lunes, 7 de enero de 2013

13/01/2013 - El Bautismo del Señor (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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13 de enero de 2013

El Bautismo del Señor (C)



EVANGELIO

Jesús fue bautizado y mientras oraba, se abrieron los cielos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,15-16. 21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos:
- Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
- Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
13 de enero de 2013


INICIAR LA REACCIÓN

El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los "bautizará con el Espíritu Santo y con fuego".
A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia es hoy "la mediocridad espiritual". La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.
Estos últimos años ha ido creciendo la desconfianza en la fuerza del Espíritu, y el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los "signos de los tiempos".
Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categoría premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.
Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos creyentes.
Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son "espíritu y vida".
Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Qué importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.
A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
10 de enero de 2010

NUEVA ESPIRITUALIDAD

Él os bautizará con espíritu santo.

"Espiritualidad" es una palabra desafortunada. Para muchos sólo puede significar algo inútil, alejado de la vida real. ¿Para qué puede servir? Lo que interesa es lo concreto y práctico, lo material, no lo espiritual.
Sin embargo, el "espíritu" de una persona es algo valorado en la sociedad moderna, pues indica lo más hondo y decisivo de su vida: la pasión que la anima, su inspiración última, lo que contagia a los demás, lo que esa persona va poniendo en el mundo.
El espíritu alienta nuestros proyectos y compromisos, configura nuestro horizonte de valores y nuestra esperanza. Según sea nuestro espíritu, así será nuestra espiritualidad. Y así será también nuestra religión y nuestra vida entera.
Los textos que nos han dejado los primeros cristianos nos muestran que viven su fe en Jesucristo como un fuerte "movimiento espiritual". Se sienten habitados por el Espíritu de Jesús. Solo es cristiano quien ha sido bautizado con ese Espíritu. «El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece». Animados por ese Espíritu, lo viven todo de manera nueva.
Lo primero que cambia radicalmente es su experiencia de Dios. No viven ya con «espíritu de esclavos», agobiados por el miedo a Dios, sino con «espíritu de hijos » que se sienten amados de manera incondicional y sin límites por un Padre. El Espíritu de Jesús les hace gritar en el fondo de su corazón: ¡Abbá, Padre! Esta experiencia es lo primero que todos deberían  encontrar en las comunidades de Jesús.
Cambia también su manera de vivir la religión. Ya no se sienten «prisioneros de la ley», las normas y los preceptos, sino liberados por el amor. Ahora conocen lo que es vivir con «un espíritu nuevo», escuchando la llamada del amor y no con «la letra vieja», ocupados en cumplir obligaciones religiosas. Éste es el clima que entre todos hemos de cuidar y promover en las comunidades cristianas, si queremos vivir como Jesús.
Descubren también el verdadero contenido del culto a Dios. Lo que agrada al Padre no son los ritos vacíos de amor, sino que vivamos «en espíritu y en verdad». Esa vida vivida con el espíritu de Jesús y la verdad de su evangelio es para los cristianos su auténtico «culto espiritual».
No hemos de olvidar lo que Pablo de Tarso decía a sus comunidades: «No apaguéis el Espíritu». Una iglesia apagada, vacía del espíritu de Cristo, no puede vivir ni comunicar su verdadera Novedad. No puede saborear ni contagiar su Buena Noticia. Cuidar la espiritualidad cristiana es reavivar nuestra religión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
7 de enero de 2007

UN BAUTISMO NUEVO

Él os bautizará con espíritu santo.

El Bautista habla de manera muy clara: Yo os bautizo con agua, pero esto sólo no basta. Hay que acoger en nuestra vida a otro más fuerte, lleno de Espíritu de Dios: El os bautizará con espíritu santo y fuego.
Son bastantes los «cristianos» que se han quedado en la religión del Bautista. Han sido bautizados con «agua», pero no conocen el bautismo del «espíritu». Tal vez, lo primero que necesitamos todos es dejarnos transformar por el Espíritu que cambió totalmente a Jesús. ¿Cómo es su vida después de recibir el Espíritu de Dios?
Jesús se aleja del Bautista y comienza a vivir desde un horizonte nuevo. No hay que vivir preparándonos para el juicio inminente de Dios. Es el momento de acoger a un Dios Padre que busca hacer de la humanidad una familia más justa y fraterna. Quien no vive desde esta perspectiva, no conoce todavía qué es ser cristiano.
Movido por esta convicción, Jesús deja el desierto y marcha a Galilea a vivir de cerca los problemas y sufrimientos de las gentes. Es ahí, en medio de la vida, donde se le tiene que sentir a Dios como «algo bueno»: un Padre que atrae a todos a buscar juntos una vida más humana. Quien no le siente así a Dios, no sabe cómo vivía Jesús.
Jesús abandona también el lenguaje amenazador del Bautista y comienza a contar parábolas que jamás se le hubieran ocurrido a Juan. El mundo debe saber lo bueno que es este Dios que busca y acoge siempre a sus hijos perdidos porque sólo quiere salvar, no condenar. Quien no habla este lenguaje de Jesús, no anuncia su buena noticia.
Jesús deja la vida austera del desierto y se dedica a hacer «gestos de bondad» que el Bautista nunca había hecho. Cura enfermos, defiende a los pobres, toca a los leprosos, acoge a su mesa a pecadores y prostitutas, abraza a niños de la calle. La gente tiene que sentir la bondad de Dios en su propia carne. Quien habla de un Dios bueno y no hace los gestos de bondad que hacía Jesús desacredita su mensaje.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
11 de enero de 2004

CONFIANZA Y DOCILIDAD

Tu eres mi hijo, el amado

Jesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó ya con el Bautista. Tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incontenible, comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios.
Como es natural, los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos «míticos» de hondo significado. «Los cielos se rasgan»: ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. Se oye «una voz venida del cielo: Tú eres mi hijo querido. En ti me complazco».
Lo esencial está dicho. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: «Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi hijo; me siento feliz». En adelante, Jesús no lo llamará con otro nombre: Abbá, Padre.
De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vivió y trató de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. Se siente hijo querido.
Por eso enseña a todos a llamarle a Dios «Padre». Le apena la «fe pequeña» de sus discípulos. Con esa fe raquítica no se puede vivir. Les repite una y otra vez: «No tengáis miedo. Confiad». Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios.
Al mismo tiempo, Jesús vive en una actitud de docilidad total a Dios. Nada ni nadie le apartará de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive identificándose con él, imitándole en todo.
Es lo que trata de enseñar a todos: «Imitad a Dios. Pare- ecos a vuestro Padre. Sed buenos del todo como vuestro Padre del cielo es bueno. Reproducid su bondad. Es lo mejor para todos».
En tiempos de crisis de fe no hay que perderse en lo accesorio y secundario. Hay que cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
7 de enero de 2001

YO SOY AMADO

Tú eres mi Hijo, el amado.

Dice Henri Nouwen en uno de sus escritos que los hombres y mujeres de hoy, seres llenos de miedos e inseguridad, necesitan más que nunca ser bendecidos. Los niños necesitan la bendición de sus padres y éstos necesitan la bendición de sus hijos.
El escritor recuerda con emoción la primera vez que, en una sinagoga de Nueva York, fue testigo de la bendición de un hijo judío por sus padres: «Hijo, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no, llegues a ser importante o no, goces de salud o no, recuerda siempre cuanto te aman tu padre y tu madre».
El hombre contemporáneo ignora lo que es la bendición y el sentido profundo que encierra. Los padres ya no bendicen a sus hijos. Las bendiciones litúrgicas han perdido su sabor original. Ya no se sabe lo que es la bendición nupcial. Se ha olvidado que «bendecir» (del latín benedicere) significa literalmente «hablar bien», decirle cosas buenas a alguien. Y, sobre todo, decirle nuestro amor y nuestro deseo de que sea feliz.
Y sin embargo, las personas necesitan oír cosas buenas. Hay entre nosotros demasiada condena. Son muchos los que se sienten maldecidos más que bendecidos. Algunos se maldicen incluso a sí mismos. Se sienten malos, inútiles, sin valor alguno. Bajo una aparente arrogancia se esconde con frecuencia un ser inseguro que, en el fondo, no se aprecia a sí mismo.
El problema de muchos no es si aman o no aman, si creen en Dios o no creen. Su problema radica en que no se aman a sí mismos. Y no es fácil desbloquear ese estado de cosas. Amarse a sí mismo cuando uno sabe cómo es, puede ser de las cosas más difíciles.
Lo que muchos necesitan escuchar hoy en el fondo de su ser es una palabra de bendición. Saber que son amados a pesar de su mediocridad y sus errores. Pero, ¿dónde está la bendición? ¿cómo puede estar uno seguro de que es amado? 
Una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es haber olvidado, en buena parte, esta experiencia nuclear de la fe cristiana: «Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera incondicional y gratuita en Jesucristo». Soy amado por Dios ahora mismo, tal como soy, antes de que empiece a cambiar.
Los evangelistas narran que Jesús, al ser bautizado por Juan, escuchó la bendición de Dios: «Tú eres mi Hijo, el amado». También a nosotros nos alcanza esa bendición de Dios sobre Cristo. Cada uno de nosotros puede escucharla en el fondo de su corazón : «Tú eres mi hijo amado». Eso será también este año lo más importante. Cuando las cosas se te pongan difíciles y la vida te parezca un peso insoportable, recuerda siempre que eres amado con amor eterno.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
11 de enero de 1998

NECESARIO

Tú eres mi Hijo, el amado.

Entre los teólogos se cita repetidamente un texto de K. Rahner, considerado por él mismo como su testamento: «El hombre religioso de mañana será un místico o no podrá ser religioso, pues la religiosidad del mañana no será ya compartida en base a una convicción pública y obvia. » La idea del teólogo alemán es clara: pronto no será posible la religión sin experiencia personal de Dios.
Hasta hace poco, el individuo nacía a una religión como nacía a una lengua, una cultura o un pueblo. Bastaba con que no rompiera con ella para ser considerado «miembro» de dicha religión. La crisis religiosa extendida por los países occidentales está haciendo cada vez más imposible este estado de cosas.
Ya no basta pertenecer más o menos pasivamente a una Iglesia. No es suficiente la supuesta adhesión a un conjunto de verdades religiosas transmitidas por la tradición. Cada vez va a ser más inviable vivir la fe como una herencia cultural o una costumbre social. En el futuro para ser creyente cada uno tendrá que hacer su propia experiencia y descubrir que lleva en su corazón «un misterio más grande que él mismo» (H. U von Balthasar).
No se trata de «psicologizar» la fe introduciendo también lo «psi» en la religión, según los gustos del hombre posmoderno, o de promover «comunidades emocionales» (M. Weber), donde el individuo se pueda defender de la «intemperie religiosa» encerrándose en una fe intimista y sentimentalizada. Experiencia de Dios quiere decir fundamentalmente reconocer nuestra finitud y abrirnos con absoluta confianza al misterio de Dios.
Casi todas las personas intuyen en el fondo de su ser una presencia inconfundible que, aunque puede generar temor y fuga, está reclamando suavemente nuestra confianza. Su presencia no es una más entre otras. No se confunde con nuestros gustos, miedos o aspiraciones. Es diferente. Viene de más allá, de más adentro que de nosotros mismos. Podemos seguir ignorándola, pero podemos también acogerla. Primero de forma débil e indecisa, después con confianza absoluta y con gozo.
La experiencia que vive Jesús al ser bautizado en el Jordán es modelo de toda experiencia cristiana de Dios. Cuando en algún momento de nuestra vida (cada uno sabe el suyo) «el cielo se rasga» y las tinieblas nos permiten entrever algo del misterio que nos envuelve, el cristiano lo mismo que Cristo sólo escucha una voz, pero ésta basta para transformar la vida entera: «Tú eres mi Hijo amado.» En el futuro será difícil que haya cristianos si no han hecho la experiencia personal de sentirse hijos amados de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
8 de enero de 1995

NO SENTIRSE SOLO

Tú eres mi Hijo amado.

No es fácil analizar la soledad. Probablemente, todos la hemos experimentado en algún momento. A veces la tememos, otras, la buscamos, casi siempre huimos de ella. Una cosa es estar solo y otra «sentirse solo». Según todos los indicios, cada vez son más los que se sienten solos en nuestros días.
La soledad es vivida casi siempre como fuente de tristeza y sufrimiento. La persona sola siente la ausencia de una compañía amistosa. No conoce el amor ni la acogida. No se puede confiar a nadie. No tiene con quién compartir su vida. A. Machado decía que «un corazón solitario no es un corazón».
El problema es que, de alguna manera, todos estamos solos en la vida. Sin duda, tenemos amigos. Hay personas que nos aprecian y quieren. Pero, en el fondo, cada uno vive y muere desde su propia soledad. Es verdad la afirmación de Hölderlin: «Ser hombre es estar profundamente solo. » Por eso, es tan importante saber qué hace el individuo con su soledad.
La primera reacción suele ser casi siempre huir. Pocas cosas le resultan al ser humano tan duras como el estar a solas consigo mismo. Los recursos son bien conocidos. El más frecuente es la diversión. Estar ocupados en algo para no tener que pensar en nosotros mismos. Meter ruido para no ofr nuestra soledad.
Otro camino es buscar, a toda costa, la compañía de otros. El resultado puede ser lamentable. Cuando las personas se juntan sólo para huir de su propia soledad, lo que surge es una sociedad de hombres y mujeres solitarios, compuesta por individuos «sin rostro», configurados por la moda y los tópicos. Seres anónimos que se aglomeran los unos junto a los otros, pero que no aciertan a encontrarse.
Sin embargo, la verdadera superación de la soledad sólo se da en el encuentro. Y «encontrarse» es mucho más que verse, oírse o tocarse. Lo decisivo es dialogar y compartir. Experimentar la mutua acogida y la comunicación confiada. Amar y ser amado.
Pero no hemos de olvidar que en el ser humano hay una soledad última que nada ni nadie puede curar. Una soledad que únicamente Dios puede acompañar. Por ello, ésa es probablemente la experiencia más básica del creyente: no sentirse solo. Escuchar en el fondo de su ser lo mismo que escuchaba Jesús: «Tú eres mi hijo amado.» Esta podría ser una buena definición del creyente: «Un ser que se sabe amado por Dios. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
12 de enero de 1992

RENOVAR LA FE

Jesús también se bautizó.

Son pocos los cristianos que saben en qué día fueron bautizados, y menos aún los que lo celebran. Basta recordar la fecha de nacimiento y celebrar el cumpleaños.
Lo importante evidentemente no es recordar un rito, sino agradecer la fe que ha marcado nuestra vida ya desde niños y asumir con gozo renovado nuestra condición de creyentes. La fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos puede ser una invitación a recordar nuestro propio bautismo y a reafirmarnos de manera más responsable en nuestra fe.
Tal vez lo primero que hemos de hacer es preguntarnos si la fe ocupa un lugar central en nuestra vida, o si todo se reduce a un añadido artificial que tiene todavía alguna importancia, pero del que podríamos prescindir sin grandes consecuencias. Una pregunta clave sería ésta: ¿Es la fe la que orienta e inspira la totalidad de mi vida, o vivo más bien sostenido y estimulado sólo por la búsqueda de bienestar, el disfrute de la vida, las ocupaciones laborales y mis pequeños proyectos?
Por otra parte, la fe no es algo que se tiene, sino una relación viva y personal con Dios, que se va haciendo más honda y entrañable a lo largo de los años. Ser creyente, antes de creer algo, es creerle a ese Dios revelado en Cristo. La pregunta sería si mi fe se reduce a aceptar teóricamente «lo que me diga la Iglesia>, o si más bien busco abrirme de manera humilde y confiada a Dios.
Pero para abrirse a Dios no bastan los ritos externos, los rezos rutinarios o la confesión de los labios. Es necesario creerle a Jesucristo, escuchar interiormente su Palabra, acoger su evangelio. ¿Abro alguna vez la Biblia? ¿Leo los evangelios? ¿Hago algo por conocer mejor la persona de Jesús y su mensaje?
Además, la fe no es algo que se vive de manera solitaria y privada. Es una equivocación pensar en la fe como una especie de «hobby» o afición personal. El creyente celebra, agradece, canta y disfruta su fe en el seno de una comunidad cristiana. ¿No he de renovar e intensificar más los lazos con la comunidad donde se alimenta y sostiene mi fe?
La celebración del domingo es fundamental para el cristiano. El domingo es el día en que se encuentra con su comunidad, celebra la eucaristía, escucha el evangelio, invoca a Dios como Padre y renueva su esperanza. Sin esta experiencia semanal, difícilmente crecerá la fe. ¿Pienso que para mí es suficiente acordarme de Dios en los momentos malos, asistir distraído a algunos funerales y santiguarme antes de las comidas?
Quien quiera conocer «el gozo de la fe» y experimentar la luz, la fuerza y el aliento que la fe puede introducir en la vida del ser humano ha de comenzar por estimularla, cuidarla y renovarla.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
8 de enero de 1989

CREER, ¿PARA QUE?

os bautizará con Espíritu Santo.

Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe.
Quizás la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿Para qué creer? ¿Cambia algo la vida el creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?
Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida diaria. Hoy Dios ya no cuenta en absoluto para ellos a la hora de orientar y dar sentido a su vivir cotidiano.
Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Les parece todo ello un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre unas bases más realistas.
Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin El. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?
Esta pregunta sólo es posible cuando uno “ha sido bautizado con agua” pero no ha descubierto nunca qué significa “ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo”. Cuando uno sigue pensando equivocadamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida, y no ha vivido nunca la experiencia viva de Dios.
La experiencia de sentirse acogido por El en medio de la soledad y el abandono, sentirse consolado en el dolor y la depresión, sentirse perdonado en el pecado y el peso de la culpabilidad, sentirse fortalecido en la impotencia y caducidad, sentirse impulsado a vivir, amar y crear vida en medio de la fragilidad.
¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud. Para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión, Para vivir incluso los acontecimientos más banales e insignificantes con más profundidad.
¿Para qué creer? Para atrevemos a ser humanos hasta el final. Para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito. Para defender nuestra verdadera libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo esclavizador. Para permanecer abiertos a todo el amor, toda la verdad, toda la ternura que se puede encerrar en el ser. Para seguir trabajando nuestra propia conversión con fe. Para no perder la esperanza en el hombre y en la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
12 de enero de 1986

¿ESPIRITUALIDAD O ESPIRITISMO?

Bajó el Espíritu Santo sobre él.

Cuando los evangelistas describen el bautismo de Jesús, su atención no se centra tanto en el rito purificador del agua como en la acción del Espíritu Santo que desciende sobre él.
Sin duda, quieren dejar bien claro desde el comienzo que Jesús, el protagonista de las páginas que van a seguir, es un hombre lleno del Espíritu de Dios que le hace invocar a Dios como Padre y le urge al servicio de los hermanos necesitados.
De hecho, así han comprendido los primeros creyentes la vida cristiana. Como un «dejarse bautizar por el Espíritu de Jesús» y un ponerse a actuar movidos por el mismo Espíritu que animó su vida.
No parece nuestra sociedad actual demasiado abierta al Espíritu de Dios. Pero, sorprendentemente cuando los hombres se cierran al Espíritu, caen esclavos de una multitud de «pequeños espíritus».
Estamos asistiendo entre nosotros a un renovado interés por la parasicología, la astrología, el tarot, el ocultismo y los horóscopos.
Y no siempre es curiosidad científica o puro pasatiempo. Con frecuencia, la fe es sustituida por las más curiosas supersticiones, y, a falta de verdadera espiritualidad, se nos infiltra, de mil maneras, toda clase de «espiritismos».
Incluso, estamos observando el renacimiento de recetas, métodos, fórmulas y caminos de salvación donde se intenta, de manera mágica, poner al Espíritu Santo al servicio de nuestros deseos.
En la sección de anuncios de este mismo diario, se pueden leer cualquier día mescolanzas tan sabrosas como la que sigue: «Gracias Espíritu Santo. J.M.A.; Horóscopos en Eibar. Renee Hatfield. Hotel Arrate...; Gracias Espíritu Santo por favor recibido. J.U.; Modista confecciona arreglos vueltas abrigo rápido...».
Cuando la religión es utilizada desde una actitud no religiosa y la invocación al Espíritu Santo se reduce a asegurar la «obtención de favores», la fe queda vacía de su verdadero contenido.
Abrirse al Espíritu es otra cosa. Se trata de acoger humildemente la presencia creadora de Dios en nosotros. Dejarse purificar y modelar por el Espíritu que animó toda la actuación de Jesús. Vivir desde la fe la experiencia de un Amor que nos envuelve y nos hace invocar a Dios como Padre y acercarnos a los otros como hermanos.
Los verdaderos «favores» del Espíritu Santo son los frutos que suscita en nosotros: «amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí» (1 Co 12, 6-11).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
9 de enero de 1983

ANTE EL CULPABLE

Jesús también se bautizó.

Cuando un hombre es encontrado culpable de algo, casi instintivamente nace en nosotros un movimiento de distanciamiento, rechazo, y hasta repulsa. Parece la reacción normal de todo hombre que desea reafirmarse en la honestidad y rectitud de una conducta limpia.
Parece como que lo primero y quizás lo único que debemos hacer ante el culpable es separarnos de él, condenando su actuación y criticando su conducta. Tendemos a sentirnos ms jueces que hermanos.
Sin embargo, quizás no es ésta la única postura ni siquiera la que más puede ayudar al hombre a rehacerse de su pecado, rehabilitarse y recuperar su dignidad perdida.
Con frecuencia, se han preguntado los creyentes por qué se hizo bautizar Jesús. Su gesto resulta sorprendente. Juan el Bautista predica «un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados». ¿Cómo pudo, entonces, Jesús, el hombre justo y sin pecado, realizar un gesto que lo podía confundir con el resto de los pecadores?
La respuesta es, quizás, bastante clara para aquél que conozca un poco de cerca la actuación de Jesús de Nazaret.
Uno de los datos mejor atestiguados sobre Jesús es su cercanía y su acogida a hombres y mujeres considerados como «pecadores» en la sociedad judía. Es sorprendente la fuerza con que Jesús condena el mal y la injusticia, y, al mismo tiempo, la acogida que ofrece a los pecadores.
Comparte la misma mesa con pecadores públicos, a los que nunca un judío piadoso se hubiera acercado. Ofrece su amistad a los sectores más despreciados por las clases «selectas» de Israel. Llegan a llamarle con desprecio amigo de pecadores.
Y están en lo cierto. Jesús se acerca a los pecadores como amigo. No como moralista que busca el grado exacto de culpabilidad. Ni como juez que dicta sentencia condenatoria. Sino como hermano que ayuda a aquellos hombres a escuchar el perdón de Dios, encontrarse de nuevo con lo mejor de sí mismos y rehacer su vida.
El bautismo no es un gesto extraño en Jesús. Es el gesto de un hombre que, al escuchar la llamada del Bautista, desea encontrarse cerca de los pecadores y solidarizarse con aquel movimiento de renovaci6n que Juan pide al pueblo.
La denuncia firme del mal no está reñida con la cercanía al hombre caído. Cuántas veces esas personas que tan fácilmente condenamos, están necesitando más que nuestras críticas ligeras, una comprensión y una ayuda que les dé fuerza para renovar su vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

PASAR DE DIOS

A nuestra vida, para ser humana, le falta una dimensión esencial: La interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestra alma.
Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar y mirar la vida con un poco de hondura y profundidad.
El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se atreve a ocuparse de cosas tan sospechosas como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?.
Privados de vida interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones, ilusiones y planes. Nos hemos adaptado ya y hasta hemos aprendido a vivir “como cosas en medio de cosas.”
Pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un mundo que ha apostado por lo “exterior”, Dios queda como un objetivo demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.
Por ello, no es extraño ver que muchos hombres y mujeres “pasan de Dios”, lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de El. Quizás existe, pero lo cierto es que no les “sirve” para nada útil.
Los evangelistas presentan a Jesús como el que viene a “bautizar con Espíritu Santo, es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y, quizás, la primera tarea de la Iglesia actual sea, precisamente, la de ofrecer ese “Bautismo de Espíritu Santo” al hombre de hoy.
Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo en el hombre, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.
No basta que el Evangelio sea predicado con palabras. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados y no escuchen ya el mensaje de las palabras. Sólo nos puede convencer la experiencia real, viva, concreta de una alegría interior nueva y diferente.
Hombres y mujeres, convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior  vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia ?.

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