lunes, 8 de agosto de 2016

14-08-2016 - 20º domingo Tiempo ordinario (C)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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20º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

No he venido a traer paz, sino división.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
14 de agosto de 2016

PRENDER FUEGO

Son bastantes los cristianos que, profundamente arraigados en una situación de bienestar, tienden a considerar el cristianismo como una religión que, invariablemente, debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.
Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús dichos que invitan, no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división».
No nos resulta fácil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a las personas.
El creyente en Jesús no es una persona fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, tranquilidad y falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sin trabajar con ánimo creador y solidario por un mundo mejor. Tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.
El que ha entendido a Jesús actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total. El verdadero cristiano lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», cambio cualquiera de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.
El orden que, con frecuencia, defendemos, es todavía un desorden. Porque no hemos logrado dar de comer a todos los hambrientos, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras o destruir las armas nucleares.
Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. H. Marcuse escribía que necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la crueldad y la masacre ya no tengan razón de ser».
Quien sigue a Jesús, vive buscando ardientemente que el fuego encendido por él arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, se exige a sí mismo una transformación radical: «solo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es verdaderamente la revolución» (E. Mounier).

 José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
18 de agosto de 2013

SIN FUEGO NO ES POSIBLE

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.
El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.
Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.
Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.
Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.
¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza  de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
15 de agosto de 2010 (La Asunción de la Virgen María)

PRENDER FUEGO

(Ver homilía del 17/08/1986)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
19 de agosto de 2007

PRENDER FUEGO

(Ver homilía del 17/08/1986)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
15 de agosto de 2004 (La Asunción de la Virgen María)

PRENDER FUEGO

(Ver homilía del 17/08/1986)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
19 de agosto de 2001

FUEGO

He venido a prender fuego en el mundo.

Da miedo utilizar la palabra «amor». Ha quedado tan prostituida que el amor es hoy una especie de «cajón de sastre» en el que cabe todo: lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. No digamos nada si hablamos de «caridad». Sin embargo, el amor verdadero está en la fuente de cuanto ilumina y enardece nuestro ser. El amor hace crecer, da vigor y sentido a nuestro vivir diario, nos recrea.
Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.
El amor está en el centro del evangelio, no como una ley a cumplir disciplinadamente, sino como un «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la tierra más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del buen orden. Según el profeta de Galilea, Dios está cerca buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia del Dios amante que no habla de venganza sino de amor apasionado y de justicia fraterna es lo más esencial del Evangelio.
Jesús sentía esta presencia secreta en la vida cotidiana: el mundo está lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús soñaba con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad buscando apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.
El gran pecado de los discípulos de Jesús será siempre dejar que el fuego se apague. Sustituir el ardor del amor por la doctrina religiosa, el orden o el cuidado del culto; reducir el cristianismo a una abstracción revestida de ideología; dejar que se pierda su poder transformador. Sin embargo, Jesús no se preocupó primordialmente de organizar una nueva religión ni de inventar una nueva liturgia, sino que alentó un «nuevo ser» (Tillich), el alumbramiento de un nuevo hombre movido radicalmente por el fuego del amor y de la justicia.
Quien no se ha dejado quemar o calentar por ese fuego no conoce todavía lo que Jesús quiso traer a la tierra. Practica una religión pero no ha descubierto lo más apasionante del mensaje evangélico.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
16 de agosto de 1998

FUEGO

He venido a prender fuego.

Jesús es inconfundible. Su palabra viva y penetrante, la frescura de sus imágenes y parábolas, su lenguaje concreto e imprevisible no engañan. A Jesús le encanta vivir y hacer vivir. Su pasión es la vida: la vida íntegra, pujante, sana, la vida vivida en su máxima intensidad: «Yo soy la vida.» «Yo he venido a traer fuego a la tierra.» «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.»
Jesús capta la vida desde sus mismas raíces. Su mirada no está obsesionada por el éxito, lo útil, lo «razonable», lo convenido. Cuando se siente a Dios como Padre y a todos como hermanos y hermanas, cambia la visión de todo. Lo primero es la vida dichosa de todos por encima de creencias, costumbres y leyes.
Por eso, Jesús no se pierde en teorías abstractas ni se ajusta a sistemas cerrados. Su palabra despierta lo mejor que hay en nosotros. Sabemos que tiene razón cuando llama a vivir el amor sin restricciones. No viene a abolir la Ley, pero no sien te simpatía alguna por los «perfectos» que viven correctamente pero no escuchan la voz del corazón. Invita a «transgredir por arriba» (J. Onimus) los sistemas religiosos y sociales. La ley y los profetas dependen del amor: «Amad a los enemigos.» Buscad el bien de todos.
Su mensaje sacude, impacta y transforma. Sus contemporáneos captan en él algo diferente. Tiene razón el norteamericano Marcus Borg cuando afirma que «Jesús no fue primariamente maestro de ningún credo verdadero ni de ninguna moral recta. Fue más bien maestro de un estilo de vida, de un camino, en concreto, de un camino de transformación. »
Las sociedades modernas siguen desarrollando ciegamente una vida muy racionalizada y organizada, pero casi siempre muy privada de amor. Hay que ser pragmáticos. No hay lugar para «la inteligencia del corazón». Mandan el dinero y la competitividad. Hay que ajustarse a las leyes del mercado. Se planifica todo, pero se olvida lo esencial, lo que respondería a las necesidades más hondas y entrañables del ser humano.
El mundo actual necesita orientación, pero desconfía de los dogmas. Las ideologías no dan vida y lo que hoy se necesita es una confianza nueva para transformar la vida y hacerla más humana. Las religiones están en crisis, pero Jesús sigue vivo. Según las palabras tantas veces citadas de Proudhon, él es «el único hombre de toda la Antigüedad que no ha sido empequeñecido por el progreso». Las palabras de Jesús recogidas por Lucas nos invitan a reaccionar: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
20 de agosto de 1995

BAJO MINIMOS

He venido a prender fuego en el mundo.

Sucede con frecuencia. Los debates de mayor interés para el futuro de la sociedad apenas tienen eco social. Algo de esto está ocurriendo con la cuestión de la «ética civil»; también llamada «ética mínima».
Es fácil entender el planteamiento. Hace todavía unos años, la sociedad se regía por una moral derivada de la tradición cristiana. Hoy las cosas han cambiado. Vivimos en pleno pluralismo ético. No todos creen en los mismos valores éticos ni los aplican de la misma forma. Basta ver las tensas polémicas que levantan cuestiones como el aborto o la eutanasia activa.
¿Cómo funcionar entonces en esta sociedad secular y pluralista donde no todos tienen la misma visión moral? La única salida, al parecer, es llegar a unos «mínimos éticos» exigibles a todos, logrando un consenso o un «sustrato ético común» asumido por toda la sociedad. En esto consiste precisamente la «ética civil».
A nadie se le escapan las graves cuestiones que suscita este hecho. ¿Cuál es el fundamento último de esta ética?, ¿qué valor puede tener este consenso social?, ¿va a depender ahora la moralidad de un acto del acuerdo o desacuerdo que se pueda dar en un determinado momento?, ¿qué decir si se llega a un pacto social, no por preocupaciones éticas sino por intereses de grupos?
Es evidente que esta «ética civil», propia de la sociedad democrática moderna, no puede pretender definir la verdad absoluta sobre lo que ha de ser el hombre. Lo único que busca es un equilibrio entre el máximo respeto a la libertad de cada uno y la necesidad de la convivencia.
Por eso, es necesario insistir una y otra vez que esta «ética civil» es absolutamente insuficiente para satisfacer las exigencias morales de cada persona concreta, cualesquiera que sean sus convicciones. Es una ética que se queda corta, precisamente porque sólo es un mínimo. Si el sujeto quiere crecer como ser humano, ha de ir más lejos y enfrentarse a su vida con una «moral más alta» (A. Cortina).
En concreto, el cristiano no configura su vida moral al hilo de lo que va dictando la «ética civil», sino escuchando a Dios en el fondo de su conciencia e interiorizando los valores y el espíritu de Cristo. Ajustarse exclusivamente a una «ética mínima» o - lo que es peor- limitarse a tener en cuenta sólo las leyes penales y el terreno de lo prohibido, para actuar de forma despreocupada más allá de esa frontera, sería renunciar a su ser de cristiano, seguidor de Jesucristo. Cristo invita a vivir buscando siempre más verdad, más generosidad, más amor. Todo menos vivir bajo mínimos. «He venido a prender fuego en el mundo. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
16 de agosto de 1992

REBAJAS RELIGIOSAS

He venido a prender fuego...

La proliferación de sectas en el momento actual no es fruto de la casualidad. Los movimientos sectarios encuentran un clima propicio en una sociedad minada por el materialismo y el vacío espiritual, donde no es fácil encontrar respuesta a las grandes preguntas y aspiraciones del ser humano.
El desamparo y la crisis existencial invitan a muchas personas a buscar una evasión que las alivie de las presiones de la vida y una seguridad interior que les ayude a soportar las tensiones inevitables.
Los expertos suelen señalar, sobre todo, tres fenómenos psicosociales que constituyen terreno abonado para el surgimiento de las sectas: la angustia, la frustración y la pérdida de identidad.
En primer lugar, la angustia, creada sobre todo por el rápido y convulsivo cambio de la sociedad y por la inestabilidad y la crisis de importantes instituciones como la Iglesia, la familia o la escuela, que configuraban en otros tiempos la personalidad de los individuos.
En segundo lugar, la frustración socio-cultural, que se hace sentir más en algunos colectivos como los jóvenes o las mujeres, y que despierta en no pocos el deseo de estructurar su vida de un modo absolutamente diferente.
En tercer lugar, el sentimiento de pérdida de identidad y la frialdad de las relaciones funcionales, que llevan a bastantes a buscar el calor de un hogar en el interior de un nuevo grupo afectivo.
Si las sectas resultan hoy tan atractivas es porque parecen aportar la respuesta que el hombre actual necesita.
La secta ofrece, en primer lugar, seguridad frente al desconcierto reinante. El que entra en la secta está salvado. Todo es simple y claro. Todo el mal está fuera del ámbito de la secta. Para los miembros del grupo sectario, por el contrario, todo es luz y salvación.
La secta ofrece también una respuesta al sentimiento de frustración. El nuevo miembro es acogido como “alguien importante”. Se le va a ofrecer la verdadera revelación a la que otros no tienen acceso. Puede, incluso, convertirse en «salvador» de los demás.
La secta recupera, además, al individuo del anonimato. Rápidamente será seducido, al menos en la primera fase, por el afecto cálido y la relación amorosa dentro del grupo.
La frustración viene más tarde. Cuando el individuo se siente esclavo de una organización fanática e intransigente que desestructura su personalidad y pervierte su crecimiento humano.
Según los expertos, las sectas representan en la sociedad moderna una oleada de «rebajas religiosas» que empobrecen la trascendencia de Dios y ponen la experiencia religiosa a disposición del hombre de hoy bajo diversos métodos y climas emocionales.
En medio de este clima, el cristianismo no debe olvidar que Jesús no vino a «traer paz al mundo», sino a «prender fuego». La auténtica experiencia religiosa puede aportar paz espiritual y equilibrio emocional, pero el evangelio no es una noticia tranquilizante y menos una droga. Es inútil «descafeinar» la religión. Lo importante no es «disponer» de Dios a nuestro antojo, sino responder fielmente a su Misterio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
20 de agosto de 1989

DEVALUACION DEL AMOR

Prender fuego...

Desde siempre han hablado los hombres de amor y lo han buscado aunque haya caído una y otra vez en egoísmos inconfesables. Pero tal vez, nunca se había llegado a perder la fe en el amor como parece estar sucediendo en la sociedad contemporánea.
Experiencias dolorosas llevan a muchos a ver en el amor un sentimiento hipócrita y sospechoso que siempre oculta tras de sí un egoísmo camuflado.
Para otros, el amor es algo retrógrado e ineficaz, perfectamente inútil en la sociedad actual. Les parece una ingenuidad pensar en el amor como cimiento de la vida colectiva. Lo realista y eficaz es racionalizar y regular los egoísmos individuales de manera que no nos dañemos demasiado los unos a los otros.
Por otra parte, la tecnología parece exigir regularidad, rigor, repetición, eficacia, seguridad. El amor puede ser mitificado en las novelas de corte más o menos romántico, pero no “sirve” para funcionar en la vida real.
Es decepcionante observar cómo se vive la misma sexualidad al margen del amor, excitando, apaciguando o manipulando el sexo en función de las conveniencias o intereses del momento.
Y sin embargo, sin amor la vida humana se desintegra y pierde su verdadero sentido. Y son muchos los que creen descubrir bajo la agresividad, la frustración y la violencia de la sociedad actual, una inmensa necesidad de unión y comunión.
El prestigioso sociólogo Sorokin afirma que el amor es una de las más poderosas energías de la naturaleza que permanece bloqueada en el corazón del hombre como la del átomo en la materia, y piensa que la gran conquista del porvenir sería la liberación de esta energía espiritual.
Hace muchos años que Jesús pronunció estas palabras: “He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo“. La humanidad no parece todavía madura para comprender y acoger este evangelio. Tal vez, como dice J. Onimus en su sugerente estudio “In terrogations autour de l’essentiel”, “el cristianismo está todavía en sus comienzos; nos lleva trabajando sólo dos mil años. La masa es pesada y se necesitarán siglos de maduración antes de que la caridad la haga fermentar”
Pero los creyentes no deberíamos perder la confianza y el aliento. Esta sociedad necesita desde ahora testigos vivos que nos ayuden a seguir creyendo en el amor pues no hay porvenir para los hombres si terminan por perder la fe y el respeto al amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
17 de agosto de 1986

PRENDER FUEGO

He venido a prender fuego.

Son bastantes los cristianos que, profundamente arraigados en una situación social cómoda, tienen la tendencia de considerar el cristianismo como una religión que, invariablemente, debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.
Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús dichos que invitan, no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo... ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división».
No nos resulta fácil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a las personas.
El creyente en Jesús no es una persona fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, tranquilidad y falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sin trabajar con ánimo creador y solidario por un mundo mejor. Tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.
El que ha entendido a Jesús vive y actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total. El verdadero cristiano lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», cambio cualquiera de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.
El orden que, con frecuencia, defendemos, es todavía un desorden. Porque no hemos logrado dar de comer a todos los pobres, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras o destruir las armas nucleares.
Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. H. Marcuse escribía que necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la crueldad y la masacre ya no tengan razón de ser».
Quien sigue a Jesús, vive buscando ardientemente que el fuego encendido por Jesús arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, se exige a sí mismo una transformación radical. «Sólo se pide a los cristianos que sean auténticos. Ésta es verdaderamente la revolución». (E. Mounier).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
14 de agosto de 1983

¿DIVIDIDOS POR LA FE?

En adelante, una familia estará dividida.

Uno de los cambios más profundos y más fácilmente constatables en los últimos años es el paso de una situación monolítica de cristiandad a un pluralismo religioso e ideológico ampliamente extendido en nuestra sociedad.
De una actitud de intolerancia e intransigencia hacia todo lo que no fuera el pensamiento y el sentir católico, hemos pasado a la aceptación y la coexistencia social de toda clase de ideologías, posturas religiosas y actitudes éticas.
Este fenómeno que a nivel social es, sin duda, reflejo de una actitud mucho más madura, de respeto, convivencia y libertad de las conciencias, ha supuesto en muchos hogares una sacudida dolorosa. Muchos padres no habían podido sospechar jamás que un hijo suyo o un nieto que lleva en sus venas su propia sangre, podría un día rechazar tan firmemente la fe cristiana y confesar su ateísmo de manera tan convencida.
Y, quizás, en muchos hogares, se comienza a vivir la experiencia dolorosa de sentirse divididos precisamente por la diferente postura de fe, según aquellas palabras de Jesús: « ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres».
Los cristianos hemos de aprender a vivir nuestra fe en esta nueva situación. No seríamos fieles al evangelio, si por mantener una falsa paz y una falsa unidad familiar, ocultáramos nuestra fe en lo íntimo de nuestro corazón, avergonzándonos de confesarla, o la desvirtuáramos quitándole toda la fuerza que tiene de interpelación a todo hombre de buena voluntad.
Hemos de saber confesar abiertamente nuestras convicciones religiosas. Hemos de ahondar más en el mensaje de Jesús para saber «dar razón de nuestra esperanza» frente a otras posturas posibles ante la vida.
Pero, sobre todo, hemos de vivir las exigencias del evangelio dando testimonio vivo de seguimiento fiel a Jesucristo y, al mismo tiempo, y precisamente por eso, de respeto total a la conciencia del otro.
Nuestra preocupación primera no debe ser el «convertir» o «recuperar» de nuevo para la fe a aquel miembro de la familia al que tanto queremos, sino el vivir con tal fidelidad y coherencia nuestras propias convicciones cristianas, que nuestra vida se convierta en interrogante y estímulo que le anime a buscar con sinceridad total la verdad última de la vida.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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