lunes, 31 de marzo de 2014

06/04/2014 - 5º domingo de Cuaresma (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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6 de abril de 2014

5º domingo de Cuaresma (A)


EVANGELIO

Yo soy, la resurrección y la vida.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
-«Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo:
-«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
-«Vamos otra vez a Judea.»
Los discípulos le replican:
-«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó:
-«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió:
-«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
Entonces le dijeron sus discípulos:
-«Señor, si duerme, se salvará.»
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
-«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
-«Vamos también nosotros y muramos con él.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo:
-«Tu hermano resucitará.»
Marta respondió:
-«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice:
-«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó:
-«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.»
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -« ¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron:
-«Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-«¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron:
-«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús:
-«Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice:
-«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice:
-«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
-«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente:
-«Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 –
6 de abril de 2014

UN PROFETA QUE LLORA

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, “tu amigo”, está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.
Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él “se echa a llorar” junto a ellos. La gente comenta: “¡Cómo lo quería!“.
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y “seguir tirando”. Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”.
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?”. Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -  JESÚS ES PARA TODOS
10 de abril de 2011

NUESTRA ESPERANZA

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?»
Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.
La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?
Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.
Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.
Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como "una sociedad de incertidumbre" (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?
Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá... ¿Crees esto?»
A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
9 de marzo de 2008

NUESTROS MUERTOS VIVEN

Lázaro, sal fuera.

El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?
El relato de Juan no tiene sólo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.
Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Sólo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.
Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.
«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto» invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que los que lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.
Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal fuera ». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!
Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
13 de marzo de 2005

LLORAR Y CONFIAR

Esta enfermedad no acabará en muerte.

A todos nos pasa lo mismo. No queremos pensar en la muerte. Es mejor olvidarla. No hablar de eso. Seguir viviendo cada día como si fuéramos eternos. Ya sabemos que es un engaño, pero no acertamos a vivir de otra manera. Se nos haría insoportable.
Lo malo es que, en cualquier momento, la enfermedad nos sacude de la inconsciencia. En nuestros días es cada vez más frecuente una experiencia antes desconocida: la espera de los análisis médicos. ¿Cuál será el resultado? ¿Positivo o negativo? De pronto descubrimos, al mismo tiempo, la fragilidad de nuestra vida y nuestro deseo enorme de vivir.
Si el tumor es benigno, respiramos: podemos seguir con nuestras ilusiones y proyectos. Si el resultado es negativo, nos hundimos: ¿por qué ahora?, ¿por qué tan pronto?, ¿por qué me tengo que morir?, ¿no se puede hacer nada?
Siempre es así. Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, todos hemos de enfrentarnos a ese final inevitable. Ante la muerte, sobran las teorías. ¿Qué podemos hacer?, ¿rebelamos, deprimimos, o, sencillamente, engañamos? Ante la muerte, Jesús hizo dos cosas: llorar y confiar en Dios.
En Betania ha muerto su amigo Lázaro. Al ver llorar a su hermana y a quienes le acompañan, Jesús conmovido se echa a llorar. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!». Es su primera reacción: pena, compasión y llanto. Jesús sufría al ver la distancia enorme que hay entre el sufrimiento de los enfermos y moribundos, y la vida que Dios quiere para todos ellos.
Pero Jesús tiene fe en el Padre: «Esta enfermedad no acabará en muerte». Es su segunda reacción: una confianza total en Dios. Un día Lázaro morirá. El mismo Jesús terminará sus días ejecutado en una cruz. Nadie escapa a la muerte. Pero Dios, amigo de la vida, es más fuerte que la muerte. Podemos confiar en él.
Inevitablemente, un día nuestros análisis nos indicarán que nuestro final está próximo. Será duro. Seguramente, nos echaremos a llorar. Nuestros familiares y amigos más queridos llorarán con nosotros su aflicción e impotencia. Pero, si creemos en Jesucristo, podremos decir con fe: «Ni siquiera esta enfermedad acabará en muerte», porque Dios sólo quiere para nosotros vida y vida eterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
17 de marzo de 2002

MÁS QUERIDOS QUE NUNCA

Aunque haya muerto, vivirá.

Por lo general, no sabemos cómo relacionamos con los seres queridos que se nos han muerto. Durante un tiempo vivimos con el corazón apenado llorando el vacío que han dejado en nuestra vida. Luego los vamos olvidando poco a poco. Llega un (lía en que apenas significan algo en nuestra existencia.
Está muy extendida la idea de que los difuntos son seres etéreos, despersonalizados, con una identidad vaga y difusa, aislados en su mundo misterioso, ajenos a nuestro cariño. A veces se diría que pensamos como los antiguos judíos cuando hablaban de la existencia de los muertos en el «sheol», separados del Dios de la vida.
Sin embargo, para un cristiano morir no es perderse en el vacío, lejos del Creador. Es precisamente entrar en la salvación de Dios, compartir su vida eterna, vivir transformados por su amor insondable. Nuestros difuntos no están muertos. Viven la plenitud de Dios que lo llena todo.
Al morir, nos hemos quedado privados de su presencia física, pero, al vivir actualmente en Dios, han penetrado de forma más real en nuestra existencia. No podemos disfrutar de su mirada, escuchar su voz, ni sentir su abrazo. Pero podemos vivir sabiendo que nos aman más que nunca pues nos aman desde Dios.
Su vida es incomparablemente más intensa que la nuestra. Su gozo no tiene fin. Su capacidad de amar no conoce límites ni fronteras. No viven separados de nosotros sino más dentro que nunca de nuestro ser. Su presencia transfigurada y su cariño nos acompañan siempre.
No es una ficción piadosa vivir una relación personal con nuestros seres queridos que viven ya en Dios. Podemos caminar envueltos por su presencia, sentimos acompañados por su amor, gozar con su felicidad, contar con su cariño y apoyo, e, incluso, comunicamos con ellos en silencio o con palabras, en ese lenguaje no siempre fácil pero hondo y entrañable que es el lenguaje de la fe.
Somos muchos los que estos días recordaremos a seres queridos que ya no viven entre nosotros. No los hemos perdido. No han desaparecido en la nada. Viven en Dios. Los tenemos cerca. Los podemos querer más que nunca. Para siempre.
No los hemos perdido. No han desaparecido en la nada. Los podemos querer más que nunca pues viven en Dios. Es Jesús el que sostiene nuestra fe: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
21 de marzo de 1999

UNA PUERTA ABIERTA

Tu hermano resucitará.

Estamos demasiado cogidos por el «más acá» para preocuparnos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de noticias y acontecimientos diarios, fascinados por mil atractivos objetos que el desarrollo técnico pone en nuestras manos, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «esta vida» en que nos movemos.
¿Para qué pensar en «otra vida»? ¿No sería mejor encauzar todas nuestras fuerzas a organizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en vivir esta vida de ahora lo más humanamente posible y callarnos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar la vida con su oscuridad y sus enigmas y dejar «el más allá» como un misterio del que nada sabemos?
Sin embargo, el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su ser está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o postura ante la vida, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿Qué final nos espera?
PL. Berger nos ha recordado con profundo realismo que «toda sociedad humana es, en última instancia, una congregación de hombres frente a la muerte». Por ello, es ante la muerte precisamente donde aparece con más claridad «la verdad» de la civilización contemporánea que, curiosamente, no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla asépticamente y eludir al máximo su trágico desafío.
Más honrada nos parece la postura de hombres como Eduardo Chillida que, en alguna ocasión, se ha expresado en estos términos: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada.»
Es aquí donde hemos de situar la postura del creyente que sabe enfrentarse con realismo y modestia al hecho ineludible de la muerte, pero que lo hace desde una confianza radical en Cristo resucitado. Una confianza que difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y que sólo puede ser vivida por quien ha escuchado, alguna vez, en el fondo de su ser las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
24 de marzo de 1996

EL DERECHO A MORIR MEJOR

Yo soy la resurrección y la vida.

En poco tiempo se ha impuesto entre nosotros un nuevo estilo de morir. Hoy se muere más tarde y también de forma más lenta. Se muere con menos dolor, pero más solos. Mejor atendidos técnicamente, pero peor acompañados.
En otros tiempos, el moribundo era el auténtico protagonista de su muerte. Advertido de la proximidad de la última hora, él mismo presidía el acontecimiento: reunía a sus seres queridos, les daba las últimas recomendaciones, pedía perdón, recibía los sacramentos y se despedía hasta la otra vida. Rara vez sucede hoy así.
La muerte se va convirtiendo cada vez más en un proceso despersonalizado, confinado a los profesionales sanitarios, y vaciado en buena parte de su contenido humano y religioso. En muchos casos, el enfermo queda abandonado, a la espera de su muerte más o menos presentida, como si ya no fuera necesaria ninguna otra ayuda o acompañamiento, excepto el control de los aparatos de asistencia. Mientras tanto, una conspiración de silencio impide al enfermo preparar y vivir su muerte de forma más lúcida y responsable.
No es fácil entender cómo, en una sociedad aparentemente tan celosa de la dignidad de la persona, no se genera una reacción ante este estado de cosas y no se grita con fuerza el derecho a morir con más dignidad. La muerte pertenece a la persona y no a la medicina. El enfermo tiene derecho, no sólo a una asistencia médica que alivie su dolor y le proporcione la mejor calidad de vida posible. Ha de recibir también la ayuda necesaria para vivir su muerte de forma humana. Cuando ya no se puede curar, se puede y se debe aliviar, acompañar y ayudar a morir dignamente. Del mismo modo que nadie ha de vivir solo y abandonado, sin la ayuda necesaria para vivir con dignidad, tampoco se ha de abandonar a una persona sin la ayuda adecuada para enfrentarse a su muerte de forma digna.
El momento de la muerte recae hoy casi por completo sobre el equipo sanitario y, de manera particular, sobre las enfermeras. Son éstas las que ayudan más de cerca al moribundo, de forma muchas veces admirable. Pero no basta. El enfermo puede necesitar curar heridas que arrastra del pasado, enfrentarse a sentimientos de culpabilidad, abrirse confiadamente al misterio, reconciliarse con Dios, pedir perdón, sentirse aceptado, despedirse con paz.
Todo moribundo, cualquiera que sea su visión religiosa, su fe o actitud existencial, tiene derecho a ser mejor atendido en el momento de enfrentarse a la experiencia más densa y decisiva de su vida. Una organización más adecuada de la asistencia hospitalaria, una mayor atención de familiares y amigos, una actuación más responsable de sacerdotes y creyentes podría aliviar y hacer más humana la muerte de no pocos. Y dichosos también hoy los que, solos o mal acompañados, mueran confiando en aquel que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
28 de marzo de 1993

EN MEDIO DE LA CONFUSION

Yo soy la resurrección y la vida.

Los estudios sobre las creencias del hombre contemporáneo llevan a una conclusión paradójica: una gran parte de europeos consideran que la muerte es el final de todo; y, sin embargo, el interés por las cuestiones sobre «el más allá» sigue creciendo de manera inusitada.
Un ejemplo reciente es el sondeo llevado a cabo por la revista francesa Panorama en noviembre de 1993. Según los datos recogidos, un 42 por cien de los franceses opinan que con la muerte se termina todo. Sólo un 45 por cien afirma que la muerte es el paso hacia «otra cosa».
Lo más sorprendente es la confusión existente en la sociedad moderna. Un 38 por cien de personas que se dicen «católicas» creen que no hay nada después de la muerte. Por el contrario, un 29 por cien de ateos creen en alguna forma de vida más allá de la muerte. Al parecer, la actitud de las personas ante «el más allá» ya no depende necesariamente de su condición de creyente o increyente.
La confusión es todavía mayor cuando se pregunta directamente por esa «vida después de la muerte». Unos creen en la resurrección, otros en la reencarnación; un 42 por cien piensa que podemos comunicarnos con los muertos; un 46 por cien estima que hay que tomar en serio lo que nos dicen quienes «han vuelto» de la muerte. Mientras tanto, es cada vez mayor el éxito de los libros que abordan estas cuestiones.
En ambientes más científicos se considera la muerte como «un proceso normal de degradación biológica»; pero, cuando se interroga a cada científico personalmente, son muchos los que se resisten a reducir al ser humano a una simple máquina bioquímica perfeccionada pero destinada a la nada. Como decía André Malraux «el problema no es que el hombre tenga que morir, sino que yo me voy a morir». Esa es la cuestión.
Creyente o ateo, racionalista o místico, el hombre del siglo xx sigue planteándose la eterna cuestión que el ser humano lleva en su corazón: «¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué va a ser de todos y de cada uno de nosotros?» Todos los vivientes mueren, pero sólo el hombre sabe que debe morir. Ahí está su grandeza y también su problema.
Cuando los cristianos hablamos de «resurrección» no pretendemos saberlo todo ni comprenderlo todo. No nos dedicamos tampoco a especular con nuestra imaginación. Sabemos muy bien que «el más allá» escapa a los esfuerzos que puede hacer la mente humana.
La actitud básica de quien cree en la resurrección de Cristo es una actitud de confianza en un Dios que nos mira con amor. No estamos solos ante la muerte. Hay un Dios que no defraudará los anhelos y esperanzas que habitan al ser humano. En el interior mismo de la muerte nos espera el amor infinito de Dios.
A lo largo de la historia, ¡os hombres han formulado de muchas maneras su anhelo de vida más allá de la muerte. Nosotros encontramos en Cristo resucitado el camino más humano, realista y esperanzado para adentramos en el misterio de la muerte. Lo expresaba hace muchos años san Pablo con estas palabras: «No ponemos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.»
En medio de la confusión actual, cada uno hemos de responder a la pregunta de Cristo: « Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá... ¿Crees tú esto?»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
1 de abril de 1990

CREER PARA TENER VIDA

Yo soy la resurrección y la vida.

Una de las ideas más insidiosas que se han extendido en la sociedad moderna en torno a la religión es la sospecha de que hay que eliminar a Dios para poder salvar la dignidad y felicidad de los hombres.
De hecho, son bastantes los que poco a poco van abandonando su «mundo de creencias y prácticas» porque piensan que es un estorbo que les impide vivir. No entienden que Cristo pueda decir que ha venido, no para que los hombres «perezcan», sino para que «tengan vida definitiva».
La religión que ellos conocen no les ayuda a vivir. Hace tiempo que no pueden experimentar a Cristo como fuente de vida, y se sorprenden al saber que hay hombres y mujeres que creen en él precisamente porque desean vivir de manera más plena.
Y, sin embargo, es así. El verdadero creyente es una persona que no se contenta con vivir de cualquier manera. Desea dar un sentido acertado a su vida. Responder a esas preguntas que nacen dentro de nosotros: ¿De dónde le puede llegar a mi vida un sentido más pleno? ¿Cómo puedo ser yo más humano? ¿En qué dirección he de buscar?
Si hay tantas personas que hoy, no sólo no abandonan la fe, sino que se preocupan más que nunca de cuidarla y purificarla, es porque sienten que Cristo les ayuda a enfrentarse a la vida de un modo más sano y positivo.
No quieren vivir a medias. No se contentan con «ir tirando». Tampoco les satisface «ser un vividor». Lo que buscan desde Cristo es estar en la vida de una manera más convincente, humana y gratificante.
Lo lamentable no es que algunas personas se desprendan de una «religión muerta» que no les ayuda en modo alguno a vivir. Eso es bueno y purificador. Lo triste es que no lleguen a descubrir una «manera nueva de creer» que daría un contenido totalmente diferente a su fe.
Para esto, lo primero es entender la fe de otra manera. Intuir que ser cristiano es, antes que nada, buscar con Cristo y desde Cristo cuál es la manera más acertada de vivir. Como ha dicho J. Cardonnel, «ser cristiano es tener la audacia de ser hombre hasta el final».
Alentado por el mismo Espíritu de Cristo, el cristiano va descubriendo nuevas posibilidades a su vida y va aprendiendo maneras nuevas y más humanas de amar, de disfrutar, de trabajar, de sufrir, de confiar en Dios.
Entonces la religión va apareciendo a sus ojos como algo que antes no sospechaba: la fuerza más estimulante y poderosa para vivir de manera plena. Ahora se da cuenta de que abandonar la fe en Cristo no sería sólo «perder algo», sino «verse perdido» en medio de un mundo que no tendría ya un futuro y una esperanza definitivos.
Poco a poco, el creyente va descubriendo que esas palabras de Jesús «Yo soy la resurrección y la vida» no son sólo una promesa que abre nuestra existencia a una esperanza de vida eterna; al mismo tiempo va comprobando que, ya desde ahora, Jesucristo es alguien que resucita lo que en nosotros estaba muerto, y nos despierta a una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
5 de abril de 1987

CONFIAR EN EL HOMBRE

Esta enfermedad no acabará en muerte

No es fácil escuchar hoy voces que inviten a confiar en el hombre. Lo normal parece ser el pesimismo, el análisis sombrío, la desesperanza y hasta la angustia.
Durante estos últimos años se ha hablado mucho de la pérdida de fe en Dios. Por una razón o por otra, son bastantes los que han dejado de creer en El. Pero, sorprendentemente, hoy son tal vez más los que están dejando de creer en el hombre.
Las mismas Iglesias parecen, a veces, desconfiar del ser humano. Su mensaje de esperanza, corre entonces el riesgo de quedar oculto por una especie de recelo y miedo ante todo lo que pueda emprender el hombre contemporáneo.
Por eso hemos de agradecer esa invitación vigorosa a la confianza que los Obispos nos hacen en las últimas páginas de su Carta Pastoral 
Es alentador ver que unos hombres que conocen de cerca los sufrimientos y contradicciones de un pueblo tan probado como el nuestro, confiesen su fe en el hombre con esta convicción:
«Confiamos en el hombre pese a toda su capacidad de mal y pese a los fracasos de su historia. Rechazamos cualquier postura nihilista o de pesimismo radical sobre la humanidad. Nosotros confiamos en el hombre de nuestros días no porque se muestre digno de confianza ni porque se venga a mostrar en el futuro, sino porque el mismo Dios ha dado su sí absoluto al proyecto humano».
Esta proclamación de fe en el hombre no brota de un optimismo ingenuo y superficial. No es tampoco un intento desesperado de contagiar como sea una “sensación de seguridad” tan necesaria hoy en nuestra sociedad.
A lo largo de su escrito, los Obispos analizan con realismo los logros y fracasos del hombre contemporáneo, la verdad y la mentira de la cultura moderna, los gozos y sufrimientos de las actuales generaciones.
Pero su mirada de fe llega a ver en el hombre de hoy no un ser solitario, perdido en sus propias contradicciones, desbordado por su propia maldad, sino alguien que también hoy es amado y aceptado por Dios.
Así expresan su fe: «Podemos aceptarnos a nosotros mismos, a pesar de todo lo que hay de inaceptable en nuestras vidas, porque hemos sido aceptados por el mismo Dios. Podemos esperar incluso donde parece que no hay nada que esperar. Podemos amar donde parece que no hay nada amable. Desde Dios presente en nuestra existencia, vemos la historia de los hombres como promesa de salvación”.
El hombre contemporáneo está enfermo. Los Obispos nos invitan a escuchar las palabras de Jesús: «Esta enfermedad no acabará en muerte».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
8 de abril de 1984

¿SOLO ESTA VIDA?

Yo soy la resurrección y la vida.

Estamos demasiado cogidos por el «más acá» para preocuparnos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de noticias y acontecimientos diarios, fascinados por mil atractivos objetos que el desarrollo técnico ha puesto en nuestras manos, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «esta vida» en que nos movemos.
¿Para qué pensar en «otra vida»? ¿No sería mejor encauzar todas nuestras fuerzas a organizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en llevar la vida que se nos ha dado ahora lo más humanamente posible y callarnos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar la vida con su oscuridad y sus enigmas y dejar «el más allá» como un misterio del que nada sabemos?
Sin embargo, el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su ser está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros?
Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o postura ante la vida, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿Qué final nos espera?
P.L. Berger nos ha recordado con profundo realismo que «toda sociedad humana es, en última instancia, una congregación de hombres frente a la muerte».
Por ello, es ante la muerte precisamente donde aparece con más claridad «la verdad» de la civilización contemporánea que, curiosamente, no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla asépticamente y eludir al máximo su trágico desafío.
Más honrada nos parece la postura de hombres como nuestro Eduardo Chillida que, en alguna ocasión, se ha expresado en estos términos: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Es aquí donde hemos de situar la postura del creyente que sabe enfrentarse con realismo y modestia al hecho ineludible de la muerte, pero lo hace desde una confianza radical en Cristo resucitado.
Una confianza que, difícilmente, puede ser entendida «desde fuera» y que sólo puede ser vivida por quien ha escuchado, alguna vez, en el fondo de su ser las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
5 de abril de 1981

VENCER A LA MUERTE

El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

Querámoslo o no, el temor a la muerte arruina nuestra alegría de vivir. En el interior de toda felicidad humana, se oculta una especie de «insatisfacción subterránea» que todo hombre lúcido puede percibir, ya que no es posible, en último término, escamotear su fugacidad y desterrar la amenaza de la muerte.
Vivimos cercados por ese «omnipotente aguafiestas» que nos estropea la seguridad de nuestro vivir diario. Por muchos que sean los logros de la humanidad, la vida sigue dominada por la muerte y sigue, por tanto, amenazada por lo irreal, el vacío ‘i la nada.
Nadie sabe cómo tratar a la muerte. Es mejor olvidarla. No hablar de ella. Es arriesgado tratar de penetrar en su enigma. Preferimos hablar de las consecuencias que una muerte trae consigo para los que seguimos viviendo. Pero, ¿qué ha sido del muerto?
No nos atrevemos a plantearnos de frente la pregunta más «lógica» y elemental: la muerte ¿es o no es el final de todo?
Si es el final de todo, la muerte reviste el carácter de una poderosa y terrible mutilación de nuestra existencia. Si no es el fin, entonces nuestra muerte y, por tanto, nuestra vida, adquiere una dimensión extraordinariamente nueva.
La confrontación serena con esa muerte que tarde o temprano tendremos que afrontar todos, nos coloca delante del todo o la nada, del sentido o del sinsentido último de nuestra existencia: Dios o el vacío infinito.
Y es, precisamente, su carácter decisivo e irreversible el que le da a la muerte su fuerza temible. Es lógico que las dictaduras de signo diverso y las ideologías del poder la utilicen como la amenaza más decisiva y el arma más eficaz para lograr sus objetivos.
Si todo acaba con la muerte, esta vida es para nosotros el todo. Y, por tanto, todo lo que de alguna manera pone en peligro nuestra vida, se convierte en la máxima amenaza que nos puede coaccionar y paralizar.
La libertad más profunda comienza cuando es posible perder el miedo absoluto a la muerte, porque se cree en algo o en alguien que la supera y la relativiza.
La fe en la resurrección, cuando crece de verdad en nuestros corazones, es siempre fuente de libertad. Ella puede y debe darnos a los creyentes la capacidad para vivir sin reservas, y luchar de manera incondicional por un hombre nuevo y liberado. Porque «el que cree que Jesucristo es la resurrección y la vida, aunque muera, vivirá».

José Antonio Pagola



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