lunes, 13 de marzo de 2017

19-03-2017 - 3º domingo de Cuaresma (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo de Cuaresma (A)


EVANGELIO

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
-«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
-«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? »
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
-«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice:
-«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
-«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice:
-«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice:
-«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta:
-«No tengo marido.»
Jesús le dice:
-«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice:
-«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice:
-«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice:
-«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. »
Jesús le dice:
-«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
-«Maestro, come.»
Él les dijo:
-«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos:
-«¿Le habrá traído alguien de comer?»
Jesús les dice:
-«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
-«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
19 de marzo de 2017

A GUSTO CON DIOS

La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. “Mujer, dame de beber”.
La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida?. Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría del agua de la vida”.
Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios, sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un “ser extraño”. Todo lo que está relacionado con él, les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil, cada vez más lejano.
Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel “Dios de mi infancia” que despertaba dentro de mí tantos miedos desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.
Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.
No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.
Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una “presencia salvadora”. Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 –
23 de marzo de 2014

A GUSTO CON DIOS

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -  JESÚS ES PARA TODOS
27 de marzo de 2011

LA RELIGIÓN DE JESÚS

Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob, en las cercanías de la aldea de Sicar. Pronto llega una mujer samaritana a apagar su sed. Espontáneamente, Jesús comienza a hablar con ella de lo que lleva en su corazón.
En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios. Los samaritanos suben al monte Garizim cuya cumbre se divisa desde el pozo de Jacob. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? ¿Qué piensa el profeta de Galilea?
Jesús comienza por aclarar que el verdadero culto no depende de un lugar determinado, por muy venerable que pueda ser. El Padre del cielo no está atado a ningún lugar, no es propiedad de ninguna religión. No pertenece a ningún pueblo concreto.
No lo hemos de olvidar. Para encontrarnos con Dios, no es necesario ir a Roma o peregrinar a Jerusalén. No hace falta entrar en una capilla o visitar una catedral. Desde la cárcel más secreta, desde la sala de cuidados intensivos de un hospital, desde cualquier cocina o lugar de trabajo podemos elevar nuestro corazón hacia Dios.
Jesús no habla a la samaritana de «adorar a Dios». Su lenguaje es nuevo. Hasta por tres veces le habla de «adorar al Padre». Por eso, no es necesario subir a una montaña para acercarnos un poco a un Dios lejano, desentendido de nuestros problemas, indiferente a nuestros sufrimientos. El verdadero culto empieza por reconocer a Dios como Padre querido que nos acompaña de cerca a lo largo de nuestra vida.
Jesús le dice algo más. El Padre está buscando «verdaderos adoradores». No está esperando de sus hijos grandes ceremonias, celebraciones solemnes, inciensos y procesiones. Lo que desea es corazones sencillos que le adoren «en espíritu y en verdad».
«Adorar al Padre en espíritu» es seguir los pasos de Jesús y dejarnos conducir como él por el Espíritu del Padre que lo envía siempre hacia los últimos. Aprender a ser compasivos como es el Padre. Lo dice Jesús de manera clara: «Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu». Dios es amor, perdón, ternura, aliento vivificador..., y quienes lo adoran deben parecerse a él.
«Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Volver una y otra vez a la verdad del Evangelio. Ser fieles a la verdad de Jesús sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Después de veinte siglos de cristianismo, ¿hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
24 de febrero de 2008

DIÁLOGO MÁS HUMANO

Junto al manantial de Jacob.

La escena es cautivadora. Llega Jesús a la pequeña aldea de Sicar. Está «cansado del camino». Su vida es un continuo caminar y recorrer los pueblos anunciando ese mundo mejor que Dios quiere para todos. Necesita descansar y se queda «sentado junto al manantial de Jacob».
Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Es samaritana y viene a apagar su sed en el pozo del manantial. Con toda espontaneidad Jesús inicia el diálogo: «Dame de beber».
¿Cómo se atreve a entrar en contacto con alguien que pertenece a un pueblo impuro y despreciable como el samaritano? ¿Cómo se rebaja a pedir agua a una mujer desconocida? Aquello va contra todo lo imaginable en Israel. Jesús se presenta como un ser necesitado. Necesita beber y busca ayuda y acogida en el corazón de aquella mujer. Hay un lenguaje que entendemos todos porque todos sabemos algo de cansancio, soledad, sed de felicidad, miedo, tristeza o enfermedad grave.
Las necesidades básicas nos unen y nos invitan a ayudarnos, dejando a un lado nuestras diferencias. La mujer se sorprende porque Jesús no habla con la superioridad propia de los judíos frente a los samaritanos, ni con la arrogancia de los varones hacia las mujeres.
Entre Jesús y la mujer se ha creado un clima nuevo, más humano y real. Jesús le expresa su deseo íntimo: «Si conocieras el don de Dios», si supieras que Dios es un regalo, que se ofrece a todos como amor salvador... Pero la mujer no conoce nada gratuito. El agua la tiene que extraer del pozo con esfuerzo. El amor de sus maridos se ha ido apagando, uno después de otro.
Cuando oye hablar a Jesús de un «agua» que calma la sed para siempre, de un «manantial» interior, que «salta» con fuerza dando fecundidad y vida eterna, en la mujer se despierta el anhelo de vida plena que nos habita a todos: «Señor dame de beber».
De Dios se puede hablar con cualquiera si nos miramos como seres necesitados, si compartimos nuestra sed de felicidad superando nuestras diferencias, si profetas y dirigentes religiosos piden de beber a las mujeres, si descubrimos entre todos que Dios es Amor y sólo Amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
27 de febrero de 2005

ALGO NO VA BIEN

Si conocieras el don de Dios.

La escena ha sido recreada por el evangelista Juan, pero nos permite conocer cómo era Jesús. Un profeta que sabía dialogar a solas y amistosamente con una mujer samaritana, perteneciente a un pueblo impuro, odiado por los judíos. Un hombre que sabía escuchar el sufrimiento y restaurar la vida de las personas.
Junto al pozo de Sicar, ambos hablan de la vida. La mujer convive con un hombre que no es su marido. Jesús lo sabe, pero no se indigna ni la recrimina. Le habla de Dios y le explica que es un «regalo»: «Si conocieras el don de Dios, todo cambiaría, incluso tu sed insaciable de vida». En el corazón de la mujer se despertará pronto una pregunta: «Será éste el Mesías?».
Algo no va bien en nuestra Iglesia si las personas más solas y maltratadas no se sienten escuchadas y acogidas por los que decimos seguir a Jesús. ¿Cómo vamos a introducir en el mundo su evangelio sin «sentarnos» a escuchar el sufrimiento, la desesperanza y la soledad de tantos y tantas?
Algo no va bien en nuestra Iglesia si la gente nos ve casi siempre a los eclesiásticos como representantes de la ley y la moral, y no como profetas de la misericordia de Dios. ¿Cómo van a «adivinar» en nosotros a aquel Jesús que atraía a las personas hacia la voluntad del Padre revelándoles su amor compasivo?
Algo no va bien en nuestra Iglesia cuando la gente, perdida en una oscura crisis de fe, pregunta por Dios, y nosotros le hablamos del control de natalidad, el divorcio, los preservativos o las relaciones prematrimoniales. ¿De qué hablaría hoy aquel que dialogaba con la samaritana tratando de mostrarle el mejor camino para saciar su sed de felicidad?
Algo va mal en nuestra Iglesia si la gente no se siente querida por quienes somos sus miembros. Lo decía san Agustín: «Si quieres conocer a una persona, no preguntes por lo que piensa, pregunta por lo que ama». Oímos hablar mucho de lo que piensa la Iglesia, pero los que sufren se preguntan qué ama la Iglesia, a quiénes ama y cómo los ama. ¿Qué les podemos responder desde nuestras comunidades cristianas?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
3 de marzo de 2002

DIOS Y MORAL

Si conocieras el don de Dios.

Hay un dicho que se recuerda entre los moralistas y encierra no poca sabiduría: «Dime qué imagen de Dios tienes y te diré qué tipo de moral practicas», y viceversa: «dime qué moral vives y te diré qué idea de Dios tienes». Es así. Hay una relación estrecha entre nuestra imagen de Dios y nuestra manera de entender y vivir la dimensión moral de la vida.
Una imagen de Dios, descomprometido de la historia de los hombres e interesado sólo por su honor, su gloria y sus derechos, conduce a un divorcio entre fe y compromiso moral. Si a Dios no le importa nuestra felicidad, ya nos preocuparemos nosotros de conseguirla. Cuando a Dios se le percibe alejado de nuestra realidad, las personas se van olvidando de él y se organizan la vida a su manera.
Cuando a Dios se le considera como el «legislador» universal que, al crear el mundo, lo ha ordenado según unas leyes eternas que hemos de cumplir para no terminar condenados, la moral se convierte en fuente de una vida infantil e inmadura, que no ayuda a desarrollar la propia responsabilidad. Es fácil entonces caer en el miedo al castigo o en la búsqueda del premio, sin aprender a amar la vida, el mundo y las personas desde lo más hondo de nuestro ser.
Dios se puede convertir también en carga pesada para l conciencia moral. La imagen de un Dios «justiciero», atento siempre a nuestros pecados, puede arruinar la paz de las personas. Cuántos escrúpulos, angustias y falsos rigorismos han convertido la vida de no pocos en un tormento.
Sólo la fe en un Dios, Padre de misericordia, que mira con amor nuestra vida y busca con pasión nuestra felicidad, puede hacemos vivir una moral sana y responsable. Hay quienes temen que un «Dios Amor» pueda conducir a una vida moral cómoda e irresponsable. No es así. Cuando alguien se siente amado por Dios, se esfuerza como nadie en responder de manera fiel y exigente.
Lo primero no es el esfuerzo moral sino la fe y la experiencia de Dios. Algo de esto le sugería Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
7 de marzo de 1999

¿MEJOR SIN DIOS?

Si conocieras el don de Dios.

Son bastantes los que piensan que Dios es una especie de fantasma en el que gentes todavía poco modernas se empeñan en seguir creyendo, pero del que la humanidad irá prescindiendo cada vez más, como algo superfluo e inútil. Ya somos lo suficientemente adultos como para tomar la existencia en nuestras manos sin necesidad de acudir a ningún dios.
Ciertamente, es cautivador considerar al hombre como dios y creador de sí mismo, pero esto no significa en manera alguna que lo haga más humano. Hay una pregunta que no podemos eludir. ¿Es Dios freno y obstáculo para el crecimiento del hombre o, por el contrario, el único que puede orientar e impulsar su historia de manera verdaderamente humana?
No tenemos todavía una experiencia suficientemente larga y contrastada para poder verificar qué es lo que puede suceder en una sociedad en la que realmente la fe en Dios haya quedado totalmente sofocada.
Son bastantes, sin embargo, los que comienzan a preguntarse si no estamos ya comprobando de alguna manera que los hombres no nos bastamos a nosotros mismos. ¿No está llegando el momento de ser realistas y aceptar los límites de nuestra ciencia, nuestro poder y nuestra técnica?
Ciertamente los hombres podemos, individual y colectivamente, prescindir de Dios una y otra vez, pero no por ello se hace más clara nuestra existencia. Una vez que hemos expulsado a Dios de nuestra vida y nos hemos encerrado en este mundo creado por nosotros y que no refleja sino nuestras propias contradicciones, ¿quién nos puede decir quiénes somos y qué buscamos?
Expulsado Dios de nuestras vidas, podemos seguir defendiendo todavía por inercia un conjunto de valores, pero ¿no queda ya todo reducido a opiniones discutibles cuyo conflicto sólo podrá ser resuelto por la fuerza, la imposición de la mayoría o el juego de los diversos intereses? En realidad, ¿quién podrá legitimar un marco de valores inviolable para garantizar la dignidad de cada ser humano? Expulsado Dios, ¿no nos iremos quedando todos y cada uno de nosotros cada vez más indefensos éticamente?
Las palabras de Jesús encierran un extraña invitación para el hombre contemporáneo: «Si conocieras el don de Dios...» El hombre de hoy no acierta a descubrir a Dios como don y como amigo. Tal vez, necesite experimentar todavía con más fuerza los desengaños y frustraciones que se generan en la historia cuando los hombres esperamos de nosotros mismos lo que sólo podemos recibir de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
10 de marzo de 1996

EL DON DE DIOS

Si conocieras el don de Dios.

Tal vez, una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es la falta de «experiencia religiosa». Son muchos los que se dicen cristianos y, sin embargo, no saben lo que es disfrutar de su fe, sentirse a gusto con Dios y vivir saboreando su adhesión a Jesucristo. ¿Cómo se puede ser creyente sin gozar nunca del amor acogedor de Dios?
El desarrollo de una teología de carácter marcadamente racional y la importancia que se le ha dado en occidente a la formulación conceptual, ha llevado con frecuencia a entender y vivir la fe como una «adhesión doctrinal» a Jesucristo. Bastantes cristianos «creen cosas» acerca de él, pero no saben comunicarse gozosamente con su persona viva.
Algo parecido sucede a veces en la celebración litúrgica. Se observan correctamente los ritos externos y se pronuncian palabras hermosas, pero todo parece acontecer «fuera» de las personas. Se canta con los labios, pero el corazón está ausente. Se recibe el Cuerpo del Señor, pero no se produce una comunicación viva con él.
Es significativo también lo que sucede con la lectura de la Biblia. Los avances de la exégesis moderna nos han permitido conocer como nunca la composición de los libros sagrados, los géneros literarios o la estructura de los evangelios. Sin embargo, no hemos aprendido a saborear la Palabra de Dios y a «rumiarla» en el corazón.
Todo eso produce una sensación extraña. Se diría que nos estamos moviendo en la «epidermis de la fe», según la expresión de Marcel Legaut. En la Iglesia no faltan palabras ni Sacramentos. Se predica todos los domingos. Se celebra la eucaristía. También bautizos, primeras comuniones y confirmaciones. Pero falta «algo», y no es fácil decir exactamente qué. Esto no es lo que vivieron los primeros creyentes.
Necesitamos una experiencia nueva del Espíritu, que nos haga vivir por dentro y nos enseñe a «sentir y gustar de las cosas internamente», como decía Ignacio de Loyola. Nos falta gustar lo que decimos creer; saborear en nosotros la presencia callada pero real de Dios. Nos falta espontaneidad con él, confianza gozosa en su amor.
La presencia del Espíritu no se planifica ni se organiza. No es fruto de nuestros esfuerzos y trabajos. Al Espíritu hay que «hacerle sitio» en la vida y en el corazón, en nuestras celebraciones y en la comunidad cristiana. La Iglesia de nuestros días ha de escuchar también hoy las palabras de Cristo a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios... » Sólo cuando se abre a la acción del Espíritu, descubre el creyente esa agua prometida por Cristo que se convierte dentro de él en «manantial que salta hasta la vida eterna».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
14 de marzo de 1993

SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS

Si conocieras el don de Dios...

Son bastantes las personas que, al abandonar las prácticas y ritos prescritos por la Iglesia, han eliminado también de su vida toda experiencia religiosa. Ya no se comunican con Dios. Ha quedado rota toda relación con El.
Esta incomunicación con Dios no es buena. No hace a la persona más humana, ni da más fuerza para vivir. No ayuda a caminar por la vida de manera más sana. Por otra parte, es bueno recordar que hay muchos caminos para comunicarse con Dios, y no todos pasan necesariamente por la Iglesia. Yo diría que hay tantos caminos como personas. Cada vida puede ser un camino para encontrarse con ese Dios Bueno que está en el fondo de todo ser humano.
Dios es invisible. «Nadie lo ha visto», dice la Biblia. Es un Dios escondido. Pero, según Jesús, ese Dios oculto se revela. No a los hombres grandes e inteligentes, sino a los «pequeños y sencillos», estén dentro o fuera de la Iglesia.
Dios es inefable. No es posible definirlo ni explicarlo con precisión. No podemos hablar de El con conceptos adecuados. Pero podemos hablarle a El y, lo que es más importante, El nos habla, incluso aunque no abramos nunca las páginas de la Biblia .
Dios es trascendente y gratuito. No está obligado a nada. Nadie lo puede condicionar. Es Amor libre e insondable. Ningún hombre o mujer queda lejos de su ternura, viva dentro o fuera de una comunidad creyente.
A veces, podemos captar su cercanía en nuestra propia soledad. En el fondo, todos estamos profundamente solos ante la existencia. Esa soledad última sólo puede ser visitada por Dios. Si escuchamos hasta el fondo nuestro propio desamparo, tal vez percibamos la presencia del Amigo fiel que acompaña siempre. ¿Por qué no abrirnos a El?
Otras veces, lo podemos encontrar en nuestra mediocridad. Cuando nos vemos cogidos por el miedo o amenazados por la depresión y el fracaso, El está ahí. Su presencia es respeto, amor y comprensión. ¿Por qué no invocarle?
Podemos intuirlo incluso en nuestras dudas y confusión. Cuando todo parece tambalearse y no acertamos ya a creer en nada ni en nadie, queda Dios. En medio de la oscuridad puede brotar la claridad interior. Dios entiende, ama, lo conduce todo hacia el bien. ¿Por qué no confiar en El?
Dios está también en las mil experiencias positivas de la vida. En el hijo que nace, en la fiesta compartida, en el trabajo bien hecho, en el acercamiento íntimo de la pareja, en el paseo que relaja, en el encuentro amistoso que renueva. ¿Por qué no elevar el corazón hasta Dios y agradecerle el don de la vida?
Hemos de recordar aquella verdad que decía el viejo catecismo: «Dios está en todas partes.» Está siempre, está en todo. Nadie está olvidado por su amor de Padre, todos tienen acceso a El por medio de su Hijo, en todos habita su Espíritu. Dios es un regalo para quien lo descubre. «Si conocieras el don de Dios... El te daría agua viva.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
18 de marzo de 1990

ENCONTRARSE A GUSTO CON DIOS

Si conocieras el don de Dios.

Son bastantes las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios, casi sin advertir lo que realmente estaba ocurriendo en sus vidas.
Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Cuando entran en una iglesia o asisten a una celebración religiosa, todo les parece artificial y vacío. Lo que escuchan se les hace lejano e incomprensible.
Tienen la impresión de que todo lo que está ligado con Dios es infantilismo e inmadurez, un mundo ilusorio donde falta sentido de la realidad.
Y, sin embargo, esas mismas personas en cuya vida apenas hay experiencia religiosa alguna, andan con frecuencia a la búsqueda de paz interior, de profundidad, de sentido. Más aún. Aunque ya no creen en «el Dios de su infancia», acogerían de nuevo a Dios si lo descubrieran como la Realidad gozosa que sostiene, alienta y llena todo de vida.
Pero, ¿se puede encontrar de nuevo a Dios una vez que la persona se ha alejado de toda religiosidad? ¿Es posible una experiencia nueva de Dios? ¿Por dónde buscar?
Algunos buscan «pruebas». Exigen garantías para tener seguridad. Pretenden controlar a Dios, verificarlo, analizarlo, como si se tratara de un objeto de laboratorio.
Pero Dios se encuentra en otro plano más profundo. A Dios no se le puede aprisionar en la mente. Quien lo busca sólo por la vía estrecha de la razón corre el riesgo de no encontrarse nunca con El. Dios es «el Misterio del mundo». Para descubrirlo, hemos de ahondar más.
Precisamente por esto, algunos piensan que Dios no está a su alcance. Tal vez esté en algún lugar lejano de la existencia, pero habría que hacer tal esfuerzo para encontrarse con El, que no se sienten con fuerzas.
Sin embargo, Dios está mucho más cerca de lo que sospechamos. Está dentro de nosotros mismos. O lo encontramos en el fondo de nuestro ser o difícilmente lo encontraremos en ninguna parte.
Si yo me abro, El no se cierra. Si yo escucho, Eí no se calla. Si yo me confío, El me acoge. Si yo me entrego, El me sostiene. Si yo me dejo amar, El me salva.
Tal vez la experiencia más importante para encontrar de nuevo a Dios es sentirse a gusto con El, percibirlo como presencia amorosa que me acepta como soy. Cuando una persona sabe lo que es sentirse a gusto con Dios a pesar de su mediocridad y pecado, difícilmente lo abandona. Recordemos las palabras de Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios... le pedirías de beber y él te daría agua viva».
Muchas personas están abandonando hoy la fe sin haber saboreado a Dios. Si conocieran lo que es encontrarse a gusto con El, lo buscarían.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
22 de marzo de 1987

VIVIR SIN DIOS

Si conocieras el don de Dios.

Son bastantes los que piensan que Dios es una especie de fantasma en el que gentes todavía poco modernas se empeñan en seguir creyendo, pero del que la humanidad irá prescindiendo cada vez más como de algo superfluo e inútil.
Ya somos lo suficientemente adultos como para tomar la existencia en nuestras manos sin necesidad de acudir a ningún dios.
Ciertamente, es cautivador considerar al hombre como dios y creador de sí mismo, pero esto no significa en manera alguna que lo haga más humano.
A lo largo de la Carta Pastoral de los Obispos está latente el interrogante tal vez más crucial que atraviesa hoy la cultura moderna: ¿Es Dios freno y obstáculo para el crecimiento del hombre o, por el contrario, el único que puede orientar e impulsar su historia de manera verdaderamente humana?
No tenemos todavía una experiencia suficientemente larga y contrastada para poder verificar qué es lo que puede suceder en una sociedad en la que realmente la fe en Dios haya quedado totalmente sofocada.
Son bastantes, sin embargo, los que comienzan a preguntarse si no estamos ya comprobando de alguna manera que los hombres no nos bastamos a nosotros mismos. ¿No está llegando el momento de ser realistas y aceptar los límites de nuestra ciencia, nuestro poder y nuestra técnica?
Ciertamente los hombres podemos, individual y colectivamente, prescindir de Dios una y otra vez, pero no por ello se hace más clara nuestra existencia.
Una vez que hemos expulsado a Dios de nuestra vida y nos hemos encerrado en este mundo creado por nosotros y que no refleja sino nuestras propias contradicciones, ¿quién nos puede decir quiénes somos y qué buscamos?
Los hombres podemos ignorar a Dios y seguir en cada momento las normas de comportamiento que nos parezcan más oportunas, pero ¿dónde nos apoyaremos para saber qué es lo bueno, lo justo y digno para el hombre?
Expulsado Dios de nuestras vidas, podemos seguir defendiendo todavía por inercia un conjunto de valores, pero ¿no queda ya todo reducido a opiniones discutibles cuyo conflicto sólo podrá ser resuelto por la fuerza, la imposición de la mayoría o el juego de los diversos intereses?
En realidad, ¿quién podrá legitimar un marco de valores inviolable para garantizar la dignidad de cada hombre? Expulsado Dios, ¿no nos iremos quedando todos y cada uno de nosotros cada vez más indefensos éticamente?
Las palabras de Jesús encierran una extraña invitación para el hombre contemporáneo: “Si conocieras el don de Dios...” El hombre de hoy no acierta a descubrir a Dios como don y como amigo. Tal vez, necesite experimentar todavía con más fuerza los desengaños y frustraciones que se generan en la historia cuando los hombres esperamos de nosotros mismos y de las cosas lo que sólo podemos esperar de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
25 de marzo de 1984

CONFLICTO CULTURAL

Lo judíos no se trataban con los samaritanos.

Los judíos despreciaban a la comunidad samaritana porque su población, después de la invasión asiria, había quedado mezclada con sangre de colonos extranjeros. Por su parte, los samaritanos habían reaccionado construyendo su propio templo en el monte Garizín, como rival del que se levantaba en Jerusalén.
El enfrentamiento llegó a alcanzar caracteres dramáticos. El año 125 a.C., los judíos destruyeron el templo samaritano. A su vez, en tiempos del procurador Coponio, siendo Jesús todavía un adolescente, los samaritanos consiguieron profanar el templo de Jerusalén esparciendo en él huesos humanos durante las fiestas de pascua.
Jesús sufrió en su propia carne el enfrentamiento, mutuo desprecio y odio existentes entre las dos comunidades.
En cierta ocasión, los habitantes de una aldea samaritana lo rechazan, sencillamente, porque ven en él un peregrino judío que se dirige al odiado templo de Jerusalén. Por otra parte, sus mismos compatriotas judíos lo insultan y llaman «samaritano» porque se atreve a criticar a los suyos y trata de crear un nuevo clima entre las dos comunidades.
Sin embargo, la actitud de Jesús es siempre la misma: derribar las barreras de enemistad que separa a aquellos dos pueblos hermanos, apelando a la fe en un mismo Padre de todos.
Por eso, Jesús en el diálogo con la mujer samaritana, no admite una liturgia que separe a los hombres y los enfrente entre sí. Los que dan «culto verdadero» han de hacerlo movidos por un espíritu de fraternidad y de verdad.
Dos grandes tradiciones culturales conviven desde hace siglos en nuestra tierra. Dos culturas diferentes que han ido configurando dos modos de ser y dos sensibilidades colectivas diferentes.
Con frecuencia, lo que podría ser mutuo enriquecimiento y complementación se convierte en fuente de conflictos, motivo de mutuo desprecio y enfrentamiento pernicioso para todos.
Concepciones puristas de la propia cultura, actitudes despectivas ante la cultura ajena, opciones políticas vividas con apasionamiento, están desgarrando la convivencia de «euskaldunes» y no «euskaldunes».
Es doloroso ver a creyentes, ciegamente enfrentados, incapaces de celebrar su fe respetando la realidad bilingüe de nuestra tierra, insensible a una cultura euskaldún en peligro, elevando al Padre un culto vacío de espíritu fraterno.
La reconciliación en nuestro pueblo pasa hoy por una mutua valoración y apertura de ambas culturas, un esfuerzo de mutuo enriquecimiento, evitando el dominio hegemónico de una cultura sobre otra, atendiendo de manera más cuidada la que está más amenazada. ¿ Seremos capaces de construir un único pueblo desde tradiciones culturales diferentes o caeremos una vez más en el enfrentamiento y la mutua agresión?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
22 de marzo de 1981

DESENCANTO ACTIVO

El que bebe de esta agua, vuelve a tener sed.

Es difícil asomarse a la vida de cada día, sin percibir cómo va creciendo entre nosotros la sensación de desencanto. Ensayistas y observadores del momento nos describen con tonos cada vez más negros una situación generalizada de desencanto que no es sino «la transcripción sicológica y social de esperanzas insatisfechas».
La población va tomando una conciencia cada vez más realista de una crisis económica cuya solución es difícil entrever. Crece el miedo social, la necesidad de defenderse, la impotencia. Hemos vivido un ritmo de producción y consumo que empieza a resquebrajarse.
El desencanto es sin embargo más profundo y abarca el ámbito de lo político, lo social y lo eclesial. Crece la desconfianza y se tiene la sensación de «estar tocando fondo». Y crece también el número de gente desilusionada, airada, decepcionada, sin esperanza de poder vivir, no ya una vida mejor, sino sencillamente, vivir.
Ante esta situación, los «profetas de la muerte» sólo nos anuncian para el futuro, el desastre, la destrucción, el túnel sin salida. Los «profetas de la involución» nos urgen a volver sobre nuestros pasos para encerrarnos de nuevo en la «seguridad» del pasado.
Pero, hay una manera de leer esta realidad con otros ojos. ¿No era necesario llegar a este desencanto para desengañarnos de falsos salvadores y de falsas promesas de salvación? ¿No era necesario vivir esta experiencia de profunda insatisfacción para esperar y luchar por una salvación más integral y más profunda?
Quizás estamos viviendo un momento privilegiado, porque hemos perdido, en gran parte, la confianza y seguridad que habíamos puesto en nuestra sociedad de producción y consumo. Y estamos experimentando que el tener, disfrutar, consumir y acumular, no nos resuelve el problema último del hombre.
Tal vez, el tiempo de desencanto es un momento cargado de posibilidades y de futuro, porque puede ser un punto de arranque para una búsqueda más acertada de salvación. Un momento que nos permite experimentar la verdad de aquellas palabras de Jesús: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed».
Quizás estamos viviendo un momento privilegiado para que el proyecto de vida de Jesús se nos muestre en su verdadero significado. El momento de pasar a un desencanto activo y de luchar por imponer en nuestra sociedad un nuevo estilo de solidaridad, preferencia eficaz por los débiles y atención desinteresada a los necesitados.

José Antonio Pagola
HOMILIA


Los cristianos han oído decir desde siempre que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8), pero muchos ni siquiera sospechan lo que se quiere decir con esta afirmación central y decisiva del cristianismo. Si un día cayeran en cuenta, nacería en ellos una fe en Dios absolutamente diferente y nueva.
En realidad, no nos atrevemos a creer que Dios es amor, es decir, que no sólo nos tiene amor y nos quiere, sino que, en su ser más íntimo, es amor y que, por lo tanto, de él no puede brotar más que amor, incluso cuando nosotros no merecemos ser amados. Dios es así; amor sin condiciones ni restricciones.
A nosotros nos resulta «increíble» que podamos ser amados sin condiciones. Por eso, enseguida proyectamos sobre Dios nuestros fantasmas y miedos recortando y deformando su amor.
En el fondo pensamos que Dios es muy bueno y nos quiere, pero sólo si sabemos corresponderle: es decir, Dios ama como amamos nosotros, con condiciones, incluso exigiendo más que nosotros.
Este Dios no resulta muy agradable. Bastantes lo sienten como un ser peligroso, una amenaza, una censura constante, un juez implacable que no hace sino generar sentimientos de culpa, inseguridad y miedo. No es extraño que haya tanta gente que no quiera saber nada de él.
Junto al pozo de Jacob, Jesús conversa con una mujer doblemente despreciable para un judío, por mujer y por samaritana. Jesús que mira siempre el corazón de las personas, le dice estas palabras inolvidables: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva».
Muchos cristianos no conocen el «don de Dios» y no pueden sentirse a gusto con él porque sólo conocen sus exigencias, no su amor incondicional y gratuito. No pueden ni sospechar que Dios podría ser para ellos «agua viva» que les haría vivir de manera más digna y dichosa.
En la Iglesia, como en tiempos de Jesús, hay jerarcas, doctores, sacerdotes y escribas, pero, ¿hay testigos capaces de contagiar y sugerir con su palabra y su vida el verdadero rostro de Dios? Y si no hacemos esto, ¿para qué hacemos todo lo demás?

José Antonio Pagola

HOMILIA

DIOS Y MORAL

Hay un dicho que se recuerda entre los moralistas y encierra no poca sabiduría: «Dime qué imagen de Dios tienes y te diré qué tipo de moral practicas», y viceversa: «dime qué moral vives y te diré qué idea de Dios tienes». Es así. Hay una relación estrecha entre nuestra imagen de Dios y nuestra manera de entender y vivir la dimensión moral de la vida.
Una imagen de Dios, descomprometido de la historia de los hombres e interesado sólo por su honor, su gloria y sus derechos, conduce a un divorcio entre fe y compromiso moral. Si a Dios no le importa nuestra felicidad, ya nos preocuparemos nosotros de conseguirla. Cuando a Dios se le percibe alejado de nuestra realidad, las personas se van olvidando de él y se organizan la vida a su manera.
Cuando a Dios se le considera como el «legislador» universal que, al crear el mundo, lo ha ordenado según unas leyes eternas que hemos de cumplir para no terminar condenados, la moral se convierte en fuente de una vida infantil e inmadura, que no ayuda a desarrollar la propia responsabilidad. Es fácil entonces caer en el miedo al castigo o en la búsqueda del premio, sin aprender a amar la vida, el mundo y las personas desde lo más hondo de nuestro ser.
Dios se puede convertir también en carga pesada para la conciencia moral. La imagen de un Dios «justiciero», atento siempre a nuestros pecados, puede arruinar la paz de las personas. Cuántos escrúpulos, angustias y falsos rigorismos han convertido la vida de no pocos en un tormento.
Sólo la fe en un Dios, Padre de misericordia, que mira con amor nuestra vida y busca con pasión nuestra felicidad, puede hacernos vivir una moral sana y responsable. Hay quienes temen que un «Dios Amor» pueda conducir a una vida moral cómoda e irresponsable. No es así. Cuando alguien se siente amado por Dios, se esfuerza como nadie en responder de manera fiel y exigente.
Lo primero no es el esfuerzo moral sino la fe y la experiencia de Dios. Algo de esto le sugería Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

José Antonio Pagola




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                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com



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