lunes, 28 de marzo de 2016

03/04/2016 - 2º domingo de Pascua (C)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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2º domingo de Pascua (C)

2º domingo de Pascua (C)

EVANGELIO

A los ocho días, llegó Jesús.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 -
3 de abril de 2016

NO SEAS INCRÉDULO SINO CREYENTE

No seas incrédulo, sino creyente.

La figura de Tomás como discípulo que se resiste a creer ha sido muy popular entre los cristianos. Sin embargo, el relato evangélico dice mucho más de este discípulo escéptico. Jesús resucitado se dirige a él con unas palabras que tienen mucho de llamada apremiante, pero también de invitación amorosa: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomás, que lleva una semana resistiéndose a creer, responde a Jesús con la confesión de fe más solemne que podemos leer en los evangelios: «Señor mío y Dios mío».
¿Qué ha experimentado este discípulo en Jesús resucitado?  ¿Qué es lo que ha transformado al hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué recorrido interior lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? Lo sorprendente es que, según el relato, Tomás renuncia a verificar la verdad de la resurrección tocando las heridas de Jesús. Lo que le abre a la fe es Jesús mismo con su invitación.
A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles. Nos hemos hecho más críticos, pero también más inseguros. Cada uno hemos de decidir cómo queremos vivir y cómo queremos morir. Cada uno hemos de responder a esa llamada que, tarde o temprano, de forma inesperada o como fruto de un proceso interior, nos puede llegar de Jesús: «No seas incrédulo, sino creyente».
Tal vez, necesitamos despertar más nuestro deseo de verdad. Desarrollar esa sensibilidad interior que todos tenemos para percibir, más allá de lo visible y lo tangible, la presencia del Misterio que sostiene nuestras vidas. Ya no es posible vivir como personas que lo saben todo. No es verdad. Todos, creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos, caminamos por la vida envueltos en tinieblas. Como dice Pablo de Tarso, a Dios lo buscamos «a tientas».
¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte confiando en el Amor como última Realidad de todo? Ésta es la invitación decisiva de Jesús. Más de un creyente siente hoy que su fe se ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal y menos fundamentado. No lo sé. Tal vez, ahora que no podemos ya apoyar nuestra fe en falsas seguridades, estamos aprendiendo a buscar a Dios con un corazón más humilde y sincero.
No hemos de olvidar que una persona que busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente. Muchas veces, no es posible hacer mucho más. Y Dios, que comprende nuestra impotencia y debilidad, tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
7 de abril de 2013

DE LA DUDA A LA FE

El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.
Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: "Hemos visto al Señor". Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: "Si no lo veo...no lo creo".
Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.
Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.
Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.
Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas.
No son "pruebas" de la resurrección, sino "signos" de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: "No seas incrédulo, sino creyente". Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: "Señor mío y Dios mío".
Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
11 de abril de 2010

NO SEAS INCRÉDULO SINO CREYENTE

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
15 de abril de 2007

ABRIR LAS PUERTAS

… con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven «en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos».
Con las «puertas cerradas» no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.
El «miedo» puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
18 de abril de 2004

ALEGRÍA Y PAZ

Se llenaron de alegría.

No les resultaba fácil a los discípulos y discípulas expresar lo que estaban viviendo. Se les ve acudir a toda clase de recursos narrativos. El núcleo, sin embargo, siempre es el mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos. Esto es lo decisivo. Recuperan a Jesús lleno de vida.
Los discípulos se encuentran con el que los había llamado y al que habían dejado solo. Las mujeres abrazan al que había defendido su dignidad y las había acogido como amigas. Pedro llora al verlo: ya no sabe si lo quiere más que los demás, sólo sabe que lo ama. María de Magdala abre su corazón a quien la había seducido para siempre. Los pobres, las prostitutas y los indeseables lo sienten de nuevo cerca, como en aquellas inolvidables comidas junto a él.
Ya no será como en Galilea. Tendrán que aprender a vivir de la fe. Deberán llenarse de su Espíritu. Tendrán que recordar sus palabras y actualizar sus gestos. Pero, Jesús, el Señor, está con ellos lleno de vida para siempre.
Todos experimentan lo mismo: una paz honda y una alegría incontenible. Las fuentes evangélicas, tan sobrias siempre para hablar de sentimientos, lo subrayan una y otra vez: el resucitado despierta en ellos alegría y paz. Es tan central esta experiencia que se puede decir, sin exagerar, que de esta paz y esta alegría nació la fuerza evangelizadora de los seguidores de Jesús.
¿Dónde está hoy esa alegría en una Iglesia, a veces tan cansada, tan seria, tan poco dada a la sonrisa, con tan poco humor y humildad para reconocer, sin problemas, sus errores y limitaciones? ¿Dónde está esa paz en una Iglesia tan llena de miedos, tan obsesionada por sus propios problemas, buscando casi siempre su propia defensa antes que la felicidad de la gente?
¿Hasta cuándo podremos seguir defendiendo nuestras doctrinas de manera tan monótona y aburrida, si, al mismo tiempo, no experimentamos la alegría de «vivir en Cristo»? ¿A quién atraerá nuestra fe si, a veces, no podemos ya ni aparentar que vivimos de ella?
Y, si no vivimos del Resucitado, ¿quién va a llenar nuestro corazón, dónde se va a alimentar nuestra alegría? Y, si falta la alegría que brota de él, ¿quién va a comunicar algo «nuevo y bueno» a quienes dudan, quién va a enseñar a creer de manera más viva, quién va a contagiar esperanza a los que sufren?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
22 de abril de 2001

EL REGALO DE LA ALEGRÍA

Se llenaron de alegría.

Todos hemos conocido alguna vez momentos de alegría intensa y clara. Tal vez, sólo ha sido una experiencia breve y frágil, pero suficiente para vivir una sensación de plenitud y cumplimiento. Nadie nos lo tiene que decir desde fuera. Cada uno sabemos que en el fondo de nuestro ser está latente la necesidad de la alegría. Su presencia no es algo secundario y de poca importancia. La necesitamos para vivir. La alegría ilumina nuestro misterio interior y nos devuelve la vida. La tristeza lo apaga todo. Con la alegría todo recobra un color nuevo; la vida tiene sentido; todo se puede vivir de otra manera.
No es fácil decir en qué consiste la alegría, pero ciertamente hay que buscarla por dentro. La sentimos en nuestro interior, no en lo externo de nuestra persona. Puede iluminar nuestro rostro y hacer brillar nuestra mirada, pero nace en lo más íntimo de nuestro ser. Nadie puede poner alegría en nosotros si nosotros no la dejamos nacer en nuestro corazón.
Hay algo paradójico en la alegría. No está a nuestro alcance, no la podemos «fabricar» cuando queremos, no la recuperamos a base de esfuerzo, es una especie de «regalo» misterioso. Sin embargo, en buena parte, somos responsables de nuestra alegría, pues nosotros mismos la podemos impedir o ahogar.
Desde una perspectiva cristiana, la raíz última del gozo está en Dios. La alegría no es simplemente un estado de ánimo. Es la presencia viva de Cristo en nosotros, la experiencia de la cercanía y de la amistad de Dios, el fruto primero de la acción del Espíritu en nuestro corazón. El relato evangélico dice que «los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».
Es fácil estropear esta alegría interior. Basta con encerrarse en uno mismo, endurecer el corazón, no ser fiel a la propia conciencia, alimentar nostalgias y deseos imposibles, pretender acapararlo todo. Por el contrario, la mejor manera de alimentar la alegría es vivir amando. Quien no conoce el amor cae fácilmente en la tristeza. Por eso, el culmen de la alegría se alcanza cuando dos personas se miran desde un amor recíproco desinteresado. Es fácil que entonces presientan la alegría que nace de ese Dios que es sólo Amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
19 de abril de 1998

FE Y PROGRESO

Dichosos los que crean sin haber visto.

Se habla hoy una y otra vez de crisis de fe. El término «crisis» tiene actualmente un sentido peyorativo. Sin embargo, proviene del verbo griego «krínein» que significa discernir, separar, juzgar. Una situación de crisis de fe es un momento decisivo que invita a clarificar las cosas y descubrir qué es en verdad ser creyente.
Se piensa con frecuencia que el moderno progreso de la ciencia y de la técnica es una amenaza para la fe. No es así. Dios ha creado al ser humano precisamente para que desarrolle su capacidad creativa. La fe no ha de temer el progreso científico. Al contrario, en ese progreso ha de encontrar el mejor espacio para crecer.
El progreso moderno se fundamenta básicamente en el cálculo y la eficacia. Para progresar científicamente es necesario el cálculo riguroso y preciso. Por otra parte, hay que asegurar y verificar la eficiencia. ¿Se resuelve así el problema de la vida? ¿Logra el ser humano de este modo satisfacer su anhelo de verdad, sentido y plenitud?
En medio del progreso, la persona ha de ser inteligente. Ha de saber leer dentro de la realidad (inteligencia viene de «intus-legere»), penetrar en el sentido de la existencia, encontrar el camino acertado para responder a sus anhelos más hondos. La fe no va contra la inteligencia, sino que la estimula.
La fe va más allá del progreso técnico. El creyente va al fondo de esa realidad que la técnica trabaja en sus aspectos más externos, escucha el misterio último de la existencia, se deja interrogar por la vida. La fe no nace como conclusión de una investigación científica, sino como gracia a la que se abre quien está atento a la vida y vive en actitud acogedora. La fe poco tiene que ver con la rigidez de la ciencia. Es más bien la acogida confiada del Misterio más allá de la ciencia.
El relato del encuentro de Tomás con Cristo resucitado es iluminador. Tomás adopta en principio una actitud científica: pide pruebas rigurosas y verificación eficiente. No es ése el camino de la fe. Cuando se encuentra con Cristo cambia de postura. No mete sus dedos ni su mano en las llagas. Reconoce sus límites, se deja interrogar por el Misterio, lo acoge y termina en actitud de adoración. Se hace creyente. El cristiano valora el progreso moderno que tanto puede humanizar la vida, pero no se cierra al misterio de Dios en quien está la salvación definitiva del ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
23 de abril de 1995

NO SEAS INCREDULO

No seas incrédulo, sino creyente.

Los positivismos de todos los tiempos han defendido algo que se puede formular así: «No existe más realidad ni hay más verdad que la que yo puedo ver y tocar.» Naturalmente, las preguntas que a uno le brotan no son pocas: ¿Quién me garantiza a mí que no existe ninguna realidad más allá de lo que yo puedo comprobar?, ¿quién me asegura que mi razón es la medida de todo?, ¿no puedo sospechar que la profundidad y la grandeza de la existencia es más de lo que yo puedo abarcar directamente?
No hace mucho hablaba de estas cosas con un catedrático, de gran prestigio en su propio campo. Había intervenido yo el día anterior en unas Jornadas de la Universidad Balear con una ponencia poco habitual en esos foros: «¿Cómo nació la fe en la resurrección de Jesús?» El profesor se declaraba agnóstico pero estaba enormemente interesado por el origen de la fe cristiana.
Conversamos largamente sobre Cristo: ¿Está actualmente vivo?, ¿es un difunto más?, ¿cómo creer en él si no podemos verle?, ¿quién puede garantizar que nos aporta algo positivo?, ¿tiene sentido el empeñarnos en mantener viva esta reliquia del pasado? En muchas cosas sintonizábamos: los dos queríamos conocer la verdad; ambos sabíamos que no podíamos fundamentar nuestras respectivas posturas en pruebas científicas: yo acepto una Causa y un Origen misterioso que llamo «Dios»; él admitía una misteriosa ausencia de toda causa y origen.
En un determinado momento nos preguntamos por qué él tendía a negar a Dios y por qué yo me inclinaba a creer en Él. El catedrático, buen conocedor del evangelio, me dijo: «Mi postura es la de Tomás: yo necesito ver con mis propios ojos y tocar con mis propias manos.» Yo le hice ver entonces que el relato evangélico está redactado con mucho cuidado; en definitiva, Tomás no llega a meter sus dedos ni su mano en las llagas, sino que confiesa a Jesús como «Señor y Dios» después de haber escuchado desde el fondo de su ser esta llamada: «No seas incrédulo, sino creyente. » Entonces aquel hombre me hizo esta confesión sincera y sorprendente: «Si es así, no me parezco a Tomás, pues yo, en mi lucha interior, me he sorprendido a mí mismo en alguna ocasión haciéndole a Dios esta extraña petición: “Consérvame en la incredulidad”.»
Los dos quedamos en silencio. Estábamos hablando de algo que nos superaba a ambos. ¿Quién puede conocer los subterfugios y resistencias de los humanos ante la visita de Dios? El Misterio último de la vida nos desborda a creyentes y agnósticos. El corazón humano es pequeño y débil. Tal vez, su mayor grandeza está en escuchar esa llamada misteriosa: «No seas incrédulo, sino creyente. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
26 de abril de 1992

DANOS LA PAZ

Paz a vosotros.

En medio de este pueblo, enfrentado por tantos conflictos y desgarrado por tanta violencia, escucho en silencio, Señor, las primeras palabras que pronuncian tus labios de resucitado, después que los hombres te han crucificado: «Paz a vosotros.»
Y entiendo con una luz nueva que la paz no es un vago deseo, propio de gente ingenua que no tiene los pies en el suelo, sino el destino último del hombre, lo que más profundamente deseas tú para todos los pueblos y, también, para el nuestro.
Escuchando tus palabras, veo con más claridad que los que pecan de falta de realismo son quienes, en nombre de alguna causa, promueven el odio y la violencia porque no creen en el hombre ni en sus posibilidades.
Este es, Señor, nuestro gran pecado. No nos atrevemos a experimentar los caminos de la no-violencia. No nos fiamos del diálogo. No creemos que al mal sólo se le vence con el bien, a la injuria con el perdón, a la violencia con la paz.
Y aquí seguimos, divididos y enfrentados. Unos celebran el «Aberri Eguna», otros no. Unos lo celebran con una consigna y otros con otra. Fácilmente nos sentimos no sólo adversarios, sino también enemigos. Pero tú nos recuerdas que todos somos hermanos y no estamos hechos para vivir permanentemente en la violencia y el rechazo mutuo, sino en el diálogo y la paz.
Ese saludo pascual, «Paz a vosotros», que repites una y otra vez a los hombres, nos llama a todos a la conversión, pues todos hemos obstaculizado la paz cuando hemos ahondado la división entre nosotros, cuando hemos creado un clima de mutua intolerancia, hemos alentado de alguna manera el odio o hemos permanecido indiferentes, sin reaccionar ante atentados violentos e injusticias de todo tipo.
Señor, limpia nuestro corazón, pues en su interior se genera, en definitiva, la violencia, el odio y la venganza. Sanea nuestra mente que tiende a absolutizar siempre lo propio para imponerlo con fuerza a los demás. Transforma nuestros sentimientos y siembra en nosotros la concordia, la ternura y la compasión ante todo ser humano. Enséñanos a buscar la paz por caminos de justicia, diálogo y verdad.
Pero, por mucho que nosotros trabajemos en favor de la paz, nunca podremos presentarnos ante ti con una paz construida, lograda. Pobre paz la que sea sólo una paz hecha por nosotros. Por eso, escucha tú el deseo de este pueblo, cansado ya de tanta violencia, que pide y necesita paz. Tú que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
2 de abril de 1989

EXPERIMENTAR LA PAZ

La paz a vosotros.

Los relatos cristianos tienen especial interés en señalar que el encuentro con el Resucitado es siempre una experiencia pacificadora. Este es su saludo y su regalo: “La paz a vosotros”.
El hombre contemporáneo habla mucho de la necesidad de evitar las guerras y conflictos armados entre los pueblos. Podemos leer toda clase de libros, artículos y reflexiones sobre la necesidad de detener la carrera de armamentos y suprimir la fabricación de armas nucleares antes de que la humanidad sea destruida.
Pero apenas habla nadie de la necesidad de paz interior. Esa paz personal sin la cual la vida de cada hombre o mujer puede quedar destruida.
Esa paz no proviene sólo de circunstancias externas ni consiste en no tener problemas o conflictos de importancia. Es más bien una plenitud de vida que se experimenta gozosamente en lo más profundo del corazón como conquista y como don.
Esta paz nace de una confianza creciente en el Dios que nos salva, y se va difundiendo en todo nuestro ser, liberándonos de miedos di fusos o concretos, de angustias inmediatas o antiguas, de culpabilidades recientes o pasadas.
Esta paz exige enfrentarnos con nuestra propia verdad y reconciliarnos con nosotros mismos. Las cosas, las personas, el ajetreo de cada día, los problemas tiran de nosotros, nos dispersan, nos disgregan y nos distancian de nosotros mismos. Necesitamos poner cada cosa en su verdadero sitio, dar una unidad más profunda a nuestra vida, aceptar humildemente lo que somos, enraizar nuestra existencia en Dios.
No necesito entonces agarrarme nerviosamente a mí y a mis cosas puesto que soy sostenido por el Creador mismo de la vida. No necesito cargar con el peso de mis equivocaciones y mis pecados pues soy acogido y perdonado por quien es el Amor.
Puedo ser paciente conmigo mismo y aceptar humildemente mi fragilidad y mi pequeñez. Puedo autoestimarme sin hundirme en la amargura y en la desesperanza, a pesar de todas mis limitaciones.
Quien no está en paz consigo mismo no puede ser pacificador sino que vive vertiendo en la sociedad su amargura interior, su desintegración, su fracaso personal.
Quien conoce esta paz interior y la sabe guardar y hacer crecer en su corazón, se convierte en “constructor de paz” en la convivencia diaria. Celebrar la resurrección del Señor es acoger esa paz y difundirla en el mundo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
6 de abril de 1986

SIN HABER VISTO

Dichosos los que crean sin haber visto.

Las experiencias de Pascua terminaron un día. Ninguno de nosotros se ha vuelto a encontrar con Jesús, el resucitado. Al parecer, ya no tenemos, hoy día, experiencias semejantes.
Pero, si las experiencias que se esconden tras esos relatos no son ya accesibles a nosotros, y si no pueden ser revividas, de alguna manera, en nuestra propia experiencia, ¿no quedarán todos estos relatos maravillosos en algo muerto que ni la mejor de las exégesis logrará devolver a la vida?
Sin duda, ha habido a lo largo de la historia, hombres que han vivido experiencias extraordinarias. No se puede leer sin emoción el fragmento que encontraron en una prenda de vestir de Blas Pascal.
Con toda exactitud nos indica el gran científico y pensador francés el momento preciso en que vivió una experiencia estremecedora que dejó huella imborrable en su alma.
No parece tener palabras adecuadas para describirla: «Seguridad plena, seguridad plena... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría... Jesucristo. Yo me he separado de El; he huido de El; le he negado y crucificado. Que no me aparte de El jamás. El está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio».
No se trata de vivir experiencias tan profundas y singulares como la vivida por Pascal. Mucho menos, todavía, pretender encontrarnos con Jesús resucitado de manera idéntica a como se encontraron con él los primeros discípulos sobre cuyo testimonio único descansan todas nuestras experiencias de fe.
Pero, ¿hemos de renunciar a toda experiencia personal de encuentro con el que está Vivo? Obsesionados sólo por la razón, ¿no nos estamos convirtiendo en seres insensibles, incapaces de escapar de una red de razonamientos y raciocinios que nos impiden captar llamadas importantes de la vida?
¿No tenemos ya nadie esas experiencias de encuentro reconciliador con Cristo en donde uno encuentra esa paz que le recompone a uno el alma, le reorganiza de nuevo la vida y le introduce en una existencia más clara y transparente?
¿No hemos tenido nunca la «certeza creyente» de que el que murió en la cruz vive y está próximo a nosotros? ¿No hemos experimentado nunca que Cristo resucita hoy en las raíces mismas de nuestra propia vida?
¿No hemos experimentado nunca que algo se conmovía interiormente en nosotros ante Cristo, que se despertaba en nosotros la alegría, la seducción y la ternura y que algo se ponía en nosotros en seguimiento de ese Jesús vivo?
El hombre crítico, atento sólo a la voz de la razón y sordo a cualquier otra llamada, objetará que todo esto es especulación irreal a la que no responde realidad objetiva alguna.
Pero el creyente comprobará humildemente la verdad de las palabras de Jesús: «Dichosos los que creen sin haber visto».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
10 de abril de 1983

RESUCITAR LO MUERTO

Exhaló su aliento sobre ellos.

La muerte no es sólo el final biológico del hombre. Antes de que llegue el término de nuestros días, la muerte puede invadir diversas zonas de nuestra vida.
No es difícil constatar cómo, por diversos factores y circunstancias, se nos van muriendo a veces, la confianza en las personas, la fe en el valor mismo de la vida, la capacidad para todo aquello que exija esfuerzo generoso, el valor para correr riesgos.
Quizá, casi inconscientemente, se va apoderando de nosotros la pasividad, la inercia y la inhibición. Poco a poco vamos cayendo en el escepticismo, el desencanto y la pereza total.
Quizás ya no esperamos gran cosa de la vida. No creemos ya demasiado ni en nosotros mismos ni en los demás. El pesimismo, la amargura y el malhumor se adueñan cada vez más fácilmente de nosotros.
Acaso descubrimos que en el fondo de nuestro ser la vida se nos encoge y se nos va empequeñeciendo. Quizás el pecado se ha ido convirtiendo en costumbre que somos incapaces de arrancar, y se nos ha muerto ya hace tiempo la fe en nuestra propia conversión.
Tal vez sabemos, aunque no lo queramos confesar abiertamente, que nuestra fe es demasiado convencional y vacía, costumbre religiosa sin vida, inercia tradicional, formalismo externo sin compromiso alguno, «letra muerta» sin espíritu vivificador.
El encuentro con Jesús Resucitado fue para los primeros creyentes una llamada a «resucitar» su fe y reanimar toda su vida.
El relato evangélico nos describe con tonos muy oscuros la situación de la primera comunidad sin Jesús. Son un grupo humano replegado sobre sí mismo, sin horizontes, «con las puertas cerradas», sin objetivos ni misión alguna, sin luz, llenos de miedo y a la defensiva.
Es el encuentro con Jesús Resucitado el que transforma a estos hombres, los reanima, los llena de alegría y paz verdadera, los libera del miedo y la cobardía, les abre horizontes nuevos y los impulsa a una misión.
¿No deben ser nuestras comunidades cristianas un lugar en el que podamos encontrarnos con este Jesús Resucitado y recibir su impulso resucitador? ¿No necesitamos escuchar con más fidelidad su palabra y alimentarnos con más fe en su Eucaristía, para sentir sobre nosotros su aliento recreador?

José Antonio Pagola


Para ver las homilías correspondientes a este Evangelio correspondientes al CICLO B.
Para ver las homilías correspondientes a este Evangelio correspondientes al CICLO A.


Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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