lunes, 24 de febrero de 2014

02/03/2014 - 8º domingo Tiempo ordinario (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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2 de marzo de 2014

8º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

No os agobiéis por el mañana.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. »

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 –
2 de marzo de 2014

NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO

EL Dinero, convertido en ídolo absoluto, es para Jesús el mayor enemigo de ese mundo más digno, justo y solidario que quiere Dios. Hace ya veinte siglos que el Profeta de Galilea denunció de manera rotunda que el culto al Dinero será siempre el mayor obstáculo que encontrará la Humanidad para progresar hacia una convivencia más humana.
La lógica de Jesús es aplastante: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Dios no puede reinar en el mundo y ser Padre de todos, sin reclamar justicia para los que son excluidos de una vida digna. Por eso, no pueden trabajar por ese mundo más humano querido por Dios los que, dominados por el ansia de acumular riqueza, promueven una economía que excluye a los más débiles y los abandona en el hambre y la miseria.
Es sorprendente lo que está sucediendo con el Papa Francisco. Mientras los medios de comunicación y las redes sociales que circulan por internet nos informan, con toda clase de detalles, de los gestos más pequeños de su personalidad admirable, se oculta de modo vergonzoso su grito más urgente a toda la Humanidad: “No a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata”.
Sin embargo, Francisco no necesita largas argumentaciones ni profundos análisis para exponer su pensamiento. Sabe resumir su indignación en palabras claras y expresivas que podrían abrir el informativo de cualquier telediario, o ser titular de la prensa en cualquier país. Solo algunos ejemplos.
“No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de la calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es iniquidad”.
Vivimos “en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. Como consecuencia, “mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.
“La cultura del bienestar nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esa vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera”.
Como ha dicho él mismo: “este mensaje no es marxismo sino Evangelio puro”. Un mensaje que tiene que tener eco permanente en nuestras comunidades cristianas. Lo contrario podría ser signo de lo que dice el Papa: “Nos estamos volviendo incapaces de compadecernos de los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás”.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 – JESÚS ES PARA TODOS
27 de febrero de 2011

LO PRIMERO

«Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Las palabras de Jesús no pueden ser más claras. Lo primero que hemos de buscar sus seguidores es "el reino de Dios y su justicia"; lo demás viene después.  ¿Vivimos los cristianos de hoy volcados en construir un mundo más humano, tal como lo quiere Dios, o estamos gastando nuestras energías en cosas secundarias y accidentales?
No es una pregunta más. Es decisivo saber si estamos siendo fieles al objetivo prioritario marcado por Jesús, o estamos desarrollando una religiosidad que nos está desviando de la pasión que llevaba él en su corazón. ¿No hemos de corregir la dirección y centrar nuestro cristianismo con más fidelidad en el proyecto del reino de Dios?
La actitud de Jesús es diáfana. Basta leer los evangelios. Al mismo tiempo que vive en medio de la gente trabajando por una Galilea más sana, más justa y fraterna, más atenta a los últimos y más acogedora a los excluidos, no duda en criticar una religión que observa el sábado y cuida el culto mientras olvida que Dios quiere misericordia antes que sacrificios.
El cristianismo no es una religión más, que ofrece unos servicios para responder a la necesidad de Dios que tiene el ser humano. Es una religión profética nacida de Jesús para humanizar la vida según el proyecto de Dios. Podemos "funcionar" como comunidades religiosas reunidas en torno al culto, pero si no contagiamos compasión ni exigimos justicia, si no defendemos a los olvidados ni atendemos a los últimos, ¿dónde queda el proyecto que animó la vida entera de Jesús?
Tal vez, la manera más práctica de reorientar nuestras comunidades hacia el reino de Dios y su justicia es comenzar por cuidar más la acogida. No se trata de descuidar la celebración cultual, sino de desarrollar mucho más la acogida, la escucha y el acompañamiento a la gente en sus penas, trabajos y esperanzas. Compartir el sufrimiento de las personas nos puede ayudar a comprender mejor nuestro objetivo: contribuir desde el Evangelio a un mundo más humano.
En su primera encíclica, Juan Pablo II, recogiendo una idea importante del Concilio Vaticano II, nos  recordó a los cristianos cómo hemos de entender la Iglesia. Lo hizo de manera clara. "La Iglesia no es ella misma su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento". Lo primero no es la Iglesia, sino el reino de Dios. Si queremos una Iglesia más evangélica es porque buscamos contribuir desde  ella a buscar un mundo más humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 – RECREADOS POR JESÚS

EL BECERRO DE ORO

No podéis servir a Dios y al dinero

Los llamados «países libres» de occidente somos más esclavos que nunca de un «capitalismo sin entrañas» que, para procurar el bienestar relativo de mil millones de personas, no duda en condenar a la miseria a los otros cuatro mil quinientos millones que pueblan la tierra.
Los datos nos dicen que, poco a poco, pero de manera inexorable, «el pastel se reparte cada vez entre menos bocas». Aquella Europa que hace unos años ofrecía «acogida generosa» a trabajadores extranjeros que llegaban a realizar trabajos que nadie quería, dicta hoy «leyes de extranjería» para poner barreras infranqueables a los hambrientos que nosotros mismos estamos contribuyendo a crear en el mundo.
¿A quién le importa en Europa que dos continentes enteros —África y América Latina— tengan hoy un nivel de vida más bajo que hace diez años? ¿Quién se va a preocupar por los catorce millones de niños que mueren de hambre cada año, en esta Europa en la que sigue creciendo el rechazo racista, a veces de manera descarada y casi siempre maquillada de mil formas diferentes?
La Iglesia no puede hoy anunciar el Evangelio en Europa sin desenmascarar toda esa inhumanidad, y sin plantear las preguntas que apenas nadie se quiere hacer.
¿Por qué hay personas que mueren de hambre, si Dios puso en nuestras manos una tierra que tiene recursos suficientes para todos?
¿Por qué tenemos que ser competitivos antes que humanos? ¿Por qué la competitividad tiene que marcar las relaciones entre las personas y entre los pueblos, y no la solidaridad?
¿Por qué hemos de aceptar como algo lógico e inevitable un sistema económico que, para lograr el mayor bienestar de algunos, hunde a tantas víctimas en la pobreza y la marginación?
¿Por qué hemos de seguir alimentando el consumismo como «filosofía de la vida», si está provocando en nosotros una «espiral insaciable» de necesidades artificiales que nos va vaciando de espíritu y sensibilidad humanitaria?
¿Por qué hemos de seguir desarrollando el culto al dinero como el único dios que ofrece seguridad, poder y felicidad? ¿Es ésta, acaso, «la nueva religión», que hará progresar al hombre de hoy hacia niveles de mayor humanidad?
No son preguntas para otros. Cada uno las hemos de escuchar en nuestra conciencia como eco de aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al Dinero».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS

Título

(No existe)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO

¿SÓLO CONSUMO?

Lo demás se os dará por añadidura.

El consumismo penetra en nosotros de forma sutil. Nadie elige esta manera de vivir después de un proceso de reflexión. Nos vamos sumergiendo en ella, víctimas de una seducción semiinconsciente. El ingenio de la publicidad y el atractivo de las modas van captando suavemente nuestra voluntad. Al final, nos parece imposible vivir de otra manera.
No hay que pensar mucho para saber cómo actuar. El proyecto de vida para la mayoría es muy sencillo: Trabajar para ganar dinero con el cual poder disfrutar de unos periodos de tiempo (fin de semana, vacaciones) en los que se gasta el dinero anteriormente ganado y se recuperan las fuerzas para volver al trabajo.
Se ha dicho que el consumismo se ha convertido en la «nueva religión» del hombre moderno. La meta absoluta consiste en poseer y disfrutar (doctrina dogmática). Para ello es necesario trabajar y ganar dinero (ética y méritos). Los practicantes acuden fielmente a su compra semanal (precepto de fin de semana). Se viven con devoción intensa las grandes fiestas (Navidad, Reyes, vacaciones, bodas, día del padre, de la madre...).
No es fácil liberarse de la esclavitud del consumismo. Como decía E. Fromm, «el hombre puede ser un esclavo sin cadenas». El consumismo no ha hecho sino desplazar las cadenas del exterior al interior. Por dentro estamos encadenados a un sin fin de necesidades, caprichos y falsas ilusiones. Estas cadenas interiores son más fuertes que las que se ven por fuera. ¿Cómo liberamos de esa esclavitud si vivimos creyendo ser libres?
Nuestra vida es insensata. La obesidad y la anorexia que se dan en no pocas personas son una imagen gráfica del aletargamiento y la pérdida de vitalidad de muchos espíritus. Tenemos de todo y carecemos de paz y alegría interior. Queremos vivir triunfando pero somos cómplices de la mise- ría y el hambre de muchos.
Inmersos en la sociedad del bienestar nos preocupamos de seleccionar el restaurante donde iremos a comer, la calidad del vino que vamos a tomar o la marca de nuestro atuendo. Jesús tenía su visión de las cosas. Es importante pensar en «lo que vais a comer», «lo que vais a beber» o «con qué os vais a vestir». Pero, «sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR

LO PRIMERO

Buscad el Reino de Dios y su justicia

Cuando las personas sufren en exceso, suelen quedar mudas. La opresión las deja sin palabras. No son capaces de gritar su protesta o de articular su defensa. Su queja sólo es un gemido. Así es hoy, en el ancho mundo, la voz de millones de niños explotados como esclavos en su trabajo o la voz de millones de mujeres violentadas y humilladas de mil formas en su dignidad. Así es la voz de quienes se consumen en el hambre y la miseria.
No oiremos esa voz en la radio o la televisión. No la reconoceremos en los espacios de publicidad. Nadie les hace entrevistas en los semanarios de moda ni pronuncian discursos en foros internacionales. El gemido de los últimos de la Tierra sólo lo escucha cada uno en el fondo de su conciencia.
No es fácil. Para oír esa voz, lo primero es querer oírla: prestar atención al sufrimiento y la impotencia de esos seres; ser sensible a la injusticia y el abuso que reinan en el mundo. Es necesario, además, desoír otros mensajes que nos invitan a seguir pensando sólo en nuestro bienestar, no hacer caso de las voces que nos incitan vivir encerrados en nuestro pequeño mundo, indiferentes al dolor y la destrucción de los últimos.
Pero, sobre todo, es necesario arriesgarse. Porque, si se escucha de verdad la voz de los que sufren, ya no se puede vivir de cualquier manera. Se necesita hacer algo; plantearse cómo se puede compartir más y mejor lo que tenemos «los ricos del mundo»; cómo colaborar en proyectos de desarrollo o apoyar campañas en favor de los pueblos pobres de la Tierra.
En el modelo de Iglesia presentado por nuestra diócesis se hace esta afirmación: «La intensidad con que se viven en nuestro pueblo algunos graves problemas, no ha de impedir a nuestra Iglesia desarrollar la solidaridad con los pueblos empobrecidos de la Tierra y la colaboración con las Iglesias que sufren con ellos. No queremos mirar sólo a Europa. El Espíritu de Cristo nos interpela desde los pobres del Tercer Mundo». No son frases hermosas para publicar en un documento, sino el espíritu que nos ha de mover hoy a los cristianos del Primer Mundo.
Nada hay más importante y decisivo en la vida del verdadero discípulo ni en los proyectos de una Iglesia fiel a su Señor. Lo primero es buscar una vida digna y dichosa para todos. Todo lo demás viene después. Nos lo recuerdan una vez más las palabras de Jesús: «Buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA

HACER DINERO

No podéis servir a Dios y al dinero

Poca gente se percibe del daño que provocan en muchas personas algunos criterios y pautas de actuación que la economía actual considera «valores indiscutibles». L. González- Carvajal los considera «los demonios de la economía» que andan sueltos.
El primero es, tal vez, el rendimiento.  Durante muchos años, los seres humanos han tenido el sentido común suficiente como para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre y satisfactoria. El capitalismo moderno, por el contrario, elevó el trabajo a «sentido de la vida». A B. Franklin se le atribuye la famosa frase «el tiempo es oro». Quien no lo aprovecha para ganar, está perdiendo su vida.
Sin duda, ese afán de rendimiento ha contribuido al progreso material de la humanidad, pero cada vez hay más personas dañadas por el exceso de trabajo y activismo. Ahora se crea más riqueza, pero, ¿vive la gente más feliz? Por otra parte, se va olvidando el disfrute de actividades que no resultan productivas. ¿Qué sentido puede tener la contemplación estética?, ¿para qué puede servir el cultivo de la amistad o la poesía?, ¿qué utilidad puede tener la oración?
El segundo demonio sería la obsesión por acumular dinero. Todos sabemos que el dinero comenzó siendo un medio inteligente para medir el valor de las cosas y facilitar los intercambios. Hoy, sin embargo, «hacer dinero» es para muchos una especie de deber. Es difícil llegar a «ser alguien» si no se tiene dinero y poder económico.
Muy emparentado con este último demonio está el de la competencia. Lo decisivo para bastantes es competir y luchar para superar a los demás rivales. Es innegable que una «sana dosis» de competitividad puede tener aspectos beneficiosos, pero cuando una sociedad funciona motivada casi exclusivamente por la rivalidad, las personas corren el riesgo de deshumanizarse, pues la vida termina siendo una carrera donde lo importante es tener más éxito que los demás.
Hace algunos años, E. Mounier describía así al burgués occidental: «Un tipo de hombre absolutamente vacío de todo misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, dedicado a la felicidad y a la seguridad; barnizado en las zonas más altas, de una capa de cortesía, de buen humor y virtud de raza; por abajo, emparedado entre la lectura somnolienta del periódico, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos y la obsesión por figurar.» Para Jesús la vida es otra cosa. Sus palabras invitan a vivir con otro horizonte: «No podéis servir a Dios y al dinero... No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir... Buscad, sobre todo, el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE

LA CULTURA DE LO EFIMERO

No podéis servir a Dios y al dinero

Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es la aparición constante de nuevos productos en el mercado. La competencia fuerza a los fabricantes a inundar la sociedad de artículos siempre nuevos. Ya no interesa elaborar productos que duren. Es más rentable fabricar objetos efímeros para introducir al poco tiempo modelos mejorados.
Este fenómeno aparentemente poco relevante tiene repercusiones notables en nuestro estilo de vida. De hecho, muchos viven convencidos de que han de adquirir a toda costa los «nuevos modelos» y exhibir algo moderno y original si quieren contar en la sociedad y estar al día. Son personas que se dejan influir por una publicidad que estimula el deseo de no desentonar o el ansia de sobresalir.
Pero, obviamente, para poder comprar al ritmo acelerado en que van saliendo los nuevos artículos, es necesario obtener mayores ingresos. Se cae entonces en la trampa de vivir obsesionados por ganar siempre más, descuidando otros aspectos y valores necesarios para una vida sana y feliz.
Por otra parte, se va introduciendo fácilmente la tendencia a equiparar lo nuevo con lo mejor, y, trasladando erróneamente esta actitud al campo del pensamiento, las costumbres o la religión, se cree que la última novedad es siempre la más valiosa.
Pero hay algo todavía más grave. Casi sin advertirlo, se va imponiendo la costumbre de tirar los objetos tan pronto como han cumplido su función y, a menudo, cuando todavía son utilizables. Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez de usarlo, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.
Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan. Amistades que se hacen y deshacen rápidamente según la utilidad. Amores que duran lo que dura el interés y la atracción física. Esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación amorosa más excitante.
La advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», nos pone en guardia frente a los efectos deshumanizadores de una sociedad, en gran parte, consumista y frívola que puede reducir incluso la amistad y el amor a relaciones de intercambio interesado. Quien sirve exclusivamente a sus intereses materiales terminará por no conocer el amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
25 de febrero de 1990

EL BECERRO DE ORO

No podéis servir a Dios y al Dinero

La caída de los regímenes comunistas en los países del Este ha mostrado que no se puede construir la justicia matando la libertad. Ambas son indisociables. Sólo los pueblos libres pueden construir un mundo más justo.
Pero los llamados «países libres» de occidente son más esclavos que nunca de un «capitalismo sin entrañas» que, para procurar el bienestar relativo de mil millones de personas, no duda en condenar a la miseria a los otros cuatro mil quinientos millones que pueblan la tierra.
Los datos nos dicen que, poco a poco, pero de manera inexorable, «el pastel se reparte cada vez entre menos bocas». Aquella Europa que hace unos años ofrecía «acogida generosa» a trabajadores extranjeros que llegaban a realizar trabajos que nadie quería, dicta hoy «leyes de extranjería» para poner barreras infranqueables al hambre que nosotros mismos estamos contribuyendo a crear en el Tercer Mundo.
¿A quién le importa en Europa que dos continentes enteros –África y América Latina- tengan hoy un nivel de vida más bajo que hace diez años? ¿Quién se va a preocupar por los catorce millones de niños que mueren de hambre cada año, en esta Europa en la que siguen creciendo los movimientos racistas, a veces de manera descarada y casi siempre maquillados de mil formas diferentes?
Ya nos vamos habituando a contemplar, bien acomodados en nuestro sillón, cómo son expulsados esos albaneses enfermos, hambrientos y desesperados que llegan a los puertos italianos. Nadie parece reaccionar con demasiada convicción ante el espectáculo de esos africanos que intentan «la travesía imposible», para acabar en el fondo del mar o en los calabozos de la Guardia que vigila las costas de Tarifa.
La Iglesia no puede hoy anunciar el Evangelio en esta Europa sin desenmascarar toda esa inhumanidad y sin plantear las preguntas que apenas nadie se quiere hacer.
¿Por qué hay personas que mueren de hambre, si Dios puso en nuestras manos una tierra que tiene recursos suficientes para todos?
¿Por qué tenemos que ser competitivos antes que humanos? ¿Por que la competitividad tiene que marcar las relaciones entre las personas y entre los pueblos, y no la solidaridad?
¿Por qué hemos de aceptar como algo lógico e inevitable un sistema económico que, para lograr el mayor bienestar de algunos, hunde a tantas víctimas en la pobreza y marginación, casi como por necesidad intrínseca?
¿Por qué hemos de seguir alimentando el consumismo como «filosofía de la vida», si está provocando en nosotros una «espiral insaciable » de necesidades artificiales que nos va vaciando de espíritu y sensibilidad humanitaria?
¿Por qué hemos de seguir desarrollando el culto al dinero como el único dios que ofrece seguridad, poder y felicidad? ¿Es ésta, acaso, «la nueva religión», que hará progresar al hombre moderno hacia niveles de mayor humanidad?
No son preguntas para otros. Cada uno las hemos de escuchar en nuestra conciencia como eco de aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios v al Dinero».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de marzo de 1987

AGOBIADOS

No estéis agobiados...

La invitación insistente de Jesús a no vivir agobiados por las diferentes preocupaciones de la vida no deja de producirnos a los hombres de hoy la impresión de ingenuidad y falta de realismo.
Pero, tal vez, en lugar de encerrarnos en nuestro escepticismo, debiéramos preguntarnos si no somos nosotros los que estamos viviendo de manera totalmente errada.
Nosotros damos por supuesto que, para asegurar nuestra felicidad, tenemos que poseer cosas, dinero, comodidad, éxito, personas... Pero la experiencia nos dice que, en realidad, por ese camino encontramos exactamente lo que habíamos buscado: cosas, dinero, comodidad, personas, pero no necesariamente felicidad.
Las cosas y las personas nos pueden producir una excitación agradable enormemente valiosa para vivir, pero que no hemos de confundir precisamente con la paz personal.
Cuando buscamos la felicidad en las cosas o personas, hacemos depender nuestra dicha de algo exterior a nosotros mismos. Ponemos la fuente de la felicidad fuera de nosotros, en algo o alguien a quien entregamos la llave de nuestra felicidad.
Entonces nuestra vida se convierte en una especie de “yo-yo” que sube y baja constantemente. Cuando todo responde a nuestros deseos, nos sentimos eufóricos, alegres y dichosos. Cuando algo nos contraría o no responde a lo que buscábamos, nos deprimimos y entristecemos.
El problema no se resuelve buscando nuevas fuentes de satisfacción. Al contrario, cada vez que hacemos depender nuestra felicidad de más y más cosas, esa felicidad se hace todavía más problemática e insegura, pues cada vez hay más probabilidades de que algo nos falle y nos deje vacíos e insatisfechos.
Entonces crece en nosotros la insatisfacción, el desasosiego y hasta el agobio. No sabemos disfrutar de cada momento y gozar conscientemente de cada cosa por sencilla que nos parezca. No sabemos detenernos, entrar en nosotros mismos, encontrarnos con la Fuente de la vida y agradecer lo que ahora mismo se nos está regalando.
Nuestra atención se centra en ese pasado ya muerto que no ha sido como nosotros hubiéramos querido o en ese futuro imaginario por el que, tal vez, nos sentimos amenazados.
Y, mientras tanto, se nos escapa la vida y se nos olvida todo lo que tenemos ahora mismo para disfrutar el momento presente sin estar siempre deseando lo que no tenemos.
¿No sería más realista seguir las indicaciones de Jesús: Buscar en cada momento a Dios, buscar su verdad, su bondad y su justicia. Y no agobiarnos tanto por el mañana?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
26 de febrero de 1984

LA PROVIDENCIA, EN BAJA

No estéis agobiados por la vida...

Con frecuencia, los cristianos hablamos de Dios con demasiada ligereza y con afirmaciones tan ambiguas y poco cristianas que hacen caer en descrédito la imagen misma de Dios.
No son pocos los cristianos que hablan de la «providencia» de Dios identificándola prácticamente con el azar o la casualidad, añadiéndole quizás, confusamente, un cierto sentido sagrado o misterioso.
Otros ven la «providencia» de Dios, sobre todo, en sucesos inesperados que nos preservan del sufrimiento y la desgracia o en golpes de fortuna que cambian nuestra suerte y nos traen mayor bienestar.
Si escuchamos el mensaje de Jesús, descubriremos que hemos de .cristianizar» esta idea de Dios excesivamente intervencionista y pagana.
Jesús cree, ciertamente, en un Dios Padre que no olvida a sus criaturas ni las abandona. Un Dios fiel cuya presencia amorosa y discreta puede el creyente percibir en medio de las vicisitudes de la vida cotidiana.
Nuestra vida depende radicalmente de Dios y, precisamente por esto, nuestra existencia ha de estar regada por una confianza grande, que, según Jesús, es todo lo contrario de la angustia atormentada y del temor estéril ante del futuro. «No estéis agobiados por la vida».
¿Significa esto que hemos de despreocupamos de nuestro porvenir en momentos tan críticos como los que estamos viviendo? ¿ Será, quizás, la postura más cristiana la de vivir tranquilos y confiados, esperando que Dios en su «providencia» intervenga de manera imprevista cambiando el rumbo de las cosas?
La acción providente de Dios no significa que Dios actúe al margen de las leyes del mundo y de las decisiones de los hombres. Al contrario, su presencia atenta, discreta y respetuosa es la que funda nuestra autonomía. Dios está tan cerca de nosotros que nos deja ser nosotros mismos.
Por eso Jesús, después de invitarnos a vivir sin agobios, añade: «Sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Esto significa que la confianza en la providencia de Dios hemos de vivirla como búsqueda activa de la justicia de Dios entre los hombres.
En momentos de crisis como los actuales, todos tendemos a buscar con angustia lo que a nosotros nos parece urgente y vital. Esta es la llamada y el reto de Jesús: No perdáis el ánimo. Dios no se ha olvidado de vosotros. Buscad con fe la implantación de su justicia. Lo demás vendrá como consecuencia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
1 de marzo de 1981

DIOS O EL DINERO

No podéis servir a Dios y al dinero.

Uno de ios gritos más firmes de Jesús y, al mismo tiempo, más escandalosos, es el que volvemos a escuchar en el evangelio de hoy: «No podéis servir a Dios y al dinero».
El pensamiento de Jesús es de una lógica aplastante. Dios no puede reinar entre los hombres sino preocupándose de todos y haciendo justicia a los que nadie hace. Por tanto, Dios sólo puede ser servido allí donde se promueve la solidaridad y la fraternidad entre los hombres.
En consecuencia, los ricos y privilegiados son llamados a compartir sus bienes con los necesitados. El Padre que ama a todos los hombres no puede ser servido por quien vive dominado por el dinero y olvidado de sus hermanos.
Precisamente poi eso, Jesús va a condenar duramente, a lo largo de su vida, a aquéllos que acaparan y poseen más de lo necesario para vivir, sin preocuparse de los que junto a ellos padecen necesidad.
Mientras siga habiendo pobres y necesitados, toda la riqueza que el hombre acapara para sí mismo, sin necesidad, es «injusta», porque está privando a otros de lo que necesitan.
En definitiva, la riqueza de algunos sólo puede mantenerse y crecer a costa de la pobreza de otros. Por eso, todo hombre que se afana por asegurar su propio bienestar y acumular y acrecentar su propio capital, sin preocuparse de los necesitados, está impidiendo el nacimiento de esa sociedad fraterna querida por Dios. O se sirve al Dios que quiere fraternidad entre los hombres, o se sirve al propio interés económico.
Y no sirve de nada afirmar que uno vive en actitud de desapego interior de esos bienes que se siguen disfrutando cómodamente sin mayor preocupación por los demás. Cuando uno tiene «espíritu de pobre» y verdadero desapego interior, busca el compartir de alguna manera lo que tiene, para liberar a los necesitados de una pobreza deshumanizadora.
Y no sirve tampoco el pensar que los ricos siempre son los otros. Muchos de nosotros lo somos, en un grado u otro. Pues rico es, en definitiva, el que sigue teniendo solo para sí más de lo que necesita, mientras otros carecen de lo indispensable.
Algo falla en nuestra vida cristiana, cuando somos capaces de vivir disfrutando despreocupadamente de nuestras cosas, sin sentirnos interpelados en lo más mínimo por el mensaje de Jesús y las necesidades de los pobres.

José Antonio Pagola



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