lunes, 18 de noviembre de 2013

24/11/2013 - 34º domingo Tiempo ordinario (C) - Jesucristo Rey del Universo

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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24 de noviembre de 2013

34º domingo Tiempo ordinario (C) - Jesucristo Rey del Universo


EVANGELIO

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús diciendo:
- A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
- Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
- ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro le increpaba:
- ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
- Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
Jesús le respondió:
- Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
24 de noviembre de 2013

ACUERDATE DE MÍ

Según el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.
Las autoridades religiosas se burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora a sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el “Elegido” por él, ya vendrá Dios en su defensa.
También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilatos ha mandado colocar en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.
Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?
De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es un de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado.
Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte. De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él.
Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora están los dos unidos en la angustia y la impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. “Jesús, acuérdate de mí” y Jesús los escucha: “Tú estarás siempre conmigo”. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde le indican los teólogos. Lo decisivo es tener un corazón que escucha la propia conciencia.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
21 de noviembre de 2010

CARGAR CON LA CRUZ

Este es el rey de los judíos.

El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.
Habituados a proclamar la "victoria de la Cruz", corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del Amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.
Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.
No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí... que cargue con su cruz y me siga».
Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde sólo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.
El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: "La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella".
¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado? ¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
25 de noviembre de 2007

¿BURLARSE O INVOCAR?

Sálvate a ti mismo.

Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece valorar su gesto. Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios al ser humano.
Desde una cierta distancia, las autoridades religiosas y el pueblo se burlan de Jesús haciendo muecas: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si es el Mesías. Los soldados de Pilato, al verlo sediento, le ofrecen un vino avinagrado muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Lo mismo le dice uno de los delincuentes, crucificado junto a él: ¿No eres el Mesías? Pues sálvate a ti mismo.
Hasta tres veces repite Lucas la burla: Sálvate a ti mismo. ¿Qué Mesías puede ser éste si no tiene poder para salvarse a sí mismo? ¿Qué clase de Rey puede ser? ¿Cómo va a salvar a su pueblo de la opresión de Roma si no puede escapar de los cuatro soldados que vigilan su agonía? ¿Cómo va a estar Dios de su parte si no interviene para liberarlo?
De pronto, en medio de tanta burla, una invocación: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Es el otro delincuente que reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y lleno de confianza en el perdón de Dios, sólo pide a Jesús que se acuerde él. Jesús le responde de inmediato: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Ahora están los dos agonizando, unidos en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán los dos juntos disfrutando de la vida del Padre.
¿Qué sería de nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos dejara hundidos en nuestro pecado y en nuestra impotencia ante la muerte?
Hay quienes también hoy se burlan del Crucificado. No saben lo que hacen. No lo harían con Che Guevara ni con Martin Luther King. Se están burlando del hombre más humano que ha dado la historia. ¿Cuál es la postura más digna ante ese Crucificado, revelación suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarse de él o invocarlo?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
21 de noviembre de 2004

MÁRTIR FIEL

Éste es el rey de los judíos.

Los cristianos hemos atribuido al Crucificado diversos nombres: «redentor», «salvador», «rey», «liberador». Podemos acercamos a él agradecidos: él nos ha rescatado de la perdición. Podemos contemplarlo conmovidos: nadie nos ha amado así. Podemos abrazamos a él para encontrar fuerzas en medio de nuestros sufrimientos y penas.
Pero entre los primeros cristianos se le llamaba también «mártir», es decir «testigo». Un escrito llamado Apocalipsis, redactado hacia el año 95, ve en el crucificado al «mártir fiel», «testigo fiel». Desde la cruz, Jesús se nos presenta como testigo fiel de un modo de entender y de vivir la existencia identificado con los últimos.
Se identificó tanto con las víctimas inocentes que terminó como ellas. Su palabra molestaba. Había ido demasiado lejos al hablar de Dios y su justicia. Ni el Imperio ni el Templo lo podían consentir. Había que eliminarlo. Probablemente, antes de que Pablo comenzara a elaborar su teología de la Cruz, entre los pobres de Galilea se vivía esta convicción: «ha muerto por nosotros», «por defendernos hasta el final», «por atreverse a hablar de Dios como defensor de los últimos».
Al mirar al Crucificado, deberíamos recordar instintivamente el dolor y la humillación de tantas víctimas desconocidas que, a lo largo de la historia, han sufrido, sufren y sufrirán olvidadas por casi todos. Sería una burla besar al Crucificado, invocarlo o adorarlo como Rey, mientras vivimos indiferentes a todo sufrimiento que no sea el nuestro.
El Crucifijo está desapareciendo de nuestros hogares e instituciones, pero los crucificados siguen ahí. Los podemos ver todos los días en cualquier telediario. Hemos de aprender a venerar al Crucificado no en un pequeño crucifijo sino en las víctimas inocentes del hambre y de las guerras, en las mujeres asesinadas por sus parejas, en los que se ahogan al hundirse sus pateras.
Confesar al Crucificado como Rey no es sólo hacer grandes profesiones de fe. La mejor manera de aceptarlo como Señor es imitarle viviendo un poco más identificados con quienes sufren injustamente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
25 de noviembre de 2001

LA MALDICIÓN DE LA LEY

Éste es el rey de los judíos.

La escena es cruel. Según el relato de Lucas, Jesús es crucificado en medio de la burla general. Las «autoridades», los «soldados» y el «pueblo» se ríen de aquel hombre que es crucificado, no por gentes perversas, sino por los representantes autorizados de la ley.
Con poderosa intuición, Pablo de Tarso muestra la fuerza salvadora de esta «ejecución» de Cristo teniendo como telón de fondo los dos intentos más extraordinarios que se han hecho para salvar al mundo del caos: la sabiduría griega y la ley judía: «Los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1 Co 1, 23-24).
Éste es el pensamiento de Pablo. La «sabiduría griega» pretende estructurar el mundo siguiendo la lógica de la racionalidad, pero según «su» lógica, los sabios de Grecia construyen la República sobre un sector de innumerables esclavos y proscritos. La «ley judía», por su parte, pretende poner justicia en el mundo imponiendo la ley pero, siguiendo la ley, se termina matando al inocente Jesús.
En la cruz se revela otra dinámica. «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo y no imputándole sus delitos» (2 Co 5, 19). Siguiendo la lógica humana y la dinámica de la ley, Dios debería destruir a quien crucifica a su Hijo inocente. No lo hace porque sigue otra «sabiduría»: la de salvar el mundo desde el amor y la reconciliación. Pablo lo afirma con júbilo: «Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley» (Ga 3, 13).
Desde el 11 de septiembre vivo con el corazón encogido y apenado al ver lo poco que hemos aprendido de esa «sabiduría» de Dios. Nuestra lógica de la ley nos ha llevado una vez más a creer en la guerra como única vía hacia la paz; no se han hecho esfuerzos serios por buscar previamente caminos menos violentos; se han dejado a un lado los auténticos principios de la civilización: los derechos de los pueblos y de las personas; se busca a los culpables «vivos o muertos», al margen de cualquier procedimiento judicial, según un sistema primitivo en el que no hay que dar cuentas a nadie.
Yo no quiero esta guerra porque, como todas, es injusta. No quiero víctimas inocentes ni en Estados Unidos, ni en Afganistán, ni en Iraq. No quiero terror en Nueva York, ni en Kabul, ni en Bagdad. No quiero ver a la Humanidad bajo la maldición de una ley que nos lleva una y otra vez a matar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
22 de noviembre de 1998

¿BURLARSE O INVOCAR?

Se burlaban de él…

Son muchos los que se ríen hoy de las creencias religiosas y hacen caricatura permanente del creyente. Basta encender el televisor o asomarse a las revistas y semanarios de moda, para encontrarse con toda clase de burlas y parodias sobre el hecho religioso. Se diría que una actitud de modernidad y permisividad progresista ha de llevar consigo necesariamente el sarcasmo y la irreverencia hacia todo lo sagrado.
A veces da la impresión de que el creyente ha de ser considerado como un estúpido al que, en el fondo, se tolera, pero cuya postura religiosa dice muy poco en favor de su madurez humana y cultural. Si la fe es «eso» que nos presenta tantas veces la pequeña pantalla del televisor, ciertamente está destinada a ser alimento de personas enfermas y subdesarrolladas. Los ataques y las burlas se crecen todavía más cuando se trata de presentar a la Iglesia como una institución reaccionaria, totalitaria y ligada siempre al poder.
Ciertamente, en la historia pasada y presente de la Iglesia, hay muchas facetas sombrías y a nadie nos ha de extrañar que sean bastantes los que se crean con derecho a «pasarle factura». Pero, ¿se puede, sin ignorancia o mala fe, silenciar tantos aspectos positivos del cristianismo y reducir la historia de la Iglesia a la vida de los Borgia, la actuación de la Inquisición española, la condena de Galileo u otros episodios semejantes presentados de manera simplista y sin apenas rigor alguno?
Lo más lamentable no es, sin embargo, el rebrote de anticlericalismo, fenómeno, por otra parte, estéril y superado ya en la mayoría de los países europeos. Lo importante es preguntamos qué hemos de hacer después de burlamos de todo lo sagrado. Porque las preguntas más fundamentales siguen vivas en el corazón del hombre: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué nos espera?
¿Hasta dónde hay que continuar la farsa? ¿Es más humano este hombre superficial que se defiende de Dios burlándose de Él, o aquel que busca un sentido último al misterio de la existencia dispuesto a abrirse a todo ofrecimiento de salvación? ¿Cuál es la postura más humana ante Cristo crucificado, culmen de la cercanía de Dios a los hombres? ¿La postura de los soldados que se burlan de él, o la oración del malhechor que le grita: «Acuérdate de mí»?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
26 de noviembre de 1995

LA EXPERIENCIA DEL INCURABLE

Jesús, acuérdate de mí.

Todos sabemos, desde muy temprano, que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran los demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta «imaginar» que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. C. Castilla del Pino dice que se trata de una singular «negación emocional» que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.
Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones de personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber o de intuir que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención «a vida o muerte» o verse sometido a los largos tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que, de pronto, se despierte el miedo. La persona se siente «atrapada». Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. Enseguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? Y, ¿cuándo y cómo será?, ¿qué sentiré en esos momentos?, ¿qué sucederá después?, ¿terminará todo en la muerte?, ¿será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida y formuladas una y otra vez en lo secreto de uno mismo, no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándose con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y sin sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que «los enfermos incurables pierden la vida, pero no la esperanza». Tal vez, éste es el gran reto del incurable: no perder la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué?, ¿esperanza en quién? En un Congreso reciente, el profesor Laín Entralgo nos hablaba de esa «esperanza genuina» que, según los estudios del médico de Heilderberg, H. Plügge, habita a la persona ante la muerte, y que se da incluso en quien no profesa religión alguna. Una esperanza oculta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora sólo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. » Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe viva en un Dios salvador.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
22 de noviembre de 1992

TODO TERMINARA BIEN

Acuérdate de mí.

Estadísticas realizadas en diversos países de Europa muestran que sólo un cuarenta por ciento de las personas creen hoy en la vida eterna y que, además, para muchas de ellas esta fe ya no tiene fuerza o significado alguno en su vida diaria.
Pero lo más sorprendente en estas estadísticas es algo que también entre nosotros he podido comprobar en más de una ocasión. No son pocos los que dicen creer realmente en Dios y, al mismo tiempo, piensan que no hay nada más allá de la muerte.
Y, sin embargo, creer en la vida eterna no es una arbitrariedad de algunos cristianos, sino la consecuencia de la fe en un Dios al que sólo le preocupa la felicidad total del ser humano. Un Dios que, desde lo más profundo de su ser de Dios, busca el bien final de toda la creación.
Antes que nada, hemos de recordar que la muerte es el acontecimiento más trágico y brutal que nos espera a todos. Inútil querer olvidarlo. La muerte está ahí, cada día más cercana. Una muerte absurda y oscura que nos impide ver en qué terminarán nuestros deseos, luchas y aspiraciones. ¿Ahí se acaba todo? ¿Comienza precisamente ahí la verdadera vida?
Nadie tiene datos científicos para decir nada con seguridad. El ateo «cree» que no hay nada después de la muerte, pero no tiene pruebas científicas para demostrarlo. El creyente «cree» que nos espera una vida eterna, pero tampoco tiene prueba científica alguna. Ante el misterio de la muerte, todos somos seres radicalmente ignorantes e impotentes.
La esperanza de los cristianos brota de la confianza total en el Dios de Jesucristo. Todo el mensaje y el contenido de la vida de Jesús, muerto violentamente por los hombres pero resucitado por Dios para la vida eterna, les lleva a esta convicción: «La muerte no tiene la última palabra. Hay un Dios empeñado en que los hombres conozcan la felicidad total por encima de todo, incluso por encima de la muerte. Podemos confiar en él.»
Ante la muerte, el creyente se siente indefenso y vulnerable como cualquier otro hombre; como se sintió, por otra parte, el mismo Jesús. Pero hay algo que, desde el fondo de su ser, le invita a fiarse de Dios más allá de la muerte y a pronunciar las mismas palabras de Jesús: «Padre, en tus manos dejo mi vida.» Este es el núcleo esencial de la fe cristiana: dejarse amar por Dios hasta la vida eterna; abrirse confiadamente al misterio de la muerte, esperándolo todo del amor creador de Dios.
Esta es precisamente la oración del malhechor que crucifican junto a Jesús. En el momento de morir, aquel hombre no encuentra nada mejor que confiarse enteramente a Dios y a Cristo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.» Y escucha esa promesa que tanto consuela al creyente: « Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
26 de noviembre de 1989

DESPUES DE LA BURLA

Se burlaban de él...

Son muchos los que se ríen hoy de las creencias religiosas y hacen caricatura permanente del creyente. Basta encender el televisor o asomarse a las revistas y semanarios de moda, para encontrarse con toda clase de burlas y parodias sobre el hecho religioso.
Se diría que una actitud de modernidad y permisividad progresista ha de llevar consigo necesariamente el sarcasmo y la irreverencia hacia todo lo sagrado.
A veces da la impresión de que el creyente ha de ser considerado como un estúpido al que, en el fondo, se tolera pero cuya postura religiosa dice muy poco en favor de su madurez humana y cultural.
Si la fe es “eso” que nos presenta tantas veces la pequeña pantalla del televisor, ciertamente está destinada a ser alimento de personas enfermas y subdesarrolladas.
Los ataques y las burlas se crecen todavía más cuando se trata de presentar a la Iglesia como una institución reaccionaria, totalitaria y ligada siempre al poder.
Ciertamente, en la historia pasada y presente de la Iglesia, hay muchas facetas sombrías y a nadie nos ha de extrañar que sean bastantes los que se crean con derecho a “pasarle la factura”.
Pero, ¿se puede, sin ignorancia o mala fe, silenciar tantos aspectos positivos del cristianismo y reducir la historia de la Iglesia a la vida de los Borgia, la actuación de la Inquisición española, la condena de Galileo u otros episodios semejantes presentados de manera simplista y sin apenas rigor alguno?
Lo más lamentable no es, sin embargo, el rebrote de anticlericalismo, fenómeno, por otra parte, estéril y superado ya en la mayoría de los países europeos.
Lo importante es preguntarnos qué hemos de hacer después de burlarnos de todo lo sagrado. Porque las preguntas más fundamentales siguen vivas en el corazón del hombre: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué nos espera?  
¿Hasta dónde hay que continuar la farsa? ¿Es más humano este hombre superficial que se defiende de Dios burlándose de él o aquel que busca un sentido último al misterio de la existencia dispuesto a abrirse a todo ofrecimiento de salvación?
¿Cuál es la postura más humana ante Cristo crucificado, culmen de la cercanía de Dios a los hombres? ¿La postura de los soldados que se burlan de él o la oración del malhechor que le grita: “Acuérdate de mí”?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
23 de noviembre de 1986

CON LA PROPIA SANGRE

Este es el Rey...

De manera paradójica, el día en que celebramos a Cristo como Rey, se nos ofrece a los creyentes la imagen de Jesús reinando desde una cruz. Un Rey que establece su reino de justicia y paz a base de su propia sangre.
Hay en la cruz un mensaje que no siempre hemos escuchado los cristianos y es éste: Al hombre se le salva derramando por él nuestra propia sangre y no la de los otros.
¿Puede este Jesús crucificado decirnos algo válido, vivo, concreto a los que estamos viviendo envueltos por la violencia y el terrorismo?
¿Es el mensaje de la cruz inservible? ¿Es una utopía inútil y perniciosa recordar que desde la fe en el crucificado es más humano dejar- se matar por una causa que matar por ella? ¿No vamos a gritar nunca los creyentes nuestra fe con radicalidad?
Todos sabíamos que la violencia deshumaniza profundamente al que la práctica y que desata una lógica de violencia siempre mayor. Pero en estos momentos lo estamos comprobando con una crudeza y brutalidad desconocidas.
La violencia terrorista no parece tener ya límite ni control alguno. La ejecución inútil de un secuestrado, sin la mínima consideración de su vida, está más allá de toda violencia que se pretenda poner al servicio de una causa. Quien mata con esta frialdad se degrada como hombre y no puede ayudarnos a construir ninguna sociedad más humana.
Por otra parte, la exasperación y la agresividad van creciendo de manera incontenible. Hemos comenzado a escuchar palabras casi rituales de maldición sobre los asesinos. Se empieza a hablar de «guerra sucia» y de nueva ley del talión «vida por vida, secuestro por secuestro». Crece el deseo casi instintivo de aplastar el terrorismo por cualquier medio.
Pero, ¿es así como lograremos una convivencia más pacífica en el País Vasco? La violencia no queda erradicada sólo por haber sido aplastada por una violencia más poderosa. Una aparente victoria sobre el terrorismo a base de un terror mayor sólo generará nueva violencia y agresividad.
Jesús no ha creído nunca en la fuerza, la violencia o el terror como solución para establecer una sociedad más justa, libre y fraterna. Lo importante no es herir y aplastar al otro, sino desarmarlo como enemigo. Luchar por todos los medios para que la violencia no sea necesaria. Buscar toda clase de caminos para que el del terrorismo sea cada vez más injustificable.
Jesús muerto en la cruz en actitud de respeto total al hombre nos desenmascara e interpela a todos. No avanzaremos hacia una sociedad más humana si, para lograrla, comenzamos nosotros mismos por violar los derechos del hombre, pisotear su dignidad y destruir incluso su vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
20 de noviembre de 1983

MANIPULACION DE UN REY

Este es el Rey de los judíos.

La imagen que cada uno de los cristianos nos hacemos de Cristo tiene una importancia decisiva pues condiciona esencialmente nuestra manera de entender y vivir la fe cristiana.
Una imagen unilateral y falseada de Cristo nos llevará inevitablemente a vivir la fe de una manera unilateral y falsa. De ahí la importancia de tomar conciencia de las posibles deformaciones y manipulaciones que consciente o inconscientemente adulteran nuestra fe.
Puede suceder que, en lugar de adherirnos a Cristo y escuchar su mensaje interpelador, estemos proyectando sobre Jesús nuestros deseos, anhelos y aspiraciones, convirtiendo a Cristo en mero símbolo de nuestra propia ideología al servicio de nuestros propios intereses.
Algo de esto ha sucedido, sin duda, con Cristo Rey. Con frecuencia, una imagen falsa de un Cristo Rey poderoso ha servido para personificar y exaltar el poder absoluto, y para legitimar y sacralizar sistemas totalitarios ajenos a la concepción cristiana del hombre.
Este Cristo Rey venerado con devoción en los altares, adorado como Señor en la Eucaristía, paseado procesionalmente por nuestras calles como Rey de reyes, y presente en nuestras ciudades desde imágenes y monumentos, no es, sin embargo, principio de renovación y transformación de esa sociedad.
Al contrario, la nación es solemnemente consagrada a Cristo Rey, pero no en una actitud de conversión individual y colectiva, sino en un gesto que fortalece, confirma y sacraliza una situación ideológica y un sistema social determinados.
Entonces, el «viva Cristo Rey» ya no es una confesión de fe, sino un grito de guerra para atacar a todo el que trate de cambiar el sistema o defienda una causa diferente a «los guerrilleros de Cristo Rey».
Y de esta manera, una vez más Cristo es instrumentalizado al servicio de movimientos, «cruzadas» y guerras santas que poco tienen que ver con el evangelio de Jesús.
La reacción contraria es clara. Un Cristo proletario, subversivo y revolucionario servirá para impulsar y sacralizar acciones violentas de signo contrario.
Y, mientras tanto, seguirá sin escucharse el mensaje de aquel Jesús que prefirió morir antes que matar. Aquel Cristo que reina desde la cruz y no desde el poder.
Es una manipulación matar a un hombre en nombre de Cristo Rey o de Jesús Revolucionario. No se puede sacralizar en nombre de Cristo ningún terrorismo de derechas ni de izquierdas. No se puede legitimar ninguna violencia destructora ni de arriba ni de abajo en nombre de aquél que nos llama a construir una sociedad de hermanos.

José Antonio Pagola


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