lunes, 19 de septiembre de 2011

25/09/2011 - 26º domingo Tiempo ordinario (A)

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Homilias de José Antonio Pagola

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25 de septiembre de 2011

26º domingo Tiempo ordinario (A)

EVANGELIO

Recapacitó y fue.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
-«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo:
"Hijo, ve hoy a trabajar en la viña" Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor" Pero no fue.
¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron:
-«El primero.»
Jesús les dijo:
-«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»


Palabra del Señor.

HOMILIA

2010-2011 - 25 de septiembre de 2011

EL PELIGRO DE LA RELIGION

Jesús lleva unos días en Jerusalén moviéndose en los alrededores del templo. No encuentra por las calles la acogida amistosa de las aldeas de Galilea. Los dirigentes religiosos que se cruzan en su camino tratan de desautorizarlo ante la gente sencilla de la capital. No descansarán hasta enviarlo a la cruz.
Jesús no pierde la paz. Con paciencia incansable sigue llamándolos a la conversión. Les cuenta una anécdota sencilla que se le acaba de ocurrir al verlos: la conversación de un padre que pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña de la familia.
El primero rechaza al padre con una negativa tajante: «No quiero». No le da explicación alguna. Sencillamente no le da la gana. Sin embargo, más tarde reflexiona, se da cuenta de que está rechazando a su padre y, arrepentido, marcha a la viña.
El segundo atiende amablemente la petición de su padre: «Voy, señor». Parece dispuesto a cumplir sus deseos, pero pronto se olvida de lo que ha dicho. No vuelve a pensar en su padre. Todo queda en palabras. No marcha a la viña.
Por si no han entendido su mensaje, Jesús dirigiéndose a «los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo», les aplica de manera directa y provocativa la parábola: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Quiere que reconozcan su resistencia a entrar en el proyecto del Padre.
Ellos son los "profesionales" de la religión: los que han dicho un gran "sí" al Dios del templo, los especialistas del culto, los guardianes de la ley. No sienten necesidad de convertirse. Por eso, cuando ha venido el profeta Juan a preparar los caminos a Dios, le han dicho "no"; cuando ha llegado Jesús invitándolos a entrar en su reino, siguen diciendo "no".
Por el contrario, los publicanos y las prostitutas son los "profesionales del pecado": los que han dicho un gran "no" al Dios de la religión; los que se han colocado fuera de la ley y del culto santo. Sin embargo, su corazón se ha mantenido abierto a la conversión. Cuando ha venido Juan han creído en él; al llegar Jesús lo han acogido.
La religión no siempre conduce a hacer la voluntad del Padre. Nos podemos sentir seguros en el cumplimiento de nuestros deberes religiosos y acostumbrarnos a pensar que nosotros no necesitamos convertirnos ni cambiar. Son los alejados de la religión los que han de hacerlo. Por eso es tan peligroso sustituir la escucha del Evangelio por la piedad religiosa. Lo dijo Jesús: "No todo el que me diga "Señor", "Señor" entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo"

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
28 de septiembre de 2008

VAN POR DELANTE

Las prostitutas os llevan la delantera.

La parábola es tan simple que parece poco digna de un gran profeta como Jesús. Sin embargo, no está dirigida al grupo de niños que corretea a su alrededor, sino a «los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo» que lo acosan cuando se acerca al templo.
Según el relato, un padre pide a dos de sus hijos que vayan a trabajar a su viña. El primero le responde bruscamente: «No quiero», pero no se olvida de la llamada del padre y termina trabajando en la viña. El segundo reacciona con una disponibilidad admirable: «Por supuesto que voy, señor»; pero todo se queda en palabras. Nadie lo verá trabajando en la viña.
El mensaje de la parábola es claro. También los dirigentes religiosos que escuchan a Jesús están de acuerdo. Ante Dios, lo importante no es «hablar» sino «hacer». Para cumplir la voluntad del Padre del cielo, lo decisivo no son las palabras, promesas y rezos, sino los hechos y la vida cotidiana.
Lo sorprendente es la aplicación de Jesús. Sus palabras no pueden ser más duras. Sólo las recoge el evangelista Mateo, pero no hay duda de que provienen de Jesús. Sólo él tenía esa libertad frente a los dirigentes religiosos: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios».
Jesús está hablando desde su propia experiencia. Los dirigentes religiosos han dicho «sí» a Dios. Son los primeros en hablar de él, de su ley y de su templo. Pero, cuando Jesús los llama a «buscar el reino de Dios y su justicia», se cierran a su mensaje y no entran por ese camino. Dicen «no» a Dios con su resistencia a Jesús.
Los recaudadores y prostitutas han dicho «no» a Dios. Viven fuera de la ley, están excluidos del templo. Sin embargo, cuando Jesús les ofrece la amistad de Dios, escuchan su llamada y dan pasos hacia la conversión. Para Jesús, no hay duda: el recaudador Zaqueo, la prostituta que ha regado con lágrimas sus pies y tantos otros... van por delante en «el camino del reino de Dios».
En este camino van por delante, no quienes hacen solemnes profesiones de fe, sino los que se abren a Jesús dando pasos concretos de conversión al proyecto de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
25 de septiembre de 2005

LAS COSAS NO SON LO QUE PARECEN

Las prostitutas os llevan la delantera.

La parábola es una de las más claras y simples. Un padre se acerca a sus dos hijos para pedirles que vayan a trabajar a la viña. El primero le responde con una negativa rotunda: «No quiero». Luego, lo piensa mejor y va a trabajar. El segundo reacciona con una docilidad ostentosa: «Por supuesto que voy, senior». Sin embargo, todo se queda en palabras pues no va a la viña.
También el mensaje de la parábola es claro y fuera de toda discusión. Ante Dios, lo importante no es «hablar» sino hacer; lo decisivo no es prometer o confesar, sino cumplir su voluntad. Las palabras de Jesús no tienen nada de original. Toda la tradición rabínica lo repite: «Los justos dicen poco y hacen mucho. Los impíos dicen mucho y no hacen nada».
Lo original es la aplicación que, según el evangelista Mateo, lanza Jesús a los dirigentes religiosos de aquella sociedad: «Os aseguro: los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». ¿Será verdad lo que dice Jesús?
Los escribas hablan constantemente de la ley: el nombre de Dios está siempre en sus labios. Los sacerdotes del templo alaban a Dios sin descanso; su boca está llena de salmos. Nadie dudaría de que están haciendo la voluntad del Padre. Pero las cosas no son siempre como parecen. Los recaudadores y las prostitutas no hablan a nadie de Dios. Hace tiempo que han olvidado su ley. Son pecadores despreciados por todos. Sin embargo, según Jesús van por delante en el camino del reino de Dios. Tal vez, porque saben estar junto a los despreciados y tener compasión de los perdidos. Es exactamente lo que quiere el Padre.
¿Qué importará el credo que pronuncian nuestros labios si vivimos sin compasión, ocupados sólo en nuestro bienestar, sin parecernos al Padre que sufre con los que sufren? ¿Qué importarán las peticiones que dirigimos a Dios para que traiga al mundo paz y justicia, si luego apenas hacemos nada por construir una vida más digna como él quiere para todos?
Los cristianos hemos llenado de palabras muy hermosas la historia de veinte siglos. Hemos construido sistemas impresionantes que recogen la doctrina cristiana con profundos conceptos. Sin embargo hoy y siempre, la verdadera voluntad del Padre la hacen aquellos que traducen en hechos el evangelio de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
29 de septiembre de 2002

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
26 de septiembre de 1999

SERÉIS LOS PRIMEROS

Las prostitutas os llevan la delantera.

Jesús conoció una sociedad estratificada, llena de barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto. Personas «puras» con las que se puede tratar, y personas «impuras» a las que hay que eludir. «Prójimos» a los que se debe amar, y «no prójimos» a los que se puede abandonar. Hombres «piadosos» observantes de la ley, y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito. Personas «sanas» bendecidas por Dios, y «enfermos» malditos de Yahvé. Personas «justas», y hombres y mujeres «pecadores», de profesión deshonrosa.
La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la postura de los grupos fariseos que evitan todo contacto con impuros y pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán donde se redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.
Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente lo llama «amigo de pecadores». Con una insistencia provocativa va repitiendo que «los últimos serán los primeros», que «el hijo perdido» entrará en la fiesta y el observante quedará fuera, que los publicanos y las prostitutas van por delante de los justos en el camino del reino de Dios.
¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos y pordioseros, y todos los que forman el desecho de la sociedad, puedan ser un día los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los afectados por el SIDA pueden preceder a no pocos cristianos de «vida íntegra»? Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue siendo realmente vuestro amigo. Vosotros podéis «entender» y acoger el perdón de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentir- se de nada.
Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os humillamos, Él os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más oscuro de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación, no estáis abandonados. No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
29 de septiembre de 1996

MÍSTICA COTIDIANA

Un hombre tenía dos hijos.

He tomado parte estos días en un Congreso Internacional de Teología que, con muy poco ruido y sin apenas eco social alguno, se ha celebrado en la ciudad de Ávila. No son tiempos para interesarse por la teología y, menos aún, si se abordan temas tan «inútiles» y poco prácticos como la evolución actual de la teología mística. Y, sin embargo, estoy convencido de que en el Congreso resonaban los interrogantes más hondos del hombre contemporáneo.
Dejando a un lado otras cuestiones de carácter más específico y técnico, quiero levantar acta de dos afirmaciones de fondo en que ha habido un consenso generalizado: la necesidad de una profunda renovación espiritual en la Iglesia, y la búsqueda de una «mística» encarnada en la vida real y concreta.
El Congreso ha sido contundente a la hora de analizar el momento actual del cristianismo: una de las causas más importantes del «desconcierto» de la Iglesia y del «desmoronamiento» de la fe de no pocos es el «vacío espiritual» o esa «ausencia de mística» analizada ampliamente por el teólogo alemán E. Biser en su importante libro «Pronóstico de la fe. Orientaciones para la época postsecularizada» (Ed. Herder).
La Iglesia anda ocupada, con frecuencia, en cuestiones que pertenecen a la «epidermis de la fe», pero apenas ayuda a vivir la experiencia de un encuentro vivo con el Dios de Jesucristo. La acción pastoral se resiente a veces de una falta alarmante de «atención a lo interior». Se ofrece doctrina religiosa, se dictan orientaciones morales, se promueven celebraciones litúrgicas, pero ¿cuándo y cómo comunica la Iglesia esta experiencia nueva y buena de un Dios Salvador, que tanto necesita el hombre de hoy?
Sin embargo —y ésta ha sido otra constante del Congreso—, nadie piensa en el retorno a una «mística neoplatónica», o a un espiritualismo alejado del mundo real y ajeno a los sufrimientos del hombre de hoy. La aportación de teólogos tan dispares como L. Bou yer, K. Rahner o H. Von Balthasar ha dejado claro que las «experiencias subjetivas» poco añaden de sustancial o verdaderamente importante a la unión del hombre con Dios, si falta una vida de amor práctico y compasivo al hermano.
Uno de los congresistas recordaba la «mística cotidiana» vivida por el judío Martín Buber, gran místico de nuestro tiempo, y leía sus propias palabras: «He abandonado o me ha abandonado a mí ‘lo religioso’ que sólo es excepción, exceso, salida y éxtasis. No poseo ahora más que la realidad ordinaria... No conozco más plenitud que la de la exigencia y responsabilidad de cada hora mortal.»
Cuando volvía de Ávila, pensaba que estas palabras de Buber son un comentario excelente a la parábola de Jesús. De los dos hijos, sólo hace la voluntad del padre el que, de hecho, va a trabajar a la viña. Ante Dios, lo importante no son las palabras, los sentimientos, las grandes efusiones o discursos, sino el amor real y efectivo vivido día a día, la «mística cotidiana».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
26 de septiembre de 1993

ACEDIA

Un hombre tenía dos hijos...

El cristianismo contemporáneo está sometido hoy a críticas muy severas, incluso desde sectores que desconocen por completo el verdadero sentido de la fe. Sin embargo, no siempre se menciona lo que puede ser el pecado clave que paraliza la vida de muchos cristianos: la apatía.
La fe queda viciada en su misma raíz por una actitud difusa de abandono y negligencia. Son «cristianos» que se niegan a vivir la alegría y la responsabilidad de su fe. Han renunciado hace ya mucho tiempo a vivir un estilo de vida coherente con sus convicciones, y su cristianismo se ha convertido en algo abstracto sin apenas repercusión en su existencia diaria.
Probablemente la teología medieval hubiera calificado su postura con el término de «acedía», que literalmente significa «descuido, desidia, indolencia». Esta «acedía» encierra una renuncia a vivir a la altura de la propia fe y juega un papel demoledor en la vida cristiana pues genera tristeza, tedio, falta de gusto por las cosas del espíritu y, en definitiva, aburrimiento religioso.
¿No es ésta la situación de bastantes «cristianos» que viven como huyendo de su propia fe y abdicando de su responsabilidad? Cristianos que viven su cristianismo «bajo mínimos’>, reduciéndolo todo a una especie de «residuo religioso» que difícilmente puede generar alegría y gozo interior. Personas que siguen confesándose creyentes pero cuya vida está dictada por criterios y comportamientos que poco tienen que ver con Jesucristo.
De ahí la actualidad de la parábola de Jesús. Lo importante no son las palabras que pronuncian los protagonistas del relato, sino la conducta real y efectiva. Sólo hace la voluntad del padre el hijo que, de hecho, va a trabajar a la viña.
Ser creyente es bastante más que confesar nuestra simpatía por algunos aspectos del cristianismo o proclamar ligeramente «soy creyente pero no practicante». Expresiones como ésta indican que no se ha comprendido en absoluto que «el Evangelio es una llamada a la responsabilidad adulta» (Harvey Cox).
Por eso, tal vez el primer paso que tiene que dar hoy el hombre o mujer que quiere tomar más en serio su vida y su fe es pararse y responder a preguntas como éstas: ¿Quién quiero ser yo? ¿Cómo quiero orientar mi vida? ¿Qué quiero vivir?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
30 de septiembre de 1990

MIEDO A LA RELIGIÓN

Un hombre tenía dos hijos...

Dorothee Sólle, tal vez la mujer teólogo de mayor prestigio en nuestros días, habla en uno de sus libros de un fenómeno social claramente observable en occidente: «el miedo a tener religión».
No está bien visto ocuparse de religión o interesarse por el hecho religioso. La misma palabra «religión» despierta en bastantes una actitud de defensa. Basta plantear la cuestión religiosa en un grupo para provocar malestar, silencios tensos o un discreto desvío de la conversación.
Practicar una religión, orar o celebrar la propia fe es visto a menudo como un comportamiento desfasado e, incluso, impropio de un hombre progresista. La religión pertenece, en opinión de muchos, a un estadio infantil de la humanidad ya superado, y no se comprende bien qué función pueda tener en una sociedad más adulta y emancipada.
Este «miedo a tener religión» puede estar provocado por factores socio-culturales diversos, pero la teólogo alemana cree ver una raíz más profunda: el hombre occidental siente miedo «ante lo absoluto de la exigencia que la religión recuerda».
Tenemos miedo a la religión porque tenemos miedo a plantearnos la vida en toda su profundidad. Nos da miedo toda experiencia que pueda poner en peligro nuestro pequeño mundo egoísta, descubrir el vacío de nuestra vida y plantearnos exigencias radicales. Preferimos seguir «funcionando sin alma», vivir sólo de pan, continuar muertos antes que exponernos al peligro de estar vivos.
Pero hay otra manera de eludir las exigencias más hondas de la existencia, y es confesar nuestra adhesión a una religión oficial y sentirnos, por ello mismo, dispensados de escuchar las exigencias concretas de Dios.
En la parábola de los dos hijos Jesús critica precisamente la postura ambigua de quienes dicen «sí» a Dios con la boca para luego decirle «no» con el comportamiento de cada día.
No hemos de sentirnos creyentes por el solo hecho de confesarnos «católicos». El carácter religioso de nuestros padres, el ambiente cristiano de la infancia o la educación recibida no son garantía de una fe auténtica.
K. Rahner solía decir de sí mismo que era un hombre «que esperaba llegar a ser cristiano». Cuando, en cierta ocasión, le preguntaba un entrevistador cómo podía hablar así después de más de cincuenta años dedicados a la investigación teológica, Rahner explicaba que «ser cristiano quiere decir siempre estar haciéndose cristiano».
Y luego, con esa humildad propia de los sabios, le revelaba una oración que él mismo repetía y que, a su juicio, cualquier cristiano, sacerdote, obispo o incluso el mismo papa puede hacer siempre: «Dios mío, ayúdame a no contentarme con creer que soy cristiano, sino haz que llegue a serlo de verdad».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
27 de septiembre de 1987

LAS PROSTITUTAS POR DELANTE

Las prostitutas os llevan la delantera.

Jesús conoció una sociedad estratificada, llena de barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones.
En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto. Personas “puras” con las que se puede tratar y personas “impuras” a las que hay que eludir. “Prójimos” a los que se debe amar y “no prójimos” a los que se puede abandonar.
Hombres “piadosos” observantes de la ley y “gentes malditas” que ni conocen ni cumplen lo prescrito. Personas “sanas” bendecidas por Dios y “enfermos” malditos de Yahvé. Personas “justas” y hombres y mujeres «pecadores”, de profesión deshonrosa.
La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla.
No adopta la postura de los grupos fariseos que evitan todo contacto con impuros y pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán donde se redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.
Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar “lo que está perdido”; La gente lo llama «amigo de pecadores».
Con una insistencia provocativa va repitiendo que “los últimos serán los primeros”, que “el hijo perdido” entrará en la fiesta y el observante quedará fuera, que los publicanos y las prostitutas van por delante de los justos en el camino del Reino de Dios.
¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos y pordioseros, y todos los que forman el desecho de la sociedad, puedan ser un día los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los afectados por el SIDA pueden preceder a no pocos cristianos de «vida íntegra”? Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue siendo realmente vuestro amigo.
Vosotros podéis “entender» y acoger el perdón de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentirse de nada.
Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os humillamos, El os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge.
En lo más oscuro de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación, no estáis abandonados.
No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
30 de septiembre de 1984

INSTALARSE EN LA FE

Pero no fue...

Son bastantes los cristianos que terminan por instalarse cómodamente en su fe sin que su vida apenas se vea afectada lo más mínimo por su relación con Dios. Se diría que su fe es un añadido, un complemento de lujo o una nostalgia que se conserva todavía de los años de la infancia. Pero no algo nuclear que anima su vivir diario.
Cuántas veces la vida de los cristianos queda cortada en dos. Actúan, se organizan y viven como todos los demás a lo largo de los días, y el domingo dedican un cierto tiempo a dirigirse a un Dios que está ausente de sus vidas el resto de la semana.
Cristianos que se desdoblan y cambian de personalidad según se arrodillen para orar a Dios o se entreguen a sus ocupaciones diarias. Dios no penetra en su vida familiar, en su trabajo, en sus relaciones sociales, en sus proyectos o intereses.
La fe queda convertida así en una costumbre, un reflejo, una «relajación semanal» como diría J. Onimus y, en cualquier caso, en una prudente medida de seguridad para ese futuro que tal vez exista después de la muerte.
Todos hemos de preguntarnos con sinceridad qué significa realmente Dios en nuestro diario vivir. Lo que se opone a la verdadera fe no es, muchas veces, la increencia sino la falta de vida.
¿Qué importa el credo que pronuncian nuestros labios, si falta luego en nuestra vida un mínimo esfuerzo de seguimiento sincero a Jesucristo?
¿Qué importa —nos dice Jesús en su parábola— que un hijo diga a su padre que va a trabajar en la viña, si luego en realidad no lo hace? Las palabras, por muy hermosas y conmovedoras que sean, no dejan de ser palabras.
¿No hemos reducido, con frecuencia, nuestra fe a palabras, ideas o sentimientos? ¿No hemos olvidado demasiado que la fe es una actitud ante Dios que da un significado nuevo y una orientación diferente a todo el comportamiento del hombre?
Los cristianos no deberíamos ignorar que, en realidad, no creemos lo que decimos con los labios sino lo que expresamos con nuestra vida entera.
Los creyentes hemos llenado de palabras muy hermosas la historia de estos veinte siglos, hemos construido sistemas doctrinales monumentales que recogen el pensamiento cristiano con hondura, pero la verdadera fe hoy y siempre la viven aquellos hombres y mujeres que saben traducir en hechos el evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
27 de septiembre de 1981

MAS QUE PALABRAS

Después se arrepintió y fue.

Los que hemos nacido en una sociedad «cristiana» corremos el grave riesgo de no llegar a comprender correctamente el significado y la verdad de nuestra fe. Con frecuencia, nuestra visión particular de la fe, elaborada desde los primeros años de la infancia, no es sometida nunca a una verdadera revisión y no puede, por tanto, fácilmente ser purificada de parcialidades y deformaciones quizás inevitables.
De ahí que muchos se sientan «cristianos» por el mero hecho de afirmar verbalmente un credo o por estar dispuestos a aceptar un conjunto de fórmulas cuyo sentido y valor tampoco interesan demasiado.
Más de uno se considera cristiano solamente porque en el fondo de su conciencia cree poseer la respuesta verdadera al problema último del más allá.
Pero, entonces, la fe no es un impulso para vivir prácticamente según la orientación evangélica. Al contrario, puede convertirse en algo que alivia al individuo de la pesada tarea de buscar por sí mismo el verdadero sentido de la vida, y de decidir prácticamente la orientación de toda su conducta.
Erich Fromm habla de «los felices propietarios de la fe verdadera» que aceptan su religión como un «seguro de vida», sin que su fe sea impulso creativo y dinamizador de sus personas.
De ahí la actualidad de la parábola de Jesús. Lo importante no son, las palabras que pronuncian los dos protagonistas del relato sino su conducta real. Sólo hace la voluntad del padre el hijo que de hecho va a trabajar a la viña.
Ser creyente es algo más que recitar fórmulas de fe o confesar nuestra simpatía por la concepción cristiana de la vida.
No nos apresuremos a considerarnos creyentes. La fe no es algo que se posee sino un proceso que se vive. Más importante que confesarnos cristianos es esforzarse prácticamente por llegar a serlo.
La parábola de Jesús nos obliga a revisar nuestro cristianismo. La fe no consiste en pensar sino en recorrer el camino seguido por el Maestro. Somos creyentes en la medida en que la fe desencadena en nosotros una nueva manera de vivir siguiendo las huellas trazadas por él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

PROFESIONALES DE LA RELIGIÓN

Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera.

La parábola de Jesús es breve y clara. Un padre envía a sus hijos a trabajar en su viña. El primero le responde: «No quiero», pero después se arrepiente y va. El segundo le dice: «Ya voy», pero luego no marcha a trabajar. Jesús pregunta: ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?
La parábola, dirigida por Jesús a los sacerdotes y dirigentes religiosos de Israel, es una fuerte crítica a los «profesionales» de la religión, que tienen continuamente en sus labios el nombre de Dios pero, acostumbrados a la religión, terminan por olvidar o ser insensibles a la verdadera voluntad del Padre del cielo. Según Jesús, lo único que Dios quiere es que sus hijos e hijas vivan desde ahora una vida digna y dichosa. Ése es siempre el criterio para actuar según su voluntad. Si alguien ayuda a las personas a vivir, si trata a todos con respeto y comprensión, si contagia confianza y contribuye a una vida más humana, está «haciendo» lo que desea el Padre.
Jesús advierte muchas veces a los escribas, sacerdotes y dirigentes religiosos de uno de los peligros que amenazan a los «profesionales» de la religión: hablan mucho de Dios, creen saberlo todo de él, predican en su nombre la ley, el orden y la moral. Pueden ser personas celosas y diligentes, pero pueden terminar haciendo la vida de las personas más dura y penosa de lo que ya es.
No es mala voluntad, pero hay un modo de entender lo religioso que no contribuye a una vida más plena y digna. Hay personas muy «religiosas» que acusan, amenazan y hasta condenan en nombre de Dios, sin despertar nunca en el corazón de nadie el deseo de una vida más elevada. En esa forma de entender la religión, todo parece estar en orden, todo es perfecto, todo se ajusta a la ley, pero al mismo tiempo, todo es frío y rígido, nada invita a la vida.
Al terminar la parábola, Jesús añade estas palabras terribles: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios». Los excluidos oficialmente del ideal religioso, los que no saben cómo poner en orden su vida, los que aparentemente tienen poco que ver con Dios, están más cerca de él que los teólogos y sacerdotes, pues entienden y acogen mejor la comprensión y la bondad de Dios con todos.

José Antonio Pagola

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