lunes, 14 de abril de 2014

20/04/2014 - Domingo de Pascua (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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20 de abril de 2014

Domingo de Pascua (A)


EVANGELIO

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
Fecha

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
24 de abril de 2011

JESÚS TENÍA RAZÓN

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?
Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
23 de marzo de 2008

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

… que él había de resucitar.

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.
No lo hemos de olvidar jamás. En el corazón de nuestra fe hay un crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero motivada y vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso sino en resurrección.
Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos.., seguir los pasos de Jesús no es algo absurdo. Es caminar hacia el Misterio de un Dios que resucitará para siempre nuestras vidas.
Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.
Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejamos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?
Seguir al crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: Un día «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
27 de marzo de 2005

CONFIANZA

… que él había de resucitar.

La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las mas esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel” construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).
A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no este incluido en ese destino último de vida plena.
En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.
Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente.
Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
31 de marzo de 2002

RESUCITAR NUESTRA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La fiesta de Pascua no es sólo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, una manifestación del amor poderoso de Dios que hemos de celebrar, vivir y disfrutar en el fondo de nuestro ser. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?
Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llamaba Padre. En el mundo hay tanto mal y tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque, a veces, no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.
Esto lo hemos de empezar a vivir desde cada uno de nosotros: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tal acumulación de frustraciones en nosotros, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que po demos ahogar en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.
A pesar de tantas noticias, datos y experiencias en contra, podemos vivir sin angustiamos por el futuro. Vivimos, a veces, con tal tensión y ansiedad que se nos puede hacer dificii trabajar con fe por un mundo más humano. La resurrección de Jesús nos pone ante el verdadero horizonte de todo.
No es la muerte quien tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte, sino Dios. Es su amor salvador el que reconstruye y da sentido a nuestros sufrimientos, fracasos y muertes. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podemos hundimos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.
Celebrar la resurrección de Jesús es abrimos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía, compulsión hacia la propia felicidad y hedonismo barato que nos hace vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La Pascua puede ser fuente y estímulo de una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
4 de abril de 1999

RECUPERAR AL RESUCITADO

Había de resucitar de entre los muertos.

Para no pocos cristianos, la Resurrección de Jesús es sólo un hecho del pasado. Algo que le sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén hace aproximadamente dos mil años. Un acontecimiento, por tanto, que on el paso del tiempo se aleja cada vez más de nosotros perdiendo fuerza para influir en el presente.
Para otros, la Resurrección de Cristo es, ante todo, un dogma que hay que creer y confesar. Una verdad que está en el Credo como otras verdades de fe, pero cuya eficacia real no se sabe muy bien en qué pueda consistir. Son cristianos que tienen fe, pero no conocen «la fuerza de la fe»; no saben por experiencia lo que es vivir fundamentando la vida en el Resucitado.
Las consecuencias pueden ser graves. Si pierden el contacto vivo con el Resucitado, los cristianos se quedan sin Aquel que es su «Espíritu vivificador». La Iglesia puede entrar entonces en un proceso de envejecimiento, rutina y decadencia. Puede crecer sociológicamente pero debilitarse al mismo tiempo por dentro; su cuerpo puede ser grande y poderoso, pero su fuerza transformadora pequeña.
Si no hay contacto con Cristo como alguien que está vivo y da vida, Jesús se queda en un personaje del pasado al que se puede admirar pero que no hace arder los corazones; su Evangelio se reduce a «letra muerta», sabida y desgastada, que ya no hace vivir. El vacío que deja Cristo resucitado comienza entonces a ser llenado por la autoridad, la doctrina, la teología, los ritos o la actividad pastoral. Pero nada de eso da vida si en su raíz falta el Resucitado.
Pocas cosas pueden desvirtuar más el ser y el quehacer de los cristianos que el pretender sustituir con la institución, la teología o la organización lo que sólo puede brotar de la fuerza vivificadora del Resucitado. Por eso, es urgente recuperar la experiencia fundante que se vivió al comienzo. Los primeros discípulos experimentan la fuerza secreta de la resurrección de Cristo, viven «algo» que transforma sus vidas. Como dice san Pablo, conocen «el poder de la resurrección» (Flp 3, 10). El exégeta suizo R. Pesch afirma que la experiencia primera consistió en que «los discípulos se dejan coger fascinar y transformar» por el Resucitado. En definitiva, eso es celebrar la Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
7 de abril de 1996

EL CORAZÓN DEL MUNDO

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento aislado que sucedió hace muchos años. No se canta el aleluya sólo porque «algo debió de ocurrir» después de la crucifixión de Jesús. Es mucho más. La resurrección de Cristo ha decidido el final glorioso de todo. Resucitando a Jesús, Dios ha iniciado algo que ahora mismo está sucediendo: el movimiento del mundo entero hacia la vida eterna.
Por eso, la Pascua no es propiamente una «fiesta exclusiva» para cristianos. Algo que afecta sólo a la Iglesia. Es el hecho más decisivo para la humanidad. Un acontecimiento universal que lo orienta y arrastra todo hacia la salvación.
A K Rahner le gustaba decir que el Resucitado es «el corazón del mundo», la energía secreta que sostiene el cosmos y lo impulsa hacia su verdadero destino, la ley secreta que lo mueve todo, la fuerza creadora de Dios que atrae la historia del hombre y del mundo hacia su vida misteriosa e insondable.
Todo esto se nos escapa porque aún estamos en camino. Hoy todo está todavía entremezclado. Conocemos la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido, el disfrute y el dolor, los éxitos y el fracaso. En el fondo, parece que nos habita una esperanza secreta: vivimos buscando una vida feliz y eterna. Pero todo queda luego a medias. ¿Por qué vamos a pretender la inmortalidad?
Estas son las grandes preguntas que lleva dentro de sí el ser humano, por mucho que la trivialidad o el escepticismo de estos tiempos quieran borrarlas de su corazón. ¿Tenemos motivos verdaderos y fundados para vivir y morir con esperanza? Todo lo demás, como decía Miguel de Unamuno, es retórica. Si no hay vida eterna, nada ni nadie nos puede consolar de la muerte.
Por eso, lo más grande y también lo más atrevido del cristianismo es la fe en la resurrección. Cristo resucitado está vivo en su palabra evangélica aunque a no pocos les parezca hoy utópica o vacía. Está vivo en la Iglesia aunque su ser más hondo no sea a veces captado ni por los que viven dentro de ella. Está vivo en el corazón de todos los hombres y mujeres, despertando en ellos un hambre de amor, de justicia y de vida, que no puede ser saciado en esta tierra que ahora conocemos. Dios se ha convertido en «la inquietud eterna de este mundo» (K. Rahner).
Sería una falsificación mezquina de la fe pascual reducirla a esperar la vida eterna sólo para uno mismo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad» (1 Tm 2, 4). Si en este día de Pascua se despierta dentro de mí un gozo único es porque espero la vida eterna de Dios, sobre todo, para tanta gente a la que veo sufrir en este mundo sin conocer la dicha y la paz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
11 de abril de 1993

AFIRMAR LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

Hace algunos días, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?»
Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.
Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos acogidos por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Cristo, brutalmente crucificado días antes, repite ahora una y otra vez: «Paz a vosotros.» La humanidad puede contar con el perdón.
Podemos vivir, además, con libertad, sin dejamos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.
Podemos, también, vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentramos en el misterio del más allá.
Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta la salvación de Dios. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, la traición o el desagradecimiento, verá su plenitud.
Sabemos que un día llegará nuestro morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia una oscuridad, un vacío, una nada. Con fe humilde se entrega al misterio confiándose al amor insondable de Dios.
«La fe en la resurrección —ha escrito Manuel Fraijó— es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde ésta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe en Cristo resucitado que los cristianos celebramos en este día de Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
15 de abril de 1990

LA FIESTA DE LAS FIESTAS

Había de resucitar
de entre los muertos.

Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental. «Fiesta de las fiestas» porque sólo en ella se puede fundar toda otra fiesta verdadera.
De hecho, si no hay resurrección, la muerte seguirá teniendo la última palabra, y las fiestas de los hombres terminarán tarde o temprano en el sabor amargo de una muerte que está siempre ahí, amenazándolo todo.
No nos resulta hoy fácil evocar el júbilo indescriptible y la exaltación gozosa con que han vivido la Pascua las primeras generaciones cristianas. Los cantos y aleluyas, la música y hasta la danza se suman a la fiesta. Según Hipólito de Roma, el propio Resucitado es «el primer bailarín» y la Iglesia su «novia que danza con él».
Pascua es la fiesta de la fidelidad y el amor increíble de Dios a sus criaturas. Lo recuerda S. Juan Crisóstomo en una homilía que se lee todavía hoy en las iglesias ortodoxas la noche de Pascua: «Que nadie llore aún sus pecados, porque el perdón ha resplandecido de la tumba. Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Señor nos ha liberado».
Pascua es «la alegría inmensa» de descubrir y experimentar el perdón insondable, incondicional y eterno de Dios. Isaac el Sirio lo expresaba así: «El pecado de toda la humanidad, en comparación con la misericordia de Dios, es un puñado de arena en el inmenso mar».
Nuestro verdadero pecado, según él, consistiría en no creer ni confiar suficientemente en la resurrección de Cristo que «nos resucita a la alegría de su amor». En adelante, lo decisivo no es temer el juicio de Dios o merecer la salvación, sino creer en el amor de Dios y abrirnos confiadamente a la vida que nos ofrece.
Por eso, nadie ha de ser excluido de esta fiesta de Pascua. S. Juan Crisóstomo invita a todos a disfrutar de ella: los que han vivido la conversión cuaresmal y los que permanecen todavía en su pecado. Tocios pueden acercarse sin temor: creyentes fervientes y hombres mediocres, los santos y los pecadores. A todos se les ofrece el perdón y la vida.
Esta es la fiesta que nos revela la verdad última de todo, el misterio profundo de la existencia, el milagro de vida eterna que nos espera a cada ser y a cada cosa. No hay soledad. No hay vacío ni caos final. Nada nos separará del amor de Dios.
Pascua es una invitación a vivir «en estado de fiesta» aun en medio de los combates de la vida cotidiana. S. Ambrosio de Milán nos invita a enraizar nuestra existencia en el Resucitado con esta palabras: «Si quieres curarte de tus heridas, El es médico; si ardes de sed, El es fuente; si necesitas ayuda, El es fuerza; si temes la muerte, El es vida; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si tienes hambre, El es alimento».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
19 de abril de 1987

LA FIESTA DE LA VIDA

Había de resucitar de entre los muertos.

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.
Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengas miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de ‘os siglos” (Ap 1, 17-18).
Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. El es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. El es «el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.
Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud.
El está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. El está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.
El está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. El está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.
Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.
Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.
Hoy es la Fiesta de la vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.
Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de abril de 1984

AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN

Él había resucitado de entre los muertos.

Cada vez es más intenso el afán de todos por estrujar la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ¡limitado del presente. Es la consigna que encuentra cada vez más adictos: «Lo queremos todo y lo queremos ahora».
No dominamos el porvenir y, por ello; es cada vez más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte.
No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente.
Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos «amenazados de muerte».
En el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte.
Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí».
Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia.
Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana:
«Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor.
Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
19 de abril de 1981

CREER EN EL RESUCITADO

No habían entendido que él
había de resucitar de entre los muertos.

«No puedo ni imaginarme creyente de ninguna fórmula verbal». En estos términos se expresa el célebre psiquíatra escocés Renald Laing. Y es cierto que la fe es mucho más que la mera aseveración de una fórmula.
Esta mañana de Pascua nos debe recordar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Incluso, mucho más que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.
Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.
Creer en el Resucitado es creer que Jesús está vivo y que se hace presente de alguna manera en medio de los creyentes. Es participar activamente en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está ya él poniendo esperanza en nuestras vidas.
Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.
Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.
Creer en el Resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que mata nuestra libertad.
Creer en el Resucitado es saber verlo aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres, llamándonos a la fraternidad y la solidaridad con el hermano pobre.
Creer en el Resucitado es creer que 1 es «el primogénito de entre los muertos» en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abren ya las verdaderas posibilidades de vivir eternamente.
Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento ni la injusticia, ni el cáncer ni el infarto, ni la metralleta, la opresión o la muerte tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y la muerte.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com



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