lunes, 13 de febrero de 2012

19/02/2012 - 7º domingo Tiempo ordinario (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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JOSE ANTONIO PAGOLA, tomará parte como ponente en una charla que se celebrará el próximo martes 14 de febrero a las 20:00 horas en la Parroquia de San José Obrero en Romo- Las Arenas, en el municipio de Getxo (Bizkaia), dentro de la celebración de un CURSILLO Y EXPOSICIÓN BÍBLICA (haz clic para ver el programa completo)

19 de febrero de 2012

7º domingo Tiempo ordinario (B)



EVANGELIO

El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.

Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
- «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
- «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
- «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados »
Entonces le dijo al paralítico:
- «Contigo hablo: Levántate, coge -tu camilla y vete a tu casa.»
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
- «Nunca hemos visto una cosa igual.»
Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
19 de febrero de 2012

CURADOR DE LA VIDA

Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador singular. Nadie lo confunde con los magos o curanderos de la época. Tiene su propio estilo de curar. No recurre a fuerzas extrañas ni pronuncia conjuros o fórmulas secretas. No emplea amuletos ni hechizos. Pero cuando se comunica con los enfermos contagia salud.
Los relatos evangélicos van dibujando de muchas maneras su poder curador. Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo, su fuerza para regenerar lo mejor de cada persona, su capacidad de contagiar su fe en Dios creaban las condiciones que hacían posible la curación.
Jesús no ofrece remedios para resolver un problema orgánico. Se acerca a los enfermos buscando curarlos desde su raíz. No busca solo una mejoría física. La curación del organismo queda englobada en una sanación más integral y profunda. Jesús no cura solo enfermedades. Sana la vida enferma.
Los diferentes relatos lo van subrayando de diversas maneras. Libera a los enfermos de la soledad y la desconfianza contagiándoles su fe absoluta en Dios: "Tú, ¿ya crees?". Al mismo tiempo, los rescata de la resignación y la pasividad, despertando en ellos el deseo de iniciar una vida nueva: "Tú, ¿quieres curarte?".
No se queda ahí. Jesús los libera de lo que bloquea su vida y la deshumaniza: la locura, la culpabilidad o la desesperanza. Les ofrece gratuitamente el perdón, la paz y la bendición de Dios. Los enfermos encuentran en él algo que no les ofrecen los curanderos populares: una relación nueva con Dios que los ayudará a vivir con más dignidad y confianza.
Marcos narra la curación de un paralítico en el interior de la casa donde vive Jesús en Cafarnaún. Es el ejemplo más significativo para destacar la profundidad de su fuerza curadora. Venciendo toda clase de obstáculos, cuatro vecinos logran traer hasta los pies de Jesús a un amigo paralítico.
Jesús interrumpe su predicación y fija su mirada en él. ¿Dónde está el origen de esa parálisis? ¿Qué miedos, heridas, fracasos y oscuras culpabilidades están bloqueando su vida? El enfermo no dice nada, no se mueve. Allí está, ante Jesús, atado a su camilla.
¿Qué necesita este ser humano para ponerse en pie y seguir caminando? Jesús le habla con ternura de madre: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Deja de atormentarte. Confía en Dios. Acoge su perdón y su paz. Atrévete a levantarte de tus errores y tu pecado. Cuántas personas necesitan ser curadas por dentro. ¿Quién les ayudará a ponerse en contacto con un Jesús curador?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
22 de febrero de 2009

EL PERDÓN NOS PONE DE PIE

El paralítico del episodio evangélico es un hombre hundido en la pasividad. No puede moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Se deja llevar por los demás. Vive atado a su camilla, paralizado por una vida alejada de Dios, el Creador de la vida.
Por el contrario, cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús. No se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo a «donde está él». Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo.
Jesús capta en el fondo de sus esfuerzos «la fe que tienen en él» y, de pronto, sin que nadie le haya pedido nada, pronuncia esas cinco palabras que pueden cambiar para siempre una vida: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Dios te comprende, te quiere y te perdona.
Se nos dice que había allí unos «escribas». Están «sentados». Se sienten maestros y jueces. No piensan en la alegría del paralítico, ni aprecian los esfuerzos de quienes lo han traído hasta Jesús. Hablan con seguridad. No se cuestionan su manera de pensar. Lo saben todo acerca de Dios: Jesús «está blasfemando».
Jesús no entra en discusiones teóricas sobre Dios. No hace falta. El vive lleno de Dios. Y ese Dios que es sólo Amor lo empuja a despertar la fe, perdonar el pecado y liberar la vida de las personas. Las tres órdenes que da al paralítico lo dicen todo: «Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida. «Coge tu camilla»: enfréntate al futuro con fe nueva; estás perdonado de tu pasado. «Vete a tu casa»: aprende a convivir.
No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos» que no saben cómo salir del inmovilismo, la inercia o la pasividad. Tal vez, necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría nueva.
El perdón de Dios, recibido con fe en el corazón y celebrado con gozo junto a los hermanos y hermanas, nos puede liberar de lo que nos bloquea interiormente. Con Jesús todo es posible. Nuestras comunidades pueden cambiar. Nuestra fe puede ser más libre y audaz.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
19 de febrero de 2006

SIEMPRE HAY PERDÓN

Hijo, tus pecados quedan perdonados.

Como nosotros reaccionamos de distinta manera ante las personas, según respondan o no a nuestros deseos y expectativas, creemos que también Dios es alguien que nos ama cuando le agradamos y nos rechaza cuando le desagradamos. Nos imaginamos a Dios resentido por nuestras faltas, airado ante nuestros pecados. Un Dios en el que sólo nace el perdón si previamente hacemos algo por merecerlo.
Sin damos apenas cuenta, hacemos de Dios un ser semejante a nosotros, pequeño y mezquino, que sólo sabe amamos si respondemos a sus deseos.
De la misma manera que los escribas no pueden «entender» que Jesús ofrezca el perdón de Dios y diga al paralítico «tus pecados quedan perdonados», tampoco nosotros podemos «entender» que Dios siga amando sin límites a quien lo está rechazando. No nos atrevemos a creer que Dios es realmente amor insondable e incomprensible, amor gratuito e incondicional.
Dice San Pablo que «el amor no lleva las cuentas del mal» (1 Cor 13, 5). Siempre entendemos estas palabras como una exhortación que se nos hace a nosotros. Y pocas veces nos detenemos a pensar que esto se ha de decir, antes que nada, de aquel que es el Amor verdadero. ¡ Cuántos cristianos se sorprenderían al escuchar que Dios no lleva cuentas del mal! ¡Qué gozo para muchos descubrir que el amor incondicional de Dios no lleva cuentas de nuestros pecados!
Y sin embargo, es así. El amor perdonador de Dios está siempre ahí, penetrando todo nuestro ser por dentro y por fuera. Incomprensible, insondable, infinito. Sólo amor. Esto no significa que nuestros pecados sean algo banal y sin consecuencias en la construcción de nuestra vida y de nuestro futuro último.
Al contrario, el pecado nos destruye porque nos encierra en nosotros mismos y rompe nuestra vinculación con ese Dios perdonador. No es Dios el que se cierra a nosotros. Somos nosotros los que nos cerramos a su amor.
No es Dios el que tiene que cambiar de actitud. Por su parte, siempre hay perdón. Somos nosotros los que hemos de cambiar para abrirnos a Dios y dejarnos recrear de nuevo por su amor eternamente fiel. El perdón se nos está ofreciendo ya. Somos nosotros los que hemos de acogerlo con fe, gratitud y amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
23 de febrero de 2003

SER BUENO CON UNO MISMO

Tus pecados quedan perdonados.

Vivir reconciliado con uno mismo es una de las tareas más difíciles de la vida. De hecho, son bastantes los que viven interiormente divididos, rebelándose continuamente contra su existencia, descontentos de sí mismos y de los demás, sin aceptarse ni amarse tal como son.
A estas personas se les hace muy difícil portarse bien consigo mismas cuando han fallado y tienen la culpa de algo. Lo más fácil es enfadarse, denigrarse a sí mismo, condenarse interiormente: «siempre seré el mismo, lo mío no tiene remedio». Es la mejor manera de paralizar la vida.
Estas personas no pueden sentir el perdón de Dios porque no saben perdonarse a sí mismas. No pueden acoger su amor porque no saben amarse. Sólo queriéndome como Dios me quiere, sólo mirándome con piedad y misericordia como me mira él, sólo acogiéndome como Dios me acoge, puede mi vida renovarse y cambiar.
De nada sirve condenarnos y torturamos, tal vez con la esperanza secreta de aplacar así a Dios. No necesitamos de ninguna autocondena para que él nos acoja. No es bueno enfadamos, hundimos o rebelamos. No es esto lo que más nos acerca a Dios, sino la compasión con nosotros mismos y con nuestra debilidad.
Como dice el conocido maestro espiritual Anselm Grün en su precioso libro Portarse bien con uno mismo (Sígueme, Salamanca 1997), la llamada de Jesús, «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso», incluye la misericordia para con uno mismo. Tenemos que ser también misericordiosos con los enemigos que todos llevamos dentro.
El relato evangélico (Mc 2, 1-12) nos habla de la fe de los que conducen al paralítico ante Jesús, pero nada se nos dice de la actitud interior del enfermo. Al parecer, es un hombre paralizado físicamente y bloqueado interiormente. Jesús lo cura con el perdón: Hijo, tus pecados quedan perdonados. Tienes derecho a vivir con un pasado ambiguo y oscuro. No permanezcas paralizado por tu pecado. Dios te acoge. Levántate y toma tu camilla, asume tu responsabilidad y sigue viviendo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
20 de febrero de 2000

CREER EN EL PERDÓN

Tus pecados quedan perdonados.

Bastantes piensan que la culpa es algo introducido en el mundo por la religión: si Dios no existiera, no habría mandamientos, cada uno podría hacer lo que quisiera y, entonces, desaparecería el sentimiento de culpa. Suponen que es Dios quien ha prohibido ciertas cosas, quien pone freno a nuestros deseos de gozar y el que, en definitiva, genera en nosotros esa sensación de culpabilidad.
Nada más lejos de la realidad. La culpa es una experiencia misteriosa de la que ninguna persona sana se ve libre. Todos hacemos en un momento u otro lo que no deberíamos hacer. Todos sabemos que nuestras decisiones no son siempre transparentes y que actuamos más de una vez por motivos oscuros y razones inconfesadas.
Es la experiencia de toda persona: no soy lo que debería ser, no vivo a la altura de mí mismo. Sé que podría muchas veces evitar el mal; sé que puedo ser mejor, pero siento dentro de mí «algo» que me lleva a actuar mal. Lo decía hace muchos años Pablo de Tarso: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7, 19). ¿Qué podemos hacer?, ¿cómo vivir todo esto ante Dios?
El Credo nos invita a «creer en el perdón de los pecados». No es tan fácil. Afirmamos que Dios es perdón insondable, pero luego proyectamos constantemente sobre Él nuestros miedos, fantasmas y resentimientos, oscureciendo su amor infinito y convirtiendo a Dios en un Ser justiciero del que lo primero que hay que hacer es defenderse.
Hemos de liberar a Dios de los malentendidos con los que deformamos su verdadero rostro. En Dios no hay ni sombra de egoísmo, resentimiento o venganza. Dios está siempre volcado sobre nosotros apoyándonos en ese esfuerzo moral que hemos de hacer para construirnos como personas. Y ahora que hemos pecado, sigue ahí como «mano tendida» que quiere sacamos del fracaso.
Dios sólo es perdón y apoyo aunque, bajo el peso de la culpabilidad, nosotros lo convirtamos a veces en juez condenador, más preocupado por su honor que por nuestro bien. La escena evangélica es clarificadora. Los escribas dudan de la autoridad de Jesús para conceder el perdón de los pecados. Pero él, que conoce como nadie el corazón de Dios, cura al paralítico de su enfermedad contagiándole su propia fe en el perdón de Dios: «Hijo, tus pecados quedan perdonados».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE

EL GRAN PARALÍTICO

Llegaron llevando un paralítico.

Los hombres de hoy hemos llegado a creer que no hay problema que no seamos capaces de resolver mediante un poco más de poder, racionalización, fuerza y organización. Sin embargo, hay preguntas sencillas a las que da miedo responder: Esta sociedad racionalizada, ¿nos está conduciendo hacia lo que realmente desea nuestro corazón? ¿Está naciendo entre nosotros un «hombre nuevo» más humano y feliz, o estamos anulando las aspiraciones más humanas que hay en el fondo de nuestro ser? Esta racionalización, ¿está realmente al servicio de algo razonable?
Se podría resumir todo en un gran interrogante: ¿Qué es el hombre actual? ¿Un ser que va creciendo en humanidad o un gran paralítico, incapaz de encaminarse hacia su propia felicidad?
Se nos ha enseñado hasta la saciedad que la eficacia es lo único que cuenta, y nuestra sociedad funciona como si así lo fuera, poniendo, incluso, la vida al servicio de la utilidad y la producción. Se nos ha dicho que lo importante es una «economía saludable», una «economía en expansión», y nos hemos puesto a producir objetos de toda clase, que nos mantienen hechizados, incapaces de acercarnos a los necesitados que quedan sin participar del «festín del consumo».
Son muchos los conflictos ideológicos que nos dividen, pero, en definitiva, todos adoramos a los mismos dioses. Y aunque en todas partes se proclaman solemnemente los derechos de la persona, casi siempre se termina por reducir al hombre a su condición de productor y consumidor, olvidando su anhelo inmenso de amor, fraternidad y libertad.
Quizás, tengamos que suscribir el duro juicio que Norman O. Brown hace de nuestra sociedad: «Lo que parece estar persiguiendo es la infelicidad creciente cada día mayor, y a esa infelicidad la define como progreso.»
¿Cómo levantar a este gran paralítico? ¿Cómo liberar a este hombre encerrado en un sistema que es capaz de proporcionarle casi todo menos lo que está pidiendo su corazón: vida, libertad, fraternidad? ¿No ha llegado el momento de «creer más en la fe» y menos en la fuerza, el dinero, el poder y la razón? ¿No hay que volver a lo que F. Nietzsche llamaba «fe en la fe»?
Quizás el mayor pecado y la mayor tragedia del hombre de hoy es no descubrir la impotencia de los «dioses modernos» del momento, e ignorar que un mundo más humano, feliz y digno sólo puede ser fruto de una apertura al Dios Padre, amigo de la vida e impulsor de una humanidad más fraterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA

BLOQUEO

Hijo, tus pecados quedan perdonados.

La primera reacción de no pocos ante Dios es ponerse a la defensiva y tomar precauciones. En el fondo, no creen que Dios es Amor. No se atreven a pensar que Dios no puede hacer otra cosa que amarnos, y que todo lo que podemos esperar de Dios se ha de entender siempre desde su amor incondicional y gratuito.
¿A qué se debe esta desconfianza que «bloquea» toda su relación con Dios? Sin duda, ha podido influir la formación recibida en la infancia, pero las raíces son, casi siempre, más profundas.
Nuestra imagen de Dios se debe, en buena parte, a la experiencia que hemos tenido del amor de nuestros padres. Y lo cierto es que casi todos los hijos captan que el amor de sus padres, aun siendo entrañable, hay que «merecerlo». Parece como que los padres quieren más al hijo si éste se comporta bien y es dócil y obediente a sus indicaciones. Si Dios es Padre, no será muy diferente. Nos ama, pero a condición de que nos portemos bien con él.
Más adelante, la vida parece reforzar esta experiencia inicial. Nadie te quiere de manera gratuita e incondicional. Uno se tiene que hacer valer, ser «amable», tratar bien a los demás. El aprecio y la amistad hay que ganárselos con esfuerzo. ¿No habrá que hacer lo mismo con Dios?
Hay otra razón que, a veces, es más decisiva. Cuando la persona no se quiere a sí misma, difícilmente cree que Dios la puede amar tal como es. Si no se acepta a sí misma con amor, no creerá que es aceptada por Dios. Cuando se sienta culpable, Dios se le presentará en su conciencia, no como Padre amoroso, sino como Juez severo.
Esta aversión hacia uno mismo no solo es fuente de conflictos. Como dice el célebre psiquíatra Carl Jung en su obra El hombre moderno en busca de su alma, puede, además, bloquear el crecimiento sano de la persona y su comunicación con Dios. Estoy cada día más convencido de que no pocas personas que no aciertan hoy a creer, lo primero que necesitan es sanar este tipo de «bloqueos». Una luz nueva irrumpiría en sus vidas. Descubrirían «la alegría de creer».
Dios es diferente a todas las experiencias de amor que conocemos. No es como nuestros padres; el amor del amigo o de la persona amada no puede adentramos hasta su misterio último. Dios es Dios. Solo en Jesucristo podemos vislumbrar su amor único, insondable, gratuito.
En este contexto adquiere toda su hondura esa escena conmovedora en que Jesús cura a un hombre que se encuentra paralizado por la enfermedad y bloqueado por sus pecados. Encamando en sí mismo toda la ternura de Dios, le dice las palabras que necesita escuchar su corazón: «Hijo, tus pecados quedan perdonados

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA

UNA CULTURA DE PERDON

Hijo, tus pecados te son perdonados.

Lo decía hace algunos años el pensador francés Jean Delumeau: “Es posible que lo más opresor que exista en el mundo actual sea la ausencia del perdón”. Casi nadie pide hoy perdón ni lo otorga, a no ser en circunstancias de importancia secundaria. La actitud más generalizada ante el adversario es el ensañamiento, no el perdón.
Pero lo más grave no es que esté desapareciendo la práctica del perdón sino que el perdón no sea aceptado en la cultura actual ni siquiera como un valor. Al contrario, son muchos los que lo consideran como una reacción poco digna, una actitud propia de espíritus débiles y de personas incapaces de defender sus derechos. Perdonar al enemigo es algo que carece de sentido en el discurso social.
Y, sin embargo, antes que una actitud cristiana, el perdón es un valor humano y una fuerza de renovación social. El perdón es liberador, rompe una dinámica de enfrentamiento destructor, ennoblece a quien perdona y a quien es perdonado, aúna fuerzas, genera nuevas energías para edificar el futuro. El perdón es un gesto de confianza en el ser humano.
Desgraciadamente, hemos olvidado la importancia que el perdón puede tener para hacer avanzar la historia sacando a los hombres de caminos sin salida. No creemos que la capacidad de perdonar con generosidad pueda poner en marcha una dinámica más liberadora y regeneradora que el “ojo por ojo y diente por diente”, aplicado de forma implacable.
Pero las actitudes puramente individuales de perdón, por muy elogiables que sean, son insuficientes cuando en una sociedad crece la mutua condena y se alimenta permanentemente el odio. Hace falta algo más estructural. Es necesario un aprendizaje social de la reconciliación. Una cultura del perdón.
Todos hemos de aprender a perdonar y también a pedir perdón, sin cultivar falsas autocomplacencias de inocencia, ni caer en ese “mecanismo del chivo expiatorio” descrito por René Girard. Ciertamente, puede ser muy tranquilizador para todos poder descargar sobre una “víctima” todas nuestras agresividades haciendo de ella el símbolo de todo lo horrendo, pero sólo la autocrítica sincera y el mutuo perdón pueden capacitamos para construir juntos el futuro sobre unas bases nuevas.
La cultura del perdón siempre será una “contracultura” que ha de actuar contra corriente. Pero el perdón es posible y los cristianos hemos de ser los primeros en introducirlo en la convivencia social, escuchando la llamada de Jesús a no dejarnos arrastrar por la lógica del “ojo por ojo y diente por diente”. No hemos de olvidar que el creyente vive la experiencia de “ser perdonado” por Dios, y es esta experiencia vivida radicalmente la que, precisamente, le ha de impulsar a promover la reconciliación y el perdón mutuo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA

SIEMPRE HAY PERDON

Hijo, tus pecados quedan perdonados

Probablemente son bastantes los cristianos que no llegan a presentir apenas nunca el misterio insondable de un Dios perdonador.
Como nosotros reaccionamos de distinta manera ante las personas, según respondan o no a nuestros deseos y expectativas, creemos que también Dios es alguien que nos ama cuando le agradamos y nos rechaza cuando le desagradamos.
Nos imaginamos a Dios resentido por nuestras faltas, airado ante nuestros pecados. Un Dios en el que sólo nace el perdón si previamente hacemos algo por merecerlo.
Sin darnos apenas cuenta, hacemos de Dios un ser semejante a nosotros, pequeño y mezquino, que sólo sabe amarnos si respondemos a sus deseos.
De la misma manera que los escribas no pueden “entender” que Jesús ofrezca el perdón de Dios y diga al paralitico “tus pecados quedan perdonados”, tampoco nosotros podemos “entender” que Dios siga amando sin límites a quien lo está rechazando.
No nos atrevemos a creer que Dios es realmente amor insondable e incomprensible, amor gratuito e incondicional.
Dice San Pablo que “el amor no lleva cuentas del mal” (1 Co 13, 5). Siempre entendemos estas palabras como una exhortación que se nos hace a nosotros. Y pocas veces nos detenemos a pensar que esto se ha de decir, antes que nada, de aquel que es el Amor verdadero.
¡ Cuántos cristianos se sorprenderían al escuchar que Dios no lleva cuentas del mal! ¡Qué ‘gozo para muchos descubrir que el amor incondicional de Dios no lleva cuentas de nuestros pecados!
Y, sin embargo, es así. El amor perdonador de Dios está siempre ahí, penetrando todo nuestro ser por dentro y por fuera. Incomprensible, insondable, infinito. Sólo amor.
Esto no significa que nuestros pecados sean algo banal y sin consecuencias en la construcción de nuestra vida y nuestro futuro último.
Al contrario, el pecado nos destruye porque nos encierra en nosotros mismos y rompe nuestra vinculación con ese Dios perdonador. No es Dios el que se cierra a nosotros. Somos nosotros los que nos cerramos a su amor.
No es Dios el que tiene que cambiar de actitud. Por su parte, siempre hay perdón. Somos nosotros los que hemos de cambiar para abrirnos a Dios y dejarnos recrear de nuevo por su amor eternamente fiel.
El perdón se nos está ofreciendo ya. Somos nosotros los que hemos de acogerlo con la misma fe, gratitud y amor con que aquella mujer se dejó perdonar por Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS

SABERSE PERDONADOS

Tus pecados quedan perdonados.

Entre nosotros, son muchas las personas que han suprimido de sus vidas la experiencia del perdón de Dios. No buscan ya la reconciliación con el Creador. ¿Cómo reaccionan al descubrir su propia culpabilidad?
Sin duda, muchos de ellos saben enfrentarse a sus propios errores y pecados para asumir de nuevo con seriedad su propia responsabilidad. Hombres y mujeres fieles a su conciencia, que se autocritican y son capaces de reorientar de nuevo sus vidas.
Pero no hay duda de que el hombre que no tiene la experiencia de sentirse radicalmente perdonado, es un hombre que corre el riesgo de empobrecerse y quedarse sin fuerza para enfrentarse con sinceridad consigo mismo y renovar su existencia.
Lo más fácil es vivir huyendo de uno mismo. Justificarse de mil maneras, culpabilizar siempre a los demás, quitar importancia a los propios pecados, errores e injusticias, eludir la propia responsabilidad.
Los creyentes no apreciamos debidamente la gracia liberadora y humanizadora que se encierra en la experiencia del perdón de Dios. Que un hombre que se siente perdido en sus propios errores y oprimido por su debilidad y el peso de sus pecados, pueda recordar, en esos momentos en que no ve salida, que Dios es su amigo.
Nunca es decisivo lo que ha ocurrido en nuestra vida y el pecado que hemos cometido. Mientras conservemos una pequeña fe en el perdón de Dios y en su misericordia, todo es posible. «Si nuestra conciencia nos condena, más grande que nuestra conciencia es Dios» (1 Jn 1, 19-20).
Aquel profundo conocedor del corazón humano que fue S. Agustín nos dice que el hombre que sabe invocar a Dios en medio de su miseria es un hombre salvado. «El hombre errante que grita en el abismo, supera el abismo. Su mismo grito lo levanta por encima del abismo».
Nuestra vida siempre tiene salida. Todo puede convertirse de nuevo en gracia. Basta creer en la misericordia de Dios, acoger agradecidos su perdón. Escuchar con fe desde el fondo de nuestra miseria las palabras consoladoras: «Hijo, tus pecados te quedan perdonados».
Quien cree en el perdón no está nunca perdido. En lo más íntimo de su corazón encontrará siempre la fuerza de Dios para levantarse y volver a caminar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
21 de febrero de 1982

EL GRAN PARALITICO

Llegaron llevando un paralítico.

Los hombres de hoy hemos llegado a creer que no hay problema que no seamos- capaces de resolver mediante un poco más de poder, racionalización, fuerza y organización.
Sin embargo, hay preguntas sencillas a las que da miedo responder: Esta sociedad racionalizada, ¿nos está conduciendo hacia lo que realmente desea nuestro corazón? ¿Está naciendo entre nosotros un «hombre nuevo» más humano y feliz, o estamos anulando las aspiraciones más humanas que hay en el fondo de nuestro ser? Esta racionalización, ¿está realmente al servicio de algo razonable?
Se podría resumir todo en un gran interrogante: ¿Qué es el hombre actual? ¿Un ser que va creciendo en humanidad o un gran paralítico, incapaz de encaminarse hacia su propia felicidad?
Se nos ha enseñado hasta la saciedad que la eficacia es lo único que cuenta, y nuestra sociedad funciona como si así lo fuera, poniendo, incluso, la vida al servicio de la utilidad y la producción.
Se nos ha dicho que lo importante es una «economía saludable», una «economía en expansión», y nos hemos puesto a producir objetos de toda clase, que nos mantienen hechizados, incapaces de acercarnos a los necesitados que quedan sin participar del «festín del consumo».
Son muchos los conflictos ideológicos que dividen y enfrentan a los diversos sistemas. Pero, en definitiva, todos adoramos a los mismos dioses.
Y aunque en todas partes se proclaman solemnemente los derechos de la persona, en la práctica de todos los sistemas se termina por reducir al hombre a su condición de productor y consumidor, olvidando su anhelo inmenso de amor, fraternidad y libertad.
Quizás, tengamos que suscribir el duro juicio que Norman O. Brown hace de nuestra sociedad: «Lo que parece estar persiguiendo es la infelicidad creciente cada día mayor, y a esa infelicidad la define como progreso».
¿Cómo levantar a este gran paralitico? ¿Cómo liberar a este hombre encerrado en un sistema que es capaz de proporcionarle casi todo menos lo que está pidiendo su corazón: vida, libertad, fraternidad?
¿No ha llegado el momento de «creer más en la fe» y menos en la fuerza, el dinero, el poder y la razón? ¿No hay que volver a lo que F. Nietzsche llamaba «fe en la fe»?
Quizás el mayor pecado y la mayor tragedia del hombre de hoy es no descubrir la impotencia de los «dioses modernos» del momento, e ignorar que un mundo más humano, feliz y digno sólo puede ser fruto de una apertura al Dios Padre, amigo de la vida e impulsor de una humanidad más fraterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

AMIGOS DE VERDAD

Es sabido que los relatos evangélicos no pretenden describir con detalle las curaciones que hacía Jesús. Les interesaba más destacar diversos aspectos para ayudar a sus lectores a reavivar su fe en Jesús como fuente de una vida más humana. Es lo que se deja ver, sobre todo, en relatos como la «curación del paralítico» muy trabajados por el evangelista.
El «paralítico» es un hombre anónimo y sin voz. No puede moverse, actuar ni caminar. Es una figura totalmente pasiva. No dice nada, no expresa sus sentimientos. Su lecho permanente es la camilla. Ahí está yacente, aquejado de un mal que se asemeja a la muerte.
Sus amigos, por el contrario, son prototipo de vida y actividad. No importan los obstáculos y barreras que tengan que superar. Llevarán al paralítico hasta Jesús. Evitan a la gente que bloquea la puerta, suben al tejado de la casa, levantan unas tejas, abren un boquete y descuelgan al enfermo. Todo lo hacen movidos por su fe en Jesús.
La actuación de Jesús se resume en estas dos palabras: «Tus pecados quedan perdonados». «Levántate y echa a andar». Aquel enfermo encuentra en Jesús lo que tanto necesitaba: paz interior y fuerza para caminar. Jesús lo pone de pie, lo rescata del mal que lo está matando, le infunde vigor y seguridad para enfrentarse a la vida.
Toda la gente alaba a Dios. Sólo los «letrados», representantes de la doctrina oficial, reaccionan negativamente. No valoran el gesto de los cuatro amigos, no les duele la situación de paralítico, no captan el amor inmenso de Jesús a los que sufren. Ellos tienen sus propias categorías religiosas. Creen saber de Dios más que nadie. Marcos los describe «sentados», como maestros expertos en doctrinas, pero incapaces de poner nueva vida en nadie.
No siempre nos ayudamos los cristianos a creer. Con frecuencia, solo nos contagiamos pesimismo, indiferencia e insensibilidad religiosa. No sabemos ser amigos. No acertamos a ayudarnos unos a otros a llegar hasta Jesús. Hay entre nosotros personas prisioneras de sus errores o pecados del pasado, sin fuerza para reaccionar y volver a las raíces de su fe. Lo que más necesitan no son doctrinas de cristianos «sentados» en su seguridad religiosa, sino amigos cercanos que se muevan y los acompañen a encontrarse con Jesús y su evangelio.

José Antonio Pagola

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