lunes, 24 de marzo de 2014

30/03/2014 - 4º domingo de Cuaresma (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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30 de marzo de 2014

4º domingo de Cuaresma (A)


EVANGELIO

Fue, se lavó, y, volvió con vista.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
-«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Jesús contestó:
-«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
-«¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían:
-«El mismo.»
Otros decían:
-«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
-«Soy yo.»
Y le preguntaban:
-«¿Y cómo se te han abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. »
Le preguntaron:
-«¿Dónde está él?»
Contestó:
-«No sé.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
-«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
-«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban:
-«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Que es un profeta.»
Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
-«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres contestaron:
-«Sabernos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. »
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
-«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. »
Contestó él:
-« Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo:
-¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»
Les contestó:
-«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? »
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.»
Replicó él:
-«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»
Le replicaron:
-«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
-«¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
-«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
-«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
-«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
-«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
-« ¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: -«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

Palabra de Dios

HOMILIA

20013-2014 –
30 de marzo de 2014

PARA EXCLUÍDOS

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.
Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.
Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.
Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.
El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.
El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.
Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.
¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -  JESÚS ES PARA TODOS
3 de abril de 2011

CAMINOS HACIA LA FE

El relato es inolvidable. Se le llama tradicionalmente "La curación del ciego de nacimiento", pero es mucho más, pues el evangelista nos describe el recorrido interior que va haciendo un hombre perdido en tinieblas hasta encontrarse con Jesús, «Luz del mundo». No conocemos su nombre. Sólo sabemos que es un mendigo, ciego de nacimiento, que pide limosna en las afueras del templo. No conoce la luz. No la ha visto nunca. No puede caminar ni orientarse por sí mismo. Su vida transcurre en tinieblas. Nunca podrá conocer una vida digna.
Un día Jesús pasa por su vida. El ciego está tan necesitado que deja que le trabaje sus ojos. No sabe quién es, pero confía en su fuerza curadora. Siguiendo sus indicaciones, limpia su mirada en la piscina de Siloé y, por primera vez, comienza a ver. El encuentro con Jesús va a cambiar su vida.
Los vecinos lo ven transformado. Es el mismo pero les parece otro. El hombre les explica su experiencia: «un hombre que se llama Jesús» lo ha curado. No sabe más. Ignora quién es y dónde está, pero le ha abierto los ojos. Jesús hace bien incluso a aquellos que sólo lo reconocen como hombre.
Los fariseos, entendidos en religión, le piden toda clase de explicaciones sobre Jesús. El les habla de su experiencia: «sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le preguntan qué piensa de Jesús y él les dice lo que siente: «que es un profeta». Lo que ha recibido de Él es tan bueno que ese hombre tiene que venir de Dios. Así vive mucha gente sencilla su fe en Jesús. No saben teología, pero sienten que ese hombre viene de Dios.
Poco a poco, el mendigo se va quedando solo. Sus padres no lo defienden. Los dirigentes religiosos lo echan de la sinagoga. Pero Jesús no abandona a quien lo ama y lo busca. «Cuando oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo». Jesús tiene sus caminos para encontrarse con quienes lo buscan. Nadie se lo puede impedir.
Cuando Jesús se encuentra con aquel hombre a quien nadie parece entender, sólo le hace una pregunta: «¿Crees en el Hijo del Hombre?» ¿Crees en el Hombre Nuevo, el Hombre plenamente humano precisamente por ser expresión y encarnación del misterio insondable de Dios? El mendigo está dispuesto a creer, pero se encuentra más ciego que nunca: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dice: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Al ciego se le abren ahora los ojos del alma. Se postra ante Jesús y le dice: «Creo, Señor». Sólo escuchando a Jesús y dejándonos conducir interiormente por él, vamos caminando hacia una fe más plena y también más humilde.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
2 de marzo de 2008

JESÚS ES PARA EXCLUIDOS

Fue a buscarlo.

Es «ciego de nacimiento». No sabe lo que es la luz. Nunca la ha conocido. Ni él ni sus padres tienen la culpa, pero allí está él, sentado, pidiendo limosna. Su destino es vivir en tinieblas.
Un día, al pasar Jesús por allí, ve al ciego. El evangelista dice que Jesús es nada menos que la «Luz del mundo». Tal vez recuerda las palabras del viejo profeta Isaías asegurando que un día llegaría a Israel alguien que «gritaría a los cautivos: ¡salid! y a los que están en tinieblas: ¡venid a la luz!».
Jesús trabaja los ojos del pobre ciego con barro y saliva para infundirle su fuerza vital. La curación no es automática. También el ciego ha de colaborar. Hace lo que Jesús le medica: se lava los ojos, limpia su mirada y comienza a ver.
Cuando la gente le pregunta quién lo ha curado, no sabe cómo contestar. Ha sido «un hombre llamado Jesús». No sabe decir más. Tampoco sabe dónde está. Sólo sabe que, gracias a este hombre, puede vivir la vida de manera completamente nueva. Esto es lo importante.
Cuando los fariseos y entendidos en religión le acosan con sus preguntas, el hombre contesta con toda sencillez: pienso que «es un profeta». No lo sabe muy bien, pero alguien capaz de abrir los ojos tiene que venir de Dios. Entonces los fariseos se enfurecen, lo insultan y lo «expulsan» de su comunidad religiosa.
La reacción de Jesús es conmovedora. «Cuando se enteró de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo». Así es Jesús. No lo hemos de olvidar nunca: el que viene al encuentro de los hombres y mujeres que se sienten echados de la religión. Jesús no abandona a quien lo busca y lo ama, aunque sea excluido de su comunidad religiosa.
El diálogo es breve: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?». Él está dispuesto a creer. Su corazón ya es creyente, pero lo ignora todo: «¿Y quién es, Señor para que crea en él?». Jesús le dice: no está lejos de ti. «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Según el evangelista, esta historia sucedió en Jerusalén hacia el año treinta, pero sigue ocurriendo hoy entre nosotros en el siglo veintiuno.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
6 de marzo de 2005

OJOS NUEVOS

Me trabajó los ojos y empecé a ver.

El relato del ciego de Siloé está estructurado desde la clave de un fuerte contraste. Los fariseos creen saberlo todo. No dudan de nada. Imponen su verdad. Llegan incluso a expulsar de la sinagoga al pobre ciego: «Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios». «Sabemos que ese hombre que te ha curado, no guarda el sábado». «Sabemos que es pecador».
Por el contrario, el mendigo curado por Jesús no sabe nada. Sólo cuenta su experiencia a quien le quiera escuchar: «Sólo sé que yo era ciego y ahora veo». «Ese hombre me trabajó los ojos y empecé a ver». El relato concluye con esta advertencia final de Jesús: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
A Jesús le daba miedo una religión defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejaban autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o excomulgar incluso a quienes sentían de manera diferente. Temía a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parecía una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo decía abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».
Teólogos, predicadores, catequistas y educadores que pretendemos «guiar» a otros sin habernos dejado, tal vez, iluminar nosotros mismos por Jesús, ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?
Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que llenen las iglesias de palabrería, sino testigos que contagien, aunque sea de manera imperfecta, su pequeña experiencia del Evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, hecho de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
10 de marzo de 2002

TESTIGO DE LA VERDAD

Para que los que no ven, vean.

Hay un rasgo que define el ser de Jesús y configura toda su actuación: su voluntad de vivir en la verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin engañarse ni engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un hombre así. Jesús no sólo dice la verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de que la verdad humaniza a todos.
Es por eso que no tolera la mentira o el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. XLI honradez con la realidad lo hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá en «voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz» (J. Sobrino).
Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción pero sin dogmatismos. No necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes sino contra los que oprimen interesadamente la verdad para actuar de manera injusta.
Jesús invita a buscar la verdad. No habla como los fanáticos que la imponen ni como los funcionarios que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada uno se encuentra consigo mismo y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.
Cuando este hombre habla de un Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la quieran acoger.
Según el cuarto evangelio, Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a ver la verdad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
14 de marzo de 1999

BUSCAR LA LUZ

Para que los que no ven, vean.

No estamos hechos para vivir en la oscuridad. Nos da miedo caminar en medio de las tinieblas. Y, sin embargo, la vida se nos presenta, con frecuencia, como un camino que debemos recorrer «a tientas». El hombre moderno no se resigna a aceptar el misterio. Pero el misterio está presente en lo más profundo de nuestra vida como una experiencia constante.
El ser humano se ha ido abriendo camino en la historia tratando de iluminar la existencia con su razón. Y ciertamente ha dado pasos gigantescos. La humanidad ha ido acumulando cada vez más datos, ha organizado esos datos en sistemas y ciencias cada vez más complejos, y los ha transformado en técnicas cada vez más poderosas para dominar el mundo y la vida.
Y, sin embargo, la razón es una luz que nos deja todavía en las tinieblas. La razón puede explicarlo todo menos a sí misma. Se diría que el hombre lo puede conocer y dominar todo, pero no puede conocer y dominar su origen ni su destino último.
Los científicos más avanzados de nuestro siglo se encuentran tan impotentes como los humildes pobladores del paleolítico para contestar a las preguntas decisivas del ser humano ¿Cuál es el destino último de la humanidad? ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? ¿Es la vida un paréntesis entre dos grandes «vacíos»? ¿Nos espera algo o alguien más allá de la muerte? Lo más racional sería reconocer que estamos a merced del misterio y aceptar que nuestra vida se mueve humildemente en el horizonte de lo desconocido.
Es en este horizonte donde se sitúa el creyente. No como alguien que pretende «ver» y «explicar» el enigma último de la existencia, sino como un ciego que busca luz, se deja iluminar por Jesús y se atreve a enfrentarse con confianza al misterio de la vida porque cree en un Padre.
Muchos cristianos hablan hoy de su fe con una inseguridad cada vez mayor. Quizás sienten en su interior el enfrentamiento de diversas ideologías, corrientes y creencias. Querrían reformular su fe y lograr una nueva síntesis cristiana de la vida, pero no lo consiguen. Tal vez sin atreverse a confesárselo a sí mismos, se van sintiendo interiormente increyentes porque descubren que su fe se ha ido convirtiendo en algo irreal, vacío y trivial.
Es entonces cuando, lejos de inflaciones verbales y falsas seguridades, hemos de adoptar una postura humilde y sincera de búsqueda, como aquel ciego de nacimiento que se dejó iluminar por Jesús. Quizás tengamos también nosotros la misma experiencia de que él sigue haciendo que «los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
17 de marzo de 1996

¿QUIÉN SOY YO?

Para que los que no ven, vean.

Probablemente tienen razón quienes sugieren que el hombre de hoy huye de Dios porque anda huyendo de sí mismo. En el fondo, no es posible entrar en contacto con Dios sin entrar en contacto consigo mismo. Lo decía hace mucho tiempo san Cipriano de Cartago: «¿Cómo puedes pretender que Dios te escuche, si no te escuchas a ti mismo? Quieres que Dios piense en ti, cuando tú mismo no piensas en ti mismo.»
La comunicación con Dios y los actos religiosos en general se convierten en una «piadosa evasión» si la persona no se encuentra consigo misma y no descubre cuáles son las necesidades más hondas y la nostalgia más íntima y secreta del corazón humano.
Encontrarse con uno mismo no significa andar dando vueltas continuamente a los propios problemas o analizar una y otra vez el estado de ánimo. Se trata, sobre todo, de llegar hasta mi núcleo personal y adentrarme en mi verdadera identidad.
El benedictino alemán Anselmo Grün, buen conocedor de la espiritualidad cristiana y de la psicología contemporánea, sugiere en su reciente libro «La oración como encuentro» un método sencillo y práctico. Consiste esencialmente en preguntarse a menudo: ¿Quién soy yo?
Cuando uno se hace despacio esa pregunta, comienza a recibir espontáneamente respuestas e imágenes. Pero no hay que precipitarse. Ese no soy yo. Yo no soy ése que mis amigos creen que soy; no soy lo que se dice de mí; no soy el que yo creo ser. Yo no me identifico con el papel que represento ante los demás. No soy ese «disfraz» que me pongo incluso ante mí mismo.
No es nada difícil descubrir que uno actúa de una manera en el trabajo y de forma muy distinta en casa. Que se comporta de un modo con los amigos y de otro con los extraños. Que de mí pueden nacer los sentimientos más nobles, pero también los más peligrosos. ¿Quién soy yo realmente?
Soy diferente de los demás. Llevo una trayectoria en mi vida, pero soy algo más que el resultado de mi pequeña historia. Mi ser más hondo no se identifica con mis pensamientos ni sentimientos. Yo soy un misterio que me desborda. ¿De dónde vengo? ¿Qué ando buscando? ¿Dónde encontraré mi paz?
Desde este tipo de preguntas comienza la persona a dejarse iluminar por Dios. Es él quien de verdad nos conoce, nos llama por nuestro nombre propio y nos invita a creer. El relato de la curación del ciego termina con estas significativas palabras de Jesús: «He venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
21 de marzo de 1993

MENTIRSE A SI MISMO

Como decís que veis,
vuestro pecado persiste.

Siempre me ha sorprendido cuánto se habla y se escribe condenando abusos e injusticias de todo género, y qué poco se analiza la mentira e hipocresía que se encierra detrás de no pocos comportamientos.
Sin embargo, la experiencia nos dice que, para hacer el mal, el ser humano necesita casi siempre mentir y, sobre todo, mentirse a sí mismo. Raras veces el hombre hace el mal llamándolo «mal». Necesita enmascararlo o maquillarlo de alguna manera, pues, de lo contrario, no se soportaría a sí mismo.
Pocas veces se estudia el mecanismo de la mentira y la gravedad que encierra. Antes de mentir y engañar a otros, el hombre comienza por mentirse y engañarse a sí mismo. Casi sin dar- se cuenta, la persona se construye una «mentira-raíz», se implanta en ella y desde ahí orienta toda su vida de manera falsa y engañosa.
Llama la atención con qué fuerza ha destacado J.L. Segundo en su último estudio cristológico, «La historia perdida y recuperada de Jesús», la actuación de Cristo como «desenmascarador»
de esa mentira sobre la que se asienta la conducta equivocada de no pocos hombres. Jesús no condena «las mentiras», sino ese mecanismo de la mentira implantado en el corazón de la persona, capaz de viciar de raíz toda su existencia. Lo que le preocupa no es la mentira ocasional de quien, para salir del paso, trata de ocultar avergonzado su actuación equivocada, sino la postura de hipocresía y ceguera del que vive engañándose a sí mismo.
Jesús desenmascara, en primer lugar, la mentira religiosa. Esa hipocresía de quien vive una relación puramente exterior con Dios, que no cambia en nada lo profundo de su persona. Su crítica se resume en aquella frase de Isaías que Jesús repite: «Hipócritas... Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.»
Reprueba, asimismo, la hipocresía condenatoria. Esa postura de quien tiene una medida diferente para medirse a sí mismo y para medir a los demás. La crítica de Jesús se resume en estas palabras: «Hipócrita, ¿cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu ojo?»
Jesús condena también el engaño de quien sólo ve lo que quiere ver y desconoce lo que no quiere conocer. No se trata de ignorancia o desinterés, sino de un positivo interés de la persona por desconocer aquello que la obligaría a cambiar. Su pensamiento se recoge en esta frase: «Todo aquel que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.»
Lo más grave que le puede suceder a un hombre es acostumbrarse a caminar en la mentira creyendo que camina en la verdad. El Evangelio nos recuerda las duras palabras de Jesús:
«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste. » Quien se miente a sí mismo se cierra a la verdad. Esa es su gran desgracia, pues sólo la verdad renueva y trae alegría a la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
25 de marzo de 1990

ABRIR LOS OJOS

Empecé a ver.

Posiblemente, bastantes juzgarán excesivamente negativa la afirmación del pensador húngaro Ladislaus Boros cuando dice que «nuestra vida es en gran parte una mentira».
Es cierto que hay en nosotros momentos de honradez, lealtad y franqueza, y, sin embargo, ¿no es también cierto que, de alguna manera, nos mentimos a nosotros mismos a lo largo de toda la vida?
Con esto no queremos decir que nos pasemos la vida falseando los hechos o tratando de engañar a los que nos rodean. Se trata de algo más sutil y profundo. Lo podríamos llamar «inautenticidad de nuestra existencia».
Nuestra vida consiste, en gran parte, en eludir. No queremos enfrentarnos a lo que nos obligaría a cambiar. No queremos reconocer nuestras equivocaciones y nuestro pecado. Quizás no obramos con mala intención. Sencillamente eludimos lo que nos urgiría a vivir con más verdad.
No escuchamos las llamadas que nacen desde nuestra conciencia, invitándonos a ser mejores. Pasamos de largo ante todo aquello que cuestiona nuestra vida. No mentimos con nuestra boca, pero mentimos con nuestra vida.
Preferimos seguir cerrando los ojos y el corazón. Tal vez, proclamamos los grandes ideales de «verdad», «justicia» y «paz» para otros. Pero nosotros no damos ningún paso para transformar nuestra vida.
Entonces corremos el riesgo de limitarnos a «vegetar». Casi sin advertirlo, nuestra vida se va haciendo monótona e insulsa. Tratamos de reavivarla con mil distracciones y proyectos, pero la monotonía va envolviendo lentamente toda nuestra existencia de tedio y vaciedad.
El que no vive su vida desde su verdad más honda, puede conocer el éxito y el bienestar, pero no sabrá nunca lo que es la felicidad interior. Y la razón de este descontento es muy simple, aunque hoy casi todos lo olviden: el ser humano es incapaz de ser totalmente superficial.
De ahí la necesidad de reaccionar y dejar brotar en nosotros esa «verdad interior» que, una y otra vez, pugna por abrirse camino en nuestra vida.
Lo que necesitamos es mayor lealtad ante nosotros mismos y ante Dios. Una actitud más sincera y transparente que nos permita vernos tal como somos y abrirnos más humildemente a la verdad.
No encerrarnos tercamente en nuestra ceguera. No obstinarnos en defender lo que es indefendible en nuestra vida. N o seguir engañándonos por más tiempo. Abrir los ojos.
El episodio de la curación del ciego de Siloé nos recuerda que cuando un hombre se deja iluminar y trabajar por Cristo, se le abren los ojos y comienza a verlo todo con luz nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
29 de marzo de 1987

CON LOS OJOS CERRADOS

¿También nosotros estamos ciegos?

Tal vez la mayor equivocación que cometemos los hombres es el vivir con los ojos cerrados, sin querer despertar a la realidad. Nos resistimos a mirar la vida hasta el fondo.
La vida es algo que va sucediendo en nosotros con toda su riqueza y su misterio y, mientras tanto, nosotros seguimos ocupados en mil cosas sin importancia.
No queremos abrir los ojos. Preferimos encerrarnos en el mundo ficticio que nos hemos ido construyendo cada uno. Nos falta valor para romper la imagen que nos hemos fabricado de nosotros mismos. Tal vez tenemos la sensación de que estamos echando a perder nuestra vida pero no queremos reaccionar.
Nos da miedo abrir los ojos y ver nuestra realidad porque intuimos que «ver» tiene sus consecuencias. Cuando vemos empezamos a cambiar.
Una persona comienza a transformarse cuando se atreve a poner a cada cosa su verdadero nombre y sabe llamar «negocio emocional» a lo que antes llamaba amor, «cuidado de la propia imagen» a lo que consideraba preocupación por los demás, «ambición interesada» a lo que parecía responsabilidad profesional.
A veces nos hacemos graves planteamientos sobre el camino a seguir para descubrir la verdad última de la existencia y no queremos ver que lo más simple y verdadero es comenzar por hacer verdad en nuestra propia vida desprendiéndonos de nuestras mentiras y engaños.
Para descubrir la verdad, lo más decisivo no es hacer grandes esfuerzos de reflexión, sino sencillamente ver nuestros errores y admitir nuestras equivocaciones. Es entonces cuando la verdad se nos puede hacer más patente.
No se puede contemplar un paisaje por muy luminoso que sea a través de un ventanal empañado y lleno de suciedad. ¿Se podrá contemplar el fondo de la vida e intuir el misterio último que lo ilumina todo, sin limpiar nuestros ojos y nuestra mirada? ¿Se podrá creer en Dios sin limpiar nuestra actitud interior?
Tal vez lo más importante de la Carta Pastoral de los Obispos sea la invitación que se nos hace a abrir los ojos sobre la realidad del hombre contemporáneo para reconocer nuestros errores y equivocaciones y abrirnos a la luz del Dios revelado en Jesucristo.
Los hombres de hoy tenemos el peligro de creernos muy lúcidos, conscientes y progresistas. Es fácil que nos preguntemos como los fariseos de otros tiempos: «¿También nosotros estamos ciegos?”.
La respuesta sorprendente de Jesús nos debería hacer pensar: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
1 de abril de 1984

EL ATEISMO DE LA INSINCERIDAD

para que los que no ven, vean.

Alguien ha dicho que el ateísmo que nos amenaza realmente en estos tiempos es «el ateísmo de la insinceridad». No nos atrevemos ya a plantearnos con seriedad las preguntas fundamentales en las que Dios nos puede salir al encuentro.
Por lo general, el hombre actual no tiene coraje para preguntarse de dónde viene y a dónde va, quién es y qué debe hacer en el breve tiempo que va entre el nacimiento y la muerte.
Estas preguntas no encuentran ya respuesta alguna. Más aún. La inmensa mayoría ni se las plantea.
Son muchos los que dicen no encontrar un sentido a la vida. ¿No sería más exacto decir que han perdido la capacidad de buscar sentido a la vida?
Debajo de muchas actitudes de autosuficiencia, superficialidad o pasotismo, se esconde, con mucha frecuencia, un hombre que no tiene valor para bajar con sinceridad a lo más hondo de su ser.
Es más fácil buscar satisfacciones inmediatas que enfrentarse responsablemente a la vida. Más fácil instalarse cómodamente en la seguridad que aspirar a vivir sinceramente como hombre hasta las últimas consecuencias.
¿No encuentra aquí una de sus raíces más profundas el ateísmo de muchos de nuestros contemporáneos? P. Tillích ha dicho que «ser religioso significa preguntar apasionadamente por el sentido de la vida y estar abierto a una respuesta, aún cuando nos haga vacilar profundamente». Cuando falta esta búsqueda honrada, comienza uno a deslizarse hacia el ateísmo.
Según el célebre neurólogo V. Frankl, fundador de la logoterapia, «un hombre que ha perdido el sentido de la vida, la razón de existir, aunque sea sano psíquicamente, está espiritualmente enfermo». Quizás, una de nuestras primeras tareas sea la de reconocer que muchas de nuestras incoherencias, contradicciones y conflictos internos tienen su origen en nuestra incapacidad de buscar sinceramente la luz.
Podríamos decir más. Hay cegueras profundas en nosotros que sólo pueden ser curadas si sabemos abrirnos con humilde sinceridad a ese Jesús que es luz venida al mundo «para que los que no ven, vean, y los que ven, no vean».
Jesucristo siempre será para los hombres una llamada al deber y al coraje de ser veraces y sinceros en la existencia. Hay una luz capaz de iluminarnos. El hombre puede rehuirla, pero al hacerlo, reduce el mundo a su propia oscuridad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
29 de marzo de 1981

CIEGOS

Para que los que no ven, vean.

Los hombres no estamos hechos para vivir en la oscuridad. Nos da miedo caminar en medio de las tinieblas. Y sin embargo, la vida se nos presenta, con frecuencia, como un camino que debemos recorrer «a tientas».
El hombre moderno no se resigna a aceptar el misterio. Pero, el misterio está presente en lo más profundo de nuestra vida, como una experiencia constante.
El hombre se ha ido abriendo camino en la historia, tratando de iluminar la existencia con su razón. Y ciertamente ha dado pasos gigantescos. La humanidad ha ido acumulando cada vez más datos, ha organizado esos datos en sistemas y ciencias cada vez más complejos, y los ha transformado en técnicas cada vez más poderosas para dominar el mundo y la vida.
Y, sin embargo, la razón es una luz que nos deja todavía en las tinieblas. La razón puede explicarlo todo menos a sí misma. Se diría que el hombre lo puede conocer y dominar todo. Pero, ciertamente, no puede conocer y dominar ni su origen ni su destino último.
Los científicos más avanzados de nuestro siglo se encuentran tan impotentes como los humildes pobladores del paleolítico, para contestar a las preguntas decisivas del hombre. ¿Cuál es el destino último de la humanidad? ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? ¿Es la vida un paréntesis entre dos grandes «vacíos»? ¿Nos espera algo o alguien más allá de la muerte?
Lo más racional sería reconocer que estamos a merced del misterio y aceptar que la vida del hombre se debe mover humildemente en un horizonte de misterio.
Es en este horizonte donde se sitúa el creyente. No como un hombre que pretende «ver» y «explicar» el enigma último de la existencia, sino como un ciego que busca luz, se deja iluminar por Jesús y se atreve a enfrentarse con confianza al misterio de la vida porque cree en un Padre.
Muchos cristianos hablan hoy de su fe con una inseguridad cada vez mayor. Quizás sienten en su interior el enfrentamiento de diversas ideologías, corrientes y creencias. Querrían reformular su fe y lograr una nueva síntesis cristiana de la vida, pero no lo consiguen. Tal vez sin atreverse a confesárselo a sí mismos, se van sintiendo interiormente increyentes, porque descubren que su fe se ha ido convirtiendo en algo irreal, vacío y trivial.
Es entonces cuando, lejos de inflaciones verbales y falsas seguridades, debemos adoptar una postura humilde y sincera de búsqueda, como aquel ciego de nacimiento que se dejó iluminar por Jesús. Quizás tengamos también nosotros la misma experiencia de que él sigue haciendo que «los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

José Antonio Pagola



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