lunes, 3 de junio de 2013

09/06/2013 - 10º domingo Tiempo ordinario (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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9 de junio de 2013

10º domingo Tiempo ordinario (C)



EVANGELIO

¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
- No llores.
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
- ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo:
- Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
9 de junio de 2013

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO

Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.
En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?
El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.
No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.
No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.
Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.
En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.
Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS

ANESTESIA

(Ver la homilía del 8 de junio de 1986)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
10 de junio de 2007

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS

ANESTESIA

(Ver la homilía del 8 de junio de 1986)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES

CRISIS

No llores.

Desde que nacemos, no hacemos otra cosa que buscar, anhelar, reclamar algo que no poseemos, pero que necesitamos para vivir con plenitud. Nuestro error está en pensar que podemos saciar los anhelos más hondos del corazón satisfaciendo nuestras pequeñas necesidades de cada día. Por eso, no es malo sentir la sacudida de la crisis que nos advierte de nuestro error.
A veces, la crisis no es una ruptura desgarradora. Sólo el «mal sabor» que va dejando en nosotros una existencia vivida de manera frívola y mediocre. Tengo de todo, podría ser feliz, ¿de dónde me brota esa fastidiosa sensación de vacío y false re dad? ¿Por qué esa nostalgia a veces tan fuerte de algo diferente, más bello y auténtico que todo lo que me rodea?
Otras veces, es el cansancio, la insatisfacción de vivir haciendo siempre lo mismo y del mismo modo, la frustración de vivir de manera repetitiva y mecánica. ¿Eso es todo? ¿Me he de contentar con levantarme, trabajar, descansar el fin de semana y volver de nuevo a repetir el mismo recorrido? ¿Qué es lo que anhela mi ser?
Tarde o temprano, llega también la crisis que rompe nuestra seguridad. Vivíamos tranquilos, sin problemas ni preocupaciones. Todo parecía asegurado para siempre. De pronto, la sombra de una enfermedad grave, la muerte de un ser querido, la crisis de la pareja... ¿por qué no hay paz duradera? Una cosa es clara: mis deseos no tienen límite, pero yo soy frágil y limitado. En el fondo, ¿no estoy deseando algo que supera todo lo que conozco?
Estoy convencido de que son muchas las personas que experimentan algo de esto más de una vez en su vida, aunque luego no hablen de ello ni sepan cómo explicarlo a otros. Pero estas crisis se dan y son importantes porque crean un espacio para hacernos preguntas, para liberarnos de engaños y para enraizar mejor nuestra vida en lo esencial.
Los evangelistas nos presentan a Jesús como fuente de esperanza en medio de las crisis del ser humano. En el relato de Lucas se nos dice que Jesús se encuentra con un entierro en las afueras de Naim. Sus ojos se fijan en una mujer rota por la desgracia: una viuda sola y desamparada que acaba de perder a su único hijo. Jesús sólo le dice dos palabras: «No llores». Siempre es posible la esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE

MUJERES VIOLENTADAS

Mujer, no llores.

Es sorprendente que una sociedad que parece tan sensible a las diferentes violencias y opresiones, no se atreva a abordar en profundidad la violencia que los varones ejercen sobre la mujer. Sin embargo, esta violencia no es algo imaginario, sino, desgraciadamente, una de las violencias más arraigadas en la Humanidad y que más sufrimiento genera en el mundo.
Los varones que maltratan, violentan o degradan a la mujer dentro o fuera del matrimonio son seres reales. Hombres «respetables» que saben elevar su voz para pedir más libertad y respeto a los derechos de las personas.
Hemos construido una sociedad donde la mujer no puede moverse libremente sin temor a los varones. Recientes estudios realizados en Estados Unidos indican que toda mujer tiene un 46 % de probabilidades de ser víctima, en un determinado momento de su vida, de una violación consumada o intentada. ¿Estamos muy lejos de estos niveles entre nosotros? Los violadores no son necesariamente seres desequilibrados. Son fruto ellos mismos de un clima de agresividad y violencia donde se sigue perpetuando el dominio del varón sobre la mujer por la fuerza.
Pcro lo más grave es que todos los datos disponibles, cada vez más abundantes, indican que las mujeres violentadas por sus maridos son el doble que las violadas por extraños. Vejaciones físicas y psicológicas que la esposa ha de sufrir sintiéndose íntimamente violada por aquel que se supone que la ama.
Pero nadie parece muy interesado en denunciar estos comportamientos. Las personas de talante conservador, modeladas por una «cultura patriarcal», se niegan a apoyar una intervención social en «el santuario de la familia» donde la esposa ha de estar a la total disponibilidad del marido ya que, de alguna manera, es su «propiedad».
Las personas de talante liberal que han acogido con gozo «la revolución sexual» se niegan a reconocer que esta revolución, al banalizar el sexo sin desarrollar la ternura, la mutua acogida y las relaciones personales de la pareja, está perpetuando la violencia contra la mujer de una manera todavía más brutal y deshumanizadora.
Mientras tanto, las Iglesias no parecen escuchar en Jesucristo un mensaje liberador para la mujer. Tal vez no hemos descubierto todavía a ese Jesús que nos describe Lucas en su evangelio, preocupado en poner paz y amor entre los sexos, dedicado a liberar a la mujer de tantas vejaciones y sufrimientos y de cuyos labios salen siempre las mismas palabras: «Mujer no llores.» Ese Jesús que, ante la mujer y ante todos, utiliza siempre el poder no para dominar, sino para crear y liberar del sufrimiento.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS

EXPERIENCIA NUEVA

Dios ha visitado a su pueblo.

La religión de no pocos está configurada por imágenes, conceptos y creencias que a ellos mismos les resultan poco convincentes. No le falta razón al teólogo Torres Queiruga cuando describe la situación religiosa de bastantes en estos términos: «Se cree, pero se duda de que las cosas puedan ser así; se duda, pero no se osa preguntar; se pregunta, pero no se dan respuestas claras... »
Tengo la impresión de que, a veces, se vive la religión como algo anticuado y poco grato, que todavía se conserva «por si acaso». A nadie se le oculta que esta manera de vivir la fe «bajo eterna sospecha» no puede ser fuente de gozo interior ni estímulo para vivir. ¿Qué hacer? ¿Echar a Dios del corazón? ¿Olvidar todo esto como algo que sólo puede interesar a gentes que no saben vivir a la altura de los tiempos? Estoy convencido de que muchas personas necesitan hoy ir al «núcleo de la fe»; desprenderse de falsas ideas que les impiden el encuentro con el Dios Vivo; deshacer fantasmas creados por el miedo. En definitiva, vivir una experiencia realmente nueva de Dios.
Lo primero es revisar a fondo cómo se entiende y se vive la religión. A veces, se piensa que hay como dos mundos. Por una parte, «la religión», el ámbito de creencias, ritos, oraciones y deberes religiosos; el mundo que le pertenece a Dios; lo que le interesa a Él. Por otra, «la vida humana», el mundo propiamente «nuestro», en el que nos movemos, trabajamos y nos divertimos; el mundo de nuestros intereses.
Según esta concepción, Dios buscaría lo que le conviene a Él, su gloria, mientras los hombres y mujeres nos afanamos por lo que nos conviene a nosotros. O si se quiere, a Dios sólo le interesaría de nosotros lo que está relacionado con «lo sagrado», no nuestra vida. De hecho, no pocos viven la religión tratando de servir a Dios con la sensación de que hacen lo que le interesa a Él, pero no lo que de verdad les conviene a ellos.
Qué transformación cuando la persona descubre que a Dios lo único que le interesa somos nosotros, que no piensa en sí mismo sino en nuestro bien, que lo único que le da gloria es nuestra vida vivida en plenitud. Yo he visto a alguien llorar de alegría al intuir por vez primera con claridad desbordante que Dios sólo quiere nuestra felicidad total y desde ahora mismo.
El evangelista Lucas nos describe un entierro en la pequeña aldea de Naím. Al ver a la madre viuda que ha perdido a su hijo único, Jesús se conmueve y le dice: «No llores. » Al comprobar la intervención vivificadora de Jesús y ver al joven lleno de vida, la gente que capta lo sucedido grita: «Dios ha visitado a su pueblo. » Dios no quiere que el ser humano llore.
Alguien me dijo en cierta ocasión: «Qué suerte si Dios fuera como Vd. lo presenta; pero ¿será así?» No. Dios no es como yo trato de presentarlo. Dios es siempre mayor y mejor que todo lo que podamos balbucir los humanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN

PERDER AL SER QUERIDO

No llores.

Pocas experiencias hay tan dolorosas en la vida de la persona como la pérdida de un ser querido. El amor no es eterno. La amistad no es para siempre. Tarde o temprano, llega el momento del adiós. Y, de pronto, todo se nos hunde. Impotencia, pena, desconsuelo; parece que nuestra vida ya no podrá ser nunca como antes. ¿Cómo recuperar de nuevo el sentido de la vida?
Lo primero es recordar que liberarse del dolor no quiere decir olvidar al ser querido o amarlo menos. Recuperar la vida no es una deshonra ni una ofensa a la persona que se nos ha muerto. De alguna manera, esa persona vive en nosotros. Su amor, su cariño, su manera de ser nos han enriquecido a lo largo de los años. Ahora, hemos de seguir viviendo.
Hemos de elegir entre hundirnos en la pena o construir de nuevo la vida; sentirnos víctimas o mirar hacia adelante con confianza. El pasado ya no puede cambiar. Es nuestra vida de ahora la que podemos transformar. Reiniciar las actividades abandonadas; proponernos vivir una hora, esta tarde, un día, sin mirar, cada vez, con angustia todo lo que nos espera.
Tal vez, por dentro se nos acumulan toda clase de sentimientos cuando recordamos al ser querido. Momentos de gozo y de plenitud, recuerdos dolorosos, heridas mutuas, penas compartidas, proyectos que han quedado a medias. Cómo ayuda entonces poder comunicar lo que se siente a una persona amiga; poder llorar con alguien que comprende nuestro dolor.
Puede brotar también en nosotros el sentimiento de culpa. Ahora que hemos perdido a esa persona, nos damos cuenta de que no la hemos comprendido, que la podíamos haber querido mejor. No es justo torturarnos ahora por errores cometidos en el pasado. Sólo sirve para deprimimos. Es verdad que nuestro amor siempre es imperfecto. Ahora lo importante es aprender a perdonamos a nosotros mismos y sentirnos perdonados por Dios.
A veces no es fácil recuperarse. La ausencia del ser querido nos pesa demasiado, y la tristeza y el desconsuelo se apoderan de nosotros una y otra vez. Puede ser el momento de acudir a la propia fe. Desahogarse con Dios no es pecado. Dios no rechaza nuestras quejas. Las entiende. Cuántos creyentes han encontrado de nuevo la fuerza y la paz en esa oración. «No sé lo que hubiera hecho si no hubiera tenido fe)); «Dios me está dando la fuerza que necesito.»
El evangelista Lucas nos describe una escena conmovedora que invita a despertar nuestra fe. Al acercarse a la pequeña aldea de Naím, Jesús se encuentra con una viuda que ha perdido a su hijo único al que llevan a enterrar. Al verla, Jesús se conmueve. Y de sus labios salen dos palabras que hemos de escuchar desde lo más hondo de nuestro ser como venidas del mismo Dios: «No llores».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
11 de junio de 1989

VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

Mujer, no llores.

Es sorprendente que una sociedad que parece tan sensible a las diferentes violencias y opresiones, no se atreva a abordar en profundidad la violencia que los varones ejercen sobre la mujer.
Sin embargo, esta violencia no es algo imaginario sino, desgraciadamente, una de las violencias más arraigadas en la Humanidad y que más sufrimiento genera en el mundo.
Los varones que maltratan, violentan o degradan a la mujer dentro o fuera del matrimonio son seres reales. Hombres “respetables” que saben elevar su voz para pedir más libertad y respeto a los derechos de las personas.
Hemos construido una sociedad donde la mujer no puede mover- se libremente sin temor a los varones. Recientes estudios realizados en Estados Unidos indican que toda mujer tiene un 46 por 100 de probabilidades de ser víctima, en un determinado momento de su vida, de una violación consumada o intentada. ¿Estamos muy lejos de estos niveles entre nosotros?
Los violadores no son necesariamente seres desequilibrados. Son fruto ellos mismos de un clima de agresividad y violencia donde se sigue perpetuando el dominio del varón sobre la mujer por la fuerza.
Pero lo más grave es que todos los datos disponibles, cada vez más abundantes, indican que las mujeres violentadas por sus maridos son el doble que las violadas por extraños. Vejaciones físicas y sicológicas que la esposa ha de sufrir sintiéndose íntimamente violada por aquel que se supone que la ama.
Pero nadie parece muy interesado en denunciar estos comportamientos entre esposos que serían delito entre extraños.
Las personas de talante conservador, modeladas por una “cultura patriarcal”, se niegan a apoyar una intervención social en “el santuario de la familia” donde la esposa ha de estar a la total disponibilidad del marido ya que, de alguna manera, es su “propiedad”.
Las personas de talante liberal que han acogido con gozo “la revolución sexual” se niegan a reconocer que esta revolución, al banalizar el sexo sin desarrollar la ternura, la mutua acogida y las relaciones personales de la pareja, está perpetuando la violencia contra la mujer de una manera todavía más brutal y deshumanizadora.
Mientras tanto, las Iglesias no parecen escuchar en Jesucristo un mensaje liberador para la mujer. Tal vez no hemos descubierto todavía a ese Jesús que nos describe San Lucas en su evangelio, preocupado en poner paz y amor entre los sexos, dedicado a liberar a la mujer de tantas vejaciones y sufrimientos y de cuyos labios salen siempre las mismas palabras: “Mujer, no llores”.
Ese Jesús que, ante la mujer y ante todos, utiliza siempre el poder no para dominar sino para crear y liberar del sufrimiento.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
8 de junio de 1986

ANESTESIA

Le dio lástima...

Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión. La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del Tercer Mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.
Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida. Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre pasan a otros. Todavía no ha llegado nuestra hora. Nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para el futuro.
Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos cómo eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.
Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos. Recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos, deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo, pero simplemente para que no nos molesten demasiado. Deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad.
De mil maneras, nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz. La actitud de Jesús nos desenmascara y nos descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo. Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos sus hijos e hijas.
Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea. Cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente. Reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida. Lucas describe así la escena. Al entrar en la aldea de Nain, Jesús se encuentra con un entierro: una viuda marcha a enterrar a su hijo único. «Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: No llores». Así es Jesús. No puede ver llorar a alguien sin reaccionar.
En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, tiene capacidad de sufrir con ellos y aliviar su dolor. La persona que sigue las huellas de Jesús siempre será una persona feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
5 de junio de 1983

EL DERECHO A TENER CORAZON

Le dio lástima.

Con frecuencia alarmante nos encontramos en la prensa diaria con la noticia casi obligada de que en algún lugar de nuestra tierra ha caído muerto un hombre cazado implacablemente por sus adversarios.
A los pocos días podremos leer los comunicados correspondientes donde se nos informará, de manera generalmente muy inconcreta, de los delitos que supuestamente legitiman la «ejecución» y que prueban la justicia y limpieza de aquella muerte.
Otras veces, los comunicados no se extienden en explicación alguna. Se entiende que la víctima era un enemigo eliminable y su muerte sólo una cuestión de «racionalidad de medios de cara a un fin».
Pero nadie nos habla de los proyectos, las ilusiones y los sueños de ese joven violentamente arrancado de la vida y que nunca llegarán a realizarse. Nadie nos dice nada del vacío inmenso que deja en el corazón acongojado de su joven esposa. Nadie parece recordar demasiado el vacío irreparable y el trauma angustioso que marcará para siempre a sus hijos.
Todo sucede como si el muerto fuera sólo una sigla, un uniforme, una pieza que era necesario hacer saltar dentro de una fría estrategia.
Parece prohibido ver en él a un hombre como nosotros, un esposo enamorado al que ya no podrá abrazar nunca su joven viuda, un padre querido al que ya no podrán esperar nunca sus hijos.
Parece que se nos niega el derecho a tener corazón y sentimientos humanos. Y hasta corre uno el riesgo de ser tachado de insolidaridad con «la causa vasca» por el mero hecho de querer ser solidario con la causa del hombre, de todo hombre.
Por eso es bueno que nos detengamos hoy ante Jesús de Nazaret y aprendamos de su comprensión, su cercanía y su dolor ante aquel joven muerto, hijo único de una pobre viuda de Naín. Quizás aprendamos algo muy necesario entre nosotros: sufrir con todos los que sufren.
Necesitamos hombres de espíritu lúcido y magnánimo, capaces de compadecer a todo hombre. Al que cae muerto por las balas de sus ejecutores y al que, durante toda su vida, tendrá que soportar el haber dado muerte a alguien que en definitiva era su hermano.
Porque cuando un hombre es ejecutado violentamente, la muerte no alcanza solamente al caído. Hay algo que muere para siempre en el que se ha atrevido a atentar contra la vida.

José Antonio Pagola

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