lunes, 2 de septiembre de 2013

08/09/2013 - 23º domingo Tiempo ordinario (C)

Inicio ..... Ciclo A ..... Ciclo B ..... Ciclo C ..... Euskera ..... Multilingue ..... Videos


Homilias de José Antonio Pagola

Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.



José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .


------------------------------------------------------------------------------------------------------------

8 de septiembre de 2013

23º domingo Tiempo ordinario (C)


EVANGELIO

El que no renuncia a todo, no puede ser discípulo mío.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 14,25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
- Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar».
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
8 de septiembre de 2013

NO DE CUALQUIER MANERA

Jesús va camino de Jerusalén. El evangelista nos dice que le “acompañaba mucha gente”. Sin embargo, Jesús no se hace ilusiones. No se deja engañar por entusiasmos fáciles de las gentes. A algunos les preocupa hoy cómo va descendiendo el número de los cristianos. A Jesús le interesaba más la calidad de sus seguidores que su número.
De pronto “se vuelve” y comienza a hablar a aquella muchedumbre de las exigencias concretas que encierra el acompañarlo de manera lúcida y responsable. No quiere que la gente lo siga de cualquier manera. Ser discípulo de Jesús es una decisión que ha de marcar la vida entera de la persona.
Jesús les habla, en primer lugar de la familia. Aquellas gentes tienen su propia familia: padres y madres, mujer e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos.
Jesús no está pensando en deshacer los hogares eliminando el cariño y la convivencia familiar. Pero, si alguien pone por encima de todo el honor de su familia, el patrimonio, la herencia o el bienestar familiar, no podrá ser su discípulo ni trabajar con él en el proyecto de un mundo más humano.
Más aún. Si alguien solo piensa en sí mismo y en sus cosas, si vive solo para disfrutar de su bienestar, si se preocupa únicamente de sus intereses, que no se engañe, no puede ser discípulo de Jesús. Le falta libertad interior, coherencia y responsabilidad para tomarlo en serio.
Jesús sigue hablando con crudeza: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. Si uno vive evitando problemas y conflictos, si no sabe asumir riesgos y penalidades, si no está dispuesto a soportar sufrimientos por el reino de Dios y su justicia, no puede ser discípulo de Jesús.
No se puede ser cristiano de cualquier manera. No hemos de confundir la vida cristiana con formas de vivir que desfiguran y vacían de contenido el seguimiento humilde, pero responsable a Jesús.
Sorprende la libertad del Papa Francisco para denunciar estilos de cristianos que poco tienen que ver con los discípulos de Jesús: “cristianos de buenos modales, pero malas costumbres”, “creyentes de museo”, “hipócritas de la casuística”, “cristianos incapaces de vivir contra corriente”, cristianos “corruptos” que solo piensan en sí mismos, “cristianos educados” que no anuncian el evangelio...


José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
5 de septiembre de 2010

REALISMO RESPONSABLE



Los ejemplos que emplea Jesús son muy diferentes, pero su enseñanza es la misma: el que emprende un proyecto importante de manera temeraria, sin examinar antes si tiene medios y fuerzas para lograr lo que pretende, corre el riesgo de terminar fracasando.
Ningún labrador se pone a construir una torre para proteger sus viñas, sin tomarse antes un tiempo para calcular si podrá concluirla con éxito, no sea que la obra quede inacabada, provocando las burlas de los vecinos. Ningún rey se decide a entrar en combate con un adversario poderoso, sin antes analizar si aquella batalla puede terminar en victoria o será un suicidio.
A primera vista, puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. La misión que quiere encomendar a los suyos es tan importante que nadie ha de comprometerse en ella de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa.
Su advertencia cobra gran actualidad en estos momentos críticos y decisivos para el futuro de nuestra fe. Jesús llama, antes que nada, a la reflexión madura: los dos protagonistas de las parábolas «se sientan» a reflexionar. Sería una grave irresponsabilidad vivir hoy como discípulos de Jesús, que no saben lo que quieren, ni a dónde pretenden llegar, ni con qué medios han de trabajar.
¿Cuándo nos vamos a sentar para aunar fuerzas, reflexionar juntos y buscar entre todos el camino que hemos de seguir? ¿No necesitamos dedicar más tiempo, más escucha del evangelio y más meditación para descubrir llamadas, despertar carismas y cultivar un estilo renovado de seguimiento a Jesús?
Jesús llama también al realismo. Estamos viviendo un cambio sociocultural sin precedentes. ¿Es posible contagiar la fe en este mundo nuevo que está naciendo, sin conocerlo bien y sin comprenderlo desde dentro? ¿Es posible facilitar el acceso al Evangelio ignorando el pensamiento, los sentimientos y el lenguaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿No es un error responder a los retos de hoy con estrategias de ayer?
Sería una temeridad en estos momentos actuar de manera inconsciente y ciega. Nos expondríamos al fracaso, la frustración y hasta el ridículo. Según la parábola, la  "torre inacabada" no hace sino provocar las burlas de la gente hacia su constructor. No hemos de olvidar el lenguaje realista y humilde de Jesús que invita a sus discípulos a ser "fermento" en medio del pueblo o puñado de "sal" que pone sabor nuevo a la vida de las gentes.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
9 de septiembre de 2007

CRISTIANOS LÚCIDOS

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre…?

Es un error pretender ser«discípulos» de Jesús sin detenerse nunca a reflexionar sobre las exigencias concretas que encierra seguir sus pasos, y sobre las fuerzas con que hemos de contar para ello. Nunca pensó Jesús en seguidores inconscientes, sino en personas lúcidas y responsables.
Las dos imágenes que emplea son muy concretas. Nadie se pone a «construir una torre» sin tomarse un tiempo para reflexionar sobre cómo debe actuar para lograr acabarla. Sería un fracaso empezar a «construir» y no poder llevar a término la obra iniciada.
El evangelio que propone Jesús es una manera de «construir» la vida. Un proyecto ambicioso, capaz de transformar nuestra existencia. Por eso no es posible terminar viviendo de manera evangélica sin detenerse a reflexionar sobre las decisiones oportunas a tomar en cada momento.
También es claro el segundo ejemplo. Nadie se enfrenta de manera inconsciente a un adversario que le viene a atacar con un ejército mucho más poderoso, sin reflexionar previamente si aquel combate terminará en victoria o será un suicidio. Seguir a Jesús es enfrentarse contra los adversarios del reino de Dios y su justicia. No es posible luchar a favor del reino de Dios de cualquier manera. Se necesita lucidez, responsabilidad y decisión.
En los dos ejemplos de Jesús se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las verdaderas exigencias, los riesgos y las fuerzas con que han de contar para llevar a cabo su cometido. Según Jesús, entre sus seguidores, siempre será necesaria la meditación, el debate, la reflexión. De lo contrario, el proyecto cristiano puede quedar inacabado.
Es un error en la Iglesia de Jesús ahogar el diálogo e impedir el debate. Necesitamos más que nunca reflexionar y deliberar juntos sobre la conversión que hemos de vivir hoy los seguidores de Jesús. No seguir trabajando como si nada pasara. «Sentarnos» para pensar con qué fuerzas hemos de construir el reino de Dios en la sociedad moderna. De lo contrario nuestra evangelización será una «torre inacabada».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
5 de septiembre de 2004

MÁS QUE UNA OPINIÓN

… no puede ser discípulo mío.

No es fácil saber qué está pasando en la conciencia religiosa de los individuos. Aunque convivimos en la misma sociedad y nos encontramos diariamente en el hogar, el trabajo o en las relaciones sociales, lo cierto es que pocas veces sabemos de verdad algo de lo que piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. Cada uno vive en su interior interrogantes, dudas o búsquedas que no conocemos.
Sin embargo, es difícil sustraerse a una impresión. Sin verlo, sin poder precisarlo con claridad, parece que va penetrando entre nosotros una nueva forma de pensar, de actuar y de vivir que ya no está marcada por la fe cristiana.
Se diría que, poco a poco, nos vamos familiarizando a una cultura donde cada vez se prescinde más de Dios. Parece que los mismos cristianos nos vamos acostumbrando a esta nueva situación de indiferencia. ¿Cómo vivir con lucidez y responsabilidad cristiana en estos tiempos?
Los expertos dicen que uno de los cambios más profundos que se está produciendo en nuestros días es el paso de una «sociedad de creencias» a una «sociedad de opiniones». Hace algunos años, los individuos actuaban movidos por una fe que les servía de criterio, sentido y norma de vida; la fe marcaba profundamente sus vidas. Hoy se tiende más bien a vivir de opiniones: cada uno tiene su propia «opinión religiosa», pero no siente necesidad alguna de vivirla, alimentarla, y hacer de ella principio inspirador de su comportamiento.
El cristiano no vive su fe como una opinión: «tú opinas así, pero yo opino de otra manera». Creer en Jesucristo es mucho más que tener una opinión frente a otros que opinan de manera diferente. ¿En qué se convierte la fe si ya no es capaz de inspirar el sentido global de la vida ni de motivar y movilizar a la persona?
Creer en Jesucristo no es tener una opinión sobre él, sino seguirle. Y seguirle de manera incondicional anteponiendo su persona a todo y aprendiendo a vivir como vivió él. De lo contrario, «nadie puede ser discípulo suyo». Será otra cosa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
9 de septiembre de 2001

ÍDOLOS PRIVADOS

El que no renuncia a todos sus bienes...

Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia y afirmación personal del hombre del siglo xx. Jesús es radical a la hora de pedir un adhesión a su persona. El hombre debe subordinarlo todo al seguimiento incondicional a Jesús.
No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».
El hombre siente desde lo más hondo de su ser el anhelo de la libertad. Y sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el hombre parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de satisfacernos a nosotros mismos, nos pasamos la vida entera buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.
Cada uno buscamos un «dios», algo que nos parece esencial para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida. Algo que nos domina y se adueña de nosotros profundamente. Paradójicamente, buscamos ser libres, independientes y autónomos, pero, al mismo tiempo, parece que no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo» que oriente y determine nuestra vida entera.
Estos ídolos son muy diversos. Dinero, salud, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa... Cada uno sabe el nombre de su «dios privado» al que da culto y rinde secretamente su ser.
Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», debemos preguntarnos honradamente qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.
La invitación de Jesús es provocativa. Sólo hay un camino para acercarnos a la libertad y sólo lo entienden los que se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente: vivir en obediencia total a un Dios Padre, origen y centro de referencia de toda vida humana, y servir desinteresadamente a los hombres sentidos como hermanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
6 de septiembre de 1998

SENTARSE

No se sienta primero.

Son muchos los que viven sin detenerse nunca en su camino. Jamás se paran para preguntarse por el sentido de su vida o para reflexionar sobre el rumbo que va tomando con el pasar de los años. No conocen la sabiduría de quien se retira de vez en cuando a la soledad o, simplemente, se recoge en su habitación para «meditar» su vida.
En el relato evangélico (Le 14, 28-32), Jesús emplea dos imágenes: la del hombre que quiere construir una torre y la del rey que se ve obligado a afrontar a un enemigo que viene a su encuentro. En ambos casos, se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las exigencias, los riesgos y las fuerzas con que cuentan para enfrentarse sabiamente a su vida.
¿Por qué no «sentarnos», terminadas ya las vacaciones, para reflexionar sobre la vida que reanudamos estos días? Esta reflexión nos ayudará a no dejamos arrastrar tan fácilmente por la rutina o el ajetreo de cada día. Compromisos, obligaciones, trabajos..., todo tiene un sentido más humano cuando la persona vive esa «suave vigilancia» (D. Maurin) que permite a la persona ser dueña de su vida, reacciones y sentimientos. Es conocida la sentencia de Pascal: «La desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, de no saber permanecer sosegadamente en una habitación» (Pensamiento 136).
Más que discurrir, lo que necesitamos, tal vez, es mirar y aceptar con verdad nuestro ser. Acoger con sencillez nuestra vida cotidiana sin perdernos en la agitación de cada día. Disponemos a cuidar lo importante: la confianza en Dios, el amor a las personas, el gozo de vivir, el trabajo bien hecho, la paz interior.
Cuando en el corazón de la persona sigue viva la fe, estos momentos de reflexión sobre la vida se convierten muchas veces en oración sincera. Una oración que no es la repetición rutinaria de unas fórmulas aprendidas de niño, sino comunicación viva y espontánea con un Dios sentido como Padre y Amigo.
Las alegrías y los gozos de la vida llevan entonces al agradecimiento: «Mi corazón se alegra con tu salvación, cantaré al Señor por el bien que me hace» (Salmo 12). Los sufrimientos y problemas invitan a la invocación: «Me abandonan las fuerzas... Mi pena no se aparta de mí. No me abandones, Señor» (Salmo 37). En medio de la oscuridad está Él: «Señor, tú eres mi lámpara; Dios mío, tú alumbras mis tinieblas» (Salmo 17). En nuestra impotencia podemos contar con Él: «Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor cuida de mí» (Salmo 39).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
10 de septiembre de 1995

¿QUE HACER ANTE EL DOLOR?

Quien no lleve su cruz...

Tarde o temprano, a todos nos toca sufrir. Una enfermedad grave, un accidente inesperado, la muerte de un ser querido, desgracias y desgarros de todo tipo, nos obligan un día a tomar postura ante el sufrimiento. ¿Qué hacer?
Algunos se limitan a rebelarse. Es una actitud explicable: protestar, sublevarse ante el mal. Pero, por lo general, esta reacción intensifica todavía más el sufrimiento. La persona se crispa y exaspera. Es fácil terminar en el agotamiento y la desesperanza.
Otros se encierran en el aislamiento. Viven replegados sobre su dolor relacionándose sólo con sus penas. No se dejan consolar por nadie. No aceptan alivio alguno. Por ese camino la persona puede autodestruirse.
Otros adoptan la postura de víctimas y viven compadeciéndose de sí mismos. Necesitan mostrar sus penas a todo el mundo: «Mirad qué desgraciado soy.» «Ved cómo me maltrata la vida.» Es una manera de manipular el sufrimiento, que nunca ayudará a la persona a madurar.
La actitud del creyente es diferente. El cristiano no ama el sufrimiento, no lo busca, no lo quiere ni para los demás ni para sí mismo. Siguiendo los pasos de Jesús, lucha con todas sus fuerzas por arrancarlo del corazón de la existencia. Pero, cuando es inevitable, sabe «llevar su cruz» en comunión con el Crucificado.
Esta aceptación del sufrimiento no consiste en doblegarnos ante el dolor porque es más fuerte que nosotros. Eso sería estoicismo o fatalismo, pero no actitud cristiana. No se trata tampoco de buscar «explicaciones» artificiosas considerándolo todo castigo, prueba o purificación que Dios nos envía. Dios no es ningún «sádico» que encuentra un placer especial en vernos sufrir. Tampoco tiene por qué exigirlo, como a pesar suyo, para que quede satisfecho su honor o su gloria.
El cristiano ve en el sufrimiento una experiencia en la que, unido a Cristo, puede vivir su verdad más auténtica. El sufrimiento sigue siendo malo, pero precisamente por eso, se convierte en la experiencia más realista y honda para vivir la confianza radical en Dios y la comunión con los que sufren.
Vivida así, la cruz es lo más opuesto al pecado. ¿Por qué? Pecar es buscar egoístamente la propia felicidad rompiendo con Dios y con los demás. «Llevar la cruz» en comunión con el Crucificado es exactamente lo contrario, pues es abrirse confiadamente al Padre y solidarizarse con los hermanos, precisamente en la ausencia de felicidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
6 de septiembre de 1992

SUFRIR DE MANERA MAS HUMANA

Quien no lleve la cruz detrás de mí.

Todos queremos ser felices. Por caminos diferentes, con más o menos acierto, todos nos esforzamos por alcanzar «algo» que llamamos «felicidad» y que nos atrae desde lo más hondo de nuestro ser. Pero, tarde o temprano, todos nos encontramos en la vida con el sufrimiento.
Por mucho que se esfuerce en evitarlo, todo hombre o mujer termina experimentando en su propia carne la verdad de las palabras de Job: «El hombre, nacido de mujer, es corto de días y harto de inquietudes.»
Sin duda, los sufrimientos de cada persona son diferentes y pueden deberse a factores muy diversos. Pero K.G. •Durckheim nos recuerda en sus obras las tres principales fuentes de donde brota el sufrimiento humano.
El hombre busca, antes que nada, seguridad y cuando en su vida surge algo que la pone en peligro, comienza a sufrir porque su seguridad puede quedar destruida. Muchos de nuestros sufrimientos provienen del miedo a que quede destruida nuestra imagen, nuestra tranquilidad, nuestra salud.
El hombre busca, además, sentido a su vida, y cuando experimenta que ésta no significa nada para nadie ni siquiera para él mismo, comienza a sufrir porque ya todo le parece absurdo e inútil. Nada merece la pena. Cuánto sufrimiento nace de los fracasos, frustraciones y desengaños.
El ser humano busca también amor frente al aislamiento y la soledad, y cuando se siente incomprendido, abandonado y solo, comienza a sufrir. Cuántas personas sufren hoy porque no tienen cerca a nadie que las quiera de verdad.
La fe no dispensa al creyente de estos sufrimientos; también él conoce, como cualquier otro hombre o mujer, el lado doloroso de la existencia. Tampoco la fe carga necesariamente al cristiano con un sufrimiento mayor que el del resto de los hombres. Lo primero que escucha el creyente cuando se siente interpelado por Cristo a llevar la cruz tras él no es una llamada a sufrir «más» que los demás, sino a sufrir en comunión con él, es decir, a «llevar la cruz» no de cualquier manera, sino «tras él», desde la misma actitud y con el mismo espíritu.
Quien vive así la cruz, unido a Cristo y desde una actitud de confianza total en Dios, aprende a vivir el sufrimiento de una manera más humana.
Los sufrimientos siguen ahí con todo su realismo y crudeza, pero con la mirada puesta en Cristo crucificado, el creyente encuentra una fuerza nueva en medio de la inseguridad y la destrucción; descubre una luz incluso en los momentos en que todo parece absurdo y sin sentido; experimenta una protección última y misteriosa en medio del abandono de todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
10 de septiembre de 1989

UN OLVIDO GRAVE

Quien no lleve su cruz….

En el cristianismo la cruz es el criterio decisivo para verificar todo lo que merece llamarse cristiano. Y cuando las generaciones cristianas la olvidan, el cristianismo se aburguesa, se diluye y pierde su fuerza.
Por eso, los creyentes hemos de preguntarnos cuál es el significa do más original de la llamada de Jesús: “Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío”.
Aunque parezca sorprendente, los cristianos hemos desarrollado con frecuencia diversos aspectos de la cruz, pero hemos olvidado el primero y más fundamental.
Así, hay cristianos que piensan que seguir al Crucificado es buscar pequeñas mortificaciones, privándose de satisfacciones y renunciando a gozos legítimos para llegar por el sufrimiento a una comunión más profunda con Cristo.
Sin duda, es grande el valor de esta ascesis cristiana y más en una sociedad como la nuestra, pero Jesús no aparece en los evangelios como un asceta que vive buscando mortificaciones y, cuando habla de la cruz, no está invitando a una “vida mortificada”. Hay otros para quienes “llevar la cruz” es aceptar las contrariedades de la vida, las desgracias o adversidades. Pero los evangelios nunca hablan de estos sufrimientos “naturales” de Jesús. Su cruz ha sido el rechazo y la agresión que ha provocado él mismo con su actuación de obediencia absoluta al Padre y de defensa de todos los pequeños.
Sin duda, hemos de valorar el contenido cristiano de esa postura de saber aceptar “el lado oscuro y doloroso” de la vida desde una actitud de fe, pero si queremos descubrir el sentido original de la llama da de Jesús, hemos de recordar con toda sencillez qué era “llevar la cruz”.
Llevar la cruz era un rito que pertenecía al ceremonial de la ejecución. El reo era obligado a atravesar la ciudad llevando la cruz y portando el “títulus” donde aparecía su delito. De esta manera aparecía como culpable ante la sociedad, excluido del pueblo, rechazado por todos.
Esta ha sido la verdadera cruz de Jesús. Verse rechazado por su mismo pueblo y aparecer como culpable ante la sociedad, precisamente por su fidelidad al Padre y su amor liberador a los hombres.
Sin menospreciar otros aspectos de la vida cristiana, los creyentes no deberíamos olvidar que el seguidor de Jesús ha de estar dispuesto a sufrir las reacciones, rechazos y condenas de su mismo pueblo, de sus amigos y hasta de sus familiares, provocados precisamente por su fidelidad a Dios y al evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
7 de septiembre de 1986

VOLVER A LO ESENCIAL

El que no renuncia a todos sus bienes…

Hay momentos en la vida de los pueblos y en nuestra propia vida individual en los que es más fácil escuchar la llamada a enraizarnos en lo esencial.
Muchos de nosotros estamos viviendo estos días un estado de ánimo en el que se entremezclan el mal sabor del retorno al trabajo diario y el desconcierto por la tragedia que ha inundado nuestra tierra.
Tal vez, más de uno ha sentido estos días la impotencia del ser humano y ha gritado en su corazón que el destino del hombre es demasiado difícil, demasiado triste e injusto.
Por otra parte, el regreso a la vida ordinaria de trabajo, problemas y preocupaciones nos recuerda de nuevo el riesgo de deshumanizarnos en medio de la actividad, el nerviosismo y el cansancio. Ya no somos los mismos que hace unos días.
Y es, precisamente, en la experiencia colectiva de la fragilidad humana y en la experiencia individual de la posible "alienación" en nuestro quehacer diario donde puede uno escuchar con más urgencia la llamada a vivir de lo esencial.
Lo importante es el hombre. Poner la «causa del hombre» por encima de estrechos objetivos partidistas y aprender a organizarlo todo buscando sinceramente el bien del hombre, de todo hombre y de todos los hombres.
Buscar solidariamente el bien del hombre por encima de teorías, estrategias, convencionalismos y siglas. Desenmascarar la insensatez de muchos de nuestros enfrentamientos y hacer converger más nuestros esfuerzos.
Por otra parte, metidos ya en la vida monótona de cada día, sabemos que lo decisivo no es lo que hacemos cada día, sino lo que ese trabajo hace de nosotros. De ahí que el modo  de vivir el trabajo diario sea tan importante o más que el trabajo mismo.
Necesitamos renunciar a todo lo que nos deshumaniza como pueblo y como individuos y volver a lo esencial, más allá de nuestras contradicciones.
En el evangelio de hoy escuchamos, los creyentes, esa llamada radical de Jesús que nos invita a la decisión tomada con lucidez y realismo.
Quizás llevamos mucho tiempo ya descaminados. Tal vez no sabemos cómo volver a ser humanos. Tenemos que partir con realismo de lo que somos. Aceptar nuestras contradicciones y luchar por superarlas desde una búsqueda sincera, humilde y confiada.
Los hombres y los pueblos valemos lo que valen nuestras decisiones. Pequeñas o grandes, son nuestras decisiones las que nos llevan a ser más humanos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
4 de septiembre de 1983

NUESTROS “IDOLOS” PRIVADOS

El que no renuncia a todos sus bienes…

Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autonomía, autosuficiencia y afirmación personal del hombre del siglo veinte.
Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. El hombre debe saber subordinarlo todo al seguimiento incondicional a Jesús.
No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».
El hombre siente desde lo más hondo de su ser el anhelo de la libertad. La vida se nos ofrece con frecuencia como una verdadera lucha de los individuos y las comunidades por lograr su libertad y su independencia.
Y sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación. El hombre parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de satisfacernos a nosotros mismos, nos pasamos la vida entera buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.
Cada uno buscamos un «dios», algo que nos parece esencial para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida. Algo que nos domina y se adueña de nosotros profundamente.
Paradójicamente, este hombre que busca ser libre, independiente y autónomo, no parece que pueda vivir sin entregarse a algún «ídolo» que oriente y determine decisivamente su conducta y su vida entera.
Estos «ídolos» son muy diversos. Dinero, salud, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa... Cada uno sabe el nombre de su «dios privado» al que damos culto y rendimos secretamente nuestro ser.
Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», debemos preguntarnos honradamente qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.
La invitación de Jesús es provocativa. Sólo hay un camino para acercarnos a la libertad y sólo lo entienden los que se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente: vivir en obediencia total a un Dios Padre, origen y centro de referencia de toda vida humana, y en servicio desinteresado a los hombres sentidos como hermanos.

José Antonio Pagola


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

La publicación de los comentarios requerirán la aceptación del administrador del blog.