lunes, 29 de octubre de 2012

04/11/2012 - 31º domingo Tiempo ordinario (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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4 de noviembre de 2012

31º domingo Tiempo ordinario (B)



EVANGELIO

No estás lejos del reino de Dios.

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó: «Muy bien. Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
4 de noviembre de 2012

LO IMPORTANTE

Un escriba se acerca a Jesús. No viene a tenderle una trampa. Tampoco a discutir con él. Su vida está fundamentada en leyes y normas que le indican cómo comportarse en cada momento. Sin embargo, en su corazón se ha despertado una pregunta: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" ¿Qué es lo más importante para acertar en la vida?
Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando en la religión se van acumulando normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. Algo de esto ocurría en ciertos sectores del judaísmo.
Jesús no le cita los mandamientos de Moisés. Sencillamente, le recuerda la oración que esa misma mañana han pronunciado los dos al salir el sol, siguiendo la costumbre judía: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón".
El escriba está pensando en un Dios que tiene poder de mandar. Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas.
Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No es propiamente una orden. Es lo que brota en nosotros al abrirnos al Misterio último de la vida: "Amarás". En esta experiencia, no hay intermediarios religiosos, no hay teólogos ni moralistas. No necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. Sabemos que lo importante es amar.
Este amor a Dios no es un sentimiento ni una emoción. Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las personas. Jesús habla de amar "con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser". Sin mediocridad ni cálculos interesados. De manera generosa y confiada.
Jesús añade, todavía, algo que el escriba no ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas?
No siempre cuidamos los cristianos esta síntesis de Jesús. Con frecuencia, tendemos a confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario a quienes viven excluidos por la sociedad y olvidados por la religión. Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a los que sufren?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO

LO DECISIVO EN LA VIDA

No hay mandamiento mayor que estos.

(Ver homilía del 5 de noviembre de 2006).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
5 de noviembre de 2006

LO DECISIVO

Amarás...

A Jesús le hicieron muchas preguntas. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a vivir de manera sabia. Pero la pregunta que esta vez le hace un «letrado» no es una más. Lo que le plantea aquel hombre preocupaba a muchos: ¿qué mandamiento es el primero de todos?, ¿qué es lo primero que hay que hacer en la vida para acertar?
Jesús le responde con unas palabras que, tanto el letrado como él mismo, han pronunciado esa misma mañana al recitar la oración «Shemá»: «Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». A Jesús le ayudaban a vivir a lo largo del día amando a Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas. Esto es lo primero y decisivo.
A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha preguntado: «El segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Ésta es la síntesis de la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la existencia.
El amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es una «norma» más, perdida entre otras normas más o menos importantes. «Amar» es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en la vida social o en el comportamiento individual, hay algo que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para construir una vida humana. Sin amor no hay progreso.
Se puede vaciar de «Dios» la política y decir que basta pensar en el «prójimo». Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que lo decisivo es servir a «Dios». Para Jesús «Dios» y «prójimo» son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.
El riesgo de distorsionar la vida desde una religión «egoísta» es siempre grande. Por eso es tan necesario recordar este mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los demás. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidado de los que sufren. El amor a Dios, Padre de todos, que excluye al prójimo se reduce a mentira. Lo que va contra el amor, va contra Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR

OLVIDAR LO ESENCIAL

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la confianza en el amor. No quiere «sentimentalismos» ni compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.
Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las instituciones o se les encomienda a la Administración, pero nadie las quiere cerca.
El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no deseamos encontramos con quienes están en paro. Nos molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o del amor.
Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierran en sí mismos para defenderse mejor.
Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo en la rentabilidad, el crecimiento económico, la competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba el siguiente anuncio: «Nuestra filosofía reposa sobre cuatro principios: rentabilidad inmediata, seguridad de emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un patrimonio generador de plus valía».
Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida «el amor al prójimo». Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan todavía de caridad cristiana pero terminan más de una vez instalándose en lo que Karl Rahner llamaba «un egoísmo que sabe comportarse decentemente».
Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la sociedad moderna.
Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de los marginados. Arriesgar nuestra economía para solidarizarnos con causas que favorecen a los menos privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover la no-violencia como el camino más humano para resolver los conflictos.
Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
5 de noviembre de 2000

CIENCIA Y AMOR

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

Hace años tuvo amplio eco entre los teólogos un estudio de Bernard Lonergan titulado Método en teología (Ed. Sígueme, Salamanca 1988). El propósito del prestigioso teólogo canadiense era encontrar un camino (método) que, respondiendo al anhelo más genuino del espíritu humano, permita llegar a un conocimiento más profundo de la realidad total.
Es sabido que el método científico se funda básicamente en la observación y la experimentación. Su éxito extraordinario se debe a que se observan cada vez más datos, se llevan a cabo nuevos experimentos y se pueden formular así nuevas teorías. El resultado es una explosión tal de conocimientos que comienza a ser difícil almacenarlos y utilizarlos de forma correcta.
Este método, observa Lonergan, no conduce más allá de este mundo. La ciencia en sí misma no lleva hasta Dios ni puede hacerlo. El método científico tiene sus límites. Ayuda a conocer mejor cómo funcionan las cosas, pero no puede avanzar en el conocimiento del misterio último que sostiene y da sentido a toda esa realidad conocida científicamente.
Bernard Lonergan propone seguir unos preceptos trascendentales que, en su formulación más simple, suenan así: «Sé atento, sé inteligente, sé razonable, sé responsable, enamórate». El buen científico está atento a los datos, los comprende de forma inteligente y los utiliza de modo razonable. Pero no es suficiente. Para abarcar toda la realidad, es necesario además «ser responsable» y buscar el bien del hombre (conversión ética) y es necesario «mirar con amor» el misterio último de la realidad (conversión religiosa).
Dios siempre se nos ofrece como misterio (quasi ignotus), y la ciencia lo sabe pues Dios «escapa» constantemente a sus métodos. El camino del científico (como el de todo ser humano) hacia Dios no es la experimentación razonada, sino el amor. El misterio de Dios puede ser amado aunque no sea pensado. Del amor proviene la sabiduría que permite abrirse hacia el misterio que rodea a la vida humana y que envuelve al mundo.
También el científico ha de escuchar el gran precepto: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Mc 12, 29-30). Este amor no va contra la ciencia y puede desencadenar en el científico un modo de pensar, sentir, decidir y actuar que le permite vivir religado al Misterio último de Dios de manera honesta y responsable.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE

CAPAZ DE ENAMORAR

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

Siempre ha insistido la teología en que no hemos de pretender encerrar a Dios en nuestros conceptos e imágenes. Dios lo trasciende todo (Deus semper maior). Los nombres que le atribuimos sólo sirven para orientar nuestro corazón hacia ese misterio insondable que está en lo más íntimo de la realidad.
Pero lo cierto es que toda religión va elaborando su imagen de Dios a partir de la cultura en la que nace y se desarrolla. Así ha sucedido también en el cristianismo que, durante dos milenios, ha hundido sus raíces en una sociedad patriarcal y monárquica, fuertemente jerarquizada. No es extraño en esa cultura invocar a un Dios Soberano, Juez, Señor y Rey.
Es evidente que este Dios ha dejado hoy de atraer los corazones. Ya ni atemoriza ni fascina. La indiferencia parece crecer siempre más. Algunas veces me pregunto qué resonancia puede tener en la conciencia de muchos ese «Dios todopoderoso y eterno» que se repite en las oraciones litúrgicas. Pero, ¿qué es lo que está hoy en crisis —se preguntan no pocos teólogos—, la fe en el misterio insondable de Dios o esos modelos culturales claramente envejecidos?
¿Es un despropósito pensar que el cristianismo desarrollará en los próximos siglos modelos más idóneos para expresar la fe en un Dios Amor? ¿Por qué no se va a descubrir en el Dios cristiano a un Dios amigo de la vida, Padre y Madre de todos, un Dios amante, enamorado de cada ser, servidor humilde de sus criaturas? ¿Por qué no se va a creer en un Dios que ama el cuerpo, impulsa la vida, libera de miedos, despierta la responsabilidad y quiere ya desde ahora la paz y la felicidad para todos? ¿Por qué no creer en un Dios grande que no cabe en ninguna religión ni iglesia, el Dios que sufre donde sufren sus criaturas, el Dios que acompaña a todos día a día y que, lejos de provocar la angustia ante la muerte, estará abrazando a cada persona mientras agoniza rescatándola para la vida eterna?
Tal vez entonces descubrirán muchos que ese Dios está ya anunciado por Cristo que nos revela a un Dios que no busca ser servido por los hombres, sino servirlos (Marcos 10, 44), un Dios que ama a buenos y malos, y hace salir el sol para todos (Mateo 5, 45). Un Dios así es capaz de atraer y enamorar. Ante este Dios resuenan de forma muy distinta las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Marcos 12, 30).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
30 de octubre de 1994

INDIGNACION

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Se ha dicho que ya no quedan palabras para condenar la perversión de ETA y el carácter inhumano de sus asesinatos. No es cierto. Nos queda una palabra, aparentemente frágil y vulnerable, cargada de amor al ser humano. Una palabra que es, en su debilidad, más fuerte que todas las armas y todos los fanatismos: NO.
Un NO que nace de la indignación de la conciencia. Esta indignación no es odio, menos aún deseo de venganza. Es la reacción firme e irreprimible de quien rechaza desde lo más hondo de su ser el envilecimiento.
ETA está siendo derrotada donde menos lo esperaba: en la conciencia de los vascos. Su terrorismo no tiene salida. Por una parte, si quiere continuar sembrando terror, ha de cometer asesinatos cada vez más execrables; por otra parte, son precisamente esos crímenes los que ponen cada vez más al descubierto su locura, y provocan el rechazo cada vez más radical del pueblo vasco.
Al parecer, ETA no había contado con la conciencia de los vascos, o, si lo ha hecho alguna vez, ha creído que era fácil eliminarla o manipularla con grandes discursos justificatorios. No ha sido así. La conciencia de este pueblo es más noble y más grande que todo lo que se le ha predicado desde el terror.
Por eso, de cada secuestro y de cada asesinato, ETA sale más derrotada y con menos apoyo social. Sus asesinatos, lejos de generar adhesión, hacen crecer la indignación y el rechazo.
Un sentido ético elemental está trabajando las conciencias de las gentes: ¿Qué amor al pueblo es éste de ETA, que la lleva a asesinar en contra de la voluntad absolutamente mayoritaria de la sociedad? ¿Qué lucha por los derechos es ésta que comienza por atacar el primero y más fundamental de todos, que es el derecho a la vida? ¿Qué «Movimiento de Liberación» es éste que pretende tener aprisionada por el miedo y la coacción la conciencia de sus propios militantes?
Y, mientras tanto, ¿qué sucede en la conciencia de quienes dan la orden de eliminar vidas concretas, los que disparan o los que ofrecen la información o colaboración necesarias? ¿Por qué tanta ceguera y tanto fanatismo? ¿Cuál es la razón suprema para tanta sinrazón?
Esta sociedad necesita que alguien le recuerde con fuerza el primer mandamiento de todo pueblo que quiera ser humano: «Amar a Dios como único Señor y amar al prójimo como a uno mismo.» Es esto lo que necesitamos escuchar. No gritos de odio ni discursos ideológicos. Cada uno sabrá dónde tiene que hablar y ante quienes. Unos hemos de hacerlo en público. Otros en su propio ámbito. Pero hemos de mantener viva la indignación contra todo lo que viola el mandato supremo del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
3 de noviembre de 1991

OLVIDAR LO ESENCIAL

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la confianza en el amor. No quiere “sentimentalismos” ni compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.
Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las instituciones o se les encomienda a la Administración, pero nadie las quiere cerca.
El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no deseamos encontrarnos con quienes están en paro. Nos molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o del amor.
Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierran en sí mismo para defenderse mejor.
Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo en la rentabilidad, el crecimiento económico, la competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba el siguiente anuncio: “Nuestra filosofía reposa sobre cuatro principios: rentabilidad inmediata, seguridad de emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un patrimonio generador de plus valía”.
Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida “el amor al prójimo”. Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan todavía de caridad cristiana, pero terminan más de una vez instalándose en lo que Karl Rahner llamaba “un egoísmo vividor que sabe comportarse decentemente”.
Después de veinte siglos, el riesgo de los cristianos es pensar que basta con cumplir aquello que siempre se ha predicado: no hacer mal a nadie, colaborar en las colectas que se hacen en el templo y dar algún donativo o limosna, si no encontramos nada mejor para salir del paso.
Y, sin embargo, la gran tarea del cristianismo es introducir el “amor real” en esta cultura que sólo genera “egoísmo sensato bien organizado”. Producir grietas y aberturas que permitan vislumbrar el gran vacío de una sociedad que ha excluido el amor. Gritar una y otra vez que sin amor nunca se construirá un mundo mejor.
Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la sociedad moderna.
Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de los marginados. Arriesgar nuestra economía para solidarizarnos con causas que favorecen a los menos privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover la no-violencia como el camino más humano para resolver los conflictos.
Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
30 de octubre de 1988

EL AMOR SE APRENDE

Amarás a tu prójimo.

Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente.
Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad en ese mundo misterioso y atractivo del amor.
Hay quienes piensan que el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que se los ame.
Para estas personas lo importante es ser atractivo, resultar agradable, tener una conversación interesante, hacerse querer. En general, terminan siendo bastante desdichados.
Otros están convencidos de que amar es algo sencillo y que lo difícil es encontrar personas agradables y apropiadas a las que se les pueda querer. Estos sólo se acercan a quien les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su «amor» se desvanece.
Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de compañía, afecto o placer. Cuando dicen “te quiero”, en realidad están diciendo “te deseo”, “me apetece”.
Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra cosa.
Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida pues nos puede liberar de la soledad y la separación para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.
Pero, concretamente, ese “amar al prójimo como a uno mismo” requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.
La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que ocurre en su intimidad. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.
Lo segundo es aprender a dar. No hay amor allí donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.
Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
3 de noviembre de 1985

EL ATEISMO DEL CARBONERO

Dios es el único Señor.

Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo igualmente frívolo e irresponsable. Se podría decir que viven un «ateísmo de carbonero».
Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica religiosa y han liquidado cualquier relación con una comunidad creyente. Pero, ¿basta con eso para resolver con seriedad la postura personal de uno ante el misterio último de la vida?
Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en «los inventos de los curas», pero creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de quien no se espera nada con gozo?
Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios, enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad. Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios vivir una vida más digna y responsable.
Bastantes se han fabricado su propia religión y se han construido su propia moral a medida. Nunca han buscado otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida, evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su existencia o les obligara a plantearse una conversión.
Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad no entienden para qué pueda servir tal cosa. Ellos viven tan ocupados en trabajar y disfrutar y tan distraídos por los problemas de cada día, los programas del televisor y las revistas de fin de semana, que Dios no tiene sitio en sus vidas.
Pero, nos equivocaríamos los creyentes sin pensáramos que este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este ateísmo está también en el corazón de los que nos llamamos creyentes, pero sabemos que Dios no es el único Señor de nuestra vida ni siquiera el más importante.
Hagamos solamente una prueba. ¿Qué sentimos en lo más íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio, repetidas veces y con sinceridad estas palabras: «Escucha... El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.»?
¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
31 de octubre de 1982

LO PRIMERO DE TODO

No hay mandamiento mayor.

Pocas experiencias cristianas más gozosas que la de encontrarnos de pronto con una palabra de Jesús que ilumina lo más hondo de nuestro ser con una luz nueva e intensa.
Así es la respuesta a aquel escriba que le pregunta: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Jesús no duda. Lo primero de todo es amar. No hay nada mayor que amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. La última palabra la tiene siempre el amor.
Está claro. El amor es lo que verdaderamente justifica nuestra existencia. La savia de la vida. El secreto último de nuestra felicidad. La clave de nuestra vida personal y social.
Y no se trata sólo de palabras. Hombres de gran inteligencia, con una capacidad de trabajo asombrosa, de una eficacia sorprendente en diversos campos de la vida, terminan siendo seres mediocres, vados y fríos cuando se cierran a la fraternidad y se van incapacitando para el amor, la ternura y la generosidad.
Su vida tan prometedora desde diversas perspectivas termina en un fracaso en cuanto a lo esencial. Y aunque pretenda llenar su vacío en una relación amorosa egoísta con el otro sexo, «solamente será un funcionario del sexo, un burócrata que contabiliza placeres ante la carencia del goce supremo: el amor creador» (Roger Garaudy).
Por el contrario, hombres y mujeres de posibilidades aparentemente muy limitadas, poco dotados para grandes éxitos, terminan con frecuencia irradiando una vida auténtica a su alrededor, sencillamente porque se arriesgan día a día a renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir con atenta generosidad hacia los demás.
Lo creamos o no, día a día se va construyendo en cada uno de nosotros un pequeño monstruo de egoísmo, frialdad e insensibilidad a los otros, o un pequeño prodigio de ternura, fraternidad y solidaridad con los necesitados.
¿Quién nos podrá librar de esa increíble pereza para amar desinteresadamente y de ese egoísmo que reside en el fondo de nuestro ser como un cáncer invisible pero eficaz?
Ciertamente, el amor no se improvisa ni se inventa ni se fabrica de cualquier manera. El amor se acoge, se aprende y se contagia.
Una mayor atención al amor de Dios revelado en Jesús, una escucha más honda y un silencio más prolongado ante Dios, una apertura mayor a su Espíritu, pueden hacer surgir poco a poco de nuestro ser posibilidades de amor que hoy ni sospechamos.

José Antonio Pagola

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