lunes, 4 de febrero de 2013

10/02/2013 - 5º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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10 de febrero de 2013

5º domingo Tiempo ordinario (C)



EVANGELIO

Dejándolo todo, lo siguieron.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
- Rema mar adentro y echa las redes para pescar.
Simón contestó:
- Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
- Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón:
- No temas: desde ahora serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
10 de febrero de 2013


LA FUERZA DEL EVANGELIO

El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.
El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y "la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios". No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.
No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.
También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la Palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.
En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros, hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de modo imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años.
Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.
Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos "haciendo cosas" desde un Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?
¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo?. Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas descubren el fuego de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
7 de febrero de 2010

RECONOCER EL PECADO

Apártate de mí, que soy pecador.

El relato de "la pesca milagrosa" en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero sólo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.
Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».
Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce ante todo su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.
Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.
¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es "santa" porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es "pecadora" porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.
Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies Jesús?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
4 de febrero de 2007

UNA PALABRA DIFERENTE

La gente se agolpaba... para oír la Palabra de Dios.

Al llegar al lago Genesaret, Jesús vive una experiencia muy diferente a la que había vivido en su pueblo. La gente no lo rechaza, sino que se agolpa a su alrededor. Aquellos pescadores no buscan milagros como los vecinos de Nazaret. Quieren oír la Palabra de Dios. Es lo que necesitan.
La escena es cautivadora. No ocurre dentro de una sinagoga, sino en medio de la naturaleza. La gente escucha desde la orilla; Jesús habla desde la superficie serena del lago. No está sentado en una cátedra sino en una barca. Según Lucas, en este escenario humilde y sencillo enseñaba Jesús a la gente.
Esta muchedumbre viene a Jesús para oír la Palabra de Dios. Intuyen que lo que él les dice proviene de Dios. Jesús no repite lo que oye a otros; no cita a ningún maestro de la ley. Esa alegría y esa paz que sienten en su corazón sólo puede despertarlas Dios. Jesús les pone en comunicación con él.
Años más tarde, en las primeras comunidades cristianas, se dice que la gente se acerca también a los discípulos de Jesús para oír la Palabra de Dios. Lucas vuelve a utilizar esta expresión audaz y misteriosa: la gente no quiere oír de ellos una palabra cualquiera; esperan una palabra diferente, nacida de Dios. Una palabra como la de Jesús.
Es lo que se ha de esperar siempre de un predicador cristiano. Una palabra dicha con fe. Una enseñanza enraizada en el evangelio de Jesús. Un mensaje en el que se pueda percibir sin dificultad la verdad de Dios y donde se pueda escuchar su perdón, su misericordia insondable y también su llamada a la conversión.
Probablemente, muchos esperan hoy de los predicadores cristianos esa palabra humilde, sentida, realista, extraída del evangelio, meditada personalmente en el corazón y pronunciada con el Espíritu de Jesús. Cuando nos falta este Espíritu, jugamos a hacer de profetas, pero, en realidad, no tenemos nada importante que comunicar. Con frecuencia, terminamos repitiendo con lenguaje religioso las «profecías» que se escuchan en la sociedad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
8 de febrero de 2004

TODO ES GRACIA

Se admiraban de las palabras de gracia.

Los habitantes de Cafarnaúm se admiran de «las palabras de gracia» que salen de la boca de Jesús pues, al leer en la sinagoga el libro de Isaías, sólo recoge las palabras que hablan de salvación y no las de venganza y castigo.
Hace unos años los cristianos hablaban de la gracia con más frecuencia. Precisamente el dilema decisivo de la vida se formulaba en estos términos: «estar en gracia» o «estar en pecado». Hoy todo eso parece haber quedado arrinconado como algo de importancia secundaria, y la palabra misma «gracia» apenas tiene para muchos creyentes un significado especial.
Sin embargo, la fe cristiana no ha encontrado una palabra más adecuada para expresar la bondad, el cariño y la misericordia de Dios que impregnan y penetran nuestra existencia entera. El hombre no es un ser «des-graciado». No está en «des-gracia» ante Dios. Toda persona, lo sepa o no, cuenta siempre con su gracia. Aun el más indigno, el más perdido, está siempre envuelto por la gracia de Dios que lo acoge y ama sin fin.
Aunque una cierta predicación haya podido sugerir lo contrario, no es que los hombres tengamos que ser buenos para que Dios nos acepte y nos ame. Dios nos ama porque es Amor y no puede ser de otra manera. Y nosotros somos buenos dejándonos transformar por ese amor.
A pesar de nuestra mediocridad y nuestro pecado, Dios no deja de ofrecerse y comunicarse. No se retira de nosotros. Nuestro pecado no destruye su presencia amorosa. Sólo impide que esa presencia nos vaya liberando y construyendo como personas.
Dios sigue ahí, sosteniendo y alentando nuestro ser con amor, respetando totalmente nuestra libertad, llamándonos silenciosamente a una vida más plena. Por eso pudo escribir G Bernanos «todo es gracia», porque todo, absolutamente todo, está sostenido, envuelto y penetrado por el misterio de ese Dios que es gracia, acogida y perdón para todas sus criaturas.
Por otra parte, sería una equivocación pensar que la gracia es «algo» que se recibe de Dios sólo interiormente y de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma. La gracia es presencia salvadora de Dios que se nos regala permanentemente y de mil maneras a todos y cada uno de nosotros a través de personas, experiencias y acontecimientos que sostienen nuestra vida, nos interpelan y nos hacen crecer hacia la Vida definitiva.
La gracia es Dios presente en nuestra existencia entera. Todo cambiaría para nosotros si fuéramos capaces de creer un poco lo que dice el admirable Angelus Silesius: «Yo no existo fuera de Dios; Dios no existe fuera de mí».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
4 de febrero de 2001

TEOLOGIA DEL GUSANO

No tenias.

La culpa como tal no es algo inventado por las religiones, sino que constituye una de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes de que aflore el sentimiento religioso, se puede advertir en el ser humano esa sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.
Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus actos «desacertados», lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte de lo que significa ser una persona madura.
Pero hay también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La persona se encierra morbosamente en su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha y suciedad, destruye su autoestima y se anula para crecer corno persona. El individuo se atormenta, se humilla y lucha consigo mismo pero, al final de todos sus esfuerzos, sólo se encuentra con su propia culpabilidad.
Lo propio de la conciencia cristiana de pecado es vivir la experiencia de culpa ante un Dios que es amor y sólo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor infinito. Esto le da a su culpa un peso y una seriedad absoluta. Pero, al mismo tiempo, la libera de cualquier desesperanza, pues el creyente sabe que, aún siendo pecador, es aceptado por Dios y en él puede encontrar siempre la misericordia que salvan de toda indignidad y fracaso.
J. V. Bonet, experto en psicología religiosa, ha publicado un pequeño libro titulado Teología del «gusano». Autoestima y evangelio (Ed. Sal Terrae, Santander 2000) en el que, de manera sencilla y sugerente, denuncia esa forma malsana y pseudoreligiosa de vivir la culpabilidad que lleva todavía a no pocos a sentirse como «gusanos» despreciables ante Dios y no como «hijos amados» con amor insondable por un Padre.
El relato evangélico (Lc 5,1-ii) nos habla de Pedro como un hombre que, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy pecador». La respuesta de Jesús no podía ser otra: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí. Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
8 de febrero de 1998

ADHESIÓN RENOVADA

Subió a una de las barcas, la de Simón.

La crisis religiosa ha modificado profundamente la actitud de las gentes ante la Iglesia. Hoy se pueden observar entre nosotros las posturas más diversas ante la institución eclesial.
Algunos viven anclados en la nostalgia del pasado. La Iglesia, según ellos, ha cambiado demasiado. Ya no es lo que era. Se ha roto la unidad. Falta valentía para predicar la doctrina y la moral tradicional. La Iglesia se ha acomodado a las exigencias del mundo olvidando su verdadera misión.
Otro grupo mucho más numeroso y heterogéneo vive de forma pacífica. No piden mucho a la Iglesia ni a sus responsables: ni talante evangélico ni compromiso social. Casi todo les parece bien. Ellos se preocupan, sobre todo, de su relación con Dios. A la Iglesia sólo le piden que organice bien los servicios religiosos.
Hay sectores que se sienten incómodos dentro de la Iglesia. Critican su mediocridad y se distancian de ciertas actuaciones de la jerarquía. La Iglesia se les presenta como poco sensible a los valores de la modernidad, sin espíritu democrático, incapaz de asumir los derechos de la mujer, cerrada a la aportación de los teólogos más renovadores. Todo les empuja a vivir su fe cristiana «por libre».
Otros se han distanciado mucho más. Sólo sienten por ella desapego y hasta antipatía. No conocen demasiado la vida interna de la Iglesia ni les interesa. Ven en ella una gran «multinacional» que defiende sus propios intereses y que, pese a ciertos retoques renovadores, siempre favorecerá el inmovilismo y una moral poco progresista.
Hay, sin embargo, sectores importantes de cristianos que están viviendo en estos momentos una experiencia nueva de la Iglesia. La sienten más suya. Han descubierto que lo más importante que ella tiene es Jesucristo y su Evangelio. Y esto es lo primero que buscan en ella. Por eso, no la magnifican ingenuamente, tampoco la descalifican con agresividad. Conocen de cerca sus problemas e infidelidades. Los sufren como propios y, por eso, la critican y tratan de purificarla desde dentro.
Para éstos, la Iglesia es, antes que nada, una comunidad donde celebran con gozo su fe y donde escuchan, junto a otros creyentes, el Evangelio de Cristo que alimenta su esperanza. Pero es también una comunidad llamada por Cristo a hacer un mundo más fraterno, más justo y más humano. Por eso, se comprometen de forma activa.
Son estos creyentes los que, con su crítica lúcida, su adhesión cálida y su participación responsable, pueden colaborar en la conversión y renovación de esa Iglesia que los Padres de la Iglesia veían en la «barca de Pedro» de los relatos evangélicos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
5 de febrero de 1995

¿UNA MORAL SIN PECADO?

No temas.

Se dice a menudo que ha desaparecido la conciencia de pecado. No es cierto. Lo que sucede es que la crisis de fe ha traído consigo una manera diferente, no siempre más sana, de enfrentarse a la propia culpabilidad. De hecho, al prescindir de Dios, no pocos viven la culpa de modo más confuso y más solitario.
Algunos han quedado estancados en la forma más primitiva y arcaica de vivir el pecado. Se sienten manchados por su maldad. Indignos de convivir junto a sus seres queridos. No conocen la experiencia de un Dios perdonador, pero tampoco han encontrado otro camino para liberarse de su malestar interior.
Hay quienes siguen viviendo el pecado como transgresión. Es cierto que han borrado de su conciencia algunos «mandamientos», pero lo que no ha desaparecido en su interior es la imagen de un Dios legislador ante el que no saben bien cómo situarse. Sienten la culpa como una ruptura con la que no es fácil convivir.
Bastantes viven el pecado como autoacusación. Al diluirse su fe en Dios, la culpa se va convirtiendo en «una acusación sin acusador» (P. Ricoeur). No hace falta que nadie los condene. Ellos mismos lo hacen. Pero, ¿cómo liberarse de esta autocondenación?, ¿basta olvidar el pasado y tratar de eliminar la propia responsabilidad?
Se ha intentado también reducir el pecado a una vivencia psicológica más. Un bloqueo de la persona. El pecador sería una especie de «enfermo», víctima de su propia debilidad. Se ha llegado incluso a hablar de una «moral sin pecado» (A. Hesnard). Pero, ¿es posible vivir una vida moral sin vivenciar el pecado?
Para el creyente, el pecado es una realidad. Inútil encubrirlo o escamotearlo. Aunque se sabe muy condicionado en su libertad, el cristiano se siente responsable de su vida ante sí mismo y ante Dios. Por eso confiesa humildemente su pecado y lo reconoce como una ofensa contra Dios. Pero contra un Dios que sólo busca la felicidad del ser humano. Nunca hemos de olvidar que el pecado sólo ofende a dios en cuanto que nos daña a nosotros mismos, seres infinitamente queridos por él.
Sobrecogido por la presencia de Jesús, Pedro reacciona reconociendo su pecado: «Apártate de mí Señor, que soy un pecador.» Pero Jesús no se aparta de él sino que le confía una nueva misión: «No temas; desde ahora, serás pescador de hombres.» Reconocer el pecado e invocar el perdón es, para el creyente, la forma más sana de renovarse y crecer como persona.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
9 de febrero de 1992

ERROR NEFASTO

No temas.

Está muy extendida la idea de que la culpa es algo introducido por la religión. Muchos piensan que si Dios no existiera, desaparecería totalmente el sentimiento de culpa, pues no habría mandamientos y cada uno podría hacer lo que quisiera.
Nada más lejos de la realidad. La culpa no es algo inventado por los creyentes, sino una experiencia universal que vive todo hombre, como lo ha recordado con insistencia la filosofía moderna (Kant, Heidegger, P. Ricoeur). Creyentes y ateos, todos nos enfrentamos a esta realidad dramática: nos sentimos llamados a hacer el bien pero, una y otra vez, hacemos el mal.
Lo propio del creyente es que vive la experiencia de la culpa ante Dios. Pero, ¿ante qué Dios? Si el creyente se siente culpable ante la mirada de un Dios resentido e implacable, nada hay en el mundo más culpabilizador y destructor. Si, por el contrario, experimenta a Dios como alguien que nos acompaña con amor, siempre dispuesto a la comprensión y la ayuda, es difícil pensar en algo más luminoso, sanante y liberador.
Pero, ¿cuál es la actitud real de Dios ante nuestro pecado? No es tan fácil responder a esta pregunta. En el Antiguo Testamento se da un largo proceso que, a veces, los creyentes no llegan a captar. P. Ricoeur nos advierte que «todavía queda mucho camino hasta que comprendamos o adivinemos que la cólera de Dios es solamente la tristeza de su amor».
Pero resulta todavía más deplorable que bastantes cristianos no lleguen nunca a captar con gozo al Dios de perdón y de gracia revelado en Jesucristo. ¿Cómo ha podido irse formando, después de Jesucristo, esa imagen de un Dios resentido y culpabilizador? ¿Cómo no trabajar con todas las fuerzas para liberar a la gente de tal equívoco?
No pocas personas piensan que el pecado es un mal que se le hace a Dios, el cual «impone» los mandamientos porque le conviene a él; por eso castiga al pecador. No terminamos de comprender que el único interés de Dios es evitar el mal del hombre. Y que el pecado es un mal para el hombre, y no para Dios. Lo explicaba hace mucho santo Tomás de Aquino: «Dios es ofendido por nosotros sólo porque obramos contra nuestro propio bien.»
Quien, desde la culpa, sólo mira a Dios como juez resentido y castigador, no ha entendido nada. de ese Padre cuyo único interés somos nosotros y nuestro bien. En ese Dios en el que no hay absolutamente nada de egoísmo ni resentimiento, sólo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser más humanos. Somos nosotros los que nos juzgamos y castigamos rechazando su amor.
La escena que nos describe Lucas es profundamente significativa. Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús, abrumado por sus sentimientos de culpa e indignidad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» La reacción de Jesús, encarnación de un Dios de amor y perdón, es conmovedora: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
5 de febrero de 1989

DISFRAZADOS

No temas.

Sería ingenuo pensar que las personas se disfrazan solamente por Carnaval y que las mascaradas de los hombres duran sólo estos tres días anteriores a la cuaresma.
Si observamos sinceramente nuestra vida, encontramos, ciertamente, momentos de honradez, franqueza y claridad. Pero, al mismo tiempo, todos sabemos que nuestra vida es, en gran parte, una mentira.
En cierto modo, se puede decir que nos mentimos a nosotros mismos a lo largo de toda la vida. Nos revestimos de máscaras hacia fuera y hacia dentro. Y nos pasamos la vida recortando, falseando o desfigurando las llamadas de la verdad.
Y no se trata de pensar ahora en nuestras mentiras, engaños y simulaciones de todos los días, sino en la gran mentira de nuestra vida en su conjunto. En esa capacidad nuestra de gritar la verdad a grandes voces y exigir siempre a otros grandes cosas, sin escuchar nunca nosotros mismos las llamadas de nuestra propia conciencia.
No es fácil salir de la mentira cuando llevamos años viviendo una relación superficial con nosotros mismos. No es fácil liberarse de la propia cobardía cuando hemos envuelto nuestra vida entera, con sus proyectos, ideales y relaciones, de vaciedad y cobardía.
Pero el gran privilegio del hombre es la insatisfacción. En lo más profundo de su corazón, algo se resiste siempre y le impide descansar satisfecho en la mentira.
Por eso, hay momentos de gracia tanto para el creyente como para el increyente. Momentos en los que una “luz interior” nos ilumina con claridad ineludible y nos descubre que en nuestra vida falta belleza, bondad, veracidad, auténtica amistad, verdadero amor.
Momentos de transparencia que dejan temblando nuestro corazón y nos hacen prorrumpir palabras semejantes a las de Simón Pedro al encontrarse con Jesús: “Apártate de mi Señor, que soy pecador”.
Es entonces cuando hemos de escuchar las palabras de Jesús: “No temas”. No hay que temer descubrir a Dios la verdad de nuestra vida, por fea y oscura que sea. Dios es mayor que nuestra conciencia. Creer en El es “aceptar ser aceptados a pesar de ser inaceptables” (J.P. Tillich).
Tal vez, nuestra vida se juega en esos momentos privilegiados de luz y de verdad, cuando somos capaces de verlo todo sin máscaras ni disfraces. Si, entonces, todo nos condena, escuchemos el consejo de S. Agustín: “Si sientes ganas de escapar de Dios, no trates de esconderte de Él, escóndete en Él”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
9 de febrero de 1986

NO SOMOS INOCENTES

Señor, soy pecador.

No admite fácilmente el hombre actual ser juzgado como culpable. Nadie quiere oir hablar de su propia culpa o pecado. Una cierta irresponsabilidad parece invadirlo todo.
Siempre la culpa la tienen otros. Nadie se hace responsable del egoísmo, la mentira, la injusticia o la violencia que invade nuestro vivir diario y nuestras relaciones sociales. Todo el mundo echa la culpa a todo el mundo.
S. Freud nos ha invitado a liberarnos de la culpa y eliminar la conciencia de pecado pues, según sus análisis, ello puede destruir una personalidad sana. Por otra parte, K. Marx nos ha enseñado a ver el mal no tanto en nosotros sino en las estructuras surgidas del capitalismo.
Es cierto que hay una manera infantil de vivir angustiado y paralizado por un sentimiento neurótico de culpa. Cierto también que vivimos dentro de unas estructuras socio-económicas que son, en muchos aspectos, objetivamente injustas. Pero, ¿quiere esto decir que podemos vivir cada uno de nosotros «inocentemente», sin sentirnos ya responsables de pecado alguno?
J. Lacroix ha resumido la situación actual diciendo que «el ateísmo contemporáneo no es más que el rechazo de la culpabilidad». Lo cierto es que, en muchas personas, el olvido de Dios ha ido acompañado de una pérdida aún mayor de responsabilidad moral.
Sin embargo, un hombre que quiera ser libre y responsable sabe confesarse culpable siempre que destruye la vida en sí mismo o en los demás.
Los creyentes sabemos por experiencia que reconocer nuestro pecado ante Dios no es destruirnos, sino renacer como hombres nuevos. La culpa, cuando es asumida con responsabilidad y cuando se la sabe perdonada por el amor de Dios, no anula al hombre, sino que le hace crecer.
Pocas veces un creyente se siente más humano que cuando sabe confesar como Pedro: «Señor, soy un hombre pecador». Vivo demasiado cerrado a Dios, de espaldas a la verdad, contaminando egoísmo allí por donde paso, matando la esperanza de la gente, llenando el mundo de mentira, negando el verdadero amor a todos, renunciando a lo mejor de mí mismo, dando muerte a la vida.
Y pocas veces crece con tanta fuerza nuestra capacidad de regeneración como cuando escuchamos con fe agradecida esas palabras inolvidables dirigidas al fondo más íntimo de nuestro ser: «No tengas miedo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
6 de febrero de 1983

¿MAS HUMANOS SIN DIOS?

Por tu palabra, echaré las redes.

Hoy todos nos sentimos humanistas. Todos estamos de acuerdo en que, de una manera o de otra, debemos buscar la liberación plena de la humanidad.
El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cómo se puede hacer al hombre más humano.
A partir, sobre todo, de L. Feuerbach y C. Marx, la crítica atea a la religión ha insistido en que es necesario suprimir a Dios para lograr el nacimiento del verdadero hombre. Sólo cuando «el hom. bre sea el ser supremo para el hombre», la humanidad se pondrá en camino hacia su verdadera liberación.
Que el hombre sea el dios y creador de sí mismo puede resultar ciertamente seductor al hombre contemporáneo. Pero, ello no quiere decir que lo haga más humano.
Quizás, la cuestión más decisiva para el futuro de la fe entre nosotros sea la de saber si el hombre puede ser más humano sin Dios. ¿Cuándo es el hombre más grande y más humano, cuando sabe vivir desde la fe en el Dios liberador de Jesús, o cuando se le diviniza y se le deja solo, como dueño y señor de su existencia?
El mensaje de Jesús es un verdadero reto. Según el evangelio, el hombre no puede darse a sí mismo la salvación plena que anda buscando desde lo más hondo de su ser.
Sólo cuando acepta a Dios como único Señor y lo sabe acoger como origen y centro de referencia de todo su ser y su quehacer, puede el hombre alcanzar su verdadera medida y dignidad. Desde Dios puede descubrir el hombre los verdaderos límites de su ser y la grandeza de su destino.
¿Puede alcanzar el hombre su salvación total desde su esfuerzo autónomo y solitario? ¿Puede el hombre existir alguna vez como un ser autónomo, dueño de su existencia?
Lo importante es verificar cuál es el «dios» al que se somete y de quien hace depender su vida. Descubrir cuál es el «dios» público o privado al que adora.
En realidad, para cada uno de nosotros, «nuestro dios particular» es aquél al que rendimos totalmente nuestro ser. Todos conocemos el nombre de muchos de estos dioses: dinero, salud, éxito, sexo, poder, trabajo, rendimiento, prestigio, eficacia...
El relato evangélico nos invita a reflexionar «en nombre de quién estamos echando las redes». Pues es fácil pasarse toda la vida luchando sin lograr llenar de contenido verdaderamente humano nuestra existencia diaria.

José Antonio Pagola

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