualquier cosa; una fe confesante, que no adopta una postura de cruzada, pero no se avergüenza de presentarse en público y de actuar según las propias convicciones.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN

EDUCAR LA VOLUNTAD

Se abrió paso entre ellos.

No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llama «la filosofía del me apetece». Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».
En pocos años, ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil, caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos. Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.
Buscan una vida cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega generosa.
Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.
El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que el hombre con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que el hombre inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad.
Educar la voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función de metas futuras.
Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.
El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo», pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
29 de enero de 1989

TODO ES GRACIA

Se admiraban de las palabras de gracia.

Los habitantes de Cafarnaúm se admiran de “las palabras de gracia” que salen de la boca de Jesús pues, al leer en la sinagoga el libro de Isaias, sólo recoge las palabras que hablan de salvación y no las de venganza y castigo.
Hace unos años los cristianos hablaban de la gracia con más frecuencia. Precisamente el dilema decisivo de la vida se formulaba en estos términos: “estar en gracia” o “estar en pecado”.
Hoy todo eso parece haber quedado arrinconado como algo de importancia secundaria, y la palabra misma “gracia” apenas tiene para muchos creyentes un significado especial.
Sin embargo, la fe cristiana no ha encontrado una palabra más adecuada para expresar la bondad, el cariño y la misericordia de Dios que impregnan y penetran nuestra existencia entera.
El hombre no es un ser “des-graciado”. No está en “des-gracia” ante Dios. Toda persona, lo sepa o no, cuenta siempre con su gracia. Aun el más indigno, el más perdido, está siempre envuelto por la gracia de Dios que lo acoge y lo ama sin fin.
Aunque una cierta predicación haya podido sugerir lo contrario, no es que los hombres tengamos que ser buenos para que Dios nos acepte y nos ame. Dios nos ama porque es Amor y no puede ser de otra manera. Y nosotros somos buenos dejándonos transformar por ese amor.
A pesar de nuestra mediocridad y nuestro pecado, Dios no deja de ofrecerse y comunicarse. No se retira de nosotros. Nuestro pecado no destruye su presencia amorosa. Sólo impide que esa presencia nos vaya liberando y construyendo como personas.
Dios sigue ahí, sosteniendo y alentando nuestro ser con amor, respetando totalmente nuestra libertad, llamándonos silenciosamente a una vida más plena.
Por eso pudo escribir G. Bernanos “todo es gracia”, porque todo, absolutamente todo, está sostenido, envuelto y penetrado por el misterio de ese Dios que es gracia, acogida y perdón para todas sus criaturas.
Por otra parte, sería una equivocación pensar que la gracia es “algo” que se recibe de Dios sólo interiormente y de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma.
La gracia es presencia salvadora de Dios que se nos regala permanentemente y de mil maneras a todos y cada uno de nosotros a través de personas, experiencias y acontecimientos que sostienen nuestra vida, nos interpelan y nos hacen crecer hacia la Vida definitiva.
La gracia es Dios presente en nuestra existencia entera. Todo cambiaría para nosotros si fuéramos capaces de creer un poco lo que dice el admirable Angelus Silesius: “Y0 no existo fuera de Dios; Dios no existe fuera de mí”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS

EL MIEDO A SER DIFERENTES

Ningún profeta es bien mirado en su tierra.

Pronto pudo ver Jesús lo que podía esperar de su propio pueblo. Los evangelistas no nos han ocultado la resistencia, el escándalo y la contradicción que encontró Jesús muy pronto, incluso en los ambientes más allegados.
Su actuación libre y liberadora resultaba demasiado molesta y acusadora. Su comportamiento ponía en peligro demasiados intereses.
Jesús lo comprende así con toda lucidez. Es difícil que un hombre que se pone a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a El. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra».
Los creyentes no lo debiéramos olvidar. No se puede pretender seguir fielmente a Jesús y no provocar, de alguna manera, la reacción, la extrañeza, la crítica y hasta el rechazo de quienes, por diversos motivos, no pueden estar de acuerdo con un planteamiento cristiano de la vida.
¿No somos los creyentes demasiado «normales» y demasiado bien aceptados en una sociedad que no es tan normal ni tan aceptable cuando se miran las cosas desde la fe? ¿No nos sentimos demasiado a gusto y bien adaptados?
Nos da miedo ser diferentes. Hace mucho tiempo que está de moda «estar a la moda». Y no sólo cuando se trata de adquirir el traje de invierno o escoger los colores de verano. El «dictado de la moda» nos impone los gestos, las maneras, el lenguaje, las ideas, las actitudes y las posiciones que debemos defender.
Se necesita una gran dosis de coraje y de valor para ser fiel a las propias convicciones, cuando todo el mundo se acomoda y adapta «a lo que se lleva».
Es más fácil vivir sin un proyecto de vida personal, dejándose llevar por los acontecimientos y los convencionalismos sociales. Es más fácil instalarse cómodamente en la vida y vivir superficialmente según lo que nos dicten desde fuera.
Al comienzo, quizás, uno escucha todavía una voz interior que le dice que no es ése el camino acertado para crecer como hombre ni como creyente. Pero, pronto nos tranquilizamos. No queremos pasar por «un anormal», «un extraño» o «un loco». Se está más seguro sin distanciarse del rebaño.
Y así seguimos caminando. En rebaño. Mientras desde el evangelio se nos sigue invitando a ser fieles a nuestras convicciones creyentes, incuso cuando puedan acarrearnos la crítica y el rechazo dentro de nuestra misma clase social, nuestro propio partido, el círculo profesional y social en el que nos movemos y hasta en el entorno más cercano de nuestros amigos y familiares.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
30 de enero de 1983

CUANDO UN PUEBLO SE EQUIVOCA

Ningún profeta es bien mirado en su tierra.

Es bastante frecuente entre nosotros atribuir al «pueblo» las posturas y posiciones que cada uno trata de defender. Fácilmente se lanzan consignas, se adoptan decisiones y se realizan acciones en nombre de un pueblo que supuestamente las defiende.
Nadie se atreve a elevar una voz que pueda parecer contraria al pueblo. Hay que hacer ver que nuestra palabra es expresión clara de la voluntad del pueblo.
Todo sucede como si la apelación al pueblo fuera el criterio definitivo para juzgar de la validez y el carácter justo de lo que se propone.
Este deseo de defender lo que el pueblo quiere, debe ser, sin duda, la actitud de todo hombre que busca el bien común frente a intereses egoístas y exclusivamente partidistas.
Pero, sería una equivocación pensar que la única manera de amar a un pueblo es identificamos con todo lo que ese pueblo dice y aprobar acríticamente todo lo que ese pueblo hace.
Un pueblo, por el hecho de serlo, no es automáticamente infalible. Los pueblos también se equivocan. Los pueblos también son injustos.
Y es entonces, precisamente, cuando ese pueblo necesita hombres que le digan con sinceridad y valentía sus errores y su pecado. Hombres que, movidos por su amor leal al pueblo, se atrevan a levantar una voz quizás molesta y discordante, pero que ese pueblo necesita escuchar para no deshumanizarse.
Un pueblo que no tiene en cada momento hijos que se atrevan a denunciarle sus errores e injusticias, es un pueblo que corre el riesgo de ir «perdiendo su conciencia».
Quizás el mayor pecado de un pueblo sea el ahogar la voz de sus profetas, gentes a veces muy sencillas pero que conservan como nadie lo mejor y más humano de un pueblo.
Y cuando un pueblo reduce al silencio a estos hombres y mujeres, se empobrece y queda sin luz para caminar hacia un futuro más humano.
Es triste constatar que el refrán judío continúa siendo realidad: «Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Y los pueblos siguen desoyendo a sus profetas como aquél de Nazaret que expulsó un día a Jesús, el mejor y más necesario para el pueblo.

José Antonio Pagola

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