lunes, 25 de marzo de 2013

31/03/2013 - Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (C)

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Homilias de José Antonio Pagola

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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.


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31 de marzo de 2013

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (C)



EVANGELIO

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
31 de marzo de 2013


ENCONTRARNOS CON EL RESUCITADO

Según el relato de Juan, María de Magdala es la primera que va al sepulcro, cuando todavía está oscuro, y descubre desconsolada que está vacío. Le falta Jesús. El Maestro que la había comprendido y curado. El Profeta al que había seguido fielmente hasta el final. ¿A quién seguirá ahora? Así se lamenta ante los discípulos: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Estas palabras de María podrían expresar la experiencia que viven hoy no pocos cristianos: ¿Qué hemos hecho de Jesús resucitado? ¿Quién se lo ha llevado? ¿Dónde lo hemos puesto? El Señor en quien creemos, ¿es un Cristo lleno de vida o un Cristo cuyo recuerdo se va apagando poco a poco en los corazones?
Es un error que busquemos "pruebas" para creer con más firmeza. No basta acudir al magisterio de la Iglesia. Es inútil indagar en las exposiciones de los teólogos. Para encontrarnos con el Resucitado es necesario, ante todo, hacer un recorrido interior. Si no lo encontramos dentro de nosotros, no lo encontraremos en ninguna parte.
Juan describe, un poco más tarde, a María corriendo de una parte a otra para buscar alguna información. Y, cuando ve a Jesús, cegada por el dolor y las lágrimas, no logra reconocerlo. Piensa que es el encargado del huerto. Jesús solo le hace una pregunta: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?".
Tal vez hemos de preguntarnos también nosotros algo semejante. ¿Por qué nuestra fe es a veces tan triste? ¿Cuál es la causa última de esa falta de alegría entre nosotros? ¿Qué buscamos los cristianos de hoy? ¿Qué añoramos? ¿Andamos buscando a un Jesús al que necesitamos sentir lleno de vida en nuestras comunidades?
Según el relato, Jesús está hablando con María, pero ella no sabe que es Jesús. Es entonces cuando Jesús la llama por su nombre, con la misma ternura que ponía en su voz cuando caminaban por Galilea: "¡María!". Ella se vuelve rápida: "Rabbuní, Maestro".
María se encuentra con el Resucitado cuando se siente llamada personalmente por él. Es así. Jesús se nos muestra lleno de vida, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre, y escuchamos la invitación que nos hace a cada uno. Es entonces cuando nuestra fe crece.
No reavivaremos nuestra fe en Cristo resucitado alimentándola solo desde fuera. No nos encontraremos con él, si no buscamos el contacto vivo con su persona. Probablemente, es el amor a Jesús conocido por los evangelios y buscado personalmente en el fondo de nuestro corazón, el que mejor puede conducirnos al encuentro con el Resucitado.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
4 de abril de 2010

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.
María de Magdala es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando  aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.
Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».
La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, sólo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.
Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.
Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él».
Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un "Jesús muerto". No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
8 de abril de 2007

NO ESTÁ ENTRE LOS MUERTOS

No sabemos dónde lo han puesto.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Según Lucas, éste es el mensaje que escuchan las mujeres en el sepulcro de Jesús. Sin duda, el mensaje que hemos de escuchar también hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error?
¿Por qué buscamos a Jesús en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida más digna y justa para todos?
¿Cómo nos encontraremos con el que vive, ahogando entre nosotros la vida, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?
¿Cómo vamos a acoger su saludo de Paz a vosotros, si vivimos descalificándonos unos a otros? ¿Cómo vamos a sentir la alegría del resucitado, si estamos introduciendo miedo en la Iglesia? Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontramos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?
¿Cómo contagiaremos fe en Jesús vivo, si no sentimos nunca arder nuestro corazón, como los discípulos de Emaús? ¿Cómo le seguiremos de cerca, si hemos olvidado la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros, cuando nos reunimos en su nombre?
¿Dónde lo vamos a encontrar hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo queremos ver en los pequeños, los humillados y crucificados? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada, si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros?
Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos no las creyeron. Este es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
11 de abril de 2004

EL NUEVO ROSTRO DE DIOS

Que había de resucitar de entre los muertos.

Ya no volvieron a ser los mismos. El encuentro con Jesús, lleno de vida después de su ejecución, transformó totalmente a sus discípulos. Lo empezaron a ver todo de manera nueva. Dios era el resucitador de Jesús. Pronto sacaron las consecuencias.
Dios es amigo de la vida. No había ahora ninguna duda. Lo que había dicho Jesús era verdad: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos». Los hombres podrán destruir la vida de mil maneras, pero si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que sólo quiere la vida para sus hijos. No estamos solos ni perdidos ante la muerte. Podemos contar con un Padre que, por encima de todo, incluso por encima de la muerte, nos quiere ver llenos de vida. En adelante, sólo hay una manera cristiana de vivir. Se resume así: poner vida donde otros ponen muerte.
Dios es de los pobres. Lo había dicho Jesús de muchas maneras, pero no era fácil creerle. Ahora es distinto. Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que es verdad: «felices los pobres porque le tienen a Dios». La última palabra no la tiene Tiberio ni Pilato, la última decisión no es de Caifás ni de Anás. Dios es el último defensor de los que no interesan a nadie. Sólo hay una manera de parecerse a él: defender a los pequeños e indefensos.
Dios resucita a los crucificados. Dios ha reaccionado frente a la injusticia criminal de quienes han crucificado a Jesús. Si lo ha resucitado es porque quiere introducir justicia por encima de tanto abuso y crueldad como se comete en el mundo. Dios no está del lado de los que crucifican, está con los crucificados. Sólo hay una manera de imitarlo: estar siempre junto a los que sufren, luchar siempre contra los que hacen sufrir.
Dios secará nuestras lágrimas. Dios ha resucitado a Jesús. El rechazado por todos ha sido acogido por Dios. El despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Ahora sabemos cómo es Dios. Un día él «enjugará todas nuestras lágrimas, y no habrá ya muerte, no habrá gritos ni fatigas. Todo eso habrá pasado».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
15 de abril de 2001

NO CUALQUIER ALEGRIA

Que él había de resucitar de entre los muertos.

¿Se puede celebrar la Pascua cuando en buena parte del mundo es Viernes Santo? ¿Es posible la alegría cuando tanta gente sigue crucificada? ¿No hay algo de falsedad y cinismo en nuestros cantos de gozo pascual? No son preguntas retóricas, sino interrogantes que le nacen al creyente desde el fondo de su corazón cristiano.
Parece que sólo podríamos vivir alegres en un mundo sin llantos ni dolor, aplazando nuestros cantos y fiestas hasta que llegue un mundo feliz para todos, y reprimiendo nuestro gozo para no ofender el dolor de las víctimas. La pregunta es inevitable: si no hay alegría para todos, ¿qué alegría podemos alimentar en nosotros?
Ciertamente, no se puede celebrar la Pascua de cualquier manera. La alegría pascual no tiene nada que ver con la satisfacción de unos hombres y mujeres que celebran complacidos su propio bienestar, ajenos al dolor de los demás. No es una alegría que se vive y se mantiene a base de olvidar a quienes sólo conocen una vida desgraciada.
La alegría pascual es otra cosa. Estamos alegres, no porque han desaparecido el hambre y las guerras, ni porque han cesado las lágrimas, sino porque sabemos que Dios quiere la vida, la justicia y la felicidad de los desdichados. Y lo va a lograr. Un día, «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá más llanto, ni gritos, ni dolor» (Ap 21, 4). Un día, todo eso habrá pasado.
Nuestra alegría pascual se alimenta de esta esperanza. Por eso, no olvidamos a quienes sufren. Al contrario, nos dejamos conmover y afectar por su dolor, dejamos que nos incomoden y molesten. Saber que Dios hará justicia a los crucificados no nos vuelve insensibles. Nos anima a luchar contra la insensatez y la maldad hasta el fin de los tiempos. No lo hemos de olvidar nunca: cuando huimos del sufrimiento de los crucificados no estamos celebrando la Pascua del Señor, sino nuestro propio egoísmo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
12 de abril de 1998

SÍ A LA VIDA

Vio y creyó.

La resurrección de Cristo despierta en el creyente la esperanza en una vida eterna más allá de la muerte, pero es, al mismo tiempo, un estímulo decisivo para impulsar la vida ahora mismo en esta tierra. Los teólogos señalan con razón que la luz con que Cristo resucitado se aparece a los discípulos no fue considerada como «resplandor de la mañana de la eternidad», sino como «luz del primer día de la nueva creación» (J. Moltmann). La Pascua no es sólo anuncio de vida eterna. Es también «vivificación» de nuestra condición actual.
Creer en la resurrección de Cristo es mucho más que adherirse a un dogma. De la fe pascual nace en el verdadero creyente un amor nuevo a la vida. Una afirmación de la vida a pesar de los males, las injusticias, los sufrimientos y la misma muerte. Una lucha apasionada contra todo lo que puede ahogarla, estropearla o destruirla.
Este amor a la vida cura recuerdos dolorosos y libera de miedos y humillaciones que bloquean la expansión sana de la persona. Dios nos quiere llenos de vida. Esta convicción pascual conduce a luchar contra la resignación y la pasividad. Orienta nuestra libertad hacia todo lo que es vida y ayuda a desplegar las posibilidades que Dios ha sembrado en cada ser humano.
Este sí total a la vida es una de las primeras experiencias del Espíritu del Resucitado al que no sin razón se le llama «fons vitae», fuente de vida. Quien vive de él no se acostumbra a la muerte, no se hace insensible a las víctimas, no se entumece ante los que sufren. Decir sí a la vida es decir no a la violencia y la destrucción, no a la miseria y al hambre, no a lo que mata y envilece.
Este amor a la vida genera una «vitalidad» que nada tiene que ver con las filosofías vitalistas enraizadas en la «voluntad de poder» (E Nietzsche) o con el «culto a la salud» de la sociedad occidental. Es más bien «el coraje de existir» (P Tillich) propio de quien vive con la esperanza de que Dios ama la vida, quiere para el hombre la vida y tiene poder para resucitarla cuando queda destruida por la muerte.
En uno de los primeros discursos que se recuerdan de los discípulos, Pedro llama al Resucitado «el autor de la vida» (Hch 3, 15). Es una expresión de hondo contenido, pues realmente Cristo resucitado es el que engendra en nosotros verdadera vida. Es bueno recordarlo y celebrarlo en esta mañana de Pascua.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
16 de abril de 1995

LA PROPIA EXPERIENCIA

Vio y creyó.

No es suficiente el testimonio de los primeros discípulos para que se despierte en nosotros la fe en Cristo resucitado. No bastan tampoco las explicaciones de los exégetas o los argumentos de los teólogos. La resurrección de Cristo es un acontecimiento que, por su propia naturaleza, supera lo que un ser humano puede testificar a otros.
Sin duda, es legítimo y necesario analizar con rigor lo acontecido después de la ejecución de Jesús y tratar de comprobar a qué se debe esa transformación radical de unos hombres que antes se resistían a creer en Jesús y ahora arriesgan su vida por el resucitado. Este testimonio apostólico constituye el punto de arranque de la fe cristiana, pero no basta para «fundamentar» el acto de fe de cada creyente. Para que se despierte la «fe pascual» es necesaria también la propia experiencia de cada uno.
El planteamiento acertado podría formularse así: Estos primeros discípulos han vivido unas determinadas experiencias que a ellos los han llevado a creer en Cristo resucitado. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros hoy para agregarnos a su fe? Apoyados en su testimonio, ¿qué nos puede llevar a nosotros a creer en un Cristo vivo? Sugiero dos experiencias básicas.
Muchas personas no saben lo que es leer personalmente el Evangelio y, con ello, se privan de una experiencia fundamental: la escucha directa de las palabras de Jesús. Quien lo hace, no puede evitar tarde o temprano una pregunta decisiva: ¿Con qué me encuentro aquí?, ¿con las palabras de un profeta del pasado, cuyo contenido resulta cada vez más anacrónico y desfasado a medida que pasan los años y los siglos, o con el mensaje de alguien que está vivo y sigue hablando palabras que son «espíritu y vida»? ¿Es lo mismo leer a Platón o Dostoievski que escuchar este mensaje?
Otra experiencia básica es la eucaristía cristiana vivida con el corazón abierto al misterio. ¿Qué es esa liturgia?, ¿un entretenimiento religioso de fin de semana para satisfacer necesidades oscuras del ser humano o encuentro con alguien que está vivo?, ¿cantamos sin ser escuchados por nadie?, ¿nos dirigimos a un difunto desaparecido hace mucho tiempo?, ¿la comunión es sólo un hermoso símbolo vacío de contenido real? O más bien ¿somos alimentados y confortados por alguien que sigue vivo en medio de nosotros? ¿Es lo mismo celebrar un congreso sobre Hegel que reunirnos en nombre de Cristo para confesar nuestra esperanza?
Ante el misterio último de la vida donde se sitúa en definitiva la fe en Cristo resucitado no sirven los discursos teóricos ni las explicaciones de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su experiencia. De lo contrario corre el riesgo de hablar «de oídas». La fiesta de Pascua es una invitación a abrir el corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
19 de abril de 1992

VIVIR RESUCITANDO

Vio y creyó.

Los cristianos hablamos casi siempre de la resurrección de Cristo como de un acontecimiento que constituye el fundamento de nuestra propia resurrección y es promesa de vida eterna, más allá de la muerte. Pero, muchas veces, se nos olvida que esta resurrección de Cristo es, al mismo tiempo, el punto de partida para vivir ya desde ahora de manera renovada y con un dinamismo nuevo.
Quien ha entendido un poco lo que significa la resurrección del Señor, se siente urgido a vivir ya esta vida como «un proceso de resurrección», muriendo al pecado y a todo aquello que nos deshumaniza, y resucitando a una vida nueva, más humana y más plena.
No hemos de olvidar que el pecado no es sólo ofensa a Dios. Al mismo tiempo, es algo que paga siempre con la muerte, pues mata en nosotros el amor, oscurece la verdad en nuestra conciencia, apaga la alegría interior, arruina nuestra dignidad humana.
Por eso, vivir «resucitando» es hacer crecer en nosotros la vida, liberarnos del egoísmo estéril y parasitario, iluminar nuestra existencia con una luz nueva, reavivar en nosotros la capacidad de amar y de crear vida.
Tal vez, el primer signo de esta vida renovada es la alegría. Esa alegría de los discípulos «al ver al Señor». Una alegría que no proviene de la satisfacción de nuestros deseos ni del placer que producen las cosas poseídas ni del éxito que vamos logrando en la vida. Una alegría diferente que nos inunda desde dentro y que tiene su origen en la confianza total en ese Dios que nos ama por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.
Hablando de esta alegría, Macario el Grande dice que, a veces, a los creyentes «se les inunda el espíritu de una alegría y de un amor tal que, si fuera posible, acogerían a todos los hombres en su corazón, sin distinguir entre buenos y malos)). Es cierto. Esta alegría pascual impulsa al creyente a perdonar y acoger a todos los hombres, incluso a los más enemigos, porque nosotros mismos hemos sido acogidos y perdonados por Dios.
Por otra parte, de esta experiencia pascual nace una actitud nueva de esperanza frente a todas las adversidades y sufrimientos de la vida, una serenidad diferente ante los conflictos y problemas diarios, una paciencia grande con cualquier persona.
Esta experiencia pascual es tan central para la vida cristiana que puede decirse sin exagerar que ser cristiano es, precisamente, hacer esta experiencia y desgranarla luego en vivencias, actitudes y comportamiento a lo largo de la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
26 de marzo de 1989

ACONTECIMIENTO DECISIVO

Vio y creyó...

No es fácil evocar hoy la “explosión de vida” que significó la resurrección de Jesús que puso en marcha el cristianismo.
No nos damos cuenta hasta qué punto estamos configurados por una cultura obsesionada por el análisis y la valoración de “los fenómenos observables”, pero miope para sintonizar con todo aquello que no pueda ser reducido a datos controlables.
Nos creemos superiores a generaciones pasadas sólo porque hemos logrado técnicas más sofisticadas para verificar la realidad de nuestro pequeño mundo y no nos damos cuenta de que hemos perdido capacidad para abrirnos a las realidades más importantes de la existencia.
La resurrección no es un acontecimiento más, que puede y debe ser aislado y analizado desde fuera. No es un fenómeno que hay que iluminar desde el exterior, darle un sentido desde otras verificaciones más sólidas y fiables.
La resurrección, por el contrario, es el acontecimiento decisivo desde donde se nos revela el misterio último de todo, el que lo ilumina todo desde su interior, el que da sentido a toda nuestra existencia.
La resurrección de Jesucristo o nos atrae hacia el misterio de Dios y nos hace entrar en relación con la Vida que nos espera o queda reducido a un fenómeno “curioso” e inaccesible que todavía tiene un impacto religioso en personas “ingenuas” que no han sabido adaptarse aún a la sociedad del progreso.
Sin embargo, la salvación de Jesucristo resucitado es ofrecida a todas las generaciones y a todas las épocas.
Y el hombre moderno, miope para todo lo que no puede tocar con sus manos o dominar con su técnica, enfermo de nostalgia de una salvación que le permita caminar sin desesperar, está necesitado de un mensaje de esperanza.
Las Iglesias no deberían olvidar que la sociedad moderna necesita directrices morales sobre su conducta política y económica o su comportamiento sexual, pero necesita, sobre todo, la oferta convencida de una salvación que dé sentido a todo.
Los cristianos deberían ser, antes que nada, una “reserva inagotable de esperanza” en medio de un mundo tan amenazado por el sinsentido y el absurdo.
La celebración litúrgica de la Pascua nos ha de ayudar a los creyentes a reavivar nuestra vocación de testigos de la resurrección.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
30 de marzo de 1986

SI A LA VIDA

Ha resucitado.

Cuando uno es cogido por la fuerza de la resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre «apasionado por la vida» de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.
La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos.
Tal vez nunca la humanidad, amenazada de muerte desde tantos frentes y por tantos peligros que ella misma ha desencadenado, ha necesitado tanto como hoy hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida.
Esta lucha por la vida debemos iniciarla en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte» (E. Fromm).
Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia, O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida.., O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno.
Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado, debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.
Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.
La «pasión por la vida» propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde «se produce muerte», para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.
Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y «amigo de la vida» y debe ser firme y coherente en todos los frentes.
Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
3 de abril de 1983

EL RETO DE LA RESURRECCION

Ha resucitado.

En una cultura decididamente orientada hacia el dominio de la naturaleza, el progreso técnico y el bienestar, la muerte viene a ser «el pequeño fallo del sistema». Algo desagradable y molesto que conviene socialmente ignorar.
Todo sucede como si la muerte se estuviera convirtiendo para el hombre contemporáneo en un moderno «tabú» que, en cierto sentido, sustituye a otros que van cayendo.
Es significativo observar cómo nuestra sociedad se preocupa cada vez más de iniciar al niño en todo lo referente al sexo y al origen de la vida, y cómo se le oculta con cuidado la realidad última de la muerte. Quizás esa vida que nace de manera tan maravillosa, ¿no terminará trágicamente en la muerte?
Lo cierto es que la muerte rompe todos nuestros proyectos individuales y pone en cuestión el sentido último de todos nuestros esfuerzos colectivos.
Y el hombre contemporáneo lo sabe, por mucho que intente olvidarlo. Todos sabemos que, incluso en lo más íntimo de cualquier felicidad, podemos saborear siempre la amargura de su limitación, pues no logramos desterrar la amenaza de fugacidad, ruptura y destrucción que crea en nosotros la muerte.
El problema de la muerte no se resuelve escamoteándolo ligeramente. La muerte es el acontecimiento cierto, inevitable e irreversible que nos espera a todos. Por eso, sólo en la muerte se puede descubrir si hay verdaderamente alguna esperanza definitiva para este anhelo de felicidad, de vida y liberación gozosa que habita nuestro ser.
Es aquí donde el mensaje pascual de la resurrección de Jesús se convierte en un reto para todo hombre que se plantea en toda su profundidad el sentido último de su existencia.
Sentimos que algo radical, total e incondicional se nos pide y se nos promete. La vida es mucho más que esta vida. La última palabra no es para la brutalidad de los hechos que ahora nos oprimen y reprimen.
La realidad es más compleja, rica y profunda de lo que nos quiere hacer creer el realismo. Las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente. Ahora se está gestando la vida definitiva que nos espera. En medio de esta historia dolorosa y apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.
Nos espera un Padre capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro es una fraternidad feliz y liberada. ¿Por qué no detenerse hoy ante las palabras del Resucitado en el Apocalipsis «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar.»?

José Antonio Pagola

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