lunes, 31 de octubre de 2011

06/11/2011 - 32º domingo Tiempo ordinario (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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6 de noviembre de 2011

32º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.
Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas:
"Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas."
Pero las sensatas contestaron:
"Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:
"Señor, señor, ábrenos."
Pero él respondió:
"Os lo aseguro: no os conozco.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»
Palabra de Dios.

HOMILIA

2010-2011 -
6 de noviembre 2011.


ENCENDER UNA FE GASTADA


La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.
No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.
Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.
Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.
Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.
Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?
¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?
Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
2 de noviembre 2008.

ENCENDER LAS LÁMPARAS

Se nos apagan las lámparas.

Entre los primeros cristianos había, sin duda, discípulos «buenos» y discípulos «malos». Sin embargo, al escribir su evangelio, Mateo se preocupa sobre todo de recordar que, dentro de la comunidad cristiana, hay discípulos «sensatos» que están actuando de manera responsable e inteligente, y hay discípulos «necios» que actian de manera frívola y descuidada. ¿Qué quiere decir esto?
Mateo lo explica al recoger dos parábolas de Jesús. La primera es muy clara. Hay algunos que «escuchan las palabras de Jesús», y «las ponen en práctica». Toman en serio el Evangelio y lo traducen en vida. Son como el «hombre sensato» que construye su casa sobre roca. Es el sector más responsable: los que van construyendo su vida y la de la Iglesia sobre la autenticidad y la verdad de Jesús.
Pero hay también quienes escuchan las palabras de Jesús, y «no las ponen en práctica». Son tan «necios» como el hombre que «edifica su casa sobre arena». Su vida es un disparate. Construyen sobre el vacío. Si fuera sólo por ellos, el cristianismo sería pura fachada, sin fundamento real en Jesús.
Esta parábola nos ayuda a captar el mensaje fundamental de otro relato en el que un grupo de jóvenes salen, llenas de alegría, a esperar al esposo, para acompañarlo a la fiesta de su boda. Desde el comienzo se nos advierte que unas son «sensatas» y otras «necias».
Las «sensatas» llevan consigo aceite para mantener encendidas sus lámparas; las «necias» no piensan en nada de esto. El esposo tarda, pero llega a medianoche. Las «sensatas» salen con sus lámparas a iluminar el camino, acompañan al esposo y «entran con él» en la fiesta. Las «necias», por su parte, no saben cómo resolver su problema: «se les apagan las lámparas». Así no pueden acompañar al esposo. Cuando llegan es tarde. La puerta está cerrada.
El mensaje es claro y urgente. Es una insensatez seguir escuchando el Evangelio, sin hacer un esfuerzo mayor para convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra conversión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
6 de noviembre 2005.

ANTES DE QUE SEA TARDE

Se nos apagan las lámparas.

Mateo escribió su evangelio en unos momentos críticos para los seguidores de Jesús. La venida de Cristo se iba retrasando demasiado. La fe de no pocos se relajaba. Era necesario reavivar de nuevo la conversión primera.
Movido por esta preocupación, recogió tres parábolas de Jesús y las trabajó profundamente para llamar a todos a la responsabilidad: «No esperes que otros te den “aceite” para encender tu “lámpara”, tu mismo tienes que cuidar tu fe; no te contentes con conservar tu “talento” bajo tierra, tienes que arriesgarte a hacerlo fructificar; no estés esperando a que se te aparezca Cristo, lo puedes encontrar ahora mismo en todo el que sufre».
La primera parábola nos habla de una fiesta de bodas. Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Unas llevan consigo aceite para encender sus antorchas; a las otras ni se les ha ocurrido pensar en ello. Creen que basta con llevar antorchas en sus manos.
Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entra el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo. Las jóvenes previsoras encienden sus antorchas y entran con él en el banquete. Las inconscientes se ven obligadas a salir a comprarlo. Para cuando vuelven «la puerta está cerrada». Es demasiado tarde.
Es un error andar buscando un significado secreto al «aceite»: ¿será una alegoría para hablar del fervor espiritual, de la vida interior, de las buenas obras, del amor...? La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.
Es una irresponsabilidad llamarnos cristianos y vivir la propia religión, sin hacer más esfuerzos por parecemos a él. Es un error vivir con autocomplacencia en la propia Iglesia, sin planteamos una verdadera conversión a los valores evangélicos. Es propio de inconscientes sentimos seguidores de Jesús, sin «entrar» en el proyecto de Dios que él quiso poner en marcha.
En estos momentos en que es tan fácil «relajarse», caer en el escepticismo e «ir tirando» por los caminos seguros de siempre, sólo encuentro una manera de estar en la Iglesia: convirtiéndome a Jesucristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
10 de noviembre 2002.

Título

(No se encuentra)

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
7 de noviembre 1999.

CON ESPERANZA INCANSABLE

Se nos apagan las lámparas.

Sorprende la insistencia con que Jesús ha hablado de la vigilancia. Son numerosas las parábolas que nos invitan a adoptar una actitud vigilante y atenta ante la existencia. Nuestra mayor insensatez sería vivir «sin horizonte». Sumergirnos en el presente sin otra perspectiva más amplia. Ahogar nuestra vocación de infinito en la vulgaridad de una vida superficial y satisfecha.
La esperanza cristiana no es algo desfasado. Por una parte, nos puede liberar de un optimismo excesivamente ingenuo que cree que el hombre puede darse a sí mismo todo lo que anda buscando. Por otra, nos puede despertar del inmovilismo propio de quien se siente resignado o satisfecho.
El hombre no tiene sólo necesidades que se esfuman cuando han quedado satisfechas. Lo propio del hombre es «el deseo» que no se sacia nunca, puesto que está abierto a lo infinito y universal. El hombre es deseo de amor, verdad, plenitud, felicidad total. «Nunca hay nada logrado para el hombre» (L. Aragón). Nada puede satisfacerlo por completo.
Pero también es verdad que el hombre puede llegar a instalarse y quedar atrapado en la mera satisfacción de algunas de sus necesidades. ¿No hay entre nosotros hombres y mujeres «acabados», sin afán alguno de superación, instalados aburridamente en una vida satisfecha? ¿No hay entre nosotros gentes que, en el fondo, no desean que cambie nada? Individuos replegados sobre sí mismos, insensibles al dolor ajeno, personas a las que se les ha «apagado» hace mucho tiempo «la lámpara» del amor gratuito y generoso.
El Evangelio nos invita a la vigilancia. La esperanza cristiana no instala en el inmovilismo. Al contrario, inquieta. Crea en nosotros un dinamismo mayor. Anima nuestra responsabilidad y creatividad. No nos deja descansar. Un hombre que mantiene encendida la lámpara de la fe y la esperanza es un hombre eternamente insatisfecho, que nunca está del todo contento ni de sí mismo ni del mundo en que vive. Por eso, precisamente, se le ve comprometido allí donde se está luchando por una vida mejor y más liberada.
Estos son los hombres «sabios» que tanto necesita nuestra sociedad. Personas de esperanza incansable. Hombres y mujeres que saben que el crecimiento del nivel de vida no es la «última salvación» que apaciguará al hombre. Creyentes que luchan por un mundo más humano, pero que saben que éste nunca será un puro y simple desarrollo de nuestros esfuerzos y proyectos, sino gracia y regalo de Aquél con quien nos encontraremos un día.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
10 de noviembre 1996.

¿SÓLO EL MÁS ACÁ?

Se nos apagan las lámparas.

Aunque pueda parecer sorprendente, no es raro hoy encontrarse con personas que dicen creer en Dios y, al mismo tiempo, piensan que todo acaba en la muerte. No les preocupa la vida del más allá. Lo que les interesa de verdad es vivir siempre mejor en esta tierra.
Hay otros que creen en la resurrección de Cristo y en su propia resurrección, pero esta fe apenas tiene influencia alguna en su vida ni en su comportamiento. Se diría que pertenece simplemente a su patrimonio cultural. Afirman que hay resurrección más o menos como dicen que el mundo es redondo. Sin repercusión alguna en sus vidas.
¿A qué se debe esta falta de interés por la vida después de la muerte? No parece ser fruto de una reflexión sólida. Menos aún, de una mala voluntad. Sencillamente y sin saber cómo ni por qué, a muchas personas se les hace difícil creer. Desearían poder hacerlo, creer desde el fondo de su ser, pero no les sale.
Son varios, sin duda, los factores culturales que hacen más difícil la fe en la resurrección, pero hay uno de especial importancia en este punto concreto: ha cambiado radicalmente el modo de pensar la muerte. Como ha dicho E. Schillebeeckx, el hombre de hoy «ya no trata la muerte metafísicamente, sino de modo funcional». Dicho de otra manera, la muerte no provoca hoy, de manera tan directa como en el pasado, la pregunta sobre lo que le sucede a la persona después de morir. Lo que preocupa son otras cosas de carácter más práctico e inmediato.
Ante la muerte, lo más importante parece casi siempre retrasarla al máximo, hacerla lo más llevadera posible, mitigar el dolor. Por otra parte, una vez ocurrida, lo que preocupa es cómo quedan aquí los seres queridos.
Este modo funcional de abordar la muerte ha contribuido probablemente a desarrollar de forma más adecuada la ayuda médica al enfermo haciendo más soportable el morir desde el punto de vista físico y psicológico. Pero, ¿no ha traído también una forma menos sabia y profunda de enfrentarse al misterio de la muerte?, ¿por qué hemos de engañarnos ante el hecho brutal e inevitable del morir?, ¿por qué hemos de andar evitando el problema de fondo: hay o no hay un Dios que acoge a este ser humano que muere?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
7 de noviembre 1993.

DELGADEZ ESPIRITUAL

Se nos apagan las lámparas.

A veces pensamos que lo contrario de la esperanza es la desesperación. No siempre es así. En una época de crisis como la nuestra, la pérdida de esperanza se manifiesta, sobre todo, en una actitud de desesperanza que lo va penetrando todo. Es fácil observar hoy este «desgaste» de la esperanza en bastantes personas.
A veces, el rasgo más evidente es la actitud negativa ante la vida. El que pierde la esperanza, lo va viendo todo de manera cada vez más negativa. No es capaz ya de captar lo bueno, lo hermoso que hay en la existencia. No acierta a ver el lado positivo de las cosas, las personas o los acontecimientos. Todo esta mal, todo es inútil. En esa actitud negativa y desesperanzada va malgastando la persona sus mejores energías.
La falta de esperanza se manifiesta, otras veces, en una pérdida de confianza. La persona no espera ya gran cosa de la vida, de la sociedad, de los demás. Sobre todo, no espera ya mucho de sí misma. Por eso, va rebajando poco a poco sus aspiraciones. Se siente mal consigo misma, pero no es capaz de reaccionar. No sabe dónde encontrar fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el escepticismo.
La desesperanza viene otras veces acompañada de la tristeza. Desaparece la alegría de vivir. La persona se ríe y divierte por fuera, pero hay algo que ha muerto en su interior. El mal humor, el pesimismo y la amargura están cada vez más presentes. Nada merece la pena. No hay un «porqué» para vivir. Lo único que queda es dejarse llevar por la vida.
A veces, la falta de esperanza se manifiesta sencillamente en cansancio. La vida se convierte en una carga pesada, difícil de llevar. Falta empuje y entusiasmo. La persona se siente cansada de todo. No es la fatiga normal después de un trabajo o actividad concreta. Es un cansancio vital, un aburrimiento profundo que nace desde dentro y envuelve toda la existencia de la persona.
Sin duda, son muchos los factores que pueden generar este desmoronamiento de la esperanza, pero, muchas veces, todo comienza con la pérdida de «vida interior». El problema de muchas personas no es «tener problemas», sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos.
Leo en el último número de El Ciervo las palabras de ese filósofo agnóstico, tan poco sospechoso de devaneos espirituales, que es Rafael Argullol: «Creo que bajo nuestra apariencia de fortaleza material y técnica, hay una debilidad sustancial. Se va adelgazando la silueta espiritual del hombre. » Según el escritor catalán, esa «delgadez espiritual» está en el origen del miedo, la inseguridad e inconsistencia del hombre contemporáneo.
Son momentos de recordar la parábola de Jesús y su advertencia. Es una insensatez dejar que se apague «el aceite de nuestras lámparas». Un hombre, vacío de espíritu y empobrecido interiormente, no puede caminar hacia su verdadero progreso ni orientarse hacia su salvación definitiva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
11 de noviembre 1990.

INCREDULIDAD DE LOS CREYENTES

Se nos apagan las lámparas.

Desde hace algunos años se viene designando así la paradójica situación de hombres y mujeres que se confiesan creyentes, pero en los que la fe ya no es una fuerza que influya en sus vidas. Cristianos de fe tan lánguida, esperanza tan apagada y vida tan pagana como la de muchos contemporáneos que ya no se dicen creyentes.
Son personas que viven en un estado intermedio entre el cristianismo tradicional que conocieron de niños y la descristianización general que respiran hoy en su entorno. Se confiesan cristianos, pero su vida cotidiana se nutre de fuentes, convicciones e impulsos muy alejados del espíritu de Cristo.
Mal cuidada y peor alimentada, la fe va perdiendo fuerza en ellos, mientras la incredulidad se va extendiendo en sus conciencias de manera casi imperceptible, pero cada vez más firme.
Cristianos de rostro irreconocible, su estado está bien descrito en esas jóvenes de la parábola evangélica que dejan que se apaguen sus lámparas antes de que llegue el esposo.
¿Es posible reavivar de nuevo esa fe antes de que sea demasiado tarde? ¿Es posible que vuelva a iluminar la vida de quien se va deslizando poco a poco hacia la incredulidad total?
Antes que nada, es necesario reconocer la propia incoherencia y reaccionar. No es sano vivir en la contradicción sin plantearla explícitamente y resolverla. Hay que pasar del «cristianismo por nacimiento» al «cristianismo por elección». ¿Cómo va a ser uno creyente en una sociedad laica y plural, si no es por decisión consciente y libre?
Pero es necesario, además, cuidar la fe, conocerla cada vez mejor, cultivarla. Un cristiano ha de preocuparse de leer personalmente el evangelio e interesarse por el estudio de la persona de Cristo y su mensaje. Difícilmente se sostendrá hoy «la fe del carbonero» en una sociedad donde el cristianismo está expuesto a un examen cada vez más crítico.
Pero, lo más decisivo es, sin duda, alimentar la experiencia religiosa. La fe consiste básicamente en fundamentar nuestra existencia, no en nosotros mismos sino en Dios. Cuando falta esta entrega confiada a Dios, la fe queda reducida a un añadido artificial y engañoso.
¿Cómo puede decirse creyente un hombre que no invoca a Dios ni se para nunca a escucharlo vivo en su interior? ¿Cómo puede crecer la esperanza de un cristiano que no celebra nunca el domingo ni se alimenta jamás de la eucaristía? El cristiano sólo crece cuando acierta a alimentar «la lámpara» de su fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
8 de noviembre 1987.

ENVEJECER CON SABIDURIA

Se nos apagan las lámparas.

Envejecer no es una desgracia. Nuestra vida tiene su ritmo y no lo podemos alterar. La verdadera sabiduría consiste en saber aceptarlo sin amargura ni enojos inútiles, tal como Dios lo ha querido para cada uno de nosotros.
Saber caminar en paz, al ritmo de cada edad, disfrutando del encanto y las posibilidades que nos ofrece cada día que vivimos.
En una sencilla parábola, Jesús nos pone en guardia ante un peligro que acecha siempre al ser humano pero que puede acentuarse en los últimos años. El peligro de gastarnos, «quedarnos sin aceite», dejar que el espíritu se apague en nosotros.
Sin duda, la vejez trae consigo limitaciones inevitables. Nuestro cuerpo no nos responde como quisiéramos. Nuestra mente no es tan lúcida como en otros tiempos. El contacto con el mundo que nos rodea puede hacerse más difícil.
Pero nuestro mundo interior puede crecer y ensancharse. Cuando han terminado ya otras preocupaciones y trabajos que nos han tenido tantos años lejos de nosotros mismos, puede ser el momento de encontrarnos por fin con nosotros y con Dios.
Es el momento de dedicarnos a lo realmente importante. Tenemos tiempo para disfrutar de cada cosa por pequeña que nos parezca. Podemos vivir más despacio. Descansar. Hacer balance de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.
Tal vez, sólo el anciano puede vivir con verdadera sabiduría, con sensatez y hasta con humor. El sabe mejor que nadie cómo funciona la vida, cuánta importancia le damos a cosas que apenas la tienen. Sus años le permiten mirarlo todo con más realismo, con más comprensión y ternura.
Lo importante es no perder la energía interior. Cuando nos quedamos vacíos por dentro, es fácil caer en la amargura, el aburrimiento, el desequilibrio emocional y mental.
Por eso, cuánto bien puede hacerle al hombre avanzado en años el pararse a rezar despacio y sin prisas, con una confianza total en ese Dios que mira nuestra vida y nuestras debilidades con amor y comprensión infinitas. Ese Dios que comprende nuestra soledad y nuestras penas. El Dios que nos espera con los brazos abiertos.
Jesús tenía razón. Hemos de cuidar que no se nos apague por dentro la vida. Si no encontramos la paz y la felicidad dentro de nosotros, no las encontraremos en ninguna parte. Como ha dicho alguien con ingenio, lo importante no es añadir años a nuestra vida sino añadir vida a nuestros años.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
11 de noviembre 1984.

DESGASTE DE LA ESPERANZA

Se nos apagan las lámparas.

Los hombres no podemos vivir sin esperar en algo o en alguien. De alguna manera, siempre andamos buscando una felicidad, una seguridad o una satisfacción que todavía no poseemos.
Naturalmente, las «esperanzas» que marcan nuestra vida diaria pueden ser muy distintas y variadas. Mientras uno espera encontrar trabajo, otro espera salir curado del centro sanitario. Mientras uno espera el descanso del fin de semana, el otro vive esperando el nacimiento de su hijo.
Pero todas estas «esperas» no constituyen todavía «la esperanza» que verdaderamente importa.
El hombre necesita una esperanza más honda y fundamental cuando siente la vida como algo cruel y pesado, algo insoportable que no merece la pena ser vivido.
En esos momentos en que no encontramos ya nada grande ni seguro en medio de nuestros miedos y sufrimientos, fácilmente se despierta en nosotros una pregunta: ¿Esto es todo? ¿No hay nada más que esperar?
Los especialistas afirman que bajo todos nuestros miedos, subyace en último término un miedo fundamental a la soledad y a la pérdida del amor. Este miedo a no ser amados es el que destruye de raíz la esperanza del hombre.
Pero, incluso en las experiencias más gozosas de la vida, cuando uno puede disfrutar de la cercanía misteriosa del otro y sentirse comprendido, aceptado y querido, aún entonces surge en el corazón humano el interrogante: ¿No falta ahí nada? ¿ Es todo plenitud?
La verdad es que cuando reducimos el horizonte de nuestra vida y nos limitamos a vivir de «pequeñas esperas», nos empobrecemos. Las «esperanzas» se desgastan un día, el optimismo se nos consume, el mal humor se apodera cada vez más fácilmente de nosotros.
Entonces, podemos seguir actuando movidos por la ambición, la envidia o el deseo de triunfar, pero sabemos que nos falta lo más grande: la esperanza.
La parábola de Jesús sobre aquellas jóvenes a las que se les gasta el aceite de sus lámparas mientras esperan al esposo, nos debe recordar a los creyentes que ser cristiano es saber esperar en Dios.
Si esta esperanza se apaga en nosotros, hemos perdido lo más importante. Nuestra vida se hace atea. San Pablo nos diría que entonces vivimos «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 12).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
8 de noviembre 1981.

HOMBRES ACABADOS

Se nos apagan las lámparas.

Sorprende la insistencia con que Jesús ha hablado de la vigilancia. Son numerosas las parábolas que nos invitan a adoptar una actitud vigilante y atenta ante la existencia.
Nuestra mayor insensatez sería vivir «sin horizonte». Sumergirnos en el presente sin otra perspectiva más amplia. Ahogar nuestra vocación de infinito en la vulgaridad de una vida superficial y satisfecha.
La esperanza cristiana no es algo desfasado. Por una parte, nos puede liberar de un optimismo excesivamente ingenuo que cree que el hombre puede darse a sí mismo todo lo que anda buscando. Por otra, nos puede despertar del inmovilismo propio de quien se siente resignado o satisfecho.
El hombre no tiene sólo necesidades que se esfuman cuando han quedado satisfechas. Lo propio del hombre es «el deseo», que no se sacia nunca, puesto que está abierto a lo infinito y universal.
El hombre es deseo de amor, verdad, plenitud, felicidad total. «Nunca hay nada logrado para el hombre» (L. Aragón). Nada puede satisfacer por completo sus verdaderos deseos.
Pero también es verdad que el hombre puede llegar a instalarse y quedar atrapado en la mera satisfacción de algunas de sus necesidades.
¿No hay entre nosotros hombres y mujeres «acabados», sin afán alguno de superación, instalados aburridamente en una vida satisfecha? ¿No hay entre nosotros gentes que, en el fondo, no desean que cambie nada? Hombres replegados sobre sí mismos, insensibles al dolor ajeno, hombres a los que se les «ha apagado» hace mucho tiempo «la lámpara» del amor gratuito y generoso.
El evangelio nos invita a la vigilancia. La esperanza cristiana no instala en el inmovilismo. Al contrario, nos inquieta. Crea en nosotros un dinamismo mayor. Anima nuestra responsabilidad y creatividad. No nos deja descansar.
Un hombre que mantiene encendida la lámpara de la fe y la esperanza cristiana es un hombre eternamente insatisfecho, que nunca está del todo contento ni de sí mismo ni del mundo en que vive. Por eso, precisamente, se le ve comprometido allí donde se está luchando por una vida mejor y más liberada.
Estos son los hombres «sabios» que tanto necesita nuestra sociedad. Hombres de esperanza incansable. Hombres que saben que el desarrollo y el crecimiento del nivel de vida no son la «última salvación» que apaciguará al hombre.
Hombres que luchan por un mundo más humano, pero que saben que éste nunca será un puro y simple desarrollo de nuestros esfuerzos y proyectos, sino gracia y regalo de Aquél con quien nos encontraremos un día.  

José Antonio Pagola
HOMILIA

ADULTERAR LA LITURGIA

Uno de los factores que llevó a Jesús a su ejecución fue sin duda su ataque frontal a la liturgia del templo judío. Criticar la estructura del templo era poner en cuestión uno de los pilares fundamentales de la sociedad judía.
Al subir a Jerusalén, Jesús encuentra el templo lleno de «vendedores y cambistas», hombres que no buscan a Dios, sino que se afanan egoístamente por sus propios intereses. Aquella liturgia no es un encuentro sincero con Dios, sino un culto hipócrita que encubre injusticias, opresiones, intereses y explotaciones mezquinas a los peregrinos.
La crítica profunda de Jesús va a desenmascarar aquel culto falso. El templo no cumple ya su misión de ser signo de la presencia salvadora de Dios en medio del pueblo. No es la casa de un Padre que pertenece a todos. No es el lugar donde todos se deben sentir acogidos y en donde todos pueden vivir la experiencia del amor y la fraternidad.
Uno se explica la reacción de malestar y las quejas que puede provocar en algunos creyentes el ver que algunas celebraciones litúrgicas no se ajustan en todos sus detalles a una determinada normativa ritual. Pero antes que nada, si no queremos adulterar de raíz la liturgia de nuestros templos, hemos de saber escuchar la crítica profunda de Jesús que no se detiene a analizar el ritual judío sino que condena un culto en donde el templo ya no es la casa del Padre.
Solamente recordaremos un hecho que desgraciadamente se repite constantemente entre nosotros. Vivimos en una sociedad en donde los hombres se matan unos a otros y donde todos traen sus muertos al templo cristiano para llorar su dolor y orar por ellos a Dios. Con frecuencia son celebraciones ejemplares en donde la fe, la esperanza cristiana y el perdón sincero prevalecen sobre los sentimientos de impotencia, rabia y venganza que tratan de apoderarse de los familiares y amigos de las víctimas.
Pero, ¿qué decir de otras celebraciones que deforman el significado profundo de la liturgia cristiana? ¿Se puede orar a un mismo Padre, llorando la muerte de unos hermanos y pidiendo la destrucción de otros? ¿Se puede instrumentalizar la Eucaristía y servirse de lo que debería ser el signo más expresivo de la fraternidad, para acrecentar los sentimientos de odio y venganza frente al enemigo? ¿Se puede oír fielmente la palabra de Dios, escuchando de él solamente una condena para los otros? ¿Se puede intentar «monopolizar» a Dios, tratando de identificarlo con nuestra causa y nuestros intereses parciales y hasta partidistas?
La trágica situación que estamos viviendo, hace todavía más urgente la necesidad de encontrar al menos en el templo un ámbito en donde todos nos dejemos juzgar por el Unico que lo hace justamente, un lugar en donde tratemos de encontrarnos como hermanos ante un mismo Padre, un espacio en donde busquemos en el Creador de la vida fuerza para liberarnos del odio y la venganza. No convirtamos la casa del Padre en un lugar de división, enfrentamientos y mutua destrucción.

José Antonio Pagola
HOMILIA

EL CULTO AL DINERO

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos lo bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación, la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es sino lo que tiene.
Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho, son mayoría los que le rinden y sacrifican todo su ser.
J. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra «La sociedad de la abundancia». El dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».
Cuantas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, lo decisivo, lo importante y definitivo es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.
Aquí está sin duda, una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.
Y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se puede adquirir nuevas relaciones pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer pero no felicidad.
Pero, los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.
No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes con un azote en las manos. Y, sin embargo, ésa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa sino su propio negocio.
El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas sólo por intereses de dinero.
Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios a los hombres cuando uno vive comprando o vendiéndolo todo, movido únicamente por el deseo de «negociar» su propio bienestar.

José Antonio Pagola

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