lunes, 25 de agosto de 2014

31/08/2014 - 22º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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22º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
-«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
-«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
-«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.
¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?
¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
31 de agosto de 2014

APRENDER A PERDER

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?
Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
28 de agosto de 2011

DETRÁS DE JESÚS

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.
Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».
Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».
Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.
Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.
La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.
No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
31 de agosto de 2008

LO QUE TUVO QUE OÍR PEDRO

Quítate de mi vista, Satanás.

La aparición de Jesús provocó en los pueblos de Galilea sorpresa, admiración y entusiasmo. Los discípulos soñaban con el éxito total. Jesús, por el contrario, sólo pensaba en la voluntad del Padre. Quería cumplirla hasta el final.
Por eso empezó a explicar a sus discípulos lo que le esperaba. Su intención era subir a Jerusalén a pesar de que allí iba a «sufrir mucho» precisamente «por parte de» los dirigentes religiosos. Su muerte entraba en los designios de Dios como consecuencia inevitable de su actuación. Pero el Padre lo iba a resucitar. No se quedaría pasivo e indiferente.
Pedro se rebela ante la sola idea de imaginar a Jesús crucificado. No lo quiere ver fracasado. Sólo quiere seguir a Jesús victorioso y triunfante. Por eso, lo «toma aparte», lo presiona y «lo increpa» para que se olvide de lo que acaba de decir: «No lo permita Dios! No te puede pasar a ti eso».
La respuesta de Jesús es muy fuerte: «Quítate de mi vista, Satanás». No quiere ver a Pedro ante sus ojos, porque «le hace tropezar», es un obstáculo en su camino. «Tú no piensas como Dios, sino como los hombres». Tienes una manera de pensar que no es la del Padre que piensa en la felicidad de todos sus hijos e hijas, sino la de hombres que sólo piensan en su bienestar y sus intereses. Eres la encamación de Satanás.
Cuando Pedro se abre con sencillez a la revelación del Padre, confiesa a Jesús como Hijo del Dios vivo y se convierte en «Roca» sobre la que Jesús puede construir su Iglesia. Cuando, siguiendo intereses humanos, pretende apartar a Jesús del camino de la cruz, se convierte en «Tentador satánico» (!).
Los autores subrayan que Jesús dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí, Satanás». Ese es tu sitio. Colócate como seguidor fiel detrás de mí. No pretendas pervertir mi vida orientando mi proyecto hacia el poder y el triunfo.
Es «satánico» confesar a Jesús como «Hijo del Dios Vivo», y no seguirle en su camino hacia la cruz. Si en la Iglesia de hoy seguimos actuando como Pedro, tendremos que oír también nosotros lo que él tuvo que oír de labios de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
28 de agosto de 2005

ARRIESGARLO TODO

El que la pierda por mí, la encontrará.

No es fácil asomarse al mundo interior de Jesús, pero en su corazón podemos intuir una doble experiencia: su identificación con los últimos y su confianza total en el Padre. Por una parte, sufría con la miseria, injusticia, desgracias y enfermedades que hacen sufrir tanto. Por otra, confiaba totalmente en ese Dios Padre que nada quiere más que arrancar de la vida lo que es malo y hace sufrir a sus hijos.
Jesús estaba dispuesto a todo por hacer realidad el deseo de Dios y por ver cuanto antes un mundo diferente: el mundo que quería el Padre. Y, como es natural, quería ver entre sus seguidores la misma actitud. Si seguían sus pasos, debían compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Quería encender en ellos el fuego que llevaba dentro.
Hay frases que lo dicen todo. Las fuentes cristianas han conservado, con pequeñas diferencias, un dicho dirigido por Jesús a sus discípulos: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará». Con estas palabras tan paradójicas, Jesús les está invitando a vivir como él: agarrarse ciegamente a la vida puede llevar a perderla; arriesgarla de manera generosa y valiente puede llevar a salvarla.
El pensamiento de Jesús es claro. El que camina tras él, pero sigue aferrado a las seguridades, metas y expectativas que le ofrece su vida, puede terminar perdiendo el mayor bien de todos: la vida vivida según el proyecto de Dios. Por el contrario, el que lo arriesga todo por seguirle, encontrará vida entrando con él en el reino de Dios.
Quien sigue a Jesús tiene con frecuencia la sensación de estar «perdiendo la vida» por una utopía inalcanzable: ¿No estamos echando a perder nuestros mejores años soñando con Jesús? ¿No estamos gastando nuestras mejores energías por una causa inútil?
¿Qué hacía Jesús cuando se veía turbado por este tipo de pensamientos oscuros? Identificarse todavía más con los que sufren y seguir confiando en ese Padre que ofrece una vida que no puede deducirse de lo que ahora experimentamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
1 de septiembre de 2002

CONTRA LA MUERTE DEL ESPÍRITU

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero...?

Es un Manifiesto diferente. Lo lanzaron hace unos años el escritor colombiano, Álvaro Mutis, premio Cervantes y el editor Javier Ruiz Portella. No está redactado para denunciar políticas, repudiar injusticias económicas o protestar contra actividades sociales específicas. Su voz quiere alertar sobre algo más profundo y más grave: el riesgo de que quede aniquilada la vida del espíritu.
Según el Manifiesto, una «profunda pérdida de sentido conmueve a la sociedad contemporánea». Todo se ha reducido a «preservar y mejorar la vida material». Muchos viven sólo para trabajar, producir, consumir y divertirse. El fondo del problema está en que el hombre se ha proclamado no sólo «dueño de la naturaleza», sino también «dueño y señor del sentido».
Para los autores del Manifiesto, lo que peligra hoy no son los beneficios materiales alcanzados por la ciencia y la técnica, es la vida del espíritu la que se ve amenazada. La pregunta de fondo es ésta: «para qué vivimos y morimos nosotros. los hombres que creemos haber dominado el mundo..., el mundo material, se entiende?, ¿cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos..., estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían?, ¿cuál es nuestro destino?» Si ésta es la pregunta que da sentido a cualquier civilización, hoy tendríamos que decir que «nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir». Lo más angustioso es que, salvo algunas voces aisladas, la muerte del espíritu «parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias».
Mientras leía el Manifiesto, resonaban en mí las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? o ¿qué podrá dar para recobrarla?»
Este texto, traducido de manera incorrecta, ha sido leído en estos términos: ¿de qué le sirve al hombre ganar este mundo si al final pierde su alma y se queda sin la vida eterna? Las palabras de Jesús tienen otro sentido: ¿De qué le sirve al ser humano ganarlo todo si se pierde él? Hay algo de valor infinito en la persona, que, si se pierde, no puede ser recuperado con nada.
El Manifiesto habla también de un sentido y un misterio que transciende al ser humano y que hoy se está olvidando. Sin tomar una posición religiosa, los firmantes se preguntan, sin embargo, si no hemos de plantearnos, sobre bases radicalmente nuevas, «la cuestión que la modernidad había creído olvidar para siempre. la cuestión de Dios».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
29 de agosto de 1999

¿FE CONGELADA?

...y me siga.

Creer en Dios no es algo estático, una manera de pensar o de sentir que se conserva congelada en algún rincón interior de la persona. La fe consiste en vivir confiando en Dios, y la vida es la vida; no se congela en ningún momento; está llamada a crecer y desarrollarse. Cuando se vive ante Dios, no es posible quedarse siempre en el mismo punto. El creyente busca siempre vivir con más hondura. Repiensa las decisiones pasadas y toma otras nuevas. Trata de vivir siempre con más coherencia y dignidad. Lucha, cae, se arrepiente, vuelve a empezar... pero no permanece inerte.
Por eso, ser cristiano no consiste sólo en evitar el pecado. En nuestras vidas siempre hay pecado porque hay arrogancia, egoísmo, orgullo, exclusión del otro, acaparamiento y muchas cosas más. El creyente no es perfecto, pero es de corazón inquieto. Su fe le lleva a reconocer su pecado para reaccionar, levantarse, reorientar su vida, crecer.
Los primeros cristianos nunca entendieron su fe en Cristo de manera estática y repetitiva. Pensaron más bien en un proceso de crecimiento constante. Para ellos, ser cristiano consiste en «seguir» a Jesús, caminar tras sus huellas, aprender a vivir como él, reproducir su estilo de vida sencillo, fraterno, cercano al sufrimiento ajeno, abierto a la confianza en Dios.
Por eso, cuando se nos pregunta si somos cristianos, no deberíamos responder sin más: «Sí, soy cristiano». Deberíamos decir: «Me voy haciendo cristiano», «estoy tratando de seguir con más verdad a Cristo», «no quiero que se me escape la vida sin aprender a vivir como El». Con este lenguaje modesto y realista solía hablar K Rahner, uno de los teólogos más lúcidos del siglo veinte.
Ciertamente, es arriesgado y exigente seguir a Cristo: no se puede servir al Dios de Jesús y dedicarse sólo a ganar dinero; no es posible enfrentarse al futuro como él y volver la mirada atrás; se corre el riesgo de verse sin apoyo donde reclinar la cabeza. Pero es una manera apasionante de entender y afrontar la vida. A pesar de su mediocridad, el verdadero creyente se da cuenta de que nada ni nadie podría poner un estímulo más vigoroso y una fuerza más apasionante en su vida que este planteamiento de «seguir» a Jesús. Un planteamiento que nunca se sabe exactamente hasta dónde nos puede llevar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
1 de septiembre de 1996

LA CRUZ ES OTRA COSA

Que cargue su cruz y me siga.

Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. » Entendemos muy bien la reacción de Pedro que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento «se lo lleva aparte y se pone a increparlo». Dice el teólogo mártir D. Bonhoffer que esta reacción de Pedro «prueba que, desde el principio, la Iglesia se ha escandalizado del Cristo sufriente. No quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento.»
Este escándalo puede hacerse hoy insoportable para los que vivimos en lo que Kolakowsky llama «la cultura de analgésicos», esa sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.
Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso.
Nosotros llamamos fácilmente «cruz» a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o manera equivocada de vivir. Pero no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.
La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el Reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que se producirá en nuestra vida como consecuencia de ese seguimiento. El destino doloroso que habremos de compartir con Cristo, si seguimos realmente sus pasos. Por eso, no hemos de confundir el «llevar la cruz» con posturas masoquistas o actitudes de resignación estéril, falsa mortificación o lo que P Evdokimov llama «ascetismo barato» e individualista.
Por otra parte, hemos de entender correctamente ese «negarse a sí mismo» que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle. «Negarse a sí mismo» no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. «Negarse a sí mismo» es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio «ego» para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo y la persecución que hubo de padecer el mismo Crucificado.
Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a una vida plena.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
29 de agosto de 1993

CON DISCRECION

Que cargue con su cruz y me siga.

No es fácil hablar del sufrimiento. Siempre recordaré las palabras de aquel Arzobispo de París, cardenal Veuillot, que, en medio de los agudos sufrimientos de un cáncer en fase terminal, decía así: «Nosotros sabemos decir frases hermosas sobre el sufrimiento. Yo mismo he hablado de ello con calor. Decid a los sacerdotes que no digan nada. Nosotros ignoramos lo que es sufrir, y yo ahora lloro sufriendo.»
Los que han sufrido o sufren intensamente, conocen la verdad que encierran estas palabras. Los demás hemos de escucharlas con atención, para que nuestra reflexión sea humilde y discreta. Ante el misterio del sufrimiento poco podemos hacer si no es estar cerca de quien sufre.
El sufrimiento rompe todas nuestras seguridades y certezas. Antes, la vida nos parecía, tal vez, sólida y tranquila: proyectos, amor, trabajo, familia... Ahora, todo nos parece vano y sin sentido. De pronto descubrimos la fragilidad de todo, esa «tristeza de la finitud» de la que habla P Ricoeur.
Al mismo tiempo, el sufrimiento parece hundirnos en la soledad extrema. ¿Quién puede llegar a entendernos de verdad? Las palabras y los gestos de las personas más cercanas quedan lejos de lo que estamos viviendo por dentro. A pesar de sus esfuerzos y su buena voluntad, hay una especie de impotencia inevitable en todos los que se acercan a aliviarnos.
No sirven entonces las bellas teorías sobre el sentido del dolor ni los discursos espirituales sobre el valor del sufrimiento. Uno mismo tiene que aprender a seguir siendo humano en medio de lo que parece absurdo y sin sentido.
Las reacciones ante el sufrimiento pueden ser muy variadas. Hay quienes se rebelan hasta el agotamiento y la desesperación. No pocos se dejan destruir por la angustia y la ansiedad. Otros buscan la evasión y el autoengaño. Bastantes se encierran en su propio sufrimiento aislándose de todo lo que pudiera aportarles alivio o consuelo. En realidad, no es fácil ser dueño de sí mismo en medio del dolor.
El cristiano no tiene una «receta mágica» para superar el sufrimiento. No conoce el sentido último del mal. No se siente tampoco un «superhombre» inaccesible a la angustia o la desesperación. Como todo ser humano se sabe frágil e impotente ante el dolor.
La fuerza y la luz le llegan al creyente desde el Crucificado. En la cruz no hay teorías ni discursos hermosos. Sólo hay un Dios que sufre en silencio con nosotros. Un Dios cercano, amigo del hombre. Un Dios que arrastra la historia doliente de la humanidad hacia su salvación. De ahí las palabras del Maestro:
«Quien quiera venirse conmigo... que cargue con su cruz y me siga

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
2 de septiembre de 1990

ANTE EL SUFRIMIENTO

Que cargue su cruz y me siga.

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados y desfigurados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana a adoptar ante el sufrimiento.
Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.
En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas.
Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de su sufrimiento) que hemos de ir suprimiendo de nosotros precisamente si queremos seguir a Cristo.
Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para El m para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios.
Es una equivocación creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.
Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer de entre los hombres el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese sufrimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado, la muerte.
El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Larrañeta).
Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehuye, sino que lo asume en una actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.
Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Cristo y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento.
Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que sólo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar detrás de él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
30 de agosto de 1987

SUFRIR

Que cargue con su cruz y me siga.

Querámoslo o no, el sufrimiento está incrustado en el interior mismo de nuestra experiencia humana y sería una ingenuidad tratar de soslayarlo.
A veces, es el dolor físico que sacude nuestro organismo. Otras, el sufrimiento moral, la muerte del ser querido, la amistad rota, el conflicto, la inseguridad, el miedo o la depresión.
El sufrimiento intenso e inesperado que pronto pasará o la situación penosa que se prolonga consumiendo nuestro ser y destruyendo nuestra alegría de vivir.
A lo largo de la historia, han sido muy diversas las posturas que el hombre ha adoptado ante el mal.
Los estoicos han creído que la postura más humana era enfrentarse al dolor y aguantarlo con dignidad. La escuela de Epicuro propagó una actitud pragmática: huir del sufrimiento disfrutando al máximo mientras se pueda. El budismo, por su parte, intenta arrancar el sufrimiento del corazón del hombre suprimiendo o negando “el deseo”.
Luego, en la vida diaria, cada uno se defiende como puede. Unos se rebelan ante lo inevitable; otros adoptan una postura de resignación; hay quienes se hunden en el pesimismo y el victimalismo; alguno, por el contrario, necesita sufrir para sentirse vivo...
Jesús nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle a él. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a ver qué actitud adopta concretamente ante el sufrimiento.
Jesús no hace de su sufrimiento el centro en torno al cual han de girar los demás. Al contrario, el suyo es un dolor solidario, abierto a los demás, fecundo.
No adopta una actitud victimista. No vive compadeciéndose de sí mismo sino escuchando los padecimientos de los demás. No se queja ni lamenta de su situación. Está atento más bien a los lamentos y lágrimas de los que le rodean.
No se agobia con fantasmas de posibles sufrimientos futuros. Vive cada momento acogiendo y regalando la vida que recibe del Padre. Su sabia consigna dice así: «No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día 1e bastan sus disgustos» (Mt6, 34).
Y por encima de todo, confía en el Padre, se pone serenamente en sus manos. E, incluso, cuando la angustia le ahoga el corazón, de sus labios sólo brota una plegaria: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
2 de septiembre de 1984

ESTROPEAR LA VIDA

¿De qué le sirve ganar el mundo entero...?

Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es «obtenerlo todo y ahora mismo».
Una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina, un ambiente social lleno de estímulos que nos empujan sólo a ganar, gozar, gastar y disfrutar, el miedo a no vivir intensamente, el temor a aparecer como fracasados y reprimidos… nos está llevando a un estilo de vida donde la renuncia no tiene ya lugar alguno.
Pero comenzamos a constatar que no es ése el camino acertado para vivir en plenitud.
Cuando, sistemáticamente, vamos satisfaciendo nuestros deseos de manera inmediata, no crecemos como hombres. No acertamos a saborear con gozo la satisfacción obtenida. Nuestro espíritu no se aquieta. Siempre surge un nuevo deseo más apremiante y excitante que el anterior.
Y comenzamos a vivir en tensión, sin saber ya cómo saciar nuestros deseos e insatisfacciones cada vez más voraces. Y la existencia se nos convierte en una carrera alocada donde lo único que nos llena es tener siempre más y disfrutar con mayor intensidad.
Y tras la satisfacción lograda, de nuevo el vacío, el decaimiento, la tristeza y el hastío. Y de nuevo, vuelta a empezar, atrapados en una trampa que no tiene salida hacia la verdadera libertad.
Quizás esta experiencia nos puede ayudar a entender mejor las palabras de Jesús: «¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?».
Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.
Todavía más. Si uno quiere obtenerlo todo ahora, inmediatamente, a cualquier precio y de cualquier manera, sin abrirse a una vida futura, eterna y definitiva, corre el riesgo de perderse definitivamente.
¿No hemos de introducir en nuestras vidas una dosis mayor de renuncia, sana austeridad y simplicidad en el vivir?
El que quiere seguir a Jesús hasta la plenitud de la resurrección ha de saber vivir de manera crucificada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
30 de agosto de 1981

RENUNCIAR

...que se niegue a si mismo.

Alguien ha señalado como uno de los rasgos más característicos de la sociedad occidental la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia.
Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere oír ni entender que no puede construirse un verdadero hombre sin renuncia y ascesis. No quiere saber que una sociedad incapaz de «renunciar» es una sociedad que avanza hacia su propia descomposición.
D. Sölle se pregunta «qué será de una sociedad que evita cómodamente determinadas formas de sufrimiento». Y nos recuerda todo un conjunto de hechos cada vez más frecuentes entre nosotros.
¿Qué pensar de una sociedad que disuelve el matrimonio en cuanto ha comenzado a parecer insoportable la relación entre los dos cónyuges?
¿Qué decir de unas generaciones de padres y de hijos que cortan lo más rápidamente posible las relaciones entre sí, para evitar los conflictos y vivir con mayor tranquilidad?
¿Qué decir de una sociedad que saca rápidamente de casa a los inválidos y a los ancianos, y que borra de su memoria con toda prontitud el recuerdo de sus muertos?
¿Qué decir de una época en la que, cada vez con mayor naturalidad, se suprime la vida del niño, sin permitir el nacimiento de quien puede «estorbar» la vida de quienes lo han engendrado?
¿Qué decir de quienes no se detienen ante los derechos más fundamentales de las personas y actúan sin escrúpulo alguno, movidos sólo por el éxito económico, el triunfo social y las ansias de tener cada vez más?
Con una cierta ingenuidad hemos pensado que nos debemos liberar de toda renuncia o ascesis, sin darnos cuenta de que estamos así renunciando a la posibilidad de ser más humanos.
Incluso, hemos tratado de educar a nuestros hijos evitándoles todo contratiempo y sufrimiento innecesarios, sin darnos cuenta que así 1os incapacitábamos para el crecimiento humano en la lucha y la adversidad.
Las palabras de Jesús tantas veces rechazadas y despreciadas como «una moral de esclavos», pueden cobrar de nuevo toda su actualidad. «El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga».

José Antonio Pagola




Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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