domingo, 27 de julio de 2014

31/07/2014 - San Ignacio de Loyola (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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San Ignacio de Loyola (A)


EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,18-26.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,18-26

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
- ¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron:
- Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Él les preguntó:
- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro tomó la palabra y dijo:
- El Mesías de Dios.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y añadió:
- El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo:
- El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿ De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, se ése se avergonzará el Hijo del Hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles.

Palabra de Dios

HOMILIA

MUDANZA DE ALMA

Si alguno quiere venir en pos de mí.

Desgraciadamente son muchos los vascos que lo ignoran casi todo sobre Ignacio de Loyola, el hombre más grande y universal de cuantos han nacido en nuestra tierra.
Y sin embargo, cuánto bien nos haría también hoy acercarnos a beber de sus fuentes. Así pensaba yo al releer estos días ese precioso libro “Ignacio de Loyola, solo y a pie” con el que nos regalaba hace dos años J.I. Tellechea Idígoras.
Páginas escritas con verdadera devoción en las que el lector encuentra «sabiduría cristiana” a raudales.
Sólo quiero recordar aquí esa “mudanza de alma» que vive Ignacio a partir de su obligada convalecencia en el castillo de Loyola.
Los biógrafos nos dicen que Ignacio “se paraba a pensar”. No es fácil detenerse cuando uno vive agitado y disperso, soñando con mil planes y proyectos. Pero es el primer paso. Y paso absolutamente necesario para quien desea reencontrarse consigo mismo y con Dios.
Como dice Tellechea, “las heridas solas no convierten”. Ignacio se detiene “a razonar consigo mismo”. Hace un profundo balance de su vida. Se escucha a sí mismo con sinceridad.
Dentro de su alma dos espíritus “contrarios entre sí” se agitan y tiran de él. Siente el vacío de su vida y se reconoce pecador, pero siente también el atractivo del placer y la gloria.
Dios y él. El bien y el mal. Sus sueños de siempre y ese nuevo camino de obediencia y fidelidad a Dios. “De unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre”.
Ignacio vencerá su división interior buscando la fuerza misma de Dios, “no mirando más circunstancias que prometerse así con la gracia de Dios de hacerlo, como ellos (los santos) lo habían hecho”.
Una profunda transformación comienza a gestarse en Ignacio. Más adelante, a orillas del Cardoner, no lejos de Manresa, se siente un hombre nuevo. “Le parecían todas las cosas nuevas.., le parecía como si fuese otro hombre”. “Comenzó a ver con otros ojos todas las cosas”.
Ignacio fue, sin duda, el primer ejercitante y la experiencia de su propia conversión será el alma de sus “Ejercicios Espirituales”.
No son muchos los que se retiran hoy a hacer ejercicios espirituales. Sin embargo, pocas cosas más saludables puede haber para un hombre que dedicar unos días a encontrarse sinceramente consigo mismo y con Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA


Las primeras generaciones cristianas conservaron el recuerdo de este episodio evangélico como un relato de importancia vital para los seguidores de Jesús. Su intuición era certera. Sabían que la Iglesia de Jesús debería escuchar una y otra vez la pregunta que un día hizo Jesús a sus discípulos en las cercanías de Cesarea de Filipo: «Vosotros, quién decís que soy yo?»
Si en las comunidades cristianas dejamos apagar nuestra fe en Jesús, perderemos nuestra identidad. No acertaremos a vivir con audacia creadora la misión que Jesús nos confió; no nos atreveremos a enfrentarnos al momento actual, abiertos a la novedad de su Espíritu; nos asfixiaremos en nuestra mediocridad.
No son tiempos fáciles los nuestros. Si no volvemos a Jesús con más verdad y fidelidad, la desorientación nos irá paralizando; nuestras grandes palabras seguirán perdiendo credibilidad. Jesús es la clave, el fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. ¿Quién es hoy Jesús para los cristianos?
Nosotros confesamos, como Pedro, que Jesús es el "Mesías de Dios", el Enviado del Padre. Es cierto: Dios ha amado tanto al mundo que nos ha regalado a Jesús. ¿Sabemos los cristianos acoger, cuidar, disfrutar y celebrar este gran regalo de Dios? ¿Es Jesús el centro de nuestras celebraciones, encuentros y reuniones?
Lo confesamos también "Hijo de Dios". Él nos puede enseñar a conocer mejor a Dios, a confiar más en su bondad de Padre, a escuchar con más fe su llamada a construir un mundo más fraterno y justo para todos. ¿Estamos descubriendo en nuestras comunidades el verdadero rostro de Dios encarnado en Jesús? ¿Sabemos anunciarlo y comunicarlo como una gran noticia para todos?
Llamamos a Jesús "Salvador" porque tiene fuerza para humanizar nuestras vidas, liberar nuestras personas y encaminar la historia humana hacia su verdadera y definitiva salvación. ¿Es ésta la esperanza que se respira entre nosotros? ¿Es ésta la paz que se contagia desde nuestras comunidades?
Confesamos a Jesús como nuestro único "Señor". No queremos tener otros señores ni someternos a ídolos falsos. Pero, ¿ocupa Jesús realmente el centro de nuestras vidas? ¿le damos primacía absoluta en nuestras comunidades? ¿lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Somos de Jesús? ¿Es él quien nos anima y hace vivir?
La gran tarea de los cristianos es hoy aunar fuerzas y abrir caminos para reafirmar mucho más la centralidad de Jesús en su Iglesia. Todo lo demás viene después.

José Antonio Pagola

HOMILIA

CONFESAR CON LA VIDA

¿Quién decís que soy yo?

¿Quién decís que soy yo? Todos los evangelistas sinópticos recogen esta pregunta dirigida por Jesús a sus discípulos en la región de Cesarea de Felipe. Para los primeros cristianos era muy importante recordar una y otra vez a quién estaban siguiendo, cómo estaban colaborando en su proyecto y por quién estaban arriesgando su vida.
Cuando nosotros escuchamos hoy esta pregunta, tendemos a pronunciar las fórmulas que ha ido acuñando el cristianismo a lo largo de los siglos: Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo, el Redentor de la humanidad… ¿Basta pronunciar estas palabras para convertirnos en «seguidores» de Jesús?
Por desgracia, se trata con frecuencia de fórmulas aprendidas a una edad infantil, aceptadas de manera mecánica, repetidas de forma ligera, y afirmadas más que vividas.
Confesamos a Jesús por costumbre, por piedad o por disciplina, pero vivimos sin captar la originalidad de su vida, sin escuchar la novedad de su llamada, sin dejarnos atraer por su amor misterioso, sin contagiarnos de su libertad, sin esforzarnos en seguir su trayectoria.
Lo adoramos como «Dios» pero no es el centro de nuestra vida. Lo confesamos como «Señor» pero vivimos de espaldas a su proyecto, sin saber muy bien cómo era y qué quería. Le decimos «Maestro» pero no vivimos motivados por lo que motivaba su vida. Vivimos como miembros de una religión, pero no somos discípulos de Jesús.
Paradójicamente, la «ortodoxia» de nuestras fórmulas doctrinales nos puede dar seguridad, dispensándonos al mismo tiempo de un encuentro vivo con Jesús. Hay cristianos muy «ortodoxos» que viven una religiosidad instintiva pero no conocen por experiencia lo que es nutrirse de Jesús. Se sienten «propietarios» de la fe, alardean incluso de su ortodoxia, pero no conocen el dinamismo del Espíritu de Cristo.
No nos hemos de engañar. Cada uno hemos de ponernos ante Jesús, dejarnos mirar directamente por él y escuchar desde el fondo de nuestro ser sus palabras: ¿quién soy yo realmente para vosotros? A esta pregunta se responde con la vida más que con palabras sublimes.

José Antonio Pagola

HOMILIA

¿QUÉ HEMOS HECHO DE JESÚS?

¿Quién decís que soy yo?

A veces es muy peligroso sentirse cristiano «de toda la vida». Porque se corre el riesgo de no revisar nunca nuestro cristianismo y no entender que, en definitiva, todo el vivir cristiano no es sino un continuo caminar desde la incredulidad hacia la fe en el Dios vivo de Jesucristo.
Con frecuencia, creemos tener una fe inconmovible en Jesús porque lo tenemos perfectamente definido en un lenguaje preciso y ortodoxo, y no nos damos cuenta de que, en la vida diaria, lo estamos continuamente desfigurando con nuestras aspiraciones, intereses y cobardías.
Lo confesamos abiertamente como Dios y Señor nuestro, pero, luego, apenas significa gran cosa en nuestros planteamientos y las actitudes que inspiran nuestra vida. Por eso es bueno que escuchemos todos sinceramente la pregunta interpeladora de Jesús: «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros?, ¿qué lugar ocupa en nuestro vivir diario?
Cuando, en momentos de verdadera gracia, uno se acerca sinceramente al Jesús del Evangelio, se encuentra con alguien vivo y palpitante. Alguien a quien no es posible encerrar en unas categorías filosóficas, unas fórmulas o unos ritos. Alguien que nos lleva al fondo último de la vida.
Jesús, «el Mesías de Dios», nos coloca ante nuestra última verdad y se convierte para cada uno de nosotros en invitación gozosa al cambio, a la conversión constante, a la búsqueda humilde pero apasionada de un mundo mejor para todos.
Jesús es peligroso. En él descubrimos una entrega incondicional a los necesitados, que pone al descubierto nuestro radical egoísmo. Una pasión por la justicia, que sacude nuestras seguridades, cobardías y servidumbres. Una fe en el Padre, que nos invita a salir de nuestra incredulidad y desconfianza.
Jesús es lo más grande que tenemos los cristianos. El que puede infundir otro sentido y otro horizonte a nuestra vida. El que puede contagiarnos otra lucidez y otra generosidad, otra energía y otro gozo. El que puede comunicarnos otro amor, otra libertad y otro ser.
Pero no olvidemos algo importante. A Jesús se le conoce, se le experimenta y se sintoniza con él, en la medida en que nos esforzamos por seguirle.

José Antonio Pagola

HOMILIA

DESCONOCIDO

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

La cultura moderna que ha dominado el mundo occidental durante cinco siglos se encuentra hoy en declive. Desde su misma entraña está emergiendo una «atmósfera» nueva cuyos efectos se pueden ya vislumbrar entre nosotros. En ese clima posmoderno viviremos los próximos años.
Hay un primer dato que se va extendiendo cada vez más. Ya no se acepta ningún ideal, filosofía o religión que pretenda ofrecer verdad. Todo se considera relativo y opinable. Todo es interpretación y fragmento. No hay verdades absolutas. Nadie es sólido y seguro. Sólo nuestra incerteza.
Pero, al quedarse sin criterios o valores que orienten sus decisiones, la libertad de las personas corre el riesgo de volatilizarse. Todo el mundo quiere ser libre pero no sabe para qué. El pluralismo se va deslizando poco a poco hacia el relativismo y la indiferencia. El individuo se va quedando sin indicaciones ni referencias claras que lo guíen en la existencia. El hombre de hoy camina por la vida sin mapa.
La misma realidad parece diluirse cada vez más en el mundo de lo virtual. Ya no es tan fácil distinguir entre lo natural y lo artificial, entre lo real y lo ficticio, lo verdadero y lo imaginario. Vivimos con la ilusión de estar mejor informados que nunca pero terminamos pensando, sintiendo y experimentando lo que los mass media nos dejan ver, conocer y experimentar.
Está surgiendo así un clima cultural donde las personas se van acostumbrando a vivir sin certezas ni seguridad. Cada uno sigue su camino de forma solitaria o cruzándose con otros caminantes dentro de un laberinto que nadie conoce bien y que tiene su mejor símbolo en las redes de Internet. Mientras tanto, la voz de los profetas y de los pensadores queda absorbida en el ruido y la confusión. Hablar con Dios es como hablar de «nada».
En esta atmósfera pretende hoy hacer oír su voz Jesucristo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Desconocido por muchos, olvidado por otros, confundido con un fragmento más, dejado de lado como algo irrelevante y sin significado actual, Jesucristo sigue ofreciendo «débilmente» el amor y la fe en Dios como el único abrigo ante el nihilismo actual. Su palabra no pretende imponer una ideología, sino despertar la esperanza. Su acción salvadora no busca ahogar la libertad humana de nadie sino abrir al ser humano caminos de vida más plena. ¿No es él el único Salvador?

José Antonio Pagola

HOMILIA

¿QUÉ DIGO YO?

¿Quién decís que soy yo?

Pocas veces nos detenemos los cristianos a responder a esa pregunta decisiva que se nos hace a cada uno de nosotros. La pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
La respuesta ha de ser personal. Nadie puede hablar en mi nombre. No puede haber una fe por procurador. Soy yo quien tengo que responder. Se me pregunta qué digo yo de Jesucristo, no qué dicen los concilios, qué predican los Obispos y el Papa, qué explican los teólogos.
Un conjunto de circunstancias históricas ha podido embrollar mucho las cosas, pero no hemos de olvidar que la fe cristiana no es simplemente la adhesión a una fórmula o a un grupo religioso, sino mi adhesión personal y mi seguimiento a Jesucristo.
Para ser cristiano, no hasta decir: «Yo creo en lo que cree la Iglesia.» Es necesario que me pregunte si yo le creo a Jesucristo, si cuento con él, si apoyo en él mi existencia.
No se me pregunta qué pienso acerca de la doctrina moral que Jesús predicó, acerca de los ideales que proclamó o los gestos admirables que realizó. La pregunta es más honda: ¿Quiénes Jesucristo para mí? Es decir, ¿qué lugar ocupa en mi experiencia de la vida? ¿Qué relación mantengo con él? ¿Cómo me siento ante su persona? ¿Qué fuerza tiene en mi conducta diaria? ¿Qué espero de él?
No puedo contestar responsablemente a la pregunta que Jesús me dirige sin descubrirme a mí mismo quién soy yo y cómo vivo mi fe en Él. Precisamente, en eso consiste la responsabilidad: en ser capaz de responder por mí mismo.
Con frecuencia, no somos conscientes hasta qué punto vivimos nuestra fe por inercia, siguiendo actitudes y esquemas infantiles, sin crecer interiormente, sin llegar tal vez nunca a una decisión personal y adulta ante Dios.
De poco sirve hoy seguir confesando rutinariamente las diversas creencias cristianas si uno no conoce por experiencia qué es encontrarse personalmente con ese Dios revelado y encarnado en Jesucristo.
Nuestra fe cristiana crece y se robustece en la medida en que vamos descubriendo por experiencia personal que sólo Jesucristo puede responder de manera plena a las preguntas más vitales, los anhelos más hondos, las necesidades últimas que llevamos en nosotros. De alguna manera todo cristiano debería poder decir como San Pablo: «Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe»

José Antonio Pagola

HOMILIA

UNA PREGUNTA DIFICIL

¿Quién decís que soy yo?

No es fácil responder a esa pregunta, aparentemente tan sencilla y fundamental, de Jesús: “Y, vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Podríamos acudir a las diversas fórmulas cristológicas que el magisterio ha ido acuñando a lo largo de los siglos, pero sabemos que la pregunta de Jesús nos está invitando a algo más radical que un gesto de obediencia casi instintiva a la institución eclesial.
Podríamos recurrir a las elaboraciones de los teólogos y repetir lo que hemos leído a los estudiosos de Jesús, pero su pregunta nos está pidiendo una respuesta más personal y vital.
Por eso, no es fácil responder con verdad quién es Jesucristo hoy para nosotros que nos decimos “cristianos”.
¿Alguien de quien creemos “cosas extraordinarias” o alguien a quien creemos de manera total y a quien confiamos nuestro ser?
¿Alguien cuya doctrina explicamos a los jóvenes y hacemos aprender a nuestros niños o alguien cuya Palabra dirige, anima y modela nuestro vivir diario?
¿Alguien de quien seguimos hablando y escribiendo mucho o alguien a quien sabemos hablar e invocar con fe?
¿Alguien que vivió hace aproximadamente dos mil años o alguien a quien percibimos vivo en medio de la vida, los acontecimientos y las personas de hoy?
¿Alguien a quien sólo escuchamos en las páginas escritas de los evangelios o alguien cuyos gritos nos llegan desde los pobres, los olvidados y los indefensos?
¿Alguien a quien recibimos piadosamente en la comunión o alguien con quien nos esforzamos por comulgar cada día más, acogiendo su Espíritu, su mensaje y su esperanza?
¿Alguien cuya cruz adorna nuestros cuellos y nuestras habitaciones o alguien que nos da fuerza para acoger la cruz de cada día?
¿Alguien ante quien doblamos distraídamente nuestra rodilla al pasar ante el sagrario de nuestras iglesias o alguien a quien hemos rendido nuestra ser?
¿Alguien a quien admiramos como líder extraordinario o alguien que inspira nuestra comportamiento y a quien seguimos día a día con fe?
¿Alguien a quien atribuimos títulos insuperables o alguien en quien buscamos con humildad y gozo al mismo Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

¿QUÉ HEMOS HECHO DE JESÚS?

¿Quién decís que soy yo?

A veces es muy peligroso sentirse cristiano «de toda la vida». Porque se corre el riesgo de no revisar nunca nuestro cristianismo y no entender que, en definitiva, todo el vivir cristiano no es sino un continuo caminar desde la incredulidad hacia la fe en el Dios vivo de Jesucristo.
Con frecuencia, creemos tener una fe inconmovible en Jesús porque lo tenemos perfectamente definido en un lenguaje preciso y ortodoxo, y no nos damos cuenta de que, en la vida diaria, lo estamos continuamente desfigurando con nuestras aspiraciones, intereses y cobardías.
Lo confesamos abiertamente como Dios y Señor nuestro, pero, luego, apenas significa gran cosa en nuestros planteamientos y las actitudes que inspiran nuestra vida.
Por eso es bueno que escuchemos todos sinceramente la pregunta interpeladora de Jesús: «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros?, ¿qué lugar ocupa en nuestro vivir diario?
Cuando, en momentos de verdadera gracia, uno se acerca sinceramente al Jesús del Evangelio, se encuentra con alguien vivo y palpitante. Alguien a quien no es posible encerrar en unas categorías filosóficas, unas fórmulas o unos ritos. Alguien que nos lleva al fondo último de la vida.
Jesús, «el Mesías de Dios», nos coloca ante nuestra última verdad y se convierte para cada uno de nosotros en invitación gozosa al cambio, a la conversión constante, a la búsqueda humilde pero apasionada de un mundo mejor para todos.
Jesús es peligroso. En él descubrimos una entrega incondicional a los necesitados, que pone al descubierto nuestro radical egoísmo. Una pasión por la justicia, que sacude nuestras seguridades, cobardías y servidumbres. Una fe en el Padre, que nos invita a salir de nuestra incredulidad y desconfianza.
Jesús es lo más grande que tenemos los cristianos. El que puede infundir otro sentido y otro horizonte a nuestra vida. El que puede contagiarnos otra lucidez y otra generosidad, otra energía y otro gozo. El que puede comunicarnos otro amor, otra libertad y otro ser.
Pero no olvidemos algo importante. A Jesús se le conoce, se le experimenta y se sintoniza con él, en la medida en que nos esforzamos por seguirle.

José Antonio Pagola

HOMILIA

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?

¿Quién decís que soy yo?

Así, de pronto, no sabríamos cómo contestarte. Tu pregunta la hemos escuchado muchas veces, Señor, pero siempre nos parecía dirigida solamente a aquellos discípulos de Cesarea de Filipo.
Nosotros solemos preferir acudir a las fórmulas tradicionales acuñadas hace siglos por los concilios. Es más seguro. Y, sobre todo, no nos obliga a preguntarnos quién eres tú para cada uno de nosotros y qué significas tú hoy en nuestras vidas.
Te damos títulos muy solemnes. Puedes sentirte satisfecho. A ningún otro nos atreveríamos a llamarlo así.
Te proclamamos Dios y doblamos ante ti nuestra rodilla. Es cierto que no te rendimos nuestro ser. Cierto también que tenemos otros “dioses” a los que damos nuestro culto. Pero tú nos comprenderás. Somos seres tan necesitados. Además, no se puede vivir solo de “pan”. También se necesita seguridad, dinero, confort…
Tú eres palabra de Dios. Te lo decimos muchas veces y hasta nos lo creemos. Nos dirás que escuchamos poco tu evangelio. Es verdad. Tampoco tenemos mucho tiempo, ¿sabes? Hay tantas cosas que hacer al cabo del día. La vida ha cambiado mucho desde tus tiempos. Además, hay que ser razonable. ¿Te imaginas lo que sucedería si tomáramos en serio tus palabras?
Tú mismo lo decías: “Hay que tener oídos para oír”. En eso te damos la razón. Nosotros queremos tener los oídos muy abiertos, no solo a tu mensaje sino también a tantas palabras, mensajes, ideas y noticias que llegan hasta nosotros. Tu sabes que vivimos en una sociedad abierta y pluralista. No podemos absolutizar tu palabra como en otros tiempos. Todos tienen derecho ha ser escuchados. Ahora comprendes que te escuchemos menos, ¿no?
Pero, aunque no te escuchamos, te decimos cosas muy grandes. No nos contentamos con llamarte Señor, Redentor, Salvador, Mesías, Cristo… Estamos aprendiendo nuevos nombres. Ya sabes que es bueno cambiar y evitar la monotonía.
Hoy te llamamos Amigo y Hermano. Es más familiar. Nos da confianza y, sobre todo, nos resulta menos insoportable tu mensaje. Entre amigos se puede hablar y discutir.
Te llamamos también Liberador. No sabemos exactamente qué nos puedes aportar tú a la liberación que nosotros queremos, pero, al menos, nos podemos armar con tu palabra para atacar a nuestros adversarios.
Sí. Ya nos damos cuenta de que no acertamos. Te queremos exaltar y elevar por encima de toda criatura y terminamos por alejarte de nuestra vida real y concreta de cada día. Te queremos sentir cerca de nuestros problemas y nuestras penas y terminamos por olvidar precisamente la salvación que tú nos puedes aportar.
Señor, ten piedad de nosotros. Aumenta nuestra fe. Dinos tú mismo todo lo que puedes ser para cada uno de nosotros.

José Antonio Pagola



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Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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