lunes, 5 de diciembre de 2011

11/12/2011 - 3º domingo de Adviento (B)

Inicio ..... Ciclo A ..... Ciclo B ..... Ciclo C ..... Euskera

Homilias de José Antonio Pagola

Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

11 de diciembre de 2011

3º domingo de Adviento (B)



EVANGELIO

En medio de vosotros hay uno que no conocéis.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8.19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venia como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». El confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: «¿Entonces, qué ? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy.». «Eres tú el Profeta ?». Respondió: «No.» Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: - «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
11 de diciembre de 2011


TESTIGOS DE LA LUZ


La fe cristiana ha nacido del encuentro sorprendente que ha vivido un grupo de hombres y mujeres con Jesús. Todo comienza cuando estos discípulos y discípulas se ponen en contacto con él y experimentan "la cercanía salvadora de Dios". Esa experiencia liberadora, transformadora y humanizadora que viven con Jesús es la que ha desencadenado todo.
Su fe se despierta en medio de dudas, incertidumbres y malentendidos mientras lo siguen por los caminos de Galilea. Queda herida por la cobardía y la negación cuando es ejecutado en la cruz. Se reafirma y vuelve contagiosa cuando lo experimentan lleno de vida después de su muerte.
Por eso, si a lo largo de los años, no se contagia y se transmite esta experiencia de unas generaciones a otras, se introduce en la historia del cristianismo una ruptura trágica. Los obispos y presbíteros siguen predicando el mensaje cristiano. Los teólogos escriben sus estudios teológicos. Los pastores administran los sacramentos. Pero, si no hay testigos capaces de contagiar algo de lo que se vivió al comienzo con Jesús, falta lo esencial, lo único que puede mantener viva la fe en él.
En nuestras comunidades estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura del Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia esta vocación tan necesaria. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos necesitamos «testigos de la luz».
Creyentes que despierten el deseo de Jesús y hagan creíble su mensaje. Cristianos que, con su experiencia personal, su espíritu y su palabra, faciliten el encuentro con él. Seguidores que lo rescaten del olvido y de la relegación para hacerlo más visible entre nosotros.
Testigos humildes que, al estilo del Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona robándole protagonismo a Jesús. Seguidores que no lo suplanten ni lo eclipsen. Cristianos sostenidos y animados por él, que dejan entrever tras sus gestos y sus palabras la presencia inconfundible de Jesús vivo en medio de nosotros.
Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos. Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En realidad el testigo no tiene la palabra. Es  solo «una voz» que anima a todos a «allanar» el camino que nos puede llevar a él. La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y sencillos que en medio de tanto desaliento y desconcierto ponen luz pues nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
14 de diciembre de 2008

ALLANAR EL CAMINO HACIA JESÚS

«Entre vosotros hay uno que no conocéis». Estas palabras las pronuncia el Bautista refiriéndose a Jesús, que se mueve ya entre quienes se acercan al Jordán a bautizarse, aunque todavía no se ha manifestado. Precisamente toda su preocupación es «allanar el camino» para que aquella gente pueda creer en él. Así presentaban las primeras generaciones cristianas la figura del Bautista.
Pero las palabras del Bautista están redactadas de tal forma que, leídas hoy por los que nos decimos cristianos, no dejan de provocar en nosotros preguntas inquietantes. Jesús está en medio de nosotros, pero ¿lo conocemos de verdad?, ¿comulgamos con él?, ¿le seguimos de cerca?
Es cierto que en la Iglesia estamos siempre hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Pero luego se nos ve girar tanto sobre nuestras ideas, proyectos y actividades que, no pocas veces, Jesús queda en un segundo plano. Somos nosotros mismos quienes, sin darnos cuenta, lo «ocultamos» con nuestro protagonismo.
Tal vez, la mayor desgracia del cristianismo es que haya tantos hombres y mujeres que se dicen «cristianos», en cuyo corazón Jesús está ausente. No lo conocen. No vibran con él. No los atrae ni seduce. Jesús es una figura inerte y apagada.
Está mudo. No les dice nada especial que aliente sus vidas. Su existencia no está marcada por Jesús.
Esta Iglesia necesita urgentemente «testigos» de Jesús, creyentes que se parezcan más a él, cristianos que, con su manera de ser y de vivir, faciliten el camino para creer en Cristo. Necesitamos testigos que hablen de Dios como hablaba él, que comuniquen su mensaje de compasión como lo hacía él, que contagien confianza en el Padre como él.
¿De qué sirven nuestras catequesis y predicaciones si no conducen a conocer, amar y seguir con más fe y más gozo a Jesucristo? ¿En qué quedan nuestras eucaristías si no ayudan a comulgar de manera más viva con Jesús, con su proyecto y con su entrega crucificada a todos?. En la Iglesia nadie es «la Luz», pero todos podemos irradiarla con nuestra vida. Nadie es «la Palabra de Dios», pero todos podemos ser una voz que invita y alienta a centrar el cristianismo en Jesucristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
11 de diciembre de 2005

TESTIGOS DE LA LUZ

Allanad el camino del Señor.

Es curioso cómo presenta el cuarto evangelio la figura de Juan el Bautista. Es un «hombre», sin más calificativos ni precisiones. Nada se nos dice de su origen o condición social. El mismo sabe que no es importante. No es el Mesías, no es Elías, ni siquiera es el Profeta que todos están esperando.
Sólo se ve a sí mismo como «la voz que grita en el desierto: allanad el camino al Señor». Sin embargo se nos dice que Dios lo envía como «testigo de la luz» capaz de despertar la fe de todos. Una persona que puede contagiar luz y vida. ¿Qué es ser testigo de la luz?  
El testigo es como Juan. No se da importancia. No busca ser original ni llamar la atención. No trata de impactar a nadie. Sencillamente vive su vida de manera convencida. Se le ve que Dios ilumina su vida. Lo irradia en su manera de vivir y de creer.
El testigo de la luz no habla mucho, pero es una voz. Vive algo inconfundible. Comunica lo que a él le hace vivir. No dice cosas sobre Dios, pero contagia «algo». No enseña doctrina religiosa, pero invita a creer.
La vida del testigo atrae y despierta interés. No culpabiliza a nadie. No condena. Contagia confianza en Dios, libera de miedos. Abre siempre caminos. Es como el Bautista, «allana el camino al Señor».
El testigo se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra apoyo ni eco social. Incluso se ve rodeado de indiferencia o rechazo. El testigo de Dios no juzga a nadie. No ve a los demás como adversarios que hay que combatir o convencer. Dios sabe cómo encontrarse con cada uno de sus hijos e hijas.
Se dice que el mundo actual se va convirtiendo en un «desierto», pero el testigo nos revela que algo sabe de Dios y del amor, algo sabe de la «fuente» y de cómo se calma la sed de felicidad que hay en el ser humano.
La vida está llena de pequeños testigos. Son creyentes sencillos, humildes, conocidos sólo en su entorno. Personas entrañablemente buenas. Viven desde la verdad y el amor. Ellos nos «allanan el camino» hacia Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
15 de diciembre de 2002

EN MEDIO DEL DESIERTO

Allanad el camino del Señor.

Los grandes movimientos religiosos han nacido casi siempre en el desierto. Son los hombres y las mujeres del silencio y la soledad los que al ver la luz, pueden convertirse en maestros y guías de la Humanidad. En el desierto no es posible lo superfluo. En el silencio sólo se escuchan las preguntas esenciales. En el desierto sólo sobrevive quien se alimenta de lo interior.
En el cuarto evangelio, el Bautista queda reducido a lo esencial. No es el Mesías, ni Elías vuelto a la vida, no es el profeta. Es «una voz que grita en el desierto». No tiene poder político, no posee título religioso alguno. No habla desde el Templo o la sinagoga. Su voz no nace de la estrategia política ni de los intereses religiosos. Viene de lo que escucha el ser humano cuando ahonda en lo esencial.
El presentimiento del Bautista se puede resumir así: «Hay algo más grande, más digno y esperanzador que lo que estamos viviendo. Nuestra vida ha de cambiar de raíz». No basta frecuentar la sinagoga sábado tras sábado, de nada sirve leer rutinariamente los textos sagrados, es inútil ofrecer regularmente los sacrificios prescritos por la Ley. No da vida cualquier religión. Hay que abrirse al Misterio del Dios vivo.
En la sociedad de la abundancia y del progreso, se está haciendo cada vez más difícil escuchar una voz que venga del desierto. Lo que se oye es la publicidad de lo superfluo, la divulgación de lo trivial, la palabrería de políticos prisioneros de su estrategia y hasta discursos religiosos interesados.
Alguien podría pensar que ya no es posible conocer a testigos que nos hablen desde el silencio y la verdad de Dios. No es así. En medio del desierto de la vida moderna podemos encontrarnos con personas que irradian sabiduría y dignidad pues no viven de lo superfluo. Gente sencilla entrañablemente humana. No pronuncian muchas palabras. Es su vida la que habla.
Ellos nos invitan, como el Bautista, a dejarnos «bautizar», a sumergirnos en una vida diferente, recibir un nuevo nombre, «renacer» para no sentirnos producto de esta sociedad ni hijos del ambiente, sino hijos queridos de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
12 de diciembre de 1999

ESPERAR

Allanad el camino al Señor.

Son bastantes las personas que no saben esperar. Quieren satisfacerlo todo enseguida; su vida se encierra siempre en lo inmediato; no tienen paciencia para madurar las cosas, los encuentros, las decisiones; no conocen el enriquecimiento propio de la espera. Difícilmente crecerá en ellas algo grande y profundo.
La espera más enriquecedora es, sin duda, la de quien aguarda el encuentro con un ser querido. Esta espera produce diversos efectos en la persona. Crea en nosotros una tensión sana, nos prepara interiormente para acoger a quien nuestro corazón ama, dilata nuestra alma, excita nuestro deseo, ensancha nuestra existencia, sostiene nuestra alegría.
Esta espera alcanza su mayor plenitud cuando no sólo esperamos a la persona querida, sino que sabemos que también nosotros somos esperados por ella. Esta es una de las mayores fuentes de alegría humana: esperar y ser esperados por alguien que nos quiere. Cuando no esperamos a nadie y nadie nos espera en ninguna parte, nuestra vida se pierde en la monotonía y la tristeza.
Esta experiencia humana puede ayudarnos a «entender» de alguna manera la estructura de la fe que anima al creyente. No es tan difícil captar que en nosotros hay una «nostalgia» de algo que no sabemos definir bien. Siempre «esperamos» más que lo que vamos recibiendo de la vida; nada nos llena del todo; nuestro deseo va siempre más allá. ¿Qué esperamos?, ¿qué anhela nuestro corazón? El creyente es un hombre o una mujer que, poco a poco, va intuyendo desde lo más hondo de su ser que «espera» a Dios, más aún, «es esperado» por Dios.
Los evangelios presentan al Bautista como el «hombre de la espera». Toda su vida es tensión, espera, preparación para acoger al Salvador. Cuando oye que Jesús recorre Galilea sembrando salud, perdón y vida, de su corazón sólo brota una pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La respuesta de Jesús lo dice todo: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». La fe despierta en nosotros de forma humilde y misteriosa, pero casi siempre se juega en torno a estas preguntas: ¿Espero yo algo de la vida?, ¿espero a alguien?, ¿cuál es el deseo más profundo de mi corazón? Sólo cuando he entrado en contacto con mis anhelos más hondos me puedo preguntar: ¿Me defrauda Cristo en ese deseo de mi corazón?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
15 de diciembre de 1996

PREPARAR EL CAMINO

Allanad el camino al Señor.

Corremos el riesgo de pensar que la pacificación nos la va a traer ese pequeño grupo de personas a las que llamamos «los políticos». Imaginamos que serán ellos quienes, con su habilidad y estrategias, llegarán a acuerdos que nos permitirán vivir sin graves sobresaltos y con un equilibrio social suficiente.
Todo ello es, sin duda, necesario, pero la reconciliación que necesitamos es algo más hondo y humano. No nos va a llegar sólo desde fuera como resultado de un juego de fuerzas y negociaciones. Necesitamos respirar un aire nuevo. Don José María Setién ha hablado de la necesidad de un «espíritu», «un alma» que inspire la tarea colectiva de la pacificación. Un espíritu reconciliador que ha de nacer del interior de las personas para ir tomando cuerpo en la sociedad.
Lo primero es, sin duda, despertar la propia responsabilidad. Cada uno con su manera de sentir, pensar, hablar o reaccionar podemos favorecer lo que nos acerca a la reconciliación o lo que nos aleja de ella. Cada uno podemos contribuir a la paz o al mantenimiento de la discordia. Para más de uno esta tarea pacificadora puede convertirse en una verdadera vocación. ¿Por qué no me voy a sentir yo llamado personalmente a estar en medio de este pueblo con talante reconciliador, poniendo todo mi empeño en promover el respeto mutuo, la comprensión y el mutuo perdón?
No es posible, sin embargo, trabajar de cualquier manera por la paz. Con el corazón lleno de odio y condena, de intolerancia o de resentimiento, poco se puede aportar a una convivencia pacífica. Cada uno hemos de purificar nuestra actitud interior. De lo contrario, seguiremos actuando con las motivaciones ocultas de siempre y con las mismas reacciones, repitiendo mecánicamente comportamientos que no favorecerán a la paz.
Por la reconciliación se trabaja humildemente, perdonando y pidiendo perdón. Sin cultivar falsas autocomplacencias de inocencia. ¿Quién no ha pecado?, ¿quién ha mantenido limpio su corazón?, ¿quién no podía haber arriesgado más por la paz? Puede ser tranquilizador acusar a otros, pero sólo la autocrítica sincera y el mutuo perdón nos pueden capacitar para construir juntos el futuro.
Entre nosotros éste puede ser hoy el modo concreto de escuchar la llamada del Bautista: «Allanad el camino del Señor» (Juan 1, 23). Haced más fácil la llegada de la paz. Esa paz que Dios desea para todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
12 de diciembre de 1993

REAJUSTE DE LA FE

Allanad el camino del Señor.

La fe se ha convertido para muchos en una experiencia problemática. No saben exactamente lo que les ha sucedido estos años, pero una cosa es clara: ya no volverán a creer en lo que creyeron de niños. De todo aquello, solo quedan algunas creencias de perfil bastante borroso. Cada uno se ha ido construyendo su propio mundo interior, sin poder evitar muchas veces graves incertidumbres e interrogantes.
La mayoría de estas personas hacen su «recorrido religioso» de forma solitaria y casi secreta. ¿Con quién van a hablar de estas cosas? No hay guías ni puntos de referencia. Cada uno actúa como puede en estas cuestiones que afectan a lo más profundo del ser humano. Muchos no saben si lo que les sucede es normal o inquietante.
Los estudios del profesor de Atlanta, James Fowler, sobre el desarrollo de la fe, pueden ayudar a no pocos a entender mejor su propio recorrido. Al mismo tiempo, arrojan luz sobre las etapas que ha de seguir la persona para estructurar su «universo de sentido».
En los primeros estadios de la vida, el niño va asumiendo sin reflexión las creencias y valores que se le proponen. Su fe no es todavía una decisión personal. El niño va estableciendo lo que es verdadero o falso, bueno o malo, a partir de lo que le enseñan desde fuera.
Más adelante, el individuo acepta las creencias, prácticas y doctrinas de manera más reflexionada, pero siempre tal como están definidas por el grupo, la tradición o las autoridades religiosas. No se le ocurre dudar seriamente de nada. Todo es digno de fe, todo es seguro.
La crisis llega más tarde. El individuo toma conciencia de que la fe ha de ser libre y personal. Ya no se siente obligado a creer de modo tan incondicional en lo que enseña la Iglesia. Poco a poco comienza a relativizar ciertas cosas y a seleccionar otras. Su mundo religioso se modifica y hasta se resquebraja. No todo responde a un deseo de autenticidad mayor. Está también la frivolidad y las incoherencias.
Todo puede quedar ahí. Pero el individuo puede también seguir ensanchando su universo interior. Si se abre sinceramente a Dios y lo busca en las zonas más profundas de su ser, puede brotar una fe nueva. El amor de Dios, creído y acogido con humildad, da un sentido más hondo a todo. La persona conoce una coherencia interior más armoniosa. Las dudas no son un obstáculo. El individuo intuye ahora el valor último que encierran prácticas y símbolos antes criticados. Se despierta de nuevo la comunicación con Dios. La persona vive en comunión con todo lo bueno que hay en el mundo y se siente llamada a amar y proteger la vida.
Lo decisivo es siempre hacer en nosotros un lugar real a Dios. De ahí la importancia de escuchar la llamada del Profeta: «Preparad el camino del Señor

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
16 de diciembre de 1990

DESCONOCIDO

Hay uno a quien no conocéis.

Hay algo paradójico en la actitud de bastantes contemporáneos ante la figura de Jesucristo. Por una parte, creen que lo conocen y no tienen mucho que aprender sobre él. Por otra, su ignorancia sobre la persona y el mensaje de Jesús es casi absoluta.
En realidad, lo que saben de él apenas supera unas vagas impresiones que conservan desde la infancia. Después, no han sentido necesidad alguna de conocerlo más a fondo. ¿Qué podrían encontrar en él de interesante para sus vidas?
En algunos su figura sólo evoca episodios ingenuos y milagros irreales, representados mil veces por artistas, pero muy alejados de la trama de la vida moderna. Jesús puede, tal vez, aportar un poco de poesía, pero si queremos ser eficaces hemos de buscar por otros caminos.
¿Conocen mejor a Jesús los que se tienen por cristianos? Sorprende ver cómo los mismos practicantes reducen a menudo el evangelio a lo anecdótico y maravilloso, y cómo encierran el misterio de Jesús en imágenes simplistas y estereotipadas, muy alejadas a veces de lo que realmente fue él.
Por otra parte, mientras algunas cuestiones de carácter eclesiástico o moral suscitan notable interés, son pocos los que se interesan por conocer con más rigor y hondura al mismo Jesús.
Analizando la actual situación, Josep María Lozano se hace estas preguntas: “Qué está ocurriendo en la Iglesia, que a los cristianos nos preguntan cómo nos afectan las palabras del Papa y ya casi nadie nos pregunta cómo nos afectan las palabras de Jesús? ¿Qué está ocurriendo, que los católicos parecen más capaces de celebrar la presencia del Papa que de celebrar la presencia de Jesús?”.
Naturalmente, los creyentes hemos de escuchar la palabra de la jerarquía y el esfuerzo de la Iglesia entera por aplicar el evangelio al momento actual, pero, ¿no es paradójico detenernos casi siempre en ciertas discusiones, mientras apenas hacemos algo por conocer con más rigor el mensaje y la actuación de Aquel que ha de inspirar siempre a los cristianos?
Después de veinte siglos de cristianismo, hemos repetido hasta el exceso el nombre de Cristo, hemos llenado bibliotecas enteras con estudios especializados y, tal vez, hemos terminado por creer que no necesitamos ya ahondar más en su persona y su mensaje. ¿No se podrán repetir también hoy las palabras del profeta: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”?
La Iglesia actual habla mucho, trabaja activamente, organiza muchas cosas. Pero no hemos de olvidar que su primera tarea también hoy es ayudar al hombre a encontrarse con la persona viva de Cristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
13 de diciembre de 1987

FALTAN TESTIGOS DE DIOS

Este venía como testigo.

La figura de Juan el Bautista, “testigo de la luz”, nos recuerda una vez más que todo creyente, silo es de verdad, está llamado a dar testimonio de su fe.
Sin embargo, en el Congreso “Evangelización y hombre de hoy» celebrado en Madrid hace dos años se dijo que “a nuestra Iglesia le sobran papeles y le faltan testigos». Tal vez, con estas expresivas palabras se apuntaba uno de los problemas más cruciales del cristianismo actual.
Durante muchos años han seguido funcionando entre nosotros los mecanismos que tradicionalmente servían para “transmitir” la fe. Los padres hablaban a los hijos, los profesores de religión a sus alumnos, los catequistas a los catequizandos, los sacerdotes a los seglares.
No han faltado palabras. Pero, tal vez, ha faltado testimonio, comunicación de experiencia, contagio de algo vivido de manera honda y entrañable.
Durante estos años muchos se han preocupado del posible quebranto de la ortodoxia y del depósito de la fe. Y necesitamos, sin duda, cuidar con fidelidad el mensaje del Señor. Pero nuestro mayor problema no es probablemente el depósito de la fe sino la vivencia de esa fe depositada en nosotros.
Otros se han preocupado más bien de denunciar toda clase de opresiones e injusticias. Por un momento parecía que por todas partes surgían nuevos “profetas”. Y cuánta necesidad seguimos teniendo de hombres de fuego que proclamen la justicia de Dios entre los hombres. Pero, con frecuencia, junto a las palabras, han faltado testigos cuya vida arrastrara a las gentes.
Tal vez, lo primero que nos falta para que surjan testigos vivos es “experiencia de Dios”. Karl Rahner pedía hace unos años que «hemos de reconocer de una vez la pobreza de espiritualidad» en la Iglesia actual.
Nos sobran palabras y nos falta la Palabra. Nos desborda el activismo y no percibimos la acción del Espíritu entre nosotros. Hablamos y escribimos de Dios pero no sabemos experimentar su poder liberador y su gracia viva en nosotros.
Pocas veces vivimos la acogida de Dios desde el fondo de nosotros mismos y, por tanto, pocas veces llegamos con nuestra palabra creyente al fondo de los demás.
Creyentes mudos que no confiesan su fe. Testigos cansados, desgastados por la rutina o quemados por la dureza de los tiempos actuales. Comunidades que se reúnen, cantan y salen de las iglesias “sin conocer al que está en medio de ellos».
Sólo la acogida interior al Espíritu puede reanimar nuestras vidas y generar entre nosotros “testigos del Dios vivo”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
16 de diciembre de 1984

EL GRAN DESCONOCIDO

Uno a quien no conocéis...

El hecho puede parecer paradójico pero es real. Jesucristo, personaje aparentemente conocido por todos, es para muchos contemporáneos un perfecto desconocido.
Son bastantes los que creen conocerlo suficientemente, incluso, como para opinar categóricamente sobre él. Y sin embargo, lo que saben de Jesús apenas supera un conjunto de tópicos, imágenes confusas o impresiones infantiles.
En realidad, su conocimiento de Jesús ha quedado reducido al recuerdo vago de unos relatos simplistas y pintorescos. No sabrían decir que relación puede haber entre ese Jesús y la realidad que viven día tras día.
Jesús es para ellos algo pueril y anecdótico que no puede aportar nada válido a la existencia si no es un poco de poesía y utopía ingenua. El hombre realmente serio tiene que buscar en otra dirección.
Más sorprendente resulta detectar la ignorancia de los que se dicen «cristianos». No son pocos los que se contenta con afirmar con los labios «la doctrina católica» que la Iglesia enseña sobre Jesucristo. Ello les proporciona suficiente seguridad y tranquilidad religiosa como para no realizar esfuerzo alguno por conocer la persona, el mensaje y la actuación de Jesús.
Otros se interesan, sobre todo, por el magisterio del Papa en la medida en que puede ofrecer una estabilidad mayor a la familia, a la sociedad y a la historia de los hombres, pero no se preocupan de encontrar en Jesús el inspirador de sus vidas. Se podría eliminar de su religión la persona de Jesucristo y nada vital habría cambiado en ellos.
Si el Bautista recorriera hoy nuestra sociedad contemporánea, podría repetir las mismas palabras de otro tiempo: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis».
Antes que adoptar una postura seria y responsable ante la fe cristiana, deberíamos conocer mejor la persona misma de Jesucristo y todo lo que puede significar de interrogante, desafío, interpelación y promesa para el hombre de todos los tiempos.
Javier Sádaba ha afirmado que «lo normal y extendido en nuestros días es que un hombre adulto y razonablemente instruido no es un creyente o un incrédulo, sino que se despreocupa de tales cuestiones». Aparte de lo cuestionable de tal afirmación, es triste encontrarse con «hombres adultos y razonablemente instruidos» cuya ignorancia e indocumentación sobre Jesús es casi total.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
13 de diciembre de 1981

TESTIGOS

Venía como testigo.

Durante muchos años hemos conocido entre nosotros una sociedad donde la religión unánimemente aceptada por la práctica totalidad de los ciudadanos, era un factor, quizás el más importante, de integración social.
En una «situación de cristiandad», todo ocurría como si la fe fuera hereditaria, ya que era transmitida automáticamente por el grupo social a cada individuo.
En esa sociedad se supone, sin discusión alguna, que todos tienen fe y son creyentes. Por lo tanto, la única preocupación de la Iglesia consistirá en instruir en esa fe por medio de una catequesis doctrinal, administrar los sacramentos, urgir la práctica cultual, y exigir una vida moral consecuente.
Pero, apenas se atenderá de manera relevante a despertar la fe y suscitarla como una conversión y decisión personal ante la interpelación radical del evangelio.
El riesgo que se sigue es inevitable. El cristiano perfecto es un hombre que conoce la doctrina cristiana, recibe los sacramentos y ajusta su vida a una moral intachable. Pero, es fácil que no se preocupe nunca demasiado de replantearse su fe, y de testimoniarla y contagiarla a los demás.
De esta manera, cuando la «sociedad de cristiandad» ha saltado en mil pedazos, y la descristianización ha ido invadiendo los diversos ámbitos de la vida social, los cristianos nos hemos ido replegando en el interior de la comunidad creyente, sin fuerzas, al parecer, para confesar nuestra fe y testimoniarla en medio de esta nueva sociedad.
Y sin embargo, todo creyente que toma en serio su fe se convierte en testigo de Jesucristo. No se puede escuchar con hondura la buena noticia de Jesús, sin sentir la necesidad de comunicarla.
El testimonio del creyente es como el de Juan el Bautista, que «vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe». Se trata de suscitar fe y hacer creíble a Jesucristo.
Naturalmente, el testimonio no consiste sólo en hablar. No se trata de defender con palabras una determinada concepción de la vida frente a otras ideologías contrarias, aunque también el creyente debe dar «razón de su esperanza».
Se trata de ser testigos de Jesucristo, es decir, hombres y mujeres, que creen en lo que él creyó, defienden la causa que él defendió y viven como él vivió. Entonces se está anunciando a Alguien «que está en medio de nosotros y a quien no conocemos».

José Antonio Pagola

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

La publicación de los comentarios requerirán la aceptación del administrador del blog.