lunes, 21 de noviembre de 2011

27/11/2011 - 1º domingo de Adviento (B)

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Homilias de José Antonio Pagola

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27 de noviembre de 2011

1º domingo de Adviento (B)



EVANGELIO

Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!
Palabra de Dios.

HOMILIA

2011-2012 -
27 de noviembre de 2011.


LA CASA DE JESÚS


Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos.
Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.
«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no os encuentre dormidos.
El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son  servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.
En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.
Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Lo seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: «vivid despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad».
El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.
Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
31 de noviembre de 2008

UNA IGLESIA DESPIERTA

Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús. El resucitado no podía tardar. Vivían tan atraídos por él que querían encontrarse de nuevo cuanto antes. Los problemas empezaron cuando vieron que el tiempo pasaba y la venida del Señor se demoraba.
Pronto se dieron cuenta de que esta tardanza encerraba un peligro mortal. Se podía apagar el primer ardor. Con el tiempo, aquellas pequeñas comunidades podían caer poco a poco en la indiferencia y el olvido. Les preocupaba una cosa: «Que, al llegar, Cristo no nos encuentre dormidos».
La vigilancia se convirtió en la palabra clave. Los evangelios la repiten constantemente: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Según Marcos, la orden de Jesús no es sólo para los discípulos que le están escuchando. «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad». No es una llamada más. La orden es para todos sus seguidores de todos los tiempos.
Han pasado veinte siglos de cristianismo. ¿Qué ha sido de esta orden de Jesús? ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad?
¿No vemos que la Iglesia necesita un corazón nuevo? ¿No sentimos la necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¿No vamos a despertar lo mejor que hay en la Iglesia? ¿No vamos a reavivar esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos?
¿No hemos de recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta? ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una Iglesia «dormida» a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida?
¿No sentimos la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con él? ¿Quién como él puede despertar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad? ¿Quién podrá contagiarnos su alegría? ¿Quién nos dará su fuerza creadora y su vitalidad?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
27 de noviembre de 2005.

DESPERTAR

Lo digo a todos: ¡velad!

Un día la historia apasionante de los hombres terminará, como termina inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Los evangelios ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día «dormidos».
Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias? ¿Le seguimos a él o hemos aprendido a vivir al estilo de todos?
Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vivimos el sueño de ser cristianos cuando, en realidad, no pocas veces nuestros intereses, actitudes y estilo de vivir no son los de Jesús. Este sueño nos protege de buscar nuestra conversión personal y la de la Iglesia. Sin «despertar», seguiremos engañándonos a nosotros mismos.
Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús.
Vivimos inmunizados a las llamadas del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido. Tenemos los oídos abiertos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba. Tenemos los ojos abiertos, pero ya no vemos la vida como la veía él, no miramos a las personas como él las miraba. Puede ocurrir entonces lo que Jesús quería evitar entre sus seguidores: verlos como «ciegos conduciendo a otros ciegos».
Si no despertamos, a todos nos puede ocurrir lo de aquellos de la parábola que todavía, al final de los tiempos, preguntaban: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o extranjero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
1 de diciembre de 2002.

VIVIR DESPIERTOS

Estad en vela.

La falta de esperanza está generando cambios profundos que no siempre sabemos captar. Casi sin darnos cuenta, van desapareciendo del horizonte políticas orientadas hacia una vida más humana. Cada vez se habla menos de programas de liberación, o de políticas que busquen nuevas fronteras sociales entre los pueblos.
Cuando el futuro se vuelve sombrío, todos buscamos seguridad. Que nada cambie, a nosotros nos va bien. Que nadie ponga en peligro nuestro bienestar. No es el momento de pensar en grandes ideales de justicia para todos, sino de defender el orden y la tranquilidad.
Al parecer, no sabemos ir más allá de esta reacción casi instintiva. Los expertos nos dicen que los graves problemas medioambientales, el fenómeno del terrorismo desesperado, la agresión preventiva o el acoso creciente de los hambrientos penetrando en las sociedades del bienestar, no están provocando, al parecer, ningún cambio profundo en la vida personal de los individuos. Sólo miedo y búsqueda de seguridad. Por lo demás, cada uno trata de disfrutar al máximo de su pequeño bienestar.
Sin duda, muchos sentimos una extraña sensación de culpa, vergüenza y tristeza. Sentimos, además, una especie de complicidad por nuestra indiferencia y nuestra incapacidad de reacción. En el fondo, no queremos saber nada de un mundo nuevo, sino de nuestra seguridad.
Las fuentes cristianas han conservado una llamada de Jesús para momentos catastróficos: «despertad, vivid vigilantes». ¿Qué significan hoy estas palabras? ¿Despertar de una vida que discurre suavemente en el egoísmo? ¿Despertar de la palabrería que nos rodea en todo instante impidiéndonos escuchar la voz de la conciencia? ¿Liberarnos de la indiferencia y la resignación?
¿No deberían ser las comunidades cristianas un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas a los que sufren? Puede ser una buena pregunta al comenzar el Adviento cristiano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
28 de noviembre de 1999.

DESEO DE ALGO NUEVO

¡ Velad!

Hay un grito que se repite en el mensaje evangélico y se condensa en una sola palabra: «Vigilad!». Es una llamada a vivir de manera lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que parece invadirlo casi todo. Una invitación a mantener despierta nuestra resistencia y rebeldía, a no actuar como todo el mundo, a ser diferentes, a no identificamos con tal mediocridad. ¿Es posible?
Lo primero, tal vez, es aprender a mirar la realidad con ojos nuevos. Las cosas no son sólo como aparecen en los medios de comunicación. En el corazón de las personas hay más bondad y ternura que lo que captamos a primera vista. Hemos de reeducar nuestra mirada, hacerla más positiva y benévola. Todo cambia cuando miramos a las personas con más simpatía, tratando de comprender sus limitaciones y sus posibilidades.
Es importante, además, no dejar que se apague en nosotros el gusto por la vida y el deseo de lo bueno. Aprender a vivir con corazón y querer a las personas buscando su bien. No ceder a la indiferencia. Vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de los problemas de la gente: sufrir con los que sufren y gozar con los que gozan.
Por otra parte, puede ser decisivo dar su verdadera importancia a esos pequeños gestos que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la vida de las personas. Yo no puedo cambiar el mundo pero puedo hacer que junto a mí la vida sea más amable y llevadera, que las personas «respiren» y se sientan menos solas y más acompañadas.
¿Es tan difícil, entonces, abrirse al misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios»? No estoy pensando en una adhesión de carácter doctrinal a un conjunto de verdades religiosas, sino en esa búsqueda serena de verdad última y en ese deseo confiado de amor pleno que de alguna manera apuntan hacia Dios. Según pasan los años, tengo la impresión de que uno se va haciendo más hondamente creyente y, al mismo tiempo, tiene cada vez menos «creencias».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
1 de diciembre de 1996.

REACCIONAR

¡ Velad!

Se dice que en las sociedades desarrolladas se está disolviendo la fe en Dios. No se advierte, sin embargo, que lo que se está perdiendo no es sólo la dimensión religiosa, sino las mismas raíces donde se asienta el ser humano.
Lo que queda fuera de la ciencia, la técnica o la economía parece siempre menos real e importante. Lo material se ha apoderado de muchas vidas arrasando cualquier otro tipo de ideales estéticos, espirituales o altruistas. Ser «humano» ya no es una aspiración noble, sino un lenguaje cada vez más anacrónico.
El progreso, tal como se está desarrollando, no genera personas más fuertes, sino más débiles. No está creciendo la capacidad para una comunicación más honda; lo que se extiende cada vez más es el aislamiento, los contactos fugaces y las relaciones pasajeras y superficiales. No se fortalece la libertad interior, sino que aumentan las dependencias. De hecho, se está debilitando la «responsabilidad moral», pues las gentes se someten a modas y corrientes de opinión sin apenas capacidad para escuchar su propia conciencia.
¿Qué hacer? ¿Resignarse, maldecir el progreso, seguir apoyando la inconsciencia? Sin duda, lo importante es sanar las raíces del ser humano y su capacidad de reacción. Y es precisamente entonces cuando aparece en toda su gravedad un dato del que Europa comienza a tomar conciencia.
Estamos ya viviendo, según muchos, en ese «mundo simulado» del que habla el pensador francés Brouillard, cada vez con menos capacidad para distinguir el mundo real y el reproducido artificialmente por los medios de comunicación. Pero hay algo más grave. La televisión nos está privando de nuestras propias imágenes, nuestro lenguaje y nuestro pensamiento propio. Todo se nos impone desde fuera, y corremos el riesgo de convertirnos en esos «analfabetos satisfechos» de los que habla el sociólogo norteamericano N. Postman, experto en mass media.
En este contexto cobra nueva fuerza la llamada de Jesús: «Vigilad». No basta alimentarse del último «flash» televisivo. No todo ha de ser entretenimiento o diversión. Para ser humana, la persona necesita cultivar el espíritu, escuchar su conciencia, alimentar otras dimensiones, abrirse al misterio, acoger a Dios. Esta es la llamada profunda de este tiempo de Adviento que hoy comienza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
28 de noviembre de 1993.

¿INTERESA DIOS?

¡ Velad!

No es fácil celebrar hoy el Adviento. ¿Cómo desear, pedir o esperar la venida de Dios en medio de una sociedad donde, al parecer, Dios ya no interesa? Más que hablar de un Dios que viene (adveniens), ¿no deberíamos reflexionar sobre un Dios que se aleja, se oculta y se hace cada vez más extraño?
En muchos ambientes, Dios se ha ido reduciendo a un recuerdo del pasado. Ya no se habla de él en los hogares. En muchas conciencias, Dios no es sino una sombra poco agradable. Incluso no pocos que se dicen creyentes, apenas lo invocan. La actitud más generalizada es una indiferencia cada vez más frívola y que constituye, según el pensador J Moingt, «la experiencia cultural más cruel de la muerte de Dios».
Al parecer, Dios hoy no atrae ni preocupa. No suscita inquietud ni alegría. Sencillamente deja indiferentes a las personas. La vida humana puede discurrir tranquilamente, sin que nadie lo eche de menos. Pero, ¿es verdad que el hombre no necesita de Dios?
Desde el siglo dieciocho, se fue extendiendo la idea de que la ciencia y la técnica iban a librar al hombre de todo aquello que la religión no lo había podido librar: el hambre, las guerras, la pobreza o la tiranía. La fe en Dios parecía llamada a desaparecer como algo propio de una fase de ignorancia y oscurantismo de la historia de la humanidad.
Hoy, cuando vislumbramos ya el año dos mil, un hecho parece incuestionable: los grandes problemas, lejos de desaparecer, han crecido amenazadoramente. La culpa no es de la ciencia ni de la técnica, que han hecho posibles logros admirables. El que está mal es el hombre que utiliza ese poder científico y tecnológico. Y lo cierto es que ni la ciencia ni la técnica hacen al hombre ni más sabio ni más bueno.
Ha llegado el momento de hacerse una pregunta sencilla pero radical. ¿Qué es lo que puede hacer más humanos a los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué es lo que puede dar sentido, orientación ética y esperanza a sus esfuerzos?
Ciertamente, Dios no es necesario para fundamentar la ciencia ni para desarrollar la técnica. Dios no es la respuesta a nuestras preguntas científicas ni la solución mágica para nuestros problemas. Pero, Dios, creído y acogido como Creador y Padre, puede ser el mejor estímulo para vivir con sentido, el mejor impulso para actuar de manera responsable, el horizonte más válido para vivir con esperanza.
Pero no hemos de ser ingenuos. Veinte siglos de cristianismo ponen ante nuestros ojos un hecho que no hemos de eludir. Tampoco la religión hace automáticamente a los cristianos más humanos que a los demás. Sólo un Dios acogido de forma responsable en el fondo del corazón puede transformar al ser humano. Por eso, celebramos los cristianos el Adviento.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
2 de diciembre de 1990.

DESPERTAR LA ESPERANZA

¡Velad!

Alguien ha podido decir que “el siglo XX ha resultado ser un inmenso cementerio de esperanzas”. La historia de estos últimos años se ha encargado de desmitificar el mito del progreso. No se han cumplido las grandes promesas de la Ilustración. El mundo moderno sigue plagado de crueldades, injusticias e inseguridad.
Por otra parte, el debilitamiento de la fe religiosa no ha traído una mayor fe en el hombre. Al contrario, el abandono de Dios parece ir dejando al hombre contemporáneo sin horizonte último, sin meta y sin puntos de referencia. Los acontecimientos se atropellan unos a otros, pero no conducen a nada nuevo. La civilización del consumismo produce novedad de productos, pero sólo para mantener el sistema en el más absoluto inmovilismo. Los filósofos postmodernos nos advierten de que hemos de aprender a “vivir en la condición de quien no se dirige a ninguna parte” (G. Váttimo).
Cuando no se espera apenas nada del futuro, lo mejor es vivir al día y disfrutar al máximo del momento presente. Es la hora del hedonismo y del pragmatismo. Una vez instalados en el sistema con cierta seguridad, lo inteligente es retirarse al “santuario de la vida privada” y disfrutar de todo placer “ahora mismo” (just now).
Por eso, son pocos los que se comprometen a fondo para que las cosas sean diferentes. Crece la indiferencia hacia las cuestiones colectivas y el bien común. La democracia no genera ya ilusión ni concita los esfuerzos de las gentes para crear un futuro mejor. Cada uno se preocupa de sí mismo. Es la consigna: “Sálvese quien pueda”.
Esta crisis de esperanza está configurada por múltiples factores, pero, probablemente, tiene su raíz más profunda en la falta de fe del hombre contemporáneo en sí mismo y en su progreso, la falta de confianza en la vida. Eliminado Dios, parece que el ser humano se va convirtiendo cada vez más en una pregunta sin respuesta, un proyecto imposible, un caminar hacia ninguna parte.
¿No estará el hombre de hoy necesitando más que nunca al “Dios de la esperanza” (Rm 15,13)? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado, pero un Dios por el que tantos siguen preguntando. Un Dios que puede devolvernos la confianza radical en la vida y descubrirnos que el hombre sigue siendo “un ser capaz de proyecto y de futuro” (J.L. Coelho).
La Iglesia no debería olvidar hoy “la responsabilidad de la esperanza” pues ésa es la misión que ha recibido de Cristo resucitado. Antes que “lugar de culto” o “instancia moral”, la Iglesia ha de entenderse a sí misma y vivir como “comunidad de la esperanza” (J. Moltmann).
Una esperanza que no es una utopía más, ni una reacción desesperada frente a las crisis e incertidumbres del momento. Una esperanza que se funda en Cristo resucitado. En él descubrimos los creyentes el futuro último que le espera a la humanidad, el camino que puede y debe recorrer el hombre hacia su plena humanización y la garantía última frente a los fracasos, la injusticia y la muerte.
Comenzamos hoy el Adviento, escuchando una vez más el grito de Jesús: “Velad, vigilad”. Es una llamada a despertar la esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
29 de noviembre de 1987.

REACCIONAR

Vigilad.

No siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día a día llenos de vida.
Por el contrario se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible.
Tal vez sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo más o menos lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos “llena”.
Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia.
Poco a poco todo se ha ido complicando. Quizás ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido.
La amargura y el malhumor se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos nunca. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Hace tiempo que no acertamos a rezar.
Quizás comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, sólo sabemos quejamos, condenar y descalificar.
Insensiblemente hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o “la pereza total». Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación, ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena.
Preocupados por muchas cosas que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros. ¿Qué podemos hacer?
Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.
Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo.
Hoy no es un domingo más para los cristianos. Con este primer domingo de Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico. Por eso las palabras que escuchamos hoy de boca de Jesús son una invitación a reaccionar para vivir con más lucidez.
Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno de nosotros: «Vigilad». Tal vez, hoy mismo hemos de tomar alguna decisión.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
2 de diciembre de 1984.

VIVIR SIN DROGA

Os digo a todos: Vigilad...

Son muchos los que no aman su vida concreta. Tampoco saben vivirla. Tal vez porque no encuentran ni buscan, quizás, razones para vivir.
La vida cotidiana se les hace dura y penosa. Excesivamente aburrida, monótona, rutinaria y vulgar. Viven atrapados por las cosas. Demasiado agitados, aturdidos y vacíos para poder detenerse a ahondar en su vida e intentar responder a su verdadera vocación de ser personas.
Cuando a esto se añade un clima social conflictivo y un horizonte de inseguridad y crisis, es fácil la tentación de evadirse a un «mundo feliz» que nos consuele de la vida real y nos anestesie de los sinsabores y amarguras de cada día.
Cada uno busca su «vía de escape» y consume su propia droga. Y sería una equivocación creernos libres de toda «drogadicción» por no ser esclavos de ninguna sustancia tóxica.
No es fácil calcular el número de «teleadictos» que devoran diariamente dos o tres horas de televisión (más de mil horas al año). Sentados pasivamente ante el televisor encuentran en la pantalla un aliento sin el que no sabrían vivir.
Otros recurren al vaso de «whisky» o a las cenas de fin de semana. Hay adictos al bingo o a la modesta máquina «tragaperras». Crece el número de quienes no pueden prescindir de la película del video.
Lo importante es huir, olvidar, «dejarse llevar», diluirse fuera de uno mismo, no enfrentarse a un proyecto de vida personal, no asumir con responsabilidad la propia vida.
Pocas veces habrá tenido tanta actualidad la llamada de Jesús a la vigilancia, la lucidez y la libertad de espíritu. «A todos os digo: vigilad».
No se puede vivir una vida auténticamente humana bajo la esclavitud de una droga. Todos necesitamos despertar de la inconsciencia, la evasión y la superficialidad en que caemos constantemente. Se puede y se debe vivir sin droga.
En su última Carta Pastoral, los Obispos nos han recordado algo que con frecuencia se nos olvida. «La vida es buena, es un regalo de Dios. Contiene en sí misma las fuentes de satisfacción necesaria para vivirla con alegría: el amor, la amistad, la realización profesional, el placer estético, el bienestar corporal, el gozo de servir y ser útil, la paz de la conciencia, la relación viva con Dios».
Cuando un hombre sabe ahondar en todo ello, no necesita recurrir a fuentes artificiales y nocivas de satisfacción.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
29 de noviembre de 1981.

DESPERTAR

Vigilad.

En contra de lo que, con frecuencia, puede parecer, corremos el riesgo de pasarnos la vida entera embotados y adormecidos por mil intereses accidentales, extraños a nuestro mismo ser, incapaces de despertarnos al sentido más profundo de nuestra vida.
Son muchos los hombres y mujeres que caminan por la vida sin meta ni objetivo, con el riesgo de no descubrir nunca una fuerza que los despierte de su indiferencia, su pasividad y superficialidad cotidiana.
Es asombroso contemplar cómo el hombre puede enriquecer sus conocimientos y acrecentar su poder técnico hasta límites insospechados, sin obtener por ello un dominio mayor de su espíritu y una lucidez más penetrante sobre el misterio ultimo de la vida.
Es triste tener que confesar que, a nivel general, nuestro conocimiento sobre vida interior, dominio de nuestros instintos, y esfuerzo serio por cultivar los valores del espíritu, son bien precarios.
Muchos suscribirían la oscura descripción que G. Hourdin hace del hombre contemporáneo: « El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se ha convertido en el robot disciplinado que trabaja para ganar el dinero, que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, escucha las emisiones de T. V. que todo el mundo escucha. Aprende así lo que es, lo que quiere, cómo debe pensar y vivir».
Necesitamos volver a despertar nuestra vida interior. Siguen teniendo actualidad las palabras de H.Hesse: «Cualquiera que sea el rumbo del mundo, no encontrarás médico ni ayuda, no hallarás futuro ni impulso nuevo más que en ti mismo, en tu pobre alma maltratada e indestructible».
Los creyentes podemos añadir algo más. Nuestra alma no encontrará descanso, sosiego y alegría verdadera, mientras no acertemos a abrirnos con humildad y coraje al misterio de Dios.
Quien trate de escuchar con fidelidad el mensaje de Jesús, es fácil que lo perciba en el fondo de su alma, como una llamada a despertar y vivir con lucidez, y como una fuerza capaz de humanizar, personalizar y dar sentido y gozo insospechado a nuestras vidas.
Y es fácil también que, al dejarnos interpelar sinceramente por su palabra, vivamos uno de esos raros momentos en que nos sentimos despiertos en lo más hondo de nuestro ser.

José Antonio Pagola

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