lunes, 11 de agosto de 2014

17/08/2014 - 20º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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20º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Mujer, qué grande es tu fe

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
-«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó:
-«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
-«Señor, socórreme.»
Él le contestó:
-«No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso:
-«Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió:
-«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra de Dios

HOMILIA

2013-2014 -
17 de agosto de 2014

JESÚS ES DE TODOS

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.
La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.
La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos.: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.
Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.
Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.
Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.
Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
14 de agosto de 2011

JESÚS ES PARA TODOS

La escena es sorprendente. Una mujer pagana sale gritando al encuentro de Jesús. Es una madre de fuerte personalidad que reclama compasión para su hija enferma, pues está segura de que Dios quiere una vida digna para todos sus hijos e hijas, aunque sean paganos, aunque sean mujeres.
Su petición es directa: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está atormentada por un demonio». Sin embargo, su grito cae en el vacío: Jesús guarda un silencio difícil de explicar. ¿No se conmueve su corazón ante la desgracia de aquella madre sola y desamparada?
La tensión se hace más insoportable cuando Jesús rompe su silencio para negarse rotundamente a escuchar a la mujer. Su negativa es firme y brota de su deseo de ser fiel a la misión recibida de su Padre: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
La mujer no se desalienta. Apresura el paso, alcanza al grupo, se postra ante Jesús y, desde el suelo, repite su petición: «Señor, socórreme». En su grito está resonando el dolor de tantos hombres y mujeres que no pertenecen al grupo de aquel Sanador, y sufren una vida indigna. ¿Han de quedar excluidos de su compasión?
Jesús se reafirma en su negativa: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». La mujer no se rinde ante la frialdad escalofriante de Jesús. No le discute, acepta su dura imagen, pero extrae una consecuencia que Jesús no ha tenido en cuenta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». En la mesa de Dios hay pan para todos.
Jesús reacciona sorprendido. Escuchando hasta el fondo el deseo de esta pagana, ha comprendido que lo que pide es exactamente lo que quiere Dios: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». El amor de Dios a los que sufren no conoce fronteras, ni sabe de creyentes o paganos. Atender a esta mujer no le aleja de la voluntad del Padre sino que le descubre su verdadero alcance.
Los cristianos hemos de aprender hoy a convivir con agnósticos, indiferentes o paganos. No son adversarios a apartar de nuestro camino. Si escuchamos su sufrimiento, descubriremos que son seres frágiles y vulnerables que buscan, como nosotros, un poco de luz y de aliento para vivir.
Jesús no es propiedad de los cristianos. Su luz y su fuerza sanadora son para todos. Es un error encerrarnos en nuestros grupos y comunidades, apartando, excluyendo o condenando a quienes no son de los nuestros. Sólo cumplimos la voluntad del Padre cuando vivimos abiertos a todo ser humano que sufre y gime pidiendo compasión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
17 de agosto de 2008

EL GRITO DE LA MUJER

Se puso a gritarle.

Cuando, en los años ochenta, Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿Qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?
Jesús sólo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Ejecutado rápidamente por los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión sólo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.
La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. No tiene esposo ni hermanos que la defiendan. Tal vez, es madre soltera, viuda, o ha sido abandonada por los suyos.
Mateo sólo destaca su fe. Es la primera mujer que habla en su evangelio. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor ten compasión de mí».
En un momento determinado la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo en su soledad y marginación.
Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.
¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
14 de agosto de 2005

ALIVIAR EL SUFRIMIENTO

Que se cumpla lo que deseas.

Jesús vivía muy atento a la vida. Es ahí donde descubría la voluntad de Dios. Miraba con hondura la creación y captaba el misterio del Padre que lo invitaba a cuidar con ternura a los seres más pequeños. Abría su corazón al sufrimiento de la gente y escuchaba la voz de Dios que lo llamaba a aliviar su dolor.
Los evangelios nos han conservado el recuerdo de un encuentro que tuvo Jesús con una mujer pagana en la región de Tiro y Sidón. El relato es sorprendente y nos descubre cómo aprendía Jesús el camino concreto para ser fiel a Dios.
Una mujer sola y desesperada sale a su encuentro. Sólo sabe hacer una cosa: gritar y pedir compasión. Su hija no sólo está enferma y desquiciada, sino que vive poseída por un «demonio muy malo». Su hogar es un infierno. De su corazón desgarrado brota una súplica: «Señor, socórreme».
Jesús le responde con una frialdad inesperada. Él tiene una vocación muy concreta y definida: se debe a las «ovejas descarriadas de Israel». No es su misión adentrarse en el mundo pagano: «no está bien echar a los perros el pan de los hijos».
La frase es dura, pero la mujer no se ofende. Está segura de que lo que pide es bueno y, retomando la imagen de Jesús, le dice estas admirables palabras: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen migajas que caen de la mesa de sus amos».
De pronto, Jesús comprende todo desde una luz nueva. Esta mujer tiene razón: lo que desea coincide con la voluntad de Dios que no quiere ver sufrir a nadie. Conmovido y admirado le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
Jesús que parecía tan seguro de su propia misión, se deja enseñar y corregir por esta mujer pagana. El sufrimiento no conoce fronteras. Es verdad que su misión está en Israel, pero la compasión de Dios ha de llegar a cualquier persona que está sufriendo.
Cuando nos encontramos con una persona que sufre, la voluntad de Dios resplandece allí con toda claridad. Dios quiere que aliviemos su sufrimiento. Es lo primero. Todo lo demás viene después. Ése fue el camino que siguió Jesús para ser fiel al Padre.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
18 de agosto de 2002

NO CONQUISTAR SINO SERVIR

Mujer... que se cumpla lo que deseas.

Es un dato afirmado por todos los investigadores: Jesús no entró en las ciudades paganas de su entorno a proclamar su mensaje. No se considera un «conquistador religioso». Se siente más bien enviado al pueblo de Israel, llamado a ser un día «luz de los pueblos paganos» según el profeta Isaías. Y dentro de Israel, se siente enviado a las «ovejas perdidas», los más pobres y olvidados, los más despreciados, los maltratados por la vida y la sociedad.
Sin embargo, en un momento en que se ha retirado a la región de Tiro y Sidón, Jesús se encuentra con una mujer pagana que viene hacia él con un sufrimiento grande: «Mi hija tiene un demonio muy malo». Algo inquietante y siniestro se ha apoderado de ella; no puede comunicarse con su hija querida; la vida se le ha convertido en un infierno. De aquella madre pagana sólo nace un grito hacia Jesús: «Ten compasión de mí».
La reacción del profeta de Israel es siempre la misma. Sólo atiende al sufrimiento. Le conmueve la pena de aquella mujer luchando con fe por su hija. El sufrimiento humano no tiene fronteras ni conoce los límites de las religiones. Por eso, tampoco la compasión y la misericordia han de quedar encerrados en la propia religión. Jesús sabe bien que Dios no quiere ver sufrir a nadie. El que reza a Dios «hágase tu voluntad» dice a la pagana: «hágase tu voluntad» pues coincide con la de Dios.
No pocas veces, la relación del cristianismo con otras religiones ha sido una relación de dominio, violencia y destrucción. Consciente de su poder, la Iglesia se esforzó por imponer la doctrina cristiana e implantar su sistema religioso, contribuyendo a destruir culturas y desarraigar poblaciones enteras de sus propias raíces. Esta operación «colonizadora» nacía, sin duda, de un deseo sincero de hacer cristianos a todos los pueblos, pero no era la manera más evangélica de hacer presente el Espíritu de Cristo en tierras paganas.
Hoy las cosas han cambiado. Los cristianos hemos aprendido a acercamos al sufrimiento humano para tratar de aliviarlo. El trabajo de los misioneros y misioneras ha conocido una profunda transformación. Su misión no es «conquistar» pueblos para la fe, sino servir abnegadamente para liberar a las gentes del hambre, la miseria o la enfermedad. Son los mejores testigos de Cristo sobre la Tierra.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
15 de agosto de 1999 (Se celebró la asunción de María.)

¿PARA QUÉ PEDIR?

Mujer, qué grande es tu fe...

Nos hemos acostumbrado a dirigir nuestras peticiones a Dios de manera tan superficial e interesada que probablemente hemos de aprender de nuevo el sentido y la grandeza de la súplica cristiana. L. Boros señala algunas dificultades que hacen casi imposible la súplica y contra las que tenemos que luchar decididamente.
A algunos les parece indigno rebajarse a pedir nada. El hombre es responsable de sí mismo y de su historia. Pero, aun siendo esto verdad, también lo es el que los hombres vivimos de la gracia. Y reconocerlo significa enraizamos en nuestra propia verdad.
Para otros, Dios es algo demasiado irreal. Un ser diferente y lejano que no se preocupa del mundo. Por un lado, estamos los hombres sumergidos en «el laberinto de las cosas terrenas» y, por otro, Dios en su mundo eterno. Y, sin embargo, orar a Dios es descubrir que está incondicionalmente de nuestro lado contra el mal que nos amenaza. Suplicar es invocar a Dios como gracia, liberación, alegría de vivir.
Pero es entonces precisamente cuando Dios aparece demasiado débil e impotente, pues ya no actúa ni interviene. Y es cierto que Dios no lo puede todo. Ha creado el mundo y lo respeta tal como es, sin entrar en conflicto con él. Su amor al hombre está de hecho limitado hoy por la imperfección del mundo y por nuestra libertad.
Pero los acontecimientos del mundo y nuestra propia vida no son algo cerrado. Y la súplica es ya fecunda en sí misma porque nos abre a ese Dios que está trabajando nuestra salvación definitiva por encima de todo mal. Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amamos más de lo que nos ama. Somos nosotros los que, al orar, nos dejamos transformar por su gracia, descubrimos la vida desde el horizonte de Dios y nos abrimos a su voluntad salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar, sino nosotros.
La humilde mujer cananea, arrodillada con fe a los pies de Jesús, puede ser una llamada y una invitación a recuperar el sentido de la súplica confiada al Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
18 de agosto de 1996

AL RITMO DE CADA DÍA

Ten compasión de mí.

Son muchos los creyentes que han perdido casi totalmente la costumbre de orar. Recuerdan, quizás, oraciones que hacían de niños, pero hoy no aciertan a dirigirse a Dios. Desearían, tal vez, volver a comunicarse con él, pero no saben por dónde empezar.
Seamos realistas. ¿Cómo puede orar un hombre o mujer sometido al ritmo ordinario de la vida moderna? ¿Qué pasos puede dar? Yo sugiero comenzar por recuperar de forma sencilla la oración de la mañana y de la noche.
Hay muchas maneras de levantarse, pero lo ordinario es iniciar el día de forma casi autómata. La persona se va sacudiendo de encima el sueño de la noche mientras se da prisa para no llegar tarde a sus ocupaciones. Sin embargo, el despertar no es algo trivial, sino un acontecimiento importante: se nos está regalando un nuevo día para vivir.
Algunos tienen posibilidades de pararse unos minutos y comenzar el día de manera más consciente. Si lo hacemos, enseguida nos vendrán a la mente las preocupaciones de la víspera y los problemas que nos aguardan. Puede ser el momento de recogernos ante Dios para darle gracias por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz. El nos acompañará a lo largo del día. El rezo de una oración conocida —padrenuestro o avemaría— nos pueden servir de ayuda.
Otras personas no tienen tiempo ni condiciones para empezar el día orando con calma. Hay que darse prisa, los hijos pequeños no nos dejan en paz, nuestra cabeza está ocupada por mil cosas. También entonces la persona creyente puede elevar su corazón a Dios y pensar con gozo: «Dios me ama y me acompaña de cerca también hoy.» Basta. Lo importante es reavivar cada día esta fe.
La oración de la noche es diferente. Por lo general, la persona cuenta con más tiempo y posibilidades. Nos disponemos ya a descansar de las tensiones y trabajos del día. Entregarse al sueño puede convertirse para el creyente en un acto de abandono confiado en manos de Dios. Pedimos perdón y nos confiamos a su misericordia. El signo de la cruz o el rezo de una oración sencilla nos pueden ayudar.
Estos gestos tan sencillos —a más de uno le pueden hacer sonreír— inscritos en el ritmo diario de nuestra vida, hecha de días y de noches, nos permite vivir de modo más consciente nuestro ser de «hijos de Dios» hablando con él «como un amigo con su amigo» (san Ignacio de Loyola). Esta oración no es una obligación. Es una necesidad gozosa para quien camina por la vida acompañado por un Dios Amigo.
El relato evangélico nos presenta a Jesús alabando la fe grande de una mujer cananea que no hace sino gritarle con palabras sencillas, pero sinceras, su necesidad: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
15 de agosto de 1993 (Se celebró la asunción de María.)

¿FRONTERAS O PUENTES?

Mujer, qué grande es tu fe.

Hace unos años la Iglesia dividía sencillamente a las gentes en dos clases: aquellos que, habiendo recibido el bautismo, pertenecían inequívocamente a ella, y los que, al no estar bautizados, estaban fuera. Hoy no es así. El hecho de estar bautizado no significa ya que la persona sea miembro real de la Iglesia o que se sienta cristiana.
En nuestros días, no es tan sencillo trazar unas fronteras precisas para saber quiénes pertenecen a la Iglesia y quiénes no. Bastantes bautizados siguen creyendo en «algo» sin que sea fácil determinar la distancia que hay entre la «fe oficial» de la Iglesia y lo que esas personas creen en su corazón. Algunos dicen pertenecer todavía a ella porque están registrados en el libro de bautismos, pero su fe real ha quedado reducida a algo muy difuso.
¿Qué decir de esta nueva situación de una Iglesia cuyo ámbito resulta tan indeterminado? ¿Cómo valorar a ese conjunto amplio de bautizados en cuya conciencia persisten fragmentos de fe en Jesucristo?
Antes que nada, me parece oportuno recordar lo que el célebre teólogo K Rahner decía hace años en el contexto de la sociedad alemana: «Hay que luchar contra esa sensación tan extendida de que o tiene uno que ser miembro decidido de la Iglesia, con todas las obligaciones resultantes, o adopta necesariamente una postura hostil o indiferente por completo frente a ella.» En unos tiempos de cambios socio-culturales tan profundos y complejos, es normal que haya personas que no se puedan identificar honestamente con la Iglesia que ellos conocen, y, sin embargo, mantienen un interés real por su mensaje y por la religión cristiana.
Sin duda, la confusión actual es grande. Y puede ser tentador «poner orden» fijando límites mediante medidas administrativas o imponiendo una ortodoxia doctrinal precisa. Pero con ello no se habría hecho todavía lo más evangélico.
A la persona no se la acerca a Dios poniéndola en la alternativa de aceptar forzosamente una determinada ortodoxia o bien de irse de la Iglesia y considerarse separada de ella. Lo importante no es marcar fronteras para saber con exactitud quién se sale de la Iglesia y quién vuelve de nuevo a ella. Lo decisivo es que en medio de una sociedad tan desprovista de sentido y esperanza haya una comunidad de creyentes capaz de levantar puentes hacia el misterio de Dios.
Así fue la actuación de Jesús. No rechaza a la mujer pagana que le invoca con fe. No pertenece al pueblo elegido de Dios. Pero en su corazón hay una fe que Jesús sabe apreciar: «Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» Ojalá se cumplan los deseos de salvación de tantos hombres y mujeres que se sienten «alejados» de la Iglesia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
19 de agosto de 1990

PEDIR CON FE

Mujer, qué grande es tu fe.

La oración de petición ha sido objeto de una intensa crítica a lo largo de estos años. El hombre ilustrado cié la época moderna se avergüenza de adoptar una actitud de súplica ante Dios, pues sabe que Dios no va a alterar el curso natural de los acontecimientos para atender sus deseos.
La naturaleza es «una máquina» que funciona según unas leyes naturales, y el hombre es el único ser que puede actuar y transformar, y sólo en parte, el mundo y la historia, con su intervención.
Entonces, la oración de petición queda arrinconada para acentuar la importancia de otras formas de oración como la alabanza, la acción de gracias o la adoración, que se pueden armonizar mejor con el pensamiento moderno.
Otras veces, ese diálogo suplicante de la criatura con su Creador queda sustituido por la meditación o la inmersión del alma en Dios, misterio último de la existencia y fuente de toda vida.
Sin embargo, la oración de súplica, tan controvertida por sus posibles malentendidos, es de capital importancia para expresar y vivir desde la fe nuestra dependencia creatural ante Dios.
No es extraño que el mismo Jesús alabe la fe grande de una mujer sencilla que sabe suplicar de manera insistente su ayuda. A Dios se le puede invocar desde cualquier situación. Desde la felicidad y desde la adversidad; desde el bienestar y desde el sufrimiento.
El hombre o la mujer que eleva a Dios su petición no cree en un Dios que causa el mal y destruye la vida. No se dirige tampoco a un Dios apático o indiferente al sufrimiento de sus criaturas, sino a un Dios que puede salir de su ocultamiento y manifestar su cercanía a los que le suplican.
Pues de eso se trata. No de utilizar a Dios para conseguir nuestros objetivos egoístas, sino de buscar y pedir la cercanía de Dios en aquella situación. Y la experiencia de la cercanía de Dios no depende exclusivamente, ni siquiera primariamente, de su intervención favorable.
El creyente puede experimentar de muchas maneras la cercanía de Dios independientemente de cómo se resuelva aquel problema. Recordemos la sabia advertencia de San Agustín: «Dios escucha tu llamada si le buscas a El. N o te escucha, si a través de El buscas otra cosa».
No es éste el tiempo del cumplimiento definitivo. El mal no está vencido de manera total. El orante experimenta la contradicción entre la desgracia que padece y la salvación definitiva prometida por Dios.
Por eso, toda súplica y petición concreta a Dios queda siempre envuelta en esa gran súplica que nos enseñó el mismo Jesús: «Venga a nosotros tu Reino», el Reino de la salvación y de la vida definitiva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
16 de agosto de 1987
LA PETICION

Lepidi6 de rodillas...

Sorprende ver que Jesús alabe la grandeza de fe de una madre sólo porque pide insistentemente la curación de su hija.
Esta mujer no hace ningún gesto extraordinario. No vive una experiencia religiosa privilegiada. Sencillamente acude a Jesús porque desea ver curada a esa hija que tanto quiere. ¿Qué grandeza puede haber en su petición?
Estos últimos años se ha despertado en algunos cristianos todo género de reservas y sospechas ante la oración de petición como una actitud religiosa que puede encerrar un larvado egoísmo y una evasión que aleja del compromiso.
Esta postura, por otra parte, está muy acorde con la conciencia del hombre moderno que trata de apoyarse sólo en sus posibilidades y vivir de sus propios logros sin recurrir a nada que no sea su inteligencia y su poder.
No es extraño, incluso, que la petición a Dios parezca hoy a algunos algo ridículo y sin sentido. En su mundo cerrado y opaco ya no queda lugar para un Dios auxiliador a quien poder invocar.
Y, sin embargo, como dice R. Guardini, “la petición corresponde de modo tan cabal a la esencia de Dios y a la verdad del hombre que brota en él espontáneamente”.
No se trata de pedir una ayuda que supla nuestras deficiencias. Lo que pedimos a Dios no es “una ayuda”, algo “supletorio”, algo “añadido” que sustituya nuestra actividad.
En realidad, toda nuestra vida descansa en Dios. El hombre no es algo cerrado y acabado en sí mismo sino alguien que vive recibiéndose de Dios. Si vivimos, nos movemos y actuamos es porque estamos recibiendo constantemente de su fuerza creadora el ser, la vida, el sentido, la energía, la libertad.
Nosotros no le pedimos a Dios una ayuda mágica para solucionar nuestras dificultades. Le pedimos saber actuar y vivir desde su bondad y su gracia.
Por eso tiene un sentido tan hondo el pensar, en nuestra oración, en las personas queridas, recordar sus problemas y necesidades y presentarlas ante ese Dios que las ama de una manera que nosotros no podemos sospechar.
“Es hermoso —dice R. Guardjnj— sentirse unido con Dios en la solicitud por la persona amada y pensar que ésta queda envuelta y protegida en esta unidad”.
Esa oración no brota del interés egoísta. Como descubre Jesús en aquella madre, orar así es reconocer, desde la verdad y humildad de nuestro ser, la grandeza del Dios Creador.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
19 de agosto de 1984

SUPLICAR CON FE

Mujer, qué grande es tu fe...

Nos hemos acostumbrado a dirigir nuestras peticiones a Dios de manera tan superficial e interesada que probablemente hemos de aprender de nuevo el sentido y la grandeza de la súplica cristiana.
L. Boros señala algunas dificultades que hacen imposible la súplica y contra las que tenemos que luchar decididamente.
A algunos les parece indigno rebajarse a pedir nada. El hombre es responsable de sí mismo y de su historia. Pero, aun siendo esto verdad, también lo es el que los hombres vivimos de la gracia. Y reconocerlo significa enraizamos en nuestra propia verdad.
Para otros, Dios es algo demasiado irreal. Un ser indiferente y lejano, que no se preocupa del mundo. Por un lado, vivimos los hombres sumergidos «en el laberinto de las cosas terrenas» y por otro, vive Dios en su mundo eterno.
Y sin embargo, orar a Dios es descubrir que está incondicionalmente de nuestro lado contra el mal que nos amenaza. Suplicar es invocar a Dios como gracia, liberación, alegría de vivir.
Pero es entonces precisamente cuando Dios aparece demasiado débil e impotente. Ya no hay en el mundo un lugar para un Dios que actúa, interviene y ayuda a los hombres.
Y es cierto que Dios no lo puede todo. Ha creado el mundo y lo respeta tal como es, sin entrar en conflicto con él. Su amor al hombre está de hecho limitado hoy por la imperfección del mundo y por nuestra libertad.
Pero los acontecimientos del mundo y nuestra propia vida no son algo cerrado en sí mismos. Y la súplica es ya fecunda en sí misma porque nos abre a ese Dios que está ya trabajando nuestra salvación definitiva por encima de todo mal.
Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amarnos más de lo que nos ama.
Somos nosotros los que, al orar, nos dejamos transformar por su gracia, descubrimos la vida desde ci horizonte de Dios y nos abrimos a su voluntad salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar sino nosotros.
La humilde mujer cananea, arrodillada con fe a los pies de Jesús, puede ser una llamada y una invitación a recuperar en nuestra vida el sentido de la súplica confiada al Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
16 de agosto de 1981

UNA FE GRANDE

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

Qué tentador resulta en una época como la nuestra el medir la grandeza o pequeñez de una vida desde el éxito o los logros conseguidos.
Condicionados por una cultura que casi sólo piensa en el rendimiento y la producción, apenas somos capaces de emplear otros criterios para valorar a la persona si no es su actividad y eficacia.
No es extraño que, a la hora de evaluar la calidad de la fe, busquemos inmediatamente la eficacia transformadora y el compromiso práctico que esa fe es capaz de generar en nuestra sociedad.
Y hacemos bien, pues el mismo Jesús nos enseñó a distinguir el árbol bueno del malo a partir de sus frutos. Y la fe es «una savia» que corre por todo nuestro ser y debe traducirse en compromiso y actuación cristianos.
Pero sería una equivocación el considerar «grandes creyentes» sólo a aquellos hombres y mujeres que se esfuerzan generosamente en transformar nuestra sociedad desde un compromiso social o político animado por la fe, menospreciando como a «creyentes de segunda categoría» a aquéllos que, por factores muy diversos, no pueden comprometerse a ese mismo nivel, aunque vivan toda su vida desde una postura creyente.
Jesús admira la grandeza de fe de una mujer sencilla que, por amor a su hija, no duda en invocar al señor con insistencia, a pesar de todos los obstáculos y dificultades.
Cuántos hombres y mujeres sencillos de nuestros pueblos saben vivir su vida de manera totalmente honrada y leal, animados por una fe profunda en Dios.
Cuántos son capaces de enfrentarse al sufrimiento, la desgracia y la adversidad, sin deshumanizarse ni destruirse, apoyados en su confianza total en Dios.
Cuántos saben gastarse en un servicio sencillo y callado a los demás, sin recibir homenajes solemnes ni pretender grandes aplausos, impulsados solamente por su amor generoso y desinteresado a los hermanos y su fe en el Padre de todos.
Es una temeridad medir con nuestros criterios estrechos y parciales el misterio de la fe de un creyente, pues, en último término, la fe debería ser medida por nuestra capacidad de abrirnos al misterio insondable de Dios.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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