lunes, 8 de julio de 2013

14/07/2013 - 15º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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14 de julio de 2013

15º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

¿Quién es mi prójimo?

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 10,25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
- Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Él le dijo:
- ¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó:
- Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
Él le dijo:
- Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús:
- ¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
- Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
- Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
- El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
- Anda, haz tú lo mismo.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
14 de julio de 2013

NO PASAR DE LARGO

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.
En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.
En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?
Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo.
Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.
Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.
Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
11 de julio de 2010

HAZ TÚ LO MISMO

Haz tú lo mismo.

Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.
Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.
En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.
«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».
Su falta de compasión no es sólo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.
Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.
Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica  de nuestros días?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
15 de julio de 2007

LOS HERIDOS DE LAS CUNETAS

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.

La parábola del «buen samaritano» le salió a Jesús del corazón, pues caminaba por Galilea muy atento a los mendigos y enfermos que veía en las cunetas de los caminos. Quería enseñar a todos a caminar por la vida con «compasión», pero pensaba sobre todo en los dirigentes religiosos.
En la cuneta de un camino peligroso hay un hombre asaltado y robado que ha sido abandonado «medio muerto». Afortunadamente, por el camino llegan un sacerdote y luego un levita. Ambos pertenecen al mundo oficial del templo. Son personas religiosas. Sin duda, se apiadarán de él.
No es así. Al ver al herido, los dos cierran sus ojos y su corazón. Para ellos, es como si aquel hombre no existiera: «dan un rodeo y pasan de largo» sin detenerse. Ocupados en su piedad y culto a Dios, siguen su camino. Su preocupación no son los que sufren.
En el horizonte aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. No viene del templo ni pertenece siquiera al pueblo elegido. Es un despreciable «samaritano». Se puede esperar de él lo peor.
Sin embargo, al ver al herido «se le conmueven las entrañas». No pasa de largo. Se acerca a él y hace todo lo que puede: desinfecta sus heridas, las cura y las venda. Luego, lo lleva en su cabalgadura hasta una posada. Allí lo cuida personalmente y procura que lo sigan atendiendo.
Difícilmente se puede imaginar una crítica y una llamada más incisiva de Jesús a sus seguidores y, de manera directa, a los dirigentes religiosos. No basta que en la Iglesia haya instituciones, organismos y personas que están junto a los que sufren. Es toda la Iglesia la que ha de aparecer públicamente como la institución más sensible y comprometida con los que sufren física y moralmente.
Si a la Iglesia no se le conmueven las entrañas ante los heridos de las cunetas, lo que haga y lo que diga será bastante irrelevante. En concreto, es la compasión lo único que puede hacer a la jerarquía más humana y más creíble.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
11 de julio de 2004

SECTARISMOS

Al verlo, le dio lástima y se acercó.

No siempre somos conscientes de los rechazos, desprecios y condenas que alimentamos dentro de nosotros a causa de perjuicios heredados del pasado o construidos por nosotros mismos. Sin embargo, son esos prejuicios “institucionalizados” los que modelan con frecuencia nuestra manera de sentir, de pensar y de comportarnos con otros grupos que no son el nuestro.
En todas las culturas, antiguas o modernas, el ser humano trata de afirmar su pertenencia al propio grupo social, político o religioso poniendo límites frente a los otros. Levantamos fronteras para marcar las diferencias y asegurar nuestra propia identidad.
Lo grave es que, con frecuencia, tendemos a considerar como “inferiores” a quienes son diferentes y no pertenecen a nuestra raza, nación, religión o partido. No sólo es eso. La “lealtad” al propio grupo nos puede conducir a una hostilidad o rechazo que nos pasa desapercibido, pero que forma parte de nuestro ser. Cuando esto sucede, desaparece la mirada amistosa y compasiva con la que un ser humano ha de mirar a otro.
La parábola del buen samaritano es un desafío del sectarismo que envenena nuestras relaciones. El hombre caído en el camino ve acongojado cómo se desentienden de él aquellos de los que podía esperar ayuda: los “suyos”, los representantes de su religión, los de su pueblo. Cuando se acerca un samaritano, enemigo proverbial de Israel, sólo puede esperar lo peor. Es él, sin embargo, quien se acerca, lo mira con compasión y lo salva.
Este hombre es capaz de reaccionar contra prejuicios seculares y ser “desleal” a su propio pueblo para identificarse con un ser humano que sufre y necesita ayuda. El mensaje de Jesús es claro. No ha de ser el propio grupo, la propia religión o el propio pueblo los que nos indiquen a quién amar y a quién odiar, a quién acercarnos o a quién ignorar. El amor evangélico exige lealtad, no al propio grupo, sino al hombre que sufre aunque no comparta nuestra identidad. La parábola es revolucionaria: ¿Para qué sirve una religión si no es capaz de romper los sectarismos y crear fraternidad?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
15 de julio de 2001

LO ESENCIAL

Amarás

El ser humano está hecho para amar y ser amado. Nadie lo pone en duda. Su deseo más hondo es vivir en comunión. Sólo que lo olvidamos una y otra vez. Entonces, esa necesidad de vivir amando queda oscurecida, deformada y desviada por mil problemas, preocupaciones y centros de interés.
El amor es algo constitutivo de la persona. A quien le falta capacidad de dar y recibir amor le falta lo esencial. Podríamos decir que está «enfermo». Por eso, una persona inteligente, activa y eficaz, sin capacidad de amar, da miedo. Un individuo hábil y poderoso, insensible al amor, es un peligro.
Siempre nos sucede lo mismo. Queremos ser independientes, salvaguardar a toda costa nuestra pequeña felicidad sin depender de nadie, ser dueños de nosotros mismos y de nuestra vida. Buscamos nuestro propio interés y terminamos viviendo en una especie de túnel construido con nuestros problemas, inquietudes y fantasmas. El erotismo, la diversión y todas las formas de evasión no logran liberarnos de un malestar clavado en el fondo de nuestro ser: nos falta lo esencial.
La experiencia nos lo dice muy pronto, a veces a gritos, a veces de manera callada pero persistente. Sin amor, la vida se seca, la alegría se apaga. Es difícil crecer y sentir plenitud cuando sólo se vive en función de uno mismo. La persona no sabe muy bien qué le está pasando, pero no se siente a gusto: vive sola, encerrada en sus cosas, en un aislamiento estéril.
Nunca destacaremos lo suficiente el acierto de Jesús al recordamos lo esencial de la vida y de toda religión: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». De esto depende todo. Esto es siempre lo esencial y decisivo.
«Amarás a Dios». No se dice creerás en Dios, le respetarás, lo temerás, le obedecerás, le rezarás... Lo primero y esencial es otra cosa: lo acogerás con amor, le abrirás tu ser, te enamorarás de él. No te sentirás juzgado o controlado, sino enamorado. Cuando falta amor a Dios la religión queda fosilizada.
«Amarás a tu prójimo». No te apropiarás de las personas para tu utilidad, disfrute o poder. Vivirás acogiendo, acompañando, sirviendo, dando y recibiendo amor. Sin esto la vida queda mutilada y pervertida. Es la convicción más profunda de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
12 de julio de 1998

IGLESIA SAMARITANA

Al verlo, le dio lástima y se le acercó.

Hay muchas maneras de empobrecer y desfigurar la misericordia. A veces queda reducida a un sentimiento de compasión propio de personas sensibles. Para algunos consiste en esa “ayuda paternal” que se ofrece a los necesitados para tranquilizar la propia conciencia. Hay quien recuerda las “obras de misericordia” del catecismo, como algo que hay que practicar para ser virtuoso.
Desde la fe cristiana hemos de decir, por el contrario, que la misericordia es la única reacción verdaderamente humana ante el sufrimiento ajeno que, una vez interiorizado, se convierte en principio de actuación y ayuda liberadora a quien sufre. Por eso, el teólogo Jon Sobrino comenzó a hablar hace unos años del principio-misericordia, presentándola no como una virtud más, sino como la actitud radical de amor que imprime una determinada dirección al ser y al actuar de una persona ante el sufrimiento de otro.
El relato del “buen samaritano” no es una parábola más, sino la parábola que expresa, según Jesús, lo que es un verdadero ser humano. El samaritano es una persona que ve en su camino a quién está herido, se acerca, reacciona con misericordia y le ayuda en todo lo que puede. Ésta es la única manera de ser humano: reaccionar con misericordia. Por el contrario, “dar un rodeo” ante quien sufre – postura del sacerdote y el levita – es quedar deshumanizado.
Jon Sobrino estudia en su obra cómo la misericordia es el principio fundamental de la actuación de Dios y lo que configura toda la vida, la misión y el destino de Jesucristo. Ante el sufrimiento nada hay anterior a la misericordia. Ella es lo primero y lo último. El principio al que se ha de subordinar todo lo demás. También en la Iglesia.
Una Iglesia verdadera es, ante todo, una Iglesia que “se parece” a Jesús. Y una Iglesia que se parece a Jesús, tendrá que ser necesariamente una “Iglesia samaritana”, que sabe reaccionar ante el sufrimiento humano con misericordia. Esto es lo que se le pide también a la Iglesia: que sea buena, que tenga entrañas de misericordia, que no discrimine a nadie, que no dé rodeos a quienes sufren, que ayude a quienes padecen toda clase de heridas físicas, morales y espirituales.
Si quiere parecerse más a Jesús y ser más humana, la Iglesia ha de releer la parábola del “buen samaritano” y despertar constantemente en ella la misericordia. Es importante la ortodoxia. Es decisivo buscar caminos nuevos de evangelización del mundo moderno. Pero, ¿para qué sirve todo ello si los hombres y mujeres de hoy no pueden descubrir en ella el rostro misericordioso de Dios ni sentir su cercanía y ayuda en el sufrimiento?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
16 de julio de 1995

VIRTUD DE FUERTES

Dio un rodeo y pasó de largo.

No goza hoy la misericordia de buena reputación. Se la considera fácilmente «virtud de débiles». Las personas fuertes y maduras no necesitan ni recibir misericordia ni ofrecerla. Sólo la gente mediocre fomenta esas cosas. Una sociedad evolucionada reclama más bien competición y lucha, no compasión. La competitividad engendra hombres fuertes. La compasión produce seres débiles.
De hecho hoy se fomenta el espíritu competitivo hasta límites poco humanos. Para no pocos, vivir es sinónimo de competir. La escuela, las oposiciones, la carrera consumista y hasta el amor son campo de competición y rivalidad. Se va imponiendo cada vez más una especie de «darvinismo social». Sólo están llamados a sobrevivir los fuertes, los hábiles o los duros.
En este clima social no queda mucho sitio para la compasión.
Los «triunfadores» suelen ser poco propensos a la misericordia. No
conectan con la tragedia o el sufrimiento de los débiles; ellos disfrutan de su éxito y bienestar; para algo han luchado tanto. No es difícil adivinar tras esta «cultura del fuerte» el eco lejano de F. Nietzsche.
Mientras tanto, crece el número de personas marcadas por el fracaso escolar, profesional, matrimonial o familiar. Cuanto más competitiva e insolidaria se vuelve una sociedad, tanto más dura es la experiencia de los fracasados. Cuántos viven hoy dudando de su propia valía, con un nivel muy bajo de autoestima, necesitados de que alguien reconozca su dignidad o los acompañe en su desgracia.
La misericordia es hoy más necesaria que nunca. No esa caricatura de misericordia de quien, para tranquilizar su conciencia o fomentar su paternalismo, entrega de vez en cuando un donativo, sino ese sentimiento vivo y operante de solidaridad con los más necesitados.
La misericordia no es virtud de gentes débiles sino signo de madurez de personas que saben sintonizar con los maltratados por la vida pues son capaces de reconocer su dignidad. La misericordia es un triunfo sobre ese narcisismo que deshumaniza hoy a tantas personas que sólo viven girando en torno a sus propias ambiciones o intereses. Para compadecerse no hay que ser débil sino fuerte. Sólo la persona madura sabe vivir en una actitud de comunión y empatía con los que sufren, comprometiéndose en aquello que puede ayudarles a vivir de manera más digna.
En la parábola de Jesús, el personaje débil no es el samaritano que se acerca a prestar socorro al viajero robado y malherido. Los de corazón pequeño y actitud mezquina son el sacerdote y el levita que «dan un rodeo» ante aquel hombre y siguen su camino acallando como pueden sus conciencias.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
12 de julio de 1992

CAMINO DE EUROPA

Dio un rodeo y pasó de largo.

Cada vez está más claro. No va a haber recuperación económica para todos, pues la reconversión se va a llevar a cabo, relegando en la pobreza a sectores que no podrán beneficiarse del bienestar material que se pretende conseguir. La “salida de la crisis” sólo va a ser para los más privilegiados, ya que se va a lograr hundiendo en el trabajo intermitente, el paro y la crisis aguda a los más débiles y desafortunados.
No todos caminamos hacia la misma Europa. Mientras unos lograrán instalarse en el bienestar europeo, otros se irán quedando en el camino, descolgados del progreso y sin posibilidad de disfrutar de él.
Una vez más se vuelve a repetir la parábola de Jesús. Junto al camino van quedando hombres y mujeres despojados, empobrecidos y maltratados. Y una vez más nos vemos obligados a escuchar la interpelación del evangelio: O seguimos tranquilos nuestro camino, como el sacerdote y el levita, “dando un rodeo” y abandonando a esa gente a su suerte, o actuamos como el “buen samaritano” comprometiéndonos activamente a resolver su necesidad.
Casi sin darnos cuenta, estamos cayendo en la práctica del “sálvese quien pueda”. Cada uno busca hacerse un sitio en la nueva sociedad. Lo que importa es entrar en el sector “guay” de Europa, pues quien se instala ahí disfrutará de un “status” social cada vez mejor.
Poco a poco se va imponiendo una “cultura economicista” que hace crecer el individualismo exacerbado y la búsqueda ciega de seguridad material. No preocupa la suerte de los más débiles. “Competitividad”, ésta es la palabra clave. Hay que luchar por los propios intereses. El prójimo sólo es un obstáculo e, incluso, un adversario potencial que me puede desbancar.
La parábola del Buen Samaritano es una llamada a sustituir la competitividad por esa solidaridad que, según Juan Pablo II, nos ha de hacer a todos responsables de todos.
Tal vez hemos de empezar por aprender a mirar a Europa desde la perspectiva de los más débiles y marginados para sentir en nuestra propia carne la impotencia e inseguridad de los nuevos pobres. Es irritante que todavía se oiga decir entre nosotros que “ el que no trabaja es porque no quiere” y que el problema de los desempleados es porque “son unos vagos”.
Pero hay que pasar a la acción. La solidaridad no es un sentimiento superficial de compasión, sino “la determinación firme y perseverante de empeñarse en el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno” (Juan Pablo II).
En nuestra sociedad hay demasiado consumo inútil, superficial y egoísta. El cristiano ha de recordar hoy a todos que el hombre no puede hacer con lo suyo lo que le dé la gana. Es injusto e inhumano seguir disfrutando sin límite alguno cuando estamos dejando a otros sin lo necesario para vivir con dignidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
16 de julio de 1989

OTRA MANERA DE VIVIR

Se le acercó.

No es difícil resumir la enseñanza nuclear de esa inolvidable parábola del samaritano. Según Jesús, lo importante en la vida no es teorizar mucho o cavilar largamente sobre el sentido de la existencia, sino saber caminar como el samaritano: con los ojos bien abiertos para ver cómo podemos ayudar a cualquier hombre que nos puede estar necesitando.
Por eso, antes de discutir qué es lo que creemos cada uno o qué ideología defendemos, hemos de preguntarnos a qué nos dedicamos, a quién amamos y qué hacemos en concreto por esos hombres y mujeres que necesitan la ayuda de alguien cercano.
Esta es la verdadera conversión que todos necesitamos. La de acercarnos más desinteresadamente a las personas que vamos encontrando en la vida para ofrecerles nuestra amistad fraterna y nuestra ayuda generosa. Las demás conversiones son casi siempre “conversiones teóricas” de las que es mejor desconfiar hasta que se traducen en amor práctico y concreto al hermano.
Naturalmente, uno puede renunciar poco a poco a vivir de manera fraterna, perder el gusto de la amistad y la solidaridad y habituarse a caminar por la vida encerrado en su egoísmo o utilizando a los demás. Pero entonces es difícil conocer la verdadera alegría.
A. Paoli resume bien el triste destino de quién renuncia a la fraternidad: “Cuando uno deja sin resolver el problema del amor, cuando no se enfrenta valerosamente con esta aventura de la fraternidad, cubre su desnudez, su fracaso, su no ser verdaderamente hombre, con dos caretas que aparentemente tienen mucho espesor, pero que son débiles como la niebla matutina: el dinero y el poder”.
Por el contrario, la vida va adquiriendo un color y una alegría diferentes cuando somos capaces de ir eliminando de nuestra vida los intereses egoístas y nos atrevemos a actuar de manera más fraterna y solidaria.
Cuando uno tiene el coraje de creer en la fraternidad, se entiende mejor el fondo de la existencia y se empieza a captar mejor la verdad de la fe cristiana.
En su sugerente libro “Amos a Jesús, amor al hermano”, K. Rahner nos interpela así a los creyentes “¿No aparece la vida cristiana a una luz enteramente distinta cuando el axioma ‘Salva tu alma’ se entiende, espontáneamente y sin quererlo, como ‘Salva a tu prójimo’?”
En medio de nuestra vida cotidiana, a veces tan mediocre y vulgar, puede acontecer todavía “el milagro de la fraternidad”. Basta que nos atrevamos a renunciar a pequeñas y mezquinas ventajas, y comencemos a acercarnos a las personas con los ojos y el corazón del samaritano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
13 de julio de 1986

SIN RODEOS

Se le acercó...

No es necesario un análisis social muy profundo para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las personas que pueden perturbar nuestra tranquilidad.
Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores.
Se diría que vivimos en actitud de guardia permanente ante todo aquel que puede ser un peligro en potencia para nuestra felicidad.
Y cuando no encontramos otra manera mejor de justificar nuestra evasión ante los problemas y sufrimientos de personas que nos necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que «estamos muy ocupados».
Estar ocupados, activos, en movimiento constante, se ha convertido en algo que casi forma parte de nuestro mismo ser. Algo que nos encierra en nuestro pequeño mundo de preocupaciones y bloquea e impide nuestra relación amistosa y fraterna con quienes vamos encontrando en el camino de la vida.
Qué actualidad cobra la "parábola del samaritano" en esta sociedad de hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones.
Según Jesús, sólo hay una manera de «tener vida». Y no es la del sacerdote y el levita que ven al necesitado y «dan un rodeo» para seguir su camino, sino la del samaritano que camina por la vida con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede necesitar su cercanía.
Cuando se escuchan sinceramente las palabras de Jesús, sabemos que se nos llama a pasar de la hostilidad a la hospitalidad. Sabemos que se nos urge a vivir de otra manera, creando en nuestra vida y en nuestro corazón un espacio más amplio para quienes nos necesitan.
Sabemos que no podemos escondernos detrás de «nuestras ocupaciones» ni refugiarnos en hermosas teorías. Se ama a la humanidad cuando se ama a los hombres concretos que caminan a nuestro lado.
Quien ha comprendido la fraternidad cristiana, sabe que todos somos «compañeros de viaje» que compartimos una misma condición de fragilidad humana y nos necesitamos unos a otros.
Quien ha comprendido esto y vive atento a todo ser amenazado que encuentra en su camino, es un hombre que encuentra un gusto nuevo a la vida. Es un hombre que «heredará vida eterna».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
10 de julio de 1983

CATEGORÍA DE “PRÓJIMOS”

¿Quién es mi prójimo?

Los cristianos no terminamos de superar una visión “judía” de la vida. Nuestros criterios, actuaciones y reacciones no responden al proyecto de vida querido por Jesús ni se inspiran en su mensaje.
Por eso, después de veinte siglos, seguimos haciendo la misma pregunta equivocada de aquel escriba de Israel: “¿Quién es mi prójimo?”.
Porque también nosotros vemos con claridad que hay hombres y mujeres cercanos a nosotros y a quienes hay que amar y ayudar. Son personas que llevan nuestra misma sangre, son miembros de nuestro pueblo, hablan nuestra propia lengua, comparten nuestra ideología. Son de “los nuestros”.
Pero ¿qué decir de tantos hombres y mujeres que no lo son? Nos parece normal pensar que en la medida en que las personas nos resultan extrañas, lejanas y distantes, van disminuyendo nuestras obligaciones para con ellas. Es más. Llegamos a pensar que hay hombres y mujeres tan alejados, tan adversarios, tan enemigos que han perdido ya todo derecho a nuestra ayuda y nuestro amor.
Por eso, a la hora de adoptar ante los demás una postura, seguimos distinguiendo categorías diferentes de prójimos. Y seguimos preguntando de qué ideología política era el muerto. O qué siglas defiende la persona que nos pide ayuda. O donde ha nacido y cómo piensa ese hombre que se nos acerca necesitado.
Incluso, hemos querido “bautizar” nuestra postura diciendo que la caridad bien entendida empieza por uno mismo y por los suyos.
La parábola del buen samaritano nos descubre que Jesús entendía las cosas de otra manera.
La verdadera postura no es preguntarse como el escriba: “¿quién es mi prójimo?”, para delimitar exactamente hasta dónde llegan mis obligaciones. La verdadera actitud del que ama es preguntarse: ¿quién está necesitado de que yo me acerque y me convierta en su prójimo?
Cuando un hombre ama con todo su corazón y con todo su ser a un Dios Padre, toma con toda seriedad al hombre, a todo hombre. Y el que ama de verdad al hombre, no se pregunta ¿a quién tengo que amar?, sino ¿quién me necesita cerca?
El que ama de verdad sabe que el “prójimo” es cualquier hombre o mujer que encuentro en el camino y me necesita. Todo hombre necesitado es mi prójimo, cualquiera que sea su raza, su pueblo, su ideología. El que ama de verdad al hombre, comprende que Jesús tiene razón, aunque le resulte duro seguir su llamada.

José Antonio Pagola


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