lunes, 4 de noviembre de 2013

10/11/2013 - 32º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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10 de noviembre de 2013

32º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
10 de noviembre de 2013

DECISIÓN DE CADA UNO

Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos.
Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos”.
Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.
El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.
Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que muchos siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?
La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.
Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora?

José Antonio Pagola


HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
7 de noviembre de 2010

A DIOS NO SE LE MUEREN SUS HIJOS



Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.
Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente "nueva". Por eso, la podemos esperar pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la "vida eterna". Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que "el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman".
Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una "novedad" que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida "preparada" por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: "Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado" (salmo 25,1-2).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
11 de noviembre de 2007

¿ES RIDÍCULA LA ESPERANZA?

No es un Dios de muertos sino de vivos.

Los saduceos no gozaban de popularidad entre las gentes de las aldeas. Eran un sector compuesto de familias ricas pertenecientes a la elite de Jerusalén, de tendencia conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.
Lo que podemos decir es que negaban la resurrección. La consideraban una «novedad» propia de gente ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?
Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. Le presentan un caso absolutamente irreal, fruto de su «fantasía machista». Le hablan de siete hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que entienden.
Jesús critica su visión de la resurrección: lo ridículo es pensar que la vida definitiva junto a Dios vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida y, en concreto, de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones ricos.
La fe de Jesús en la otra vida no consiste en algo tan ridículo e injusto: El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no es un Dios de muertos sino de vivos. Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; Dios no vive por toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este mundo.
Cuando se vive de manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes no saben lo que es vivir, es fácil pensar sólo en esta vida. Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.
Cuando se comparte un poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de los que mueren sin haber conocido el pan, la salud ni el amor?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la esperanza en Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
7 de noviembre de 2004

AMIGO DE LA VIDA

Un Dios de vivos.

«Dios es amigo de la vida». Ésta era una de las convicciones básicas de Jesús. Por eso, discutiendo un día con un grupo de saduceos que negaban la resurrección, les confesó claramente su fe: «Dios no es Dios de muertos sino de vivos».
Jesús no se podía ni imaginar que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; que, después de unos años de vida, la muerte le vaya dejando sin sus hijos e hijas queridos. No es posible. Dios es fuente inagotable de vida. Dios crea a los vivientes, los cuida, los defiende, se compadece de ellos y rescata su vida del pecado y de la muerte.
Jesús no leyó nunca el libro de la Sabiduría, escrito hacia el año 50 a.C. en Alejandría, pero su manera de actuar con los pecadores y su mensaje acerca de Dios recuerdan una página inolvidable de este sabio judío que escribe así: «Tú te compadeces de todos porque lo puedes todo; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo conservarían su existencia si tú no los hubieras creado? Pero tú perdonas a todos porque son tuyos, Señor amigo de la vida».
Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. Llega incluso a «cerrar los ojos» a los pecados de los hombres para que descubran de nuevo el camino de la vida. No aborrece nada de lo que ha creado. Ama a todos los seres; de lo contrario, no los hubiera hecho. Perdona a todos, se compadece de todos, quiere la vida de todos, porque todos son suyos.
¿Cómo no amamos con más pasión la creación entera? ¿Por qué no cuidamos y defendemos con más fuerza la vida de todos los seres de tanta depredación y agresión? ¿Por qué no nos compadecemos de tantos «excluidos» para los que este mundo no es su casa? ¿Cómo podemos seguir pensando que nuestro bienestar es más importante que la vida de tantos hombres y mujeres que se sienten extraños y sin sitio en esta tierra creada por Dios para ellos?
Es increíble que no captemos lo absurdo de nuestra religión cuando cantamos al Creador y Resucitador de la vida y, al mismo tiempo, contribuimos a generar hambre, sufrimiento y degradación en sus criaturas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
11 de noviembre de 2001

AMOR Y FIESTA

Un Dios de vivos.

A lo largo de los siglos se han divulgado formas muy diversas de «imaginar» el cielo. A veces se ha considerado el paraíso como una especie de «país de las maravillas» situado más allá de las estrellas, el «happy end» de la película terrestre, olvidando prácticamente a Dios como fuente del cumplimiento definitivo del ser humano.
Otras veces, por el contrario, se ha insistido casi exclusivamente en la «visión beatífica de Dios», como si la contemplación de la esencia divina excluyera o hiciera superflua toda otra felicidad o experiencia placentera que no fuera la comunión de Dios con las almas.
Se habla también con frecuencia de la «paz eterna» que expresa bien el fin de las fatigas de esta vida, pero que puede reducir indebidamente el rico contenido de la plenitud final a una existencia inerte, monótona y poco atractiva.
La teología contemporánea es muy sobria al hablar del cielo. Los teólogos se cuidan mucho de describirlo con representaciones ingenuas. Nuestra plenitud final está más allá de cualquier experiencia terrestre aunque la podemos evocar, esperar y anhelar como el fascinante cumplimiento en Dios de esta vida que hoy alienta en nosotros. Los teólogos acuden, sobre todo, al lenguaje del amor y de la fiesta.
El amor es la experiencia más honda y plenificante del ser humano. Poder amar y poder ser amado de manera íntima, plena, libre y total: ésa es la aspiración más radical que espera cumplimiento pleno. Si el cielo es algo, ha de ser experiencia plena de amor: amar y ser amados, conocer la comunión gozosa con Dios y con las criaturas, experimentar el gusto de la amistad y el éxtasis del amor en todas sus dimensiones.
Pero, «donde se goza el amor, nace la fiesta». Sólo en el cielo se cumplirán plenamente esas palabras de san Ambrosio de Milán. Allí será «la fiesta del amor reconciliador de Dios». La fiesta de una creación sin muerte, rupturas ni dolor; la fiesta de la amistad entre todos los pueblos, razas, religiones y culturas; la fiesta de las almas y de los cuerpos; la plenitud de la creatividad y de la belleza; el gozo de la libertad total.
La cristianos de hoy miramos poco al cielo. No sabemos levantar nuestra mirada más allá de lo inmediato de cada día. No nos atrevemos a esperar mucho de nada ni de nadie, ni siquiera de ese Dios revelado como Amor infinito y salvador en Cristo resucitado. Se nos olvida que Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos». Un Dios que sólo quiere una vida dichosa y plena para todos y por toda la eternidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
8 de noviembre de 1998

¿POR QUÉ?

No es Dios de muertos, sino de vivos.

¿Por qué hay que morir, si, desde lo más hondo de nuestro ser, nos sentimos hechos para vivir? Algo se rebela muy dentro de nosotros ante la muerte. La vida debería ser distinta para todos, más hermosa, más feliz, más segura, más larga. En el fondo vivimos anhelando vida eterna.
No es difícil entender la actitud, hoy bastante generalizada, de vivir sin pensar en «la otra vida». ¿Para qué, si sólo estamos seguros de ésta? ¿No es mejor concentrar todas nuestras energías en disfrutar al máximo de nuestra existencia actual? ¿No ha llegado la hora de escuchar al profesor Tierno Galván, «instalarnos perfectamente en la finitud» y aprender a vivir y morir sin refugiarnos en ilusiones de resurrección o vida eterna?
Son preguntas que están en la conciencia del hombre contemporáneo. Pero esta actitud, aparentemente tan sensata y realista, ¿es la postura más sabia o es, más bien, la resignación de quien se cierra al misterio último de la existencia mientras, en su interior, todo es protesta?
Sin duda, esta vida finita encierra un gran valor. Es muy grande vivir aunque sólo sea unos años. Es muy grande amar, gozar, crear un hogar, luchar por un mundo mejor. Pero hay algo que, honradamente, no podemos eludir: la verdad última de todo proceso —lo afirma la ciencia en todos los campos— sólo se capta en profundidad desde el final. Si lo único que nos espera a todos y a cada uno de nosotros es la nada, ¿qué sentido último pueden tener nuestros trabajos, esfuerzos y progresos?, ¿qué decir de los que han muerto sin haber disfrutado de felicidad alguna?, ¿cómo hacer justicia a quienes han muerto por defenderla?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas, perdidas o sacrificadas?, ¿qué esperanza puede haber para ellos?, y ¿qué esperanza puede haber para nosotros mismos que no tardaremos en desaparecer de esta vida sin haber visto cumplidos nuestros deseos de felicidad y plenitud?
El misterio último de la vida exige alguna respuesta. En alguna ocasión, E. Chillida decía así: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada.» Desde los límites y la oscuridad de la razón humana, los creyentes nos abrimos con confianza al misterio de Dios. La invocación del salmista lo dice todo: «Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado» (Sal 25, 1-2).
Lo único que sostiene al creyente es su fe en el poder salvador de ese Dios que, según Jesús, «no es Dios de muertos, sino de vivos». Dios no es sólo el creador de la vida; es el resucitador que la lleva a su plenitud.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
12 de noviembre de 1995

UN DIOS DE VIVOS

No de muertos, sino de vivos.

No son pocas las personas que experimentan la religión como una carga suplementaria que viene a hacer más difícil todavía la vida del hombre. Más o menos, es esto lo que sienten: la vida es ya dura de por sí, pero, encima, viene Dios con sus mandamientos e imposiciones y todo se hace más complicado y trabajoso. La religión acaba siendo una carga de la que bien se nos podría librar.
Sin duda, ha habido y hay formas concretas de entender y vivir lo religioso que agobian al individuo y hacen de la religión un peso insoportable y deshumanizador. Sin embargo -hay que afirmarlo de manera rotunda-, nada hay que desfigure y pervierta más la fe cristiana que la idea de  un Dios que viniera a estropear y abrumar la vida del ser humano.
Es sabido que Jesús no se ha dedicado a elaborar una teología precisa para «explicar» cómo es Dios, Jesús, más bien, «vive» a Dios, lo invoca como Padre y busca con pasión el bien de sus hijos. Sin embargo, con ocasión de una discusión con los saduceos, hace esta afirmación esclarecedora: Dios qzo es un Dios de muertos, sino de vivos».
Estas palabras tienen un trasfondo que hemos de saber captar. Para Jesús, como para toda la tradición bíblica, Dios es, antes de nada, «el Amigo de la vida», el Creador que ama la vida y crea al hombre para que viva, y viva de manera plena y feliz. Por eso, la teología contemporánea cita tanto esas palabras de san Ireneo que resumen bellamente esta fe fundamental: «Gloria Dei, vivens homo.» Lo que da gloria a Dios es un hombre lleno de vida. Cuanto mejor viva el hombre y cuanto mejor realice la obra de su vida, tanto mejor se cumple lo que quiere Dios.
Por desgracia, hemos empobrecido mucho la idea de la creación. Para el cristianismo, la creación no es algo que sucedió una vez, allí, al comienzo de los tiempos; una especie de «empujón» inicial de Dios que luego se ha desentendido del mundo y de la humanidad para que sigan su camino como por inercia. La creación es algo permanente y actual. Dios está ahora mismo sustentando nuestro ser y creando vida en cada momento de nuestra existencia. «En él vivimos, nos movemos y existimos», como dice san Pablo.
Esta fe constituye el núcleo de una experiencia religiosa auténtica. El hombre religioso no se siente solo, entregado a su propia flaqueza. Se sabe acompañado y sustentado. Dios no le agrava la vida; tampoco le ahorra la dura tarea de existir. Pero el creyente sabe que no está solo. Alguien más grande que él y que todas las fuerzas adversas está a su lado. Puede vivir con confianza. Dios está siempre ahí buscando ya ahora mismo lo mejor para su vida y, en cualquier caso, la vida eterna. Toda forma de vivir la religión que mate la vida y no sea estímulo para vivir de manera más plena, responsable y liberada, es falsa. Dios siempre libera, potencia y desarrolla la vida, no la muerte. Es «Dios de vivos, no de muertos».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
8 de noviembre de 1992

¿RESURRECCION O REENCARNACION?

No es Dios de muertos, sino de vivos.

No es difícil en nuestro días encontrarse con personas seriamente interesadas por la vieja teoría de la reencarnación e, incluso, con cristianos que no entienden muy bien por qué el cristianismo habla de resurrección y no de reencarnación.
Sin embargo, la fe en la resurrección de los muertos supone algo totalmente nuevo y original frente a la reencarnación de las almas que se afirma en la religiosidad hindú, en el budismo o en las doctrinas griegas de la metempsícosis.
Según la visión hindú, las almas van emigrando constantemente (sam-sára = pasar a través), encarnándose una y otra vez en vidas sucesivas. Y son las acciones buenas o malas (karma) las que deciden cómo va a ser la próxima reencarnación.
De esta manera, la realidad es una sucesión de nacimientos y muertes donde las almas se van degradando o purificando hasta alcanzar tal vez un día la reintegración en la totalidad del Ser Absoluto. Ese nirvana difícil pero no imposible del que habla el budismo.
Esta manera de ver la realidad tiene consecuencias profundas y se distancia radicalmente de la fe cristiana. Según esta concepción oriental, la identidad individual de cada persona se eclipsa y el cuerpo queda privado de valor. En realidad, los individuos surgen por una disgregación del ser, pueden reencarnarse en diversos cuerpos, pero lo importante es que vuelvan a reintegrarse en el Gran Todo.
La visión cristiana es diferente. En la raíz de todo está un Dios Creador que, movido por su amor infinito, crea la vida de cada persona con un valor absoluto y singular. Cada individuo es un ser libre querido por Dios por sí mismo y llamado a encontrar un día su realización plena corpóreo-espiritual en un diálogo amoroso con él.
Por otra parte, según la doctrina reencarnacionista, el mal es una realidad física (la caída del individuo en la materia). Por eso, la salvación consiste en una especie de proceso mecánico de depuración que, a través de sucesivas reencarnaciones dirigidas por el karma, conduce de nuevo a la matriz original del Ser Absoluto.
Los cristianos vemos las cosas de otra manera. El hombre es un ser libre que puede rechazar a Dios rompiendo su relación personal con él. Por eso, la salvación se produce, no por medio de un mecanismo de reintegración, sino a través de una conversión personal a Dios.
Así, pues, para los cristianos, la realidad no es algo indefinido donde la muerte es una especie de espejismo y donde las almas circulan constantemente del más allá al más acá y viceversa, sobre el fondo inmutable y frío del Ser Absoluto.
Nosotros creemos en un Dios que crea la vida y nos la regala amorosamente a cada uno como valor absoluto. La muerte puede acabar con nuestra condición biológica actual, pero no puede extinguir la vida que nos llega desde Dios. El Creador de la vida es más fuerte que la muerte. Dios no es «un Dios de muertos, sino de vivos». El nos resucitará para la vida eterna. Esta esperanza es «la roca de nuestro corazón».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
12 de noviembre de 1989

DIOS DE VIVOS

No es Dios de muertos.

Los hombres hemos hecho de todo con Dios. Pero tal vez nunca lo habíamos caricaturizado y ridiculizado como en nuestros tiempos.
Hoy podemos ver su cómica figura con el tradicional “triángulo” adosado a su cabeza en el recuadro de humor de cualquier periódico o revista.
Recientemente, uno de los dirigentes más importantes del Gobierno español, al ser preguntado sobre su fe, sólo sabía responder con su habitual “ingenio” lo que había leído en cierta ocasión: «Que Dios exista o no, es su problema, no el mío”.
Se discute sobre Dios como si fuera un teorema, la incógnita de una ecuación o el “extraterrestre” en el que los más cándidos creen y al que los más críticos rechazan.
Mientras tanto, cualquier día se puede encontrar uno en el correo propaganda religiosa invitando a nuevas cruzadas para impedir que un Dios sediento de justicia vengadora lleve a cabo sus designios de destrucción.
Otros, por su parte, se sienten obligados a defenderlo aunque sea condenando a todos los hombres y se atreven incluso a dictar a Dios lo que debería hacer en estos tiempos de ateísmo y degradación moral.
Hay quienes hablan de él como si conocieran al detalle sus planes y designios y quienes invocan su autoridad a tiempo y a destiempo.
Algunos le rezan para conseguir la Loto o acertar el bingo. Otros besan su imagen o hacen el signo de la cruz para detener un penalti.
Pero Dios, ese Dios tan silencioso y humilde, ¿no será diferente de todo eso? Como ha señalado certeramente O. Clement; todas esas caricaturas de Dios sólo nos pueden llevar a la crueldad o al ateísmo.
Es sorprendente constatar que Jesús apenas nos ofrece explicaciones sobre su concepción de Dios. Lo invoca, confía en él como Padre, busca ardientemente su voluntad. Pero no se dedica a “hacer teología”.
Sin embargo, con ocasión de una discusión con los saduceos, Jesús confiesa su fe en un Dios que “no es Dios de muertos sino de vivos”.
El Dios verdadero es siempre fuente de vida. No es un Dios destructor, sino un Dios que crea la vida, la sostiene y la lleva a su plenitud.
Por eso, tal vez la mejor manera de creer en él no es hacer grandes disquisiciones teóricas, sino saber acogerlo en nosotros como fuente, fundamento y culmen de nuestra vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
9 de noviembre de 1986

CONTRA LA MUERTE

No es Dios de muertos.

En la medida en que los hombres vamos perdiendo una fe que dé esperanza y sentido a nuestra vida, nos resulta más fácil abusar de la muerte.
Basta estar atento a la realidad de cada día para constatar, con pena, cómo crece de manera incontenible lo que K. Marti ha llamado «el mutuo asesinato».
Los hombres nos matamos unos a otros en las guerras, en el tráfico, en la lucha por nuestros propios intereses. Nos estamos acostumbrando a buscar una solución eficaz a nuestros problemas acudiendo rápidamente a la supresión del adversario.
Entre nosotros, son bastante los que defienden y apoyan sin demasiadas reservas una política en la que se utilice el asesinato de otro hombre en la medida en que su ejecución pueda ser rentable y eficaz para la propia estrategia.
Son muchos más todavía los que aprueban con una frialdad desconcertante la muerte de quienes no han nacido todavía y piensan que el aborto es la solución mejor y más eficaz para resolver la tragedia que se encierra detrás de cada madre que aborta.
Pero, nos matamos también unos a otros, cuando no reaccionamos ante el tráfico de droga que está destruyendo a nuestros jóvenes, cuando permitimos situaciones que arrastran a algunos al suicidio, cuando abandonamos a los ancianos a su soledad empujándolos prematuramente hacia la muerte.
Naturalmente, no todo puede ser juzgado de la misma manera. Pero, todo esto, ¿no nos está indicando que en la conciencia social está muriendo poco a poco el amor a la vida y la defensa apasionada de todo viviente?
Es ahora cuando los creyentes tenemos que recordar más que nunca que creer en la resurrección es mucho más que «cultivar un optimismo barato en la esperanza de un final feliz».
El Dios en el que creemos «no es un Dios de muertos sino de vivos». Cuando uno ha quedado «cogido» por la fuerza de la resurrección de Jesús, descubre en Dios a un Padre apasionado por la vida y comienza a amar y defender la vida de una manera nueva.
El creyente siente que, ya desde ahora y aquí mismo, se nos llama a la resurrección y la vida. Por eso, toma partido por la vida allí donde la vida es lesionada, ultrajada y destruida.
El que cree en la resurrección ama la vida, la defiende, la hace crecer, lucha siempre para que sea más humana, hermosa, sana y feliz. «La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte que está a nuestro alcance» (J.M. Castillo).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
6 de noviembre de 1983

DIOS DE VIVOS

No es Dios de muertos, sino de vivos.

Para bastantes de nuestros contemporáneos, Dios ya no es Alguien lleno de vida. Siguen admitiendo de alguna manera la existencia, allá fuera del mundo, de un ser de características especiales, pero no aciertan a ver cómo ese Dios pueda ser hoy fuente de vida para nosotros.
Y sin embargo, Dios es, antes que nada, el amigo de la vida, el que pone alegría y esperanza en el fondo mismo de la existencia. Y no se puede creer en Dios sino como alguien que da sentido, valor y plenitud a la vida del mundo.
El Dios de Jesús «no es un Dios de muertos, sino de vivos». No es el Dios de los que ven en la vida sólo frustración, absurdo y muerte. Es el Dios de los que creen, esperan y luchan por una vida siempre mayor.
Por eso, a Dios lo encontraremos siempre allí donde existe vida, allí donde late el deseo de vivir. Lo hallaremos donde el hombre se enfrenta a una tarea, donde la humanidad lucha por ser más humana.
Por eso Dios está con aquéllos que sufren y mueren por falta de justicia y compasión. ¿Cómo? Sufriendo con ellos. Asumiendo misteriosamente su dolor.
Y Dios está también con aquéllos que luchan contra la injusticia, los abusos, el egoísmo que mata y oprime. ¿Cómo? Sosteniendo su esfuerzo, purificando su lucha, abriendo esperanza en el fracaso.
Es en medio de la vida donde los creyentes debemos descubrir a nuestro Dios como Alguien que la sostiene, la impulsa, y nos llama a vivir y a hacer vivir.
A veces los cristianos parece que creemos en la eficacia de todo menos en la de Dios. Nos apoyamos en todo menos en la gracia. Y vamos construyendo un mundo «sin espíritu y sin vida». Se diría que no nos atrevemos a creer en un Dios cercano, mezclado en nuestras cosas, palpitante en medio de nuestra existencia.
Según K. Rahner, la experiencia de Dios consiste en «tomar conciencia más explícitamente y en aceptar libremente un elemento constitutivo del hombre, generalmente soterrado y reprimido, pero que es ineludible y recibe el nombre de gracia, y en el que Dios mismo se hace presente de modo inmediato».
Pero los cristianos creemos algo más. Un día, por encima de muertes y fracasos, toda la vida y el aliento que existe en la historia de los hombres alcanzará su plenitud en la vida infinita de Dios.
Esta vida pequeña de cada uno de nosotros, llena de trabajos, sufrimientos, lágrimas y algunas pequeñas alegrías, se convertirá por fin en Vida, Amor, Felicidad.
«Desde entonces, la actitud fundamental del cristianismo, por encima de todas las cosas, es la alegría, como orientación de todo su ser. Con esta actitud deberían recibirse todas las experiencias de la vida, incluso las del sufrimiento y la muerte» (L. Boros).

José Antonio Pagola


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