lunes, 2 de abril de 2012

08/04/2012 - Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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8 de abril de 2012

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B)



EVANGELIO

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
8 de abril de 2012

MISTERIO DE ESPERANZA

Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la Humanidad y en la creación entera. Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre. Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria. Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: "Entra para siempre en el gozo de tu Señor". Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un "Dios oculto" del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús. Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino. Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor. Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las "huellas" que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos. Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: "Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida". Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
12 de abril de 2009

ID A GALILEA. ALLÍ LO VERÉIS

El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No sólo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él.
Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que sólo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».
Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.
«¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado?». Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. «No está aquí». Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. «Ha resucitado». Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de lo muerto, lo extinguido, lo acabado.
Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?
Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.
Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
16 de abril de 2006

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

Vio y creyó.

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.
No lo hemos de olvidar jamás. En el corazón de nuestra fe hay un crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero motivada y vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso sino en resurrección.
Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos.., seguir los pasos de Jesús no es algo absurdo. Es caminar hacía el Misterio de un Dios que resucitará para siempre nuestras vidas.
Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.
Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejamos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?
Seguir al crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: Un día «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
20 de abril de 2003

DIOS LE HA DADO LA RAZÓN

Cuando aún estaba oscuro.

La fuente más antigua que poseemos sobre la vida de los primeros cristianos es un escrito redactado hacia el año ochenta. Se le llama tradicionalmente «Los Hechos de los Apóstoles». Según este escrito, los primeros que hablaron de Jesús resucitado seguían siempre el mismo guión: «Vosotros (los poderosos) lo matasteis, pero Dios lo resucitó».
Éste fue el primer esquema de la predicación pascual. Los poderosos han querido eliminar a Jesús y apagar su voz. Nadie ha de oír que los últimos son los primeros para Dios. Por eso, han interrumpido violentamente su predicación. Muerto Jesús, todo volverá al orden. Pero, inesperadamente, Dios lo ha resucitado.
Esta es la gran noticia. Dios le ha dado la razón al crucificado desautorizando a sus crucificadores. El rechazado por todos ha sido acogido. El despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Se confirma lo que Jesús predicaba: Dios se identifica con los crucificados.
Nadie sufre que Dios no sufra. Ningún grito deja de ser escuchado. Ninguna queja se pierde en el vacío. Los «niños de la calle», de Bucarest o Sao Paulo tienen Padre. Las mujeres ultrajadas por su pareja tienen un último defensor. Los jóvenes que se suicidan en Europa acaban su vida acompañados por Dios. Y Dios sólo quiere la vida, la vida eterna, la vida para todos. Lo vislumbramos ya en la gloria del resucitado.
Ese Dios que ha resucitado a Jesús está en nuestras lágrimas y penas como consuelo misterioso. Está en nuestras depresiones como presencia callada que acompaña en la soledad y tristeza incomprendidas. Está en nuestro pecado como amor misericordioso que nos soporta con paciencia infinita. Estará incluso en nuestra muerte conduciéndonos a la vida, cuando parezca extinguirse.
Hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos, de los enfermos incurables y de los moribundos. Es la fiesta de los que viven muertos por dentro y sin fuerza para resucitar. La fiesta de los que sufren en silencio agobiados por el peso de la vida o la mediocridad de su corazón. Es la fiesta de los mortales porque Dios es nuestra resurrección.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
23 de abril de 2000

CONFIANZA

 .. que él había de resucitar.

La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las más esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel” construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).
A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no esté incluido en ese destino último de vida plena.
En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundirnos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.
Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazarnos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente. Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
30 de marzo de 1997

DIOS QUIERE LA VIDA

… que él había de resucitar de entre los muertos.

«Yo no disfruto con la muerte de nadie.» Así dice Dios por boca del profeta Ezequiel (18, 32). Este es el primer pensamiento que brota dentro de mí en esta mañana de Pascua. Dios no quiere la muerte. Es amigo de la vida, quiere para todos la vida. La muerte le hace sufrir hasta el punto de que ha querido experimentarla desde dentro para abrir a la Humanidad un camino hacia la resurrección.
Son muchas las ideologías nacidas este siglo, que han predicado la nada después de la muerte. Su mensaje siempre es el mismo: somos una «composición físico-química» que, durante unos años, escapa del mundo material para desarrollar un curioso tipo de existencia libre y consciente, pero, al morir, todos volvemos al oscuro universo del mundo mineral. Sin embargo, el ser humano no aprende a resignarse. Desde lo más hondo de su ser sigue anhelando vida y vida eterna. Como decía Miguel de Unamuno, lo importante es saber si podemos vivir con esa esperanza. Lo demás es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.
La actitud profunda de Dios ante la muerte está bien recogida en la actuación de Jesús junto a la tumba de su amigo Lázaro. El evangelio destaca dos momentos: «Jesús se echó a llorar» (Juan 11, 35). Es el versículo más breve de las Escrituras, pero basta para captar el amor y la reacción de Dios ante la muerte humana. Después, grita con fuerte voz: «Lázaro, sal fuera» (Juan 11, 43). Un grito que expresa la actuación poderosa de Dios, capaz de liberar al hombre de su fatal destino.
Según una larga tradición cristiana, sólo existe en definitiva un pecado: no creer en el Dios de la vida, olvidar su fuerza resucitadora, no esperar en Dios nuestro Salvador. Así dice Isaac el Sirio con su conocido ardor: «El pecado consiste en no comprender la gracia de la resurrección. ¿Dónde está el infierno, que nos pueda atormentar? ¿Dónde está la condenación que nos pueda atemorizar hasta el punto de vencer la alegría del amor que Dios nos tiene?»
Pascua es la fiesta que nos revela el amor redentor de Dios, la verdad última, el milagro de la vida eterna que nos espera. No hay vacío ni destrucción final. No hay muerte eterna. Hay vida y resurrección. Nada ni nadie nos separará del amor de Dios. Entonces «toda carne verá a Dios» (Isaías 15, 3).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
3 de abril de 1994

UNA ESPERANZA DIFERENTE

...que él había de resucitar de entre los muertos.

Hay creyentes que, al celebrar la resurrección de Cristo, ponen su mirada en el pasado, en lo que le sucedió al Crucificado. Su atención se centra, sobre todo, en ese gesto creador del Padre que levantó de la muerte a Jesús para introducirlo en la vida plena de Dios. Esta manera de vivir la resurrección hace brotar el canto, la alabanza y la acción de gracias a ese Dios que no abandona nunca a quien confía en él.
Sin negar esta intervención de Dios, hay creyentes que viven la resurrección de Jesús como una experiencia presente, que ilumina y renueva su existencia. Cristo está hoy vivo, «resucitando» nuestras vidas. Esta manera de vivir la resurrección genera una fe semejante a la de san Pablo: «Ya no soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mí.»
Pero hay otro camino para vivir la resurrección de Cristo, que fue fundamental en la experiencia de los primeros creyentes y puede tener una importancia particular en estos tiempos de crisis y desencanto. La resurrección de Cristo nos impulsa a mirar el futuro con esperanza. Es importante saber qué le sucedió al muerto Jesús en el pasado. Es fundamental vivir la adhesión a un Cristo vivo en el presente. Pero todo alcanza su verdadera orientación cuando acertamos a vivir con la esperanza puesta en Cristo resucitado y en el futuro que desde él se nos promete.
Quien vive animado por la fe en la resurrección de Cristo pone su mirada en el futuro. No permanece esclavo de las heridas y pecados que ha podido haber en su pasado. No se detiene tampoco en las crisis y sufrimientos del presente. Mira siempre hacia adelante, hacia lo que nos espera. Lo que todavía está oculto pero se nos anuncia ya en Cristo resucitado.
Esta esperanza genera una manera nueva de estar en la vida. El cristiano lo ve todo en marcha, en gestación, moviéndose hacia su realización plena. No se contenta con las cosas tal como son hoy; busca lo venidero. Nada aquí es definitivo, ni nuestros logros ni nuestros fracasos. Todo es penúltimo. Todo es caminar hacia la «resurrección final.» Por eso, el pecado contra la esperanza cristiana no necesita manifestarse como «desesperación». Basta con vivir sin horizonte, sin «futuro último» (J Moltmann), absolutizando lo inmediato, volcados en el presente como si esta vida de cada día lo agotara todo.
La fiesta de Pascua es una llamada a despertar en nosotros la esperanza cristiana, y a recordar algo demasiado olvidado, incluso, por los que nos decimos creyentes: «Aquí no tenemos ciudad permanente, andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
31 de marzo de 1991

CRISTO SIGUE VIVO

El primer día de la semana...

Los discípulos describen de diversas maneras la experiencia que han vivido después de la muerte de Jesús y acuden a procedimientos diferentes para sugerir lo que les ha acontecido. Pero siempre vienen a decir lo mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos reavivando sus vidas.
Lo importante es que recuperan a Jesús como alguien que vive y viene a su encuentro. Todo lo demás pasa a segundo término. Lo que cambia totalmente sus vidas es esa presencia viva de Jesús al que habían perdido en la muerte.
Esta fue la experiencia fundamental de los discípulos y ésta es siempre la verdadera experiencia pascual: encontrarnos de nuevo con un Cristo que vive en el interior mismo de nuestra vida poniendo esperanza nueva a todo. Experimentar que Jesús no es algo acabado sino alguien que sigue vivo impulsando nuestras pobres vidas hacia su plenitud.
Por eso, cuando escuchamos las palabras recogidas por los evangelistas, no estamos escuchando el mensaje más o menos interesante de un líder ya difunto. Esas palabras están brotando hoy mismo del resucitado y nos llegan a nosotros con su primer frescor, como palabras que son “espíritu y vida“.
Para quien cree en el resucitado, lo importante no es analizar lo que dice este predicador o lo que escribe aquel teólogo. Lo decisivo es escuchar a ese Cristo vivo que hoy nos sigue hablando desde lo hondo de nuestro ser: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa” (Ap 3, 20).
Tal vez, nuestra mejor manera de vivir la Pascua es irnos desprendiendo de un Jesús visto sólo como un personaje del pasado y recuperar a Cristo como alguien vivo y operativo en nuestras vidas. Cristo resucita hoy para nosotros cuando, de alguna manera, podemos repetir las palabras de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).
Por eso, lo más importante no es creer que Jesús, hace aproximadamente dos mil años, curó ciegos, limpió leprosos, hizo caminar a cojos o resucitó muertos. Lo realmente decisivo es experimentar que hoy Cristo nos enseña a ver la vida con otra profundidad, nos ayuda a vivir de manera más limpia y humana, nos hace caminar con esperanza y va resucitando en nosotros todo lo bueno.
Cuando se produce una verdadera experiencia pascual, el creyente siente de alguna manera que una vida nueva se abre ante él. Entiende las palabras que el Apocalipsis pone en boca del resucitado: “Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar” (Ap 3, 8).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
3 de abril de 1988

ALELUYA

Vio y creyó.

Probablemente el canto del aleluya, repetido de manera rutinaria, no encierra hoy para muchos cristianos un contenido especialmente jubiloso.
Pocos comprenderían la inmensa alegría de San Agustín que, al comienzo de la Pascua, invitaba así a sus fieles: «Venid cantores buenos, hijos de la alabanza del Dios verdadero. Han llegado los días en que hemos de cantar el aleluya”.
¿Qué se encierra en ese aleluya que ha enmudecido durante la cuaresma y debe resonar ahora durante el tiempo pascual en los labios y el corazón de los creyentes?
Son muchos los que lo cantan ignorando que aleluya es una palabra compuesta de dos voces hebreas: “Hallelu” que significa “alabad” y “Yah” que es el nombre abreviado de Yahve.
Aleluya significa pues “alabad a Yahve” y es el grito entusiasta y agradecido de los creyentes que se invitan unos a otros a alabar a Dios por la vida que se nos regala en el resucitado.
Nadie se atrevió en las primeras comunidades de origen griego, latino o sirio a tocar estas palabras cargadas de fuerza y contenido intraducible. Hoy se siguen cantando todavía con el sabor original de los primeros creyentes.
El aleluya es la respuesta jubilosa de la Iglesia a Cristo resucitada. El cántico que ella entonará hasta el fin de los tiempos agradeciendo al Señor la redención del mundo.
Los creyentes lo llamaban “el cántico nuevo”. El canto que sólo pueden cantar de verdad “los hombres nuevos», los que se sienten redimidos y conocen la vida nueva que brota del resucitado.
El aleluya es el canto de la alegría. Pero no de esa alegría falsa de quienes disfrutan a costa del sufrimiento y la marginación de los débiles, sino de la alegría que nace del amor y el agradecimiento al crucificado por los hombres.
Hoy el aleluya sólo lo podemos cantar en la esperanza y el deseo del cielo. Dice San Agustín que “cuando, después de este esfuerzo de aquí, lleguemos a aquel descanso, nuestra única ocupación será la alabanza a Dios, nuestro único quehacer el aleluya”.
Celebrar la Pascua es descubrir en nuestro corazón el contenido profundo de este canto para aprender a cantarlo en nuestra vida. Cristo ha resucitado en nosotros, aun en medio de nuestro cansancio. penas y trabajos, brotará el ALELUYA.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
7 de abril de 1985

DIOS LO HA RESUCITADO

Vio y creyó...

Pocos escritores han logrado hacernos intuir el vacío inmenso de un universo sin Dios, como el poeta alemán Jean Paul en su escalofriante «Discurso de Cristo muerto» escrito en 1795.
Jean Paul nos describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay.
Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».
Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...».
Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...».
Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria».
Cristianos habitados por una fe rutinaria y superficial, ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría. Alegría incontenible. Gozo y agradecimiento. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre».
Y si ante Cristo resucitado, sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
11 de abril de 1982

ESPERANZA PARA LOS CRUCIFICADOS

Marsa Magdalena fue al sepulcro al amanecer.

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia algo que los primeros creyentes subrayan con fuerza: Dios ha resucitado precisamente al Crucificado.
Así lo anuncian desde el primer momento: «Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». El Resucitado no es otro que el ejecutado en la cruz.
Dios no ha resucitado a un monje de Qumrán, ni a un noble saduceo, ni a un escriba fariseo, ni a un revolucionario zelote, sino a un crucificado.
Y esto es importante. La resurrección de Jesús ha sido, antes que nada, la reacción de Dios ante la injusticia criminal de los que han crucificado a Jesús. El gesto de Dios nos descubre no sólo el triunfo de su omnipotencia, sino la victoria de su justicia, por encima de las injusticias de los hombres.
Por eso, la resurrección de Jesús es esperanza, en primer lugar, para los crucificados. No le espera resurrección a cualquier vida, sino a una existencia crucificada y vivida con el espíritu del Crucificado.
Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los crucificados de mil maneras a lo largo de la historia. Pero, esto significa además que todos caminamos hacia la resurrección en la medida en que nuestra vida tiene algo de crucifixión.
Caminamos hacia la resurrección cuando nuestro vivir diario no es una cómoda evasión de los problemas ajenos, sino una entrega constante y agotadora a los demás. Cuando nuestra vida no es una búsqueda confortable de felicidad, sino un desvivirse por los otros. Cuando nuestra vida no es inhibición y absentismo egoísta, sino defensa y lucha arriesgada por tantos desvalidos, pobres e indefensos.
Sólo desde esa participación humilde en la crucifixión de Jesús podemos esperar con fe la resurrección. Para decirlo gráficamente con Jon Sobrino: «serla un grave error pretender apuntarse a la resurrección de Jesús en su último estadio, sin recorrer las mismas etapas histórica que recorrió Jesús».
La actual solidaridad con los crucificados es la garantía de nuestra futura resurrección. Por ello, esta mañana de Pascua hemos de hacernos una pregunta decisiva para nuestro ser cristiano.
¿Estamos del lado de los que crucifican o de aquéllos que son crucificados? ¿Estamos junto a los que matan la vida y deshumanizan a los hombres, o de aquéllos que «mueren» por defender lo humano y se desviven en el servicio a la vida? 
Una vida crucificada en el servicio a los hermanos y en la defensa de los crucificados es el mejor testimonio de una fe viva en el Resucitado.

José Antonio Pagola


HOMILIA

NO ESTÁ ENTRE LOS MUERTOS

No sabemos dónde lo han puesto.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Según Lucas, éste es el mensaje que escuchan las mujeres en el sepulcro de Jesús. Sin duda, el mensaje que hemos de escuchar también hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error?
¿Por qué buscamos a Jesús en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida más digna y justa para todos?
¿Cómo nos encontraremos con el que vive, ahogando entre nosotros la vida, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?
¿Cómo vamos a acoger su saludo de Paz a vosotros, si vivimos descalificándonos unos a otros? ¿Cómo vamos a sentir la alegría del resucitado, si estamos introduciendo miedo en la Iglesia? Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontrarnos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?
¿Cómo contagiaremos fe en Jesús vivo, si no sentimos nunca arder nuestro corazón, como los discípulos de Emaús? ¿Cómo le seguiremos de cerca, si hemos olvidado la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros, cuando nos reunimos en su nombre?
¿Dónde lo vamos a encontrar hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo queremos ver en los pequeños, los humillados y crucificados? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada, si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros?
Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos no las creyeron. Éste es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo..

José Antonio Pagola

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