lunes, 10 de junio de 2013

16/06/2013 - 11º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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16 de junio de 2013

11º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,36_8,3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo:
- Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora.
Jesús tomó la palabra y le dijo:
- Simón, tengo algo que decirte.
Él respondió:
- Dímelo, maestro.
Jesús le dijo:
- Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó:
- Supongo que aquél a quien le perdonó más.
Jesús le dijo:
- Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
- ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona poco ama.
Y a ella le dijo:
- Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
- ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer:
- Tu fe te ha salvado, vete en paz.
[Más tarde iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo predicando la buena noticia del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
16 de junio 2013

DEFENSOR DE LAS PROSTITUTAS

Jesús se encuentra en casa de Simón, un fariseo que lo ha invitado a comer. Inesperadamente, una mujer interrumpe el banquete. Los invitados la reconocen enseguida. Es una prostituta de la aldea. Su presencia crea malestar y expectación. ¿Cómo reaccionará Jesús? ¿La expulsará para que no contamine a los invitados?
La mujer no dice nada. Está acostumbrada a ser despreciada, sobre todo, en los ambientes fariseos. Directamente se dirige hacia Jesús, se echa a sus pies y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle su acogida: cubre sus pies de besos, los unge con un perfume que trae consigo y se los seca con su cabellera.
La reacción del fariseo no se hace esperar. No puede disimular su desprecio: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer y lo que es: una pecadora”. El no es tan ingenuo como Jesús. Sabe muy bien que esta mujer es una prostituta, indigna de tocar a Jesús. Habría que apartarla de él.
Pero Jesús no la expulsa ni la rechaza. Al contrario, la acoge con respeto y ternura. Descubre en sus gestos un amor limpio y una fe agradecida. Delante de todos, habla con ella para defender su dignidad y revelarle cómo la ama Dios: “Tus pecados están perdonados”. Luego, mientras los invitados se escandalizan, la reafirma en su fe y le desea una vida nueva: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Dios estará siempre con ella.
Hace unos meses, me llamaron a tomar parte en un Encuentro Pastoral muy particular. Estaba entre nosotros un grupo de prostitutas. Pude hablar despacio con ellas. Nunca las podré olvidar. A lo largo de tres días pudimos escuchar su impotencia, sus miedos, su soledad... Por vez primera comprendí por qué Jesús las quería tanto. Entendí también sus palabras a los dirigentes religiosos: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de los cielos”.
Estas mujeres engañadas y esclavizadas, sometidas a toda clase de abusos, aterrorizadas para mantenerlas aisladas, muchas sin apenas protección ni seguridad alguna, son las víctimas invisibles de un mundo cruel e inhumano, silenciado en buena parte por la sociedad y olvidado prácticamente por la Iglesia.
Los seguidores de Jesús no podemos vivir de espaldas al sufrimiento de estas mujeres. Nuestras Iglesias diocesanas no pueden abandonarlas a su triste destino. Hemos de levantar la voz para despertar la conciencia de la sociedad. Hemos de apoyar mucho más a quienes luchan por sus derechos y su dignidad. Jesús que las amó tanto sería también hoy el primero en defenderlas.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
13 de junio de 2010

NO APARTAR A NADIE DE JESÚS

Vete en paz.

Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.
Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.
Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartar rápidamente de Jesús.
Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos... Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.
Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia como si para nosotros no existieran.
No son pocas las preguntas que nos podemos hacer: ¿dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿a quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
17 de junio de 2007

MIRADA DIFERENTE

Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

La prostituta del pueblo interrumpe de pronto el banquete organizado por un fariseo para agasajar a Jesús. En cuanto la ve, Simón la reconoce y se pone nervioso. Conoce bien a estas prostitutas que se acercan al final de los banquetes en busca de clientes.
La prostituta se dirige directamente a Jesús. No dice nada. Está conmovida. No sabe cómo expresarle su agradecimiento y rompe a llorar. Sus lágrimas riegan los pies de Jesús. Olvidándose de los presentes, se suelta la cabellera y se los seca. Besa una y otra vez aquellos pies queridos, y, abriendo un pequeño frasco que lleva colgando de su cuello, se los unge con perfume.
El fariseo contempla la escena horrorizado. Su mirada de hombre experto en la ley sólo ve en aquella mujer una «pecadora» indigna que está contaminando la pureza de los comensales. No repara en sus lágrimas. Sólo ve en ella los gestos de una mujer de su oficio que sólo sabe soltarse el cabello, besar, acariciar y seducir con sus perfumes.
Su mirada de desprecio le impide, al mismo tiempo, reconocer en Jesús al profeta de la compasión de Dios. Su acogida y su ternura hacia esta mujer lo desconciertan. No puede ser un profeta.
La mirada de Jesús es diferente. En aquel comportamiento que tanto escandaliza al «moralista» Simón, él sólo ve el amor y el agradecimiento grande de una mujer que se sabe muy querida y perdonada por Dios. Por eso se deja tocar y querer por ella. Le ofrece el perdón de Dios. Le ayuda a descubrir dentro de sí misma una fe que la está salvando y le anima a vivir en paz.
Jesús no fue visto nunca como representante de la norma sino como profeta de la compasión de Dios. Por eso, en el movimiento de los que hoy tratamos de seguirle, no necesitamos «maestros» que desprecien a los pecadores y descalifiquen a los «profetas» de la compasión de Dios. Necesitamos cristianos que miren a los marginados morales, los desviados y los indeseables con los ojos con que los miraba Jesús. Dichosos los que están junto a ellos y ellas sosteniendo su dignidad humana y despertando su fe en ese Dios que los ama, entiende y perdona como nosotros no sabemos hacerlo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
13 de junio de 2004

¿EXCLUIDOS DEL EVANGELIO?

(Ver homilía del 18 de junio de 1.989).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
17 de junio de 2001

AMOR COMPASIVO

Tus pecados están perdonados.

Todos los grupos religiosos contemporáneos de Jesús se inspiraban para su comportamiento moral en una exigencia radical que estaba formulada en el viejo libro del Levítico con estas palabras: «Sed santos como yo, el Senor vuestro Dios, soy Santo» (Lv 19, 2).
Los judíos entendían esta santidad como una «separación de lo impuro». Esta manera de entender la «imitación de Dios» generó en Israel una sociedad discriminatoria y excluyente donde se honraba a los puros y se menospreciaba a los impuros y pecadores, se valoraba a los varones y se sospechaba de la pureza de las mujeres, se convivía con los sanos pero se huía de los leprosos.
En medio de esta sociedad, Jesús introduce un alternativa revolucionaria: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6, 36). El primer rasgo de Dios es la compasión, no la santidad. Quien quiera ser como es Dios no tiene que vivir «separándose» de los impuros, sino amando a todos con amor compasivo.
Por eso, Jesús inició un estilo de vida nuevo, inspirado sólo en el amor. Tocaba a los leprosos, acogía a los pecadores, comía con publicanos y prostitutas. Su mesa estaba abierta a todos. Nadie quedaba excluido porque nadie está excluido del corazón compasivo de Dios.
No basta ser muy religioso, sino que hay que ver a qué nos conduce la religión. No basta creer en Dios sino saber en qué Dios creemos. El Dios compasivo en el que creyó Jesús no conduce nunca a actitudes excluyentes de desprecio, intolerancia o rechazo, sino que atrae hacia una vida de acogida y hospitalidad, de respeto y de perdón. No nos hemos de engañar. De Dios no se aprende a vivir de cualquier manera. Él sólo enseña a amar.
El relato de Lucas es iluminador. Una mujer «pecadora» se acerca a Jesús. El fariseo Simón reacciona desde su visión religiosa con una actitud de sospecha y rechazo: no entiende que Jesús pueda dejarse tocar por aquella pecadora. Jesús, por el contrario, reacciona desde un amor compasivo. De su corazón sólo brotan palabras de perdón, de aliento y salvación: «Tus pecados están perdonados... Vete en paz».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
14 de junio de 1998

APASIONADO POR LA VIDA

Vete en paz.

Jesús es un apasionado por la vida. Su palabra y su actuación están inspirados sólo por un deseo: “Yo he venido para que tengan vida.” Este es su objetivo: renovar la vida, transformarla, hacerla más digna y dichosa para todos, instaurar el amor y la confianza mutua, ampliar hasta el infinito el horizonte, orientarlo todo hacia Dios “Amigo de la vida”.
Si expulsa del templo a los mercaderes es porque convierten lo religioso en simple mercado e impiden que la oración y el culto sean fuente de vida para todos. Si critica a los escribas es porque sus tradiciones legalistas asfixian la vida y la reducen a mera observancia cuando la Palabra ha de ser “espíritu y vida”.
Si se acerca a aquellos en quienes la vida está más enferma y debilitada, más rota y estropeada, es para curarlos e invitarlos a una vida más sana y saludable. Si perdona a los pecadores y los libera de la confusión interior y de la desconfianza en Dios es porque desea que vivan reconciliados consigo mismos y en paz con él.
Se entiende que Jesús busque con tanto empeño la fecundidad. Nadie ha de vivir de manera estéril, pues la vida es creación. La higuera que tiene la osadía de vivir sin dar fruto ha de ser castigada. El siervo de planteamientos mezquinos, que no quiere arriesgar su talento para hacerlo fructificar no merece vivir. Nadie ha de ahogar la vida que Dios hace germinar y crecer en nosotros.
Jesús soñaba con un “hombre nuevo”, un hombre empeñado en transformar la vida y hacerla mejor, capaz de irse haciendo cada vez más humano, un hombre atraído por la Vida eterna. Como expuso con admirable fuerza Paul Tillich en su “Systematic Theology”, la resurrección de Cristo no es sino la culminación de este “nuevo ser” (New Being) que él predicó, impulsó y encarnó.
El perdón de Jesús a la mujer pecadora no es un rito rutinario de “absolución de pecados”. Es mucho más. Frente a la visión legalista del fariseo Simón y frente a sus capciosos planteamientos que buscan todo menos el bien real de la mujer, Jesús que sólo quiere para ella la vida, la libera de su humillación, le devuelve su dignidad, la renueva por dentro y le abre un nuevo horizonte: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
18 de junio de 1995

EL AMOR NO ES CIEGO

Tiene mucho amor.

Probablemente, nadie ha planteado con tanta clarividencia como E. Biser (Pronóstico de la fe, Herder, 1994) el cambio de expectativa que se ha producido en el hombre moderno de cara a la religión. Lo que hoy se espera de la fe no es la revelación de «misterios sobrenaturales», ni siquiera -directamente al menos- la salvación que lo arranque del pecado. Lo que el hombre de hoy busca en el misterio de Dios es «apoyo, morada y seguridad» para entenderse y vivirse a sí mismo con paz.
Los que se interesan de nuevo por Dios lo hacen desde su necesidad de buscar una salida a su desgarro interior, su soledad y, sobre todo, su pérdida de identidad. Observa el profesor de Munich que la cultura moderna está generando un «vacío interno» que lleva a no pocos a preguntar por Dios. Lo que buscan en él es «suelo firme» para vivir; lo que anhelan es conocer una «confianza básica» donde poder sustentarse.
Este nuevo contexto está originando una forma diferente de plantearse la cuestión de Dios. Las nuevas generaciones no se interesan por «las pruebas de la existencia de Dios». Está desapareciendo «la necesidad de probar», que tanto ha obsesionado en años pasados. Lo que, desde su inseguridad y desgarro interior buscan hoy no pocos, es que Dios se les comunique y puedan rastrear, de alguna forma, su presencia amistosa.
Y es aquí donde, de nuevo, cobra toda su importancia y centralidad el «amor a Dios”. Se suele decir que el amor es ciego, pero la verdad es que el amor ayuda a percibir en la persona amada lo que se escapa a una mirada indiferente. Así sucede con Dios. Quien se coloca ante él en una actitud de amor confiado comienza a percibirlo de forma diferente. De ahí la importancia del mandato de Jesús, que puede parecer «pura abstracción», pero que es capaz de transformar la historia interior de la persona: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. »
Este amor a Dios es lo primero. Dios habita allí donde se le deja entrar, y la puerta por la que entra en la vida del ser humano es siempre el amor. Por otra parte, éste es el camino para que el hombre moderno, «audaz y desvalido, prepotente y decadente» descubra que es «hijo de Dios» y encuentre ahí su «centro de identificación» (E. Biser).
Estoy convencido de que todo el que mira a Dios, no con mirada indiferente sino con amor confiado, por muy perdido que se sienta o muy indigno que se vea, puede decir desde el fondo de su corazón aquellas palabras de Anselmo de Canterbury: «iQué lejos estoy de ti y qué cerca estás de mí! ¡Cómo escapas a mi mirada y qué presente estoy yo en la tuya!»
Es significativa la escena de Jesús en casa de Simón el fariseo. Este hombre no es capaz de descubrir el misterio encerrado en Jesús. La mujer, sin embargo, pecadora pero con una gran capacidad de amor, intuye que Jesús es su salvador y se acerca a él confiada. Jesús capta lo esencial: esta mujer «tiene mucho amor» por eso escucha las palabras decisivas: «Tus pecados están perdonados. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN

ASIGNATURA PENDIENTE

Simón, tengo algo que decirte.

Siempre me ha sorprendido el escaso eco que, por lo general, tienen en los varones las críticas y reivindicaciones de los movimientos feministas. Cualquier pretexto es bueno para ignorar la verdad de muchos de sus planteamientos.
Hay varones que adoptan una actitud absolutamente negativa. La mujer es un ser menos válido que el varón; es natural que, de alguna manera, le esté sometida. Está bien que se corrijan algunos abusos, pero nada esencial debe cambiar.
Otros ensalzan la dignidad de la mujer y la hacen portadora de valores sublimes (“el mito de lo femenino”). Se entusiasman hablando de las cualidades femeninas de la abnegación, la sensibilidad o la ternura. Pero en ningún momento ponen en duda la superioridad y el dominio del varón.
Este dominio del varón está tan arraigado y asumido (incluso por las mujeres) que fácilmente se piensa que es algo innato, inserto en la misma naturaleza de la sexualidad humana. Inútil enfrentarse a un hecho natural. Dios lo ha querido así.
Esta posición, además de ser científicamente insostenible, no nos ha de hacer olvidar que la actual dominación de la mujer proviene, en gran parte, de una conducta injusta de los varones. En el fondo hay una “distorsión de las relaciones humanas” (Rosemary Ruether), originada por el pecado del varón que, de hecho, trata a la mujer como un ser inferior, le impone egoístamente su poder y crea unas relaciones de subordinación y dependencia que no son justas.
De ahí la necesidad de promover esa “revolución de las conciencias” (B. Boutreau) que permita encontrar un modelo más justo y humano de relaciones entre ambos sexos. Este cambio cultural requiere corregir los modelos de mujer que se fomentan en nuestra sociedad (mujer-objeto, mujer-complemento del varón, mujer-reclamo, mujer-ayuda para el hombre…), pero exige, además, una conversión profunda en los varones.
Conversión de esa actitud patriarcal de quien impone sus decisiones pretendiendo ser dueño y señor de la voluntad de la mujer (“tu te callas”). Conversión de ese androcentrismo que considera a la mujer como algo marginal, que sólo es importante en relación al varón (“ayuda a tu hermano, que tú eres mujer”). Conversión de esa cosificación de la mujer como objeto de placer al servicio del varón (“ya no me apeteces”).
La tarea en inmensa. Son muchos los abusos, discriminaciones, menosprecios y malos tratos que hay que eliminar en el interior del hogar, en la educación, en la vida eclesial y en la convivencia social.
La Iglesia, en concreto, no denuncia hoy con la debida fuerza ese comportamiento masculino injusto ni predica a los varones la necesidad de una conversión profunda en el trato a la mujer. Es la “asignatura pendiente” de unos cristianos que no sabemos entender ni seguir la conducta revolucionaria de Jesús, el varón que, lleno del amor de un Dios Padre de todos, sabía acercarse a las mujeres para restaurar su dignidad aun provocando escándalos como en la casa del fariseo Simón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
18 de junio de 1989

¿EXCLUIDOS DELEVANGELIO?

Es una pecadora.

Una mujer pecadora está tocando a Jesús. La reacción de Simón es de indignación y escándalo. Aquella mujer es una indeseable a la que habría que alejar rápidamente del Profeta. La reacción de Jesús, por el contrario, es de acogida y comprensión. Sólo parece ver en ella un ser necesitado de amor, reconciliación y paz.
Esta actitud constante de Jesús, descrita a lo largo de todo el evangelio de Lucas, de acogida a los que parecen excluidos de antemano del Reino de Dios, nos ha de obligar a los cristianos a revisar nuestras actitudes hacia ciertos sectores y grupos a los que parece que negamos el derecho de acercarse a Jesús.
Entre estos grupos hay uno del que los cristianos apenas nos atrevemos a hablar: el mundo de los homosexuales y las lesbianas. Un mundo que las Iglesias han preferido casi siempre silenciar, mientras, socialmente, eran objeto de distorsiones, desprecios y persecución.
Apenas ni una palabra de esperanza. Sólo condenas y anatemas para reducirlos a la oscuridad, al silencio o al desprecio de los demás. ¿Dónde han podido escuchar una palabra que les hiciera sentirse llamados también ellos al Reino de Dios? ¿Cuándo han podido saber que Dios es también para los indeseables de la sociedad? ¿Quién les ha abierto un acceso al Evangelio?
Y, sin embargo, también los homosexuales y las lesbianas tienen derecho al Evangelio aunque esta simple afirmación suene de manera extraña y escandalosa a los oídos de bastantes cristianos.
Las comunidades cristianas nos hemos de preguntar qué ayuda hemos ofrecido a estos hombres y mujeres para crecer en madurez humana y responsabilidad cristiana. Qué mensaje han podido escuchar de nosotros para vivir su homosexualidad desde una actitud responsable y creyente.
No basta con adoptar una postura de condena o rechazo ni se puede juzgar de manera total y absoluta la vida de una persona reduciéndola a su sexualidad, sin tener en cuenta otros valores y dimensiones de su personalidad.
No se trata de silenciar las exigencias del evangelio a estos grupos, sino de anunciar y ofrecer también a estos hombres y mujeres la posibilidad de que descubran en Jesucristo su propia dignidad, la aceptación responsable de su condición y la acogida liberadora que les niega casi siempre la sociedad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
15 de junio de 1986

DIOS, EL ANTI-MAL

Tu fe te ha salvado.

Son bastantes los que, en nuestros días, han abandonado calladamente toda comunicación con Dios. Bastantes también los que han dado la espalda a todo interrogante religioso para vivir distraídos únicamente por la vida pequeña y fragmentaria de cada día.
Y cuando se los escucha atentamente, se descubre con frecuencia que la religión que abandonan y rechazan es algo que ha sido vivido como una carga y no como liberación.
Dios está todavía en el fondo de muchas conciencias como un ser amenazador y exigente que hace más incómoda la vida y más pesada la existencia. Un Dios vigilante, que impone obligaciones duras y difíciles y amenaza con castigos oscuros e inexplicables.
Se diría que son bastantes los que, sin atreverse a confesarlo abiertamente, desearían que Dios no existiera. Así podríamos vivir con más libertad y más gozo, disfrutando de la vida con más espontaneidad, libres por fin de amenazas y coacciones eternas.
Dios no ha sido ni es para muchos «Buena Noticia». La religión no ha sido gracia, liberación, alivio, fuerza y alegría para vivir.
Y sin embargo, si hay algo esencial en el cristianismo es la fe en un Dios que quiere únicamente el bien, la felicidad del hombre. Un Dios que es «Anti-mal» (E. Schillebeeckx), que dice un no radical a todo lo que provoca el dolor y la desintegración del ser humano.
Cualquier lectura del evangelio que lleve a los hombres a la angustia, la desesperanza, el agobio y la neurosis, es falsa.
Todo lo que impida ver a Dios como gracia, liberación, perdón, alegría y fuerza para crecer como seres humanos, es, de alguna manera, blasfema. Todo lo que debilita, entristece y esclaviza al hombre no es de Dios.
En Jesús se nos ha revelado que Dios no es destructor de la vida y la felicidad, sino Amor a la vida y Amor al hombre.
Jesús está siempre del lado del hombre frente al mal que oprime, desintegra y deshumaniza. Por esto, está siempre del lado del perdón.
Y por eso también el creyente que «ha entendido» a Jesús, no desespera ante su propia fragilidad y pequeñez. Tampoco niega su culpa para echársela cómodamente a los otros. Sabe asumir su propia responsabilidad y confesar su pecado y su mal, porque se sabe perdonado.
Es un regalo poder escuchar en el fondo más íntimo de la propia conciencia las mismas palabras que Jesús dirigió a la pecadora: «Tú fe te ha salvado. Vete en paz». La experiencia del perdón, ella sola sería capaz de mantener la esperanza en el mundo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
12 de junio de 1983

NECESIDAD DEL PERDON

“Al que poco se le perdona, poco ama”.

Unos de los rasgos más espectaculares de nuestros días es, sin duda, el paso de una sociedad unitaria y rígida a una sociedad más pluralista y tolerante en todos los campos de la vida.
En pocos años se han ido desmoronando entre nosotros las murallas del uniformismo ideológico. No solamente se ha admitido públicamente el pluralismo político y confesional. De hecho, han ido surgiendo y consolidándose entre nosotros diversas ideologías y actitudes frente a la existencia.
Hoy en día las ideologías y planteamientos prácticos son muchos y variados. Sociológicamente nadie puede presentarse con el monopolio de la verdad y la justicia. Ninguna ideología, ningún sistema, ninguna confesión religiosa ni grupo humano puede pretender imponerse en nuestra sociedad como el único poseedor de todo lo que es justo y verdadero.
Sin duda este pluralismo puede ser grandemente enriquecedor si aprendemos a vivir en el respeto mutuo, en una sana tolerancia y en diálogo constructivo. Nunca la intransigencia, la intolerancia y el totalitarismo ayudan a un pueblo a descubrir su verdadero rostro humano.
Pero es indudable que en una sociedad pluralista como la nuestra debemos estar atentos a un riesgo nuevo. Un clima de permisividad pluralista puede conducirnos a un indiferentismo y una relativización de valores. Más concretamente, tenemos el riesgo de subestimar cualquier proyecto moral y perder progresivamente la conciencia de culpabilidad.
Quizás cada uno nos vamos configurando “una moral a nuestra medida”. Una moral cómoda desde la que juzgamos duramente a los demás al mismo tiempo que nos sentimos siempre justos.
Esta puede ser nuestra gran equivocación. La del fariseo Simón, un hombre que, desde sus propios esquemas morales, juzga duramente a la mujer “pecadora”, mientras es incapaz de sospechar que también él es pecador y necesita vivir el perdón.
El hombre que siempre se siente justo y cree que no tiene necesidad del perdón, se halla en peligro. Es un hombre que corre el riesgo de deshumanizarse poco a poco. Sabe juzgar, condenar y despreciar. Pero no sabrá acoger, comprender y ayudar.
Un hombre que no siente necesidad de conversión y perdón, difícilmente nos ayudará a cambiar la sociedad y hacerla mejor, pues no es capaz de cambiarse a sí mismo.

José Antonio Pagola


HOMILIA

Del libro: JESÚS AROXIMACIÓN HISTÓRICA

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Jesús insistirá: hay que aprender a mirar de otra manera a esas gentes extraviadas que casi todos desprecian. Una pequeña parábola pronunciada por Jesús en casa de un fariseo expresa bien su manera de pensar. Jesús ha sido invitado a un banquete de carácter festivo. Los comensales toman parte en la comida, recostados cómodamente sobre una mesa baja. Son bastantes, todos varones, y, al parecer, no caben en el interior de la vivienda. El banquete tiene lugar delante de la casa, de manera que los curiosos pueden acercarse, como era habitual, a observar a los comensales y escuchar su conversación.
De pronto se hace presente una prostituta de la localidad. Simón la reconoce inmediatamente y se siente molesto: esa mujer puede contaminar la pureza de los comensales y estropear el banquete. La prostituta se dirige directamente a Jesús, se echa a sus pies y rompe a llorar. No dice nada. Está conmovida. No sabe cómo expresar su alegría y agradecimiento. Sus lágrimas riegan los pies de Jesús. Prescindiendo de todos los presentes, se suelta su cabellera y se los seca. Es un deshonor para una mujer soltarse el cabello delante de varones, pero ella no repara en nada: está acostumbrada a ser despreciada. Besa una y otra vez los pies de Jesús y, abriendo el pequeño frasco que lleva colgando de su cuello, se los unge con un perfume precioso.
Al intuir el recelo de Simón ante los gestos de la prostituta y su malestar por su acogida serena, Jesús le interpela con una pequeña parábola:

Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?

El ejemplo de Jesús es sencillo y claro. No sabemos por qué un acreedor perdona la deuda a sus dos deudores. Sin duda es un hombre generoso que comprende los apuros de quienes no pueden pagar lo que deben. La deuda de uno es grande: quinientos denarios, el sueldo de casi dos años de trabajo en el campo, una cantidad casi imposible de pagar para un campesino. La del segundo solo asciende a cincuenta denarios, una suma más fácil de conseguir, el sueldo de siete semanas. ¿Cuál de los dos le estará más agradecido? La respuesta de Simón es lógica: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Los oyentes piensan igual.
Así está sucediendo con la llegada de Dios. Su perdón despierta la alegría y el agradecimiento en los pecadores, pues se sienten aceptados por Dios no por sus méritos, sino por la gran bondad del Padre del cielo. Los «perfectos» reaccionan de manera diferente: no se sienten pecadores ni tampoco perdonados. No necesitan de la misericordia de Dios. El mensaje de Jesús los deja indiferentes. Esta prostituta, por el contrario, conmovida por el perdón de Dios y las nuevas posibilidades que se abren a su vida, no sabe cómo expresar su alegría y agradecimiento. El fariseo Simón ve en ella los gestos ambiguos de una mujer de su oficio, que solo sabe soltarse el cabello, besar, acariciar y seducir con sus perfumes. Jesús, por el contrario, ve en el comportamiento de aquella mujer impura y pecadora el signo palpable del perdón inmenso de Dios:

«Mucho se le debe de haber perdonado, porque es mucho el amor y la gratitud que está mostrando».

¿No tendrá razón Jesús? ¿No será el Dios de la misericordia la mejor noticia que podemos escuchar todos? Ser misericordiosos como el Padre del cielo, ¿no será esto lo único que nos puede liberar de la impiedad y la crueldad?
Pero, si todos los hombres y mujeres viven del perdón y la misericordia de Dios, ¿no habrá que introducir un nuevo orden de cosas donde la compasión no sea ya una excepción o un gesto admirable sino una exigencia normal?
¿No será esta la forma práctica de acoger y extender su reinado en medio de sus hijos e hijas?

José Antonio Pagola


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