lunes, 9 de enero de 2017

15-01-2017 - 2º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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2º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
"Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. "
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
15 de enero de 2017

CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra... no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
19 de enero de 2014

CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 – JESÚS ES PARA TODOS.
16 de enero de 2011

Hambre de espiritualidad

Las primeras generaciones cristianas sabían muy bien que "bautizarse" significa literalmente sumergirse en el agua, bañarse o limpiarse. Por eso, diferenciaban muy bien el "bautismo de agua" que impartía el Bautista en las aguas del Jordán y el "bautismo de Espíritu Santo" que reciben de Jesús. El bautismo de Jesús no es un baño corporal que se recibe sumergiéndose en el agua, sino un baño interior en el que nos dejamos empapar y penetrar por su Espíritu, que se convierte dentro de nosotros en un manantial de vida nueva e inconfundible.
Por eso, los primeros cristianos bautizaban invocando el nombre de Jesús sobre cada bautizado. Pablo de Tarso dice que los cristianos están bautizados en "Cristo" y, por eso, han de sentirse llamados a "vivir en Cristo", animados por su Espíritu, interiorizando su experiencia de Dios y sus actitudes más profundas.
No es difícil observar en la sociedad moderna signos que manifiestan un hambre profunda de espiritualidad. Está creciendo el número de personas que buscan algo que les dé fuerza interior para afrontar la vida de manera diferente. Es difícil vivir una vida que no apunta hacia meta alguna. No basta tampoco pasarlo bien. La existencia termina haciéndose insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad.
Otros sienten necesidad de paz interior y de seguridad para hacer frente a sentimientos de miedo y de incertidumbre que nacen en su interior. Hay quienes se sienten mal por dentro: heridos, maltratados por la vida, desvalidos, necesitados de sanación interior.
Son cada vez más los que buscan algo que no es técnica, ni ciencia, ni ideología religiosa. Quieren sentirse de manera diferente en la vida. Necesitan experimentar una especie de "salvación"; entrar en contacto con el Misterio que intuyen en su interior.
Nos inquieta mucho que bastantes padres no bauticen ya a sus hijos. Lo que nos ha de preocupar es que muchos y muchas se marchan de nuestra Iglesia sin haber oído hablar del "bautismo del Espíritu" y sin haber podido experimentar a Jesús como fuente interior de vida.
Es un error que en el interior mismo de la Iglesia se esté fomentando, con frecuencia, una espiritualidad que tiende a marginar a Jesús como algo irrelevante y de poca importancia. Los seguidores de Jesús no podemos vivir una espiritualidad seria, lúcida y responsable si no está inspirada por su Espíritu. Nada más importante podemos hoy ofrecer a las personas que una ayuda a encontrarse interiormente con Jesús, nuestro Maestro y Señor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 – RECREADOS POR JESÚS
20 de enero de 2008

DEJARNOS BAUTIZAR POR EL ESPÍRITU

El que ha de bautizar con Espíritu.

Los evangelistas se esfuerzan por diferenciar bien el bautismo de Jesús del bautismo de Juan. No hay que confundirlos. El bautismo de Jesús no consiste en sumergir a sus seguidores en las aguas de un río. Jesús sumerge a los suyos en el Espíritu Santo.
El evangelio de Juan lo dice de manera clara. Jesús posee la plenitud del Espíritu de Dios y, por eso, puede comunicar a los suyos de esa plenitud. La gran novedad de Jesús consiste en que Jesús es «el Hijo de Dios» que puede «bautizar con Espíritu Santo».
Este bautismo de Jesús no es un baño externo, parecido al que algunos han podido conocer tal vez en las aguas del Jordán. Es un «baño interior». La metáfora sugiere que Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona.
El Espíritu Santo es considerado por los evangelistas como «Espíritu de vida». Por eso, dejamos bautizar por Jesús significa acoger su Espíritu como fuente de vida nueva. Su Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él. Nos puede llevar a un nuevo nivel de existencia cristiana, a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de verdad». Dejamos bautizar por él es poner verdad en nuestro cristianismo. No dejamos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos desvían del evangelio.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de amor», capaz de liberamos de la cobardía y del egoísmo de vivir pensando sólo en nuestros intereses y nuestro bienestar. Dejamos bautizar por él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de conversión» a Dios. Dejamos bautizar por Jesús significa dejamos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que deshumaniza a los hijos e hijas de Dios.
El Espíritu de Jesús es «Espíritu de renovación». Dejarnos bautizar por él es dejamos atraer por su novedad creadora. El puede despertar lo mejor que hay en la Iglesia y darle un «corazón nuevo», con mayor capacidad de ser fiel al evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
16 de enero de 2005

LO PRIMERO

El que ha de bautizar con Espíritu Santo.

En algunos ambientes cristianos del siglo primero tuvieron mucho interés en no ser confundidos con los seguidores del Bautista. La diferencia, según ellos, era abismal. Los «bautistas» vivían de un rito externo que no transformaba a las personas: un bautismo de agua. Los «cristianos», por el contrario, se dejaban transformar internamente por el Espíritu de Jesús.
Olvidar esto es mortal para la Iglesia. El movimiento de Jesús no se sostiene ni desarrolla con doctrinas, normas o ritos vividos desde el exterior. Es el mismo Jesús quien ha de «bautizar» o empapar a sus seguidores con su Espíritu. Y es este Espíritu el que los ha de animar, impulsar y transformar. Sin este «bautismo del Espíritu» no hay cristianismo.
No lo hemos de olvidar. La fe que hay en la Iglesia no está en los documentos del magisterio ni en los libros de los teólogos. La única fe real es la que el Espíritu de Jesús activa en los corazones y las mentes de sus seguidores. Esos cristianos sencillos y honestos, de intuición evangélica y corazón compasivo, son los que de verdad «reproducen» a Jesús e introducen su Espíritu en el mundo. Ellos son lo mejor que tenemos en la Iglesia.
Desgraciadamente, hay otros muchos que no conocen por experiencia esa fuerza del Espíritu de Jesús. Viven una «religión de segunda mano». No conocen ni aman a Jesús. Sencillamente, creen lo que dicen otros. Su fe consiste en creer lo que dice la Iglesia, lo que enseña la jerarquía o lo que escriben los entendidos, aunque ellos no experimenten en su corazón nada de lo que vivió Jesús. Como es natural, con el paso de los años, su adhesión al cristianismo se va disolviendo.
Lo primero que necesitan hoy los cristianos no son catecismos que definan correctamente la doctrina cristiana ni exhortaciones que precisen con rigor las normas morales. Sólo con eso no se transforman las personas. Hay algo previo y más decisivo: narrar en las comunidades la figura de Jesús, ayudar a los creyentes a ponerse en contacto directo con el evangelio, enseñar a conocer y amar a Jesús, aprender juntos a vivir con su estilo de vida y su espíritu. Recuperar el «bautismo del Espíritu», ¿no es ésta la primera tarea en la Iglesia?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
20 de enero de 2002

VIVIR CONTRA LA MUERTE

Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad porque no sabe lo que encierra esta palabra; ignora que significa más que religiosidad y que no se identifica con lo que tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto sólo es posible cuando se le experimenta a Dios como «fuente de vida» (fons vitae) en cada experiencia humana.
Como ha expuesto J. Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad que prescinda de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que hace daño y la mata.
Este amor a la vida genera una alegría diferente, enseña a «vivir sin armas», de manera amistosa y abierta, en paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacemos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la persona J. Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante» pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.
Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito; estamos acertando en lo esencial. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es moralizarla sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna. Ésta es, según el Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Sólo esto nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
17 de enero de 1999

EXACTAMENTE AL REVES

El que quita el pecado del inundo.

Son bastantes las personas que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.
Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela. Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en «quitar el pecado del mundo».
Son bastantes los que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.
A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables, sino también víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica, pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando precisamente creíamos hacerla más feliz.
No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislamos de los demás, hundirnos en la soledad. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como «el que quita el pecado del mundo», no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de costumbres». Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberamos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberamos del mal.
El cristianismo sólo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica del pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
14 de enero de 1996

SIN ARRIESGAR

Juan dio testimonio.

Es bien sabido que el término «mártir», en su sentido etimológico original, significa «testigo». Y eso son, antes que nada, los misioneros: testigos del amor de Dios en los lugares donde su presencia es más necesaria, junto a los desheredados, los desnutridos, los refugiados o los leprosos.
Esto implica casi siempre no pocos riesgos, incluso para la propia vida. No son infrecuentes las enfermedades características de esos países, los accidentes o los conflictos bélicos. Los misioneros lo saben. Y, llegado el momento, los asumen con la misma sencillez que aquellas pobres gentes acostumbradas a «sufrir la vida».
Pero se está produciendo, últimamente, un hecho escalofriante en países como Rwanda, Zaire (actual Congo), Argelia y zonas de Latinoamérica. Según las estadísticas de los últimos veinte años, están siendo asesinados a razón de dos misioneros por mes. En 1996 fueron 46 los misioneros y misioneras muertos violentamente. En los primeros meses de 1997 van ya más de 18. ¿A qué se debe esta escalada sangrienta’?
Aunque las circunstancias concretas varían, las causas, en el fondo, son casi siempre las mismas. Los misioneros y misioneras son testigos «incómodos» de injusticias y abusos inconfesables. Han tenido que salir en defensa de poblaciones inocentes masacradas sin piedad. Se han visto en la obligación de reiterar sus llamamientos a la reconciliación y la paz. No se han desentendido del sufrimiento de los indefensos.
Acostumbrados a cierta literatura que nos ha presentado a los antiguos mártires cristianos como sacrificados por confesar la verdadera religión, tal vez no sabemos valorar como es debido el martirio de estos hombres y mujeres que, en medio de complejos conflictos de carácter político o étnico, arriesgan su vida e incluso la pierden por defender al débil. Sin embargo, su martirio se inspira en el de Jesús, condenado y crucificado por defender la causa del hombre.
Estos hombres y mujeres «no han sido martirizados por ser cristianos, sino por ser cristianos hasta las últimas consecuencias» (M. Unciti). Si su cristianismo no hubiera pasado de «rezar e ir a misa los domingos», si se hubiera limitado a «no hacer mal a nadie», todavía estarían con vida. Sin embargo, un día decidieron vivir su fe hasta el fondo. Por eso, su martirio es una «sacudida» para quienes, instalados en «un egoísmo vividor que sabe comportarse decentemente» (K. Rahner), pretendemos ser cristianos sin arriesgar absolutamente nada.
El testimonio de Juan el Bautista no se limita a señalar a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Un día llegará a dar su vida por denunciar el pecado de Herodes.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
17 de enero de 1993

DIOSES PARA NO CREER

Este es el Hijo de Dios.

Sabemos que las gentes que conocieron a Jesús quedaron impresionadas porque enseñaba con una autoridad nueva. Pero, tal vez, más de uno se pregunte: «¿qué puede enseñarnos Jesús a los hombres de este siglo? ¿Qué nos puede decir que ya no sepamos?
Sin duda, lo primero que Jesús enseña es a creer en el Dios verdadero. De ordinario, los hombres nos ponemos ante Dios con la misma actitud de egoísmo, engaño y autodefensa con que nos ponemos ante los demás. No acabamos de fiarnos de El. Nos tememos que venga a estorbar nuestros planes, deseos y ambiciones. Y, así, sin apenas darnos cuenta, nos vamos construyendo esos falsos dioses que el teólogo catalán Josep Vives llama ((dioses para no creer».
Está, en primer lugar, «el Dios tapagujeros». Son muchos los que acuden a El, como si Dios tuviera que emplear todo su poder en favorecerles a ellos y en arreglar el mundo según sus gustos. Luego se quejan de que Dios no hace tal o cual cosa, no remedia los problemas como ellos entienden que debiera hacer. Jesús nos enseña, por el contrario, que Dios no está ahí para complacer nuestros gustos o suplir nuestra falta de responsabilidad, sino justamente para hacernos más responsables ante nuestra propia vida.
Entonces se puede pensar fácilmente en un «Dios apático», un Dios lejano y frío, insensible a nuestras penas y necesidades. Jesús nos revela, por el contrario, a un Dios cercano, enemigo de todo lo que esclaviza y hace sufrir al hombre, interesado en conducir la historia y la conducta de los hombres hacia el bien y la felicidad de todos.
Otros siguen creyendo en un «Dios sádico», convencidos de que a Dios le agrada más el sacrificio y sufrimiento de los hombres que su vida gozosa y feliz. Incluso piensan que Dios sólo ha quedado satisfecho gracias a la sangre de su Hijo, cuando todo el Nuevo Testamento nos está diciendo que Dios nos perdona y nos ama de manera absolutamente gratuita, y la muerte de Jesús es precisamente el testimonio más evidente de que Dios nos sigue amando, incluso aunque los hombres crucifiquemos al Hijo que más quiere.
Otros se imaginan a un «Dios interesado». Estamos tan acostumbrados a que entre nosotros casi nada se dé gratuitamente, que no podemos pensar que Dios sea absoluta gratuidad. Sin embargo, Jesús nos revela que Dios es amor gratuito, puro gozo de dar. Que Dios nos ama porque sí, porque ser Dios es precisamente amar, darse, comunicarse, dar la felicidad total al ser humano.
Está también «el Dios policía, juez y verdugo» que nos acecha por todas partes para pillarnos en pecado y descargar sobre nosotros el peso implacable de su Ley, «el Dios del orden y la seguridad», que defiende los intereses de aquellos a los que les va bien... Verdaderamente los hombres somos capaces de imaginar cualquier cosa de Dios.
Estoy convencido de que muchos que se dicen hoy ateos o increyentes volverían a hacer un sitio a Dios en sus vidas si alguien les ayudara a intuir y conocer al Dios verdadero que se nos revela en Jesucristo. Jesús no es un teólogo, ni siquiera un profeta más. Como dice el Bautista, «éste es el Hijo de Dios». Puede hablarnos de El.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
14 de enero de 1990

TESTIGOS

Juan dio testimonio.

Hay un proverbio judío que expresa bien la importancia que tiene el testimonio de los creyentes: «Si no dais testimonio de mí, dice el Señor, yo no existo».
Lo mismo se puede decir hoy del testimonio de los cristianos. Si ellos no saben ser testigos, el Dios de Jesucristo permanece oculto e inaccesible a la sociedad.
La única razón de ser de una comunidad cristiana es dar testimonio de Jesucristo. Actualizar hoy en la sociedad el misterio del amor salvador de Dios manifestado en Cristo. La Iglesia no tiene otra justificación.
En su último libro «Un Dios para hoy» (Ed. Herder 1988), M. Neusch nos ha recordado que este testimonio de los creyentes se ha de dar hoy en un contexto sociológico en el que Dios sufre un proceso condenatorio.
En la sociedad actual se está llevando a cabo, de muchas maneras, un juicio sobre Dios y, con frecuencia, los testigos que hablan contra El reciben más audiencia que los que se pronuncian a su favor.
Hemos de recordar que, en este contencioso sobre Dios, no todo lo que viven los creyentes testimonia a su favor ni todo de la misma manera. La Iglesia puede atraer hacia Dios, pero puede también alejar de El.
Lo verdaderamente importante no es el número de testigos, pues la verdad no se decide por el criterio de las cifras. Lo decisivo no es tampoco el mensaje verbal que se pronuncia, aunque hemos de seguir hablando de Dios.
Lo que ha de crecer no es tanto el número de bautizados, sino su fe y su amor. Lo que ha de cambiar no es tanto el mensaje verbal de la Iglesia cuanto la vida de las comunidades cristianas.
Difícilmente ayudará hoy la Iglesia a creer en Dios desarrollando información religiosa y doctrinal, si no es, al mismo tiempo, en sí misma, manifestación del amor salvador de Dios.
Dios no se impone en una sociedad por la autoridad de los argumentos, sino por la verdad que emana de la vida de aquellos creyentes que saben amar de manera efectiva e incondicional.
No hemos de olvidar que «el único testimonio creíble es el de un amor efectivo a los hombres, pues sólo el amor puede testimoniar del Dios Amor» (M. Neusch) .
Tal vez una de las tragedias del mundo actual tan radicalizado en muchos aspectos, es el no contar hoy con experiencias de «fe radical» y de «testigos vivos» de Dios.
La figura del Bautista, verdadero testigo de Jesucristo, nos obliga a hacernos una pregunta: Mi vida, ¿ayuda a alguien a creer en Dios o más bien aleja de El?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
18 de enero de 1987

EL BAUTISMO DEL ESPIRITU

He contemplado al Espíritu.

El novelista Julien Green describe una asamblea de cristianos con estas penetrantes palabras: “Todo el mundo creía, pero nadie gritaba de asombro, de felicidad o de espanto».
Los cristianos de hoy no somos conscientes de la profunda contradicción que se da en el interior de nuestra vida cuando la apatía y la indiferencia apagan en nosotros el fuego del Espíritu.
Parecemos hombres y mujeres que, por decirlo con palabras del Bautista, han sido «bautizados con agua» pero a los que falta todavía ser bautizados con Espíritu Santo y fuego».
Cristianos que viven repitiendo lo que, tal vez, aprendieron hace aflos en algún libro o lo que escuchan hoy a los predicadores, pero que carecen de su propia experiencia de Dios.
Personas que se han ido desarrollando en otros aspectos de la vida pero que han quedado atrofiados interiormente, frustrados en su “desarrollo espiritual». Gentes buenas que siguen cumpliendo con fidelidad admirable sus prácticas religiosas pero que no conocen al Dios vivo que alegra la existencia y desata las fuerzas para vivir.
Lo que falta en nuestras comunidades y parroquias no es tanto la repetición del mensaje evangélico o el servicio sacramental cuanto la experiencia de encuentro con ese Dios vivo.
Por lo general, es poco e insuficiente lo que se hace entre nosotros para enseñar a los creyentes a adentrarse en su interior y descubrir la presencia del Espíritu en cada uno de nosotros y en el interior de la vida. Escasos los esfuerzos por aprender prácticamente caminos de oración y silencio que nos acerquen a Dios como fuente de vida.
Seguimos escuchando y repitiendo las palabras de Cristo como «desde el exterior” pero no nos preocupamos apenas de escuchar su voz interior, esa voz amistosa y estimulante, que ilumina, conforta y hace crecer en nosotros la vida.
Hablamos de Dios con conceptos y palabras admirables, pero nos ayudamos poco a presentir a Dios con emoción y asombro, como esa Realidad en la que nos sentimos vivos y seguros porque nos sentimos amados sin fin y de manera incondicional.
Para gustar a ese Dios no bastan las palabras ni los ritos. No bastan los conceptos ni los discursos teológicos. Es necesaria la experiencia personal. Que cada uno se acerque a la Fuente y beba.
No deberíamos olvidar los cristianos aquella observación que hace Tony de Mello con su habitual encanto: Jamás se ha emborrachado nadie a base de pensar intelectualmente en la palabra «vino». Así de sencillo. Para gustar y saborear a Dios, no basta teorizar sobre él. Es necesario beber del Espíritu.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
15 de enero de 1984

UN GRAVE MALENTENDIDO

El que quita el pecado.

Son bastantes los cristianos que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.
Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela.
Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en «quitar el pecado del mundo».
Son bastantes los cristianos que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.
A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también víctimas.
Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando, precisamente, creíamos hacerla más feliz.
No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como «el que quita el pecado del mundo», no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las costumbres».
Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que, en Jesús, Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal.
El cristianismo sólo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica de nuestro pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
18 de enero de 1981

QUITAR EL PECADO

El que quita el pecado del mundo.

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia algo que es nuclear en el evangelio. El pecado no es solamente algo que puede ser perdonado sino algo que debe ser quitado y arrancado de la humanidad.
Jesús se presenta como alguien que «quita el pecado del mundo». Alguien que no solamente ofrece el perdón, sino también la posibilidad de ir quitando el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de los hombres.
La conclusión es evidente. Creer en Jesús no consiste sólo en abrirse al perdón de Dios. Seguir a Jesús es comprometerse en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado que domina a los hombres con todas sus consecuencias.
Quizás tengamos que comenzar por no banalizar el pecado y tomar conciencia más clara de que el pecado es algo que afecta a lo más profundo del hombre para irlo deshumanizando tanto individual como socialmente.
No se trata de una mera violación de una ley. Ni tan sólo de una «ofensa» a Dios. En todo el mensaje de Jesús, el pecado aparece sobre todo como rechazo del reino de Dios. Pecar es no aceptar a Dios como Padre y, en consecuencia, no aceptar la fraternidad y la justicia que Dios quiere ver implantada entre los hombres.
Si escuchamos el mensaje de Jesús sin preocupaciones casuísticas, observaremos que el pecado consiste fundamentalmente en la auto- afirmación del hombre que se encierra en su propio poder, para asegurarse contra Dios y oprimir al hermano.
Somos pecadores en la medida en que nos cerramos a Dios como Padre, como gracia y como futuro último y absoluto de nuestra existencia. Y en la medida en que nos servimos de nuestro pequeño poder físico, intelectual, económico, sexual, político, etc. no para abrirnos y servir al hermano, sino para oprimirlo, dominarlo y lograr nuestra felicidad a sus expensas.
Este pecado está presente en el corazón de cada hombre y en el interior de las instituciones, estructuras y mecanismos que funcionan en nuestra economía, nuestra política y nuestra convivencia social.
Si no se rompe el imperialismo del egoísmo, el hombre seguirá en una situación de cautiverio y alienación que no tiene futuro.
Toda reforma o revolución que no toque ni transforme para nada esta estructura egoísta y pecadora del hombre, podrá ser un logro altamente estimable, pero no abre verdadero horizonte de liberación.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
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