sábado, 29 de diciembre de 2018

01-01-2019 - Santa María, Madre de Dios (A, B, C)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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Santa María, Madre de Dios (A, B, C)



EVANGELIO

Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2018-2019 -
1 de enero de 2019

ORACIÓN PARA NOCHEVIEJA

Señor, antes de entrar en el bullicio y el aturdimiento del fin de año, quiero esta tarde encontrarme contigo despacio y con calma. Son pocas las veces que lo hago. Tú sabes que ya no acierto a rezar. He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño y no he aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.

Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en ti. Han pasado tantas cosas estos años. Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro. Yo quisiera sentirte más vivo y más cercano a ti. Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil.

Y sin embargo, Señor, yo te necesito. A veces me siento muy mal dentro de mí. Van pasando los años y siento el desgaste de la vida. Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos. Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.

Ya ha pasado un año más. Esta noche comenzaremos un año nuevo, pero yo sé que todo seguirá igual. Los mismos problemas, las mismas preocupaciones, los mismos trabajos. Y así, ¿hasta cuándo?

Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro. Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día. Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos. Pero a mi edad no se pueden esperar grandes cambios. Estoy ya demasiado acostumbrado a un estilo de vida. Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación.

Por otra parte, Tú sabes cómo me dejo arrastrar por la agitación de cada día. Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo. Tú estás dentro de mí y yo ando casi siempre fuera de mí mismo. Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.

Si al menos te sintiera como mi mejor Amigo. A veces pienso que eso lo cambiaría todo. Qué alegría si yo no te tuviera esa especie de temor que no sé de dónde brota pero que me distancia tanto de ti

Señor, graba bien en mi corazón que tú hacia mí sólo puedes sentir amor y ternura. Recuérdame desde dentro que tú me aceptas tal como soy, con mi mediocridad y mi pecado, y que me quieres aunque no cambie.

Señor, se me va pasando la vida y, a veces, pienso que mi gran pecado es no terminar de creer en ti y en tu amor. Por eso, esta noche yo no te pido cosas. Sólo que despiertes mi fe lo suficiente para creer que Tú estás siempre cerca y me acompañas.

Que a lo largo de este año nuevo no me aleje mucho de ti Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías. Entonces tal vez cambiaré. Será un año nuevo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2017-2018 -
1 de enero de 2018

HOY

(Ver homilía del ciclo B - 2011-2012)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2016-2017 -
1 de enero de 2017

LA MADRE

(Ver homilía del ciclo A - 2007-2008)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2015-2016 -
1 de enero de 2016

PREGUNTAS DE AÑO NUEVO

(Ver homilía del 01-01-2004)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2014-2015 -
1 de enero de 2015

LA MADRE NOS ACOMPAÑA

(ver homilía del 01/01/2006)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
1 de enero de 2014

LA MADRE

(Ver homilía del ciclo A - 2007-2008)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2012-2013 -
1 de enero de 2013

AÑO NUEVO

No es fácil comenzar el año nuevo. Lo desconocido inquieta, no sabemos lo que nos traerá. Por eso lo festejamos de manera ruidosa: ya no es sólo la cena de Nochevieja y las ofertas especiales de las cadenas televisivas; son cada vez más los que comienzan el año echando cohetes o haciendo explotar petardos. También los antiguos romanos metían ruido para ahuyentar los malos espíritus al inicio del año. Pero se puede comenzar el año en silencio. Es, sin duda, la manera más lúcida de adentrarnos en el misterio de ese tiempo que no podemos detener y que constituye nuestra vida.

No es difícil recordar el año que se va: hemos vivido alegrías y sinsabores, hemos hecho cosas buenas y hemos cometido errores; nos hemos encontrado con personas nuevas; hemos amado y sufrido; algo ha crecido en mí y algo se ha apagado. Esa es mi verdad, ese soy yo. Si en algún rincón de mi alma sigue viva una pequeña fe, puedo agradecer, pedir perdón y confiar en ese Misterio que los creyentes llaman Dios.

Llega ahora un año nuevo. Lo nuevo no sólo inquieta, también tiene su atractivo. Lo nuevo es algo intacto, inédito, lleno de posibilidades: produce un placer especial conducir un coche nuevo, escuchar por primera vez un compacto, estrenar una prenda de vestir. Pero, ¿qué puede haber de realmente nuevo en el año que comienza? Tal vez, lo que más novedad puede introducir en nuestra vida es nuestra manera de vivirla.

¿Puedo ser yo un «hombre nuevo», una «mujer diferente»? ¿Se pueden despertar en mí ideas y sentimientos nuevos? ¿Puedo recorrer caminos no transitados, encontrar gestos nuevos, amar con nueva ternura, acercarme a Dios con corazón renovado? No hace falta que lo cambie todo. En realidad, lo nuevo está ya en germen dentro de mí. Lo importante es que viva atento a lo mejor que hay en mi corazón acogiendo aquello que me puede hacer crecer. Por eso, es bueno que nos deseemos mutuamente un Año Nuevo feliz, pero es mejor todavía que nos preguntemos: ¿qué deseo realmente para mí?, ¿qué es lo que necesito?, ¿qué busco?, ¿qué sería para mí algo realmente nuevo y bueno en este año que comienza?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
1 de enero de 2012

HOY

Lucas concluye su relato del nacimiento de Jesús indicando a los lectores que «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón». No conserva lo sucedido como un recuerdo del pasado, sino como una experiencia que actualizará y revivirá a lo largo de su vida.

No es una observación gratuita. María es modelo de fe. Según este evangelista, creer en Jesús Salvador no es recordar acontecimientos de otros tiempos, sino experimentar hoy su fuerza salvadora, capaz de hacer más humana nuestra vida.

Por eso, Lucas utiliza un recurso literario muy original. Jesús no pertenece al pasado. Intencionadamente va repitiendo que la salvación de Jesús resucitado se nos está ofreciendo "HOY", ahora mismo, siempre que nos encontramos con él. Veamos algunos ejemplos.

Así se nos anuncia el nacimiento de Jesús: "Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador". Hoy puede nacer Jesús para nosotros. Hoy puede entrar en nuestra vida y cambiarla para siempre. Con él podemos nacer a una existencia nueva.

En una aldea de Galilea traen ante Jesús a un paralítico. Jesús se conmueve al verlo bloqueado por su pecado y lo sana ofreciéndole el perdón: "Tus pecados quedan perdonados". La gente reacciona alabando a Dios: "Hoy hemos visto cosas admirables". También nosotros podemos experimentar hoy el perdón, la paz de Dios y la alegría interior si nos dejamos sanar por Jesús.

En la ciudad de Jericó, Jesús se aloja en casa de Zaqueo, rico y poderoso recaudador de impuestos. El encuentro con Jesús lo transforma: devolverá lo robado a tanta gente y compartirá sus bienes con los pobres. Jesús le dice: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Si dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, hoy mismo podemos empezar una vida más digna, fraterna y solidaria.

Jesús está agonizando en la cruz en medio de dos malhechores. Uno de ellos se confía a Jesús: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino". Jesús reacciona inmediatamente: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". También el día de nuestra muerte será un día de salvación. Por fin escucharemos de Jesús esas palabras tan esperadas: descansa, confía en mí, hoy estarás conmigo para siempre.

Hoy comenzamos un año nuevo. Pero, ¿qué puede ser para nosotros algo realmente nuevo y bueno? ¿Quién hará nacer en nosotros una alegría nueva? ¿Qué psicólogo nos enseñará a ser más humanos? De poco sirven los buenos deseos. Lo decisivo es estar más atentos a lo mejor que se despierta en nosotros. La salvación se nos ofrece cada día. No hay que esperar a nada. Hoy mismo puede ser para mí un día de salvación.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 – JESÚS ES PARA TODOS
1 de enero de 2011

LA MADRE

(Ver homilía del ciclo A - 2007-2008)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2009-2010 – CON LOS OJOS FIJOS EN JESÚS
1 de enero de 2010

PREGUNTAS DEL AÑO NUEVO

(Ver homilía del 01-01-2004)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 -
1 de enero de 2009

HORAS IMPORTANTES

Desconocemos lo que nos espera en el nuevo año. No sabemos siquiera si lo terminaremos. Nadie lo sabe. Así caminamos los humanos a través del tiempo. Es normal que broten de nosotros preguntas inquietantes: ¿qué nos traerá el nuevo año?, ¿con qué me iré encontrando a lo largo de los días?, ¿tendré suerte?, ¿me irá mal?

Tal vez, no son éstas las preguntas más importantes pues la vida no nos la hacen desde fuera. También nos podemos preguntar: ¿cómo viviré yo este año?, ¿en qué puedo crecer?, ¿en qué me puedo estropear?, ¿me renovaré interiormente o envejeceré?, ¿será un año lleno de vida?, ¿será vacío y rutinario?

No todas las horas del nuevo año serán iguales. Habrá momentos importantes y momentos que apenas dejarán huella en nosotros. A veces, experiencias que no parecen dignas de ser registradas en un diario, pueden tener gran significado en nuestra vida. Quiero recordar algunas.

Si en algún momento de este año soy capaz de renunciar al egoísmo en el que normalmente vivo atrincherado y me decido a hacer algún gesto de bondad sin buscar contrapartidas ni exigir reconocimiento, habrá sido una hora importante.

Si en alguna circunstancia me olvido de otros intereses y actuó simplemente por honestidad, aunque sé que voy a quedar ante muchos como un imbécil, será una hora importante pues habré recuperado mi dignidad.

Si un día de este nuevo año, decido por fin pararme a reflexionar para poner más verdad en mi vida, escuchando la voz íntima de mi verdad en mi vida, escuchando la voz íntima de conciencia, habrá sido una hora muy importante.

Si en algún momento renuncio a excusarme como acostumbro, escucho la crítica de quienes me conocen bien, y hago un esfuerzo por corregir mi vida de defectos y miserias que no aceptaría en los demás, será una hora importante pues empezaré a cambiar.

Si un día, en vez de rezar como siempre de manera rutinaria y aburrida, me olvido de pronunciar palabras y me quedo en silencio ante Dios despertando en mi corazón la confianza y el agradecimiento, será una hora muy importante en la historia de mi fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 -
1 de enero de 2008

LA MADRE

María conservaba todas estas cosas.

A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios. Y sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos tratado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecemos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesús. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2006-2007 – HACERNOS DISCÍPULOS DE JESÚS
1 de enero de 2007

TRABAJAR POR LA PAZ

Dando gloria y alabanza a Dios.

Hoy se celebra en el mundo entero el día de la Paz. En medio de una humanidad envuelta en tantas guerras y conflictos, la Iglesia desea comenzar el nuevo año elevando hasta Dios una oración por la paz.

Pero, ¿qué puede significar hoy una oración por la paz en este mundo desgarrado por tanta violencia? ¿Un entretenimiento religioso para aquellos que no saben o no se atreven a hacer nada más eficaz por lograrla? ¿Un tranquilizante cómodo que nos consuela de nuestra pasividad e inhibición?

Antes que nada, conviene recordar que nuestra oración no es para informar a Dios de la falta de paz que hay entre nosotros. No es Dios el que necesita «enterarse» de la ausencia de paz en el mundo, sino nosotros los que necesitamos descubrir los obstáculos que cada uno ponemos a la justicia y a la paz.

No es Dios quien tiene que «reaccionar», cambiar de manera de actuar y «hacer algo» para que se cumplan nuestros deseos de paz. Somos nosotros los que tenemos que cambiar para ajustar nuestras actuaciones y nuestra vida a los deseos de paz de Dios para la humanidad.

Si la oración es encuentro sincero con Dios, no lleva a la evasión y la cobardía. Al contrario, fortalece nuestra voluntad, estimula nuestra debilidad y robustece nuestro ánimo para buscar la paz y trabajar por ella incansablemente.

Quien pide la paz ardientemente, se hace más capaz para acogerla en su corazón. Más aún. Quien ora así a Dios, está haciendo ya la paz en su interior. No podrá «orar contra nadie» si no es contra su propio pecado, su ceguera, su egoísmo e intolerancia, sus reacciones de odio y venganza.

La verdadera oración convierte. Nos hace más capaces de perdón y reconciliación, más sensibles frente a cualquier injusticia, abuso y mentira. Más libres frente a cualquier manipulación.

No se puede trabajar por la paz de cualquier manera, pues introduciremos inconscientemente nuevos géneros de violencia y conflictividad entre nosotros. Con el corazón lleno de odio, condena, intolerancia y dogmatismo, se pueden hacer muchas cosas. Todo menos aportar verdadera paz a la convivencia entre los hombres. ¿No necesitaremos todos detenernos más a hacer paz en nuestro corazón? ¿No estará el mundo necesitado de más oración por la paz?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
1 de enero de 2006

LA MADRE NOS ACOMPAÑA

Encontraron a María y a José con el niño.

Se dice que los cristianos de hoy vibramos menos ante la figura de María que los creyentes de otras épocas. Quizás somos víctimas inconscientes de muchos recelos y sospechas ante deformaciones habidas en la piedad mariana.

A veces, se había insistido de manera excesivamente unilateral en la función protectora de María, la Madre que ampara a sus hijos e hijas de todos los males, sin convertirlos a una vida más evangélica.

Otras veces, algunos tipos de devoción mariana no han sabido exaltar a María como madre sin crear una dependencia insana de una «madre idealizada» y fomentar una inmadurez y un infantilismo religioso.

Quizás, esta misma idealización de María como «la mujer única» ha podido alimentar un cierto menosprecio a la mujer real y ser un refuerzo más del dominio masculino. Al menos, no deberíamos desatender ligeramente estos reproches que, desde frentes diversos, se nos hace a los católicos.

Pero sería lamentable que los católicos empobreciéramos nuestra vida religiosa olvidando el regalo que María puede significar para los creyentes.

Una piedad mariana bien entendida no encierra a nadie en el infantilismo, sino que asegura en nuestra vida de fe la presencia enriquecedora de lo femenino. El mismo Dios ha querido encarnarse en el seno de una mujer. Desde entonces, podemos decir que «lo femenino es camino hacia Dios y de Dios» (L. Boff).

La humanidad necesita siempre de esa riqueza que asociamos a lo femenino porque, aunque también se da en el varón, se condensa de manera especial en la mujer: intimidad, acogida, solicitud, cariño, ternura, entrega al misterio, gestación, donación de vida.

Siempre que marginamos a María de nuestra vida, empobrecemos nuestra fe. Y siempre que despreciamos lo femenino, nos cerramos a cauces posibles de acercamiento a ese Dios que se nos ha ofrecido en los brazos de una madre.

Comenzamos el año celebrando la fiesta de Santa María Madre de Dios. Su fidelidad y entrega a la palabra de Dios, su identificación con los pequeños, su adhesión a las opciones de su Hijo Jesús, su presencia servidora en la Iglesia naciente y, antes que nada, su servicio de Madre del Salvador hacen de ella la Madre de nuestra fe y de nuestra esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
1 de enero de 2005

ANTE UN NUEVO AÑO

... meditándolas en su corazón.

Dice el teólogo Ladislao Boros en alguno de sus escritos que uno de los principios cardinales de la vida cristiana consiste en que «Dios comienza siempre de nuevo». Con él nada hay definitivamente perdido. En él todo es comienzo y renovación.

Por decirlo de manera sencilla, Dios no se deja desalentar por nuestra mediocridad. La fuerza renovadora de su perdón y de su gracia es más vigorosa que nuestros errores y nuestro pecado. Con él, todo puede comenzar de nuevo.

Por eso, es bueno comenzar el año con voluntad de renovación. Cada año que se nos ofrece de vida es un tiempo abierto a nuevas posibilidades, un tiempo de gracia y de salvación en el que se nos invita a vivir de manera nueva. Por ello, es importante escuchar las preguntas que pueden brotar de nuestro interior.

¿Qué espero yo del nuevo año? ¿Será un año dedicado a «hacer cosas», resolver asuntos, acumular tensión, nerviosismo y malhumor o será un año en que aprenderé a vivir de manera mas humana?

¿Qué es lo que realmente quiero yo este año? ¿A qué dedicaré el tiempo más precioso e importante? ¿Será, una vez más, un año vacío, superficial y rutinario, o un año en que amare la vida con gozo y gratitud?

¿Qué tiempo reservaré para el descanso, el silencio, la música, la oración, el encuentro con Dios? ¿Alimentaré mi vida interior o viviré de manera agitada, en permanente actividad, corriendo de una ocupación a otra, sin saber exactamente qué quiero ni para qué vivo?

¿Qué tiempo dedicaré al disfrute íntimo con mi pareja y a la convivencia gozosa con los hijos? ¿Viviré fuera de mi hogar organizándome la vida a mi aire o sabré amar con más dedicación y ternura a los míos?

¿Con quiénes me encontraré este año? ¿A qué personas me acercaré? ¿Pondré en ellas alegría, vida, esperanza, o contagiaré desaliento, tristeza y muerte? Por donde yo pase, ¿será la vida más gozosa y llevadera o más dura y penosa?

¿Viviré este año preocupado sólo por mi pequeño bienestar o me interesaré también por hacer felices a los demás? ¿Me encerraré en mi viejo egoísmo de siempre o viviré de manera creativa, tratando de hacer a mí alrededor un mundo más humano y habitable?

¿Seguiré viviendo de espaldas a Dios o me atreverá a creer que es mi mejor Amigo? ¿Permaneceré mudo ante él, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin desde mi interior una invocación humilde pero sincera?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2003-2004 – A QUIÉN IREMOS
1 de enero de 2004

PREGUNTAS DE AÑO NUEVO

María conservaba estas cosas meditándolas en su corazón.

Hoy comenzamos un «año nuevo». ¿Cómo será?, ¿qué espero yo del nuevo año?, ¿qué deseo de verdad?, ¿qué es lo que necesito?, ¿a qué dedicaré mi tiempo más precioso e importante?, ¿qué sería para mí algo realmente nuevo y bueno en este año que hoy comienza?

¿Viviré de cualquier manera, pasando de una ocupación a otra, sin saber exactamente qué quiero ni para qué vivo, o aprenderé a distinguir lo importante y esencial de lo que es secundario? ¿Viviré de forma rutinaria y aburrida, o aprenderé a vivir con espíritu más creativo?

¿Seguiré este año alejándome un poco más de Dios o empezaré a buscarlo con más confianza y sinceridad? ¿Seguiré un año más mudo ante él, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin de mi alma maltrecha una invocación pequeña, humilde pero sincera?

¿Viviré también este año preocupado solo por mi bienestar o sabré preocuparme alguna vez de hacer felices a los demás?, ¿a qué personas me acercaré?, ¿sembraré en ellas alegría, o contagiaré desaliento y tristeza? Por donde yo pase, ¿será la vida más amable y menos dura?

¿Será un año más, dedicado a hacer cosas y más cosas, acumulando egoísmo, tensión y nerviosismo o tendré tiempo para el silencio, el descanso, la oración y el encuentro con Dios?, ¿me encerraré solo en mis problemas o viviré tratando de hacer un mundo más humano y habitable?

¿Seguiré con indiferencia las noticias que día a día me llegarán desde los países del hambre?, ¿contemplaré impasible los cuerpos destrozados de las gentes de Irak o los ahogados de las pateras?, ¿seguiré mirando con frialdad a los que vienen hasta nosotros buscando trabajo y pan? ¿Cuándo aprenderé a mirar a los que sufren con corazón responsable y solidario?

Lo «nuevo» de este año no nos vendrá de fuera. La novedad solo puede brotar de nuestro interior. Este año será nuevo si aprendo a creer de manera nueva y más confiada, si encuentro gestos nuevos y más amables para convivir con los míos, si despierto en mi corazón una compasión nueva hacia los que sufren.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
1 de enero de 2003

CAMBIAR

Al cumplirse ocho días.

Tampoco este año cambiaremos mucho. En el calendario será un año nuevo. Nunca lo habíamos vivido con anterioridad. Pero nuestra vida será parecida pues seguiremos cometiendo los mismos errores. ¿Se puede hacer algo para aprender a vivir de manera diferente?

No hemos de buscar enseguida grandes cambios. No estamos preparados. La verdadera transformación se va dando en nosotros poco a poco, casi sin damos cuenta. No hay soluciones rápidas a nuestros problemas. Lo primero es escuchar despacio las preguntas que llevamos dentro: ¿qué deseo exactamente?, ¿qué busco?, ¿hacia dónde quiero caminar? Hemos de amar y ser pacientes con «lo que está sin resolver en nuestro corazón». Lo decía el poeta Rilke.

Este año nos pasará seguramente lo de siempre. Seremos víctimas fáciles de los acontecimientos. Nuestro estado de ánimo y nuestro comportamiento dependerán de lo que nos vaya ocurriendo. Si no vivimos en atención vigilante, nuestra vida será una secuencia de reacciones mecánicas, que no nacen del centro de nuestro ser. Sólo la vigilancia interior cambia nuestra mente y nuestro corazón. Sólo desde dentro se aprende a ser mejor.

También este año habrá acontecimientos, personas y situaciones que romperán nuestros planes y proyectos provocando en nosotros rabia, frustración, tristeza profunda o sensación de impotencia. No lo podemos evitar. Lo viviremos como «desgracia» o «mala suerte», pero pueden ser momentos privilegiados para conocemos mejor, aprender a reaccionar y, sobre todo, descubrir fuentes más profundas para vivir.

Ése puede ser precisamente nuestro verdadero problema: no tener fuerzas para cambiar. ¿Quién me puede ayudar a transformar mi corazón? ¿Qué sicólogo me enseñará a ser más humano cada día? ¿Quién me indicará la fuente de la verdadera alegría?

La fe no es una receta para vivir, pero la experiencia de un Dios cercano y el seguimiento evangélico al Maestro de Galilea ofrecen una luz y una fuerza dificiles de encontrar en otra parte. Este año será nuevo si aprendo a comunicarme de manera nueva y más honda con Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
1 de enero de 2002

ARRIESGARSE

… meditándolas en su corazón.

Los expertos afirman que ha crecido en la sociedad moderna la búsqueda de seguridad. Es normal que suceda así en tiempos de crisis. Las personas se arriesgan cada vez menos. Es lo mejor para no tener problemas o disgustos. No hay que cometer errores. Hay que medir bien las consecuencias para evitar críticas o rechazos.

Unos se defienden reduciendo su vida al ámbito de lo privado. Otros se parapetan detrás de una ideología, una religión o un código de comportamiento social obligado. Hay que ser políticamente o religiosamente correcto. Es peligroso salirse del «pensamiento único».

Ahora bien, quien sólo busca seguridad, termina empobreciendo su existencia. Es difícil que en esa vida aparezca algo realmente nuevo. Las personas se incapacitan para tener ideas nuevas. Pierden creatividad. Se les apaga la imaginación. Su vida es pura repetición.

Ésta búsqueda de seguridad que tanto puede paralizar la vida no afecta sólo a los individuos. Hay un modo de hacer política inmediatista y pragmática que ahoga cualquier proyecto renovador para el futuro. Los problemas siguen bloqueados por falta de voluntad y de audacia. Algo parecido sucede en la Iglesia. Vivimos tiempos de graves crisis, pero nos falta valor para intentar caminos nuevos. Nos parece más seguro y hasta más evangélico seguir haciendo lo de siempre.

Es difícil imaginar un deseo más irreal y falso que ése del «Año Nuevo, vida nueva», que se repite entre nosotros estos días. Una cifra nueva en nuestros calendarios no introducirá nada nuevo en nuestras vidas. Si los políticos no actúan de manera más audaz y decidida, nuestros problemas seguirán bloqueados. Si en la Iglesia no confiamos más en la fuerza renovadora del Evangelio, seguiremos evitando posibles riesgos y errores, pero no aportaremos luz y esperanza al mundo moderno.

Para cada uno de nosotros, este año será nuevo si nos entusiasmamos por algún proyecto nuevo, si tomamos iniciativas nuevas, si nos arriesgamos a amar con más generosidad, si nos atrevemos a creer en Dios con más verdad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2000-2001 – BUSCAR LAS RAÍCES
1 de enero de 2001

HORAS IMPORTANTES

María conservaba estas cosas meditándolas en su corazón.

Desconocemos lo que nos espera en el nuevo año. No sabemos siquiera si lo terminaremos. Nadie lo sabe. Así caminamos los humanos a través del tiempo. Es normal que se despierten en nosotros preguntas inquietantes: ¿qué nos traerá el nuevo año?, ¿con qué me iré encontrando a lo largo de los días?, ¿tendré suerte?, ¿me irá mal?

También nos podemos preguntar: ¿cómo viviré yo este año?, ¿en qué puedo crecer?, ¿en qué me puedo estropear?, ¿me renovaré interiormente o envejeceré?, ¿será un año lleno de vida?, ¿será vacío y rutinario?

No todas las horas del nuevo año serán iguales. Habrá momentos importantes y momentos que apenas dejarán huella en nosotros. Pero, a veces, experiencias que no parecen dignas de ser registradas en un diario, pueden tener gran significado en nuestra vida. Quiero recordar algunas.

Si en algún momento de este año soy capaz de renunciar al egoísmo en el que normalmente vivo atrincherado y me decido a hacer algún gesto de bondad sin buscar contrapartidas ni exigir reconocimiento, habrá sido una hora importante.

Si en alguna circunstancia me olvido de otros intereses y actúo simplemente por honestidad, aunque sé que voy a quedar ante muchos como un imbécil, será una hora importante, pues habré recuperado mi dignidad.

Si un día de este nuevo año, decido por fin pararme a reflexionar para poner más verdad en mi vida, escuchando la voz íntima de mi conciencia, habrá sido una hora muy importante.

Si en algún momento renuncio a excusarme como acostumbro, escucho la crítica de quienes me conocen bien, y hago un esfuerzo por corregir mi vida de defectos y miserias que no aceptaría en los demás, será una hora importante, pues empezaré a cambiar.

Si un día, en vez de rezar como siempre de manera rutinaria y aburrida, me olvido de pronunciar palabras y me quedo en silencio ante Dios despertando en mi corazón la confianza y el agradecimiento, será una hora muy importante en la historia de mi fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
1 de enero de 2000

AÑO NUEVO

Al cumplirse los ocho días.

No es fácil comenzar un año nuevo. Lo desconocido inquieta, no sabemos lo que nos traerá. Por eso lo festejamos de manera ruidosa: ya no es sólo la cena de Nochevieja y las ofertas especiales de las cadenas televisivas; son cada vez más los que comienzan el año echando cohetes o haciendo explotar petardos. También los antiguos romanos metían ruido para ahuyentar los malos espíritus al inicio del año. Pero se puede comenzar el año en silencio. Es, sin duda, la manera más lúcida de adentramos en el misterio de ese tiempo que no podemos detener y que constituye nuestra vida.

No es difícil recordar el año que se va: hemos vivido alegrías y sinsabores; hemos hecho cosas buenas y hemos cometido errores; nos hemos encontrado con personas nuevas; hemos amado y sufrido; algo ha crecido en mí y algo se ha apagado. Esa es mi verdad, ése soy yo. Si en algún rincón de mi alma sigue viva una pequeña fe, puedo agradecer, pedir perdón y confiar en ese Misterio que los creyentes llaman Dios.

Llega ahora un año nuevo. Lo nuevo no sólo inquieta, también tiene su atractivo. Lo nuevo es algo intacto, inédito, lleno de posibilidades: produce un placer especial conducir un coche nuevo, escuchar por primera vez un compacto, estrenar una prenda de vestir. Pero, ¿qué puede haber de realmente nuevo en el año que comienza? Tal vez, lo que más novedad puede introducir en nuestra vida es nuestra manera nueva de vivirla.

¿Puedo ser yo un «hombre nuevo», una «mujer diferente»? ¿Se pueden despertar en mí ideas y sentimientos nuevos? ¿Puedo recorrer caminos no transitados, encontrar gestos nuevos, amar con nueva ternura, acercarme a Dios con corazón renovado? No hace falta que lo cambie todo. En realidad, lo nuevo está ya en germen dentro de mí. Lo importante es que viva atento a lo mejor que hay en mi corazón acogiendo aquello que me puede hacer crecer.

Por eso, es bueno que nos deseemos mutuamente un Año Nuevo feliz, pero es mejor todavía que nos preguntemos: ¿qué deseo realmente para mí?, ¿qué es lo que necesito?, ¿qué busco?, ¿qué sería para mí algo realmente nuevo y bueno en este año que comienza?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
1 de enero de 1999

NUEVO

Dando gloria y alabanza a Dios.

Mañana comenzaremos un año nuevo. Todos conocemos el ritual: cenas ruidosas, copas de champagne y augurios de felicidad. ¿Cómo creer de verdad en esa mentira repetida una y otra vez deseándonos «año nuevo, vida nueva». Año nuevo, pero vida nada nueva, nada diferente y renovada.

Además, no nos gusta por lo general lo realmente nuevo. Lo nuevo es desconocido, nos inquieta, no lo podemos controlar. Nos tranquiliza más recorrer los caminos conocidos de siempre. Es más seguro. Sin embargo, algo queremos desearnos mutuamente con esos saludos de comienzo de año. En el fondo, todos intuimos que hemos nacido para vivir algo más grande, más pleno y verdadero que lo que vamos conociendo año tras año.

Pero, ¿qué puede haber de nuevo en el año que comienza? ¿Qué puede suceder de nuevo por el hecho de que el reloj dé esta noche doce campanadas? Nada realmente. También el próximo año se sucederán los hechos de siempre, las mismas desgracias, los mismos errores, parecidas satisfacciones. Lo que puede introducir verdadera novedad en nuestra vida es la manera nueva de vivirla. Nuestra actitud nueva ante los acontecimientos, las personas y las cosas.

Este año será nuevo si sabemos mirar los rostros de las personas queridas con más cariño y más comprensión, si sabemos estar más atentos a los desconocidos y detenemos ante quienes sufren. Será nuevo si sabemos hacer cosas tan sencillas como mirar de manera diferente la belleza de los paisajes de siempre o disfrutar más despacio del encanto de las estaciones.

Será un año nuevo si hacemos a Dios más sitio en nuestra vida, si aprendemos a creer de manera diferente, con más confianza y menos miedos. Si nos atrevemos a rezarle no sólo con oraciones prestadas, sino con palabras salidas de nuestro corazón.

En la liturgia de este primer día del año se recuerda una hermosa bendición judía que dice así: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz» (Números 6, 24-26). Esta bendición de Dios será nueva cada día. Dios no se repite y aunque nosotros sigamos los caminos viejos de nuestros errores y pecados de siempre, El estará cerca buscando en todo nuestro bien. Dios será la verdadera novedad del año.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1997-1998 – UN CAMINO DIFERENTE
1 de enero de 1998

NUEVO AÑO

Dando gloria y alabanza a Dios.

Se ha dicho que el aburrimiento es una de las enfermedades más graves de nuestro tiempo. Las personas se aburren, se cansan de vivir, no saben ya qué hacer para sentirse vivas por dentro.

No estamos hablando de esa sensación que podemos experimentar cuando nos aburre la lectura de un libro o la conversación con una persona. Se trata de un aburrimiento más profundo, que viene desde dentro y envuelve toda la existencia de indiferencia, escepticismo y tedio. Todo parece entonces soso e insípido. Nada merece la pena. Se vive en un desierto interior.

Este aburrimiento no es una enfermedad nueva. Los medievales la llamaban acedia, y Santo Tomás de Aquino dice de ella que es la causa primera de muchos males, pues destruye de raíz el deseo de vivir de manera activa. Es normal que las personas traten de huir de este aburrimiento y vacío interior. Pero no todos los caminos son igualmente acertados.

Hay quienes buscan la huida en la diversión. Necesitan proteger su vida entreteniéndose en algo. Hay que disfrutar al máximo de todo. Pero paradójicamente, una vida dedicada al hedonismo es con frecuencia poco divertida. «La buena vida puede ser algo desesperadamente poco festivo» (J. Pieper).

Otros buscan la novedad y variedad. Tratan de romper la monotonía de su vida visitando nuevos lugares, estableciendo nuevas relaciones o cambiando sus hábitos y costumbres. Todo puede ser ayuda positiva. Pero la novedad ha de venir de dentro hacia fuera, no de fuera hacia dentro.

La verdadera liberación consiste en descubrir de nuevo un sentido a la vida. Recuperar «el amor creador», que es lo más contrario al aburrimiento. Despertar nuestra vida interior, cuidarla mejor, enriquecerla.

Hoy comenzamos un año nuevo. ¿Cómo será? ¿Estará marcado por el aburrimiento o por el amor creativo? ¿Será un año dedicado a «hacer cosas», resolver asuntos, asegurar mi pequeño bienestar, acumular egoísmo, nerviosismo y tensión? ¿Será un año en que aprenderé a ser más humano? ¿Sabré amar con más ternura y dedicación?

¿Qué tiempo dedicaré al silencio, a la intimidad, al descanso, a la amistad, a la oración y al encuentro con Dios? ¿A qué personas me acercaré, a quienes podré hacer un poco más felices, en quién despertaré un poco de alegría y esperanza?

¿Qué es lo que realmente quiero yo de este año? ¿Será un año vacío, aburrido, triste y rutinario? ¿Será un año en que crecerá mi fe y aumentará mi esperanza? ¿Será un año que me acercará a la vida eterna?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
1 de enero de 1997

AÑO 2000

Al cumplirse los ocho días.

Hemos dejado atrás un año más y nos disponemos a comenzar otro nuevo. Esta vez, un año mágico: el dos mil. El cambio de los cuatro dígitos es, sin duda, un hecho trivial en sí mismo, pero parece que nos lleva a tomar conciencia más viva del paso del tiempo, esa curiosa realidad que, como decía san Agustín, todos conocemos mientras no nos preguntan por ella.

En realidad, nuestro calendario no es otra cosa que la medida de las rotaciones de la tierra. En veinticuatro horas gira la tierra en torno a sí misma, y en trescientos sesenta y cinco días en torno al sol. El día y el año no son, en definitiva, sino medidas puramente mecánicas. No es extraño que la civilización griega considerara el tiempo como una marcha circular que se repite siempre de nuevo. La tierra va realizando su carrera sin tener en cuenta los sufrimientos o las esperanzas de los hombres y mujeres que viven sobre ella.

Sólo la fe transforma la comprensión del tiempo y le da un sentido nuevo. El comienzo cristiano del año con la celebración de la Navidad es algo totalmente distinto del inicio del año civil del calendario. Es comenzar un nuevo paso hacia la eternidad de Dios apoyados en la fe en su Hijo encarnado entre nosotros.

En cualquier caso, es un momento oportuno para la reflexión. Muchas cosas que nos preocupaban y angustiaban ya han pasado. Tal vez no tenían la importancia que les habíamos atribuido. También lo que ahora nos agobia pasará. Con el año viejo se van no sólo las experiencias duras, sino también las horas hermosas y gozosas. Todo pasa. Nada permanece. Cuanto más avanzamos en edad mejor percibimos el paso inexorable del tiempo.

Pero comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada comienzo hay algo maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege». Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos de fe. De nuevo se nos regala un tiempo lleno de posibilidades intactas. ¿Cómo será el nuevo año? ¿Aprenderemos a distinguir lo esencial de lo secundario? Tendremos tiempo para trabajar y para divertirnos, para sufrir y para disfrutar; ¿tendremos tiempo para crecer como personas y como creyentes?

Tendremos tiempo para nuestras cosas, nuestros «hobbies» y nuestros amigos; ¿tendremos tiempo para ser nosotros mismos?; ¿tendremos tiempo para Dios? Una cosa es segura, ese Dios olvidado y arrinconado tantas veces a lo largo del año, «tendrá tiempo» para nosotros, todo su tiempo, pues nos acompañará con amor día a día.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
1 de enero de 1996

DESPEDIR EL AÑO

Dando gloria y alabanza a Dios.

Paso los últimos días del año conviviendo con misioneros y misioneras que trabajan en Rwanda. Aquí están, en medio de la tragedia de este pueblo dividido por el odio y amenazado por la muerte y el hambre. Aquí viven aliviando el dolor de la gente, curando como pueden a los enfermos, organizando la acogida a los huérfanos y tratando de quitar el hambre.

Les oigo hablar de sus experiencias en los campos de refugiados y de sus visitas a las cárceles. Les veo arriesgar su propia seguridad para estar cerca de los que sufren. Hablan de las cosas más terribles con la mayor sencillez. No son héroes. Al menos, ellos, nunca se dejarían llamar así. Son hombres y mujeres movidos por una fe grande en Dios y por un amor incondicional al ser humano.

Estos misioneros despiden un año duro y difícil y comienzan otro lleno de incertidumbre. Mientras convivo con ellos, llegan hasta aquí noticias de que en el País Vasco sigue corriendo la sangre. Van pasando los años y nada parece cambiar. ¿Por qué no somos capaces ya de abrir caminos de diálogo y pacificación?

Llega el momento de despedir el año. Cada uno ha de hacerlo en lo hondo de su corazón porque cada persona es diferente. El año vivido por uno, no es igual al que ha vivido el otro. Cada uno va recorriendo su propio camino. Ha transcurrido un año más. Queda para siempre en nuestro pasado, con sus trabajos y sus penas, con sus gozos y sus logros.

Pero, ¿dónde queda este año que ahora termina?, ¿desaparece en la nada?, ¿lo podemos confiar a Alguien? Sin duda, este año es nuestro, lo hemos vivido nosotros y nos pertenece. Pero es un año que lo dejamos para siempre en manos de Dios.

No lo podemos hacer sin pedir perdón, no sólo por nuestra mediocridad, sino, sobre todo, por el bien que hemos dejado de hacer. Hemos de despedirlo también con un sentimiento de agradecimiento. Dios nos ha ido regalando la vida día a día. No importa que nosotros lo hayamos olvidado. El ha estado ahí. Como dice san Pablo: «En Él vivimos, nos movemos y existimos.» No nos ha faltado su bendición. Su gracia ha sido más grande que nuestro pecado. Su misericordia, mayor que nuestra mediocridad.

Sin detenernos un instante, entraremos en un año nuevo. Sabemos que será un año como tantos otros. La única novedad será la que introduzcamos nosotros mismos en nuestra propia vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1994-1995 – VIVIR DESPIERTOS
1 de enero de 1995

LA PAZ ES POSIBLE

Dando gloria y alabanza a Dios.

Con el título “También hoy es posible la paz. Hagámosla”, el obispo de San Sebastián, José María Setién, publicaba hace un año una carta pastoral sobre la pacificación en el País Vasco. El escrito, lleno de realismo y esperanza, es, al mismo tiempo, una llamada a construir la paz. Recojo algunas de sus afirmaciones más importantes, en este Día Mundial de la Paz.

La paz habrá de alcanzarse a través de procesos que sean ellos mismos pacíficos y, por ello, pacificadores... Las acciones que atentan directamente contra los derechos fundamentales de personas concretas son incompatibles con la justicia de un proceso de paz.
Decimos con rotundidad que NO a los asesinatos, a los secuestros, a las amenazas y a los chantajes de ETA, lo mismo que decimos NO a las torturas, a los malos tratos y a las violaciones de los derechos reconocidos a los presos. Ese NO... se convierte en un SÍ radical a la dignidad humana y a los derechos que la protegen, y también a la pacificación social.

La calle no debe ser objeto de conquista para nadie. La calle es patrimonio de todos, como lo es el espacio público del que necesitamos para no asfixiarnos... Se ha de afirmar el derecho a un uso plural de los espacios públicos, sin violencias ni contaminaciones que hagan impracticable e irrespirable el clima que en ellos se pueda crear. No es verdad que cada cual puede hacer lo que quiera en la calle y con la calle, solamente porque ello pueda serle útil.

Hay que saber distinguir entre lo que es el ejercicio de la libre expresión y manifestación, propias de una sociedad democrática, y lo que es la «lucha» que lleva consigo la agresión contra los derechos de las personas y contra los bienes materiales públicos o de personas y entidades privadas.

No trabaja al servicio de la paz quien responde con agresión a la agresión. Para rechazar las agresiones injustas deben buscarse caminos distintos de la confrontación cívica... Un pueblo debe tener y debe ejercer los medios legítimos para la eliminación de la violencia callejera.

La búsqueda colectiva de la verdad, necesaria para podernos entender, exige afirmar y asegurar el clima de libertad necesario para poder decirla, con exclusión de las amenazas veladas o manifiestas que traten de amordazarla. Nadie tiene derecho a machacar a cuantos, desde las diversas perspectivas y caminos de acceso a la verdad, tratan de hacer su aportación en favor de la clarificación de los hechos, de sus causas y de lo que cree ser un paso hacia adelante al servicio de la justicia y de la paz.

Dialogar no quiere decir dar por bueno lo hecho por aquel con quien se dialoga. Lo que el diálogo debe buscar no es otra cosa que el cambio de la situación dolorosa en que nos hallamos, para dar así el paso a una situación normalizada y más humana.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
1 de enero de 1994

CON FECHA DE CADUCIDAD

… meditándolas en su corazón.

No lo puedo evitar. En cuanto las grandes cadenas de televisión ponen en marcha sus programas especiales de fin de año, me viene a la memoria lo que escribía a comienzos de siglo el célebre filósofo alemán Max Scheler: «Cuanto más abigarrado, alegre, ruidoso y atractivo se hace el entorno, tanto más triste es, por lo común, el interior del hombre. Cosas muy alegres, contempladas por hombres muy tristes, que no saben qué hacer con ellas; tal es el ‘sentido’ de nuestra cultura del placer en las grandes ciudades.»

Tal vez los jóvenes no lo perciban todavía así. Pero, a partir de la segunda mitad de la vida, no resulta tan alegre y divertido ir dejando atrás un año y otro para seguir la travesía de la vida. Es fácil que esta misma noche, entre cenas ruidosas y animados «cotillones», más de uno sienta por dentro una insatisfacción profunda, una ausencia de alegría y entusiasmo por la vida. El descontento no proviene de ninguna causa en concreto. Se sufre por uno mismo, por la condición fugaz de la vida, por el paso del tiempo.

A partir de cierta edad, se comienza a percibir el tiempo de otra manera. Simone de Beauvoir dice que la edad «modifica nuestra relación con el tiempo. A lo largo de los años, nuestro futuro se encoge, mientras nuestro pasado se va tomando pesado». El joven cree «disponer» de tiempo sin límite alguno. Pero, a partir de los cuarenta años, más o menos, el tiempo comienza a aparecer como una reserva que se va agotando sin remedio. No es fácil entonces cambiar el calendario sin recordar que uno lleva consigo su propia «fecha de caducidad».

La primera mitad de la vida es expansión y desarrollo. La segunda, reducción y atardecer. No se puede vivir de la misma manera. Es una equivocación «conservarse» siempre joven. La vida misma reclama un sentido nuevo y nos obliga a redimensionar la existencia, si queremos proseguir el viaje de forma sana.

Y aquí viene el problema. Nuestra sociedad no educa para la segunda mitad de la vida. Solo prepara al individuo para competir y buscarse un sitio en la sociedad. Cuando la persona termina su formación, sabe de informática, de números, química o estrellas, pero no entiende casi nada de sí misma. No sabe desde dónde dar sentido a su existencia. Lo desconoce casi todo sobre las grandes travesías de la vida. Y lo que es peor: no sabe a dónde recurrir. A nuestra sociedad competitiva no le interesa nada de esto.
Todavía no contamos entre nosotros con una experiencia larga y generalizada de lo que es vivir sin fe todas las fases de la vida, desprovistos de sentido y de esperanza ante lo irremediable. Pero, cuando la persona pierde con los años la ilusión de la inmortalidad y comienza a gestarse secretamente en su interior ese «nacimiento de la muerte» del que habla K Jung, el ser humano siente la necesidad de definir su existencia desde la verdad última de todo. El creyente lo hace desde su fe en Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
1 de enero de 1993

BALANCE

Meditándolas en su corazón.

Acabamos de concluir un año para comenzar otro nuevo. Son días propicios para el balance y la reflexión. La persona que nunca se detiene para encontrarse consigo misma, corre el riesgo de vivir ausente de su centro, dejándose llevar por la vida, sin renovarse ni ser ella misma.

Por eso, es bueno en estas fechas detenernos para ponernos en contacto con nuestro verdadero yo. Sin miedo alguno, con paz, ante ese Dios que sólo quiere nuestro bien. Pero, ¿cómo se hace un balance personal? ¿Cómo comenzar el año en actitud de renovación? He aquí algunas sugerencias.

Tal vez, lo primero es preguntarnos cuál es nuestro estado de ánimo en estos momentos. Comienza un año nuevo, ¿qué siento dentro de mí? ¿Verdad, paz, vida? O por el contrario, ¿percibo turbación, ansiedad y confusión? Es bueno mirar de frente nuestros sentimientos y ponerles nombre. Ahí podemos encontrar ya alguna luz para orientar nuestra vida por un camino más acertado.

Pero hemos de preguntarnos enseguida por lo positivo que hay en nuestra vida. ¿Qué he recibido de bueno a lo largo de este año? ¿Qué experiencias y encuentros positivos he vivido? ¿Qué es lo que más he de agradecer? Experimentar la vida como don que vamos recibiendo gratuitamente es una de las maneras más espontáneas de ir descubriendo la bondad de Dios. Sólo este convencimiento podría ya cambiar mi vida.

Hay otras preguntas de suma importancia. ¿Qué he aprendido este año? ¿Qué he descubierto con más claridad sobre mí mismo o sobre los demás? He descubierto a Dios en mis gozos y mis penas, en mis temores y en mis trabajos? ¿Ha habido algún acontecimiento o alguna persona que me ha dado nueva luz? Nuestra experiencia no crece sólo con el pasar de los años, sino con la reflexión que vamos haciendo sobre lo vivido.

También hemos de revisar nuestros errores. ¿Qué equivocaciones he cometido a lo largo de este año? ¿Qué relaciones he estropeado? ¿Qué es lo que más he descuidado? ¿Por qué he vivido tan ocupado por mis cosas y tan olvidado del bien de los demás? Arrepentirse y distanciarse de lo malo que ha habido en nuestra vida es ya una manera de renovarse y despertar lo mejor que hay dentro de nosotros.

Ahora comienza un año nuevo. ¿No siento ninguna llamada en mi interior? ¿Cómo quiero que sea este año? ¿Qué he de hacer para vivir de manera más sana y más humana? No sabemos qué nos espera a lo largo de este año que comienza. Una cosa es segura. Dios estará siempre buscando nuestro bien. Podremos confiar en El.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1991-1992 – SIN PERDER LA DIRECCIÓN
1 de enero de 1992

POR LA PAZ

Dando gloria y alabanza a Dios.

Hoy se celebra en el mundo entero el Día de la Paz. En medio de una humanidad envuelta en tantas guerras y conflictos, la Iglesia desea comenzar el nuevo año elevando hasta Dios una oración por la paz.

Pero, ¿qué puede significar hoy una oración por la paz en este pueblo desgarrado por tanta violencia? ¿Un entretenimiento religioso para aquellos que no saben o no se atreven a hacer nada más eficaz por lograrla? ¿Un tranquilizante cómodo que nos consuela de nuestra pasividad e inhibición?

Antes que nada, conviene recordar que nuestra oración no es para informar a Dios de la falta de paz que hay entre nosotros. No es Dios el que necesita «enterarse» de la ausencia de paz en el mundo, sino nosotros los que necesitamos descubrir los obstáculos que cada uno ponemos a la justicia y a la paz.

No es Dios quien tiene que «reaccionar», cambiar de manera de actuar y «hacer algo» para que se cumplan nuestros deseos de paz. Somos nosotros los que tenemos que cambiar para ajustar nuestras actuaciones y nuestra vida a los deseos de paz de Dios para la humanidad.

Si la oración es encuentro sincero con Dios, no lleva a la evasión y la cobardía. Al contrario, fortalece nuestra voluntad, estimula nuestra debilidad y robustece nuestro ánimo para buscar la paz y trabajar por ella incansablemente.

Quien pide la paz ardientemente, se hace más capaz para acogerla en su corazón. Más aún. Quien ora así a Dios, está haciendo ya la paz en su interior. No podrá «orar contra nadie» si no es contra su propio pecado, su ceguera, su egoísmo e intolerancia, sus reacciones de odio y venganza.

La verdadera oración convierte. Nos hace más capaces de perdón y reconciliación, más sensibles frente a cualquier injusticia, abuso y mentira. Más libres frente a cualquier manipulación.

No se puede trabajar por la paz de cualquier manera, pues introduciremos inconscientemente nuevos géneros de violencia y conflictividad entre nosotros. Con el corazón lleno de odio, condena, intolerancia y dogmatismo, se pueden hacer muchas cosas. Todo menos aportar verdadera paz a la convivencia entre los hombres. ¿No necesitaremos todos detenernos más a hacer paz en nuestro corazón? ¿No estará este pueblo necesitado de más oración por la paz?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
1 de enero de 1991

VIDA NUEVA

… meditándolas en su corazón.

Hacemos muchas cosas a lo largo de la vida. Trabajamos, nos divertimos, creamos relaciones y nos empeñamos en mil actividades. Pero lo realmente importante es nuestra manera de ser en todo eso que realizamos.

Esa manera nuestra de vivir las cosas es la que da su verdadera calidad a cada instante de nuestra vida. Desde nuestra actitud interior vamos poniendo un sello personal a todo lo que hacemos, estropeando los momentos más sublimes o transfigurando los detalles más insignificantes.

Los instantes más bellos y las actividades más gozosas se oscurecen cuando la persona los vive desde el aburrimiento, la tristeza o el resentimiento. Por el contrario, una actitud positiva y creadora pone calor y vida incluso a los trabajos más aburridos y desagradables.

El inicio de un nuevo año puede ser buena ocasión para preguntarnos cómo estamos viviendo, y para decidir cómo queremos ser a lo largo del año que comienza.

No es necesario elaborar muchos proyectos. Lo importante no es la cantidad de cosas nuevas que deberíamos hacer en el nuevo año, sino la calidad de vida que hemos de cuidar día a día.

Lo decisivo es aprender a vivir de lo esencial. Hacernos preguntas como ésta: Cuando me encuentre agitado y contrariado por mil experiencias negativas, ¿me detendré a recuperar el centro de mi vida? Cuando me sienta desbordado por un programa sobrecargado de actividades y compromisos, ¿dónde pondré yo lo esencial?, ¿a qué le daré verdadera importancia? Si al pasar de los años no vamos unificando nuestra vida sino, por el contrario, vivimos cada vez más dispersos, estamos siguiendo un camino equivocado.

Naturalmente, hemos de ser realistas y contar siempre con nuestras limitaciones. También en el futuro seguiremos cometiendo errores: estropearemos nuestras relaciones con nuestro torpe egoísmo, nos dejaremos llevar más de una vez por intereses mezquinos, seremos incoherentes con nuestras propias convicciones.

Pero todos esos errores y sombras pueden ser integrados poco a poco desde una actitud positiva más profunda. Se puede vivir abierto sinceramente a lo esencial a pesar de todos los pecados y debilidades. Ese es el secreto y la fuerza del creyente. Los problemas no desaparecen, la mediocridad sigue ahí. Pero uno cuenta siempre con la acogida y el perdón renovador de Dios.

Podemos saludar el año nuevo con confianza. Sólo hemos de preocuparnos de nuestra disponibilidad. Por lo demás, el Dios que guía nuestra vida quiere para nosotros lo mejor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
1 de enero de 1990

ANTE UN NUEVO AÑO

... Meditándolas en su corazón.

Dice el teólogo Ladislao Boros en alguno de sus escritos que uno de los principios cardinales de la vida cristiana consiste en que «Dios comienza siempre de nuevo». Con él nada hay definitivamente perdido. En El todo es comienzo y renovación.

Por decirlo de manera sencilla, Dios no se deja desalentar por nuestra mediocridad. La fuerza renovadora de su perdón y de su gracia es más vigorosa que nuestros errores y nuestro pecado. Con El, todo puede comenzar de nuevo.

Por eso, es bueno comenzar el año con voluntad de renovación. Cada año que se nos ofrece de vida es un tiempo abierto a nuevas posibilidades, un tiempo de gracia y de salvación en el que se nos invita a vivir de manera nueva. Por ello, es importante escuchar las preguntas que pueden brotar de nuestro interior.

¿Qué espero yo del nuevo año? ¿Será un año dedicado a «hacer cosas», resolver asuntos, acumular tensión, nerviosismo y malhumor o será un año en que aprenderé a vivir de manera más humana?

¿Qué es lo que realmente quiero yo este año? ¿A qué dedicaré el tiempo más precioso e importante? ¿Será, una vez más, un año vacío, superficial y rutinario, o un año en que amaré la vida con gozo y gratitud?

¿Qué tiempo reservaré para el descanso, el silencio, la música, la oración, el encuentro con Dios? ¿Alimentaré mi vida interior o viviré de manera agitada, en permanente actividad, corriendo de una ocupación a otra, sin saber exactamente qué quiero ni para qué vivo?

¿Qué tiempo dedicaré al disfrute íntimo con mi pareja y a la convivencia gozosa con los hijos? ¿Viviré fuera de mi hogar organizándome la vida a mi aire o sabré amar con más dedicación y ternura a los míos?

¿Con quiénes me encontraré este año? ¿A qué personas me acercaré? ¿Pondré en ellas alegría, vida, esperanza, o contagiaré desaliento, tristeza y muerte? Por donde yo pase, ¿será la vida más gozosa y llevadera o más dura y penosa?

¿Viviré este año preocupado sólo por mi pequeño bienestar o me interesaré también por hacer felices a los demás? ¿Me encerraré en mi viejo egoísmo de siempre o viviré de manera creativa, tratando de hacer a mi alrededor un mundo más humano y habitable?

¿Seguiré viviendo de espaldas a Dios o me atreveré a creer que es mi mejor Amigo? ¿Permaneceré mudo ante El, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin desde mi interior una invocación humilde pero sincera?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1988-1989 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de enero de 1989

ORACION PARA NOCHEVIEJA

María conservaba todas estas cosas.

Señor, antes de entrar en el bullicio y el aturdimiento del fin de año, quiero esta tarde encontrarme contigo despacio y con calma.

Son pocas las veces que lo hago. Tú sabes que ya no acierto a rezar. He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño y no he aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.

Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en Tí Han pasado tantas cosas estos años. Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro. Yo quisiera sentirte más vivo y más cercano. Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil.

Y sin embargo, Señor, yo te necesito. A veces me siento muy mal dentro de mí. Van pasando los años y siento el desgaste de la vida. Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos. Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.

Ya ha pasado un año más. Esta noche comenzaremos un año nuevo, pero yo sé que todo seguirá igual. Los mismos problemas, las mismas preocupaciones, los mismos trabajos. Y así, ¿hasta cuándo?

Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro. Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día. Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos.

Pero a mi edad no se pueden esperar grandes cambios. Estoy ya demasiado acostumbrado a un estilo de vida. Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación.

Por otra parte, Tú sabes cómo me dejo arrastrar por la agitación de cada día. Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo. Tú estás dentro de mí y yo ando casi siempre fuera de mí mismo. Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.

Si al menos te sintiera como mi mejor Amigo. A veces pienso que eso lo cambiaría todo. Qué alegría si yo no te tuviera esa especie de temor que no sé de dónde brota pero que me distancia tanto de Tí

Señor, graba bien en mi corazón que Tú hacia mí sólo puedes sentir amor y ternura. Recuérdame desde dentro que Tú me aceptas tal como soy, con mi mediocridad y mi pecado, y que me quieres incluso aunque no cambie.

Señor, se me va pasando la vida y, a veces, pienso que mi gran pecado es no terminar de creer en Ti y en tu amor. Por eso, esta noche yo no te pido cosas. Sólo que despiertes mi fe lo suficiente para creer que Tú estás siempre cerca y me acompañas.

Que a lo largo de este año nuevo no me aleje mucho de Tí Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías. Entonces tal vez cambiaré. Será un año nuevo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de enero de 1988

FELIZ AÑO NUEVO

Meditándolas en su corazón.

Estas son las palabras rituales que repetiremos estos días de manera rutinaria o sentida, con aire distraído o con verdadero cariño. Feliz Año Nuevo.

Pero, ¿qué es lo que, en realidad, nos deseamos unos a otros? ¿Que nos acompañe la suerte? ¿Que no nos afecte desgracia alguna? ¿Que nos veamos libres de problemas?

Es evidente que la verdadera felicidad no depende del azar. No le llega a cada uno por casualidad. La dicha es algo que la persona ha de buscar, crear y disfrutar. Y no todos saben hacerlo.

Al escuchar estos días tantos deseos de felicidad, viene a mi mente una sabia enseñanza que escuché de labios de aquel gran maestro indio que fue Tony de Mello y que no he visto publicada en ninguno de sus escritos.

Según él, hay “placeres engañosos» que alimentan el propio “yo” de manera falsa. Son placeres que nos encierran en nosotros mismos, hinchan nuestro egocentrismo pero nos aíslan de la verdadera vida.

Así es el placer que saboreamos cuando alguien alaba nuestro éxito, cuando vencemos a un adversario, dominamos a una persona o logramos por fin poseer un objeto largamente deseado.

Este placer no ofrece felicidad sino satisfacción de mis deseos. Precisamente por eso está siempre amenazado. Cuando mis deseos no queden satisfechos, quedaré deprimido y triste.

Hay, por otra parte, “placeres verdaderos” que no hinchan el propio “yo». No nos encierran en nosotros mismos sino que nos abren a la vida y nos invitan al agradecimiento y a la alabanza.

Son placeres que no se deben a nuestro esfuerzo, poder o valía, y, mucho menos, a nuestras injusticias y opresiones. Placeres que se nos regalan a lo largo de cada día de manera totalmente gratuita.

No todos saben saborearlos debidamente. El secreto está, tal vez, en vivir más despacio, de manera más consciente, atentos a disfrutar todo lo que es vida dentro y fuera de nosotros, por pequeño que pueda parecer.

Se hace necesario aprender a mirar, gustar, tocar, oler y escuchar todo de manera nueva. Saborear con otra hondura los encuentros, las miradas, los rostros, la belleza. Disfrutar más el lado bueno, positivo y gozoso de las personas y los acontecimientos.

En medio de nuestro vivir cotidiano se abre entonces un camino humilde pero real hacia la Vida y hacia Aquel que es la fuente y el origen de todo lo que es felicidad y vida verdadera. Feliz Alío Nuevo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de enero de 1987

LA NO-VIOLENCIA

Le pusieron por nombre Jesús.

Desde hace unos años, las iglesias cristianas de todo el mundo comienzan el año nuevo celebrando el Día mundial de la paz. La paz anunciada y promovida por ese Jesús que nace en Belén.

Muchas veces los cristianos no hemos sabido ver algo que M. Gandhi descubrió con gozo al leer el evangelio: la profunda convicción de Jesús de que sólo la no-violencia puede salvar a la humanidad.

Después de su encuentro con el evangelio, Gandhi escribía estas palabras: «Leyendo toda la historia de esta vida.., me parece que el cristianismo está todavía por realizar... Mientras no hayamos arrancado de raíz la violencia de la civilización, Cristo no ha nacido todavía».

La vida entera de Jesús ha sido, desde el principio hasta el fin, una llamada a resolver los problemas de la humanidad por caminos no violentos.

La violencia tiende siempre a destruir. Lleva dentro de sí misma la tendencia al exceso, Pretende solucionar los problemas de la convivencia humana arrasando al que considera enemigo, pero no hace sino poner en marcha una reacción en cadena que no tiene fin.

Jesús urge a «hacer violencia a la violencia». El verdadero enemigo del hombre hacia el que tenemos que dirigir nuestra agresividad no es el otro sino nuestro propio «yo» egoísta, capaz de destruir a quien se nos oponga.

Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal y la injusticia con la injusticia. El respeto total a cada hombre y a cada mujer, tal como lo entiende Jesús, está pidiendo un esfuerzo constante por reducir progresivamente la mutua violencia para ir extendiendo la cooperación, el diálogo y la búsqueda común de la justicia.

Los cristianos hemos de preguntarnos por qué no hemos sabido todavía extraer del evangelio todas las consecuencias de la «no-violencia» de Jesús ni le hemos dado el papel central que ha de ocupar en la vida y la predicación de las Iglesias.

Paradójicamente, han sido los países de tradición cristiana los primeros en hacer posible el deseo de los discípulos. Ya tenemos sobre nuestras cabezas ese «paraguas nuclear» que puede hacer bajar fuego del cielo y arrasarnos a todos.

Tal vez, uno de los mayores pecados de las Iglesias actuales sea el no promover e impulsar con fuerza y convicción un movimiento de no-violencia que vaya desarrollando una cultura diferente de la que estamos habituados a escuchar de los profetas del armamentismo y el «equilibrio del terror».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1985-1986 – BUENAS NOTICIAS
1 de enero de 1986

CON CONFIANZA

Al cumplirse los ocho días.

Sin fe, nuestro calendario no es otra cosa que la medida de las rotaciones de la tierra. En veinticuatro horas gira la tierra en torno a sí misma y en trescientos sesenta y cinco días, en torno al sol. El día y el año no son, en definitiva, más que medidas puramente mecánicas.

Así, el tiempo es como un círculo. Una marcha circular que se repite siempre de nuevo. La tierra va realizando su carrera, prescindiendo de los sufrimientos y las esperanzas de los hombres y mujeres que viven sobre ella.

Sólo la fe transforma el tiempo y le da sentido. A lo largo del año celebramos los creyentes las fiestas que nos recuerdan las acciones de Dios, desde el nacimiento de Jesús hasta la resurrección de Cristo.

La celebración de estas fiestas es algo totalmente distinto del discurrir de los días. Es la celebración del amor inagotable de Dios que nos conduce hacia la eternidad.

Así, el comienzo cristiano del año con la celebración de la Navidad, es algo totalmente distinto del inicio de un año civil. Es comenzar un nuevo paso hacia la eternidad de Dios apoyados en la fe en ese mismo Dios encarnado entre los hombres.

Por eso, todos los años, en el umbral del nuevo año, la Iglesia nos presenta unas palabras de la Carta a los gálatas donde se nos invita a gritar: «Abba», Padre. La Iglesia nos sugiere esas palabras para despertar en nosotros una confianza que nos ayude a caminar hacia el nuevo año consolados y animosos.

No nos resulta fácil a los hombres de hoy poner esta invocación en nuestra boca. Nos falta la ingenuidad y el espíritu filial que nos haga gritar: ¡Padre! Nos resistimos a presentarnos ante Dios como niños débiles, acostumbrados como estamos a defender nuestra posición de adultos ante todos.

Sin embargo, tenemos la experiencia amarga del pasado. Cuando queremos caminar solos por la vida, terminamos encontrándonos con nuestra propia impotencia. ¿No haremos tampoco este año la experiencia nueva de vivir con más confianza en el Padre? ¿Por qué no va a ser posible en estos tiempos modernos vivir con esa confianza profunda en Dios?

No sabemos lo que nos espera en el nuevo año, pero sabemos que nos espera Dios. No conocemos los problemas, conflictos, sufrimientos y soledades que pueden sacudir nuestro corazón, pero siempre podremos invocar a Dios. No sabemos qué pecados cometeremos y en qué errores caeremos, pero siempre podremos contar con su perdón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
1 de enero de 1985

UN AÑO NUEVO

Meditándolas en su corazón.

Hemos dejado ya atrás un año más y nos disponemos a comenzar un año nuevo. En estos momentos nace casi espontáneamente en nosotros la reflexión. Tomamos conciencia más lúcida del tiempo, de esa curiosa realidad que vamos gastando sin tomarla demasiado en cuenta.

Son momentos idóneos para realizar un balance del pasado y proyectar también nuestra mirada hacia el porvenir.

Muchas cosas que nos angustiaban y nos parecían casi insuperables ya han pasado. Hoy nos parecen insignificantes y sin importancia. Mirando hacia atrás, los días que fueron duros tienen un aspecto diferente. Ahora nos sentimos más tranquilos y serenos, incluso, ante lo que ahora nos agobia y que también un día pasará.

Al mismo tiempo, sentimos nostalgia. Nada permanece. Con el viejo año se van no sólo las cosas difíciles y duras sino también las hermosas y buenas. Y cuanto más avanza uno en edad tanto mayor es la fuerza con que percibe el paso inexorable del tiempo.

Este año que ha pasado nos deja también sabor agridulce. No hemos sido lo que deseábamos ser. No hemos hecho lo que nos habíamos propuesto. No hemos sido fieles a nosotros mismos. Un año más que se va sin que hayamos crecido en verdad, en generosidad, en amor.

Hoy comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada comienzo hay algo maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege». Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos de fe.

De nuevo se nos ofrece un tiempo lleno de esperanza y de posibilidades intactas. ¿Qué haremos con él?

Las preguntas que podemos hacernos son muchas. Aumentaremos nuestro nivel de vida y nuestro confort quizás, pero, ¿ seguirá empequeñeciéndose nuestro corazón? Tendremos tiempo para trabajar, para poseer, para disfrutar, ¿lo tendremos también para crecer como personas?

Este año será semejante a tantos otros. ¿Aprenderemos a distinguir lo esencial de lo accesório, lo importante de lo accidental y secundario? Tendremos tiempo para nuestras cosas, nuestros amigos, nuestras relaciones sociales. ¿Tendremos tiempo para ser nosotros mismos? ¿Tendremos tiempo para Dios?

Y sin embargo, ese Dios al que arrinconamos día tras día entre tantas ocupaciones y distracciones es el que sostiene nuestro tiempo y puede infundir a nuestra existencia una vida nueva.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
1 de enero de 1984

LA MADRE

María conservaba todas estas cosas en su corazón.

A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios.

Y sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos cuidado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en Ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecernos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesucristo. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1982-1983 – APRENDER A VIVIR
1 de enero de 1983

COMENZAR UN AÑO NUEVO

Al cumplirse los ocho días.

No es fácil comenzar un año nuevo. El paso del tiempo y la proximidad cada vez mayor de la vejez y de la muerte es algo que resulta insoportable al hombre contemporáneo.

Por eso, no es extraño que, al despedir el año que ha pasado y comenzar otro nuevo, muchos necesiten olvidar, aturdirse, engañarse a sí mismos y desearse una vida nueva y feliz. Cuántos comenzarán el año en la mentira de una cena, celebrada entre ruidosas carcajadas, copas de champagne, gran «cotillón» y augurios de felicidad y prosperidad.

Y en las próximas horas nos encontraremos por las calles y nos repetiremos la misma mentira: «Año nuevo, vida nueva».

Pero, no será así. Comenzará un año nuevo. Pero, nuestra vida continuará siendo casi la misma. Porque continuarán nuestros viejos problemas, nuestros enfrentamientos y nuestras luchas de siempre.

Llegará un nuevo año. Pero, seguiremos cometiendo los mismos errores y repitiendo los mismos fallos. Y seguiremos estropeando cada día nuestra vida y obstaculizando a cada momento nuestra convivencia.

Y, sin embargo, hay un deseo verdadero y real en muchos hombres, al comenzar el año nuevo. Ese día es tradicionalmente la Jornada Mundial por la Paz. Parece como que los hombres deseamos resumir en esa palabra, todos nuestros deseos de vida, justicia, convivencia y felicidad verdaderas.

Los Obispos de nuestras diócesis, siguiendo el mensaje del Papa, han querido dirigirnos, al comienzo del año, una llamada a construir esa paz, poniendo más verdad en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

Su palabra es la de unos hombres que creen que una nueva paz es posible entre nosotros, si sabemos buscarla desde una postura de sinceridad, verdad y diálogo.

Durante estos últimos años se ha ido extendiendo entre nosotros la falsa idea de que nuestros problemas sólo se pueden resolver por la fuerza y la lucha violenta. Por eso, estamos acostumbrados a ver que cada uno tiende a imponer, por cualquier medio y a cualquier precio, sus propias convicciones, esquemas y proyectos.

Necesitamos creer más en el hombre y en su capacidad de ir resolviendo los problemas desde una postura sincera de diálogo.

Nuestros Obispos han apostado por «la fuerza pacificadora de quienes buscan sinceramente la verdad, por el diálogo en la acción política». Si su voz tuviera acogida, sería realmente un año nuevo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
1 de enero de 1982

PAZ EN LA TIERRA

Se admiraban de lo que decían los pastores.

Comenzamos hoy un año nuevo. Un año todavía intacto, pero que viene ya marcado por las luchas, los trabajos, sufrimientos y gozos vividos hasta el día mismo de ayer.

Todos comenzamos un año nuevo, pero todos de manera distinta. Algunos con la incertidumbre quizás de perder su puesto de trabajo. Otros con el gozo de esperar un nuevo hijo. Alguien con la angustia de entrar en el último año de su vida. Otro con la ilusión de crear un nuevo hogar.

Cada uno con sus propios problemas. Sin embargo, a los creyentes se nos invita hoy a que, olvidando nuestras preocupaciones individuales, iniciemos el nuevo año con la mirada puesta en un objetivo urgente para la humanidad: la paz.

Hemos despedido un año sembrado de violencias, agresividad, muertes y sangre. Y comenzamos otro que no nos ofrece un horizonte mejor.

Oímos hablar de violencias injustas y de violencias legítimas. Distinguimos entre una violencia opresora y otra represora. Pero el caso es que poco a poco va consolidándose entre nosotros la convicción de que si se quiere realmente lograr algo, es necesario utilizar «una dosis suficiente de violencia».

Sin embargo, esta idea no es sólo monstruosa sino falsa. La violencia es útil para lograr ciertos objetivos inmediatos y parciales, pero nunca para crear una sociedad más reconciliada, dialogante y fraterna.

Ni de la punta de las metralletas terroristas ni de los gritos de los torturados puede salir una sociedad más humana. La paz y la justicia hay que construirlas por otros medios.

Ha llegado quizás la hora de que todos nos empeñemos en crear una nueva conciencia colectiva de luchar por la «no-violencia» activa. No podemos dejar nuestro futuro en manos del más violento.

Es urgente andar otros caminos. Como ha dicho Rene Habachi, «la no-violencia es una última tentativa del espíritu y de la libertad, más allá de la cual sólo hay unas fuerzas impersonales que se enfrentan, sin otra posibilidad que la victoria de la más implacable».

El respeto a la vida del hermano es algo esencial a lo que un creyente no puede renunciar. Desde el momento en que Dios se ha hecho hombre, ningún hombre puede ser un sujeto sacrificable.

Sin duda, es poco lo que cada uno de nosotros podemos hacer. Pero todos podemos colaborar en la creación de una nueva conciencia y de un nuevo estilo de vida, que actúe como punta de lanza que abra a esta sociedad tan violenta hacia un futuro de mayor fraternidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
1 de enero de 1981

LA MADRE DE DIOS

Encontraron a María y a José con el niño.

Se ha dicho que los cristianos de hoy vibran menos ante la figura de María que los creyentes de otras épocas. Quizás somos víctimas inconscientes de muchos recelos y sospechas ante deformaciones habidas en la piedad mariana.

A veces, se había insistido de manera excesivamente unilateral en la función protectora de María, la Madre que protege a sus hijos de todos los males, sin convertirlos a una vida más evangélica.

Otras veces, algunos tipos de devoción mariana no han sabido exaltar a María como madre sin crear una dependencia insana de una «madre idealizada» y fomentar una inmadurez y un infantilismo religioso.

Quizás, esta misma idealización de María como «la mujer única» ha podido alimentar un cierto menosprecio a la mujer real y ser un refuerzo más del dominio masculino. Al menos, no deberíamos desatender ligeramente estos reproches que, desde frentes diversos, se nos hace a los católicos.

Pero sería lamentable que los católicos empobreciéramos nuestra vida religiosa olvidando el regalo que María puede significar para los creyentes.

Una piedad mariana bien entendida no encierra a nadie en el infantilismo, sino que asegura en nuestra vida de fe la presencia enriquecedora de lo femenino.

El mismo Dios ha querido encarnarse en el seno de una mujer. Desde entonces, podemos decir que «lo femenino es camino hacia Dios y de Dios» (L. Boff).

La humanidad necesita siempre de esa riqueza que asociamos a lo femenino porque, aunque también se da en el varón, se condensa de una manera especial en la mujer: intimidad, acogida, solicitud, cariño, ternura, entrega al misterio, gestación, donación de vida.

Siempre que marginamos a María de nuestra vida, empobrecemos nuestra fe. Y siempre que despreciamos lo femenino, nos cerramos a cauces posibles de acercamiento a ese Dios que se nos ha ofrecido en los brazos de una madre.

Comenzamos el año celebrando la fiesta de Santa María Madre de Dios. Que ella esté siempre más presente en nuestro vivir diario.

Su fidelidad y entrega a la palabra de Dios, su identificación con los pequeños, su adhesión a las opciones de su Hijo, su presencia servidora en la Iglesia naciente y, antes que nada, su servicio de Madre del Salvador hacen de ella la Madre de nuestra fe y de nuestra esperanza.

José Antonio Pagola




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