lunes, 12 de marzo de 2012

18/03/2012 - 4º Domingo de Cuaresma (B)

Inicio ..... Ciclo A ..... Ciclo B ..... Ciclo C ..... Euskera ... Multilingue

Homilias de José Antonio Pagola

Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.




18 de marzo de 2012

4º Domingo de Cuaresma (B)



EVANGELIO

Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
- «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
18 de marzo de 2012

MIRAR AL CRUCIFICADO

El evangelista Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús «de noche». Intuye que Jesús es «un hombre venido de Dios», pero se mueve entre tinieblas. Jesús lo irá conduciendo hacia la luz. Nicodemo representa en el relato a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece de escena y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz. Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación es atrevida: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». ¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz? Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles. Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor. En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos. Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su "amor loco" a la Humanidad. «Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Pero «la Luz ya ha venido al mundo». ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado? Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero «el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
22 de marzo de 2009

DIOS AMA EL MUNDO

No es una frase más. Palabras que se podrían eliminar del Evangelio, sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.
«Dios ama el mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero, Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Sólo quien se acerca a Jesucristo como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus gestos, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: La Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.
Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es muy peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
26 de marzo de 2006

DIOS ES DE TODOS

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.

Pocas frases habrán sido tan citadas como ésta que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús. Los autores ven en ella un resumen del núcleo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo segundo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».
Dios ama al mundo entero, no sólo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no sólo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.
Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada uno, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».
Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la Humanidad entera disfrutando de su creación.
Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la Tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y con los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.
Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no hacen la vida más bella y luminosa recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
30 de marzo de 2003

CON HUMILDAD Y VERDAD

El que realiza la verdad se acerca a la luz.

Se dice que el hombre actual no quiere oír hablar de Dios. En muchos casos, no es así. Quiere oír hablar de Dios, pero no con lenguaje insincero o con palabras faltas de verdad. No soporta un discurso religioso lleno de tópicos y frases hechas. Busca algo más que un Dios convencional. Y en esto tiene toda la razón.
Ante el misterio de Dios, la cuestión vital es la sinceridad. Mantenerse en la verdad, no engañarse a sí mismo y no engañar a los demás. León XIII solía decir que «Dios no necesita de nuestras mentiras». Ni Dios ni la Iglesia ni la fe pierden nada con la verdad. Al contrario, la verdad acerca a Dios.
Por eso, hemos de alegrarnos de algo que puede pasar desapercibido, pero que es enormemente positivo. El ateísmo moderno está obligando a los creyentes a purificar su imagen de Dios. Con sus objeciones y críticas, está apremiando a las Iglesias a una mayor sinceridad y verdad.
Cada vez tendrá menos sentido una apologética barata de la fe, que no tome en serio las dificultades reales que siente el hombre de hoy para creer. Cuando se busca sinceramente a Dios para uno mismo y para los demás, hay que renunciar a tópicos y soluciones simplistas. La fe permanece viva, seguramente más viva que nunca, pero hay fórmulas y esquemas que pueden tambalearse.
Por eso, la verdadera teología no es triunfalista, sino humilde. No trata de imponer a Dios a nadie. Solo rastrear los caminos que nos pueden acercar a él. Anunciar su misterio de amor insondable, y no las adherencias culturales que pueden ocultar su ternura hacia todo ser humano. ¿Qué verdad encierran los discursos de teólogos, maestros y predicadores, si no despiertan la alabanza al Creador, si no traen al mundo algún crecimiento en la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, si no ayudan a vencer el pecado del desaliento existencial?
El malogrado teólogo húngaro, Ladislao Boros, solía recordar que la forma más temible de ateísmo que nos amenaza a todos es «el ateísmo de la insinceridad». Es cierto. Unos nos decimos creyentes y otros agnósticos, pero la verdad es que sólo el que busca sinceramente está cerca de Dios. Unos y otros podemos dar pasos equivocados, pero al que busca la luz, Dios le sale al encuentro hasta en sus errores.
Bajo actitudes de autosuficiencia dogmática o de pasotismo agnóstico, se puede esconder con frecuencia una falta de coraje para acercarse con sinceridad al Dios vivo y verdadero. Por eso, todos deberíamos escuchar las palabras de Jesús: «El que realiza la verdad se acerca a la luz».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
2 de abril de 2000

QUEDARSE CIEGO

El que realiza la verdad se acerca a la luz.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida, sin verdad interior que ilumine nuestros pasos. Hay muchas formas de caminar en tinieblas sin saber exactamente qué queremos o hacia dónde vamos. No es superfluo señalar algunas.
Es muy fácil pasarse la vida entera ocupado sólo por las cuestiones más inmediatas y, aparentemente, más urgentes y prácticas, sin preguntarme nunca «qué voy a hacer de mí» (X. Zubiri). Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.
Es también corriente vivir programado desde fuera. La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir decidiendo qué me ha de interesar, hacia dónde he de dirigir mis gustos, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir. Son otros los que deciden y fabrican mi vida. Yo me dejo llevar ciegamente.
Hay otra manera muy posmoderna de caminar en tinieblas: vivir haciendo «lo que me apetece», sin adentrarme nunca en la propia conciencia. Al contrario, eludiendo siempre esa voz interior que me recuerda mi dignidad de persona responsable.
Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentimos a nosotros mismos. Construimos una «mentira-raíz», fabricamos una personalidad falsa, instalamos en ella y vivir el resto de nuestra vida al margen de la verdad.
Es también tentador ignorar aquello que nos obligaría a cambiar. Cerrar los ojos y «autocegarnos» para no ver lo que nos interpelaría. Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a otros y para juzgamos a nosotros mismos, no enfrentarnos a la luz.
Todos deberíamos escuchar desde dentro las palabras de Jesús que nos invitan a salir de nuestra ceguera: «Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
9 de marzo de 1997

DESPEDIDA DIFERENTE

… para que tengan vida eterna.

Los médicos no le ocultaron la verdad. El diálogo que mantuvo con uno de ellos al despertar de la operación fue breve, pero claro: «¿Habéis podido hacer algo?» «No.» «¿Será doloroso?» «No necesariamente.» «¿Será un proceso largo?» «No.» Desde ese momento, Jesús Jáuregui, párroco de Ataun, sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida.
No es fácil hablar con un hombre que conoce ya su final. Todo se vuelve más serio. No se puede conversar ligeramente sobre cualquier cosa. Con Jesús me resultó diferente. Era él quien hablaba con paz de su muerte ya próxima. «José Antonio, ahora tengo que vivir lo que tantas veces he predicado a otros.» Cuando entré en su habitación, estaba siguiendo en el televisor la transmisión de la misa dominical, pero él lo veía ya todo con ojos diferentes: «Cuántas cosas decimos los cristianos. Lo importante no es hablar sino creer.»
Los médicos acertaron en su pronóstico. La vida de Jesús se fue apagando en pocas semanas. Llegado el momento, quiso recibir el sacramento de la unción y despedirse de esta vida confesando su fe en el Dios vivo de Jesucristo. Difícilmente olvidaré la tarde de ese siete de febrero. Jesús, incorporado sobre el lecho; a su alrededor, sus familiares, amigos y sacerdotes. Aquello no era un rito forzado, realizado de forma precipitada y nerviosa en los últimos instantes. Era una celebración honda de fe en la que todos orábamos y cantábamos acompañando al enfermo.
Al comenzar la liturgia, Jesús nos hizo un gesto para que lo escucháramos, y con voz ya bastante apagada fue recordando momentos oscuros de su vida y momentos llenos de luz. Dio gracias a Dios y pidió perdón. Con palabras muy meditadas, sin duda, dijo así: «Soy un pecador, pero un pecador que cree en Dios y que pide su perdón.» Se le veía vivir cada gesto con fe intensa. Al final, quiso darnos a cada uno el abrazo de paz. Era difícil contener las lágrimas. Sólo él nos miraba con agradecimiento y paz.
Terminada la celebración, quiso quedarse solo en su habitación. Necesitaba estar a solas con Dios. Cuando me acerqué a despedirlo, le pedí que me dejara escribir un día sobre lo vivido aquella tarde junto a él. Enseguida comprendí lo inoportuno de mis palabras. Jesús ya no pensaba en esta vida; su corazón estaba en otro lugar: «Haz lo que quieras. Yo no estaré aquí.»
Hoy son pocos los que mueren así. Por lo general, enfermos, familiares y amigos preferimos engañarnos unos a otros. No nos atrevemos a ayudar al enfermo a vivir el final de su vida sostenido por el consuelo de la fe en Dios. Podemos, sin duda, justificar de muchas maneras nuestra actitud. Por otra parte, la trayectoria de cada persona es diferente. Pero a veces olvidamos que la fe no es sólo para orientar esta vida, sino «para que todo el que crea en El tenga vida eterna» (Juan 3, 16). A mí me gustaría despedirme de este mundo como este joven párroco.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
13 de marzo de 1994

CUESTION DE SINCERIDAD

El que realiza la verdad se acerca a la luz.

Se dice que el hombre actual no quiere oír hablar de Dios. En muchos casos, no es así. Quiere oír hablar de Dios, pero no con lenguaje insincero o con palabras faltas de verdad. No soporta un discurso religioso lleno de tópicos y frases hechas. Busca algo más que un Dios convencional. Y en esto tiene toda la razón.
Ante el misterio de Dios, la cuestión vital es la sinceridad. Mantenerse en la verdad, no engañarse a sí mismo y no engañar a los demás. León XIII solía decir que «Dios no necesita de nuestras mentiras». Ni Dios ni la Iglesia ni la fe pierden nada con la verdad. Al contrario, la verdad acerca a Dios.
Por eso, hemos de alegramos de algo que puede pasar desapercibido, pero que es enormemente positivo. El ateísmo moderno está obligando a los creyentes a purificar su imagen de Dios. Con sus objeciones y críticas, está apremiando a las Iglesias a una mayor sinceridad y verdad.
Cada vez tendrá menos sentido una apologética barata de la fe, que no tome en serio las dificultades reales que siente el hombre de hoy para creer. Cuando se busca sinceramente a Dios para uno mismo y para los demás, hay que renunciar a tópicos y soluciones simplistas. La fe permanece viva, seguramente más viva que nunca, pero hay fórmulas y esquemas que pueden tambalearse.
Por eso, la verdadera teología no es triunfalista, sino humilde. No trata de imponer a Dios a nadie. Solo rastrear los caminos que nos pueden acercar a él. Anunciar su misterio de amor insondable, y no las adherencias culturales que pueden ocultar su ternura hacia todo ser humano. ¿Qué verdad encierran los discursos de teólogos, maestros y predicadores, si no despiertan la alabanza al Creador, si no traen al mundo algún crecimiento en la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, si no ayudan a vencer el pecado del desaliento existencial?
El malogrado teólogo húngaro, Ladislao Boros, solía recordar que la forma más temible de ateísmo que nos amenaza a todos es «el ateísmo de la insinceridad». Es cierto. Unos nos decimos creyentes y otros agnósticos, pero la verdad es que solo el que busca sinceramente está cerca de Dios. Unos y otros podemos dar pasos equivocados, pero al que busca la luz, Dios le sale al encuentro hasta en sus errores.
Bajo actitudes de autosuficiencia dogmática o de pasotismo agnóstico, se puede esconder con frecuencia una falta de coraje para acercarse con sinceridad al Dios vivo y verdadero. Por eso, todos deberíamos escuchar las palabras de Jesús: «El que realiza la verdad se acerca a la luz.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
10 de marzo de 1991

PREGUNTAS ELEMENTALES

El que realiza la verdad se acerca a la luz.

Eliminado aquel Dios “infantil” en el que habían creído desde los primeros años de su infancia, hoy son bastantes las personas que ya no aciertan a creer en nada. No es que rechacen a Dios. Es que no saben qué hacer para encontrarse con él. Surgen entonces preguntas elementales a las que es necesario responder.
¿Hay que hacer algo para creer? Sí. No basta una actitud pasiva o frívola. Tampoco es suficiente “dejarse llevar” por la tradición religiosa de nuestros padres. Es necesario buscar un sentido último al misterio de nuestra vida. Pero, ¿qué hacer en concreto? Estar más atentos a los interrogantes, anhelos y llamadas que brotan constantemente de nuestro interior.
¿Se puede creer teniendo dudas? Sí. Para ser creyente no es necesario resolver con certeza todos los interrogantes y dudas que surgen en nuestro interior. Lo decisivo es buscar honestamente la verdad de Dios en nuestra vida. No es más creyente el que con más seguridad habla acerca de “los dogmas y la moral”, sino quien más se esfuerza por vivir en la verdad ante Dios.
Creer, ¿es sencillo o complicado? Creer es tan sencillo y, al mismo tiempo, tan complicado como lo es el vivir, amar o ser humano. Lo propio del creyente es que no se contenta con vivir de cualquier manera esta vida tan compleja y enigmática, y que encuentra precisamente en su fe el mejor estímulo y la mejor orientación para vivirla intensamente.
¿Se le puede obligar a uno a creer? No. A nadie se le puede forzar desde fuera para que crea. Cada uno es responsable de su propia vida y del sentido que quiera dar a su vivir y a su morir. Lo que todos podemos hacer es dialogar entre nosotros, compartir y contrastar nuestras propias experiencias, y ayudarnos a ser siempre más humanos.
Creer, ¿no es cuestión de temperamentos? Es cierto que hay personas que parecen “alérgicas” a todo lo religioso y personas que tienden a creer fácilmente en lo “invisible”. Sin duda, la sensibilidad y la estructura personal de cada uno pueden predisponer a adoptar una actitud u otra en la vida. Pero la fe no es asunto de personas “crédulas” o “sensibleras”. Todo hombre o mujer puede abrirse confiadamente al misterio de Dios, aunque cada uno lo haga desde su propio temperamento.
¿Hay algún método para aprender a creer? Si por método se entiende un programa organizado de aprendizaje, como por ejemplo, para aprender una lengua, no hay métodos ni recetas para garantizar la fe. Pero el aprendizaje de la fe sí exige unas actitudes de búsqueda y de honestidad; una voluntad de coherencia y fidelidad; la dedicación de un cierto tiempo.
En cualquier caso, hemos de escuchar con atención las palabras de Jesús: “El que realiza la verdad se acerca a la luz”. Todo el que se enfrenta a su vivir diario desde una actitud de honestidad y verdad interior, no está lejos de la luz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
13 de marzo de 1988

ABRIR LOS OJOS

Y no se acerca a la luz.

Puede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años, sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros.
Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.
No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar.
Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: “El que obra el mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”.
Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.
Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo.
Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca «Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.
Qué fácil creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en gran parte, reflejo del mundo interior que yo vivo y de los deseos e intereses que yo alimento.
Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.
Hermann Hesse en su pequeño libro “Mi credo”, lleno de sabiduría, escribía: “El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad”.
Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos y ver.
Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.
Tomarme un tiempo para responder a esta pregunta: ¿Por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
17 de marzo de 1985

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

que tengan vida eterna.

Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».
Se ha hablado, por ejemplo, del «síndrome de la pasividad» como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial (E. Fromm). Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.
Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.
Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes...) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.
En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.
Otro signo es «el endurecimiento del corazón». Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.
Y, sin embargo, los hombres estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».
Pero el hombre necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.
No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es «tener vida eterna», es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.
Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.
Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
21 de marzo de 1982

EL MIEDO A LA VERDAD

Todo el que obra perversamente detesta la luz.

Nuestra visión de las cosas es casi siempre interesada, consciente e inconscientemente, todos vamos interpretando la realidad en función de nuestros propios intereses.
Y no sólo a nivel individual. También los diferentes grupos sociales y políticos, a pesar de proclamar, a veces solemnemente, su objetividad y realismo, caen en deformaciones ideológicas e interpretaciones parciales interesadas.
Y sin embargo, no es posible encaminarnos eficazmente hacia una sociedad más humana, si no hacemos un esfuerzo sincero por buscar la verdad. Como decía Juan XXIII «se impone la tarea de pensar, honrar, decir y hacer la verdad».
Imposible transformar una sociedad y hacerla mejor si los programas, proyectos y estrategias de los diversos grupos políticos nacen de una deformación y manipulación de la verdad.
En su carta pastoral, nuestros Obispos han hecho una llamada a la búsqueda de una verdad no desfigurada como condición necesaria si queremos enfrentarnos de manera responsable a la actual crisis económica.
Su palabra no es sino una concreción lúcida y certera de aquello que escuchamos de labios de Jesús: «Todo el que obra el mal detesta la luz y no se acerca a la luz. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz».
He aquí algunas orientaciones de la carta pastoral. Es necesario superar la tentación de seleccionar interesadamente los datos a base de ocultar todo lo que puede debilitar la propia posición política o ideológica, y fortalecer la del adversario.
Tampoco es legítimo engañarnos a nosotros mismos y engañar a otros, elevando al rango de verdades científicas, afirmaciones que no pasan de ser fruto de un determinado sistema o ideología. El dialogo se hace inviable cuando alguien pretende atribuir un carácter científico o dogmatico a sus propias posiciones.
No es tampoco leal ocultar los riesgos y limitaciones inherentes a la propia alternativa, para denunciar solamente los males de aquélla que se pretende rechazar.
Para que los pueblos sean dueños de su futuro histórico es necesario que los responsables políticos y dirigentes de la sociedad no les oculten la verdad.
Ese pueblo al que se le pide responsabilidad y sacrificios tiene derecho a conocer toda la verdad y no unas verdades desfiguradas y manipuladas en función de intereses propagandísticos o electorales.

José Antonio Pagola

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La publicación de los comentarios requerirán la aceptación del administrador del blog.