lunes, 20 de enero de 2014

26/01/2014 - 3º domingo Tiempo ordinario (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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26 de enero de 2014

3º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes. con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 –
26 de enero de 2014

ALGO NUEVO Y BUENO

El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la “Buena Noticia de Dios”. Más tarde, los demás evangelistas emplean el mismo término griego (euanggelion) y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús las gentes encontraban algo “nuevo” y “bueno”.
¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona fácilmente la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días?
En el Evangelio de Jesús los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia, ni en manos del destino o el azar. Tengo a Alguien a quien puedo agradecer la vida.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar esclavos de cualquier ídolo; para no vivir siempre a medias ni ser unos “vividores”; para ir aprendiendo formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que hemos de contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mí me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.
Ciertamente, cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
23 de enero de 2011

SEGUIDORES

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: "Seguidme".
Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.
Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.
Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.
La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.
En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.
Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.
Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 – RECREADOS POR JESÚS
27 de enero de 2008

LA PRIMERA PALABRA DE JESÚS

Convertíos

El evangelista Mateo cuida mucho el escenario en el que va a hacer Jesús su aparición pública. Se apaga la voz del Bautista y se empieza a escuchar la voz nueva de Jesús. Desaparece el paisaje seco y sombrío del desierto y ocupa el centro el verdor y la belleza de Galilea. Jesús abandona Nazaret y se desplaza a Cafarnaún a la ribera del lago. Todo sugiere la aparición de una vida nueva.
Mateo recuerda que estamos en la «Galilea de los gentiles». Ya sabe que Jesús ha predicado en las sinagogas judías de aquellas aldeas y no se ha movido entre paganos. Pero Galilea es cruce de caminos, Cafarnaún una ciudad abierta al mar. Desde aquí llegará la salvación a todos los pueblos.
De momento, la situación es trágica. Inspirándose en un texto del profeta Isaías, Mateo ve que «el pueblo habita en tinieblas». Sobre la tierra «hay sombras de muerte». Reina el caos, la injusticia y el mal. La vida no puede crecer. Las cosas no son como las quiere Dios. Aquí no reina el Padre.
Sin embargo, en medio de las tinieblas, el pueblo va a empezar a ver «una luz grande». Entre las sombras de muerte, «empieza a brillar una luz». Eso es siempre Jesús: una luz grande que brilla en el mundo.
Según Mateo, Jesús comenzó su predicación con un grito: «Convertíos». Esta es su primera palabra. Es la hora de la conversión. Hay que abrirse al reino de Dios. No quedarse «sentados en las tinieblas», sino «caminar en la luz».
Dentro de la Iglesia hay una «gran luz». Es Jesús. En él se nos revela Dios. No lo hemos de ocultar con nuestro protagonismo. No lo hemos de suplantar con nada. No lo hemos de convertir en doctrina teórica, en teología fría o en palabra aburrida. Si la luz de Jesús se apaga, los cristianos nos convertiremos en lo que tanto temía Jesús: «unos ciegos tratando de guiar a otros ciegos».
Por eso, también hoy ésa es la primera palabra que tenemos que escuchar de Jesús en la Iglesia: «Convertíos». Recuperad vuestra identidad cristiana. Volved a vuestras raíces. Ayudad a la Iglesia a pasar a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús. Vivid con nueva conciencia de seguidores. Poneos al servicio del reino de Dios. Pedid para la Iglesia un «corazón nuevo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
23 de enero de 2005

PUNTOS CLAVE

Convertíos porque está cerca el Reino.

Es fácil resumir el mensaje de Jesús: Dios no es un ser indiferente y lejano, que se mueve en su mundo desconocido, interesado sólo por su honor y sus derechos. Es alguien que busca para todos lo mejor. Su fuerza salvadora está actuando en lo más hondo de la vida. Sólo quiere la colaboración de sus criaturas para conducir el mundo a su plenitud: «El reino de Dios está cerca. Cambiad».
Pero, ¿qué es colaborar en el proyecto de Dios?, ¿en qué hay que cambiar? La llamada de Jesús no se dirige sólo a los «pecadores» para que abandonen su conducta y se parezcan un poco más a los que ya observan la ley de Dios. No es lo que le preocupa. Jesús se dirige a todos, pues todos tienen que aprender a mirar la vida y a actuar de manera diferente. Su objetivo no es que en Israel se viva una religión más fiel a Dios, sino que sus seguidores introduzcan en el mundo una nueva dinámica: la que responde al proyecto de Dios. Señalaré los puntos clave.
Primero. La compasión ha de ser siempre el principio de actuación. Hay que introducir en el mundo compasión hacia los que sufren: «Sed compasivos como es vuestro Padre». Sobran las grandes palabras que hablan de justicia, igualdad o democracia. Sin compasión hacia los últimos no son nada. Sin ayuda práctica a los desgraciados de la tierra no hay progreso humano.
Segundo. La dignidad de los últimos ha de ser la primera meta. «Los últimos serán los primeros». Hay que imprimir a la historia una nueva dirección. Hay que poner a la cultura, a la economía, a las democracias y a las iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna.
Tercero. Hay que impulsar un proceso de curación que libere a la humanidad de todo lo que la destruye y degrada. «Id y curad». Jesús no encontró un lenguaje mejor. Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, sanear la vida, construir una convivencia orientada hacia el máximo de felicidad para todos.
Esta es la herencia de Jesús. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios, si no es liberando a los últimos de su humillación y sufrimiento. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión si no busca justicia para ellos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
27 de enero de 2002

AGUAR EL EVANGELIO

… curando las enfermedades y dolencias del pueblo

Quienes han bebido de otras aguas podrán gustar en Cristo un «vino nuevo», una experiencia buena de Dios. Algo de esto quiere decir el relato de las bodas de Caná. Desgraciadamente siempre es fácil «aguar» el evangelio y olvidar su sabor original. Basta perder la perspectiva de Jesús.
El profeta de Galilea no pensó en otra cosa sino en llamar a las gentes a vivir acogiendo «el reino de Dios y su justicia». Para él, todo lo demás era secundario. Veinte siglos después, nosotros vivimos ocupados en cuestiones doctrinales y morales que pueden ser legítimas para organizar bien una religión, pero que más de una vez nos distraen de lo primero que interesa a Dios: que los pobres, los hambrientos y los que lloran, puedan ser más felices.
Propiamente, Jesús no enseñó una doctrina para ser aprendida por sus seguidores, sino que anunció un acontecimiento que pide ser buscado y acogido. Según él, Dios está ya actuando en este mundo invitando a todos a buscar un orden de cosas más humano y más justo. A nosotros nos parece muy importante saber qué pensamos de Dios. Jesús, por el contrario, soñaba en que hubiera en la tierra hombres y mujeres que comenzaran a actuar como actúa Dios. Era su obsesión: ¿cómo sería la vida si la gente se pareciera más a Dios?
Jesús gritaba: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Era su llamada primera y más importante. Por eso enseñaba a todos a mirar a las personas de manera diferente: los pecadores eran sus amigos, las prostitutas le parecían más dignas que muchos piadosos, los últimos eran para él los primeros, los enfermos constituían su debilidad... ¿Qué ha sido de la mirada compasiva de Jesús? Para nosotros, las prostitutas son prostitutas, los pecadores son pecadores mientras no se conviertan, y los últimos son los últimos.
Uno de los peligros que nos amenaza hoy a los cristianos es vivir correctamente dentro de una religión organizada, sin atender ni entender en su verdad original el evangelio de Jesús. Lo que saboreamos no es muchas veces el «vino nuevo» aportado por él, sino el cristianismo «aguado» por nosotros mismos.
El evangelio nos recordará siempre la vida de Jesús: recorría Galilea «proclamando la Buena Noticia de Dios... y curando las enfermedades y dolencias del pueblo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
24 de enero de 1999

UN ESTILO DE AMAR

Curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

El cristianismo inició su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra más usada era «philia» que designaba el afecto hacia una persona cercana, y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también del «eros» para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quien produce en nosotros goce y satisfacción.
El cristianismo abandonó prácticamente esta terminología y puso de moda otra palabra casi desconocida, «agape», a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesucristo. De ahí su interés en formular bien el «mandato nuevo del amor»: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).
El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Lo recordarán así años más tarde en las primeras comunidades cristianas: «Pasó toda su vida haciendo el bien.»
Su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace sitio en su corazón y en su vida a quienes no tienen sitio en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Defiende a los débiles y pequeños, los que no tienen poder para defenderse a sí mismos, los que no son grandes o importantes para nadie. Se acerca a quienes están solos y desvalidos, los que no tienen quien se preocupe de ellos.
Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad; ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos; vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Hasta parece correcto vivir rechazando y excluyendo a quienes nos rechazan o excluyen. Lo que le distingue al seguidor de Jesús no es cualquier «amor», sino precisamente ese estilo de amar que consiste en saber acercarse a quienes sufren olvidados de todos.
El evangelista Mateo nos recuerda cómo vivía Jesús en Galilea y cómo era su estilo de actuar: «Recorría toda Galilea.., proclamando el Evangelio del Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo.» Así era Jesús. No lo deberíamos olvidar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
21 de enero de 1996

ESCRITO SUGERENTE

Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos.

Cada vez me encuentro con más personas interesadas por Dios. Son hombres y mujeres que no se resignan a vivir pasivamente la crisis religiosa de nuestros tiempos. Algo les pide desde dentro buscar a Dios incluso desde una fe débil y vacilante. Por lo general, son encuentros de gran riqueza, que a mí me hacen mucho bien. Pocas cosas hay más conmovedoras que asomarse al interior de una persona que busca con sinceridad a Dios en medio de su oscuridad y sus dudas.
Pero, muchas veces, me he quedado sin saber qué decir cuando me han preguntado por algún libro que pueda acompañarlos en su caminar: ¿Qué puedo leer mientras sigo buscando?» Ciertamente, hay muchos estudios que analizan con rigor la actual crisis religiosa, pero no abundan las publicaciones que, de forma sencilla y clara, puedan orientar a quien desea reavivar su fe.
Por eso me ha alegrado tanto la Carta pastoral que acaban de publicar nuestros Obispos. Un escrito nacido, según dicen ellos mismos, para «ofrecer un servicio concreto a aquellos hombres y mujeres que quieren saber dónde están en estos momentos de crisis religiosa, y se preguntan qué camino han de seguir para encontrarse con Dios».
Al lector acostumbrado al estilo habitual del magisterio eclesiástico le sorprenderá esta vez el lenguaje sencillo y accesible de este escrito. Por otra parte, se encontrará con un texto que «hace pensar», ya que las expresiones que se emplean y las preguntas que se sugieren conectan directamente con la realidad que viven muchos. Más de uno se dirá: «Esto es exactamente lo que me pasa a mí.»
El escrito no se pierde en disquisiciones teóricas. Con estilo directo y claro se van abordando las cuestiones concretas que preocupan hoy a no pocos: ¿Qué puedo hacer yo en medio de la crisis religiosa de nuestros días?, ¿qué es lo importante para creer en Dios?, ¿puedo creer en él en medio de tantas dudas?, ¿cómo pasar de ese miedo a Dios, que todavía siento en el fondo de mi conciencia, a una confianza nueva en él?, ¿cómo puedo encontrarme con Dios?, ¿por dónde he de empezar?
Esta Carta, leída de forma atenta y sosegada, puede ayudar a escuchar la llamada que se nos hace desde el evangelio: «El Reino de Dios está cerca... Escuchad la Buena Noticia. » Ahora sé qué lectura recomendar a quien me pida orientación en su búsqueda de Dios. Sencillamente este escrito que lleva como título: «Al servicio de una fe más viva.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
24 de enero de 1993

ENTRE EL RECHAZO Y LA NECESIDAD

Convertíos

Vivimos tiempos de crisis religiosa. Parece que la fe va quedando como ahogada en la conciencia de no pocas personas, reprimida por la cultura moderna y por el estilo de vida del hombre de hoy. Pero, al mismo tiempo, es fácil observar que de nuevo se despierta en bastantes la búsqueda de sentido, el anhelo de una vida diferente, la necesidad de un Dios Amigo.
Es cierto que se ha extendido entre nosotros un escepticismo generalizado ante los grandes proyectos y las grandes palabras. Ya no tienen eco los discursos religiosos que ofrecen «salvación» o «redención». Ha disminuido, hasta casi desaparecer, la esperanza misma de que pueda realmente oírse una Buena Noticia para la humanidad.
Pero, al mismo tiempo, crece en no pocos la sensación de que hemos perdido la dirección acertada. Algo se hunde bajo nuestros pies. Nos estamos quedando sin metas ni puntos de referencia. Nos damos cuenta de que podemos solucionar «problemas», pero que somos cada vez menos capaces de resolver «el problema» de la vida. ¿No estamos más necesitados que nunca de salvación?
Vivimos también «tiempos de fragmentación». La vida se ha atomizado. Cada uno vive en su compartimento. Queda muy lejos aquel humanismo que buscaba la verdad y el sentido de totalidad. Hoy no se escucha al sabio humanista, sino al experto especialista que sabe mucho de una parcela, pero lo ignora todo sobre el sentido de la vida.
Pero, al mismo tiempo, no pocas personas comienzan a sentirse mal en este mundo vertiginoso de datos, informaciones y cifras. No pueden evitar los interrogantes eternos del hombre. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿No hay dónde encontrar un sentido último a la vida?
Son también tiempos de pragmatismo científico. El hombre moderno ha decidido (no se sabe por qué) que sólo existe lo que puede comprobar la ciencia. No hay más. Lo que a ella se le escapa, sencillamente no existe. Naturalmente, en este planteamiento tan simple como poco científico, Dios no tiene cabida y la fe religiosa queda relegada al mundo desfasado de los no progresistas.
Sin embargo, son muchos los que van tomando conciencia de que este planteamiento se queda muy corto, pues no responde a la realidad. La vida no es un «gran mecano», ni el hombre sólo «una pieza» de un mundo que pueda ser desentrañado por la ciencia. Por todas partes se presiente el misterio: en el interior del ser humano, en la inmensidad del cosmos, en la historia de la humanidad.
Por eso, surge de nuevo la sospecha: ¿No serán justamente las «cuestiones» sobre las que la ciencia guarda silencio, las que constituyen el sentido de la vida? ¿No será una grave equivocación perder la respuesta al misterio de la existencia? ¿No es una tragedia prescindir tan «ingenuamente» de Dios?
Mientras tanto, siguen ahí las palabras de Jesús: «Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
21 de enero de 1990

LA SEGUNDA LLAMADA

Jesús los llamó

De ordinario, casi siempre que se habla de la vocación o de la llamada de Dios, se considera que es un asunto de jóvenes que todavía apenas han estrenado la vida.
Y, ciertamente, para un creyente es muy importante la escucha de Dios en esa decisión o dirección inicial que uno da a su existencia, al elegir un determinado proyecto de vida.
Pero Dios no se queda mudo al pasar los años, y su llamada, discreta pero persistente, nos puede interpelar cuando hemos caminado ya un buen trecho de vida. Esta «segunda llamada» puede ser, en ocasiones, tan importante o más que la primera.
Es normal, en plena juventud, seguir la propia vocación con temor pero también con ilusión y generosidad. La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios, saben que inician «una aventura», pero lo hacen con entusiasmo y fe.
Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se puede apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad.
Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos «tirando», pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse.
Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa «segunda llamada» que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Dios comienza siempre de nuevo. Es posible reaccionar.
La escucha de la «segunda llamada» es ahora más humilde y realista. Conocemos nuestras posibilidades y nuestras limitaciones. No nos podemos engañar. Tenemos que aceptarnos tal como somos.
Es una llamada que nos obliga a desasimos de nosotros mismos para confiar más en Dios. Conocemos ya el desaliento, el miedo, la tentación de la huida. N o podemos contar sólo con nuestras fuerzas. Puede ser el momento de iniciar una vida más enraizada en Dios.
Esta «segunda llamada» nos invita, por otra parte, a no echar a perder por más tiempo nuestra vida. Es el momento de acertar en lo esencial y responder a lo que pueda dar verdadero sentido a nuestro vivir diario.
La «segunda llamada» exige conversión y renovación. Dice L. Boros que «sólo el pecador es viejo, pues conoce el hastío de la vida, y el hastío es una señal de vejez».
Dios sigue en silencio nuestro caminar, pero nos está llamando. Su voz la podemos escuchar en cualquier fase de nuestra vida, como aquellos discípulos de Galilea que, siendo ya adultos, siguieron la llamada de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
25 de enero de 1987

EL DIA DEL SEÑOR

Convertíos

El domingo se llama justamente así porque es el día del Señor (dies dominica), es decir, el día en que, ya desde los primeros tiempos, los cristianos se reunían para celebrar la resurrección del Señor.
Según todas las tradiciones, los discípulos se encontraron con el Resucitado al día siguiente del “sabbat” o sábado y desde entonces, ese día se ha convertido para los cristianos en un día especial, el día de la alegría y la esperanza, el día festivo por excelencia.
El Concilio Vaticano II, al invitar a los creyentes a descubrir de nuevo toda la importancia y hondura que encierra el domingo, nos dice que «el día del Señor es el fundamento y el núcleo de toda la vida litúrgica”.
Más que una obligación privada e individual de cada cristiano, celebrar el domingo es deber y misión de toda la Iglesia que está llamada a ser testigo de la esperanza que la resurrección del Señor ha abierto para todos los hombres y mujeres.
Sin esa celebración semanal de la resurrección de Cristo, la esperanza de la Iglesia se debilitaría. Se entienden bien las palabras de Emérito, aquel cristiano del siglo tercero que, acusado ante ci procónsul de reunión ilícita el domingo, ie dice así: «Es cierto, hemos celebrado en mi casa el día del Señor. Nosotros no podemos vivir sin celebrar el día del Señor”.
Los cristianos no interrumpimos el trabajo semanal para “pasar el fin de semana” sino “para celebrar el domingo”, el día del Señor. Y para esto, no basta dejar el atuendo de trabajo y “vestirse de domingo”. Es necesario, además, revestirnos interiormente de alegría. Reavivar en nosotros la esperanza en Cristo resucitado.
El domingo no es, sin embargo, una especie de “aniversario” de Jesús resucitado. No es el recuerdo de un hecho pasado cada vez más alejado de nosotros. Es la celebración de Cristo resucitado que vive y está presente ahora en medio de la historia de los hombres y en lo más hondo de mi propia vida.
En la iglesia más suntuosa o en el templo más humilde y retirado, cada vez que unos cristianos se reúnen el domingo para celebrar el día del Señor, sean muchos o sean pocos, elevan sobre la tierra un signo de esperanza.
Por eso, celebrar el domingo es mucho más que cumplir un deber religioso. Es alimentar semanalmente nuestra esperanza cristiana y anunciarla a todos los hombres.
Cada domingo es nuestro grito obstinado de esperanza incansable, indestructible, en medio de una sociedad, a veces, tan triste y desencantada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de enero de 1984

NUNCA ES TARDE

Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos.

No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas.
Pero, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere poner nueva vida en nuestra vida.
La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros en la medida en que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.
Porque, convenirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata sólo de «hacerse buena persona» sino de volver a aquél que es bueno con nosotros.
Por eso, la conversión no es algo triste sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.
Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar ci corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.
Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: «cómo puedo ganar más dinero?», sino «cómo puedo ser más humano?». No «cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «cómo puedo llegar a ser yo mismo?».
Cuando uno se va convirtiendo a ese Dios del que nos habla Jesús, sabe que no ha de temerse a sí mismo ni tener miedo de sus zonas más oscuras. Hay un Dios a quien nos podemos acercar tal como somos.
Si, al pasar los años, no nos hemos encontrado nunca con este Dios, podremos llegar a ser algo importante, pero habremos equivocado el sentido de nuestra vida.
Cuando hoy escuchemos la llamada de Jesús: «Convertías porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
25 de enero de 1981

SEGUIR A JESUS

… y le siguieron.

Si preguntáramos a muchos cristianos qué entienden por fe, descubriríamos que para muchos la fe se reduce a la pertenencia a la Iglesia, la confesión firme de un credo, la adhesión a la moral católica o el cumplimiento de unos ritos cultuales.
En las primeras comunidades cristianas nos hubieran respondido de otra manera. Creer en Jesús es seguirle. Ese es el término casi técnico que emplean los primeros creyentes. Cristiano es el hombre que se esfuerza por construir su vida siguiendo las huellas de su Maestro.
Quizás después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que el elemento esencial y primero de la fe cristiana consiste en seguir a Jesucristo.
Pero debemos entender bien este seguimiento. No se trata de una postura infantil e inmadura de imitación en la que falta espíritu creador y responsable.
No se trata de la mera imitación de un modelo, como si debiéramos copiar literalmente y desde fuera los gestos de Jesús.
Seguir a Jesús es, más bien, inspirarse en él para continuar hoy de manera responsable la obra apasionante de «redención del hombre» comenzada con él y por él. Asumir las grandes actitudes que dieron sentido a su vida y vivirlas hoy en nuestro propio contexto histórico de manera creadora.
Considerada así, la fe cristiana adquiere otro dinamismo y otra vitalidad. Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco el significado salvador que se encierra en Jesús, irse identificando con las actitudes fundamentales que dieron sentido a su existencia, ir adquiriendo su «estilo de vida».
Se trata de creer lo que él creyó, dar importancia a lo que él le dio, interesarse por lo que él se interesó, defender la causa que él defendió, mirar a los hombres como él los miró, acercarse a los necesitados como él lo hizo, amar a las gentes como él las amó, confiar en el Padre como él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que él se enfrenté.
Los primeros creyentes entendieron la vida cristiana como una aventura constante de renovación, un irse haciendo «hombres nuevos».
Si la fe es seguimiento de Jesús, debemos preguntarnos todos sinceramente a quién seguimos en nuestra vida, qué mensajes escuchamos, a qué líderes nos adherimos, qué causas defendemos y a qué intereses obedecemos, al mismo tiempo que pretendemos ser cristianos, es decir, «seguidores» de Jesucristo.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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