lunes, 28 de diciembre de 2015

03/01/2016 - 2º domingo de Navidad (C)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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2º domingo de Navidad (C)


EVANGELIO

Evangelio

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre, enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz,
sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino,
y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Éstos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Éste es de quien dije:
"El que viene detrás de mí,
pasa delante de mí,
porque existía antes que yo"».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la Ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás:
el Hijo único,
que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2015-2016 (C)
3 de enero de 2016

RECUPERAR A JESÚS

Los creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.
Todas estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. No lo hemos de olvidar nunca. El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que atraviesa toda la tradición bíblica: «A Dios no lo ha visto nadie jamás».
Los teólogos hablamos mucho de Dios, casi siempre demasiado; parece que lo sabemos todo de él: en realidad, ningún teólogo ha visto a Dios. Lo mismo sucede con los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta; parece que en su interior no hay dudas de ningún género: en realidad, ninguno de ellos ha visto a Dios.
Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su misterio santo? El mismo evangelio de Juan nos recuerda la convicción que sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es «quien lo ha dado a conocer». En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.
Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas sublimes sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre en el que él sale a nuestro encuentro.
Siempre que el cristianismo ignora a Jesús o lo olvida, corre el riesgo de alejarse del Dios verdadero y de sustituirlo por imágenes distorsionadas que desfiguran su rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de Jesús.
No basta con confesar a Jesucristo de manera teórica o doctrinal. Todos  necesitamos conocer a Jesús desde un acercamiento más concreto y vital a los evangelios, sintonizar con su proyecto, dejarnos animar por su espíritu, entrar en su relación con el Padre, seguirlo de cerca día a día. Ésta es la tarea apasionante de una comunidad que vive hoy purificando su fe. Quien conoce y sigue a Jesús va disfrutando cada vez más de la bondad insondable de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 (C)
Fecha

Título

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José Antonio Pagola
HOMILIA

2009-2010 (C)
3 de enero de 2010

RECUPERAR A JESÚS

(Ver homilía del ciclo C - 2015-2016)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 (C) – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS

EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

La Palabra de Dios se ha hecho carne.

El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Sólo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.
La Palabra de Dios se ha hecho carne. Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.
Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que sólo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.
Esta Palabra de Dios ha acampado entre nosotros. Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontramos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercamos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.
A Dios nadie lo ha visto jamás. Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Sólo Jesús, el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer.
No lo hemos de olvidar. Sólo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Sólo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejamos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús.
Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdernos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela la gracia y la verdad de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 (C) – A QUIÉN IREMOS
4 de enero de 2004

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 (C) – BUSCAR LAS RAICES

VIVIR SIN ACOGER

Los suyos no la recibieron.

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos de todo tipo. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son ésos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.
Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni a mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya desde su origen recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera activa y responsable lo que se me da.
Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe, que nos pertenece de manera exclusiva. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?
Esto tiene consecuencias diversas. Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse.
Sin apenas darse cuenta, se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.
La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.
Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo el que lo llena todo.
Por eso es tan grave la advertencia del Evangelio en estos últimos días de la Navidad: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo... y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 (C) – UN CAMINO DIFERENTE
4 de enero de 1998

ESCONDIDO, PERO NO AUSENTE

Al mundo vino.

Toda la tradición bíblica insiste en que el Dios de Israel es un “Dios escondido», según la bella expresión del libro de Isaías. El cristianismo sigue afirmando lo mismo. Es cierto que se ha “revelado» en Jesucristo, pero Dios sigue siendo un misterio insondable y, como decía B. Pascal, «toda religión que no diga que Dios está escondido no es verdadera».
Lo nuevo de la fe cristiana es confesar, a partir de Cristo, que de ese Dios oculto sabemos lo más importante. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros, pues su misterio insondable es un misterio de amor. Dios no puede sino mirarnos con amor. Nos lo recuerda san Juan de la Cruz: «el mirar de Dios es amar».
Todo esto puede ser así. Pero lo cierto es que, para muchos, Dios es hoy no sólo un Dios escondido, sino un Dios ausente. Dios se ha diluido en su corazón. Su vida transcurre al margen del misterio. Fuera de su pequeño mundo de preocupaciones, no hay nada importante. Dios es sólo una abstracción. Lo verdaderamente transcendental para ellos es llenar esta corta vida de bienestar y experiencias placenteras. Eso es todo.
Sin embargo, el Dios escondido no es un Dios ausente. En el fondo de la vida, detrás de las cosas, en el interior de los acontecimientos, en el encuentro con las personas, en los dolores y gozos de la existencia, está siempre el amor de Dios sustentándolo todo.
Muchos han quedado hoy sin oído para escuchar esa presencia. Pero la vida no ha cambiado. Dios sigue ofreciéndose calladamente en el interior de cada persona y de cada cosa. El mensaje último y decisivo que él pronuncia sobre cada ser humano, lo ha de escuchar cada uno en el fondo de su corazón. Por eso, el primer paso hacia la fe es ponerse a escuchar a ese Dios que ni pregunta ni responde con palabras humanas, pero está ahí, en el interior de la vida, invitándonos a vivir con confianza.
Estamos celebrando estos días la Encamación del Hijo de Dios. Como dice el evangelista san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. » Dios sigue escondido pero en Cristo nos ha revelado hasta dónde llega su amor al hombre.
Este es el mensaje último de la fiesta de la Navidad. Dios es amor. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros. Nos bendice y nos mira con amor. Como escribió el gran teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; pero no sabe que, por los cuatro costados, está en las manos buenas de Dios. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 (C) – VIVIR DESPIERTOS

ESCONDIDO, PERO NO AUSENTE

Al mundo vino.

Toda la tradición bíblica insiste en que el Dios de Israel es un “Dios escondido», según la bella expresión del libro de Isaías. El cristianismo sigue afirmando lo mismo. Es cierto que se ha “revelado» en Jesucristo, pero Dios sigue siendo un misterio insondable y, como decía B. Pascal, «toda religión que no diga que Dios está escondido no es verdadera».
Lo nuevo de la fe cristiana es confesar, a partir de Cristo, que de ese Dios oculto sabemos lo más importante. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros, pues su misterio insondable es un misterio de amor. Dios no puede sino mirarnos con amor. Nos lo recuerda san Juan de la Cruz: «el mirar de Dios es amar».
Todo esto puede ser así. Pero lo cierto es que, para muchos, Dios es hoy no sólo un Dios escondido, sino un Dios ausente. Dios se ha diluido en su corazón. Su vida transcurre al margen del misterio. Fuera de su pequeño mundo de preocupaciones, no hay nada importante. Dios es sólo una abstracción. Lo verdaderamente transcendental para ellos es llenar esta corta vida de bienestar y experiencias placenteras. Eso es todo.
Sin embargo, el Dios escondido no es un Dios ausente. En el fondo de la vida, detrás de las cosas, en el interior de los acontecimientos, en el encuentro con las personas, en los dolores y gozos de la existencia, está siempre el amor de Dios sustentándolo todo.
Muchos han quedado hoy sin oído para escuchar esa presencia. Pero la vida no ha cambiado. Dios sigue ofreciéndose calladamente en el interior de cada persona y de cada cosa. El mensaje último y decisivo que él pronuncia sobre cada ser humano, lo ha de escuchar cada uno en el fondo de su corazón. Por eso, el primer paso hacia la fe es ponerse a escuchar a ese Dios que ni pregunta ni responde con palabras humanas, pero está ahí, en el interior de la vida, invitándonos a vivir con confianza.
Estamos celebrando estos días la Encamación del Hijo de Dios. Como dice el evangelista san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. » Dios sigue escondido pero en Cristo nos ha revelado hasta dónde llega su amor al hombre.
Este es el mensaje último de la fiesta de la Navidad. Dios es amor. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros. Nos bendice y nos mira con amor. Como escribió el gran teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; pero no sabe que, por los cuatro costados, está en las manos buenas de Dios. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 (C) – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
5 de enero de 1992

¿POR QUE NO?

La luz brilla en la tiniebla.

Hemos comenzado un nuevo año. Y después del bullicio y aturdimiento de las fiestas, puede ser momento idóneo para proyectar nuestra mirada hacia el nuevo año que acabamos de estrenar.
De manera general, ¿qué es lo que yo espero de este año? ¿No complicarme la existencia con más problemas y compromisos? ¿Disfrutar al máximo cada momento? ¿Ir desplegando mi vida de manera acertada y sana? ¿Será realmente para mí un año nuevo porque aprenderé a ser más humano cada día, o seguiré estropeando mi vida con los mismos errores y la misma superficialidad de siempre?
El nuevo año, como la vida entera, es un camino a recorrer. ¿Qué es lo que más temo y qué es lo que más deseo de este año? ¿Dónde encontraré fuerza interior para enfrentarme con ánimo y hasta buen humor a los problemas de cada día?
A veces pensamos que ya no podemos cambiar. Y, sin embargo, no es así. ¿Me dejaré llevar también este año por la corriente, o me atreveré a ser diferente siguiendo con más fidelidad mis propias convicciones? ¿A qué me gustaría llegar este año? ¿Qué meta me he propuesto?
A lo largo del año me relacionaré con las personas de siempre, familiares, amigos, conocidos, y también con personas a las que encontraré por primera vez. ¿Qué recibirán de mí? ¿Haré su vida un poco más llevadera o, tal vez, más difícil y dura?
Este año haré muchas cosas. Trabajaré, me divertiré, descansaré, viajaré. . .Pero, ¿desde dónde viviré todo eso? ¿Dedicaré algún tiempo al silencio, a la reflexión, a mirarme por dentro, o seguiré viviendo desde fuera de mí mismo?
También este año seguirá creciendo el número de parados y necesitados. ¿Pueden esperar algo de mí o pienso que es un asunto que no me concierne? ¿Seguiré yo organizándome la vida lo mejor posible mientras junto a mí hay familias enteras que se hunden en la inseguridad y la pobreza?
Está creciendo entre nosotros el anhelo de paz y reconciliación. ¿Qué voy a hacer yo este año para colaborar más activamente en la tarea de la pacificación? ¿Pienso que sólo tienen que cambiar los demás, o me he propuesto introducir también yo algún cambio en mis propias posturas, reacciones y comportamientos?
También este año Dios me acompañará de cerca en el caminar de cada día. ¿No haré nada por encontrarme con él? ¿Seguiré distanciándome cada vez más, o me atreveré, por fin, a confiarme a su bondad insondable?
Este año sacaré tiempo para mis cosas, mis aficiones, mis amigos. ¿Tendré tiempo para ser yo mismo? ¿Tendré tiempo para Dios? En cualquier caso, él sí tendrá tiempo para mí.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 (C) - CONSTRUIR SOBRE LA ROCA

¿CUAL ES MI IDOLO PARTICULAR?

Los suyos no la recibieron

Muchos hombres y mujeres que piensan no creer en ningún Dios viven de hecho sometidos enteramente a pequeños ídolos a los que han entregado su existencia.
El olvido del verdadero Dios los ha llevado no al ateísmo sino a la idolatría. Dios ha dejado paso a ídolos más pequeños que se han ido alojando en su corazón, cumpliéndose una vez más aquellas certeras palabras de F. Dostoievski: “Es imposible ser hombre sin inclinarse. Si a Dios no adora, ante un ídolo se inclina”.
El ídolo siempre esclaviza porque nos obliga a organizarnos la vida entera en torno a ese “dios” que hemos descubierto. Todo lo demás, familia, amistad, proyectos, ideales... sólo valen en la medida en que están al servicio de nuestro ídolo.
El ídolo es siempre engañoso. Ingenuamente creemos que cumplirá todos nuestros deseos. Proyectamos en él nuestras aspiraciones más profundas de felicidad, seguridad, grandeza, poder o bienestar. Pero, el ídolo nunca ofrece lo que promete.
A veces, produce satisfacciones inmediatas. A la larga, sólo engendra amargura, decepción y mal sabor. Descubrimos que no podemos liberarnos de él pero percibimos que estamos hechos para algo ms grande y mejor.
Hoy vivimos en una “sociedad politeísta” donde las gentes viven adorando secreta o públicamente multitud de “pequeños dioses”. Cualquier cosa puede convertirse en ídolo cuando el corazón del hombre se ha alejado de la fe genuina en el Dios verdadero, el único capaz de hacernos vivir en el amor y la verdad.
El dinero, el confort, el prestigio social, el sexo, la patria, el poder, el propio partido, la ciencia.., son los ídolos intocables adorados por muchos en esta sociedad.
Pero la idolatría no es algo privativo de los increyentes. Se aloja también en muchos creyentes que erigimos nuestros pequeños dioses junto al Dios verdadero. El pecado de Israel no consistió en abandonar a Dios para adorar a los falsos “baales” de Canaán, sino en pretender “vivir con Dios y los baales”. ¿No es ésta la actitud de muchos que nos llamamos creyentes?
Ante la escena, aparentemente ingenua, de aquellos magos buscando al verdadero Dios para ofrecerle sólo a Él adoración, todos deberíamos preguntarnos a qué “dios” estamos rindiendo nuestra vida y entregando nuestro corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 (C) - BUENAS NOTICIAS
5 de enero de 1986

MENSAJE NO COMERCIAL

Y los suyos no la recibieron.

Las palabras que escuchamos en el evangelio de S. Juan tienen una resonancia especial para quien está atento a lo que sucede también hoy entre nosotros. «La Palabra era Dios... En la Palabra había vida... La Palabra era la luz verdadera... La Palabra vino el mundo... Y los suyos no la recibieron».
No es fácil escuchar esa Palabra que nos habla de amor, solidaridad y cercanía al necesitado, cuando vivimos bajo «la tiranía de la publicidad» que nos incita al disfrute irresponsable, al gasto superficial y a la satisfacción de todos los caprichos «porque usted se lo merece».
No es fácil escuchar el mensaje de la Navidad cuando queda distorsionado y manipulado por tanto «mensaje comercial» que nos invita a ahogar nuestra vida en la posesión y el bienestar material.
Lo importante es comprar. Comprar el último modelo de cualquier cosa que haya salido al mercado. Comprar más cosas, mejores y, sobre todo, más nuevas.
Pocos piensan hacia dónde nos lleva todo esto ni qué sentido tiene ni a costa de quién podemos consumir así. Nadie quiere recordar que, mientras nuestros hijos se despiertan envueltos en mil sofisticados juguetes, 40.000 niños del Tercer Mundo mueren de hambre cada día (informe de J. Grant, presidente de la UNICEF).
Nadie parece muy preocupado por este consumismo alocado que nos masifica, nos irresponsabiliza de la necesidad ajena y nos encierra en un individualismo egoísta. Lo que importa es oler a la colonia más anunciada, leer el último «best-seller», regalar el disco número uno del «hit-parade».
Seguimos fielmente las consignas. Compramos marcas. Bebemos etiquetas. Satisfacemos «fantasías artificialmente estimuladas». Con la copa de champagne, nos bebemos la imagen de las jóvenes que lo beben en el anuncio.
Y poco a poco, nos vamos quedando sin vida interior. «La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su equipo de cocina» (Marcuse). Y mientras tanto, crece la insatisfacción.
El hombre contemporáneo no sabe que, cuando uno se preocupa sólo de «vivir bien» y «tenerlo todo», está matando la alegría verdadera de la vida. Porque el hombre necesita amistad, solidaridad con el hermano, silencio, gozo interior, apertura al misterio de la vida, encuentro con Dios.
Hay un mensaje no comercial que los creyentes debemos escuchar en Navidad. Una Palabra hecha carne en Belén. Un Dios hecho hombre. En ese Dios hay vida, hay luz verdadera. Ese Dios está en medio de nosotros. Lo podemos encontrar «lleno de gracia y de verdad» en la persona, la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 (C) - APRENDER A VIVIR
2 de enero de 1983

LA ETERNA INFANCIA DE DIOS

Habitó entre nosotros.

No es tan equivocado afirmar que la Navidad es la fiesta de los niños y de aquellos que saben vivir con corazón de niño.
Son ellos los que desde su sencillez, su capacidad de sorpresa y su mirada limpia pueden disfrutar como nadie del regalo de un Dios niño.
A los adultos se nos hace más difícil disfrutar del contenido entrañable de estas fiestas. Lo que nos impide gozar como los niños no es la edad, sino nuestro corazón envejecido, autosuficiente, lleno de egoísmos e intereses. Nuestra vida agitada, polarizada en la búsqueda obsesiva de eficacia, rendimiento, seguridad y bienestar a cualquier precio.
El niño habita un mundo diferente al nuestro. No ha cerrado todavía las puertas de su ser a lo bueno, lo hermoso, lo admirable. No necesita tampoco esconderse detrás de una máscara. Puede revelarse como realmente es, en lugar de dedicarse a proyectar imágenes que agraden, seduzcan y engañen.
El niño es todavía capaz de dar y recibir con gozo. Es un ser abierto. Sabe admirar, acoger, disfrutar. No ha aprendido todavía a manipular a los demás. Su vida es acogida y crecimiento.
La Navidad es una gracia que nos invita a despertar lo que queda en nosotros de ese niño que fuimos, capaces de admirar, escuchar y acoger con sorpresa y gozo el regalo de la vida.
La contemplación de un Dios niño es una llamada a reavivar lo que la ambición, el ansia de seguridad, la obsesión de bienestar y la mentira han podido matar en nosotros.
Paul Claudel, describiendo su conversión, nos recuerda cómo sintió un día de Navidad en la catedral de Notre Dame de París «el sentimiento desgarrador de la inocencia, revelación inefable de la eterna infancia de Dios». Sorprendido y sollozando, comenzó a salir de su «estado habitual de asfixia y desesperanza».
Cuando uno ha intuido, aunque sea de manera muy elemental y pobre, la eterna infancia de Dios, es difícil seguir siendo el adulto mentiroso y manipulador de siempre.
El niño que todavía hay en nosotros se despierta para acoger a ese Dios, pequeño, «infantil», incapaz de engaños y manipulaciones. Un Dios sencillo, confiable, transparente, acogedor.
No lo olvidemos. En medio de la superficialidad y banalidad que caracterizan con frecuencia a nuestras fiestas navideñas, hay algo que sólo se puede descubrir con corazón de niño: la eterna infancia de un Dios que puede despertar nuestra ternura y nuestra capacidad de amar por puro gozo, como ¡os niños.

José Antonio Pagola




Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


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